31 de mayo de 2011

La piragua monóxila surca de nuevo los mares hundida en un petroglifo

“—¿Le valió de algo la poesía cuando se sentó en el despacho del político?
—A mí sí. Creo que he sido un político atípico y heterodoxo. Y lo pagué. Salvando las distancias y las diferencias de época fui como Azaña, un intelectual metido en la política. Pero sí me valió la poesía. Para tener más saber, conocimientos, experiencia y también para saber irme con dignidad y con honor, y con la alegría de haber hecho grandes cosas. Personas como Azaña, como yo, sufrimos más en la política, porque no estamos amparados del cinismo de la política. Pero estoy muy satisfecho y además el tiempo cada vez me dará más la razón.
—¿Y ese cinismo no caló en su literatura?
—No, nunca he sido un cínico, y quizá ese haya sido mi principal defecto en mi paso por política”.
En un primer momento, al leer estas declaraciones del exministro de Cultura al Abc, uno piensa: La piragua monóxila surca de nuevo los mares hundida en su petroglifo. Pero al punto, en cuanto hemos dejado de reírnos con ellas tan de buena gana, le entra a uno un grandísimo desánimo, pues advierte la gravedad del asunto al considerar en manos de qué iluminados ha caído la política cultural española y en las de quiénes va a seguir cayendo y recayendo. Pues resulta patente que si ese hombre se ha creído en algún momento don Manuel Azaña, intelectual o políticamente hablando, oh dislate, ya no se resignará a no volver de nuevo a gobernar nuestras vidas creyéndose César Antonio Molina. Va a estar en lo cierto, sí, por desgracia el tiempo nos está dando la razón a todos.

30 de mayo de 2011

Infierno/paraíso, tan espinoso asunto

Como acaso recuerden algunos, hace años se publicó cierto libro del poeta Gil de Biedma. En un primer momento sus amigos y partidarios arremetieron sin consideración contra los pocos que manifestaron la perplejidad que les causaba ver cómo Gil de Biedma alardeaba a un tiempo de pederasta y de efusiones sentimentales escuchando La Internacional. Mirando hacia otra parte, arbitraron como argumento este: fue un gran poeta. Que lo fuera, no debería estorbarnos algunas preguntas: por qué Gil de Biedma prostituía a menores de edad, por qué no sentía ningún remordimiento de ello, por qué quiso contarlo y por qué sólo se atrevió a hacerlo cuando ya estaba muerto. Naturalmente no tiene uno la respuesta de ninguna de esas cuestiones, pero sí una sospecha. ¿Descargo de conciencia? Quién sabe. Tal vez lo contara pensando que el tiempo absolvería su conducta, prestigiando su malditismo. Al fin y al cabo, debió de calcular, lo canalla en literatura suele tener muy buena prensa. 

Póstumos son también estos Diarios  que acaban de ver la luz (Pre-Textos), no tan distintos de los de G. de B.,  del también poeta Juan Bernier, quien se define a sí mismo como pedófilo. Digamos, de entrada, que se trata de un libro único en lo bueno y en lo malo. Bernier (1911-1989), andaluz, soldado en el ejército de Franco durante la guerra civil e integrante del grupo poético Cántico, lo pulió y reescribió toda su vida, convencido de que también sería su gran obra, su leyenda, confesión de lo que llamó unas veces “el vicio” y otras “este deseo oscuro”. Se centra sobre todo en los primeros y tenebrosos años cuarenta en una Córdoba levítica, y prácticamente no habla de otra cosa que del espinoso asunto: la búsqueda compulsiva y lujuriosa de limpiabotas, mozos de estación, chaperos, mendigos, aprendices. La edad es determinante: entre once y quince años, y aunque alguna vez se trate de un chico de buena familia, se ve que la miseria también es decisiva: son contactos venales, aunque muchas de sus víctimas, si le creemos, lo hacen por gusto. Bernier no duda contar los actos más execrables de los que puede ser víctima a su vez (las páginas dedicadas a la cárcel, a donde fue conducido unos días por pederasta, son estremecedoras) y encontrar cierta poesía pasoliniana en los jardines, urinarios, estaciones, tabernas de mala muerte y burdeles provincianos donde le llevaban sus pasos, o en las iglesias donde trataba de ahogar sus remordimientos. Porque, a diferencia de Biedma, vivía su “sodomía estéticosensual” con angustia, aunque, al igual que él, a su relato le mueva un exhibicionismo parecido.

Ningún libro en la literatura española podría comparársele y sólo lo humaniza el tono hasta cierto punto estoico y triste en el que están contadas esas historias, la búsqueda de la verdad que se le escapa una y otra vez: ¿Por qué a mí? Eso, junto al convencimiento  más o menos fantasioso de que esos chicos persiguen lo mismo que él: aunque sea pagando no duda en llamarlo amor, mientras parece estar diciéndose: “También fui niño, también me corrompieron y por ello vivo este infierno/paraíso; ¿quién se atreverá a lanzar la primera piedra? ¿La Ley?”.      
     
 [ Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 29 de mayo de 2011]































(Fotos: Luis Cernuda)

29 de mayo de 2011

Zumba dominical (fábula) y una foto del Rastro

SU novela denuncia la corrupción y los enjuagues del poder y de los banqueros, y su autor, que ha estampado en la página de créditos del libro un copyleft en vez del ©, como se coloca el pendón delante de las procesiones y en las manifestaciones más solemnes del folclore, ha cobrado a un tiempo como adelanto de sus regalías doscientos mil euros. Aprended, jóvenes novelistas, de izquierdas o de derechas, no os desaniméis: la ficción está tan lejos de la realidad aún, que tiene todavía por delante un largo camino que recorrer.
***
EL NIÑO Y SU CAN CERBERO. En las fotos del Rastro, retocadas e ingenuas, suele haber algo tristísimo y fúnebre. En esta no es tanto la desconcertante sonrisa del niño, sino lo que parece estar escrito en su semblante. Pues así como al perro podríamos habérnoslo encontrado en Egipto, en Ítaca o en cualquiera de las calles actuales de Madrid, adormecido por la flauta de su dueño, de ese niño en cuya faz se esconde el viejo en el que acaso se convirtiría, sabemos que sólo puede ser de una época de la que ha desparecido sin dejar rastro, excepto el de esta mañana, milagroso y efímero, antes de regresar al Hades con su can Cerbero.


