28 de marzo de 2013

De un viaje (y 6)

ECCE homo, como su propia cruz indica. En vista de ello nos daremos unas pequeñas vacaciones de Semana Santa hasta el lunes que viene, y se las deseamos buenas a todos. Sin otras palabras.

Arriba: Iglesia de San Andrés, Murcia, 20 de marzo de 2013
Debajo: Mercado Brassens de libros viejos, París, 23 de marzo de 2013








27 de marzo de 2013

Igual que cosmonautas muertos


ES sabido que la filosofía se presta a defender una cosa o la contraria, y todo con argumentos sólidos, tanto en asuntos de mayor cuantía (negar o afirmar la existencia de Dios, por ejemplo), como a prestidigitaciones sólo en apariencia recreativas (probar o no que el sillón en el que está sentado mientras lee estas líneas, desaparecerá en cuanto usted salga de la habitación y cierre la puerta).  Así, es sabido que Sócrates se negó a dejar por escrito ni una sola de sus doctrinas, que debemos a la aplicación de Platón. A Gilles Deleuze, el filósofo francés, le hemos oído  confesar con desaliento, por el contrario, la sensación de “suciedad” que le dejaba la palabra hablada, abundando en algo que JRJ expresó muy bien en uno de sus aforismos:“No siento nunca tristeza mayor que después de haber hablado mucho”.

Durante siglos se pedía del escritor principalmente que escribiera. Mucho o poco venía determinado por la naturaleza y caudal de su estro. Con el tiempo se le sentó a la mesa de poderosos más o menos ondulados, reclamándole que el ingenio que desgranaba en sus libros amenizara también a los comensales (memorable la respuesta de D’Annunzio a una jamona fantasiosa que le había preguntado qué pensaba del amor: “Señora, lea mis libros, y déjeme cenar”; y deducimos que la mujer era jamona y fantasiosa, porque probablemente si hubiese sido una náyade, D’Annunzio, con una chispa incandescente en sus ojillos sátiros, se habría vuelto hacia ella y le habría dicho: “Joven, me alegra que me haya hecho esta pregunta”). De los banquetes a las conferencias sólo había un paso, y de estas a las interviús periodísticas, medio. En la actualidad la tortura suele ir asociada, y si uno da una conferencia, además le suelen entrevistar, por lo general reporteros que se presentan cinco minutos antes: “Siento mucho no poder quedarme a tu conferencia, ya sabes cómo va esto. ¿De qué vas a hablar?”, le dicen con el mayor candor, mientras le acercan a la boca una grabadora.

Cuando los escritores se habían ya resignado a tener que hablarle a una grabadora, aparecieron las nuevas tecnologías. Gracias a ellas, las palabras que, primero, habían nacido para que se las llevara el viento y luego para que se borraran a los dos o tres días, quedaban registradas, clasificadas y lanzadas convenientemente al espacio, para una eterna órbita sin retorno posible. Lo único que podía tener de encantador el hablar en público, la espontaneidad, la sinceridad y la efusión, quedó cercenado de raíz, ante el terror de que errores, lapsus involuntarios, hipérboles o efusiones justificadas sólo por la pasión del momento se queden en el espacio igual que cosmonautas muertos. La sola idea de que cualquier error, eternizado en internet, nos sobrevivirá, es más de lo que una persona sensata puede sufrir. ¿Qué hacer entonces? Se suponía que esta aplicación del adelanto era una mejora, pero a mi modo de ver es una gran peora, pues al final, sabiendo que nos espera la eternidad, uno empieza a medir tanto sus palabras que se diría que hablamos en mármol, el lenguaje por excelencia de los muertos, quienes, por cierto, siempre dicen las mismas cosas, todos ellos.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de marzo de 2013]

26 de marzo de 2013

De un viaje (5)

UNA caseta de baño. Como esta hubo, en otros tiempos, muchas. La mayoría ha desaparecido. Algunas las ha pintado Pedro Serna, y en él parecen de aquel tiempo y de este, o sea, de todo tiempo. Diríamos que son, en medio de la novela, esas páginas de transición entre la tierra y el agua, entre el aire y el fuego.

