31 de octubre de 2012

Aurora y tramonto de la luna

ACASO lo que caracteriza la aparición de la luna sea el paso siempre misterioso con que lo hace, la majestad con la que asoma, la soledad que lleva consigo, palpable en el modo silencioso con el que las estrellas todas se van apartando de su lado hasta dejarla en lo más alto completamente sola.
Pero de todo su recorrido, el amplio trazo con el que apuntala la bóveda celeste, tal vez sean esos primeros momentos, los de su aurora, en los que se desembaraza de su horizonte, los más hermosos, los más estremecedores. Asistimos a ellos con el ánimo encogido, como a la aparición de una gran actriz que al salir a escena ha hecho que cesen hasta los roces de las sedas y satenes de los espectadores del teatro abarrotado, quienes acaso temen que no vaya a estar a la altura de la expectación que ha despertado, bien porque haya olvidado su papel, bien porque no siempre podemos estar a la altura de los silencios sobrehumanos. 
Así la luna ayer. Se fue abriendo paso entre las ramas de los seculares e inmobles alcornoques de lontananza y de las muy ligeras y pascalianas cañas de nuestro lado, para acabar subiéndose a un cielo que la iba a arropar con nubes negras de tormenta. Lo que luego sucedió fue aún más misterioso, pues apenas había asomado, cerró de nuevo la puerta tras de sí. Su aparición apenas duró unos minutos, y la aurora y el tramonto se confundieron, como si fuesen anverso y reverso de una misma moneda. En realidad, la gran actriz, la emperactriz de las tablas, podríamos decir, salió a escena para leer este breve comunicado: "Por razones ajenas a la empresa, se ha suspendido la sesión".
Y así, mohínos y desconcertados, vednos a los espectadores levantarnos e irnos sin saber cuándo podremos verla de nuevo, y en qué papel.

Las Viñas, 29 de octubre de 2012.

30 de octubre de 2012

Esperanza

EN las cumbres son ociosas las comparaciones, aparte de que en esas alturas no podríamos afirmar (el pensamiento es de Nietzsche) quién es más que quién. ¿Es esta obra de Murillo más que otra de Velázquez, pongamos, su Venus del espejo? Qué más da. A final las comparaciones nos distraen doblemente, por cada cabo, y nos quedamos sin una y otra. 
Pensemos en esta muchacha que no habíamos visto nunca. Nos fue presentada el otro día en Sevilla. Vale la pena un viaje sólo por conocerla. Pronto volverá a su casa, en Inglaterra, de donde vino. Acaso la hayamos visto por primera y última vez, y sin embargo no hubo lugar para ninguna tristeza. Su candor, la limpidez de su semblante, la carnalidad de su sonrisa, su lozanía no daban lugar a ningún pensamiento melancólico. Era lo más parecido a Mozart que pudiéramos imaginar. Costaba irse de su lado. Se apartaba uno de ella, para conversar con las otras pinturas que han venido igualmente de tierras lejanas y hacer un poco de vida social, pero al rato estaba uno de nuevo a su lado, sin edad, sin pensamiento, sin sed, a solas con el gusto de estar a solas con ella, como se está junto a un pozo en mitad del verano.
Hay algo en esta realidad que ya no es realidad. ¿No correríamos a ver al señor Murillo para darle las gracias? Gracias, le diríamos, por entregárnosla así, la realidad, esta realidad que no puede crecer, envejecer, pasar, marchitarse. Y tú, muchacha, la realidad lozana, ¿te llamas Esperanza?


29 de octubre de 2012

Rencor constante más allá de la muerte


LOS periódicos locales son fuente inestimable de historias tanto más inverosímiles cuanto más reales. Esta se la tropezó uno en un viaje a Bilbao, en la contra de El Correo, que a su vez la obtuvo de una de las esquelas del periódico Abc. La sección de esquelas del Abc es toda una Comedia Humana de cuerpo presente y en pocos lugares se encontrarán tantas y tan monumentales novelas, relatadas apenas con los hilvanes poéticos de las palabras contadas y tasadas según tarifa. 

Hace unas semanas murió en Madrid (las esquelas, no sabemos por qué, prefieren la palabra fallecer a morir, porque deben de pensar que el que fallece, fallece en gracia de Dios y va al cielo, y el que muere, muere en pecado y va directamente al infierno), murió, decía, la que según esa esquela fue Ilustrísima señora Soledad Hernández viuda del coronel don Honorio García Polo a la edad de setenta y ocho años habiendo recibido los Santos Sacramentos, costumbre esta que tiene a bien seguirse en el género esquelístico de Abc. Tras esos datos, publicaba la esquela esta nota, la novela en cuatro líneas: “Quiso en sus últimos momentos de vida dejar encargada la publicación de esta esquela para manifestar su perdón a los familiares que la abandonaron cuando más los necesitó, sus hermanos Juan y Manuel y su hija Soledad por su absoluta falta de cariño y apoyo durante su larga y penosa enfermedad”. Cierra el alegato un hijo de la difunta “y sus amigos” que “ruegan una oración por su alma”. Ellos, suponemos, habrán corrido con los gastos de la lápida del cementerio en la que han hecho grabar estas palabras en letras aún más grandes que las del coronel y las de su ilustrísima señora: “Dios hará justicia con los que te hicieron daño”.

De momento, y como ocurriera este verano con aquel Ecce Homo con el se le fue la mano a cierta restauradora de la localidad de Borja, han empezado a acercarse los curiosos al cementerio de Camarma de Esteruelas para constatar que si, como creía Quevedo, es posible un “amor constante más allá de la muerte”, también podría serlo el rencor. De hecho es más frecuente esto que lo otro, pero ya no podemos preguntar a esa mujer si todo este cafarnaún fue cosa suya o de los deudos, y poco más podrá saberse.

