31 de diciembre de 2012

Igual y distinto: elogio sentimental de los seriales


SERIALES era el nombre que recibían  en la radio las series, cuyo precedente fueron los folletines del siglo XIX, hasta dar en la versión melodramática actual de las telenovelas. 

Pasadomañana habrá acabado un año. Ha sido y no ha sido igual al anterior. Dentro de algún tiempo puede que nos cueste recordarlo y distinguirlo de otros, si en él no sucedió nada singular relacionado con nuestra vida. Y por esa razón podríamos decir que la de todos es una serie o un serial. Los castizos lo resumen así: “Es igual, pero no es lo mismo”, lo que no deja de ser subyugante. Disculpen los lectores que ya nos la hayan oído repetir tantas veces. La frase es de Galdós: “Por dondequiera el hombre vaya lleva consigo su novela”. Lleva consigo su serial, diríamos nosotros, su serie. No lo duden: esa es la razón del éxito de las novelas, de los seriales, de las series televisivas, y eso desde épocas remotas: los barcos que hacían la derrota del Atlántico se detenían en alta mar para pedir y darse noticias de las novelas que Dickens estaba publicando en ese momento por entregas en Londres. Nos fascinan, sí, las series por lo que tienen de igual y distinto, con su oleaje hipnótico ante el azar: sabemos que en cualquier momento todo puede cambiar y la vida dar un vuelco inesperado. De hecho las grandes series se basan en esos cambios que una vez producidos hacen de la ficción algo con sentido. Nos decimos: no podía haber ocurrido de otro modo, ayudándonos la ficción a descubrir la lógica de lo que no la tiene.

Hemos dedicado algunas tardes invernales a ver todos y cada uno de los capítulos de las cinco temporadas de una serie célebre, The Wire (Las escuchas): el mundo más degradado de la droga, el crimen y el contrabando en la ciudad de Baltimore, los policías que los combaten y los políticos y periodistas que  sacan provecho de ello, no siempre de un modo escrupuloso. A diferencia de la no menos célebre Los Soprano, en la que no sale un solo personaje al que no quisiéramos ver lejos de nosotros, en esta se nos dice algo no por sabido menos importante: la vida no es blanco o negro, todos vivimos en una extensa zona gris, campo de cultivo de las pasiones humanas. Como en las más desoladoras novelas de Dickens, hay en Las escuchas gentes que pese a todo lo que están obligados a vivir no levantarían un falso testimonio contra la vida, personas de las que nos fiamos, en las que confiaríamos, a las que tenderíamos nuestra mano. A otras, en cambio, las sevicias que inflingen o padecen les han envilecido tanto que han hecho de la crueldad su religión: quieren ser leyenda, o sea ficción, y  no dudan para ello en matar a alguien en cuanto pueden sostener una pistola, con diez o doce años, víctimas tanto o más que de su miseria, de la épica o de la ficción predilecta del siglo XX: hay que ser un tipo duro, no sólo para sobrevivir, sino por estética. Algo así como una estética sin ética, sin afectos. Lo demás es real como la vida misma: igual y distinto. Si no la han visto y están en condiciones de comprarla, cosa harto problemática en los tiempos que corren, háganlo. ¿Que no? Siempre están a tiempo de atracar un banco, y regalársela. Habrán matado dos pájaros de un tiro. Quién sabe si este año no lo recordarán como el año en que vieron el serial de Las escuchas (preceptiva la versión original subtitulada).
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de diciembre de 2012]

30 de diciembre de 2012

El Quijote en este caso


ESTA es la idea: “La historia del Quijote, sobre necesaria, compite en interés con el Quijote”. Podrá estarse o no de acuerdo con ella, podrá matizarse y ponerse el acento más en la palabra historia o en la palabra Quijote, pero esa es la razón de ser de Francisco Rico como filólogo. Si añadimos que “nunca acabamos de leer el Quijote, ni siquiera literalmente”, habremos dado con la clave de este libro* que trata del Quijote, sí, pero sobre todo, del modo en que se ha editado éste a lo largo de su historia, inseparable del modo en que se ha leído. Claro que las cosas no son tan sencillas. Nadie duda de que contamos hoy con ediciones del Quijote infinitamente más fiables que nunca (entre ellas la imprescindible del propio Rico), pero Unamuno, Ortega, Azaña o Azorín, por citar sólo cuatro de las lecturas más sugerentes que se hayan hecho de ese libro, lo leyeron en ediciones deficientes que arrastraban, a menudo desde sus orígenes, errores y erratas de bulto. Se dice esto aquí para no sacar las cosas de quicio y comprender cabalmente la importancia de estos opúsculos, tan divertidos como rigurosos.
Que hayan de ser rigurosos, tratándose de una ciencia como la ecdótica, se da por hecho, pero ¿divertidos? ¿Puede serlo para el lector común algo que tenga que ver con estas cuestiones? Desde luego. Yo me he divertido, y mucho, leyéndolos, y aprendido, por supuesto. He visto en los ensayos y artículos aquí reunidos, escritos con diferentes propósitos y para diferentes lugares, al profesor Rico con una lupa, Holmes sin Watson, escrutando un texto que justamente porque ha sido leído por tantos y desde hace tanto nos llega a menudo dado de sí y viciado. Y claro que a él mismo le hace desconfiar su propia figura, el macferlán, la lupa y todo eso, y procura apartarse del “cervantismo que se cuece en su propia salsa y se alimenta de sí mismo”, risible y caricaturizable: “Cuando se les toca a Cervantes, como a don Quijote las caballerías, hay ciudadanos probos y cumplidores (no como yo) que se transfiguran y venderían su alma al diablo por una edición o por un inédito, no digamos si autógrafo”. Naturalmente nadie creerá al profesor Rico que, como cualquiera que se haya dedicado a estudiar a Cervantes, venderá su alma por mucho menos, pues al fin y al cabo, recuerda el propio Rico, se trata “de averiguar por qué un libro tan sencillo, tan accesible a todos, tiene »tan grande poder de alusiones simbólicas al sentido de la vida», como decía Ortega”, y para ello viene bien cualquier minucia, no ya un inédito, sino hasta cambiar de sitio una coma. Pues eso tiene un clásico, nos recordará una y otra vez Rico en estas páginas: el ser “un libro que vive en el texto y más allá del texto, en el horizonte de una comunidad; que conserva durante siglos una sólida aunque cambiante presencia pública, y que por ello mismo se conoce en una medida nada baladí sin necesidad de haberlo leído y no se lee sin interpretaciones previas”.
El primero de los ensayos aquí comentados, “Tiempos del »Quijote»”, se ocupa de esto precisamente, de levantar amenísima acta de la conversión de un libro cómico en mito nacional, expresión de todos sus arcanos dramáticos y fatídicos. Desde la lectura romántica del XIX a la desengañada del XX, con sus hitos académicos, políticos, sociales y quienes contribuyeron a situarlo en el lugar actual, con especial atención hacia sus predilectos Hartzenbusch o Rodríguez Marín. Comprender cómo se ha leído el Quijote en cada época nos ayudará a saber cómo queremos leerlo nosotros. Siguen otros ensayos  más o menos detectivescos, persiguiendo la autenticidad del apellido Quijano o la ubicuidad del rucio de Sancho, el carácter de un autor, Cervantes, que mostró siempre “innegable desinterés por la coherencia de todos los detalles” o las peripecias del Buscapié, uno de los apócrifos más célebres a que ha dado origen el Quijote, el homenaje al “gran Hartzenbusch” o los más circunstanciales sobre unas fotografías manchegas de Navia o unos primores artísticos de Manolo Valdés.
¿Compite la historia del Quijote en interés con el propio Quijote? Acaso tampoco sea necesario saberlo. Sí en cambio sería bueno no olvidar las palabras con las que Rico abrocha su libro: “Al filólogo de estricta observancia, razonablemente concentrado en recuperar la letra y el sentido originales, le importa descubrirlos sólo para postergarlos. Pero sin tenerlos presentes y hacerles justicia no hay modo de entender la realidad histórica de la literatura”. Algunos maliciosos, tratándose de él, podrían sospechar de sus palabras, pero lo que nos está diciendo Rico es que el estricto filólogo es aquel que, llegados a un punto, ha de dar un paso atrás, dejándonos a los lectores solos con el texto, el Quijote en este caso.