28 de mayo de 2011

Una escena

Le sobrecogió y le conmovió que ese ciego desconocido le pidiera que le cruzara la calle. Sucedió hace unos días, en Alcalá esquina con Gran Vía. Se lo pidió de un modo áspero, casi antipático, exigiéndoselo. Pensaba sin duda, porque él no le veía, que el otro no podría oírle. En ese momento, al ponerse en lugar del ciego, se hizo en el transeúnte una ceguera parecida a la suya. Imaginó con angustia y tristeza el mundo a través de los ojos del ciego. Y al dejarlo en la otra acera caminando detrás de su bastón con balbuceos, se alejó deprisa sintiendo que en realidad huía no del ciego, sino de ese su propio imaginar la vida como un ciego, pensando que únicamente volvería a ver, cuando el hombre del bastón ya no pudiera oírle.

27 de mayo de 2011

Entrando en fuego

EL ejemplar está dedicado a quien iba a ser su suegro, cuando ni siquiera podía sospechar que su autor, que lo llevaría a Pombo como oficiante, llegaría a ser uno de sus mejores amigos. El azar propició, acaso, tales coincidencias, de la misma manera que otros hechos vinieron trabados por una sutil fatalidad. Al cabo de los años ese ejemplar, dedicado por Gómez de la Serna a Julio Arroyo, del que Ramón había sido compañero bachiller en Palencia, encuadernado por la hija de aquél, Julia, que a su vez sería mujer del también palentino Francisco Vighi, ha llegado hasta ti. Es tan raro ese libro (Segovia, 1905), que nunca antes lo habías visto. Si hubieras dudado de su existencia, nadie te hubiera podido rebatir, tan inencontrable era. Hoy tu octogenario amigo Francisco Vighi lo ha puesto en tus manos, y te ha dicho: “En las tuyas estará bien”. Él es la excepción a la regla que rige ese mundo a veces desquiciado de deudos y herederos: se puede ser hijo de alguien. Lo prueba el amor que siente por su padre, por su madre, “la marquesa”, aquella mujer que veíamos vender en el Rastro pequeñas y escogidas antigüedades, el amor que ha sentido por los Versos viejos y los Nuevos versos viejos, el deseo de difundirlos sin poner estorbos a quien los ama como él. La vida ha traído ese raro ejemplar al lado de tus libros, como un día el azar lo llevó junto a los de Paco Vighi, y sabes de una manera oscura que su viaje acaso no habrá terminado aquí, y en la palabra acaso te quedas meditando.
En cuanto al libro, que ahora has leído por primera vez, el primero de su autor, es, claro, un balbuceo, pero también algo muy firme. De hecho se diría que todo Gómez de la Serna está en sus páginas como la espiga en un solo grano de trigo. Algunas son tanto más admirables por cuanto las sabes de un muchacho de diecisiete años, los que tenía su autor cuando las publicó. Pertenecen estas a un capitulillo dedicado a los jarrones, que parece anunciar a Breton, a Benjamin. “Un niño ha cogido entre sus piernas dos grandes jarrones y va sacando trapos, papeles, pedazos de porcelana, biscuí…” nos dice.  La madre le ordena al niño que deje todas esas cosas, que fue poniendo allí la abuela, ya muerta. “Y en su decir, en su expresión, se ha notado una querencia honda, quizá indefinida para ella misma; un apego respetuoso, religioso, por aquellos objetos que se fueron amontonando en los jarrones por descuido, por capricho: en aquellos retazos de tela, de objetos, con dejadez, yo he admirado este amor por las cosas colocadas en variedad dentro de los jarrones y que parece referirse a su alma oculta, desconocida, característica… Y he visto en esta escena de vida el alma española, tradicional: amorosa del conjunto de ideas, de conocimientos inútiles, sin belleza, sin vida, que guardan en sus ajarronados corazones, en que descansan variadas…”, etc.
Este etc. es mío. Gómez de la Serna nunca comprendió, y así lo escribió de manera explícita, ningún etc. En ningún libro. Toda su obra es un correctivo de los etcéteras.





26 de mayo de 2011

Chim en el Sinaia

Alguien te contó ayer que leyendo hace unos meses, en Méjico, el diario de a bordo del Sinaia vio el nombre de David Seymour Chim, autor de la fotografía de Rafael Alberti en la que este aparece con correaje de miliciano y en una de cuyas copias el poeta estampó, veinticinco años después, aquello de “la belle epoque”. No lo sabías. El nombre de Chim no figura en ninguna de las listas que preparó el Sere (Servicio de evacuación de refugiados españoles) y que tú viste en su día en la biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias. Habría subido al viejo carguero en el último momento por deseo expreso de su amigo Fernando Gamboa, el controvertido diplomático mejicano que preparó esa expedición, con el deseo de que documentara fotográficamente la travesía. Las fotografías que hizo, me informa Gabriel Sánchez Espinosa, se publicaron en Life, y otras, sobre el final de la guerra y los campos de refugiados, inéditas, acaban de descubrirse. Por las de Life aquello parece un crucero de placer y no un campo de refugiados flotante y hacinado al que la gente llegó enferma, destruida, diezmada por la desesperación de los que arrostran un destierro incierto y sin más porvenir que la pobreza que llevaban encima. La propaganda quería sin embargo otra cosa, y Chim se prestó a ello. Piensas ahora en R.G., que viajó en ese barco. Apenas contó dos o tres anécdotas de esos días, nada significativas, sólo impresiones que habían resistido el paso del tiempo: el calor sofocante de los sollados, las colas que se formaban en los lavabos, el viento que deshacía en fina lluvia el café, al serles servido este en cubierta. No estás muy seguro de que recordara si viajó con ellos o no Chim. Es probable que ni siquiera supiera quién era. Tan poca importancia daba a las cosas que no la tenían o que no le atañían directamente. Por lo demás ni David Seymour Chim era entonces el que llegaría a ser ni él mismo, R.G., estaba para atender esos detalles. No era más que un joven al que la guerra había roto la vida en mil pedazos. Viajaban en ese barco mil seiscientos refugiados con biografías y tragedias parecidas a la suya, y sin embargo eran, comparados con los cientos de miles que quedaban aún en Francia, unos privilegiados. Alguien te cuenta ahora que Chim viajó en el Sinaia, y un amigo te pone sobre la pista de Life, pero has de admitir que la muerte se ha llevado también esos recuerdos y que sólo la novela podrá intentar traer no ya un poco de sentido a la vida, sino algo de realidad a una historia que ya no lo es, algo real, convirtiéndose a sí misma en una pasta parecida a esa  con la que suplen en las vasijas antiguas de los museos arqueológicos los fragmentos desaparecidos.