Luis Carandell alcanzó la celebridad con dos libros curiosos, Celtiberia Show y Tus amigos no te olvidan. Se recogían en ellos, entre muchos, algunos excesos necrológicos. El de esta señora habría podido figurar en ambos, junto a aquel epitafio que dijo haber visto en su viaje por la España negra en el cementerio de un pueblo andaluz el pintor Darío de Regoyos, según el historiador y amigo de este Rodrigo Soriano: “El polvo yace aquí de mi querida, que lo tuvo magnífico en su vida”. Agradece uno que haya quienes se tomen a chirigota un asunto de tanta gravedad como la muerte, incluso quien contribuye involuntariamente con sus pequeñas tragedias a alegrarnos un poco la vida, vida, por cierto, a la que no podemos apuntalar con agravios y resentimientos eternos. Y como diría el otro, a buen entendedor pocas palabras bastan.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de octubre de 2012]

28 de octubre de 2012

Sevilla barroca (y 2)

FALTAN en esta visión de la Sevilla barroca los escaparates de las tiendas, igualmente abundantes, donde se venden los trajes de las flamencas, no menos abigarradas. Son parecidos a estos, y no por profanos lejanos de su propia idolatría.
Escaparates, Sevilla, 25 de octubre de 2012

27 de octubre de 2012

Sevilla barroca (1)

CERVANTES sigue vivo en Sevilla en estas imágenes de anteayer mismo, entre miles, no por barrocas, sino por reales. Lo barroco en ellas no sería, como decía del barroco Ramón Gaya, "lo que sobra", sino aquello precisamente de lo que no podrían prescindir para ser lo que son, el realismo español.

Sevilla, 25 de octubre de 2012

26 de octubre de 2012

De rabiosa actualidad

NO pensaba uno, de vuelta de Sevilla, hablar de este asunto (un escritor rechaza un premio oficial porque, parece, no lo necesita: las razones que da son inconcretas, ya que no se muestra contrario a los premios oficiales, sino sólo de estos), pero ya que estaba a mano, me pareció oportuno buscar este viejo artículo, publicado en El País el 2 de diciembre de 1994 y recogido en libro, Todo es menos, en 1997; aquí las fechas son significativas, y es  probable que ese autor conociera el susodicho artículo y que este le ayudara a cambiar de opinión en 1995, como reconoce, pero en cualquier caso y si fuese así, lo entendió mal. El escrito está, como suele decirse, de rabiosa actualidad. 
La foto que subo, entre otras que pensaba subir y que aparecerán aquí mañana, no tiene absolutamente nada que ver con lo tratado, contra lo que pensaría un malicioso.


Sevilla, 25 de octubre de 2012

25 de octubre de 2012

El amor a las gallinas

"ALENTAR a los jóvenes; exijir, castigar a los maduros; tolerar a los viejos", escribió JRJ. También: "Nada me interesa de lo que piensen –bien o mal– de mí los más viejos que yo" o "Temed que los viejos alaben vuestra obra. Es el comienzo de vuestra decadencia" o "Hay que aprender de los jóvenes, no de los viejos, porque lo que se aprende no es la esperiencia sino la novedad".
Los poetas viejos hablan a menudo con un báculo en la mano, esperando dividir en dos el mar Rojo, como aquel artista que deseaba poder sanar a los enfermos aplicándoles sus pinturas abstractas sobre sus llagas y lacerías.
"No hay en mí ni memoria ni olvido; única y simplemente lucidez", leemos en el primer poema de esa Canción errónea recién publicada, hasta dar en uno de los últimos con este otro verso, no menos desconcertante en un hombre octogenario: "¡Cuánto amo a las gallinas sin esperanza!". Y sentimos un gran desconcierto no tanto porque alguien pueda amar de una manera tan impetuosa a las gallinas, o por no saber exactamente si las ama desesperadamente ni si las que zozobran en la desesperación son las gallinas, sino porque nos preguntamos cómo será amarlas, además, con lucidez.
Sí, hemos de ser comprensivos con los viejos poetas, sobre todo porque ninguno de nosotros sabe si en la vejez nos estarán esperando unos versos parecidos o peor aún, las gallinas, habiéndolas despreciado tanto en nuestra juventud en aquel gallinero leonés de La Palomera.

El Rastro, Campillo del Mundo Nuevo, 26 de febrero de 2012


24 de octubre de 2012

Nuestro talento

LO mejor de la rutina es poder volver a algunos hábitos abandonados, la alegría de encontrar en ellos una hospitalidad que raramente hallaríamos en ambientes exóticos y de mayor circulación.
Ha ocurrido estos días en la relectura recurrente de los papeles póstumos de Pickwick, mezclados con las cartas de Van Gogh, de quien entresaco estas dos líneas que bien pudo referir a Dickens, a quien Van Gogh aludió con el mayor aprecio por esos mismos días en que le escribió a su hermano :
"Tratemos de conocer los secretos de la técnica de tal forma que el público se fije en ella y jure por lo más sagrado que no tenemos técnica.
"Que nuestra obra sea tan hábil que parezca ingenua y no deje traslucir nuestro talento". (Carta a Theo de abril de 1884)


Animal de fondo. Las Viñas, 9 de agosto de 2012

23 de octubre de 2012

Un cornell (semillero)

LOS llamamos cornells en recuerdo de Joseph Cornell, el autor surrealista cuya visión del mundo ha cambiado el modo de ver cajas muy anteriores a él, de la misma manera que Gómez de la Serna nos descubrió greguerías en escritores que le precedieron, a veces de la antigüedad clásica. 
Cajas con frascos de venenos, cajas con volantes y ruedas de relojes, cajas con carretes de hilo, cajas con agujas y recambios de gramófono... Cada una de ellas con pequeños submundos, ordenados y orbitados como si se tratara de pequeños sistemas solares con sus planetas, satélites y lunas.
Esta es acaso una de las más hermosas que se haya uno tropezado nunca: es una caja que contiene tubos que contienen semillas. Cincuentainueve semillas en sus tubos, separadas por tacos de algodón, selladas con tapones de cera y etiquetadas con una caligrafía de miniaturista, probablemente del siglo XIX. Piensas: el mundo se extingue, desaparece de la faz de la tierra toda forma de vida, pero alguien encontrará un día esta caja y podrá acaso volver a roturar los campos y sembrar en ellos trigo, avena, mijo, adormidera y filantro, sorgo, arroz, panizo, lino y cáñamo, ricino y algodón...
Hace muchos años conocimos en el Carmen de La Victoria de Granada a un inglés que viajaba por el mundo con una maleta. Había venido a ver a su director, José Tito, a la sazón director de aquella residencia universitaria y, al mismo tiempo, conservador de los jardines de la Alhambra y el Generalife. Viajaba el inglés por el mundo buscando semillas de rosales y otras flores, plantas y árboles de jardín de ejemplares de más de cien años. Acababa de llegar de Alepo y estaba citado con nuestro amigo, que le había prometido las semillas de unos rosales y unos mirtos de tiempo del sultanato, a cambio de otras que el inglés le traía de los lugares lejanos por los que había andado.
Mientras tomábamos café nos mostró su maleta. Llevaba en ella más de quinientas muestras, entre las que recogía y las que le servían para el trueque.  Acababa de llegar de un viaje por Siria, especialmente provechoso, y nos contó una historia increíble que acababa de sucederle en Alepo que tenía que ver con aquel oficio tan raro de jardinero ambulante. De no saberlo uno de los conservadores de la célebre Garden History Society del Reino Unido, hubiésemos creído que se trataba de uno de esos impostores que aparecen en las fábulas de las mil y una noches. No recuerdo si la he contado en otra ocasión, seguramente sí, en uno de los tomos del SPP. Aunque puede que no, porque me parece que es anterior a esa manía de uno de meter en esos libros, como Noé en su arca, el primer cornell de la historia, todo lo que sucede en el mundo.