     (*)Francisco Rico, Tiempo del Quijote. Acantilado, 2012
      [ Publicado en El País el 29 de diciembre de 2012. ]


Tuna y Rita. 29 de diciembre de 2012


29 de diciembre de 2012

Periodismo horizontal

VA a parecer que la tiene uno tomada estos días con los compañeros camaradas de El País, pero ayer mismo pudieron verse durante la mañana en la edición digital y en primerísimo plano, bajo la mancheta, estas dos noticias: "Los médicos de Madrid ponen fin a la huelga y acudirán a los tribunales", y al lado esta otra: "¡Han matado al doctor Vilches!".
Para los desavisados como yo, fue algo alarmante: "Esto ya ha empezado", mascullé desesperanzado pensando en la revuelta callejera, en las degollinas que las autoridades están propiciando con sus políticas demenciadas. Luego resultó que ese Vilches es un personaje de un serial televisivo al que sus guionistas han decidido finar, pero el modo en que se había editado esa noticia (por llamarla de algún modo) y el rango informativo que se le había dado, a pesar de estar en la columna de las variedades, no dejaba de ser una provocación, incluso el día de los inocentes, o acaso un acto involuntario, o una como venganza de alumnos de periodismo que han decidido, antes de que también los liquiden a ellos como a sus compañeros del Ere y al propio doctor Vilches, divertirse un poco con los lectores al grito de "Es todo tan grave, que ya no importa". Quiero decir, que hemos llegado a un punto en que la realidad vale lo mismo que la ficción, y la ficción no vale nada, mientras nos preguntamos: ¿Pero cómo de grave?

El tal Vilches, supongo. El País del 28 de diciembre de 2012.





28 de diciembre de 2012

Inocentes del mundo entero

HOY es el día de los Inocentes, en el buen sentido de esta palabra, acaso ninguno mejor para hablar de ello. 
No pretendo referirme a los comentarios que suscitó la entrada de hace un par de días, a propósito de este almanaque y la solicitud que se hacía a sus lectores, donde hubo de todo, como no podía ser de otro modo (¿y cómo agradeceros, amig*s, a cuantos habéis respondido solícitos y generosos a la llamada?). 
Pero lo cierto es que le ayudó a uno a dar ese paso una de las cartas de Vincent Van Gogh a su hermano Theo. Durante los últimos tres años las he ido leyendo y releyendo, sin faltar semana, en la monumental edición que existe de su correspondencia completa, especialmente aquellos días hamletianos que se ve uno solo con una calavera en la mano, pero no la de Yorick, sino la mía propia. 
En fin, aire, aire a pensamientos ténebres y sigamos a lo nuestro. Decía que pocas obras resultan tan consoladoras como las de nuestro querido Vincent, de quien lee uno estos días también una ciclópea biografía para su reseña en Babelia. En ella se recogen estas líneas, que fueron ya hace mucho tiempo las que me animaron a levantar la frente, como en un autorretrato, aquellos días en que mirando mis manos las hallo vacías, incluso de calavera:
"¿Qué quieres decir? ¿Ganarme el pan o merecérmelo? No merecer el pan, ser indigno de él, es un delito, pues todo hombre es digno de su pan. Pero ser incapaz de ganarlo, mereciéndolo, es una gran desgracia. De manera que si lo que me estás diciendo es «no eres digno del pan que comes», me estás insultando. Pero si haces la justa observación de que no siempre lo gano, que a veces no lo tengo, tendrás razón, pero en ese caso, ¿qué sentido tiene la observación? Si lo que dices es sólo eso, no me lleva a ninguna parte".
Ánimo, pues, me digo: inocentes del mundo entero, uníos.


Foto: Juan Manuel Castro Prieto, Musée d'Orsay.



