31 de julio de 2012

San Guay

EL 29 de marzo de 2011 empezaba esta Hemeroflexia, y de entonces a hoy no ha habido día, sin faltar uno, que no se haya traído aquí un asiento. 
Hora es ya de darle al lector un pequeño respiro. No hay nadie que mostrándose en público tanto, no acabe empachando un poco y aun desacreditándose. Así que, amig*, agradecerás esta para ti merecida vacación, sólo interrumpida los lunes, en los que seguirán apareciendo los artículos del Magazine de La Vanguardia.
Te dejo, pues, en compañía de San Guay, al que, como indican sus pulgares en alto, todo parece haberle salido bien y de cuyas mercedes estamos tan necesitados.
Nada más. Disfruta de este mes de agosto, y que la vida quiera reunirnos de nuevo el primero de septiembre con renovados bríos y el ánimo ligero.

En la foto, San Francisco Javier. Así lo acreditan las palabras que salen de su boca, "Satis est, Domine, satis est" ("Es suficiente, Señor, es suficiente"). Las pronunció el santo al ver que Dios le consolaba en exceso de las tribulaciones por las que atravesaba y a las que, por lo que se ve, no quería renunciar, rogándole que no le consolase tanto y abriéndole el balandrán por mejor mostrarle su corazón ansioso de penitencias. Del Rastro, 22 de julio de 2012.

30 de julio de 2012

El ladrón de Compostela y el bosón de Higgs

EL mismo día (es un decir) se dio a conocer la existencia del bosón de Higgs y la recuperación del Códice Calixtino, robado de la Catedral de Compostela por un electricista despechado. Podría pensarse que entre ambos hechos no había la menor relación, y sin embargo, tras el descubrimiento del campo de Higgs y sus pastueños bosones, sabemos que están íntimamente relacionados. Si yo he entendido bien las explicaciones de nuestro amigo el profesor Alfredo Poves, físico de partículas, al fin ha podido probarse la existencia de una especie de éter que nos devuelve a la teoría platónica, según la cual no es concebible el universo sin armonía y belleza, haciendo bueno lo que nadie formuló mejor que John Keats, el delicado romántico inglés: Verdad es Belleza y Belleza es Verdad.

Conforme a esto, la rocambolesca aparición del Códice Calixtino no ha sido sino un restablecimiento del orden y la armonía pasajeramente rotos, y rotos  no tanto por el señor Fernández Castiñeiras, el electricista, como por el señor deán de la catedral, último responsable, ya que agraviando al electricista de modo improcedente, puso en marcha en la cabeza de este la venganza, único móvil  del robo, según ha reconocido la policía, al frente de la cual estuvo cierto comisario, también gallego, que calificó al ladrón, para asombro de todos, de “hombre de carácter cerrado, oscuro, gallego”.

El resto de los detalles hacen que la historia, en manos de un escritor como Álvaro Cunqueiro, habría adquirido proporciones fantásticas: Castiñeiras empleado durante veinticinco años y despedido por el deán, su enemigo; Castiñeiras acudiendo a diario, hasta el día de su detención, a misa en la misma catedral donde un año antes había robado el precioso libro; y, principalmente, Castiñeiras, que nunca tuvo la menor intención de vender el códice ni de sacarlo de Galicia, anotando en un libro diario con el mayor escrúpulo este y cada uno de los cientos de robos y sustracciones en los cepos de la catedral que le proporcionaron más de millón y medio de euros. En un relato cualquiera, incluso de Cunqueiro, la mayor parte de estos detalles se encontrarían exagerados, inverosímiles.

Y aquí se acabaría la historia: aparecido el códice, habría quedado restablecida la armonía universal... pero no. Aspiramos a la Verdad y la Belleza, desde luego, y sin embargo el camino que nos lleva a ello es engañoso. El pergamino recuperado ha despertado en muchos la mayor codicia, empezando por cardenales, presidentes de gobierno y de xuntas, curas, empresarios, todos con un oportunismo tan desmedido y obsceno que empezamos a desear que baje del éter un bosón vestido de ángel (al fin “la jodía partícula”, como también se la conoce, es igualmente “la partícula de Dios”) y se lleve el códice en un carro de fuego, hecho este al fin y al cabo más hacedero que abducir a todos esos que han corrido a fotografiarse y lucirse con la presa. En fin, nuestro amigo físico habló también de las incógnitas que abría tan gran descubrimiento. Acabamos de verlo: el silencio monacal con el que fue hecho ese códice, la armonía en la que permaneció ocho siglos, no la hemos restablecido. Al contrario, la hemos roto entre todos.
       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 29 de julio de 2012]

29 de julio de 2012

Todo lo sabemos entre todos

DURANTE la exposición y defensa de su Proyecto Fin de Carrera recordó el joven arquitecto a La Institución Libre de Enseñanza: "Todo lo sabemos entre todos", dijo, repitiendo las palabras de don Francisco Giner. Aludió a la necesidad de los arquitectos de contar con lo viejo tanto como con lo nuevo. Habló de un tiempo en el que la ciudad fuera ese lugar construido por las personas para las personas, de su habitabilidad a la medida de los sueños y necesidades de la gente común, de la eterna novedad del mundo. Nos recordó que no podemos vivir en la sociedad del despilfarro (su proyecto, una manzana de viejas casas sin carácter de Cuatro Caminos en la que todo vuelve a la vida después de medio siglo demencial de obsolescencia programada y derroche) y de rehumanización de la arquitectura y, claro, reivindicó una arquitectura figurativa, frente a tanta arquitectura abstracta. Y se refirió, cómo no, al hecho de que el hombre contemporáneo, que pasa tanto tiempo frente a los mundos virtuales, incorporara a su vida los mundos analógicos de los oficios tradicionales, empezando por su propio PFC, que ha dibujado enteramente a mano para recordar que el movimiento se demuestra andando.
Aquí lo traemos hoy, como flores cuya biología completa desconocemos, legos como somos en esa materia, pero en absoluto insensibles a su belleza ni a la alegría con que nos lo ha entregado.

Guillermo Trapiello. Detalle y una de las hojas de su PFC, 2012. El resto, aquí.




