29 de febrero de 2012

Profesiones y oficios (3)

VENÍAN los lañadores no sé de dónde, de muy lejos en todo caso, hombres solitarios, sin afeitar y con ropas remendadas. A mí me parecían viejísimos y de aspecto lobuno. La gente les traía de las casas lebrillos, vasijas y platos averiados que precisaban de lañas, se los dejaban y se iban descuidados. Aquellos hombres viajaban con su taller a cuestas y trabajaban en la misma calle, sentados en el suelo, en cualquier sitio, en verano a la sombra, en los portales si llovía, con la pieza que iban a reparar entre las piernas y un martillo en la mano que manejaban con tanta delicadeza como precisión. Le daban unos golpecitos a un tiempo suaves y firmes, sin temor a quebrar la cerámica, unos toques que podían recordar al martillo que usan los médicos para buscar reflejos en la rodilla de un paciente. Sonaban muy bien aquellas notas en el barro, como si llevasen el ritmo de una canción que les rondara el corazón.
Me recuerdo de niño mirándoles trabajar hasta que ya no tenían más cosas que componer. Entonces metían sus herramientas y lañas en un saco, se lo echaban al hombro y se iban a otra parte de la ciudad buscando recomponer el mundo.
Otras veces aparecían los paragüeros, y componían los paraguas que llegaban a sus manos como grandes murciélagos con los brazos y piernas rotos, y, más a menudo, los afiladores que solían venir de Galicia arrastrando aquel bonito artilugio suyo, tan dadaísta, precedidos por el arpegio característico de su silbato o chiflo. La gente acudía con cuchillos, hachas, navajas y tijeras y el hombre empezaba a mover con el pie la enorme rueda que a su vez movía aquella muela de la que salía una cascada de centellas que nosotros tratábamos de apresar en el aire como luciérnagas. Cuando terminaba su trabajo en aquel lugar, plegaba su máquina davinciana y se iba haciendo sonar su caramillo y le seguíamos como si fuese una versión proletaria del flautista de Hamelín.


Afiladores

28 de febrero de 2012

Profesiones y oficios (2)

VENÍA pensando uno estos días en los diversos oficios, acaso porque aquí, en el campo, algunos de ellos apenas han variado desde los tiempos bíblicos: albañiles, zapateros, herreros, labradores, pastores, alfareros, aperadores, guarnicioneros, canteros, panaderos, carpinteros, sastres... 
Las mismas técnicas y las mismas palabras para nombrar herramientas que a menudo han pasado de padres a hijos sin variar de forma ni función, y en todos ellos el amor a la obra bien hecha. ¿Qué es la obra bien hecha? El intelectual, el artista, el poeta a menudo se mueren sin saber si alguna vez salió de sus manos algo parecido a una obra bien hecha. Pero el artesano sabe bien en qué consiste: es la que al tiempo que somete con esfuerzo a la naturaleza, la mejora, haciendo esta tierra más hospitalaria. La obra bien hecha de un artesano es lo más cerca que está la cultura de la naturaleza, hasta casi confundirse con ella. Por eso las obras bien hechas, la rueda, unas tijeras, un arco, se resisten a cambiar con el paso de los siglos: han nacido perfectos, como una flor, el canto de los pájaros o el fuego.
Pocos momentos más emocionantes que aquellos en los que un artesano, a veces tras horas, días o semanas de labor, contempla la obra terminada en la que reconoce su propio espíritu. En ese punto olvida todo el esfuerzo que le ha costado realizarla. Cuánta alegría entonces, con qué respeto mira sus manos. Sabe que de ellas han salido algo más que movimientos mecánicos y diestros, sabe que sus manos sienten y piensan a su modo con una sabiduría arcana y propia. La fatiga del esfuerzo viene incluso a sumarse a esa fiesta y lo conduce a un descanso que siente no sólo necesario o merecido, sino justo. Digamos que le acunan sus sueños las palabras del Génesis 1, 13: "Y vio todo lo que había hecho, y era bueno en gran manera".
El herrero saca de su fragua un trozo de hierro que convierte en el ala de un arado, el colmenero con habilidad y delicadeza sumas, sin destruir el infinito exagonal que viene en ellos, desopercula sus panales. Les hemos visto a ambos trabajar concentrados, en silencio profundo, con atención extrema. Si alguna obra merece el nombre de arte es ese arado, si de algo pudiéramos decir sin temor a equivocarnos que es poesía, es el crepúsculo que destilado con la miel conservaremos en un tarro de cristal.
Aldaba.




27 de febrero de 2012

Ceros a la izquierda

SE decía aquí la semana pasada que la derecha española ya no es lo que era, y añadiríamos: ni la izquierda. Oímos hace poco decir a la señora Carme Chacón, en la soflama que la presentaba como candidata a la Secretaría General, que se sentía orgullosa de un Partido que tenía ciento treinta años. Encontraba, en cambio, que el candidato que le disputaba el liderazgo era ya un poco viejo para ese puesto. Este hombre, vino a decir, es ya historia, y añadió que necesitaban renovarse, nuevas, ilusionantes ideas, que ella era una mujer (ya saben) y bla, bla, bla. Carme Chacón, como es bien sabido, perdió, y la joven Carme Chacón es, al menos hoy por hoy, historia. La vida misma.

Si bien no ocultará uno ahora el desasosiego que le despertaba la idea de oír durante los próximos cuatro años a todas horas, como jefa de la oposición, a una persona sobreactuada que parece gritonear consignas cocinadas para ella en una agencia de publicidad, si bien, digo, esa idea le ensombrecía a uno, no le gustaría tampoco que pareciese ahora que hacemos leña del árbol caído, que nos alegramos de que a alguien se le hayan roto los sueños, por infundados que fuesen. Por eso le deseamos a la señora Chacón que en el futuro pueda volver a intentarlo, aunque para entonces haya alcanzado la edad que ahora tiene quien ella pretendía orillar haciéndolo pasar por viejo.

Para algunas cosas, lo mejor de la juventud es que pase pronto, y mejor aún es que pase sin dejar secuelas. Siempre le ha resultado a uno triste, por innecesario, oír a personas mayores decir que lo importante no son los años que se tienen, sino cómo se siente uno, que la juventud está en el corazón y no en las piernas y bla, bla, bla. 

Al contrario de lo que le sucedía a Carme Chacón y a la mitad de los congresistas socialistas que la votaron, querría uno ser gobernado por ancianos a resguardo de pasiones y ambiciones inconfesables, atendido por médicos con experiencia, o ser amigo de aquellos a quienes una vida larga y colmada haya ayudado a atesorar saberes arcanos, decantados. Vivimos no obstante bajo la tiranía de la juventud como ideología que trata de imponerse despreciando la experiencia. Desde luego que querría uno ser súbdito de  los valores que se suponen de la juventud inteligente: generosidad, valor, audacia. Napoleón fue joven y Europa le debe todo. ¿Será Carme Chacón la Bonaparte del socialismo español? A la edad de Chacón, Napoleón llevaba ya cinco años de emperador. Por otro lado, sería penoso que la juventud quedara sólo como algo gestionado por la industria del entretenimiento (viajes, pop, cine, consolas, estadios) o por la del cuerpo (desodorantes, buenas casas, ropa cara, gastronomías sofisticadas), industrias que tratan de hacer tentadoras las mismas empresas de publicidad que acaso aconsejaron a la Chacón. Todos trabajamos con colegas de nuestra edad en la profesión u oficio que ejercemos. Pero de lo que la mayoría nos sentimos orgullosos es de haber tratado, escuchado y respetado a aquellos a los que, por edad, y no sólo, pudimos dar el nombre de maestros, personas que justamente por ser viejas y sabias jamás quisieron beneficiarse de su ancianidad como hemos visto que otros, creyéndose jóvenes por el carné de identidad, quisieron beneficiarse de su juventud.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de febrero de 2012]