27 de diciembre de 2012

El verbo hurgar

"LOS informes contra políticos hurgan en casos de hace 20 años", titulaba ayer El País una de sus principales noticias.
Si ha leído uno las informaciones de este periódico sobre ese asunto, advierte que más que el caso mismo de corrupción que tratan de denunciar esos informes, a quienes han redactado esa noticia parece preocuparles sobre todo el modo en que un periódico de la competencia, El Mundo, haya obtenido su información, es decir, que les preocupa más el denunciante que el delito denunciado. Algo parecido sucedió hace años en el llamado caso de los Gal, en el que vimos, al menos al principio, que en El País parecían más preocupados por cómo El Mundo había obtenido informaciones "privilegiadas" que implicaban a los altos cargos del gobierno en un verdadero terrorismo de Estado y por cómo se les adelantaban en dar las noticias, más, digo, que los mismos atropellos que se estaban dando a conocer a una incrédula opinión pública. 
Pues lo sustancial aquí no es tanto que los informes traten de casos de hace veinte años, como si por el hecho de que fueran de hace veinte años tuviera menos importancia, sino si son o no ciertas las informaciones sobre la corrupción de esos políticos señalada por tales informes. Cuando hace diez o doce años se puso en marcha la llamada Ley de Memoria Histórica para asuntos de la represión del las víctimas de la guerra civil, principalmente de las del franquismo, iniciativa aquella apoyada por El País, este fue denunciado por algunos de sus colegas, entre ellos El Mundo, por querer hurgar también en casos de hacía más de sesenta años, y todo para no tener acaso que abordar este último periódico lo único importante, a saber, si las torturas y crímenes que trataban de recordarse eran o no ciertos. Que en El País se tendiese a favorecer una memoria discriminada sobre el pasado, no hace al caso ahora, aunque fuese igualmente parte del problema.
Ya que al utilizar el verbo hurgar se sugiere que no se está acatando una especie de código de honor en el modo de llevar las investigaciones, y que se está moviendo una porquería... irrelevante, cosa impropia de caballeros y de periodistas, pero no de fisgones, algo así como "meter las narices donde nadie les llama". ¿Y quién dicta las reglas del juego a la hora de recordar, nos preguntamos, cuándo nos empleamos en el noble acto de la memoria y cuándo en la infame extralimitación del hugar?
Sin la menor duda parecería que aquel que acusa a otro de hurgar es el que está en desventaja para recordar, es decir, aquel que por las razones que sea, negocio, política, precipitación, prefiere que los hechos se olviden, incluso antes de ser recordados. Y no se pone en duda aquí ni la probidad de los periodistas de El País, sitiados por dudas más que razonables tanto en la forma en que hemos conocido la noticia (tres días antes de las elecciones catalanas) como en el fondo, ni la tendencia de El Mundo a secuenciar sus sensacionales exclusivas guardándose un as en la manga o jugando de farol (para qué hablar de la teoría conspirativa del 11M con la que este periódico dio la matraca tres o cuatro años). 
De lo que aquí tratamos es sólo de esto: de cómo un verbo puede llevarnos a una u otra orilla de la verdad o a contaminarla.

Foto: Díaz Burgos. La Habana, 2012

26 de diciembre de 2012

Mucho y poco, poco o mucho

LLEVA publicándose esta Hemeroflexia casi dos años. Han aparecido aquí fotografías y textos en su mayor parte inéditos, más de mil doscientos entre unos y otras, especialmente pensados y escritos para ella. Hasta hoy quien ha querido acercarse a este rincón, lo ha hecho, y podrá seguir haciéndolo si quiere. Escribo estas entradas y edito las fotos con gusto y no me importa el tiempo que le dedico cada día a esta tarea, mucho y poco, según se mire. En cierto modo son una extensión del Salón de pasos perdidos y nunca he pensado que este trabajo no mereciese ser retribuido, al contrario, pero dudo que supiera explicarlo con naturalidad, sin parecer inoportuno o cualquier otra cosa. 
Desde hoy figurará aquí al lado una caja (alguien verá acaso en ella el platillo del zíngaro, del juglar, del artista ambulante, y también tendrá razón), donde los lectores que quieran puedan dejar lo que consideren oportuno, poco o mucho, tasado por su discreción. Me parece bien que cada cual quiera vivir de su trabajo, si este es honrado, y buscar el modo para seguir haciéndolo como hasta ahora, libre de los patrocinadores y de la publicidad, y no hay mucho más que añadir a esto. Si lo que lees cada día en esta página te gusta y consideras que debe ser retribuido para hacerlo posible, te lo agradeceré. Habrá también, supongo, quienes piensen que no van a pagar por aquello que seguirá dándoseles gratis o que está fuera de lugar pedirlo o que crean que tampoco vale tanto como pagar por ello. ¿En este caso qué podría hacer yo, sino encogerme de hombros y seguir mi camino?
Quede esto entre nosotr*s, nada más.

Museo del Prado. Al fondo Reyes magos de Pedro de Berruguete. 21 de diciembre de 2012

25 de diciembre de 2012

Maravillado silencio

LLEGARON las voces acordadas a nuestro balcón en medio de la noche:

Niño Dios de amor herido, 
tan presto os enamoráis, 
que apenas habéis nacido, 
cuando de amores lloráis,


y se alejaron hilando:

Due pupille amabili m’han piegato il core
E se pietà non chiedo a quelle luci belle
Per quelle, si per quelle io morirò d’amore,


para llevarse tras de sí todo lo que no fuese maravillado silencio.


Rastro, 23 de diciembre de 2012. Abajo: Iglesia de Palenzuela. Foto de nuestra amiga Mar en la felicitación de navidad  enviada por ella y Avelino Fierro desde León.




24 de diciembre de 2012

Récords sin escapatoria

EN esta sociedad masificada casi todos llevamos una vida gris y con pocos alicientes, rota por los reiterados acontecimientos deportivos y las agencias de viajes. Unos y otras tratan sin embargo de convencernos de lo contrario, de que nuestra vida es singular y afortunada. 

“¡Y además coincidió con que en esos días apenas había turistas!” decimos al regresar de Venecia o de cualquier otro destino adonde nos empujó la agencia de viajes. Es una frase cómica, pero damos a entender con ella que nuestra estancia en tal o cual lugar no se vio estorbada por la presencia molesta de los turistas, sin pararnos a pensar que nosotros formábamos parte también de esa horda que con su incesante hormigueo hace de cualquier lugar algo inhóspito. Así que cuando prorrumpimos exultantes en un “¡Y además no había turistas!”, estamos haciéndonos ilusiones, pensando:  “Éramos únicos y exclusivos”. Lo que significa la frase en realidad es otra cosa: no había gentes como nosotros, obligadas a viajar de cualquier manera y a quienes se trata como a borregos en los aviones y aeropuertos, en los hoteles y restaurantes, en los museos y monumentos. De modo que el no encontrar a nuestro lado a quienes nos recuerdan lo que somos, nos hace creer por un momento no sólo que somos unos verdaderos aristócratas, sino que lo somos en el siglo XIX, cuando apenas viajaba nadie. Sí, nadie puede dudar pues a estas alturas de que el nuestro es un mundo abrumador y opresivo en el que los individuos desaparecen amasados como en una hormigonera, con su misma grisura, desde luego, pero con una paradoja: si como conjunto esta sociedad se manifiesta compacta e indestructible, la mayor parte de los individuos que la componemos, tomados de uno en uno, seguimos siendo más insignificantes y frágiles que nunca: por ello jamás se ha valorado tanto lo excepcional. 