28 de julio de 2012

Judiadas y putadas

PUBLICABA ayer Carmen Morán en El País un excelente reportaje sobre la conveniencia o no de mantener ciertas palabras en el Drae. Comprende uno la tentación o la pretensión de algunas personas o colectivos de modificarlo a su gusto, en este caso la comunidad judía que ha solicitado a la docta casa que se vendimie del diccionario la palabra judiada. 
De momento la docta casa ha dicho que no, acaso en evitación de que una ola de gentes, principalmente minorías, y no tan minorías, acudieran con parecidas exigencias, pequeño coñazo (palabra esta, por cierto, de uso corriente entre todo el mundo, incluidas aquellas mujeres que no piensan que ser hombre sea algo cojonudo), ya que detrás de judiada, ¿quién les asegura que no quisiéramos suprimir también, pongo por caso, la palabra españolada, mucho más peyorativa de lo que dice, por cierto, el Drae?
A continuación va lo  que dejó uno en ese reportaje, y aún podría haber ido alguna frasecica más sobre ese Drae en el que se dice del ruiseñor todo menos que canta bien.
Las palabras mueren, pero también resucitan. Y como suele suceder, mueren poco a poco, y resucitan de golpe. El Drae manda al depósito de cadáveres en cada edición un gran número de ellas, pero ni eso quiere decir que estén muertas ni estándolo, que no pueda venir alguien a resucitarlas o a crearlas de la nada. Que se lo pregunten a Azorín, a Unamuno, a JRJ. 
Y, ahora sí, lo que decía uno ayer en El País
"Las palabras mueren de muerte natural, no porque lo decida ninguna academia. La palabra judiada respondía a tiempos en los que en la España tridentina se veía a los judíos como responsables de la crucifixión, igual que la palabra jesuítico remite a cuando los jesuitas se apoderaron del Estado con malas artes. La comunidad judía o la Compañía de Jesús, que saben mucho de expulsiones, están en su derecho de pedir la expulsión de esas palabras del diccionario, pero seguirán utilizándose, si hay gente que las encuentra expresivas y en según qué contexto, o se arrumbarán por desusadas. Y como en todo, si hay personas a las que molesta, no cuesta nada, por cortesía, no usarlas; tenemos otras muchas para decir lo mismo".
Por ejemplo, en el caso de judiada, putada. Claro que entonces podría protestar el colectivo de las mujeres de la vida; aunque no. Ellas serían las primeras en reconocer que la vida es una gran putada.

Ejemplo de judiada es lo que le hicieron a ese hombre, como se muestra en sendos cuadros; y ejemplo de putada, no haber sido pintados mejor. Foto del Rastro, 17 de junio de 2012.

27 de julio de 2012

La dama boba

ANTEAYER Guillermo nos puso este correo. Relata en él una historia que explica la devoción que ambos sentimos por su protagonista, sea o no cierta. En todo caso, se non è vero, è ben trovato, y la historia está llena de enseñanzas, como conviene a un almanaque como este. 
Las fotos que le acompañan son algunas de las que encontré en el Rastro hace unos meses.
"En unas simultáneas, Fischer le ganó la dama a uno de sus rivales. Pero cuando se alejó unas mesas, el jugador incorporó su dama al juego, como si no hubiera pasado nada. Y se ufanó ante los espectadores que había a su alrededor de que el campeón no lo había notado. Siete jugadas después Fischer volvió a ganarle la dama. Pero esta vez se la echó al bolsillo, y siguió su ronda sin mediar palabra. G.".

Arriba, Bobby Fischer entrenándose, para su enfrentamiento con el Tigre de Armenia, Tigran Petrosian, de la Unión Soviética, en una piscina; le sirve de sparring su amigo el maestro argentino Miguel Ángel Quinteros. Abajo derecha, Fischer, con catorce años, 1957, en el Club de Ajedrez de Manhattan, meses antes de convertirse en el campeón norteamericano más joven de la historia. Izquierda, Fischer en 1972. Las fotos son del Archivo Usis Pthoto Lab.





26 de julio de 2012

Al son de rancheras

NOS hundimos, sí, pero al son de rancheras.
Aunque alguien nos explicará, sin duda, qué hacen trece mariachis mexicanos (¿o son dublineses, como sugiere San Patricio?) cantando rancheras en el Cervantes irlandés a cargo (en parte al menos: personal del Instituto, alquileres, instalaciones, luz, agua, cenas, etc.) de unos presupuestos españoles.
#porlacultura.

Recibido el 25 de julio de 2012

25 de julio de 2012

Muy

COMO prueba este cartel, no es verdad que los caballeros las prefieran rubias. El mundo de la publicidad es fascinante, porque en él hay gentes, a menudo con gran talento, que se dedican a pensar y dar nombre a deseos a menudo inconfesables. En el caso que nos ocupa no es tanto lo que sugiere la imagen con la palabra "artesano", quiero decir, con todo aquello que se hace a mano o pueden hacerle a uno a mano y en lo que las manos, que riman con artesanos, juegan principalísimo papel, ni siquiera todo lo que esa joven está chupando antes de comérselo, sino la palabra más escondida en él, apenas visible, bisagra del deseo: ese "muy" que juzgaríamos innecesario (o son artesanos o no lo son), y que sin embargo dispara la imaginación a cotas muy desconocidas.

Santa Bárbara, 23 de Julio de 2012

24 de julio de 2012

#porlacultura

COMPRENDE uno, cómo no va a comprenderla, la preocupación que suscita en nosotros el futuro de la cultura en España. 
Hace unos días apareció en la primera página de un periódico nacional esta fotografía en la que tal preocupación parecía quedar escenificada: actores de teatro, de cine, directores de cine, de teatro, una cantante pop, un torero y una galerista de arte, personajes más o menos célebres del Gran Teatro del Mundo. Desde hace años, demasiados ya, cada vez que se plantean reivindicaciones para el mundo de la cultura o protestas por tal o cual atropello contra él, se suele recurrir a quienes representan no sabemos si el de la cultura, pero sí, sin la menor duda, el del espectáculo. Y de ese modo acabamos preguntándonos por qué razón se expulsa sistemáticamente de tales escenificaciones, cosa harto sospechosa, a filósof*s, poetas, bibliotecari*s, pintor*s, escultor*s, artesan*s, profesor*s de insitituto y de universidad, pequeñ*s y median*s editor*s, investigador*s, intérpretes de música clásica y tant*s otr*s sobre quienes descansa, y a veces de modo decisivo, eso que damos en llamar la cultura más que en ningunos otros figurantes; por qué cuando se necesita un voluntario para representar a la cultura suelen postularse los mismos, personajes que acaso se acomodasen mejor tras de una cartela o pancarta en la que leyéramos #porelespectáculo, y que en vista de lo poco o nada conseguido por los tales hasta hoy, quizá fuese hora de llamar en auxilio de la cultura a filósof*s, poetas, profesor*s y demás modesta, seria y esforzada tropa, y mandar a aquellas relumbrancias a un bien merecido retiro o penumbra.