25 de mayo de 2011

Un trébol de cinco hojas (involuntari*s tipógraf*s)

En el viejo y noble jardín de la tipografía ha nacido una nueva flor. No todos los días ocurre tal prodigio. Junto a la pancarta comentada aquí antesdeayer, vista en la jaima de unas feministas, había  otra en la que aparecía escrita a mano la palabra tod*s. Agrupaba en un * el femenino y el masculino, sustituyendo de ese modo la @, generalizada hasta hoy (amig@s, etc.) para tales casos. Quien haya tenido esa idea es, conscientemente o por azar, una gran tipógrafa o un gran tipógrafo. En la disposición actual de los teclados, * no está alineado, como debiera, con el resto de las letras (tampoco lo estaba la @), pero es un signo tipográfico mucho más discreto y funcional que la arroba y menos ambiguo y problemático que la x, con la que también vimos escrito en algún que otro cartel  el todxs y el amigxs. A lo que recuerda un * es a un trébol de cinco hojas. Es posible que algunos vean detrás de esos * un capricho abusivo, pero lo cierto es que hay en esta tipografía inclusiva una gran delicadeza, la de la igualdad. Por delicadeza, podríamos parafrasear a Rimbaud, ganamos una vida diferente a la nuestra sin dejar de ser nosotr*s mism*s. Frente a la extenuación del habla (vascas y vascos, ciudadanas y ciudadanos, todas y todos, etc.) un * da voz a quien no la tenía y lo hace en un golpe de vista.
Hasta hace no mucho las versales (mayúsculas, para entendernos) avasallaban el texto con su arrogancia. No pocas instituciones, organizaciones, empresas se beneficiaban de ello, publicitándose con el cuerpo de letra. Algunos, un día, comprendimos que escribiendo Eta y no ETA le estábamos privando a la organización terrorista del espacio privilegiado en la página de los periódicos y en nuestros libros, y diríamos lo mismo de Pce y no PCE, de Ceda y no CEDA, de Poum y no POUM, de Abc y no ABC (por lo mismo que escribimos El País y no EL PAÍS, tal y como aparece en su mancheta), como también pudimos rebajar la arrogancia de los banqueros del BBV o del BSCH gracias a las versalitas que se incluyen ya en todos los ordenadores (pero no aún en internet): BBV, BSCH.
Todas estas son grandes minucias, que diría Chesterton.
Quede completado este asiento tipográfico de hoy con la inclusión de los espléndidos carteles japoneses que reunió G., muchos de ellos referidos al cambio climático y al consumo de energía, y el catálogo de los amigos de Campgráfic, la editorial ejemplar que desde Valencia se ocupa entre nosotros desde hace diez años de hacer que el mundo sea más armónico al menos cuando pasa por una imprenta. Y eso ocurre ya a diario millones de veces, cada vez que escribimos en un ordenador, pues la técnica ha querido que tod*s seamos, querid*s amig*s, involuntari*s tipógraf*s.

24 de mayo de 2011

Esta mano es de Vighi

Cuando a él mismo le llegó la hora de morirse, supo, sin embargo, ponerse serio durante un instante, nada, unas frases. Para no desentonar con su vida, con su obra, para no deslucir su vida con su obra.
En el volumen de sus poemas figura uno bellísimo, becqueriano y con ecos machadianos, en el que, sin saber su circunstancia, sería difícil adivinar el trasfondo.
Se titula “Fiebre de Abril” y se publicó por vez primera el 20 de enero de 1962 en las páginas de Abc, junto a esta nota de la redacción, que Juan Manuel Bonet acaba de exhumar en una de esas incursiones suyas por internet que tanto se parecen al trabajo de los zahoríes:

“En la primavera pasada, el ilustre poeta e ingeniero que acaba de fallecer, Francisco Vighi, envió al director de Abc unos versos acompañados de una tarjeta manuscrita, de escritura vacilante, oblicua, confusa, claudicante. La tarjeta decía: Estoy enfermo desde septiembre, pero en Primavera se acumula otra enfermedad que acaba conmigo. Esta Fiebre de Abril, traducida en verso, te la mando por si pudiera publicarse un día como recuerdo de mi colaboración en Abc, que empezó hace treinta años. Por ejemplo el día que me vaya.” Y después de su firma decía: “A la hora en que ya no se tiran faroles”. (Paco Vighi había sido con sus viejos y alegres amigos [entre ellos el entonces director de Abc, Luis Calvo, al que van dirigidos el poema y la carta], jugador afortunado de partidas de póker inacabables). Estos versos del último Abril de Paco Vighi, destinados por el poeta a aparecer en nuestras columnas el día de su “ida”, bellísimos e impresionantes, en Abc aparecen, como él quería, cuando el jovial Paco Vighi se ha esfumado para siempre, más allá de nuestro sabroso panorama madrileño. Helos aquí:

Oigo una voz… –Dejadle que descanse.
¡Ha dicho en paz! Silencio, náuseas, sombras.
Soledad y dolor; angustia y fiebre.
¡Nadie apaga la sed que me sofoca!

¿Hay en el muro un lago
o el agua del espejo se desborda?
Ya las quejas naufragan en mis labios,
Navegan zapatillas en la alfombra.

La persiana destila luz de acuario.
Nadie espanta esa mosca
Que me mide el talento y en mi frente
Hinca el talón de alambre de sus botas.

Ya no sé si es Otoño o Primavera,
Si brotan lirios o se arrastran hojas,
Si está blanca la sierra o si la nieve
Florece en los almendros de la loma.

Musas viejas recitan en mi oído
Fétidos versos, y me dicen…­ –Copia.
Cuelga inerte la mano
Trabada por los flecos de la colcha
Y no podré signarme
Cuando se una mi ocaso con mi aurora.”.

Al preparar la edición de sus poemas, hace años, imaginé que este hacía referencia a un causón sin trascendencia o, tal vez, a uno cualquiera de esos sueños fantasmagóricos y tenebrosos que suelen atravesar la razón de los poetas, sin dejar apenas rastro. Pero no: la Muerte, frente a él, ya le estaba mirando a los ojos,  como en una partida de poker.

23 de mayo de 2011

Puertas, ventanas y un visionario

 José María Pérez González es alguien a quien le viene como anillo al dedo ese nombre discreto. Es también una persona risueña y animosa, nunca levanta la voz y a sus casi setenta años y a pesar de los reveses trágicos de la vida que le han dejado un poso melancólico, conserva las ilusiones de su juventud, si acaso no las ha acrecentado. El señor Pérez, como diría Pla, es ese amigo al que puede uno no haber visto en dos o tres años ni haber tenido noticias suyas en todo ese tiempo, lo que no obsta para que un día, una mañana, al doblar una esquina, al tropezárnoslo, se levante de nuestro corazón un jubiloso sentimiento, casi infantil, como quien hallara en ese preciso momento el más valioso de todos los tesoros: el amigo verdadero.