26 de febrero de 2012

Profesiones y oficios (1)

LA vida en el campo, decíamos ayer, le permite a uno mirar papeles viejos, unos leídos y olvidados, otros a la espera. Entre los primeros, aquel viejo texto de Walter Benjamin que tradujo José Muñoz para un estupendo dossier Gómez de la Serna que preparó JM Bonet en El Europeo (1988), "Sobre El Circo" de Ramón. "Me parece –dice WB– que sólo existen dos profesiones (y no son las que a uno se le ocurrirían) que estén íntimamente relacionadas con la paz. Y no me refiero a las muy cuestionables Hermanitas de la Caridad (que, en definitiva, están a la espera de la guerra, sólo que no como los generales), ni tampoco a los pacifistas (que viven del peligro bélico, sólo que de modo distinto que los traficantes de armas). Se trata de los matemáticos y de los clowns: los maestros del pensamiento abstracto y de la physis abstracta. La paz avalada por sus firmas sería la única paz de la que yo me fiaría. Esta paz sellada en un gran circo sería también una paz puesta bajo el signo del mundo de los animales, que habría asumido el patronazgo de la humanidad". Sigue WB un trozo más en sus divagaciones, sin duda contagiado por el espíritu divagatorio de Ramón, el escritor más contagioso de la vanguardia: "El humor más jovial y la melancolía más negra. La tertulia más vanguardista en el café más romántico. El inventor de nuestra prosa moderna y el último costumbrista. La novela más larga y la más corta. La interminable divagación entre el humo del tabaco y el relámpago de la brevísima greguería", nos dirá JMB.
Aunque en realidad no quería uno tratar de estas dos respetables profesiones, sino de los oficios, pero sucede en la vida campestre que no acaba uno haciendo lo que quiere, sino viviendo al ritmo de las cosas que le van saliendo al paso, en las que se queda por el gusto de no ir a parte ninguna.


Del libro Amaestramiento de animales, de Sebastián Gasch. Ed. Fama, Barcelona 1955.

25 de febrero de 2012

Iberos, ayer como hoy.

ACASO el principal beneficio de la vida en el campo sea el de llegar a pensar que nada que vaya más lejos de los pulsos de la naturaleza tiene la menor importancia. El tiempo que hace, la hora en que se pone el sol, la del amanecer, si cantan o no los pájaros, y de qué clase... De ahí que los signos de cultura, incluidos los más alejados a nosotros, podamos sentirlos como cercanos. ¿Se explicaría si no el interés con que hemos leído esta tarde  el libro de Antonio García y Bellido Arte ibérico en España de hace casi medio siglo? Se habría dicho que trataba de hechos acuciantes, que reclamaran de nosotros la mayor diligencia. Y no lo eran. Delante de esa cierva, que custodia el Museo Británico, o de la pareja de músicos de un vaso de Liria, del Museo Arqueológico de Valencia, tan graciosamente disfrazados de Superman y señora, nos conmueven aún no sus formas, actualísimas por otro lado, sino algo que nos hermana a sus primitivos autores: la nostalgia que debieron de sentir, al esculpir el animal o al dibujar esas figuras, nostalgia del movimiento grácil o de las dulces melodías, la distancia insalvable que hay siempre entre lo representando y la emoción que lo propició, distancia tan grande ayer como hoy.


24 de febrero de 2012

Fisiognómica

LA fisiognómica fue una ciencia a la que no hubo novelista del siglo XIX y comienzos del XX que no se acercara: confiaban sus personajes a indicaciones y estudios que hicieron clásicos a Lavater o Le Brun. En el libro Expresión del rostro, del Dr. Adr. Vander, publicado en Barcelona en 1950, hay un gran número de descripciones que hoy nos resultan más cómicas que preocupantes y que se tomaban en serio gentes que no veían incompatibilidad entre la ciencia y el racismo, como Baroja, quien daba gran importancia a la volumetría y angulación de los cráneos de las razas humanas a la hora de determinar "las causas que predisponen a cometer actos inmorales, delitos o crímenes". De todo ello ha quedado poco; hoy sólo estas láminas que podría haber concebido Duchamp y que habrían encantado a Diego Lara. A Dada le debemos esa mirada de ver humor donde sólo hubo dogma y fatalismo de una sociedad que creyó a pie juntillas que Caín llevaba en su cara el estigma de su crimen mucho antes de acabar con la vida de su hermano Abel, a quien Gila hubiera dicho que si no sabía aguantar una broma, mejor irse del pueblo.

23 de febrero de 2012

Toreo de salón (Anónimo)

NOS contó consternada una historia que nos pareció graciosa. Trasteando el otro día cayó en el blog de X. Hizo diversas catas, un poco avergonzada, nos confesó, como si se hubiera colado en una alcoba ajena. El ilustre bloguero daba noticias de todos y cada uno de sus viajes, publicaciones, traducciones, reseñas, agasajos, almuerzos con gentes importantes, masajes, conciertos, museos, libros leídos (en sus lenguas originales, por supuesto)... Le parecía algo inaudito, pornografía pura, como si les dejara a sus lectores mirar por el ojo de una cerradura el torbellino de sus orgías literarias e intelectuales, y sin poder evitarlo escribió un post: "Gracias, X, por existir, por compartir con nosotros tanta sensibilidad". En cuanto lo escribió, se aplacó un poco y quiso borrar el sarcasmo, pero percutió por error la tecla del envío. "Por si fuese poco, la infamia de esa ignominia es que apareció firmada por "Anónimo"". 
Acabamos de entrar en ese blog. Lleva un poco de razón, X con suma habilidad deja caer sus éxitos, como las damas dieciochescas sus pañuelos de batista, fingiendo descuido. Yo lo veo un poco como toreo de salón, pero también como ballet. Y sí, X va y viene con su traje de luces (whisky, tabaco y oro) en puntas de pie por el gran teatro del mundo, sin salirse nunca del escenario. Le he puesto un @: "Tranquila, X nunca descubrirá tu sarcasmo. Al contrario, como la madrastra de Blancanieves delante del espejito mágico, y con tantos post cada día como el tuyo, pensará que el mundo está bien hecho. Es más, yo mismo he estado tentado de dejar otro parecido. No lo he hecho porque sé que el ojo de Dios (cerradura del cosmos) me está mirando, porque me gusta firmar con mi nombre lo que escribo y porque a mí no me saldría tan gracioso como el tuyo".

Foto: Taberna madrileña con foto de Manolo Caracol toreando de salón junto a Paco Camino. Enero de 2012.

22 de febrero de 2012

Migas de pan

ESTÁN aquellos a los que, como decía Gaya de sí mismo, les gusta mucho la gente, pero esperan poco de ella, y aquellos, tantos, a los que no parece que les guste la gente en absoluto, pero esperan todo de la gente, y aun se lo exigen.
* * *
RECORDABA Felipe Benítez Reyes a quienes, como Juan Goytisolo vendiendo su biblioteca al Estado por una importante cantidad de dinero, eran heterodoxos “de una manera hetedoroxa”. Y habría que añadir, además, que los tales suelen ser heterodoxos… de manual.
* * *
NO es fácil cuadrar el triángulo de la Santísima Trinidad.
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CON las migas viejas de pan los gorriones hacen haikús.
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SI yo publicase alguna vez un libro de aforismos, y de no titularlo Pajaritos fritos, El percutor o Balas perdidas, de no ser ninguno de estos, digo, lo titularía Migas de pan.