Y así cada día parece querer consolársenos de nuestra poquedad haciéndonos testigos de algo que se nos presenta como irrepetible y sobrehumano, tratando de convencernos de que vivimos no en unos tiempos ramplones y crueles, sino épicos y gloriosos en los que no pasa día en el que no haya motivo de festejo. Para ello se sirven, cómo no, del fútbol, el deporte de masas por excelencia. No hay semana que no se bata un nuevo récord. Son récords chorras y risibles, pero parecen valer. Hoy mismo leemos: “El mejor comienzo liguero de la historia”. Y ayer: “El jugador que ha marcado más goles de espuela en la Champions League” (es de temer, por tanto, que haya récords homologados y parecidos en otras ligas). O: “El que más asistencias de gol ha dado desde 1932”. O: “12.567 minutos sin batir”. O: “El más eficaz a balón parado: Puma López, alias Vaselina” (y sí, reconozcamos: desde Góngora nadie ha sido tan barroco en el lenguaje como los futboleros). Así que nos llenan a diario de tantas hipérboles  y récords que acaba uno exhausto, sin saber cómo defenderse de ellos. Si nos quedamos en casa, malo: nos volveremos idiotas. Pero si huimos, peor: locos, y además idiotas, pues se nos ha olvidado mencionar que la mayor parte de los que viajan lo hacen para ver a su equipo de fútbol con ofertas excepcionales de sus agencias de viajes.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de diciembre de 2012]

23 de diciembre de 2012

Tolle, lege

FUE el amigo José Blas Vega acaso el primer librero de viejo con el que sintonizamos de verdad, allá a mediados de los años setenta en su librería de la calle Espíritu Santo. Flamencólogo y erudito, resultó además uno de los libreros más considerados con nuestra pobretería y locura. Pepe Blas no ha podido ver publicado el libro en el que su hija, María José Blas Ruiz, ha venido trabajando desde hace siete años: Aguilar. Historia de una editorial. Las dos noticias, la tristísima de la muerte de su padre, y la venturosa de la publicación de este libro se han trenzado, como a menudo quiere la vida que suceda con penas y alegrías. De Pepe Blas y de su trayectoria como librero ha hablado uno otras veces con la mayor admiración, y con no menor admiración hemos de referirnos ahora al trabajo con el que María José Blas sigue los pasos de su padre en el no siempre agradecido terreno de la erudición.
Digámoslo ya: el libro, que edita su Librería del Prado y que se vende exclusivamente en ella, es tal vez el trabajo más cuidadoso, riguroso y exhaustivo que se haya publicado en España sobre una editorial de la importancia de Aguilar, aquella a la que caracterizaron el "papel fumadero" de sus más célebres colecciones  (el adjetivo fumadero es de JRJ, a quien disgustaba esa clase de papel biblia que también se emplearía en sus primeras obras completas, editadas por el propio Aguilar), el aspecto clerical de algunas de sus encuadernaciones en piel y aquellos cortes estampados con anilinas folclóricas y decorativas, con aire de balalaika. Si nos referimos a sus contenidos, Aguilar fue una editorial ejemplar. No hay duda, desde el memorable Shakespeare de Astrana hasta las encantadoras Celias de Elena Fortún, pasando por las completas de Galdós, Dickens o Stendhal, Aguilar cimentó la pasión lectora de varias generaciones de españoles e hispanoamericanos.
Así lo recoge María José Blas en su estudio. Profusamente ilustrado y editado con el mayor esmero, se nos brinda en él la historia de don Manuel Aguilar, que es en parte la de la literatura española del siglo XX, tal y como nos dice su prologuista, el también erudito, bibliófilo y poeta Luis Alberto de Cuenca. Tolle, lege, el lema que puso don Manuel Aguilar en el sello de su editorial, fueron las misteriosas palabras que oyó en su interior San Agustín ante las cartas de San Pablo que precipitaron su conversión. Y Toma y lee le diríamos ahora de este a todo el que ame los libros. Aquí encontrará la historia de una ambiciosa editorial con la que la literatura y cultura españolas no podrá saldar nunca su deuda.


De venta exclusiva en Librería del Prado, Madrid.

22 de diciembre de 2012

La Habana revisited

NO es, ni mucho menos, la primera vez que el gran fotógrafo Díaz Burgos nos trae de Cuba un puñado de fotografías memorables. En nuestro buzón entraron ayer estas, con algunas más. Esperan ser editadas en libro, como lo fueron antes otras suyas también. En todas, color o blanco y negro, está la esencia de aquel lugar que la Revolución ha hecho único en todos los sentidos. La pobreza estraga pero preserva ralentizando procesos de destrucción que se han acelerado en otros rincones de la tierra. Queremos decir que el bien que haya podido hacer la Revolución al conservar intacto y genuino ese país, con La Habana a la cabeza, ha sido involuntario. El mal, la destrucción de la conciencia y de la libertad, ha sido, sin embargo, concienzudo y tenaz, hasta no dejar de una y otra sino migajas, no para que se las coman los pájaros, porque allí hasta las migajas están racionadas, sino para alimento de los pocos soñadores que quedan viviendo en la isla. 


21 de diciembre de 2012

Cornell en la calle Libertad

ES Casa Postal uno de los rincones más fascinantes de Madrid. De allí nos ha llegado hoy esta felicitación de Navidad en forma, claro, de tarjeta postal. Allí ha pasado uno muy buenos ratos, al final de la tarde, acabada la jornada, con Belén y Martín Carrasco, hablando de todo un poco, parte nosotros también de esa caja de Cornell fascinante. Allí hemos presenciado el desfile de los tenaces vagabundos de la busca que vienen a ofrecer los hallazgos arrancados a los contenedores. También allí hemos visto a la anciana que exhuma una deslustrada nadería con la ilusión de que se la tase Montezuma antes de volverse con ella a su casa como un pájaro con el ala rota. Allí, entre las cosas y criaturas orilladas de la vida, nos hemos sentido filósofos orillados, sabiendo que el camino del todo es menos lleva al único lugar en el que todo es más.

Casa Postal. Libertad, 37. Madrid





20 de diciembre de 2012

La vida del hombre


TRISTE vida la nuestra, convirtiendo el don y la conquista en ensayo y error.
* * *
AL contrario que los suicidas, que dejan este mundo porque se les queda pequeño, aquel adolescente que fui dejó León y huyó a Madrid cuando comprendió que León le venía grande. Tan perdido estaba.
* * *
LOCO sólo no basta. 
* * *
DIOS muere en cada hombre que muere. Por esa razón sólo en la creencia de nuestra inmortalidad tiene Dios alguna esperanza, soñándose inmortal cada vez que uno de nosotros sueña con ello. Es más de lo que puede hacer Él por nosotros.