¿Y cómo siendo así han podido transcurrir dos o tres años sin que tales amigos se hayan visto, oído, tratado? La respuesta de tal monstruosidad la tiene la ciudad. La ciudad es cruel y angosta los sentimientos nobles, estorbándolos, como oprimen sus adoquines las pocas hierbas que crecen entre sus llagas. José María Pérez González le ha dedicado la vida, como arquitecto, a pensar las ciudades, al tiempo que pensaba en los pueblos. Cuando hace más de treinta años, reactivando los principios de la Institución Libre de Enseñanza, Pérez González puso en marcha en España las Escuelas Taller, con el fin de conservar y restaurar el vandalizado patrimonio arquitectónico español y formar y emplear a los jóvenes de las zonas rurales  menos desarrolladas, lanzaba este mensaje progresista a la nación: conservar lo mejor es tanto como crearlo.

En el rato en que los dos amigos han estado juntos, Pérez González, le ha hecho una íntima confesión: antes de jubilarse, le gustaría ver empezado el gran proyecto de su vida, que las casas y ciudades viejas en las que vivimos se adapten de tal modo, que no se desperdicie ni un sólo vatio. “La mejor energía es la que no se gasta, y bien gestionada en nuestras casas, daría para que en veinte años no fuesen necesarias las centrales nucleares. Dinamarca ha visto crecer siete veces su PIB en estos últimos veinte años con el mismo consumo energético”. Su exaltación al hablar no se traduce en el tono de voz. Al contrario, se diría que nace de una convicción tan honda, que más que una soflama parece una confidencia. Así imaginamos que hablarían aquellos benditos Gineres, Azcárates y Cossíos con los que España aún no ha saldado su deuda. “Necesitamos”, añade con esa sencillez que caracteriza a los visionarios, “una silla de cuatro patas: optimizar el envolvente (que las persianas y ventanas cierren bien), adecuar las instalaciones (aires acondicionados, calefacciones), hacer buen uso de ellas y educar a la ciudadanía. Sólo esto generaría miles y miles de puestos de trabajos. Nuestras ciudades y casas se construyeron a menudo cuando nadie pensaba en problemas energéticos. Acondicionarlas, ahorraría millones de euros... Cierto que se necesitaría una vía de financiación, de crédito...”. Y este obstáculo deja momentáneamente pensativo, pero no derrotado, a nuestro amigo, ese modesto visionario, cuyo discreto nombre, Pérez González, poco puede hacer al lado del nombre de Peridis, por el que se le conoce.
       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el día 22 de mayo de 2011]

22 de mayo de 2011

Una pancarta en Sol

EN la pancarta vista el viernes en la jaima de unas feministas tan divertidas como radicales, “Mi coño también habla”, se echaba de menos un “con dos cojones”.

Corte y cortijo

Es domingo, día de reposo.
Una foto de esta mañana hecha en el Rastro y este vídeo. En él un hombre que habría hecho sonreír a Chaplin y pensar a don Manuel Bartolomé Cossío, hace nacer de sus manos  mundos niños, mundos magos.
 http://www.ted.com/talks/lang/spa/arvind_gupta_turning_trash_into_toys_for_learning.html

21 de mayo de 2011

Que reflexionen ellos (del tutoreo y del toreo)

Digamos al modo de Unamuno: Que reflexionen ellos. Se les están dando materia sobrada y hechos relevantes sobre los que hacerlo. Con la reforma de la Ley Electoral actual habremos de olvidarnos de este ocioso día de reflexión (y para otro momento el papel de estas Juntas Electorales que parecen tutorear el espacio público como si fuese una guardería de su propiedad).
***
Por lo demás, aquí va el artículo que con el título de "La Peña de los Acabaos" se publicó ayer en El País. Se lo pidieron a uno como apoyo, supongo, a la feria de San Isidro y esto es todo lo que fue uno capaz de decir de ese asunto. No sé por qué me pareció percibir que no era lo que esperaban. El aforismo último no formaba parte del artículo, y es inédito, así como la fotografía es, una vez más, del Rastro, de hace tres meses:


La última vez que vio uno una corrida de toros fue en una plaza de pueblo, en Trujillo, Cáceres, hace unos quince años. Cinco años antes, otra, también en un pueblo, Puerto de Santa María, Cádiz. Era bonito aquel ambiente modernista de otro tiempo, la gente, los vencejos que aparecían en la lidia del último toro, la seriedad de los toreros, acaso con más miedo, conscientes de que la muerte espera siempre en las plazas pequeñas… Cuando he escrito de toros, lo ha hecho uno como un costumbrista. Me gustaba fijarme más que en los toros, en la gente que iba a verlos. Algunas, raras veces, lo que sucedía en el ruedo le hacía a uno prescindir de los tendidos. Nunca después de aquella lejana tarde en Trujillo ha vuelto uno a ver una corrida, ni retransmitida. Todo el entusiasmo que tenía hace treinta años por ese asunto se ha desvanecido por completo, pero no los recuerdos ni las conversaciones y evocaciones de algunos aficionados, como Bergamín o Gaya, que habían visto torear a Joselito, a Belmonte, a Manolete. Eran también, a su modo, unos aficionados desengañados. Ese desengaño mitificaba un poco sus recuerdos y humanizaba aún más su melancolía, porque bajo el ruidoso celofán de la fiesta se traslucía una poderosa y humana tristeza, que vieron bien artistas como Solana, más que Picasso. Contaba Cañabate que en Jerez había una peña de toreros que no habían llegado a triunfar. Se llamaban a sí mismos la Peña de los Acabaos, dedicados a rememorar sus pequeños éxitos y sus grandes fracasos. No sabemos cuál será el futuro de la fiesta, pero me gustaría que le consideraran a uno de la Peña de los Acabaos, dueño de sus recuerdos y de sus sueños, tanto más grandes cuanto más lejanos.







EL TOREO. En el toreo la muerte está en la plaza como Sócrates en su último banquete, y en ello hay algo y aun mucho aristocrático; ahora, resulta inaceptable, por plebeyo, que sea el aplauso del público algo tan decisivo en él.

20 de mayo de 2011

Victoria de Samotracia

La joven de la fotografía, que publicó El País hace veintinueve años, saludaba así a los soldados ingleses, acaso a uno en especial. Volvían a casa tras la guerra de las Malvinas en uno de los barcos de la Armada Real Británica. Ha conservado uno esa foto desde entonces por estar cerca de una alegría que ha logrado vencer a la muerte. Al fin y al cabo murieron en aquella guerra, una de las más estúpidas que se recuerdan, casi mil hombres. Hay mucho en esta foto de mitológico y simbólico. La muchacha, desde luego, recuerda a un tiempo a la Marianne de la República Francesa y a la Victoria de Samotracia, acaso su arrojo, su gesto decidido y de júbilo, entre la proclama y el triunfo, mitad sueño, mitad logro. Tampoco sabe uno por qué razón precisamente hoy, veintinueve años después, ha sacado esa fotografía de la carpeta donde se guardaba y la trae aquí. Quizá por llevar su enardecimiento, su belleza y su juventud a la Puerta del Sol. Allí un puñado de jóvenes a los que una esclerótica Junta Electoral quiere arrancar las alas, ha empezado a decir con voz clara y pacífica, que es el vuelo más alto de la democracia, lo que sus padres hemos callado durante demasiado tiempo.