Madrid, 19 de febrero de 2012

21 de febrero de 2012

Rojo Lithol

Es Autobiografía sin vida, de Félix de Azúa, un libro que recuerda al Ortega de La deshumanización del arte no sólo por cierto empaque castizo muy ferlosiano (y a pesar de que Ferlosio desdeñe por igual a Ortega y al arte: el estilo gusta jugar a tres bandas), no sólo recuerda a Ortega en eso y en el tema, decía, sino porque en este libro las disensiones puntuales no te llevan nunca a dejar su lectura, sino a continuarla, agradecido de que alguien te haga pensar. Aunque puedan no compartirse enteramente la genealogía que propone o su tesis de que el arte y la poesía han muerto (cierto que Azúa presenta algunas actas de defunción de la mayor solvencia, pero no nos hallamos ante un cadáver, sino sólo ante un cuerpo cataléptico que tarde o temprano volverá a la vida, como anunciaba Gaya sirviéndose de la metáfora de un Arco Iris), es rara la página donde no venga una reflexión inteligente y brillante, una intuición certera o una historia curiosa, como la que ha movido estas líneas.
Así nos cuenta Azúa (seguramente era algo sabido, y nosotros estamos llegando cincuenta años tarde) que Rothko usó en sus pinturas colores de mala calidad, "el célebre rojo Lithol, que ha destruido ya y va a destruir la mayor parte de las obras importantes del artista. Esos objetos llevaban incluido su propio suicidio y con la dignidad de los derrotados se irán convirtiendo en polvo por mucho que se esfuercen los restauradores por evitar la caída del pigmento. En algunos casos los comisarios ordenan repintar con nuevos pigmentos los rothkos, sin decír ni pío. Y siguen siendo "rothkos" aunque no haya en ellos ni una sola pincelada del autor".
En las vidrieras de la catedral de León, según nos explicó hace muchos años el profesor Víctor Nieto Alcaide, apenas quedan unos centímetros de las originales, que se han ido sustituyendo y remplazando a lo largo de los siglos por otras. Antes de conocer este pormenor, la luz que se desborda en las naves del templo le parecía a uno, oh años mozos en el viejo burgo, tan o más gótica que la melancolía de doña Urraca, pero lo curioso es que después de saberlo, nos sentimos aún más afortunados que los góticos, que se hubiesen perecido por la viveza de los colores, cada día más jóvenes. No sé si más góticos, pero sí más gloriosos, que es de lo que se trataba. Alguien verá tal vez en la historia de Rothko una especie de justicia poética de la Pintura para con aquellos que la fueron alejando de la Vida por acercarla a la Idea. Dejemos de lado estas consideraciones. Aunque repintaran todos los rothkos del mundo y no quedase en ellos ya una sola pincelada del pintor, también arrojarán sobre el mundo futuro la sombra del nuestro, cada día más tendida, como corresponde a los crepúsculos. Y leerán en ellos, como nosotros en un poema romántico, una edad dorada que no existió.
Rohko en su estudio; Rothko, 1964, frente a uno de esos cuadros que probablemente desaparecerán, fotografiado por  Liberman, y Rothko por Elkan.

20 de febrero de 2012

La derecha ya no es lo que era

Al obispo de Valladolid no le gusta que la vicepresidenta del gobierno esté casada por lo civil, formando parte ella de un gobierno “como Dios manda”, aunque es probable que al señor obispo la señora vicepresidenta se le hubiese atragantado antes, porque esa señora, si bien “juró” su cargo (no lo “prometió”, como suele ser uso entre políticos “laicos”), evitó al hacerlo poner su mano sobre la Biblia, y sí lo hizo sobre un ejemplar de la Constitución. La política, como la vida de las personas, está en estos pequeños detalles. A Baroja, como es bien conocido, le pidieron en Salamanca en 1938, en plena guerra, jurar “por el Ángel Custodio” su cargo de académico. Todo el mundo estaba en vilo: ¿Se atrevería Baroja a desafiar a las nuevas autoridades fascistas, al nacionalcatolicismo, prometiendo y no jurando? Bien, a la pregunta “¿Jura o promete?” Baroja respondió... Durante años circuló una respuesta apócrifa, muy barojiana y más divertida que la real. La ficción está para eso, para divertir. Baroja habría respondido: “Lo que sea costumbre”. Parece, sin embargo, que la respuesta fue menos graciosa, y por tanto más triste: “Lo que manden”. Y, sí, al señor obispo no le gustan que “sus” políticos no hagan lo que Dios manda.

Pero seguramente su ilustrísima aún va a tener más motivos de disgusto. No lo decimos aquí por que muchos de los que votaron en su día contra la ley del divorcio se hayan divorciado, o usen preservativos quienes se opusieron a las campañas que los aconsejaban o que lleven de la mano a sus hijas a abortar, no. Hablamos hoy de una novedad. La presidenta de la comunidad de Madrid, que Dios coja confesada, quiere fundar una ciudad del juego. La proyectada ciudad sería, leemos en los periódicos, como Las Vegas: casinos funcionando las veinticuatro horas del día, hoteles de lujo, salas de fiesta...

Creía uno, influido sin duda por la ficción del cine y de la literatura dovstoyeskiana, que el juego, entendido de esa manera, favorecía las atmósferas viciadas y lo peor del ser humano... De la fundación de esa ciudad del juego no sabemos, sin embargo, que haya protestado ningún señor obispo. Se educó uno en un país en el que proliferaban carteles en los que se veía bailar a una joven y al demonio vestido con esmoquin y este mensaje: “Bailar es pecado”. Se ve que hartos de que la religión haya sido el opio del pueblo, han decidido que lo sea el bacarrá. Decididamente cierta derecha española ya no es lo que era, pero nosotros sí: es una tragedia que en nombre del trabajo (lo primero que han asegurado es que “nuestras” Vegas manchegas crearían riqueza y empleos) quieran dar carta de naturaleza a eso.  Y ya que no por razones éticas de fondo, deberían al menos abortar el proyecto por defectos de forma: aterra pensar en el tsunami de estética saudí que se nos echaría encima. La alcaldesa de Madrid, por su parte, y aunque no consta que ella haya renunciado a su sueldo, nos ha pedido también a los madrileños que trabajemos gratis. Tal vez debiéramos: enseñarles que la Ilustración sigue siendo lo que era, separación de la Iglesia del Estado y libertad de conciencia, y estudio, cultivo y muchos paseos al aire libre, tal y como querían nuestros ingenuos y admirables ilustrados de la vieja Institución Libre de Enseñanza.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 19 de enero de 2012]

19 de febrero de 2012

Azorín. Siempre.