Foto de Juan Manuel Díaz Burgos (de su felicitación de Navidad 2012, recibida ayer)



19 de diciembre de 2012

Del calendario Zaragozano

FUE el Zaragozano el almanaque por excelencia y llegaba a todos los rincones de España. Hoy se sigue editando, pero sus cifras de venta, supongo, están lejos de ser las que fueron. A la gente le hará gracia, como un vestigio arqueológico, pero poco más.
Me entretengo en mirar el montón de ejemplares encontrados el otro día. Son todos iguales. Se diría que hasta las predicciones metereológicas que le hicieron célebre son idénticas cada año, a pesar de las cabañuelas. Y al fin ha comprendido uno la razón por la que en España había nombres tan raros hasta hace cincuenta años: los tomaban del sucinto santoral que venía en él, más que de los curas. Sin salir de una página: Socorro, Sinesio, Restituto, Eutropio, Quiteria... Les entregaba a las gentes rústicas las lunas y los soles, los meteoros y el firmamento al tiempo que le señalaba el camino de la vida, la sombra que es para todos nosotros el nombre propio, la sombra que queda aquí entre los vivos cuando ya no estamos entre ellos.
Lo demás en él parece escrito por un poeta, lo que explicaría su grandísima aceptación. Para la cuarta semana del mes de mayo del año 27, el de la generación de los poetas, pronosticaba: "Se afirmará el temporal de bonanza, mejorando de continuo el temple atmosférico, a pesar de que se presentarán algunos nublados tempestuosos, que descargarán con chubascos, granizo y tronadas". Y qué mimo en ese hablar: "tiempo bonancible de temple agradable", "vientos oscilantes o inciertos", "rocíos, neblinas y celajes", "vientos encalmados", "invierno benigno", "se espesarán cada vez más los nublados hasta llegar a verterse en lluvias copiosas y tranquilas".
¿Por qué ya no hablan así nuestros hombres/mujeres del tiempo?


Calendario Zaragozano, 1927. Viñeta de un hombre que se ha pisado un callo y se duele de ello.

18 de diciembre de 2012

Malas digestiones

ES acaso una de las mofas involuntarias más graciosas, y desde luego el mayor escarnio a la vista de todos que se le hiciera a Franco y al franquismo. Figura en la cubierta de este célebre Calendario Zaragozano, subtítulo de un formidable El firmamento verdadero y único legítimo, y así se recoge en Imprenta moderna y también, claro, como uno de los ejemplos excelsos de la tipografía de pobre española al lado de una cubierta de Seoane. Cualquier censor avisado, cualquier fiscal, cualquier delator espontáneo, de haberse percatado del subversivo mensaje habría puesto en apuros como poco al cajista, miembro de una profesión, los tipógrafos, nido de socialistas y anarquistas, pues esto es lo que leemos: "¡Viva Franco! ¡Arriba España! Malas digestiones". 

Invariable desde su nacimiento, el Zaragozano, como se le conoce, tuvo que añadir a su secular cubierta pimentonada, como hicieron tantos comerciantes e industriales, su adhesión inquebrantable. El resto es toda una pequeña novela: desde ese "FIJARSE BIEN en el nombre y los apellidos del autor, para no ser engañados", ya que le salieron muchos competidores al "célebre astrónomo y único observador", hasta el anuncio de esas purgatinas y elixires de Sáiz de Carlos, que decían curar al "98 por ciento de los enfermos crónicos del estómago e intestinos". En la imagen, zaragozano de 1931 y de 1940.

17 de diciembre de 2012

La caravana pasa

¿Importa mucho que en el portal de Belén no hubiese ni buey ni mula? Interesado por esta reciente afirmación del papa Benedicto XVI, ha buscado uno informaciones y estudios al respecto, y se ha encontrado con que eso era algo casi del dominio público, y que por tanto hemos sido los últimos en enterarnos, como a menudo sucede en las familias con algunos de los secretos que más les atañen. Y, claro, al no haber ni buey ni mula, tampoco hubo pesebre, dejando sin sentido  el celebérrimo ripio, obra de José María Carulla, autor de una Biblia en verso: “Nuestro Señor Jesucristo/  nació en un pesebre. / Donde menos se piensa / salta la liebre”). Y con toda probabilidad ni siquiera nació en Belén, donde por la fecha en que lo hizo no hubo empadronamientos, y porque en aquel tiempo se conocía a las personas por el lugar de nacimiento, y Jesús fue siempre Jesús de Nazaret, de donde se le supone oriundo. Los historiadores y exégetas que se ocupan de estas cosas han ido demoliendo otra serie de creencias arraigadas en la tradición cristiana, referidas a los padres y parientes de Jesús, con conjeturas más o menos plausibles, aunque no olvidemos que cien conjeturas no hacen una evidencia. Pero la pregunta es esta: ¿Importa en verdad que no haya habido mula ni buey ni pesebre en el nacimiento de Jesús? ¿Que no tiene sentido seguir hablando de belenes? ¿Arrumbaremos por ello los miles de obras maestras, pinturas, esculturas o poemas que a diferencia del pobre ripio, son un dechado de magia y de belleza?

Pues digámoslo ya: lo que nació en Belén o Nazaret, con o sin bestias como testigos, en un pesebre o en una cama, de un albañil y una pobre muchacha analfabeta o de un carpintero y una cándida y angelical criatura, no fue una determinada iglesia, ni una religión concreta con su papas y obispos, sino la esperanza de hacernos mejores. Y, en lo que nos concierne, nació allí lo más puro de la infancia de la mayor parte de nosotros, los días en que veíamos que en nuestras casas reinaba una alegría sincera acaso porque también nuestros mayores recordaban sus propias infancias y los días en los que fueron verdaderamente felices, a menudo ya demasiado lejanos. En Belén se alumbró la posibilidad de que niños y adultos vivieran juntos, en completa igualdad, la realidad de sus sueños sin jerarquías, la fascinación de todos ante un mundo más justo. Belén es ya sólo una metáfora, el espejo en que nos miramos y vemos lo mejor de nosotros y lo mejor de los demás, sí, como en esas películas de Capra que hacen llorar a los más sensibles y enmudecer a los que no quieren  parecer sensibles.

Así pues, no era necesario que viniera nadie a desengañarnos. Porque las verdaderas figuras del belén están tan arraigadas ya en nuestro corazón que son indestructibles: el recuerdo de los seres queridos ausentes, el pensamiento en aquellos que en tales días no podrán ser felices y, principalmente, la conciencia de dicha de quienes lo son, siquiera de modo pasajero en esos días. Lo demás lo dijo mejor que nadie Rubén Darío: “La virtud está en ser tranquilo y fuerte; /con el fuego interior todo se abrasa, / si triunfa del rencor y de la muerte, / y hacia Belén... ¡la caravana pasa!”. 
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 16 de diciembre de 2012]

16 de diciembre de 2012

Quiquiriquís


QUÉ gótico llamar "trono" al retrete. Eso no viene, como podría pensarse, del barroco, sino directamente de la baja edad media, de los goliardos. 
 * * *
El rococó nace siempe de un quiquiriquí.
 * * *
LOS aforismos si no son señuelos no son nada. Han de ser como espejuelos para cazar alondras o pescar calamares. En ellos lo importante no es el destello o el ingenio, sino la alondra, el calamar, con su tinta.
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TÍTULOS de libros de aforismos: Señuelos, Temporales, Migas de pan, o mejor aún Miguitas de pan. Para titular algo con un diminutivo hay que tener arrestos y ser mucho.