Lo Pagán (Murcia), 19 de marzo de 2013

25 de marzo de 2013

De un viaje (4)

EL primero es un autorretrato. Acaso el otro también. Más allá de la arquitectura egótica.

Rastrillo de La Nucia (Alicante), 17 de marzo de 2013

23 de marzo de 2013

De un viaje (3)

Y esta es la prueba de lo que aquí se decía ayer: "Por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela". De modo que el hombre que aquí cruza ante nuestra mirada, declinante él, declinante el día y acaso declinantes nosotros, ha salido a escena por el foro derecho y sabemos que, a pesar de aparecer detenido, saldrá por el izquierdo, perdiéndose para siempre. ¿Perdiéndose? No, desde luego, pues con su novela ha querido ponerse a la par de la nuestra. Él, ajeno a la nuestra; la nuestra, inexplicable ya sin la suya.

Campello, 16 de marzo de 2013

22 de marzo de 2013

De un viaje (2)

Y las novelas, como las ventanas, acotan la realidad, cierto, pero los personajes que cruzan por ellas nos hablan del antes y del después que queda fuera de su marco. Quiero decir que aunque los personajes de una novela parecen permanecer en ellas siempre, también están de paso... Lo están en nosotros, con nosotros, corriendo nuestra misma suerte, si están vivos.

Una ventana. Campello, Paseo marítimo, 16 de marzo de 2013

De un viaje (1)

LA vida ambulante nos llevó durante seis días a Alicante y Murcia, y de ellos han quedado, como el polvo de las alas de una mariposa en los dedos de este almanaque, unas cuantas fotografías, que irán apareciendo aquí en los próximos días, sin otro comentario.
El coloquio de Alicante y la conferencia de Murcia, que tan buenos momentos nos trajeron por lo demás, le han dejado a uno con ganas de mirar el mundo, únicamente mirarlo, ya que se diría que las manchas que nos echamos encima con nuestras propias palabras, sólo salen con silencio. Me refiero a que no acaba uno de entender por qué, si uno es escritor, ha de circularse como hablador. De ahí que comprendamos tan bien a Larra cuando, cansado de su nombre también, dio en llamarse "El pobrecito hablador".

Alicante, 15 y 16 de marzo de 2013. Vista desde el hotel.

21 de marzo de 2013

Púlpito

EL hábito hace al monje, y el púlpito al inquisidor.

El Rastro, 28 de enero de 2013


20 de marzo de 2013

Ojos gatos

EN Miseria y compañía, que aparecerá en unas semanas, se habla de cierto retrato de una muchacha encontrado en el Rastro aquel año de 2004. Es este que va aquí. Se llaman ojos gatos a aquellos que son cada uno de un color. Nueve años después, durante la presentación del proyecto 2013, del que ya se habló en este almanaque, vimos una publicación del fotógrafo Juan Valbuena, cuya portada es este perro. Lo que me hizo gracia fue eso, un perro que tiene ojos gatos, declarando, por si hacía falta, el animal de fondo que todos nosotros compartimos.



19 de marzo de 2013

Lombrosiana

TRABAJANDO con Alfonso Meléndez en la cubierta de Miseria y Compañía y otras de La Veleta, y buscando él en sus bodegas algunas ilustraciones, le apareció esta, de una página interesante. Le habría encantado a Baroja y a Solana, pero también a los surrealistas. Y pasada la primera impresión y la sorpresa de los detalles (el espejo, para fichar igualmente sin más gastos el perfil, o las manos) conmueve de todos ellos el fondo de su mirada, en la que se escribió una triste novela hoy perdida.


18 de marzo de 2013

Del tiempo


SOY, como acaso sepan los lectores de esta página, un espectador asiduo de los telediarios de Televisión Española. Mi vida rutinaria y doméstica me permite verlos siete días a la semana. Sus presentador*s nos son más familiares ya que buena parte de nuestra familia, tanto que a veces nos permitimos la fantasía de dirigirnos a ellos por su nombre de pila. 