                                                    (Continuará)

Semillero. El Rastro, 21 de octubre de 2012

22 de octubre de 2012

La calle


LA publicación de cierto reportaje sobre España en el New York Times, ilustrado con fotografías de menesterosos rebuscando en las basuras, dejó perpleja a mucha gente. Eran escenas tristes en las que podíamos imaginarnos la vida de esas personas que vagan por las calles sin rumbo fijo, desde que sale el sol hasta que se pone, a veces durante la noche, sin conocer el sosiego. 

Algunos denunciaron, por un lado, lo inexacto y oportunista del reportaje y, por otro, que se explotara de ese modo la fotogenia en blanco y negro de la pobreza, acreditada por los grandes maestros de la fotografía. Probablemente llevaran razón los denunciantes, pero deberían haber buscado quizá en esas fotos otra cosa: lo mejor nuestro. No se quiere con esto ni justificar la pobreza ni estetizarla ni decir que esté bien sufrir o haber sufrido. Ni mucho menos. Hay que acabar con el dolor como hay que erradicar la pobreza. Aquí se está diciendo sólo que esos mendigos e indigentes son tan nuestros, de nuestra propia carne, como las catedrales o La Alhambra. Cuando un loco o un pobre o un niño o un vagabundo o un refugiado o un enfermo o una persona maltratada o un anciano sin amparo o un emigrante ilegal fijan en nosotros su mirada sentimos que señalan directamente en nuestro interior aquello que nos hermana a ellos, a menudo lo humano más valioso, tal vez en lo que nos convertiremos. Es lo que nos enseñan los bufones de Velázquez o los personajes cervantinos.

Ha oído uno decir también, a propósito de todo ello, que en Nueva York o en París o en Berlín o en Londres se podrían hacer fotografías como estas de Madrid, y que no dejaban de esconderse en su publicación propósitos oscuros o espurios. Es posible, pero acaso debiéramos estarles agradecidos: nos recuerdan que tales seres siguen junto a nosotros. A veces, de verlos tan a diario, nos olvidamos, y caminamos entre ellos sin reconocerlos. Debería darnos igual si somos mejores o menos pobres o más guapos que como nos saca el espejo del NYTimes, pero no el saber que cada día hay más gentes como esas de las fotografías por las calles, y que por eso, por su proliferación, habíamos dejado de reparar en ellas.

Se junta uno cada semana en el Rastro con bastantes que se dedican a la busca, a algunos los tratamos y los vemos pedir un socorro con verdadero estoicismo. Viven en la calle, pero la calle no es suya tampoco, tan pobres son. Es improbable que se les sorprenda en ninguna de las manifestaciones callejeras que ahora proliferan; ocupados como están con su supervivencia, apenas tienen tiempo como no sea para ir muriéndose poco a poco. ¿Pertenecen a la “inmensa mayoría de españoles que no se manifiesta”, a la que homenajeó Rajoy? El NYTimes publicó las fotos de unos menesterosos por las calles de Madrid, y un particular fotografió a Rajoy paseando por una calle de Nueva York mientras se fumaba un gran puro el día de ese “homenaje”. La calle, convertida en avenida, parecía suya, desde luego. Tan ancho iba. Sólo le faltaba la leontina de oro en el chaleco para ser una caricatura de George Grosz. Hasta su comitiva parecía formada por chupatintas que fueran detrás levantándole los faldones de su levita.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 20 de octubre de 2012]

21 de octubre de 2012

Para leer en público (sobre Ridruejo)

EL lunes pasado se celebró en el Ateneo de Madrid un homenaje a Ridruejo en el que iba a intervenir uno, cosa que no pudo ser por razones de fuerza mayor, como tampoco llegaron a leerse las líneas que envié por razones que todavía no conozco. Van aquí las palabras que debieron leerse allí.

Siento de veras no poder estar con vosotros. Me gustaría de viva voz leer yo y desarrollar algunas de las cosas que se dicen en esta cuartilla a propósito de sus dos tomos sobre Castilla o sus Memorias, o sobre algunos de sus poemas de los cuadernos de Rusia, entre los que prefiero suyos.
Hay algo en Ridruejo, como en Byron, que excede su propia obra, acaso porque ninguna podría estar a la altura de una biografía que dictó siempre un deseo de conocer la verdad, hecho este que le hizo rectificar, a veces en detrimento de su comodidad o de sus intereses particulares, cuando comprendía que se estaba alejando de ella. 
Poco más. Un abrazo, mi gratitud y mis excusas a mis compañeros de mesa y a quienes de los asistentes haya podido contrariar una ausencia involuntaria.