De izquierda a derecha, los actores Juan Diego Botto y Alberto San Juan, la cantante Anni B Sweet, la galerista Soledad Lorenzo, el director Pedro Almodóvar, la actriz Núria Espert, el dramaturgo Mario Gas, el torero Miguel Abellán y el actor y director Paco León, fotografiados el viernes en una sala del Matadero, en Madrid. El País, 22 de julio de 2012 

23 de julio de 2012

Elogio de los trabajos serviles

BAROJA pasó largas temporadas en Itzea, lo que le permitía labrar personalmente un pequeño huerto. Pero confesaba que encontraba poco ecuánime el tratamiento que daban los aldeanos a esa labor que, después de tres o cuatro horas, lo reventaba físicamente: “¿Qué, don Pío, pasando el rato?”. Cuando era al revés, cuando el novelista veía a algún aldeano cavando su huerto, este le respondía indefectiblemente con un lamento: “Este sí que es un trabajo duro, don Pío”.

Algunas personas dedicadas a trabajos intelectuales sienten la necesidad de dar descanso de vez en cuando a su cabeza y poner sus manos a trabajar, unos en un motor, otros encuadernando libros o restaurando muebles, otros, como don Pío, trabajando en la huerta, y otros, en fin, en recurrentes chapucerías domésticas que los tienen entretenidos. Son ocupaciones por lo general que requieren ciertas habilidades manuales y una buena dosis de intuición  y creatividad que las distinguen de los trabajos puramente serviles, mecánicos y aburridos. Salvo excepciones, un hombre cuidará del jardín, cortará el césped, arreglará un enchufe o un grifo y cepillará una puerta, pero en lo posible se escaqueará de hacer la colada, planchar la ropa o barrer y fregar los suelos, y no tanto porque los trabajos mencionados en primer término sean más entretenidos que los segundos, sino porque aquellos sólo son necesarios muy de tarde en tarde, y los segundos hay que hacerlos a diario. Dicho de otro modo, un hombre se prestará a hacer la compra semanal en el supermercado, pero lo probable es que su mujer cocine todos los días.

Por razones que no vienen al caso, se ha pasado uno la vida haciendo trabajos serviles, unas veces por gusto y otras, las más, obligado por las circunstancias: cuando se vive en medio del campo o aprende uno a arreglárselas como Robinsón o estará condenado a vivir como Cromañón. Sin embargo, el no estar en absoluto dotado para la mecánica le ha dejado a uno en esa ingrata tierra de nadie que es el “ensayo y error”, luchando contra los elementos y desesperándose al ver cómo siguen perdiendo agua las llaves de paso o saltando los plomos con una obstinación poco solidaria. Cierto que la experiencia nos ha enseñado algunas pobres cosas, pero sobre todo una, que encuentro excepcional: a tener paciencia y a saber que a diferencia de los trabajos intelectuales, muchos de los cuales no parecen tener fin jamás, los trabajos serviles todos son finitos, por vastos que parezcan: barrer unas escaleras o la obra del Escorial. Y la paciencia en los trabajos serviles le ha llevado a uno a oír durante más de tres horas, mientras bregaba con zarzas rabiosas y cenizos pestilentes, a un pájaro carpintero, su percutido sonsonete en el tronco de un olivo. Pocas veces ha estado uno mejor acompañado, sin importarle que su tarea se prolongara y recordando más que la divisa de la regla de San Benito, ora et labora, reza y trabaja, esta otra de pensar mientras se trabaja, y trabajar pensando, quiero decir que sólo los trabajos serviles le permiten a uno, por ejemplo, cantar mientras trabaja, como hacen los pintores de brocha gorda o tantos pájaros: ¡lo que no daría uno ahora poder cantar mientras escribe esto!
        [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 22 de julio de 2012]

22 de julio de 2012

Madrid (una metáfora)

UN contenedor de vidrio al que alguien ha pegado fuego. ¿Consecuencia de las protestas de estos días por la marcha de los asuntos económicos y laborales, acción de unos gamberros? El resultado es desolador, lo que ha quedado parece la máscara de un monstruo, el casco de un gigante extraterrestre. En todo caso, las botellas vacías recuerdan que la fiesta ha terminado. 

Calle Monte Esquinza, Madrid, 18 de julio de 2012

21 de julio de 2012

Machado apócrifo

RELATA José Luis García Martín en su blog esta historia a propósito de Machado y unos presuntos poemas de este, inéditos hasta hoy. 
Todo lo que sea de Machado, como todo lo que se relaciona con Bécquer, despierta en nosotros interés, curiosidad. 
Cuenta Machado en Los complementarios que cierta dama soriana, que había conocido a Bécquer, les regaló a él y a Leonor, como presente de bodas, unas rimas manuscritas del poeta romántico. Machado las encontró insustanciales y, si es cierto lo que relata, viajó hasta Toledo, donde purificó el nombre de poeta tan sublime, que no necesitaba de inéditos innecesarios, y las entregó al fuego.
Para obrar de ese modo, quemar unas rimas inéditas de Bécquer, hay que ser Antonio Machado, que a tantos apócrifos alumbró. ¿Qué o quiénes habríamos de ser nosotros para quemar unos poemas Machado? En estos que se postulan suyos, hay dejos machadianos, acaso porque Machado, que es un poeta brotado del vigoroso árbol de la tradición popular, es fácilmente imitable, como imitó también él a otros poetas, y a cuento viene recordar igualmente lo que en los complementarios decía a propósito de Virgilio, grande para él entre otras razones, dice, porque citó a muchos otros poetas en su obra sin tomarse la molestia de nombrarlos.
En fin, aunque en estos hay materia suficiente para devanar la siempre enmarañada madeja de la originalidad, no dudamos de que a estas alturas nuestro amigo JLGM haya encontrado ya un rincón apropiado donde quemarlos, cosa que acaso tampoco le abrumará mucho, conociendo el origen de su mixtificación.

Carta original de Antonio Machado y collage apócrifo de Juan Gris





20 de julio de 2012

Un cumplimiento (en el estudio de JLH)

EN el estudio de nuestro amigo, una vieja casa de la Colonia Obrera, no hay una sola silla donde sentarse ni un rincón en el que quedarse de tertulia, porque todo él es lugar de trabajo. A diferencia de los estudios decimonónicos, del gusto de los orientalistas Delacroix o Fortuny, tan teatrales y decorativos, recargados de divanes, almohadones, muebles, telas y objetos exóticos (mandolinas y balalaikas, espingardas, kaftanes y cimitarras), en este sólo hay muestras del trabajo del escultor, moldes, torsos, manos, bocetos, dibujos pinchados en la pared, a menudo sepultados bajo polvo de años. Ese polvo es al arte lo que el musgo a las piedras, tiene su encanto y su poesía.
Con las fotografías que Castro Prieto ha hecho a lo largo de estos dos o tres últimos meses y el pequeño escrito de uno, el fotógrafo hará un libro de tres ejemplares, uno para el escultor, otro para el fotógrafo y otro para el poeta. 
Se parecerá algo a La seda rota, y será muy distinto a este. Se parecerá porque Castro Prieto y yo seguimos siendo los mismos, más o menos, pero Julio López se parece poco a los Madrazo, y su trabajo menos aún. En cuanto al lugar, la casita de la colonia proletaria, nada, si lo comparamos con aquel piso suntuoso de la calle Príncipe de Vergara.
Las obras se hacen un poco solas, y este libro se hará solo, como solos estamos haciendo cada cual lo nuestro... y lo de todos, para nosotros y para todos. Pues eso es el arte y no otra cosa, dicho con la mayor humildad: un cumplimiento.