Dejando a un lado otras consideraciones sobre el fondo y la intencionalidad de las noticias, he observado un cambio tangible, tal vez el mayor de todos: la información meteorológica, tradicionalmente reservada para el final, ha pasado desde hace meses a formar parte del meollo informativo, incluso de la portada, estirando considerablemente el tiempo dedicado al tiempo. Al principio lo achacamos a las inclemencias reiteradas: airones, tormentas, heladas, nevadas copiosas... Los encargados de darnos “los partes” se han vuelto más y más prolijos, los mapas que nos muestran son cada día más complejos, y las isobaras tradicionales han dado paso a gráficos minuciosos, más propios de la astronáutica que de la gente común. Unas veces se nos habla de las máximas de las mínimas, y otras de las mínimas de las máximas, tomadas al amanecer, al mediodía, a media tarde y a la noche como la temperatura de un enfermo aquejado de fiebres tercianas. A los vientos se les dedica igualmente un complejo territorio de flechas que giran sobre sí mismas como molinillos ciegos y los frentes fríos o calientes se nos despliegan con mayor detalle que las tropas napoleónicas de Borodino. No contentos con eso, cada día nos proyectan las fotografías tomadas por un ejército de espontáneos en quince o veinte puntos de España, abundando en los meteoros pertinentes (las nubes gustan mucho, por ser de “todo año”, seguidas de las olas rompiendo en el espigón de los puertos, y, cuando hay suerte, la nieve).  No sería justo que se entendiera todo esto como una crítica a los expertos que se ocupan de explicarnos lo sucedido y darnos sus pronósticos, bien al contrario: el grado de preparación y conocimiento de la materia que imparten es de tal profesionalidad que sufrimos por ellos (ya he dicho que forman casi parte de nuestra familia), pues a menudo parecen estar exponiendo un tema en unas oposiones a meteorólogos de la Nasa, más que contándoles a gentes comunes como nosotros  si va a llover al día siguiente o no.

No obstante, creo haber dado con la clave de todo. Ha sido un descubrimiento fortuito. Hemos comprobado al fin que cuanto peor va el país, en los telediarios de Televisión Española más tiempo se les da a los hombres y mujeres del tiempo para que expliquen lo suyo y más fotografías nos enseñan, temiendo nosotros que llegue un día en que en los telediarios sólo se vean fotos de cirros, de olas, de neveros. Yo mismo me he contagiado de ese modo de hacer (la familia tira lo suyo), y aunque mi mesa de trabajo parece abrumada por los graves problemas que tiene este país, levanto la vista de los periódicos y miro por mi ventana: ha empezado a nevar. No obstante, apelo a mi decoro y me digo que yo no hablaré del tiempo, pero cuando me doy cuenta, ya estoy al final del artículo, como Lope y su “soneto me manda hacer Violante”.
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia  el 17 de marzo de 2013]

17 de marzo de 2013

Paco Gómez

HA publicado el fotógrafo Paco Gómez uno de los libros más originales que hayamos visto. Lo abre un texto suyo titulado "Apología del plagio" y tipográficamente es un calco de los de la célebre colección de Photo Poche. 
La originalidad de su trabajo no estriba, como cabría suponer, del reconocimiento de sus fuentes, sino de una mirada llena de ironía, humor y poesía. Y claro, de la manera de presentarse en la contracubierta: "Paco Gómez no ocupa ningún lugar relevante en el campo de la imagen contemporánea, Sus fotografías pertenecen a reportajes olvidados e incompletos en torno al viaje personal y evocan recuerdos de lo mil veces visto en la obra de los grandes maestros de la fotografía del siglo XX. Se considera deudor de los míticos Photo Poche y a ellos rinde un homenaje desdichado en esta selección de fotografías".
Todo esto lo ha dicho, claro, para presumir. No se piense que Paco Gómez es un hipócrita ni un falso humilde. Pese a su apariencia monumental y desgarbada, es sólo un dandy.

Arriba: "El asesinato de las sirenas. Bombai", 1998. Abajo: "Fez. MArruecos", 2002.