19 de mayo de 2011

Abstenerse de ser pobre

NO le pidas nunca a quien no puede darte, y menos al que podría. Lo decía Vallejo: “De todos modos / abstenerse de ser pobre con los ricos”.
*  * *
UN aforismo debería ser la nota del diapasón en el que se afina el mundo.
*  * *  
EL aforismo es siempre un hijo pródigo de la filosofía que vuelve a la casa del padre, la poesía.
*  * * 
El camino más corto entre dos cumbres nunca es atajo, sino vuelo.
* * *
INTERNET para ser perfecto, como el abismo, debería devolvernos al menos el eco.
* * *
QUIEN haya visto alguna vez el campo a la luz de un relámpago, sabrá hasta qué punto es hermoso. No sólo por la luz espectral y plateada que parece fijarlo todo en un daguerrotipo, sino porque muestra en un único instante lo que da y lo que quita, como balanza de un solo platillo.
*  * *  
EL primero que contó la vida de un hombre en primaveras (“tenía cuarenta primaveras”) no fue español. Eso seguro. Demasiada delicadeza y demasiado descaro. O sea, que debió de ocurrírsele a un italiano.
*  * *  
LOS moralistas nos aconsejan que todo lo emprendamos como si fuese la última cosa que fuéramos a hacer en esta vida. Lo dicen acaso pensando en la posteridad y nuestra fama. Quién sabe. Cuánto mejor sería poder emprender cada cosa como si fuese la primera vez, el último beso como el primero, y toda vida como una infancia, todo final como un principio.
*  * * 
Y a propósito de la fama con minúscula, oigamos lo que decía uno de los personajes de Los fugitivos (2010), la stendhaliana nouvelle de Carlos Pujol, una pequeña gran obra maestra: “La fama es lo que tiene, no tiene nada que ver con nada importante”.
*  * *
NO se entiende por qué en Internet todo el mundo quiere darle cuatro cuartos al pregonero. Deben pensar que sale gratis.
*  * * 
QUÉ drama, qué tortura, ¡y qué empacho!, ser tan narciso siendo tan feo.
*  * *  
DICHOSO el tiempo aquel en que tantas enfermedades sin diagnóstico recibían, como los continentes inexplorados, un nombre fabuloso, inalcanzable incluso para la magia.
*  * * 
 PUESTOS en camino, nos debemos al camino, aunque ignoremos dónde nos lleva. Ya no está en nuestra mano detenernos, ni siquiera decir: estoy cansado. El camino es en sí mismo la forma más noble de cansancio.
*  * *  
NO es que quieras ser otro, como les sucede a tantos. No tienes esa imaginación. Lo tuyo es más sencillo. Te conformarías muchos días con no ser tú. Con no ser, por ejemplo, quien ahora golpea su diapasón en el vacío.

18 de mayo de 2011

Un erizo con piel de raposo

PARA llegar hasta La Buena Vida fue necesario cruzar la Puerta del Sol. Tiene esto la realidad, que sin apartarse mucho de ella, nos lleva de la mano hasta una metáfora. La de ayer nos mezcló con miles de jóvenes que permanecían allí esperando, como civilizada agua de mayo con sus pancartas escritas en cuartillas y cajetillas de tabaco desplegadas, que algo cambiara, que algo cambie: “Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”, decía una algo más grande, pero lo decía en voz baja y educada, un poco soñolienta, y aunque a veces aquellos jóvenes gritaran, parecía oírse detrás de cada consigna, como en una caracola el mar, su “por favor” cortés, sonámbulo también, como si tampoco ellos acabaran de despertarse del todo. Y en metáforas habló Javier Rodríguez Marcos, en La Buena Vida, presentando su libro Un torpe en un terremoto, crónica, atenta y sagaz, de su accidentado viaje a un Congreso de la Lengua en Chile que se convirtió en un viaje a un país sacudido por un terremoto devastador. La literatura, una vez más, sobrepasada por la realidad. El libro podría haberse titulado también Un poeta en un terremoto, pues aun siendo de cronista, es de poeta. Se le nota en los sesgos. Habló JRM de la diferencia entre periodismo y literatura citando a Ferlosio: “una cosa es tejer, y otra distinta hacer jerseis. La literatura hace jerseis, el periodismo teje”, y mencionó a Arquíloco y su fábula del erizo y el raposo, y cómo el escritor, el erizo, un ser poco versátil pero obsesivo que sólo sabe una cosa, no puede competir con el zorro, que sabe tantas, y cómo la vida le ha llevado a él a vivir, siendo erizo, en la madriguera del zorro. Era una manera cortés, civilizada también de hablar de su periódico, recordando a Emily Dickinson (“se puede decir toda la verdad, pero sesgada”) y su propio trabajo cada día en la madriguera de los erizos, de egos a menudo tan blandos y deslavazados como la borra, haciendo en su lugar y para todos un libro espléndido que es el de un erizo con piel de raposo.

17 de mayo de 2011

El catálogo de los huevos de pájaro

La facultad de nombrar ejerce sobre nosotros una rara fascinación, acaso porque nos recuerda el paraíso en el que Adán fue dando su nombre a las mansas fieras, hasta ese momento nada más que vida indeterminada, es decir vida sin vida. Y Adán no dijo “Dios, dame el nombre exacto de las cosas”, ya que Dios no supo dárselo él mismo, encomendando esa tarea a Adán. Así que este dijo “inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas”, como quien se da ánimo a sí mismo antes de acometer una tarea delicada y ardua. Pues nombrar es facultad de hombres y mujeres, no de dioses. Desde entonces el hombre guardó para sí, como Prometeo el fuego, esa facultad abrasadora, que es lo que le constituye no sólo como tal, ya que nombrar es crear, dar vida a lo que no lo tenía, sino como… criatura sagrada. Quizá Dios nunca haya sido tan generoso con el hombre como cuando le enseñó a ser Dios y puso en él la inteligencia de no aspirar a ningún otro paraíso que a ese de crearlo con su palabra. De ahí que la catalogación y enumeración, de naves, de ballenas, de pueblecitos de Normandía, le fascine tanto como el nombrar, porque añade al primer impulso un sentido y un orden.
Cuando hace tres semanas J.M. iba nombrando cada uno de los huevos de su colección parecía aún el niño-Dios que los cogió cuando era un muchacho, y en cada nombre iba un lance, una aventura, un peligro y la dicha de recordarlos, mayor aún que la dicha de haber salido con fortuna de ellos. Aquí van los de la caja que ayer trajimos a esta batea, de menor a mayor, y otra de las cajas que acaso cataloguemos otro día:
focha (gallina de agua), búho chico, picabuey, paloma, paloma torcaz, tórtola turca, aguilucho cenizo, somormujo, asisón, alcaraván, perdiz roja, faisán (que incluyó nuestro amigo sin ningún problema entre las aves autóctonas, porque lo criaba un vecino suyo), cuervo (azul, “mi preferido”, dijo), águila ratonera, águila calzada, dos más de águila, gallareta, cernícalo, cernícalo primilla, cigüeña, garza real, milano real, milano negro, cigüeñola, avutarda y oca.