EL DONCEL

Ridruejo es acaso la figura más misteriosa y seductora de todas las que prepararon y secundaron, al menos en los primeros años, el régimen que surgió del levantamiento militar del año 36 contra la República. Esta apreciación tiene que ver en parte con su evolución política posterior, desde luego, pero no sólo. Hay mucho en él de vocación literaria pura que las circunstancias, pero también su talento personal, no le permitieron cumplir. En pocos escritores habremos sentido más trágicamente la distancia entre la nobleza de su propósito literario o poético y su realización en libro, en poema, en ensayo, en evocación. Sólo sus cartas se escapan de esta pequeña decepción. Hablamos, sí, de un escritor cuyos poemas, ensayos, libros de viajes e incluso memorias, siendo estas en verdad extraordinarias por muchos conceptos, no sentimos que estén a la altura de la ambición con la que se escribieron. En una palabra: lamentamos, con íntima tristeza, que no fueran lo que su autor mereció que fuese. Pues Ridruejo, y esto desde luego tiene que ver con su coraje personal, pero también con la nobleza con la que actuó siempre en un bando político que no se caracterizó precisamente por ninguna de las dos cosas, ni por el coraje de sus protagonistas ni mucho menos por su nobleza, pues Rridruejo, decía fue  acaso uno de los hombres más buenos en el buen sentido de la palabra sin haber sido jamás un ingenuo. De hecho es uno de los políticos menos ingenuos que ha dado este país, cierto que en el peor momento de su historia. Hace unos años Ferlosio, poco dado como es sabido al elogio de ningún contemporáneo, me contó que Ridruejo había sido la persona más inteligente que había conocido, y la más seductora desde un punto de vista intelectual. Se refería, acaso, a esa capacidad de encontrar en el desierto de la realidad oasis que garantizasen no sólo la supervivencia sino una vida digna y el modo de compartirla con otros.
Hoy lo vemos como una figura excepcional no sólo porque intentara reactivar el mito de Garcilaso, el soldado poeta, sino porque habiendo elegido siempre el camino difícil, jamás se quejó de ello. En un país que une como ningún otro el trágico “escribir es llorar” de Larra con el pícaro “el que no llora no mama”, Ridruejo, con espíritu aristocrático, se mantuvo siempre al margen, pobre entre camaradas que se enriquecían con el pillaje de la victoria.
Hoy, pensando en él, lo imagino como el Doncel de Sigüenza, en ese raro punto en el que poesía, sueño y muerte se cruzan para dignificar la vida.


Bandera de Falange y otra militaria. El Rastro, 14 de octubre de 2012






20 de octubre de 2012

Animal visible

DE pronto, en ese libro de poemas que vas leyendo sin prestarle mucha atención, esta pequeña cita de Lezama Lima nos redime de la debilidad morbosa de haber querido curiosear en ellos. Frente a todo lo demás, suena como la esquila mínima de un convento llamando a la oración. 
Lezama, ciertamente no siempre resulta inteligible, pero sí un hombre modesto, quiero decir, que su barroquismo en él fue natural, nunca impostado, sabiendo que la naturalidad y sencillez del barroco es ser barroco, por lo mismo que el misterio habla lenguas desconocidas:

                            "La luz es el primer animal visible de lo invisible".

Agua, Las Viñas, verano 2012

19 de octubre de 2012

Para Eugenio Montejo


ACABA de aparecer un librito que recuerda a Eugenio Montejo en la editorial Pre-Textos, al que pertenecen, entre otras colaboraciones de otros amigos y admiradores del poeta venezolano, estas líneas que siguen:

Voy en tren. Me acompañan sus libros de poemas. El viaje será largo. Los he traído conmigo. Son libros delgados, de poemas. El vagón por una vez va medio vacío y no hay ruidos molestos. Los pocos viajeros que han subido siguen atentos, con los auriculares puestos, la película que les ha puesto la Compañía. Todos ellos tienen la cabeza levantada y miran a lo alto, risueños. Al no saber qué provoca en ellos esa felicidad, al no oír sino el traqueteo de las vías, podríamos pensar que están teniendo una visión seráfica. El tren y yo no parecemos tener ninguna prisa, él aminora a menudo su marcha, y yo no me apresuro en la lectura. El sol de esta tarde de enero ocupa toda la meseta, como un tapiz, y forra de paso estos libros donde leo sus versos. Uno de estos libros lleva, veo ahora, una dedicatoria del poeta amigo. Lo había olvidado. Pienso: ese amigo ya no está, ha muerto, pero esa es su letra, su letra está viva, como el primer día. Y sin embargo no sé dónde fue ese día, mi memoria ha muerto también. Llegó, seguro, en alguno de aquellos encuentros que propiciaba su editor, Manolo Borrás, como llegó el primer libro que conocí de él de la mano de su otro editor español, Abelardo Linares. Trato de resucitar mi memoria, poner rostro a esta letra, a estos libros, sin conseguirlo. Sí, recuerdo, en cambio, su manera de estar, que sonreía, que escuchaba, que hablaba para adentro, que estaba más tiempo en silencio que conversando, que sólo hablaba si se le preguntaba, y que luego volvía a guardar silencio, como yéndose siempre. Recuerdo que pensaba, las veces que estuve con él: “No está aquí, ya ha partido”. No me molestaba en absoluto, porque de ese modo, ahora lo sé, me estaba diciendo cómo tendría que estar con él cuando ya hubiese muerto. Él mismo parecía ir acompañado siempre de dos o tres muertes, muertes suyas, alguna de las cuales ni siquiera le había nacido todavía. En los poemas trata a esas muertes con una gran corrección, a ellas también les conversaba como me conversaba a mí, para adentro, más con silencios. Los poemas nos hablan de las cosas que ve, de los países por los que anda. Estuvo en muchos, cierto, pero uno no tenía claro qué hacía en ellos, yendo y viniendo. No creo que fuese un gran diplomático, como tampoco debió de serlo Rubén Darío. Qué ironía: Platón habló de expulsar de la República a los poetas, no que los hicieran diplomáticos. Nuestro amigo, digo, iba y venía, como si alguien allá en su país, le hubiese dicho: vete por el mundo, a ver qué encuentras. La película del tren se ha terminado hace un rato, y los pocos que viajan conmigo, han caído profundamente dormidos. Sólo yo estoy despierto. Decía que en sus poemas no se asombra de nada, pero cuando habla, habla en él el lenguaje del asombro. Eso es una paradoja, sin embargo, porque ¿de qué puede asombrarse la muerte? Cuenta que tuvo muchas vidas en muchas ciudades diferentes. En cada una de esas ciudades cambiaba de muerte. Les habla a ellas como te puedo estar hablando a ti, como él me hablaba a mí. Hace ya mucho tiempo que el sol se llevó de la meseta su tapiz, lo dobló y se fue. Hace ya mucho tiempo que es de noche, y debemos estar llegando a alguna parte, porque estoy solo en el vagón. Me gusta que en sus poemas todo sea a un tiempo claro y misterioso. Hay en todos ellos una gran imaginación, lo que quedó del Paraíso. Con cada cosa con la que habla, de la que habla, no parece sino seguir una conversación que viene de muy lejos, de muy atrás, del Paraíso, incluidas esas muertes que no han nacido todavía. Le pasa lo mismo con las estrellas, “algunas no han nacido todavía, y son visibles”, dice. Y con las mujeres a las que amó le sucede algo parecido, las acaricia, con cuánto amor le dice “aferrarse al amor contra la muerte”. Creo que dice eso de la muerte porque no quiere ser tampoco descortés con ellas.
Uno de los poemas que prefiero de los suyos se lo dedicó a Antonio Machado. Lo imagina leyendo en una plaza con árboles, “sentado a solas” y dice que “aunque ya no lo vemos en la plaza / alguno de estos árboles es él”.
Yo sé también que alguno de los viajeros que venían conmigo en este tren eran también él. No porque hayan muerto ya, porque se hayan bajado en alguna de las estaciones en las que este tren no se detuvo. Ni tampoco me extrañaría lo más mínimo que una de esas muertes que llevaba consigo fuese yo mismo. Lo dijo también él: “Me valgo de mil voces, pero pocas son mías”. Una de esas voces te está, me está diciendo que llegará un día en que las letras de este escrito alguien las va a encontrar como el primer día, un primer día que ni siquiera podría recordar de dónde vino.