Plástico de la calle y punta de mi zapato. Madrid, 6 de diciembre de 2012

15 de diciembre de 2012

Grandes expectativas


HACE seis años se publicó este prólogo de Grandes esperanzas, la fascinante novela de Dickens que hoy vuelve a editarse enriquecida con las inspiradas ilustraciones y viñetas de Charris. Le van estas al texto y a Dickens como anillo al dedo y  se confirma que Círculo de Lectores sigue siendo, después de medio siglo, una de las editoriales españolas que mayor esmero tipográfico pone en sus libros. Que en los tiempos que corren hayan querido editar uno como este, dechado de su género, no deja de ser uno de esos finales felices que Dickens solía poner a sus cuentos de Navidad.
El título de la novela, como es sabido, se tradujo desde el primer momento como Grandes esperanzas, cuando todo el mundo que la haya leído sabe que trata de las grandes expectativas de su protagonistas en un medio en el que nadie puede hacerse grandes esperanzas. Los editores, acaso con buen criterio, han preferido no obstante respetar un título que hizo fortuna y que así ha perdurado en la memoria de muchas generaciones de lectores.
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¿SE leían las novelas de Dickens en su tiempo de la misma manera que las leemos ahora? Muchos las encuentran hoy demasiado tenebrosas y tristes. El modo de relatar es además un tanto profuso. ¿No les importaba entonces, pues, que fuesen unas novelas tan largas y tan tristes? La tristeza en Dickens tiene una sombra característica, a la que podemos llamar melancolía; esa melancolía es inseparable de las cosas que trata y de las ciudades por las que ambulan sus personajes. La melancolía en las novelas de Dickens es el musgo que les sale sin que nadie lo siembre, en el lado norte y sombrío de su alma. Por eso, sí, Grandes expectativas, es una novela triste, pero apenas se nota, porque el novelista tendrá siempre la cortesía de arrancarnos una sonrisa en cuanto puede. No puede decirse que tenga tampoco un argumento extraordinario. El argumento de la vida suele ser más descorazonador que el argumento de las novelas, pero acaba siendo mucho más apasionante; si a esto añadimos que las grandes novelas, como muchas de las de Dickens, tienen más que ver con la vida que con las novelas, admitiremos que las novelas son tanto como la vida; mejor dicho, son una forma de vida mejorada. Y si se admite esto, da lo mismo que las novelas sean tristes o alegres; en realidad las buenas novelas no son ni tristes ni alegres, ni optimistas ni deprimentes; lo más valioso que hay en ellas es un germen de autonomía que las sitúa en una realidad con estatuto propio: algo que siendo literatura vale tanto como la vida, y algo que estando vivo va más allá de lo que entendemos por literatura y literario. Creo que quien mejor aprendió la lección de Dickens, tan cervantina, ha sido no un escritor, sino Chaplin, aquel hombrecillo capaz de hacernos sonreír mientras asistíamos al drama desproporcionado de un vagabundo que para matar el hambre, se come su propia y desclaveteada bota vieja. Guardan los dos incluso muchas semejanzas vitales, la manera de tratar a los niños, el modo de divertirles y de organizar su hogar…
Pero contemos las cosas de otra manera. Sería difícil encontrar hoy a nadie que escribiera una novela como esta y en cambio no a quien quiera leerla, pese a que las adaptaciones del cine hayan saboteado un poco su lectura. Vivimos una época en la que muchas gentes creen conocer un libro por haber visto una adaptación cinematográfica. No sabemos, claro, lo que habría pensado Dickens de esas adaptaciones. Probablemente le gustaran. Él hizo muchas con sus novelas para una sesiones teatrales que le hicieron célebre, y en las que no dudada de cortar, alargar, pegar y modificar las versiones escritas y conocidas con tal de lograr una mayor afluencia de público. Grandes expectativas es, desde mi modesto punto de vista, una de las más hermosas que escribiera su autor, aunque no llegue a la perfección de David Copperfield, sin lugar a dudas su novela más perfecta y una de las grandes novelas de todos los tiempos. Se parece a David Copperfield (1851), sin embargo, en que ambas fueron escritas en una primera persona en la que los biógrafos del novelista han descubierto muchos recuerdos y vivencias personales del autor, y acaso como en el propio David Copperfield y muchas otras novelas, adolece a menudo de la conocida dejadez estilística de Dickens y esos desmayos suyos narrativos tan característicos como, en el fondo, irrelevantes. Los sesudos jueces olvidan a menudo que la novela se fundó como género con una obra, el Quijote, que une como pocas la armónica paradoja de sus imperfecciones y sus excelencias.
Antes de decir algunas cosas de Grandes expectativas es conveniente recordar que Dickens la escribió para publicarla en una revista de su propiedad, All the Year Round (Todo el año), continuadora de una anterior en la que había dejado de publicar por desavenencias con sus propietarios y que se llamaba Palabras del hogar. Para la nueva, financiada por él, buscaba también un nombre que recordara al anterior por fuera y por dentro, algo del tipo El canto de la casa o La armonía del hogar. “Porque, a pesar de su vida desventurada”, nos dirá Lemonnier, “continuaba considerándose el paladín de la familia y de la felicidad conyugal, y deseaba que la nueva revista, como la anterior, llegase a todos los hogares ingleses”. Sí, Dickens escribía novelas que se leían en familia y que, por tanto, tenían que tener atractivos suficientes como para cautivar no sólo a familias de muchas clases sino, dentro de la misma familia, a todos su miembros, mujeres y hombres, viejos y jóvenes… El nombre que buscó para la nueva fue ese Todo el año, donde publicaría Grandes expectativas en entregas quincenales. ¿Y tiene alguna importancia todo esto, que se publicara antes en una revista? Por supuesto que sí. Claro que todos estos pequeños datos no son apenas nada si no se conoce un poco la vida de Dickens en esas fechas, hacia 1960.
Cargado de hijos, alguno de los cuales han empezado a vivir y trabajar por su cuenta en negocios comerciales o militares, Dickens ha de hacer frente a un sinfín de obligaciones familiares, tales como socorrer a la viuda de su hermano y a los cinco hijos de éste o a su propia madre. “Parece que no se me lega nunca nada excepto parientes por todas clases”, dirá con más humor y resignación que con resentimiento, porque era una persona que puso por encima de todas las cosas la armonización de su vida familiar, sus incontables relaciones amistosas y tal cúmulo de trabajo que ya por estas fechas los retratos fotográficos nos muestran a un hombre que pese a ser un melancólico feliz es también alguien prematuramente avejentado. La necesidad de dinero para mantener con decoro sus casas y atender las necesidades de tan numerosa parentela le ha llevado, como es bien conocido, a unas lecturas públicas, como empresario de sí mismo, en teatros de toda Inglaterra e Irlanda (sin contar la apoteósica gira que ya había realizado por los Estados Unidos) que al tiempo que le hicieron conocer de primera mano el alcance y universalidad de una fama como pocos escritores habrán conocido nunca, le dejaron en las playas del extenuamiento físico. Visto desde hoy nos causa asombro y verdadera admiración no sólo el monto de su insuperable talento, sino el modo arrollador con el que llevó hacia delante esa vida.
La marcha de Todo el año no iba bien y Dickens decide, como fino estratega, acudir en su socorro proyectando para ella una nueva novela por entregas que le inyectara a la publicación más lectores cautivos. Estamos a finales de 1860. Dickens desde nuestra perspectiva actual es en esa fecha un hombre joven, de cuarenta y ocho años. Apenas le quedan de vida otros diez. Sin embargo ha conocido todo el éxito al que un escritor puede aspirar y que le ha sacado de pobre.
Los problemas domésticos se multiplicaron por entonces y el trajín de galas, dineros y visitas parecerían un escollo insalvable para que nadie pudiera escribir no ya una gran novela, sino un libelo. No, desde luego, si hablamos del portentoso Dickens, capaz de sacar adelante sus cien trabajos sin perder un ápice de su humor. Lo tiene en tanta abundancia, como el talento, que no duda incluso en llevar a las novelas que tiene entre manos aquellos elementos del pasado o del presente que le afectan de modo directo, como si esas mismas novelas que escriben fueran su propia casa, en la que salen y entran aquellos seres próximos que cuentan su confianza, como ese gran amigo suyo, el escritor Butler-Lytton, que le hará cambiar algunas partes sustanciales en la narración y que afectaban al protagonista… pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