16 de marzo de 2013

La felicidad circulada


TERMINANDO un escrito para un libro nuevo de Martín Carrasco sobre las postales en Madrid (1887-1905), me apareció este otro para otro libro también suyo de hace unos años, y que me apetece circular para cuantos no llegaron ni llegarán jamás a aquel libro, ya agotado.
* * *
En 1865 el astuto funcionario de Correos prusiano Heinrich von Stephan ideó un sistema que hacía de la comunicación postal entre las gentes un asunto enormemente atractivo. Fue en cierto modo algo sencillo, como el famoso huevo de Colón. Hasta ese momento las cartas misivas, oficiales o comerciales precisaban de un complejo y bien dotado sistema de postas y verederos, que hacían del servicio algo en realidad muy caro del que nadie se beneficiaba. Digamos que lo incierto de las comunicaciones y las penosas condiciones de los caminos, terrestres o marítimos, no siempre eran el mejor acicate para las empresas privadas que se metían a ese negocio, y en cuanto a los correos nacionales resultaban tan onerosos para las arcas del Estado, que hacía falta una mente genial que diese al fin con la cuadratura del círculo. Había que abaratar costes, desde luego; ese era el problema. ¿Cómo? El único modo de hacer algo barato consistía en que la gente se escribiera más a menudo dando cuenta de sus menudas cuitas. Correos no podía esperar a que se muriera una vieja tía o que naciera un niño para que la gente se decidiera a participárselo a sus parientes y amigos. ¿Pero cómo convencerles de que podían contar muchas otras cosas, y más a menudo, sin aguardar a que se cerniese sobre ellos la desdicha o la felicidad? Haciendo que la comunicación fuese mucho más barata. Es decir, espoleando el consumo. Ese fue el minuto estelar que la historia le tenía reservado a Heinrich von Stephan, a quien se le ocurrió que lo que las gentes sencillas podían contar, a mitad de precio, cabía en un trozo de cartulina de unas determinadas y reducidas dimensiones. Cierto que aquello que relataran podía leerlo todo el mundo, pues la condición esencial era que tales cartulinas no podían ir metidas en un sobre como iban las cartas, ¿pero quién no quiere airear las buenas noticias? Pues esa fue una característica de esas comunicaciones casi desde su nacimiento: las postales se utilizarían a partir de entonces, y hasta nuestros días, casi exclusivamente para dar buenas noticias, o cuenta de un viaje o de un momento feliz.
Se llamó a las primeras rudimentarias postales “entero postales”, ya que integraban, impreso, el franqueo requerido, y son consideradas las paleopostales y un bien, por su rareza, muy buscado por los filatélicos.
Y como sucede con los negocios que se le ocurren al Estado y que se esbozan prometedores y gananciosos desde el primer momento, en muy pocos años numerosos pretendientes trataron de quitárselo al Estado y administrarlo por su cuenta. Y así ocurrió. El Estado se reservaba el derecho de los franqueos y en unos años casas comerciales, empresas de fletes marítimos y terrestres, establecimientos de postín, fábricas de hilaturas y de los más diversos géneros adoptaron ese método de comunicación con sus clientes, abaratados de modo tan considerable, y empezaron a imprimir sus particulares tarjetas postales.
Y nada como el comercio para expandir las nuevas ideas. En un tiempo extremadamente corto, no sólo los servicios de correos de toda Europa adoptaron el invento prusiano, sino que éste lograba sobrepasar el ámbito comercial y recalar en el de los particulares, dando lugar a lo que hoy conocemos como “tarjetas postales ilustradas con vistas o monumentos”, cuya aprobación postal tuvo lugar en España en 1886, y que durante cien años han mantenido todas sus características. Digamos que las postales, como la bicicleta, fue uno de esos de inventos que nacen ya perfectos.