18 de octubre de 2012

Inclinándome

LLEGARON al mismo tiempo su último libro, Inclinándome (Editorial Pre-Textos), y la noticia de su muerte. La lectura de sus poemas se solapó con el final del libro de su vida, y asistimos a ese misterio que se ahondó un poco más para nosotros, cuando él acababa de desvelarlo dejando atrás todo su infortunio: “qué solos se quedan los vivos / cuando empiezan a marcharse de la casa los muertos”. 
Que la tierra te hable como hermana, José Luis Parra.

ABSOLUCIÓN

Salí del cuarto encerrado

del sopor
y la vergüenza

y la brisa
que atravesaba el pasillo
de levante a poniente

y hacía de la casa una invitación al vuelo
una playa estimulante

me traspasó
como una gracia indecible

como el aire de una almena

Podía vivir de nuevo
  
      (De Inclinándome)


Valencia. Amanecer del 16 de octubre de 2012

17 de octubre de 2012

Pacto sinalagmático

AL Rastro no se va a buscar, ni siquiera a encontrar. Al Rastro vamos a reconocer lo que cada cual lleva dentro de sí. Esa es la razón de que encontremos únicamente aquello que venía ya con nosotros. Las litografías del periódico satírico El Motín fueron célebres. Esta que se reproduce aquí, hace unos meses probablemente nos hubiera pasado inadvertida. Ni siquiera sabe uno a qué hecho concreto de la política del siglo XIX hace referencia. Lo que resulta asombroso es su actualidad, porque podría estar hablando del ser en cuanto ser del Partido Socialista de Cataluña y de todo aquello que este parece proponer a la sociedad catalana y aun española.




16 de octubre de 2012

Los placeres de la anticipación.

PADRE e hijo es el libro en el que Edmund Gosse relata su infancia en relación a su padre, un conocido naturalista inglés, empeñado en eliminar cualquier disparidad entre la ciencia y la Biblia, y eso justamente en el momento en que Darwin escribió El origen de las especies. Es una obra maestra del género memorialístico, probablemente en la que mejor esté analizada la locura de toda una familia a manos de un puritanismo religioso tan fánatico que sólo el humor y la piedad de Gosse hace comprensible.
Para resumirnos lo que fue su padre Gosse, hacia el final del libro, nos relata en unas pocas líneas aquella locura que trajo locos a su madre, a él mismo y a los miembros de la comunidad pietista de la que era pastor:
"Aguardaba, con una esperanza «ansiosa la venida del Señor», acontecimiento que, en diferentes ocasiones, creyó inminente. Calculaba la fecha exacta, atendiéndose a las profecías del Antiguo y del Nuevo testamento; pasaba la fecha sin el advenimiento esperado, y mi padre más que decepcionado se mostraba exasperado. Luego se daba cuenta de que había habido un pequeño error en su cálculo, y los placeres de la anticipación volvían a empezar".
Es curioso cómo este párrafo serviría para algunas otras cosas; para todas las utopías políticas de naturaleza mesiánica, por ejemplo.

Desde el cuarto de atrás, Conde de Xiquena, 19 de marzo de 2012

15 de octubre de 2012

Y después, nada

A raíz de la muerte de Santiago Carrillo se publicaron muchas necrológicas. El tono general, como corresponde a esa hora de las alabanzas, era encomiástico, casi querube. Sólo una, entre las que uno leyó, no se dejaba arrastrar por las hipérboles efusivas propias de los corpori insepulti. En ella el historiador Santos Juliá recordaba no sólo los largos años estalinistas del político, sino las muy inconvincentes razones que dio sobre las matanzas de Paracuellos. El contraataque no se hizo esperar. Sólo un día después de su incineración se dio a conocer una encuesta según la cual más del ochenta por ciento de los españoles valoraba positivamente su figura, al tiempo que se publicó un artículo de Paul Preston y otros, cuyo propósito era el de la exculpación de Carrillo en esas matanzas, presentadas como excepcionales y ajenas a las autoridades republicanas, frente a las decenas de “miniparacuellos” del otro bando organizados desde la cúpula militar fascista.

Creo que hay dos clases de personas: los que no se creen lo primero que les cuentan y los que quieren ser los últimos en contarlo. Pero sabemos que “la última palabra” no existe, como tampoco verdades definitivas. Este es un hecho.  