Julio López Hernández al fondo, Juan Manuel Castro Prieto, de espaldas detrás de su cámara, y a  la derecha  AT. Foto de Rafael Trapiello. 17 de Julio de 2012.

19 de julio de 2012

Pensión Gloria

EL universo de las pensiones madrileñas es inabarcable, con sus nombres, a fuerza de modestos, descomunales, con su vida plegada en los rincones insospechados, con sus dobles vidas. Nos intrigan las vidas de los huéspedes, pero ¿y la de sus dueños? La de aquellos tendrá sus misterios, no cabe duda, pero la de los dueños... ¡Cuánto no habrán visto! 
Pasear por Madrid con la cabeza alta nos las mostrará en los lugares más insospechados, a menudo reliquias de épocas mejores. Hay algo en todas estas pensiones único y genuino, y en todas parece haberse fosilizado el espíritu de los supervivientes, hecho de la misma sustancia con la que está formado el espíritu de los derrotados. 
En este mundo cosmopolita, parecen orgullosas de su provincianismo. Si la estética moderna elevó a los hoteles, hotelitos y moteles de neones singulares a la región de la mitología, necesitaríamos una literatura humanísima para ubicar a estas pensiones en el lugar moderno por antonomasia. ¿Hay algo más moderno que la soledad, concebimos mayor solitario que al huésped de una pensión, viajero o estable, que se despierta en su cama sin saber si se ha despertado por la mañana o por la tarde o por la noche?
Desde hace más de treinta años hemos visto a diario el letrero luminoso de la Pensión Gloria, colgado frente a nosotros, apagado no sabemos si porque se ha fundido o porque la pensión ya no existe y nadie se tomó la molestia de quitarlo.
Cuántas veces ha pensado uno escribir una novela que se titulara así, Pensión Gloria. Relataría en ella la vida de una docena de personajes actuales, sin casticismo, sin madrileñismos, vidas desarboladas y modestas de gentes que seguramente no van a conocer otra gloria que esa del rótulo de letras dolorosas.
Podría empezarla mañana, cruzando la calle, llamando a su puerta, pasando en ella una temporada con mi modesto secreto de novelista sin tema, de poeta sin épica.



18 de julio de 2012

Oh, mundo

ESTE, Oh, mundo, es el título del último libro de poemas de Jaime García-Máiquez. Se ocupó de él hace unas semanas José Luis García Martín con los mayores, y merecidos, elogios, advirtiendo la ironía del poeta, que ha hecho que figure en él un nihil obstat y su imprimatur. El libro no será ni mejor ni peor por convocar a la jerarquía eclesiástica en su abono, claro, pero agradecemos que alguien se tome a chufla la beatería de unos tiempos que presumen de iconoclastas y en los que los provocadores “oficiales” acaban siendo más papistas que el papa.
Digámoslo pronto: este es un libro de poesía, cosa que se puede decir de pocos y contados libros de versos. 
En el prólogo, que también singulariza a su autor, pues hoy apenas se estilan prólogos propios en los libros de poesía, García-Máiquez nos recuerda un pasaje del Diálogo de la lengua que encandilaba a Azorín y que debería figurar tatuado en la frente de todos nosotros, como en el dintel de la Academia aquel "absténganse los que no saben geometría" : "El estilo que tengo me es natural y sin afectación alguna. Escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible, porque, a mi parecer, en ninguna lengua está bien la afectación". Naturalmente el autor no se acuerda de esto porque crea que Valdés estaba pensando precisamente en él, García-Máiquez, cuando lo escribió, sino para dejar constancia de un deseo, de un propósito.
Y, lo más importante, su libro se atiene a aquello que se propone, la naturalidad en el decir de un sentimiento poético que, por poético, llega de un venero misterioso, unas veces oscuro y otras claro.
Pero que no se engañen quienes crean que el decir natural es decir prosaico, ni que el decir prosaico no pueda ser un decir romántico. Prosaísmo sentimental llamó Federico de Onís a la poesía española que, nacida del simbolismo, cultivaron poetas como Fernando Fortún, González Blanco, Díez- Canedo o José del Río Sáinz. Y prosaísmo romántico podemos decir de estos poemas de García-Máiquez, a quien ha rozado el ala de la golondrina becqueriana, esa golondrina que vuela a lo largo y lo ancho de nuestra literatura como una eterna cinta de Moebius.
Lo prueba la cita que García-Máiquez ha puesto al frente de su libro, al que da título: "¡Oh, mundo! Pues que nos matas, / fuera la vida que nos diste / toda vida". ¿Reconoces, lector, el nombre del romántico que está tras estas palabras? Claro que sí: Jorge Manrique, en una de sus románticas Coplas
Y lo prueban, sobre todo, sus poemas, arrancados casi siempre a observaciones menudas (la ropa tendida en una calle popular o su propia condición de poeta) o extraordinarias (la ausencia de un ser al que arrebató de nuestro lado la muerte y al que recuerdan todos los mendrugos de pan duro). Unas veces se trata de un “tema” clásico (más en él, que es restaurador en el Museo del Prado), un bodegón, y otras, uno modernísimo, la reviviscencia de una escena evangélica, como aquella que ensoñó Unamuno en su hondísimo poema del “armador aquel de casas rústicas”.
Nos queda hablar del tono de este libro. El tono es importante siempre. Hemos de escoger bien el tono cuando queremos permanecer en silencio. El tono de García-Máiquez en este libro es lírico casi siempre, el humor, si lo hay, queda apagado, como en alguna de las rimas de Bécquer, por un sentimiento más hondo. Aparte de Bécquer, se cita a otros maestros de manera explícita: Gil de Biedma, Manuel Machado, Miguel d’Ors, su hermano Enrique García-Máiquez. El humor en la lírica es asunto de manejo delicado, y García-Máiquez es consciente de ello, limitándose a esbozar únicamente en la comisura de las palabras una leve sonrisa de encantamiento o desencanto, sin llegar jamás al cinismo o al sarcasmo.
El autor de este libro nos habla de cosas menudas, sí, pero en todas ha descubierto un universo prodigioso que sólo se ilumina, como en uno de sus más hermosos poemas (el que tiene por tema el de las ciudades nocturnas en las que cada bombilla apaga una estrella), cuando apagamos en nosotros el clásico ruido que nos tiene ensordecidos y nos sumamos a su romanticismo, tan común y tan hondo, quiero decir tan silencioso.
    [Publicado ayer en Ambos mundos]