16 de mayo de 2011

Elegía en plena primavera

Se está rompiendo el mundo por mil sitios de una manera cruel, pero aquí al lado, en el confín desde el que escribe uno estas palabras, cantan los pájaros. Entre ellos destacan, por la dulzura y lo melodioso de su canto, los ruiseñores. Se confunden a menudo con los mirlos, que los imitan, pero a nadie le importa, porque en la naturaleza no hay plagios ni derechos de autor. Ni piratas.

Podría parecer, sin embargo, que yo fuese ahora a hablar de uno de ellos. No se crea. Es lo contrario. Hace unas semanas alguien a quien conocemos desde niño nos mostró su colección de huevos de pájaro cogidos por él cuando era un muchacho, hacia 1995. Hoy, como ayer, vive del campo y en el campo. Su ocupación principal es, en invierno, la poda de encinas (“tumbar encinas” lo llama, con una seriedad de hombre que nos resulta nueva) y en verano la paja y la hierba que recoge para forraje del ganado. Trabaja desde los catorce años. Unas veces con su padre y otras solo, cosa cada vez más frecuente. Sabe del campo y de cuanto ocurre en el campo todo lo que ha de saberse, distingue cada una de las aves en su vuelo  y los animales que recorren la tierra. Conoce sus nombres y el canto o sonido que emiten, y los imita sin esfuerzo, igual que un cosmopolita habla idiomas extranjeros. Llegó a juntar huevos de ciento cuatro especies diferentes sin salirse de unos contornos que ha conocido a pie. Cierto que algunas estaban ya entonces protegidas. Se defiende: “Yo sé mejor que los guardas de qué pájaros se podían asaltar los nidos y de cuáles no”. Por ejemplo, si en su colección no hay un huevo de búho real, es porque él sabía que no quedan muchos búhos reales, pero si tiene de avutarda es porque está harto de verlas, y en abundancia, diga lo que diga el Boletín Oficial de la Provincia.

Algunos de los huevos son bellísimos, azules como los del cuervo, moteados de rojo, como los de la esquiva y encendida oropéndola. Allí, sobre el serrín, parecen más que huevos, una colección de planetas exóticos, manchados de fuego o nublados por sombras enigmáticas. Entre ellos está, claro, el del ruiseñor, diminuto como el más lejano de los astros. Al preguntarle la razón por la cual hoy oíamos menos ruiseñores que en otras épocas, supimos la verdad. Los herbicidas, con la bendición del Boletín correspondiente, están acabando con ellos, como con otros que han dejado de verse por aquí: picapinos (o carpinteros), abejarucos, mitos (el más pequeño). Y nuestro joven amigo, que no tiene aún treinta años,  ya es un elegíaco. 

Oriente Medio está asolado por revueltas y contrarrevueltas a cada cual más sangrienta, y aquí está uno hablando de pájaros. Quien haya oído cantar una noche de primavera a un ruiseñor (la experiencia es tan sobrecogedora como la de contemplar la bóveda estrellada en alta mar), habrá descubierto cuanto había de valioso y humano en sí mismo. Siempre supimos que las guerras van a donde el hombre va, pero nos ayudaba saber que un ruiseñor nos consolaría de tanta devastación. Que seguirán las guerras nadie lo duda, pero dentro de unos años acaso sólo nos queden esos huevos, ya vanos, que recogió un muchacho, y eso será todo cuanto quede del canto.
         [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de mayo de 2001]

15 de mayo de 2011

Argos

Los fotógrafos llaman “una foto robada” a aquella que ha sido obtenida sin el consentimiento de quien va a aparecer en ella, cuando presumiblemente negaría tal consentimiento si se le solicitara. ¿Pero en el caso de un hombre que duerme en la calle a la vista de todos? Este lo hacía en Mira el Río Baja, en el Rastro, hace cinco años, cuando los primeros vendedores desplegaban sobre las aceras sus poquiterías, al lado de la almoneda Verona, que ahora precisamente anuncia su final. Se hubiera dicho que también él quería ofrecer lo mejor suyo, su completa despreocupación, el abandono que le había llevado a echarse allí, un abandono de por fuera y un abandono de dentro, íntimo, sólo suyo, sin temor a nada, que le volvía inexpugnable. Vaya hoy esta foto que tanto nos recuerda el Argos velazqueño como recuerdo de aquel día lejano y de esta mañana, aquí, en Las Viñas, cuando aquel vagabundo, ¿dónde hoy?, hablaba por nosotros bajo sus párpados.

14 de mayo de 2011

Alquimia

HA sido más que un sueño el que vino en medio de la noche. Que eras tú lo declaraba esa sonrisa inigualable tuya, la límpida mirada, y me lo diste todo. ¿Por qué  te dije nada?  Al romper a llorar, te recordé de niño. Pero era el hombre que eres hoy el que lloraba, y no el niño, y que el amor brotara de ese dolor me despertó, como despierta a las piedras la hierba que crece entre las llagas. Un alquimista haría de ello algo más noble que un metal, más duradero, me dije ya despierto, cuando te fuiste.

13 de mayo de 2011

Aclaración

Hoy este blogger ha estado abstracto. Durante el tiempo en que lo estuvo borró el asiento de ayer y los comentarios. Hemos podido restaurar el primero pero no los segundos. ¿A quién podremos elevar las quejas y lo que viene con ellas? Sabemos, sin embargo, a quien pedir disculpas.