Vale la pena reproducir aquí el primer párrafo de ese artículo. Aunque no lo hayan leído, el tono les dará una idea. Es como el preludio de una sinfonía. Los que hemos escrito algo de la guerra civil corremos siempre el riesgo de ponernos sinfónicos: “A comienzos de noviembre de 1936 las columnas franquistas habían llegado a las puertas de Madrid, sembrando de cadáveres su camino. Los bombardeos causaban estragos en la población. Entre los presos de las cárceles había centenares de militares dispuestos a unirse a los rebeldes. Su liberación parecía inminente”. Usted, que ha leído con atención este párrafo, habrá entendido acaso lo mismo que yo: se lo tenían merecido; ¿iban a dejar que aquellos militares quedaran en libertad para seguir sembrando cadáveres por donde fueren? Dejando a un lado algunas cosas menudas (en Paracuellos la mayor parte de las dos mil cuatrocientas víctimas asesinadas a lo largo de un mes en veintitantas sacas fueron civiles, no siempre con significación política, y  hubo decenas más de “miniparacuellos” en zona republicana), lo que está en juego es aquello que queremos recordar y que se recuerde. Dos días después de aquel artículo, el escritor Jorge Martínez Reverte publicó otro. Reverte descubrió hace un par de años datos cruciales que incriminan directamente a Carrillo en esas matanzas, no citados por Preston et allii: sin la menor duda Carrillo puso en marcha aquellas masacres. Con otros, desde luego. Con su camarada, por ejemplo, el joven escritor Segundo Serrano Poncela. Esto es algo que lo sabía todo el mundo. Hasta alguien aparentemente tan en las nubes como Juan Ramón Jiménez, que se negó a saludar a ese Serrano Poncela en Puerto Rico quince años más tarde: “No me he exiliado para acabar dándole la mano a un asesino”, dijo. La vida de Carrillo fue larga, como acaso sea corta su posteridad. Él mismo lo dijo en una de sus últimas entrevistas: “No espero que la posteridad me trate bien, pero no me importa. Uno se muere, y después, nada”.
            [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de octubre de 2012]

14 de octubre de 2012

La llama

PENSANDO en los personajes de esta novela, o leyendo la Divina Comedia, que se los recordó (no lo dice en su carta), reparó nuestro amigo en este verso del Infierno ( XXVI,48):

                   Ciascun si fascia di quel ch'elli è inceso
                  (Cada cual se reviste de la llama en que arde)


Los mejores elogios (si este lo es, lo es de una manera tan silenciosa que no ofende, pese a su elevadísima procedencia) son aquellos que nos recuerdan no lo que hicimos, sino la larga tarea que tenemos por delante para merecerlos.


Las Viñas, 7 de agosto de 2012

13 de octubre de 2012

Orgullo e identidad

UNA vez más fue El Roto, en su viñeta de ayer, quien parece haber dado en el clavo con el menor número de palabras. Pero no todos querrán entender lo que se dice en ella, aunque lo entiendan hasta los niños.
Pensando en Félix Ovejero, que la colgó a primera hora, y sobre todo en Eça de Queiroz, que a la pregunta de "¿Es usted español?" que le hizo una dama inglesa a la que respondió "Peor, señora, portugués", le puse a aquél unas variaciones al tema de El Roto: "Abuela, a mí me da vergüenza ser de cualquier sitio, porque soy feliz siendo de todas partes, incluida Cataluña", respuesta que podrá adaptarse a conveniencia, como esos llaveros que llevan el nombre de nuestra ciudad. Por ejemplo, yo he sido feliz incluso en León. 
Hace unas horas nos envió nuestro amigo una carta a propósito de estos asuntos. Carta que la entienden también hasta los niños, público difícil donde los haya, por ser el más puro y a su manera el más inteligente:
"La idea, era, poco más o menos:
exactamente esto...
Ciudadanos, mestizos de pura cepa.
Dejemos las cosas claras y empecemos por lo básico. Yo no me siento
orgulloso de ser catalán o de ser español. Tampoco me avergüenzo ni creo que
tenga que pedir perdón. Simplemente sucede, que diría Neruda. ¿Cómo me puedo
envanecer de lo que no depende de mí?
Solo me puedo sentir orgulloso o avergonzado de mis obras, de lo que está en
mi mano hacer. Y no ya como catalán o español, sino con simple ser humano,
hay una cosa que me avergüenza superlativamente: levantar una frontera.
Levantar una frontera es reducir el perímetro de mi humanidad, decirle a
otro que no es mi igual.
Una frontera es una resignación. Poner límites a la razón, a los ideales de
libertad, igualdad y fraternidad. Hay unos, los nuestros, para con los que
importan la moral y la justicia, y otros a los que no alcanzan los mismos
derechos simplemente por el azar de nacer del lado malo.
Sin embargo, hay fronteras. A qué negarlo. Una circunstancia que cualquier
persona decente lamenta. Y una persona seriamente decente se alegra el día
que una frontera se emborrona en nombre de los buenos principios, cuando
aumenta el número de sus conciudadanos. Ese es el mejor latido de Europa, la
democracia más amplia, la única, por lo demás, que nos permitirá encarar los
problemas verdaderamente importantes.
Por eso mismo, levantar una frontera es una indignidad, es cercenar la
universalidad de la razón. Ninguna persona limpia de mente y corazón se
puede alegrar de una frontera nueva. 
Y sin embargo, hay una ideología que hace de la creación de fronteras una
voluntad, de la desigualdad una meta. El nacionalismo, bien resumido en el
repugnante lema: My Country Right Or Wrong. Mi país, para bien o para mal.
La prioridad de la tribu sobre la razón, de la sangre sobre la justicia. La
tiranía del origen. Reacción en estado puro. Lamiseria como vocación".  
                                                  Félix Ovejero




12 de octubre de 2012

El naufragio

LEYÓ la entrada de ayer, y me dijo: se está hundiendo el mundo a nuestro alrededor, y tú hablando de una coplilla. Se refería, claro, a algunas de las cosas que están sucediendo a nuestro alrededor. Yo le respondí que para glosarlas hay escritores, críticos e intelectuales más concernidos en la empresa y entre sus colaboradores. ¿Lo harán? Después de haberse sentado tantas veces a su mesa y comido de su mano, ¿se rebelarán contra sus patronos? La vida es imprevisible y no tiene sentido, pese a lo cual ¿quién no espera un final? Pero, ¿sabemos lo que ocurrirá en los próximos meses, al igual que con lo otro?
Nos asombra y admira la anotación de Kafka en su diario el día que Alemania declaraba la que sería la primera guerra mundial, su voluntad de mantenerse al margen de la guerra, no de la vida (de hecho se va a nadar esa tarde).
No es cierto que viva uno de espaldas al naufragio, sino que precisamente por el naufragio no quiere perder de vista las mismas cosas en las que halló una razón para seguir viviendo. Puede uno hacer bien poco por la prima de riesgo y menos aún por los amigos que perderán el trabajo a causa de la codicia de sus patronos, pero no por una coplilla llamada a desaparecer. Saber que ha tenido en este almanaque unas horas más de vida, es suficiente razón para seguir aquí.
Por lo demás, en esta casa se tiene muy presente al naufragio, como lo prueba ese pequeño cenicero de bronce, encontrado hace más de veinte años en una almoneda del pueblo portugués de Tomar, y en el que la brasa de los cigarrillos se apaga no por aplastamiento o consunción, sino entre chisporroteos, por efecto del agua salada, ya que se trata de un cenicero mágico.
Un día contaré su historia.