17 de julio de 2012

Pasar aquí mi sino

LA frontera entre la antigüedad y la modernidad es bien confusa a menudo. Entre el día y la noche no hay pared, dice un refrán. Cuesta adivinar, por la caligrafía, me cuesta a mí, quiero decir, cuándo fue escrita esta carta, encontrada hace dos días en el Rastro, sobre la acera. Sabemos algo más por el papel de hilo en que está escrita, por los dobleces que fueron hechos en ella para ser enviada así como por el color de la tinta, pero todo ello es insuficiente para determinar el año o la época de una grafía que podría parecer de ayer mismo. 
Tal vez algún lector de estas líneas, conocedor de los secretos de la paleografía y de la lengua española, nos confirme o desmienta el suponerla del siglo XVIII. Cosa segura es que la escribió persona de limitada instrucción, pero expresiva.
Quede aquí como espejo del pasado reflejando una modernidad que entonces, cuando se escribió, ya había sucedido. 
De una madre a su hija, es una carta bellísima en la que aún late la vida, la misma que unió hace tanto tiempo a aquellas dos personas a las que el sino había separado:

"Día veinte y siete de mayo
Mi estimada hija Carmen:
Me parece cosa extraña el no haberme respondido a mi carta, por lo que estoy con cuidado. Quiera Dios que no sea farta [falta] de salud. Yo estoy  aquí muy triste siempre pensando en lo peor, de modo que esto es no vivir. En la noche me desvelo siempre asustada sin motivo, pero no puedo remediarlo, por lo que te digo que me digas lo que he de hacer o irme allá o pasar aquí mi sino. 
Más quería decirte, pero tengo los ojos malos y me se ponen peores.
Y así memorias para todos y tú recibe el cariño de tu madre que te estima mucho y verte desea.
     María de la Rosa".

PD. En la transcripción he restituido la ortografía y puntuación actuales, aunque el curioso podrá hallar en su reproducción indicios que le lleven a una datación menos vaporosa que la mía.


16 de julio de 2012

Que se pinten ellos

El inicio de este artículo va a ser uno, pero adonde se quiere llegar es a otra parte. El inicio es este: Antonio López es un pintor español. Antonio López va a pintar el retrato del señor Álvarez Cascos al que este tiene derecho por haber sido ministro de no sé qué en tiempos de no sé cuándo. El señor Álvarez Cascos, siendo ministro de no sé qué, le encargó al señor López sendas cabezas para la estación de Atocha, y digo sendas porque se le pagaron en su día al señor López a través de la galería del artista, Marlboroug, de la que era directora la señora de Cascos. Las cabezas,  “uno de los trabajos más maravillosos posibles”, en opinión del propio López, pueden verse en Madrid, haciendo compañía a las esculturas de Fernando Botero, pintor colombiano. Nada de todo esto sería reseñable de no haber mediado dos hechos significativos: López percibirá por el  mentado retrato 190.000 € que pagará el erario público y López, ante la oleada de comentarios de gentes indignadas, replicó no menos indignado: “Con la que está cayendo en España, con unos problemas de una magnitud tremenda, no entiendo las críticas”. Lo que no resulta fácil de entender es si lo cree porque 190.000 euros frente a los 23 mil millones de Bankia no son nada, o por alguna otra cosa que se nos escapa. Como era de temer, las palabras de López fueron un cubo de gasolina arrojado a una hoguera, y las críticas arreciaron.

Hubo incluso quienes sugirieron que López pintara gratis el retrato, pero no creo que se les logre. Picasso tuvo el cuajo de cobrarle a la República por  el Guernika una suma desorbitada en plena guerra, cosa esta en verdad de magnitud tremenda, y no parece que López quiera ser menos que Picasso, aspiración legítima. 

Pero decíamos al inicio que el punto de llegada de este artículo quería ser otro. ¿Cuál? Lo formularemos con otra pregunta: ¿Por qué razón van los españoles a sufragar el retrato de sus ministros, cuando es cosa probadísima que muchos de ellos fueron pésimos y no hicieron méritos sino para verlo arder en una pira? Se supone que subirán a las paredes de los pasillos correspondientes como un reconocimiento del Estado a su bla, bla, bla, pero lo cierto es que cuando alguna vez hemos recorrido alguno de esos pasillos de ministerios, tribunales y demás instancias superiores, los rostros y nombres  de los próceres ya no nos dicen nada, sí las fechas: allí están, en ristra, los servidores de Alfonso XIII, de Primo de Rivera, de la República, de Franco, de la Democracia. ¿Estamos seguros de que los queremos ahí? ¿Al lacayo que firmó sentencias de muerte y al que hubo de exiliarse para no darle más trabajo al verdugo? ¿Al que propugnó una ley prudente junto al que la retiró porque era un necio o un esbirro? Hace unos años Pilar del Castillo resolvió el trámite  pintando su autorretrato, gratis por supuesto, gesto simpático que señalaba el camino a sus colegas. Es seguro que los señores ministros, presidentes de gobierno y Cortes y demás no nos dejarían grandes obras de arte, si se decidieran a pintar su autorretrato, pero sí mucho más baratas, y sobre todo unos interesantes documentos para los estudios psicológicos, cosa en todo caso más regocijante que unos retratos académicos en los que todos, pintores y políticos, parecen querer sólo dar el pego.
          [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de julio de 2012]

15 de julio de 2012

El hombre del guante

A la salida de la sala de los italianos, la misma en la que se aglomeran cada día miles de visitantes ante La Gioconda, detrás de una mampara, está El hombre del guante, uno de los retratos más hermosos y elegantes de la historia de la pintura. Ni siquiera carece de misterio: no sabemos quién es y eso le añade, sí, más belleza si cabe.
Tiziano lo pintó cien años antes que Velázquez pintase los suyos (Velázquez acaso pensó en ese joven cuando retrató al infante don Carlos), confirmando de ese modo que todo eso de las generaciones, el "arte de su tiempo" y demás pamplinas apenas significan gran cosa. Si estuviera en nuestra mano y, claro, si supiéramos, si pudiéramos, si no hubiésemos olvidado cómo se hace, querríamos escribir como Homero, Cervantes o Shakespeare (algunos nos conformaríamos con hacerlo como Stendhal, Dickens, Leopardi, o Tolstoi), pintaríamos como Tiziano, Velázquez o Rembrandt, compondríamos como Mozart o Beethoven, esculpiríamos como Miguel Ángel, por lo mismo que este quería esculpir como Fidias... Y pues el arte está fuera del tiempo, es de todo tiempo o de todas lunas, como se dice de aquellos árboles, como los limoneros, que dan fruto todo el año.
Si ha venido hoy aquí ese misterioso personaje es por habérselo encontrado uno en los cuadernos de Misería y compañía, próximo volumen del SPP, que se está poniendo en limpio para su publicación. 
La postal está editada no por el Louvre, su casa, sino por el Museo del Prado, adonde vino de visita hace siete u ocho años.
Y sólo puedo decir que cuando se está en su compañía un cierto tiempo, ese joven melancólico que parece tener la mirada perdida, vuelve sus ojos hacia nosotros sin mover su cabeza, y sonríe, deshaciendo de un golpe su leyenda, pero no su misterio, quiero decir, la vida de la que rebosa.