Grandes expectativas se ha traducido en España desde el primer momento, y sólo en España, con el título equívoco de Grandes esperanzas. Sería tal vez el momento de acabar con esa disparada inercia. Philip, el memorable Pip, protagonista de esta historia, fue alguien que nació, como todos los de su clase, sin ninguna esperanza, aunque un azar, inverosímil como todos los azares, le hará albergar algunas expectativas respecto de sí mismo, o lo que es lo mismo alguna posibilidad de mejorar de fortuna. La novela narra exactamente la ascensión desde la nada hasta… la nada.
Naturalmente Dickens como novelista se toma algunas licencias. Acabamos de referirnos a la circunstancia azarosa que cambiará la vida de aquel niño que comienza el relato delante de la tumba de sus padres y sus siete hermanos, a ninguno de los cuáles llegó a conocer. Trata de imaginar cómo serían por el tamaño y la forma de las letras que han sido grabadas sobre las lápidas, ya que tuvieron la desgracia de morir unos años antes de la invención de la fotografía, y el azar, disfrazado de presidiario (al azar le gusta siempre jugar con sus víctimas), se presenta ante él. Nada que objetar: sin azar no se pueden escribir novelas, y sin azar la vida no sería tolerable, por lo mismo que sin Paraíso sería insoportable la idea de eternidad.  La siguiente licencia dickensiana es proporcionar a Pip la misma memoria e inteligencia que tiene Dickens, y le hace protagonizar la hazaña decir y recordar cosas, frases, trajes, situaciones y detalles de su remotísima infancia que ni el más memorioso de los hombres sería capaz de igualar. El libro, este libro, es la memoria de Pip, pero ningún niño puede llegar a recordar tanto, sin novelar. Pero el novelar es una prerrogativa incluso de los niños, más inclinados a fantasear que a novelar. Y si Pip es un niño que va todavía sobre los hombros de su bondadoso cuñado, casado con una de la mujeres más malas de la historia (sólo es buena cuando un golpe en la cabeza la vuelve idiota), puede tener pensamientos y silogimos de tan alambicada elaboración que dejan a los que tuvo Jesú en el Templo en meros trabalenguas.
Pip quiere saberlo todo, y por eso pregunta, sobre todo a partir del día en que alguien, una mujer, en realidad “la mujer de su vida”, entonces una niña como él,  le avergüenza por encontrarle pobre, basto y vulgar. ¿A quién pregunta? No tiene muchos sitios donde preguntar, desde luego, y acaba haciéndolo en primer lugar al único ser vivo de este mundo por cuyas venas corre la misma sangre que la suya. Apenas tiene siete u ocho años, pero la lección que le da su pérfida hermana no tiene desperdicio: “Si no quieres que te digan mentiras, no preguntes”.
A partir de ese momento el lector se encontrará con el característico estilo de Dickens, a un tiempo efusivo e irónico, profundo y coloquial. Por esa razón, porque no va a tener muchos en los que confiar, le hará prometer a un amigo circunstancial la decisión más importante en su vida: “Biddy –le dije después de que prometiera guardarme el secreto–. Quiero ser un caballero”. Y de eso trata esta novela: ¿Puede el aprendiz de un herrero llegar a ser un caballero? Un sueño parecido es el que tenemos todos, en una u otra media, poniendo la palabra caballero y lo que significa, más arriba o más abajo. Nos preguntábamos al principio de estas líneas, si se leerá esta novela igual que la leyeron sus lectores naturales del siglo XIX. Desde luego que no. Ni siquiera Dickens podría haberla escrito de esta manera. Tiene en mente al hacerlo la sociedad a la que va dirigida, millares de hogares ingleses que al llegar la noche no tienen otro entretenimiento que ese en el que una persona lee al resto de la familia, junto al fuego, las entregas de una novela. Ha de ser por esa razón el estilo directo y comprensible, para ser oído tanto como leído. No le importa ni siquiera alargar profusamente los diálogos. Con ello da un respiro a quienes escuchan. Los retratos de los personajes han de tener también algo de caricatura para que se queden impresionados con facilidad en la memoria de los oyentes. No son tampoco personajes excesivamente rebuscados: no olvida Dickens que van a entrar en casas de muy diferentes estatus. Y por ello ha encontrado en ese estilo tan británico (y tan quijotesco también, explicando de ese modo que fuesen los ingleses los primeros y más fervorosos lectores de Cervantes), amante de las hipérboles, circunstancial y perifrástico que ama decir una cosa por otra, buscando el regocijo de las inteligencias finas y afinando las inteligencias que no lo son demasiado. Desde luego que la mayor cortesía de Dickens es hacer que el lector se crea más inteligente y con mejor corazón del que seguramente tiene, por lo mismo que el gran don Juan es aquel que hace creer a las mujeres que ama no sólo que son ellas a las que más ha amado nunca, sino que son además un poco más hermosas de lo que seguramente son. Dickens es, desde luego, un grandísimo seductor. ¿En qué lo notamos? En que quiere gustarle a todo tipo de lectores. Lo mismo que el burgués gordo y malvado ríe en una película de Chaplin en la que aparece un burgués gordo y malvado en el que no se reconoce, los malvados de las novelas de Dickens serán los primeros en enternecerse cuando se le describan los devastadores efectos que las malas acciones, como las que él está harto de cometer en la vida, tienen sobre el protagonista de esa ficción.
¿Pero son ficciones las que Dickens cuenta? No, desde luego. Pip, por ejemplo, es para nosotros mucho más real que los seis o siete hijos que tuvo el propio Dickens. Es una criatura tan viva, que no sería de extrañar que se encontraran documentos que acreditaran la vida que llevó lejos de su país y de la mujer a la que amó como a nadie después de que Dickens cerrara esa parte de su peripecia.
La historia de Pip va transcurriendo sin sobresaltos. El acierto de la novela se basa casi siempre en la andadura, en las frases del momento. Muchas veces ni siquiera son imprescindibles para la acción general. Pero tampoco lo son la inmensa mayoría de los hechos que acaecen en nuestra vidas. El interés se sustenta en los hechos en sí, en que están trabados con especial arte. O sea, que los hechos dan un poco lo mismo, pero no el arte de trabarlos, que es lo que diferencia a unas novelas de otras. No hay vidas mejores o peores en literatura, sino modos diferentes de ser contadas, logrando el modo que parezca verdadera una vida ficticia e irreal una verdadera. En realidad el argumento de la novela es tan esquemático que lo encontramos ingenuo, con ese primitivismo que adorna a las mentes puras: Un huérfano conoce desde que tiene uso de razón la soledad y la tristeza de saberse solo en este mundo. Le recoge una hermana harpía y su marido, ese ser bondadoso necesario para no perder la fe en la raza humana. Al niño, en forma misteriosa, se le aparece un hada madrina en forma de abogado que, sin revelarle el origen de su buena fortuna, le rescata del hogar humildísimo donde vive, le viste adecuadamente y ante las buenas expectativas, le hace concebir esperanzas. De ahí, sin duda, la confusión entre las dos palabras, tan diferentes. El final se lo ahorraremos al lector, pero viene a confirmar algo elemental: en esta vida nunca hay nada lo bastante grande, y menos en materia de expectativas o de esperanzas, como para hacerle ver al que es inteligente que al final de su vida está en el mismo punto de donde partió, eso sí, con muchas menos expectativas y casi siempre con muchas menos esperanzas.
Cuando llegamos al final de la novela, Dickens ha puesto en nuestra boca una melancólica sonrisa y ha teñido nuestro ánimo de un cordial desasosiego. ¿Es un final feliz? No enteramente; podría haber sido peor. Incluso barajó Dickens dos finales diferentes, como es sabido. Sentimos que Pip, el bueno de Pip, no haya vivido más todavía. Querríamos saber cómo le irá en la vida. Dickens piensa en sus lectores, ha de poner en ellos, en nosotros, pasados los años, el consuelo de una pequeña esperanza. Sin saber cómo, todos nosotros desechamos la mayor parte de las cosas, personas y ambientes que nos habrían hecho enteramente dichosos, y corremos en pos de aquellos que nos alejarán de nuestra dicha. Esa es la tragedia de la vida. Cuando queremos darnos cuenta, todos estamos tan alejados de todos que ya es tarde para intentarlo de nuevo: quien más o quien menos ha probado del Árbol de la Ciencia, y ese es el fruto que nos hace más sabios, desde luego, pero más solitarios.