EN su laberíntico y abastecido Azorín íntegro (¿o no fue ahí?) Santiago Riopérez y Milá (que guardaba su colección de ediciones del Quijote en... ¡la caja fuerte de un banco!, gran locura de licenciado Vidriera) reproduce una de las páginas más gloriosas de Azorín, ejemplo de literatura minimalista: "Albacete. Siempre. Azorín". Nada más. Recuerdo esas tres palabras, pero más aún aquellos dos puntos en la cuartilla en blanco como globos de un mapa mundi. Sobre el mundo Azorín, el universo Azorín más bien, y su vigencia, publicó ayer El País un interesante reportaje de Juan Cruz, al que uno contribuyó con estas líneas:

"Baroja es un gran escritor de partida, Azorín un escritor de llegada (Valle, de quien Azorín prologó las Obras completas, es hoy, al menos para mí, un escritor de paso). Si la gente no llega a Azorín es porque se queda a medio camino (en Valle, por ejemplo). Bien porque se distraen con la velocidad, bien porque les asusta la lentitud. Es sutil, inteligente, poético. Lo más parecido a Velázquez en literatura. Cervantes es Murillo; Galdós, acaso, Goya; JRJ, Rosales; Pío Baroja, Ricardo Baroja; Valle, Romero de Torres; Ortega, Zuloaga; Unamuno, Solana; Gómez de la Serna, Picasso; Solana, Solana y Gaya, Gaya... Sólo Azorín se acerca a las atmósferas velazqueñas, tanto domésticas como al aire libre. Y sin dudarlo, estos serían sus libros, de todas las épocas para todos los tiempos. Los tres primeros me parecen obras maestras de la literatura española: Las confesiones de un pequeño filósofo (ejemplo de sus obras sin tema). El licenciado vidriera (como recreación de un clásico). Doña Inés (obra de ficción moderna). Con permiso de los cervantistas (ejemplo de su sutileza crítica). Salvadora de Olbena (la primera mitad maravillosa)".

De Azorín dice Juan Cruz que "era un escritor moderno que combinaba la imaginación y la realidad como hoy la manejaría gente como Sebald, Javier Marías, Muñoz Molina o Julio Llamazares". ¿Significa ese "manejaría" que podrían manejarla, si quisieran, pero que no la están manejando? ¿Tal vez que la estarían manejando ya, pero tan secretamente que no nos hemos percibido de ello aún? El pequeño filósofo piensa siempre en pequeñas cosas como son los tiempos verbales, pero sabiendo lo buen amigo que es JC de esos escritores, de los vivos al menos, y en su ánimo de desprejuiciar a los lectores poniendo al ensombrecido Azorín al lado de autores de candelabro, nos habría gustado que les hubiese recabado su opinión al respecto,  como lo hizo con nosotros, un poco huérfanos en ese reportaje, quizá sólo pequeños filósofos teloneros. Por eso querríamos haber sabido. Nos habría placido, tal como hubiese escrito micer Azorín, saber por qué pudiendo manejar la realidad como Azorín, se resisten a hacerlo estos conspicuos contemporáneos nuestros, animándoles a todos ellos desde aquí a que lo hagan, si no tienen cosas más importantes que hacer.

Azorín y su firma. Una foto de una foto de Alfonso.

18 de febrero de 2012

De Andrés Niporesas a Andrés Yatedigo

A diferencia del Maestro Juan Martínez, no estuve allí, pero sí el amigo que desde hace veinticinco años trata de arrastrarnos a Arco. Yo le persuado: es más bonito así, oyéndotelo contar, y me acuerdo de aquel día en que alguien le iba radiando a la infanta Margarita la exposición de Juan Gris, cuadro por cuadro, sin saltarse uno, a un palmo escaso ella de la pintura que no podía ver. Eso lo vi yo con estos ojos que me dio Larra, como vio nuestro amigo esto que sigue y que cuenta ahora este otro pobrecito hablador Andrés Yatedigo.
Un artista de cuyo nombre no logro acordarme, artista de piezas, vende en Arco, o trata de venderla, enmarcada, la carta en la que renunciaba al premio tal y cual Pascual. Lo chistoso del asunto no es tanto que el precio en el que trata de venderla o en el que probablemente ya la haya vendido, iguale la cuantía del premio: 30.000 euros. Eso nos da igual, porque no dice nada nuevo: los artistas conceptuales pueden ser tontos, pero no del todo, y tratan de ganar su salario honradamente. Se lo decía hace poco a un ex secretario de Estado del Pp el ex no sé qué Rogelio Blanco (del nombre de este, en cambio, me acuerdo, vete tú a saber por qué, pues no hizo nada memorable), el más conceptual de los socialistas o el más socialista de los conceptuales: "Me quedo trabajando con el Pp, porque tengo que llevar un sueldo a casa". En ese caso yo tampoco estaba allí, pero sí otro amigo que esperemos pueda llevarse también un sueldo a casa, como debería uno poder llevárselo por contar honradamente tantas cosas honradas.
A lo que íbamos. Lo que resulta conmovedor es ver los esfuerzos que ese hombre tiene que estar haciendo todo el día, a todas horas, desde que rechazó su premio, para recordárnoslo, pues sabe, como sabemos todos, que el que renuncia a un premio lo tuvo cuando se lo dieron y vuelve a tenerlo cada vez que se encarga de repetir que lo rechaza. Como si dijéramos, un sacramento, aunque esté mal la comparación. Se nos ha olvidado el nombre de la mayoría de los premios Nobel de Literatura, pero cada vez que se habla de Sartre se recuerda que renunció a él. Ese artista de cuyo nombre ninguno de los dos Andreses nos acordamos, ha encontrado el modo de que no se nos olvide que a él un día le dieron un premio, y a estas horas estará rezando para que nadie le compre esa "pieza" para así poder enseñarla cada año en Arco. Claro que si la vende, siempre puede exponer el certificado de haberla vendido, certificado que seguramente le comprará quien le compró la carta, pues una cosa es segura y una cosa trae la otra: los artistas conceptuales no son tontos del todo, pero los coleccionistas hacen todo lo que pueden.


Otra instalación. El Rastro, 12 de febrero de 2012. El precio de la instalación no es de 50 € como puede llamar a engaño la foto, sino de 30.000 €, precio de redondeo y de tendencia, pues 30.000 € es lo que se está llevando esta temporada por pieza, sea la carta comentada, sea el Francocacola aquí glosado hace dos días.

17 de febrero de 2012

Tarde, mal y nunca (aforismos y secuelas)

 EL que va lento, llega tarde; el que va despacio, a su hora.
 * * * 
EN literatura el ego es el lego, pero no lo sabe.
* * *
“YO”, un monosílabo con todas las letras del alfabeto.
* * *
“YO”, menos aún que un monosílabo.
* * *
SE diría que todos estos artistas de barracón de Arco, los Hirst o los Merinos de los que nos ocupábamos ayer, están haciéndole el trabajo sucio a muchos otros artistas "tradicionales" y el caldo gordo a quienes como Duchamp se encuentran en el origen de su propia tendencia. Y han conseguido al fin que los historiadores, galeristas, directores de museo de arte contemporáneo y coleccionistas deseen violentamente tener ya que no el famoso urinario, convertido en un hito en la historia del arte como la Victoria de Samotracia, al menos cualquiera de sus sucedáneos.

Instalación en Conde de Xiquena. 17 de diciembre de 2011 a las 14:25 (hora del aperitivo)