Cerca de Rilke

Ayer Antonio Pau trajo de nuevo a Rilke a España. Lo hizo suavemente, en un tono de intensidad inaparente. Tanto que, un poco avergonzado, te reprochaste haber pasado demasiado tiempo distraído de nuestro poeta, si no alejado: “Un ciprés, el olivo, la palmera. Los maestros murieron, nuestros árboles”. Juan Ramón ciprés, Rilke olivo, Pessoa palmera. Parecía recordarnos Pau las palabras de nuestro romance, que Rilke hizo suyas, como cualquier poeta le habla a una semilla, como se habla a la tierra por dentro: yo no digo mi canción sino a quien conmigo va. Y así sentiste cada una de las palabras de Pau/Rilke, una llamada de atención, un “vuelve, la puerta está abierta, no importa la hora”. Recordándonos la inclinación que sintió Rilke a abismarse en las mesas de los espiritistas, Pau nos dijo: pudo haber sido uno de los nuestros, haberse quedado con nosotros, como se quedó en París, en Moscú, en Capri. Acaso haya llegado a ser aún más uno de los nuestros por haberse ido. Tuvo esa suerte. El público de la Fundación March, tan rilkeano, esas mujeres del barrio Salamanca que empiezan a languidecer como los helitropos en cuanto se anuncia el crepúsculo, lo oía en el mayor silencio, como lo oyeron sus cloróticas princesas alemanas. Temía el auditorio romper acaso aquel encantamiento, el embrujo, los poemas que Pau iba recitando: “Se me vuelven las cosas más fraternas / y se detienen mis ojos más lentos sobre ellas”. Aprender a sentir es aprender a mirar, aprender a mirar es aprender a morir. Ayer, sí, Antonio Pau, trajo de nuevo a Rilke a España, y Rilke siguió mirando para nosotros desde las cosas más cercanas, siguió muriendo, más vivo todavía. ¿No fue Malte Laurids Brigge quien dijo: “cuando todo sucede naturalmente las cosas son todavía más extrañas?”.

11 de mayo de 2011

Vanguardismo carioca después de Auschwitz

Decía Gaya que la mayor parte del arte contemporáneo se había convertido en una sucesión de sustos baratos: un retrete atascado, unos filetes de carne cruda cortados en forma de libro, un lavabo sucio (linkar estos puntos...)

La crítica Estrella de Diego dice en El País: “El Premio Velázquez de Artes Plásticas consagró ayer a uno de los más revolucionarios autores de ese vanguardismo carioca caracterizado por el uso de materiales orgánicos y degradables, justo lo que más puede molestar a nuestra higiénica sociedad occidental”. En la fotografía del retrete se ven, en el suelo, unos periódicos. Otros, ya arrugados, flotan en el agua fétida. Qué habría ocurrido si entre tales papeles figurara uno en el que se leyese la mancheta de, por ejemplo, El País (no lo permita Dios). Probablemente los degradables habrían sido el artista y su secuaza, beneficiado hoy el primero de la degradación de Velázquez y la segunda, de su higiénica corrección crítica.

Melancolía, suerte

INTERNET: llegó a pensar que puesto que estaba a la vista de todos, todos lo verían. La enormidad de su equivocación explicará la magnitud de su melancolía.
* * *
LA suerte lleva tanto tiempo a nuestro lado, que cuando se manifiesta no la reconocemos. Y quien dice de la suerte, dice de la muerte, uncida a la primera por algo más que la rima.

10 de mayo de 2011

Baeza, 1958

Antes de abordar el caso de la misteriosa y bellísima fotografía de las niñas de Baeza encontrada en el Rastro hace un par de meses, conviene decir cómo emergen estas cosas. En el Rastro comparecen cuadros, dibujos, fotos que podíamos clasificar en cuatro categorías. En primer lugar están aquellos cuya autoría viene acreditada con ellos, bien porque les acompañe una firma bien porque, aun sin ella, son de sobra conocidos. Están en segundo lugar otros que tratan de beneficiarse de una autoría falsa o dudosa para mejorar su estimación; estas falsificaciones lo son de una manera explícita o sencillamente quedan en un lugar indeterminado, que aprovechan los almonedistas, anticuarios y rastristas para “llevar el agua a su sardina”. Están en tercer lugar todos aquellos dibujos, cuadros, fotos que, firmados o no, son de “nadie”, quiere decirse, de "cualquiera", que no tienen el menor interés porque, faltos de personalidad, su voz es inaudible. Y están por último aquellos otros que aunque no lleven firma o lleven una que nos es desconocida, nos resultan “de alguien”, seduciéndonos desde su aparición.
Es el caso de esta fotografía. Podría haber sido hecha por alguno de los grandes fotógrafos de aquellos años, Català-Roca, Masats, Miserachs, Maspons… Nos lo hace creer así lo que viene escrito en el dorso en caligrafía suelta, de mano acaso del autor: “Baeza. 5-5-1958”. No es, desde luego, una foto de familia. ¿Qué familia pobre tenía una máquina de fotos? Y que son niñas pobres, acaso de un orfanato, lo sugieren la sencillez de sus vestidos y la uniformidad de esos percales arrugados, como sugieren esas lilas y la fecha que tal vez estaban celebrando el mes de las flores, el mes de María, como se acostumbraba a hacer en las escuelas españolas. Probablemente alguna de ellas viva aún y acaso alguno de los lectores de estas líneas reconozca la imagen y a su autor.
Quedémonos hoy con esos tres rostros, a cada cual más bello: el de la niña triste, el de la niña suave y el de la niña alegre, aquel precisamente que no era el objeto del retrato, el semblante llamado desde 1958 y hasta el final de los tiempos a ganar el mundo para nosotros.


9 de mayo de 2011

Vagabundo sueño

Probable y afortunadamente la Ley propuesta por el alcalde de Madrid para toda España no prosperará nunca: perseguir a los vagabundos, retirarles de las calles, como hacen con los perros sueltos, y confinarles en albergues de concentración. El solo hecho de que se le haya ocurrido tal enormidad debiera bastar para hacerle perder no ya las próximas elecciones, sino la consideración que hemos de tener a todo ser humano, aunque justamente por eso, porque haya en él algo humano, podamos verle pedir perdón algún día no ya a los mendigos, indigentes y vagabundos, sino... al género humano, a todos nosotros. Pues si no hubiera vagabundos, aunque no voten, habría que inventarlos.

No quiere decir uno con ello, ni mucho menos, claro, que haya que favorecer o mantener las desigualdades, desdichas e injusticias que lanzan a tantas gentes a vagar solas por las calles. Al contrario, sólo al verlos nos recuerdan ellos las desigualdades, desdichas e injusticias que los sujetan a esa triste vida de errabundaje.