Tiziano, El hombre del guante, h. 1523. Museo del Louvre

14 de julio de 2012

Pensando otro

CAMBIAR el futuro está al alcance de cualquiera. Lo decisivo es poder cambiar el pasado.
* * *
CUANDO decimos “cambiar el futuro” no estamos diciendo mucho, porque el futuro no existe.
* * *
SI soy otro, pienso mejor, porque pensando en mí, estoy pensando en otro.
* * *
DE lo que nos damos cuenta estando distraídos, vale el doble. Hay que vivir distraídos. La atención extrema es eso. “Sentir es estar distraídos”, decía Pessoa.

Rafael Trapiello: Menorca (junio de 2012)

13 de julio de 2012

El ojo del boticario

CON frecuencia leemos y aun usamos dichos cuya verdadero significado estamos lejos de comprender, si acaso llegamos a entenderlos correctamente (como tantos, creyó uno hasta la edad adulta que en cierta canción de la tuna se decía: "no te enamores, con porcelana", donde sólo había un "no me enamores, compostelana").
Era el caso del dicho "En ojo de boticario", hasta que mi buen amigo Javier Puerto, escritor, catedrático farmacéutico, director del Museo de Farmacia y máxima autoridad española en la historia de la Farmacia (su discurso de ingreso en la Academia de Farmacia, sobre la triaca habría entusiasmado a Cunqueiro y Castroviejo) y compañero de Rastro, vino en nuestra ayuda con esta carta, que no me resisto a poner aquí:
"Ese dicho, como todos, tiene varias interpretaciones. La que yo prefiero es la siguiente: El “ojo del boticario” es, desde la baja Edad Media, un cajón dividido en gavetas o un armarito o alhacena también dividido, en donde los boticarios artesanos guardaban las drogas medicinales más preciadas (en el Museo tenemos tres): las especies exóticas, las más activas y, sobre todo, las piedras preciosas, tan utilizadas en la terapéutica galénica clásica, con nulo provecho para el paciente, muchísimo gasto y gran peligro si no estaban bien molidas. A partir del siglo XVIII, cuando el boticario y catedrático de química Glaser se vio envuelto en el escándalo de los envenenamientos de la Marquesa de Brinvillers, se convirtió en el armario de tóxicos, de obligatoria tenencia en las oficinas de Farmacia y en la actualidad es el de estupefacientes, también obligatorio.
"Pues bien, si daban una pedrada en ese “ojo de boticario”, que el maestro guardaba con esmero, vigilaba constantemente y no dejaba manejar a los mancebos, como si de su propio ojo se tratara, se suponía que caería al suelo y se mezclarían todas las drogas medicinales allí conservadas. Por eso, muchas personas creen que es una expresión mediante la cual se manifiesta algo malo o enredoso. En España, sin embargo, se tiene por algo bueno, algo que te produce un bien producto de la suerte, porque se supone que si sucediera tal cosa, el maestro, al ordenar las drogas medicinales de nuevo, pondría las de menos precio en el lugar de las de mayor y así, sin haber querido adulterar los medicamentos por propia iniciativa, merced a  un azar de la suerte, se podría “equivocar” en favor de sus intereses económicos, sin sentirse culpable por su picaresca actitud.
Que pasa: ¿algo te ha venido como pedrada en ojo de boticario?
Un abrazo fuerte. Javier Puerto
PD. Ejemplos: 
Este premio de lotería me viene como pedrada en ojo de boticario: Aunque no es el gordo, me permitirá pagar la hipoteca.
El rescate nos viene como pedrada en ojo de boticario: Adivine usted si es bueno o es malo".
Y aquí se acaba hoy esta entrada, a la que acompaña una foto que nada tiene que ver con el asunto tratado.


Rastro, 22 de junio de 2012

12 de julio de 2012

Maulas

NO entraremos en detalles truculentos. 
Cuando llegamos aquí eran las ratas para todos nosotros una gran fobia. El tiempo nos ha hermanado mucho (cierto que las agrarias no son tan repugnantes como las urbanitas), y aunque las exterminemos de una forma metódica e inexorable, lo hacemos sin acritud, intentando no alterar el karma universal, como prueba el hecho de que al poner las maulas cada noche lo hacemos como aquellos pescadores echaban sus redes en el lago de Getsemaní. También nosotros podríamos decir: "A todo se llega; he aprendido a ser sucio, y me parece bien", versión ratas.
La pesca no pudo ser mejor: un ejemplar en cada maula y una maula desaparecida. Cabe suponer que esta última la habrá llevado con cepo y todo como los penados de Argel. 
Hemos de declarar para tranquilidad de las asociaciones defensoras de los animales, que cebamos las maulas, como suele decirse, a la carta: en una queso añejo manchego, en otra queso de cabra y en otra una rodaja de salchichón ibérico. Y a esta última acudió acaso el ejemplar más gordo, el gurmé de las ratas, al que le sorprendió la trampa en el momento mismo en que le hincaba el diente al peterete, sin que le diese tiempo a soltarlo. 
Después de darle cristiana sepultura en unas zarzas, cayó uno en la cuenta de que podía haberle hecho una foto para traerla a este rincón, necesitado de historias de verdadero impacto social y cultural, sobre todo, porque viéndola tiesa en su maula, comulgante de la rodaja, recordó uno también las que según Bioy Casares (fuente poco fiable, desde luego) fueron las últimas palabras del poeta Paul Claudel en su lecho de muerte: "Doctor, ¿usted cree que habrá sido el salchichón?".
En fin. Los animales tienen la virtud de convertirlo todo en una fábula y los poetas la de pensar en un universo sostenible: esa puede no estar entre nosotros ya, pero sí su cebo, que servirá para otra hermana rata, como acaso seamos nosotros, en el cosmos, cebo de los agujeros negros..