16 de febrero de 2012

Los sustos baratos y los apologetas

EL martes 14 El País nos sorprendía a todos con una portada que dedicaba su foto principal a cierta “obra”: una escultura de un Franco de corte hiperrealista vestido de militar, metido de pie y con las rodillas flexionadas, lo que aún le hacía más ridículo, en una de esas neveras de Coca-Cola que se ponen en los pasillos y salas de espera. Ni siquiera el arte contemporáneo tendría un nombre apropiado para esa ocurrencia: ¿Escultura? ¿Instalación? ¿Museo de cera? ¿Arte conceptual? ¿Arte político? ¿Imaginería popular? ¿Publicidad encubierta de Coca-Cola? ¿Carambola a tres bandas de la Fundación Francisco Franco que ve cómo languicede su legado (*)? Fue Ramón Gaya quien definió mejor toda esta clase de quincallería: "sustos baratos". Sustos baratos que suelen salirnos, por lo general, carísimos, ya que casi siempre son los museos y las instituciones culturales públicas quienes acaban apechugando con ellos y empapuzándonoslos.
Lo que a este en concreto le hace diferente de otras mamarrachadas no es tanto que sea más o menos caro o de "gusto" discutible, sino que haya aparecido en la portada de El País, una entidad privada con reputación de seria y amarillista lo justo (y ya estamos temiéndonos lo peor, todos los otros medios de masas a los que El País ha señalado el camino, y que a lo largo de esta semana van a meternos a Franco hasta en la sopa). 
Ni siquiera hemos de pensar qué habría ocurrido si se hubiera tratado de una figura histórica no menos significativa para los españoles e incluso con el mismo cariz totalitario, pero de signo político contrario, pongamos por caso Enrique Líster o Dolores Ibarruri. ¿Le habrían dado la portada? Claro que para ello tendríamos que encontrar antes a un "artista" que quisiera verdaderamente escandalizar o vacilar al burgués con algo políticamente incorrecto (hablar mal de Franco es, contra lo que parece creer ese artista, políticamente correcto; hacerlo de Pasionaria, hoy, no lo sería en absoluto, al margen de la consideración o los matices que pusiéramos en cada caso, de la misma manera que malicio que una posible momia de Aznar sería objeto de consideraciones lúdicas en tanto que otra parecida de González o Pujol probablemente se reputaría una provocación de mal gusto), puesto que eso es de lo que al parecer se trata, lo que se persigue, el escándalo: el ser o no ser en una sociedad del espectáculo como la nuestra.Y si en este caso la representación de la obra es la obra misma (¿sería diferente la "pieza" [tal como la llama el piecero] si la momia fuese del Che Guevara, La Pasionaria o, más audaz aún, la de Santiago Carrillo, que sigue vivo? Desde luego que no, sólo el escándalo sería distinto, y también los periódicos que la hubiesen sacado en sus portadas), no podremos dejar de hacer algunas consideraciones.
La primera de todas es que el autor, Eugenio Merino, nació el mismo año en el que Franco murió (en la cama), pero que por simple estadística, de haberlo hecho pongamos treinta años antes, cabe suponer que habría sido uno más de los millones de españoles que no movieron un dedo para que la dictadura de Franco se acortase un solo día. Claro que quizá encontremos en este hecho sociológico la razón económica por la cual hayan querido darle la portada de El País, brindis de sus responsables a todos aquellos que habiendo tenido edad para haber luchado contra Franco no tuvieron el valor de hacerlo (estadísticamente una gran parte de sus lectores), convenciéndoles de este modo de que sí fueron antifranquistas, como  convenció De Gaulle en 1945 a todos los franceses de haber trabajado para la Resistencia. Y esto, en el caso que nos concierne, pasa por resignificar al dictador Franco, convertido en un icono risible, muñeco del pim pam pum para exorcizar los fantasmas que se le han atragantado a esta sociedad. Para eso, no obstante, es mejor que le demos la palabra al propio Merino, que habla del asunto como lo haría un publicista hortera: "Franco sigue siendo noticia, no ha desaparecido. Está más de moda que nunca con la Ley de la Memoria Histórica y el Diccionario Biográfico Español. Al principio barajé incluir [en la máquina de bebidas de Coca-Cola donde ha metido a Franco] a Mao Zedong, pero no funcionaba tan bien. Franco en una nevera es la imagen de su permanencia en nuestra cabeza", ha dicho, y podría haber añadido, "y en mi cartera". La "obra" que trajo el año pasado a Arco la vendió por 45.000 euros. Cierto que el periodismo está para dar noticia de los hechos, incluso cuando no pasan de ser sustos baratos, pero no si con ello se convierten además de mensajeros en apologetas, como es el caso. 
Algunos artistas contemporáneos pueden no ser Heidegger (los hay que lo intentan), pero tienen el instinto de los pícaros para sus trapicheos. Parece el caso de este Merino. Ha metido a Franco en una refresquera de Coca-Cola (sutil: imaginamos lo que le ha costado llegar a esa idea), tiene el cinismo de decir que ha dejado fuera a Mao (seguramente está pensando en exponer en alguna galería emergente china) y se ha buscado para su obra un asunto blindado (a quien se la critique, siempre podremos llamarle fascista y desde un punto de vista artístico, reaccionario y casposo).
(*) y así parece confirmarlo el hecho de que diecisiete horas después de publicado este asiento, esa Fundación haya anunciado que demandará al autor de la obra. Olvidado el escándalo no tendría nada de particular que el artista y los de esa Fundación se repartan en un callejón oscuro el dinero que saquen de todo esto, tras la consiguiente comisión a los de El País.

El País, 14 de febrero de 2012

15 de febrero de 2012

Haz algo

HABLÁBAMOS ayer de la ingenuidad a propósito de los libros. Ingenuidad hay también en esta fotografía utilizada en un raro folleto, Bibliothèques du front et de l'arrière en Espagne Republicaine (1937-1938) de las Éditions Espagnoles de Barcelone, impresas en París. Se dice en el pie: "Campesinos absorbidos por la lectura de las publicaciones distribuidas por el Bibliobus". 
Al margen de otras consideraciones sociales, nos recuerda las ideas opuestas que se tenían en uno y otro bando de los libros y la lectura por una parte, y por otra, de la propaganda. Respecto de esta, según Ridruejo, las diferencias resultaban abrumadoras a favor de la República, y respecto de libros y lecturas, también, debido sin duda a que los republicanos habían asumido el programa de instrucción concebido por la Institución Libre de Enseñanza. Por su parte los sublevados jamás ocultaron su prevención a los libros y a los intelectuales. Muchos años después de ganada la guerra, en cuántas familias franquistas no se les decía a los chicos y chicas con inclinación a la lectura "deja el libro, y haz algo". 
El pueblo que conocieron los misioneros de Misiones pedagógicas en la República desapareció en la guerra. Se ha dicho que en una guerra la primera víctima es la verdad: la guerra acabó con el pueblo y la propaganda hizo del pueblo, público, como el que iba a mirar las momias de monjas expuestas en el atrio de las iglesias. Entre la primera foto y la segunda no hay ni distancia temporal (las dos son de 1936) ni espacial (las dos son de España, la primera publicada en el folleto aludido, y la segunda, hecha en Barcelona, en la conocida y circulada revista gráfica francesa L'Illustration). La misma República que trataba de ganarse en el extranjero la reputación de una república ilustrada, necesitaba dejar claro a los oriundos con harta ingenuidad, puesto que no trataba de ocultarlo, al contrario exhibiendo esas momias con jactancia vesánica, que al mismo tiempo aspiraba a ser una república revolucionaria.



14 de febrero de 2012

Librería de libros

PUEDE hacernos gracia en un primer momento la ingenuidad, pero lo que enuncia el rótulo es cosa seria. El dueño tal vez quiso recordar que en su establecimiento sólo se vendían libros, y no cuadernos, catones, periódicos o cualquier otra mercancía, pero no estaría de más que un rótulo como ese figurara en la mayor parte de las librerías donde están convencidos de que a lo que venden, por tener forma de libro, puede dársele ese nombre. Esa seguridad les vuelve presuntuosos, pero querría uno someter los suyos propios a alguien que nos dijera si son o no libros, quiero decir, si con el tiempo van a poder dejar de serlo, convirtiéndose en algo vivo. Pues yo sospecho que en esa tiendecita los libros entran por esa puerta, bajo el rótulo, pero salen por una trasera que da al campo, y allí, "oh, ventura del alma", que habría dicho Unamuno, se vuelven gallinas, árboles, vagabundos, muchachas, estrellas y otras cosas que no se venden en parte ninguna, o sí se venden, pero más caras.

Envío ayer de Alfonso Meléndez, encontrado por él en Fb.