11 de octubre de 2012

Una novia rica

QUE la cultura popular es hoy más del pasado que nunca, no tiene vuelta de hoja. Se va hacia otra cosa, no sabemos si mejor o peor, distinta en todo caso. ¿Es sólo que nos vamos haciendo viejos? La sensación de que se van apagando las luces que iluminaban nuestra infancia, ¿es real o fruto únicamente de nuestra imaginación, de nuestro temor? 
La lista de lo que ya no volverá podría ser larguísima. Saber que hasta 1959, por ejemplo, el año de aquel Plan de Estabilización que cerró para siempre en España la España cervantina, habían llegado a nosotros tradiciones, paisajes, modos, usos, trajes, palabras, gustos, platos que eran exactamente iguales a los que se podían haber conocido en 1585. Produce vértigo sólo el pensarlo. Nuestro hijos a veces nos oyen arrobados hablar de nuestros años infantiles como si fuésemos viajeros que hemos regresado de un pasado remoto, como Telémaco, relatando de él fábulas mitológicas.
He aquí esta coplilla. Se la hemos oído este verano a un anciano, conscientes de que morirá con él. Es bellísima, por lo que tiene de ingenua y al tiempo de moderna y maliciosa, casi surrealista. Pero cuando él se apague, la coplilla se borrará y la memoria se quedará en blanco, y las palabras se irán a otra parte, como las golondrinas, pero sin vuelta.


         Anda diciendo tu madre
         que quiere una novia rica.
         Dile que compre un papel
         y pinte una señorita.




10 de octubre de 2012

Un libro viejo

EN la infinita bibliografía sobre la guerra civil, este libro raro, desconocido para mí al menos y encontrado hace unos días, es otro más. Su autor, "Daniel España", oficial de prisiones sobrevenido (Álvaro Portes antes de la guerra actor, y en la guerra destinado en la cárcel de San Antón, calle Hortaleza), no se molestó mucho en encontrar seudónimo para él: Daniel por la espelunca de los leones y España, frente a Rusia. Es un libro decepcionante, excepto por esa cubierta tan alemana, dibujada por alguien que parece discípulo de Ámster. En sus páginas comparecen, cómo no, y mucho, Pedro Luis de Gálvez, aunque con nada que no hubiésemos leído antes, y Muñoz Seca, con anécdotas de repertorio y una acusación directa: lo asesinan por la desidia criminal del poeta bohemio. Cuando el autor publica ese libro, Gálvez sigue con vida en la cárcel de Yeserías, abrumado por las denuncias estereofónicas que le sitúan durante la guerra al frente de una partida de facinerosos sanguinarios. Jura Daniel España en las primeras páginas por lo más sagrado que nada de lo que contará será mentira, y le creemos. Pero como en tantos testimonios parecidos sospechamos que lo importante no es lo que ha relatado, sino lo que ha quedado sin contar: no por qué alguien como él pudo sobrevivir en el Madrid revolucionario, sino cómo. Cómo sobrevivió, qué hizo para sortear la muerte durante los casi mil días que duró la guerra. La verdadera novela. Lo que llevó a la imprenta no pasa de ser la confesión patética de alguien que ha de seguir salvando su pellejo, esto que tanto aprecia el ser humano.

Cárceles rojas. Memorias de un oficial de prisiones sobre las cárceles y checas de Madrid, de  Daniel España (pseudónimo de Álvaro Portes). Librería General de Victoriano Suárez, Madrid, 1939.



9 de octubre de 2012

Nacionalbalompedismo

NO ha pisado uno nunca un estadio, pero he visto algunos partidos de fútbol por televisión. Tengo entendido que no es lo mismo, y que la diferencia entre una y otra cosa es parecida a la que existe entre una foto de las pirámides y verlas en el Cairo. Por eso, imagina uno lo que debió de ser el otro día, en el partido Barça-Madrid, todo ese mosaico desplegado por las gradas con la señera formada con las cartulinas de colores que cada espectador, de pie, hubo de mostrar con las manos arriba. Yo me pongo, sin embargo, en el lugar del culé no nacionalista. Nuestro amigo Félix Ovejero, por ejemplo. A pesar de las apariencias, cuesta creer que todos y cada uno de los espectadores fuesen nacionalistas e independentistas. ¿Qué habría sucedido si ese culé no nacionalista hubiese decidido quedarse en su asiento, sentado sobre la cartulina, rodeado de la masa enardecida de nacionalbalompedistas y sin sumarse a los cánticos patrióticos? 
Como suelen decir los políticos, es sólo una reflexión ante un momento de exaltación y fervor sin parangón en el último siglo, si exceptuamos, claro, aquel lejano Congreso Eucarístico de Barcelona de 1952 en el que miles de catalanes formaron larguísimas colas para confesar sus pecados en improvisados confesionarios públicos. Y se ha acordado ahora uno del Congreso Eucarístico por una asociación de ideas, a saber, que al igual que en todas y cada una de las partículas de la hostia consagrada sigue estando el cuerpo de Cristo, por mucho que aquella se fragmente, igualmente estará, salvando las distancias y sin ánimo sacrílego, el espíritu nacional catalanista en todas y cada una de las miles de cartulinas ("tú eres roja / tú eres gualda"). 
Le intriga a uno saber si habrían respetado que ese culé profanara la señera, sentándose mismamente sobre uno de sus pedazos, pero para saberlo (los periódicos no se ocupan de los detalles exactos, sólo las novelas) tendría que haber ido uno al Camp Nou. Pero no sé si para corroborar una sospecha como esta, habría estado uno dispuesto a echar por la borda eso tan bonito que es morirse sin haber puesto los pies jamás en un estadio. 


Camp Nou, 7 de octubre de 2012. Y acaso algún lector pueda aportar una foto del Congreso Eucarístico de Barcelona de 1952, por ejemplo, aquella célebre en la que se ven collas de feligreses confesándose de rodillas en la vía pública. De momento, atención de un lector, va esta, a falta de la otra que recuerdo fue obra de algún fotógrafo conocido tipo Colom, Miserach, Masats, Català-Roca... 