11 de julio de 2012

Elogio del melómano

CONMUEVE tanto como admira el entusiasmo de los melómanos. No lo ha visto uno tan sostenido en ningún otro aficionado (acaso, sí, en ciertos taurinos, principalmente cuando hablan del pasado, del suyo propio o de tiempos que encuentran legendarios, que la memoria tiende a magnificar hasta proporciones colosales).
Javier Almuzara ha escrito un libro de melómano, Catálogo de asombros (Editorial Impronta, Gijón, 2012). Nos ha recordado uno de otro gran melómano, Adolfo Salazar, Hazlitt el egoísta, de lectura igualmente deliciosa, por aquello de que deleita enseñando y enseña deleitando, incluso en sus pasajes más espirituosos y malabares (los melómanos, por lo demás, son aquellos seres en los que la erudición es inofensiva, y coleccionan versiones con la misma felicidad que los niños sus bolas de cristal): "Prefiero a los franceses cuando son alemanes, como Gluck; a los alemanes cuando son italianos, como Mozart; y a los italianos cuando no son otra cosa, como Vivaldi. Pero siempre habrá quien elija a los franceses cuando son italianos, como Cherubini; a los italianos cuando son alemanes, como Puccini; y a los alemanes cuando no son otra cosa, como Wagner".
El título del libro además está muy bien puesto, porque el autor nos suma a sus asombros, y a pesar de ponernos en guardia, raramente dejamos de asombrarnos. Pues, ¿qué es un melómano? Sin duda aquel que no pierde jamás la capacidad de asombrarse a veces ante obras que conoce de memoria, como aquel al que no aburre nunca el canto de un ruiseñor o una puesta de sol. Más aún, no es concebible un melómano que no funde su goce en la repetición, como esos niños que esperan cada noche, antes de dormirse, el mismo cuento, que ellos saben hallar, cada noche, igual y diferente sólo porque varían aquí y allá la intensidad o el orden de unas palabras, en el caso del niño, o el tono o la cadencia de unas notas, en el del melómano. 

Programa de mano original de una soirée en la que se interpretaron páginas del Guillermo Tell de Rossini, del Rolando en Roncesvalles de Mezmet, del Fausto de Gounod, de El Trovador de Verdi y de La Retirada de Crimea de Magnier. Tiene este papel, encontrado en no sé que arrabal hace años, una litografía con el hueco apropiado para añadir el programa, sobre el que se ha estampado el sello de una corona diría que real con una Z debajo, adjudicable vaya usted a saber a quién. Por lo demás, la velada parece que tuvo lugar en casa de Alejandro Dumas, en 1865, si hacemos caso de la anotación a lápiz que la encabeza.

10 de julio de 2012

Un retrato poco circulado de G.A. Bécquer

                                                                                          Para Eloy Sánchez Rosillo
NOS referíamos ayer al retrato que hizo de él Eusebio Blasco, pero antes acaso sea necesario contextualizarlo. En el libro de Montesinos Bécquer, biografía e imagen se dice que “Bécquer no es el hombre oscuro, negro, retrógrado que nos ha pintado el nada claro amigo suyo Eusebio Blasco”, quien conoció al poeta en 1866 en la tertulia del Café Suizo" y compartió con él la redacción de La Ilustración de MadridSegún Montesinos “a Blasco, por enemistades políticas, le dolió la gloria del poeta".
Cuestión primordial de un retrato es el parecido, difícil si se trata del físico, más peliguado aún si cabe si hablamos de retratos morales, como nos decía Blasco que quería los suyos.
Aquí va, por su interés, el que este hizo, homenaje a uno de los poetas de vida más desdichada y obra más feliz, sin entrar en las apreciaciones del semblancista, discutibles unas, malévolas otras, ciertas seguramente la mayoría.

"Muerto Bécquer, sus biógrafos han dicho cuanto era posible decir de este hombre sin biografía.
¿Puede tenerla quien nació, vivió, escribió, sintió y murió?
¿Qué es una biografía?
Una colección de detalles de tal o cual persona. En la vida de Bécquer no hay nada de particular; está todo en sus obras.
Le conocí por el año 66. Era él entonces censor de novelas. ¡Censor de novelas!
Cargo inventado por la reacción. Allí donde el novelista hubiera dicho algo que pudiera ofender a la religión o a las buenas costumbres, el censor lo tachaba, para que la Monarquía, Dios y el Gobierno no se dieran por ofendidos.
¡Cómo debía reír de esta tiranía a que un ministro amigo le destinaba, el poeta que no conocía ni rey ni amo!
Su mundo era el ideal. Amaba, y lo decía en líneas cortas, que durante su vida apenas fueron leídas, y que después de su muerte impuso al público lector Ramón Correa, íntimo amigo del poeta.
Porque, en honor de la verdad, ninguno de los que tomábamos el café cotidianamente con Bécquer en el Suizo Viejo (Bernardo Rico, el dibujante Vallejo, Ángel Avilés, Inza, Luis Rivera, Roberto Robert, etc.), ninguno, repito, creíamos ni podíamos sospechar que al año de muerto nuestro amigo sus versos recorrerían el mundo y él figuraría en la inmortalidad al lados de los melancólicos poetas alemanes.
Era un hombre negro. Moreno hasta la exageración, sombrío hasta la grosería, soñando despierto, viviendo modestamente del sueldo de doce mil reales que su amigo González Brabo le dio como censor de los demás, Gustavo Adolfo Bécquer fue durante su vida víctima de la prosa de su existencia.
Vivía en la calle de las Huertas, en un tristísimo cuarto bajo que yo alquilé cuando él lo dejó, y que parecía destinado a engendrar la tristeza en el ánimo de sus habitantes. Allí perdí yo seres queridos, allí pasó él grandes amarguras, allí debió decir:

             Dejé la luz a un lado, y en el borde
             De la revuelta cama me senté...

porque el cuarto bajo aquel parecía una cárcel.
Su conversación, como su persona, era triste. Todo lo veía bajo un prisma distinto de los demás mortales. En cuanto tenía un puñado de duros, se iba a Toledo o al monasterio de Veruela... no vivía a gusto sino en lugares aisalados y melancólicos; había algo de trapense en aquel hombre a quien Gonzalez Brabo admiraba mucho. Pretendía de conservador, sin duda porque el lujo, la fastuosidad de que hacen alarde estos partidos se acomodaba mejor con su temperamento de artista. Hay pocos hombres que sepan sentir la democracia vestidos de limpio, y Bécquer era uno de ellos.
No es un secreto para nadie que el poeta estuvo ciegamente enamorado de una hermosura que no debo nombrar porque existe todavía y tiene ya legal y legítimo dueño. Muy hermosa criatura, pero sin seso. Un admirable busto como el de la fábula, y muy incapaz de comprender las delicadezas del hombre que quiso vivir para ella. A él no le importaba; sabía que era ignorante, vulgar, prosaica,

             ... pero
             es tan hermosa!

exclamaba en sus versos; porque Becquer era esclavo de la forma, artista desde la planta de los pies hasta el cabello.
¿Cómo se explica que después de esta pasión malograda y no comprendida, fuese a caer en las vulgaridades de un matrimonio absurdo? Aún vive su viudad, a la que no he de negar honradez, carácter tranquilo y cualidades de mujer de su casa.
¿Pero era esta la mujer del poeta?
¡Ah! El poeta no debiera tener nunca mujer; el matrimonio es enemigo mortal de la vida imaginativa; Bécquer fue desgraciado en sus pasiones, pero debió serlo aún más en su vida doméstica.
Imaginad a un hombre dotado de todas las altas cualidades que constituyen el genio, condenado a vivir con un ser vulgarísimo.
¿Fue despecho? ¿Deseo de contrarrestar aquella ambición y sed de ideal que le devoraba?
Lo ignoro. Sólo sé que en los últimos días de la enfermedad fui a ver a mi pobre amigo, y su interior me hizo desear que muriese pronto.
Da placer al ánimo y envidia de la vida matrimonial ese hogar pobre y limpio donde compiten en delicadeza los niños y las flores, la alegría de la felicidad íntima e ignorada... pero la casa descuidada, el cuarto en desorden, la compañera del poeta que no sabe hablaros de nada, el enfermo solo y entregado a la desesperación sorda... ¡Oh, qué triste fin, qué horrible martirio para quien nació con alas de águila y debía morir como el último de los seres pedestres!