13 de febrero de 2012

;–)

LO daríamos todo porque nos cuenten algo que nos haga reír, y nada nos impacienta más que aquel que tratando de ser gracioso no lo es en absoluto, igual que nos aburre un chiste repetido o tosco: llega incluso a irritarnos, como si se tratara de una estafa.

Nos hemos referido hace poco al hecho de que la mayor parte de los escritores humorísticos hayan sido de derechas. Los de izquierdas acaso crean que no hay en esta vida motivos para reírse. Pero quién sabe: los humoristas son de otra opinión y aseguran que ya que la mayor parte de los males no tienen remedio, reírse de ellos tal vez contribuya a aliviarnos de su peso. Tampoco los filósofos ni los profetas parecen amar la risa. Está acreditado que Jesús lloró tres veces, pero no sabemos que se riera nunca. ¿Qué podremos decir de una religión que proclama que esta vida es un valle de lágrimas o de la mayor parte de la filosofía, ocupada en afrontar la muerte y lo rápido que esta se nos echa encima? Freud estudió la risa como fenómeno humano. La risa, viene a decirnos, si mal no recuerdo, nos ayuda a enfrentarnos a la muerte, a mantener a raya la venenosa melancolía. No recuerda uno a qué conclusiones llegó en aquel ensayo, pero sí que no arrancó de mí, ni por deferencia, la menor sonrisa. 

La mayor parte de los intelectuales vive en permanente esquizofrenia con la risa y el humor. En general les gusta, como a todo el mundo, reírse, incluso hacer reír, pero al disponerse a escribir sus ensayos, sus poemas, sus obras, dicen aquello de que “hay que ponerse serios”. A la mayor parte de los lectores les sucede lo mismo, y desconfían del humor, que a menudo sólo llegan a admitir si es ácido, sarcástico o cínico, a pesar de que nadie en la historia de la humanidad ha promovido tantas treguas alrededor de un humor sentimental y limpio como Chaplin, de izquierdas, por cierto. ¿Por qué, pues, seguimos creyendo que la filosofía, la literatura o la religión sólo son buenas si son tristes y solemnes? En un siglo como el XVII, en el que la media de vida era de cuarenta años y apenas había derechos civiles y sí mucha miseria, se consideraba una grosería intolerable que los autores no trataran de ser ligeros y un poco intrascendentes. Hasta Shakespeare echa mano del humor en sus tragedias. Hace unos días alguien nos contó esto: un enfermo sale de un coma después de veinte años. Durante todo ese tiempo su mujer no se ha movido de su lado. La llama y le dice: “Eres una maravilla. Cuando perdí la empresa, seguiste a mi lado; cuando los bancos nos arruinaron, no me abandonaste; cuando tuve el accidente de coche, allí estabas; cuando caí en coma, me han dicho que no te has separado un solo día de mí... ¡Veinte años! No sé cómo agradecértelo, pero... pa’mí que eres gafe”. Este chiste, sustentado en lo inesperado, nos hizo reír de buena gana, claro, pero también nos alumbró sobre un asunto crucial: la razón por la cual el humor tiene tan mala prensa en la literatura “seria”, en la vida intelectual “seria”: detestamos lo inesperado, lo imprevisible, por temor a que se manifieste en nosotros, como en el hombre del chiste, nuestra propia mezquindad, esa que hace más inhóspito este mundo y que a menudo sólo podemos combatir con un ;-).
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de febrero de 2012)

El Rastro, 12 de febrero de 2012

12 de febrero de 2012

Unas melancolías y el Cabaret del Acabose

LA realidad, sin que Baudelaire tuviera que ver en ello más que Newton en la ley de la gravedad, se hace sólo soportable por estar horadada de secretas galerías, de vasos comunicantes y correspondencias, que al mismo tiempo que nos permiten circular y  llegar de unos lugares a otros, nos sirven para ir a ellos o para irnos de ellos, y quien habla de lugares está pensando en ideas y sentimientos que quedarán hermanados precisamente por esos conductos, por esos fluidos que los mantienen unidos.
Eso fue lo que ocurrió con el hallazgo de este libro, de título y edición tan genuinamente románticos, y pocos minutos después el de esta tarjeta postal de uno de los cabarets parisinos de finales del mesmérico siglo XIX que hizo furor en un tiempo entre gentes tan serias como Pessoa o Yeats, que acudían de vez en cuando a tenebrosos gabinetes para ponerse en contacto con los difuntos.
Nada más. Queden aquí estas ingenuas Melancolías becquerianas de don Antonio Arnao (cuya lectura resultó decepcionante, hemos de decir) y la lámpara del Cabaret du Néant, que me he permitido traducir como Cabaret del Acabose, y del que el curioso podrá hallar en internet no pocas noticias. 
Sólo, y a modo de curiosidad, decir que apenas había empezado a redactar el presente asiento se produjo un hecho harto extraño por insólito: el altavoz de mi ordenador se conectó sólo en un acorde horrísono de órgano, que se extinguió del mismo modo en que apareció, como un relámpago acústico, como un trallazo que le hizo a uno apresurarse para acabar y salirse cuanto antes de esta entrada, sin que a estas alturas quiera preguntarme nada, para no tener que responderme.

11 de febrero de 2012

El dedo en el aura

DESDE que existe Photoshop ya no se puede poner la mano en el fuego por nada. Nos queda, sí, como a Santo Tomás, la llaga en el costado de las cosas, si acaso no la han borrado también con Photoshop.
* * * 
PHOTOSHOP, Photoshow.
* * * 
EL aura, contra lo que creía Benjamin, no desaparece ni se destruye en la reproducción seriada de las imágenes, fotografías, carteles, grabados. Hiberna en cada atómo del papel, de una emulsión, de la tinta. Sólo hay que esperar unos años y el papel amarilleará a su modo y las tintas se atenuarán, comportándose de una manera aleatoria, propia. Es decir, el aura, contra lo que él pensaba, emergerá de nuevo como algo original y único en cada una de las copias, por miles que se hayan hecho y todas y cada una serán, de nuevo, y ahora sí, como él la definió maravillosamente, ese entretejerse siempre extraño del espacio y el tiempo: la aparición irrepetible de una lejanía, por cerca que pueda encontrarse. 
Claro que esto fue así mientras todos éramos anagráficos, analógicos. Desde internet, el aura ha muerto. Lo único vivo serán los féretros, los viejos modelos y carcasas de nuestros ordenadores.


Santo Tomás de ¿Theodor Van Loon? (Se admiten atribuciones)


10 de febrero de 2012

Hoja entre hojas

LLEGÓ por internet desde Alemania, en el ejemplar anotadísimo que fue de la pintora Louise von Blommestein, el libro À soi-même de Odilon Redon (una breve historia: nos llevó a él intervenir en una próxima mesa redonda sobre el pintor simbolista del que ayer se inauguró una exposición en las salas de Mapfre de Madrid).
Fue Odilon Redon, cuyo nombre parece estar pidiendo de manera perentoria una traducción al español (Odilón Redón) pintor extraño, místico y telúrico. Hubiéramos creído que el espectro de su mano pudo estar detrás de las caras de Belmez. Pero dejemos de lado esas emanaciones sulfurosas de ultratumba y abramos las páginas de ese libro, sus diarios y anotaciones sobre el arte y los artistas.
Entre sus hojas una hoja seca de diente de león. El paso de los años ha hecho que su espíritu haya quedado también improntado en el papel, como ectoplasma. Siempre le intriga a uno la razón por la que alguien ha querido guardar entre las páginas de un libro tal o cual flor, tal o cual vestigio de la naturaleza. Los que frecuentan los libros de viejo saben cuán habitual es esto, y esa es una razón por la que los libros viejos son algo superiores a los libros nuevos. ¿Podríamos asegurar que un libro es malo si llegó con su pétalo de rosa, con su pequeña violeta, con su diente de león? Tal vez esa hoja sea lo más vivo de este. ¿Qué le movió a quien la guardó en él? ¿Recuerdo de una persona querida, de un momento que quiso detener, de un lugar en el que fue feliz, su rara forma de salamandra o tritón? ¿Anhelo de apresar la savia de la vida? ¿Gratitud y reconocimiento hacia un libro que le hizo mejor? ¿Voluntad de futuro, anticipación a él?
No lo sabremos nunca, pero cada vez que hallamos una de estas hojas en un libro, nos despierta el deseo de que alguien pudiese conservarnos a nosotros entre las páginas vivas de la vida. Cuando pasados los años otro nos encontrase al abrir el libro de los sueños, algo en nosotros temblaría, como por brisa. Anhelo de perdurar con y en esa fragilidad de hoja seca, transparente, o en sombra en el papel, más allá de la muerte.