8 de octubre de 2012

Atzucac/Azucaque


EN 2004 viajé a Barcelona para entrevistarme con José Antich. Era la primera vez que iba a pedirle algo al director de un periódico. Había escrito yo una especie de diccionario y pretendía publicarlo como homenaje al Quijote. Antich me recibió y me escuchó con atención y cordialidad, y aun antes de que acabara de exponerle un proyecto que a mí se me antojaba quijotesco, lo daba por hecho. Aquel diccionario se publicó día a día, durante un año, con el título de El arca de las palabras, como acaso recuerden los lectores de La Vanguardia. Dudo sinceramente de que algo tan poco instrumental (“words, words, words!”) se hubiese podido publicar en ningún otro de los periódicos nacionales. Una de las palabras que comparece en aquel arca es azucaque.

El escritor catalán Carlos Pujol, al que tantas cosas buenas le debemos tantos, nos contó que la primera vez que se la oyó a alguien fue al sabio Antonio Badía en el curso de una de esas acerbas disputas de departamento universitario. Éste la usó tal y como viene en el diccionario de Pompeu Frabra: “Nos hallamos metidos en un atzucac”. La palabra, que no figura en el Diccionario de la Rae ni en el Covarrubias ni en el María Moliner, es de origen árabe con el significado de “callejón sin salida”, y en Murcia, recuerdo acaso de una medina laberíntica, queda una calle con ese nombre.

Tras la manifestación nacionalista del 11 de septiembre último, ¿España se encuentra en un azucaque? ¿Se ha metido Cataluña en un atzucac? Aparece estos días en las librerías una novelilla mía con el título de Ayer no más. Trata, entre otros asuntos, de los agravios de unos personajes que se esfuerzan en dejarlos atrás y de otros que exigen una reparación, para olvidarlos. Uno de los momentos más felices del último verano fue la lectura de un bellísimo artículo de Félix de Azúa, sobre la memoria. “El tiempo pasado sólo conserva su maldad para quienes lo cultivan en el presente, y lo quieren mantener vivo y maligno”, decía en él. No sé si esa ha sido la razón por la que Azúa ha decidido a sus casi setenta años salir de Cataluña, pero supongo que entre cultivar el agravio o seguir viviendo (vivir agraviado es un oxímoron), él, que pudo y quiso, prefirió esto último, ni envidioso ni envidiado, que decía fray Luis. Alguien, sabiendo que escribo desde hace tantos años en un periódico catalán y temiendo que le pusieran a uno en el brete embarazoso, quiso saber: Si te preguntan por todo lo que está ocurriendo, ¿qué dirás? Diría  que entrevisté en 1978 a J.V.Foix (cáustico hasta el escarnio con el nacionalismo, por cierto) y edité libros de Janés, Manent, Puig o Margarit, y a otros que escribían en castellano (nadie es perfecto) como d’Ors, Luys Santa Marina, Carlos Pujol o Francisco Rico, y que se siente uno tan catalán como castellano, tal y como un Unamuno vasco y federalista se lo contaba a Joan Maragall, convencido de que ambos pueblos llegarían juntos más lejos que separados. A menudo los agravios se fundan en creer de un modo fanático que el otro “empezó primero”, pero está uno convencido de que los agravios son en todo caso el más angosto de los azucaques. Lo sabía Nietzsche: “Es posible vivir casi sin recuerdos, pero no vivir sin olvidar; un exceso de historia daña la vida”. O sea, que el problema de un azucaque no es tanto si nos metieron otros o nos metimos solos, sino querer ser los últimos en salir de él. Unos y otros, o hunos y hotros, por seguir con Unamuno.
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de octubre de 2012]

7 de octubre de 2012

Impromptus


TODO el gozo que nos despierta ver dormir a un niño, se trueca en desamparo cuando vemos en su cama a un viejo, sin duda porque ese su dormir empieza ya a aparecerse mucho a su estar muerto.
* * *
ES gracioso ver las reservas de muchos hombres, al menos en España, a la hora de hablar de la belleza de otro hombre. Evitarán, si pueden, referirse a ello, o añadirán que no son expertos en ese asunto o bien que es algo que tampoco les interesa especialmente, pasando por un adjetivo como guapo a tal velocidad que recuerdan a esas viejas solteronas que se quitan de un sitio en cuanto sienten una corriente de aire frío para evitar pillar un resfriado.

El Rastro, 7 de octubre de 2012

6 de octubre de 2012

Un mapa

REPICO aquí este Mapa Histórico que nos envió Guillermo, con las explicaciones. Recuerda mucho al Transiberiano de Cendrars-Delaunay, y es tan hermoso que ni siquiera le pedimos que sea exacto, porque así como el cometido de la mayoría de los mapas es orientarnos con ellos, a algunos pocos les agradecemos que podamos perdernos como en un laberinto. Las explicaciones que siguen parecen más cerca de la poesía que de la ciencia, y eso las hace más atractivas
* * *

"Los HISTOMAPS se desarrollan en base a una línea de tiempo establecido de acuerdo con una escala logarítmica. Esto implica necesariamente un punto cero y un punto infinitoninguno de los cuales se puede visualizar. El origen más natural es el Big Bang, mirando hacia adelante, pero la más común es el presente en constante cambio, mirando hacia atrás. (También es posible un punto cero en el presente, mirando hacia el futuro infinito.)
La idea de presentar la historia logarítmicamente se remonta a 1932, cuando John B. Sparks diseñó el "Histomap de la evolución". Una escala logarítmica permite situar los acontecimientos de forma precisapero permite incluir más acontecimientos  medida que nos acercamos a un extremo. Sparks explica esto diciendo: A medida que viajamos en el tiempo geológico y cuanto más compleja es la evolución de las formas de vida, mayores son los cambios que se registranAdemás, los períodos más recientes de la evolución producen mayor interés para nosotros. Necesitamos por lo tanto cada vez más espacio para nuestro diagrama cuanto más nos acercamos a la época moderna. La escala logarítmica cumple este cometido sin discontinuidades (de ahí el aspecto fluído del mapa). En relación a esta tipo de línea temporal, Heinz von Foerster defiende que los recuerdos se desvanecen naturalmente de una manera exponencial (por eso tendemos a focalizarnos en la historia del presente)".
Que todo esto sea cierto da un poco igual, pero no su representación gráfica, como un ramo de flores o una geoda.