Charles Dickens, Grandes esperanzas. Ilustraciones de Charris. Círculo de Lectores, 2012. Cubierta y viñeta.

14 de diciembre de 2012

Temporal en el Mar Menor

PUEDE no ser una gran obra, pero sí el vestigio de un amante de la pintura, a quien emocionaron el lugar y la hora. Le dio un título a lápiz en el reverso, "Temporal en el Mar Menor", que parece el de una novela pasional de los años cincuenta del siglo XX (*). Sin embargo fue pintada esa acuarela en 1893. Más importante para su autor que su nombre, que no creyó necesario declarar, fue el año, fijar en su memoria los minutos felices de un día fugaz, irrepetible y, sí, ahora lo sabemos, perdurable. Frente a nosotros el Mar Menor, pero no nos resulta difícil imaginar este lado de acá, donde alguien, minucioso, fue con la punta de un pincel escribiendo su alegría.  

(*) Y qué gran título, Temporales, para, por ejemplo, un libro de aforismos.

Temporal en el Mar Menor. Acuarela, 1893.

13 de diciembre de 2012

El grand jeté

ACABO de volver del rodaje del documental que Luis Felipe Torrente y Daniel Suberviola están haciendo de Manuel Chaves Nogales. En los descansos se habló de este artículo, lo que le ha llevado a uno a leerlo ahora. De él no se me ocurre decir nada, salvo que es muy raro: 1, creer, si lo comparten muchos, que algo vale menos, y 2, no querer compartirlo si cree que vale mucho. Hubo ya otro artículo parecido hace años del mismo autor que quedó respondido con este, y aun con este otro, publicados igualmente en EP hace unos años. Así que no tiene uno más ganas de marear la perdiz.
Espero no obstante que la gente lo encuentre tan gracioso como lo encuentro yo: cruzó ante mis ojos (el artículo, me refiero) en puntas de pie haciendo frufrú con el tutú. Magnífico el developpé, pero sobre todo su grand jeté, quiero decir, la frase esa en que se proclama campeón de Chaves Nogales antes que nadie.

El Rastro, 13 de marzo de 2011

12 de diciembre de 2012

Abrecartas

HACE un año se contaba en este almanaque el origen de esta pequeña colección de abrecartas, que nunca quiso serlo. El curioso puede volver a aquellas líneas. Aunque estén todos ellos relacionados con los libros viejos, muchos de los cuales se encuentran intonsos, seguramente habrá una razón psicoanalítica que se me escapa, relacionada con las cartas y el deseo de recibirlas. Dejemos que otros hagan literatura con ese penetrar y desgarrar el papel. Quedémonos con eso, con la corta vida de un objeto llamado a desaparecer, unido por un lado a la irrupción y proliferación de los sobrescritos y por otro a la desaparición de los libros intonsos y el correo tradicional. A esa familia se han venido a sumar estos tres nuevos encontrados en el 2012, el último hace tan sólo unos días. El primero es un abrecartas y marcapáginas modernista de marfil y unas malvas de metal dorado, el segundo uno art decó de pasta y metal y el último, el más exótico de todos, uno procedente de Mauchline, pueblecito escocés donde se  desarrolló durante la segunda mitad del XIX y hasta 1933 una industria de cajas y suvenires  con sus característicos grabados estampados sobre madera de arce, hoy muy apreciados por los coleccionistas. Que este haya llegado desde Mauchline al Rastro cien años después de fabricado es menos misterioso de lo que parece. Pero dejemos, sí, que otros hagan literatura con ello. 

El último, modernista (2012)
(2013)
Diciembre de 2013
Septiembre de 2014


Abrecartas y fábrica de Mauchline (Escocia)