           La luz en un vaso
           Ardía en el suelo


iluminaba el moribundo rostro de Bécquer la noche en que su alma enamorada dejó la tierra. La mujer mascullaba un sollozo en otro aposento.... sentíase en derredor del fementido y solitario lecho como un revoloteo de ángeles invisibles. 
–¡Hace bien en morir –le dije a un compañero–, porque su reino no era de este mundo!".
                        (De Mis contemporáneos, de Eusebio Blasco, 1886)
Valeriano Bécquer, retrato de G.A. Bécquer.

9 de julio de 2012

Solera revolucionaria

Aparecen embozados y armados con bazokas caseros. Aquí y allá fuegos humeantes, contenedores carbonizados. Dado que el paisaje de Asturias tiene alguna semejanza en verdor y belleza con el de Yugoslavia, las imágenes pueden inducirnos a error y llevarnos a creer que se tratan en realidad de escenas de las guerras de los Balcanes. Pero no. Todo sucede más cerca.

En la Revolución de Octubre de 1934 los mineros asturianos se levantaron en armas contra la República, y pertrechados de cartuchos de dinamita destruyeron medio Oviedo y aldeas que dejaron sembradas de  cadáveres, antes de ser ellos mismos derrotados por el ejército, masacrados a cientos  y entregados a miles a legionarios, militares y guardias civiles que los torturaron salvajemente. Podríamos pensar que los actuales mineros asturianos pensaban en el futuro, pero las declaraciones de uno de sus líderes no dejan lugar a dudas: “Mi abuelo luchó en el 34, mi padre en el 62 y ahora me toca a mí”.

Ha observado uno este hecho: las protestas de los huelguistas se gradúan, en lo que a violencia se refiere, conforme al ramo al que pertenecen. Las de los agrarios, por ejemplo, herederos del espíritu pacífico de Abel, tienden a ser no sólo moderadas, sino líricas y virgilianas, incluyendo regalos de tomates o patatas a la población. No así la de los obreros de altos hornos, minería y astilleros. Se diría que estos necesitaran  estar a la altura de la épica apoyando sus manifestaciones con bolas de acero disparadas con tirachinas  o, como ahora, en esos tubos de hierro adaptados como bazokas. En la actualidad los mineros asturianos no disponen por fortuna de dinamita, y  han tenido que conformarse con disparar cohetes de feria, lo que en absoluto les impide afinar al máximo su puntería contra las fuerzas del orden, que no son otras que las que defienden la Constitución en la que creemos tantos.

¿Y qué persiguen los mineros con esta revolución atenuada que, no obstante, podría llevarse el ojo de alguien si el cohete o la bola de acero hacen su blanco? Sin duda, dar publicidad a sus reivindicaciones y, suponemos, forzar la voluntad de sus empresas, las cuales están a menudo tan intervenidas que podríamos considerarlas de todos los españoles. Damos por hecho, no obstante, que sus reivindicaciones serán justas,  pero no sabe uno si después de vérselas defender de ese modo habrá muchos que quieran conocerlas y compartirlas. Comprendemos, cómo no, la desesperación de un sector como el del carbón que necesita la subvención para sobrevivir y, más aún, su irritación viendo cómo se rescata a la banca y no se les rescata a ellos. Pero precisamente por ello, porque el drama que viven tiene los tintes de una tragedia, acaso debieran encontrar otro modo de defenderse. ¿Cuál? Yo no lo sé. No recordamos cómo protestaron los alfareros, ni si protestaron, cuando el plástico paralizó sus tabanques y apagó sus hornos. El tiempo dirá si con sus lanzacohetes de feria lograron los mineros asturianos sus objetivos y que el carbón sea rentable. Mientras tanto luchar a cara descubierta, como los nobles guerreros de la Ilíada, épica por excelencia, acaso les hiciera no sólo tener razón, sino parecer que la tienen, cosa importante.
        [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de julio de 2012]

7 de julio de 2012

Mis contemporáneos

CON este título escribió Eusebio Blasco, autor de unas amenas Memorias íntimas, un tomito de semblanzas de artistas, literatos, aristócratas, banqueros, políticos y actores: García Gutiérrez, Núñez de Arce, Bécquer, el Duque de Osuna, Galdós, Manzanedo, Gayarre, Manuel Catalina y otros.
Es un libro pequeño de lectura grata y ligera que le asoma a uno a la vida de la Restauración, pero principalmente importante por el retrato que hace de su amigo Gustavo Adolfo Bécquer a poco de morir este.
En el arte del retrato pictórico o de la semblanza literaria, la importancia unas veces es del retratista, otras del retratado y, en fin, excepcionalmente del retratista y retratado juntos. Es seguro que de no haber descubierto entre los nombres de los retratados el de Bécquer o el de Galdós no habríamos reparado en él, y cierto que sólo por el retrato del primero de ellos valió la pena.
"No seré yo biógrafo de ninguno de mis amigos o contemporáneos, pero procuraré hacerles un retrato moral, que es lo que en lenguaje modernos llamamos semblanzas", nos adelanta Blasco.
La primera enseñanza es, acaso, la ceguera o miopía de las que todos estamos aquejados para juzgar el presente o por buscar los contemporáneos entre los vivos y no entre los muertos, donde más fácilmente los hallaremos, y así Blasco nos pinta a Núñez de Arce como un grandísimo poeta: "Ha llenado un gran vacío en nuestro tiempo, y por eso su nombre quedará", asegura con firmeza. Y tras ver cómo la vida de la mayor parte de esos grandes hombres y mujeres se nos queda entre los dedos como el polvo de una mariposa, nos adentramos en el retrato de Bécquer sin esperar nada especial, y acaso por ello, recibiendo de Blasco tan preciosos detalles.  (Continuará)

Eusebio Blasco, Mis contemporáneos (Semblanzas varias). Francisco Álvarez, Madrid, 1886