Odilon Redon, À soi-même. Journal (1867-1915) Notes sur la vie, l'art et les artistes. H.Floury. Paris, 1922.

9 de febrero de 2012

Pobres, tontos, misántropos, parecidos

EL pobre más pobre de todos es el que pide atención.
* * *
CUANDO alguien pide atención, por lo general no la pide, la implora.
* * *
LAS limosnas, principalmente las limosnas, hay que saber gastárselas con salero en convidar a todos, y a ser posible en vino.
* * *
MÁS tonto que presumir de rico es presumir de pobre.
* * *
UNA cosa mala de morirse es no poder decidir, como en la boda, quién asistirá o no a nuestro entierro.
* * *
Y qué disgusto póstumo el del misántropo: ¡no poder echar de su funeral a todo el mundo! (*)
* * *
¿QUÉ se le replica a quien nos dice "Tengo un amigo al que le gusta mucho lo que escribes" porque le da vergüenza confesar que él no nos ha leído? Sencillo: lo mismo que a ese que nos acaban de presentar y dice: "Te pareces mucho a un amigo mío".
(*) Y leído esto, nos escribe nuestro amigo Antonio Pau recordándonos que Garcilaso pide en su testamento "que no se combide a nadie a mis honras, y que no haya sermones".

"Ideas liebre" llamó a sus aforismos Bergamín, lo que nos hace suponer que también hay "ideas galgo", "ideas podenco", etc.  Foto: Rebajas,  enero de 2012.

8 de febrero de 2012

Impromptus tipográficos

Del primero, un tarjetón de los años sesenta, hay poco que decir. Se hizo para promover el arte, presumimos que supremo, de Pedro de Córdoba, El "Picasso" de la Danza, y salió del laboratorio de Fotos Alfredo, de Barcelona, aunque si nos hubieran asegurado que detrás estaba la mano de Man Ray, Picabia o Arp, esa precisamente que sale cerval de la cabeza del bailaor, también lo creeríamos.
No menos interesante es el segundo de estos impromptus, un libro del raro y misterioso Hámlet-Gómez. ¡Qué gran pseudónimo! Pocos habrá en la literatura española más dignos de admiración. Sólo por él habría merecido Antonio Sánchez Ruiz haber escrito libros inmortales. Del insigne Hámlet-Gómez (él acentuó también el Hamlet, y si tenía que hablar de sí mismo, lo hacía en tercera persona, llamándose con seriedad Hámlet-Gómez) apenas hemos rastreado esto en internet. Y de la lectura de los relatos de este Verdes, negros, azules, rojos, esto: el autor, un bohemio anarquista de la estirpe de Sawa y hechuras de Pedro Luis de Gálvez, era alguien con imaginación disparatada, que le sirvió para escribir relatos truculentos a lo Parmeno  o fantasías orientales a lo Isaac Muñoz o a lo Gómez Carillo, su amigo y necrólogo. Apareció Verdes, negros, azules, rojos sin año de edición, pero en vida de su autor, desde luego, antes de 1910 (vendía los ejemplares en su casa de Santa Engracia, 49, de Madrid). Es por esa fecha temprana ejemplo de vanguardia tipográfica clarividente, aunque en la nota biográfica antecitada se dice algo muy misterioso, a saber, que Hámlet-Gómez empezó a colaborar en la revista La Alhambra en 1898, "en cuyas páginas seguiría firmando incluso después de muerto". ¿Editaría también después de muerto, vendería ejemplares en Santa Engracia vestido de fantasma? 
Cuánto le habría gustado al colorista y circense Gómez de la Serna (y a cualquiera de nosotros) copiarle esta cubierta, pero más a él, supongo, porque por esa fecha estaba entrando en fuego, dejando atrás la evanescente voluta modernista y ensayando el do de pecho en las escalas cromáticas de Delaunay, de las que esta de aquí es un precedente.



7 de febrero de 2012

Lee y difunde (sobre Ramón Gaya)

ACABA de aparecer el primer tomo de las obras completas de María Zambrano (Galaxia Gutenberg, 2011). En breve nos ocuparemos de él. 
En ese, tercero en el orden general de la obra, se incluye uno de los libros que prefiero de su autora, España, sueño y verdad, acaso por ser el primero que leí de ella, aunque también, o precisamente por ello, por haber advertido cómo se dejaba allí de lado el españolismo, pero no lo español, sin temor a alguna de sus manifestaciones populares, incluso casticistas. 
En ese tomo se incluye el ensayo que Zambrano escribió sobre la pintura de Ramón Gaya. Zambrano pone a Gaya entre el escogido número de españoles en los que ella ve encarnado "el milagro español", por decirlo ahora con palabras de Gaya. Tal vez por eso no distingue Zambrano entre personajes reales y personajes de ficción, tratados unos y otros como parte de una casa común, que es la verdad: Cervantes, don Quijote, Dulcinea, El Cid y Don Juan (estos dos últimos a medio camino de lo real y la ficción), Ortega, Unamuno, Prados, Picasso, Luis Fernández y Ramón Gaya. ¿Y no es éste, a la luz de sus obras, escritas o pintadas, una decantación ideal de lo español, de su naturaleza, de su naturalidad?
A Gaya acaba de dedicar el departamento de Estética de la Universidad Complutense un número monográfico de su revista Escritura e imagen, dirigido por su directora Ana María Leyra y coordinado por Miriam Moreno, y en el que colaboran algunas de las personas que más y mejor han hilado en la obra de Gaya. Decía hace unos días Ángel Ruiz: "Otra señal de la grandeza de Gaya es que los que escriben sobre él se engrandecen hablando de él". Así es, así lo cree uno también: pero eso no sólo vale para quienes hablan de él, sino para quienes oyen de él sin impacientarse y sin prejuicios, como sucede siempre con las obras verdaderamente sentidas, sean del gran Homero o de la ardilla de Amherst, del transparente Velázquez o del terroso Solana.
Y nada más. Como hubiese dicho el padre de Gaya, litógrafo y anarquista: lee y difunde.


Ramón Gaya en su estudio-casa de Roma, 1991. Foto: Juan Ballester.

6 de febrero de 2012

La gran tahona

LA cifra de cinco millones y medio de parados ha salido del mechinal de la negra muralla y planea sobre nosotros como una grajilla con graznidos horrísonos y agudos. Cinco millones y medio de personas sin cotizar a la seguridad social, sin embargo, ¿quiere decir cinco millones y medio de personas sin trabajo, incluso sin dinero? Al parecer, no, según los expertos. Muchos de estos incotizantes sí trabajan, y es de suponer que  la totalidad de ellos, de momento, logran ingerir alimento al menos una vez al día. Una muerte por hambre sería terrible: ¿quién gobierna una hambruna?