No sabemos si fue este alcalde de Madrid o el anterior, otra alhaja, quien retiró a los mendigos que hasta hace bien pocos años pasaban las noches en la Plaza de París, acaso la más famosa de España por salir a diario en todos los telediarios, con el Tribunal Supremo a un lado y la Audiencia Nacional enfrente. En invierno hacían unas fogatas y permanecían alrededor de ellas hasta que el cansancio y el vino barato los llevaban a meterse debajo de unas destartaladas casamatas hechas con cartones. Los vecinos les traían algo caliente de comer, ropa, mantas, a veces conversación. Se quedaban con ellos un rato, y se iban. Se hacían dos o tres fogatas de esas en toda la plaza y hasta los guardias se acercaban de vez en cuando y se calentaban en ellas, como había hecho Napoleón en los vivacs del terrorífico invierno ruso. Aquel concejo de mendigos ha sido el mayor alegato que ha visto uno jamás contra la injusticia y este sistema nuestro, allí, en medio de los tribunales más altos del Estado, incapaces estos de llevar algún consuelo o remediar tantas injusticias. En las noches más crudas y heladoras a veces llegaban quienes se ofrecían a llevárselos a los refugios, pero muchos querían quedarse allí, libres hasta el final, y alguno hubo que murió de frío sobre un banco una de esas noches, como si hubiese querido inmolarse de ese modo para recordarle al mundo la magnitud de la tragedia que lo había llevado a aquella vida. 

Hace años que tiene uno delante la fotografía del conde Tolstoi, vestido de vagabundo, como uno más de los mújiks que recorrían los caminos de Rusia. Se la hicieron cuando trataba de huir de la regalada y asfixiante vida familiar. Quería llevar otra más evangélica, acorde con sus ideas. Aquellos miles de mújiks fueron la semilla de la revolución. El alcalde de Madrid los habría deportado. La revolución resultó un fracaso, cierto, pero no por ello fueron injustas las razones que la desataron. Quieren quitar de nuestra vista los mendigos porque quieren ocultar las causas por las que hay tantos, sin comprender que su libertad de vagar por el mundo, sagrada, es la nuestra, y que no hay ni un solo sueño sin ella ni nadie más libre que soñando. Así de vagabundos somos todos.

       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de mayo de 2011]

6 de mayo de 2011

Un caballero del punto fijo (y tres aforismos)

OÍ que una mujer mayor le decía a otra más joven: “Ese es de los que arrima el agua a su sardina”. Pudo haber dicho también que llevaba el ascua a su molino. Como Sancho. La lengua viva. Y no hubiera podido adivinarse si lo decía con admiración o con desdén.
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ASEGURARÍAMOS que César Vallejo citaba de lejos a la vida cargando la suerte y adelantando la mandíbula, como al torear vemos que hacía Juan Belmonte.
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HAS perdido un papelito con dos o tres palabras, y te has vuelto loco buscándolo, más y más desasosegado cada hora que pasa. Pusiste la casa patas arriba. ¿Qué sucederá cuando pierdas la vida? ¿Dónde te dejarán ir a buscarla? ¿Qué podrás poner patas arriba?

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DE este vídeo, su autor advierte: abstenerse impacientes, dura doce minutos. Pero valen la pena, mira la vida por nosotros, y al mismo tiempo que la impulsa, la detiene, como aquellos caballeros del punto fijo que medían meridianos y ecuadores.

5 de mayo de 2011

Elegía atravesada

























LLAMÓ un periodista de El Mundo hace tres díasTraía la noticia de que la última fábrica de máquinas de escribir que quedaba sobre la tierra, la Godrej&Boyce, en Mumbai, India, acababa de cerrar sus puertas. Vino buscando una elegía. Le dije que no sentía ninguna nostalgia, que había sido un invento útil pero rígido, incómodo y pesado, mucho menos versátil que el lapicero, por ejemplo, o el bolígrafo o la estilográfica. Y qué tormento hasta lograr ver una página mecanografiada sin errores, qué calvario. Cada pifia mecanográfica se fosilizaba en la página de inmediato, y acababa calcificando también la palabra en la que se había incrustado y al rato la cuartilla, perdida su flexibilidad, se convertía en lápida mortuoria. Sólo recuerdo con nostalgia de aquellos años el fascinante papel carbón, que multiplicaba, arrancándolos de la noche, universos prodigiosos. El papel carbón tenía algo de rimbaudiano y maldito. En todos los años de agonía y arrumbamiento de la máquina de escribir no hle pensado ni un minuto en ninguna de las muchas que tuve, percutibles y luego eléctricas. El periodista, muy joven, decepcionado, trataba de arrancarle a uno unas lágrimas en el cortejo fúnebre. Advertí que, desilusionado, me tomaba por un cínico. “¿Pero no acompañaba con su traqueteo característico y el vaivén de su carro la cadencia de la creación literaria, el flujo y reflujo de la marea de la inspiración?”. Él jamás había utilizado una máquina de escribir, confesó, pero le habrán enseñado a hablar de esa manera en alguna escuela de letras, en la que seguramente habrá escrito también relatos a lo Hammett sobre una vieja Remington. Confesión por confesión, le dije: “La máquina de escribir era como el braguero de la literatura”. No sé de dónde le pudo venir a uno esta imagen tan extravagante. Hubiera querido decir corsé, pero la primera palabra que salió fue esa otra. Para no dejar en el aire una falsa impresión y que pensara que yo también había asistido a una madraza de letras, le dije, en tono más vacilante, que por irse, la máquina de escribir se ha ido sin haberle dado tiempo a nuestra lengua en más de un siglo a crear una palabra original para ella, haberla llamado mecanografo (como llana), por ejemplo, o el maquinógrafo o el grafomec o el mecagraf.
La foto que acompaña este pequeño escrito, de una máquina de escribir bastarda, la hice en el Rastro hace cuatro o cinco meses, y nunca llegué a entender con qué objeto alguien había cubierto con un pequeño trapo las teclas, acaso como se hacía con los cascos de los caballos cuando se quería apagar el estrépito de sus pasos sobre la tierra, al llegar la noche, cuando su dueño, un poeta sin duda (lo prueban las heridas que tiene su teclado), empezara a contarnos su sigilo.

4 de mayo de 2011

Según y conforme (apócrifo de Juan de Mairena)

Llegó esta mañana Mairena a clase mucho más locuaz de lo acostumbrado, debido quizá al resultado obtenido ayer por su equipo (Mairena, viviendo en Madrid y no siendo especialmente aficionado al fútbol, tenía la fantasía de decirse del Barça por lo mismo que, no siendo confesional, se habría declarado anglicano en Roma y católico en Londres):
–Dígame, García, qué relación ve usted entre la República Barataria y el Reino de España.
–La que media entre Cervantes y Felipe IV, entre Puerto Lápice y Cartagena de Indias, adonde no tuvo el rey el santo cuajo de dejar marchar a nuestro Príncipe de las Letras, cuando se lo pidió.
–No está mal, pero adivino en usted un fondo de guasa y de resentimiento y ello me obliga a darle un aprobado raspado. ¿Está usted conforme?
–Según.
–García, no me tiente; aún estoy a tiempo de atizarle la matrícula de honor.
–¿Como hace el Rey de España cada año con los premios Cervantes, después de lo que le hizo su bisabuelo a nuestro querido manco?
–Es usted incorregible, y siempre cojea del mismo pie.
–Conforme.