Así que no poca gente se pregunta cómo puede un país soportar a cinco millones y medio de parias sin que hasta la fecha hayamos tenido noticia de saqueos a mercados de abastos y abacerías, asaltos a bancos y pillajes de mansiones, fábricas y demás propiedades.

La respuesta, hasta donde ha visto uno, es doble. Por un lado, se asegura que un número indeterminado de estos cinco millones y medio de parados, entre los que no pocos cobran el subsidio de desempleo, siguen trabajando en las más diversas ocupaciones, naturalmente remuneradas y, claro, sin cotizar a la Seguridad Social ni un céntimo que resarciera en algo todo lo que reciben de ella. Pero hay otra respuesta posible, nos dicen, que explica por qué razón los cinco millones y medio de parados no se han lanzado a la calle a pasar a cuchillo al banquero, al agiotista, al burgués felón: las familias. Al parecer quienes conservan aún un empleo han decidido compartir lo que tienen con los parientes infortunados. Es decir, todos ellos viven con menos.

Y aquí llegamos a la parte complicada del asunto. Para que un país crezca y cree nuevos puestos de trabajo, nos repiten machaconamente, es necesario incentivar el consumo, pues este a su vez pone en funcionamiento todas las calderas y estas todos los motores del consumo. El círculo vicioso. Pero la gente que ya está viviendo con menos, acierta a preguntar consternada: ¿y cómo, si la mitad de lo que gano lo comparto y a ninguno de nosotros nos queda nada que consumir? En este punto aparece un mesías, o varios. La grajilla al verlo, un poco acobardada, huye a esconderse en su mechinal, mientras el mesías sube a la torre del homenaje. Va a dirigirse a la expectante, famélica legión. Cuando al fin logra que cesen los murmullos de descontento y los ruidos (sobre todo de tripas), pronuncia una sola palabra. Suena a abracadabra y a ábrete sésamo al mismo tiempo: confianza. Apenas lanzada al espacio, se forma un arco iris que une, como un asa, los dos horizontes. Confianza en y de los mercados. Y en el porvenir. No se entiende cómo siendo lo único barato, la gente no confía más. La grajilla, no obstante, saca la cabeza del agujero y mira a uno y otro lado. En cuando el arco iris se evapore, saldrá de nuevo. Pero esta vez la grajilla vendrá con un pan en el pico, como aquel que partían los santos padres del eremo, traído a diario por un cuervo, deferencia del negocio más rentable del país, la gran tahona, diríamos, llamada Fraude, que ha conseguido que el pan negro sea aún más solicitado y apetitoso que el pan blanco.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 5 de febrero de 2012]

5 de febrero de 2012

Agitación y propaganda (una foto)

NO eran más que los trozos de un cartel de gran tamaño de los años cuarenta (si no de la guerra), impreso por la Secretaría General del Movimiento. Inmóvil sobre la acera de la calle Mira el Río Baja, lo que queda de aquel Régimen. A medida que vayan pasando los años los trozos se irán haciendo más y más pequeños, como molidas piedras de un bocarte, y un día sólo serán esencia misma del tiempo en un reloj de arena.
El Rastro, 29 de enero de 2012

4 de febrero de 2012

Los periódicos según Benjamin

HACE unos días nuestro amigo Ernesto Baltar, autor él mismo de un magnífico calidoscopio benjaminiano a propósito de los collages filosfóficos de Walter Benjamin (en El pensador vagabundo, Ed. Eutelequia, 2011), nos hizo llegar, por sorpresa, un breve volumen con las narraciones del escritor alemán. El obsequio, y su inesperada irrupción, improntó en ellas una huella que lo volvía aún más útil, como el que acompaña una carta con un mapa.
De las narraciones, memorable la del fumador de jachís en la ciudad de Marsella. Recordaba uno haberla leído, pero al leerla comprendí que sólo recordaba eso, haberla leído, pero no la historia, es decir, que recordaba lo que menos importancia tenía. ¿Cómo, dónde se quedan en nosotros tantas páginas, a menudo maestras, que desaparecen sin dejar rastro y que reencontradas, a veces por casualidad, como ahora, hacen que nos sintamos, más que nunca, fruto de nuestros olvidos, sus criaturas? Claro que esto no tendría que melancolizarnos, pues la reviviscencia viene en este caso acompañada del milagro de vivir el pasado como algo sólo nuevo. Y de ese modo, si el olvido es un pliegue hacia adentro, la memoria es un despliegue, carta y mapa al mismo tiempo.
En una de esas narraciones, esta reflexión sobre los periódicos, donde Benjamin señala el origen del descrédito de la prensa. A la frase de un personaje ("Nada se aprende de los periódicos. La gente pretende explicárselo todo a uno"), el narrador añade: "Y de hecho, ¿no radica la virtud de la información periodística en soslayar toda información? ¿No fueron ejemplares en este aspecto los antiguos que por decirlo de alguna manera, drenaban los hechos desde el momento en que los despojaban de toda fundamentación psicológica, de cualquier opinión? Habría que reconocer al menos que sus historias estaban libres de explicaciones superfluas sin que, a mi modo de ver, perdiesen por ello su jugo".

El Rastro, "La Historia según Benjamin". 29 de enero de 2012

3 de febrero de 2012

Hasta el fin

NOS reunió a unos cuantos amigos, la otra tarde, en el café Comercial, donde trabajó tantas horas, recordar al poeta. De todo aquel apretado corazón, en aquel corazón destartalado y un poco decrépito de Madrid, cercanos los retratos de Juan Ballester y la imagen y la voz del poeta, temblorosa como la de esa hoja de la que habla, que grabó Gonzalo Ballester 

    Hasta el fin

En el gran chopo frente a mi balcón
Tan seguro de sí y sin altanería
Tranquilamente vivo
Mientras amarillea ya por trechos
Su verde población
Qué claramente distinguimos
Las hojas pálidas que más agita
Desentendido el viento
Las que más sin querer se balancean
Las que más locamente giran
En torno a su peciolo
Las que van a caer más pronto

Hay una que hace días
Vapuleada más que todas
Tironeaba atropellada
Más que cualquier otra
Se aferra más que todas
Su voluntad entera convertida
En uñas, dientes, garras

También ella hasta el final resistirá
A este atropello sordociego
Que la quiere arrancar de la densa hermandad
De verdores de sueños de susurros
De inevitable don de amor
A la que tan del todo pertenece
                                                       27 sep 2011

Bellísimo poema, pero más aún lo es estar muriéndose como esa hoja y cantar la gloria del mundo, y dejarnos junto a él estos otros dos poemas, los últimos que escribió. Nunca un testamento pudo serlo tanto de vida ni ningún fin tan cervantino, desde aquel adiós, donaires que se nos dio en el prólogo del Persiles





Tomás Segovia en el Café Comercial, otoño de 2011. Fotos de Juan Ballester. Y si en el retrato, estando de medio cuerpo, Tomás Segovia está de cuerpo y alma enteros, sus manos no parecían corresponder a las de un anciano de porte saludable y rostro terso. Siempre tuvo un poco cara de niño; desde que se dejó barba, de elfo. Sí, esas manos se creerían de otro. Cuando le vimos la última vez, la víspera de su último viaje a Méjico, donde ha muerto, acabado de salir de un hospital, le dijimos que se le veía muy bien de aspecto, y él, con ese humor suyo especial, un poco cáustico y sin dejar de sonreír, nos dijo: "Sí, ese es el problema, que con este aspecto nadie cree lo enfermo que estoy".