La primera postal ilustrada circulada que se conoce en España es de 1892 y sólo hay hasta la fecha, documentadas, entre dos mil quinientas y tres mil postales españolas, circuladas de 1892 al 1900, recuperadas en su mayor parte en pueblos y ciudades de Europa, a donde fueron enviadas en su día, lo que habla de su dificultosa recolección. Estas son objeto del libro que ha publicado estos días Martín Carrasco. En cuanto a esos seis años, de 1886 a 1892, traen de cabeza a los coleccionistas e historiadores del asunto, que esperan ver aparecer en algún momento alguna más antigua. Para ellos, la no probada existencia documental de postales ilustradas en ese tiempo quiere decir únicamente que su imposición no fue sencilla, todo lo contrario de lo que ocurriría en 1900, cuando las postales se pusieron inopinadamente de moda en todo el mundo y empezaron a imprimirse, a circular a millones y a ser coleccionadas en todos los rincones, llegando en muchos casos a convertirse en el turismo del pobre.
Los cartófilos, que es el nombre por el que conocemos a los coleccionistas de postales, dan mucha importancia a que éstas sean circuladas. De hecho el valor que tienen para ellos viene determinado en cierto modo por esa circunstancia, saberlas franqueadas y mataselladas en origen y, a veces, mataselladas en destino. Eso, dicen ellos, confiere a la postal su singularidad, y acaso tienen razón, pues de ese modo tienen la constancia de haber salvado de la destrucción un momento feliz de la humanidad, por pequeño que sea.
Ya hace años constatamos en el Rastro y almonedas la  resistencia que las postales mostraban a desaparecer, por contraste con otra clase de cartas y documentos escritos, destinados al fuego o al cesto de los papeles. Se diría que así como nos apresuramos a romper una vieja carta, a veces por no volver a leerla, nos resistimos a destruir una postal. Al principio yo lo atribuía a la belleza de muchas de ellas, en las que aparecían lugares remotos, exóticos, paradisíacos, pero pronto hubo de concluir uno que la razón era bien diferente. La mayor parte de las veces nos hemos servido de una postal para transmitir un minuto de gozo, de dicha plena, de ausencia feliz, en un lugar, sí, remoto, exótico, paradisíaco. ¿Y quién querría destruir el Paraíso y el testimonio de que algún día, en un escondido minuto, existió?
Creo que algo parecido sienten los cartófilos. No es sólo que las postales documenten tal o cual rincón, tal o cual momento de la historia y de las costumbres de la gente. No sólo. ¡Y lo que no daríamos por tener tarjetas postales del siglo XVI, del Alcaná de Toledo, donde Cervantes encontró el manuscrito del Quijote, o de aquellas viejas ventas españolas en las que posó el mismo caballero de la Triste Figura! No hace falta irse tan lejos. Han pasado cien años, y nos parece un siglo, decía un personaje de sainete. Las postales son una felicidad fragmentada, pero casi reciente. Quizá es lo que tiene la fotografía frente a la pintura, no sólo nos parecen más reales las cosas, sino más próximas. Ha podido comprobarlo uno, a menudo, en el zaquizamí que el propio Martín Carrasco, un hombre célebre entre los cartófilos españoles y europeos, tiene en la calle de la Libertad en Madrid, abierto al público, sospecho, más que para vender postales, para comprarlas él mismo. Yo he podido verlos allí, en las estrecheces de aquel local, sentados, horas y horas, pasándolas como mazos de naipes, en religioso silencio como en un gabinete de estampas del British Museum (y quizá fuese éste el momento de recordar que las tarjetas postales han entrado ya en el Museo de Arte de Nueva York, que las está comprando por miles, si no fuese porque el célebre MOMA compra en las mismas cantidades innúmeras porquerías). Sí, puede vérseles desde la calle. Como sombras pacíficas. Pueden ser jóvenes o viejos, ricos o pobres, hombres o mujeres, y buscan en tales trozos comprobar que la felicidad existió, y que circuló libre y anónima por el mundo.
Son las postales el testimonio de viajeros privilegiados, de comerciantes prósperos y de gentes que podían mostrar a los ojos de todos lo mejor de sí mismos (el hecho de que su texto pudiera ser leído por extraños contribuyó desde luego a que en ellas únicamente se vertieran noticias que todo el mundo pudiera leer), de la misma manera que esas vistas panorámicas, ciudades, puertos, mercados, villas, monumentos eran también, generalmente, el lado más amable y feliz de la realidad, donde la verdad, al modo en que quería nuestra amada Emily Dickinson, se decía únicamente de manera sesgada.
Así pues ese es el secreto de que unos cuantos hombres en todo el mundo las busquen, las acopien, las rescaten de su perpetua errancia o de su oscuro limbo y las clasifiquen con amor para poder, en orden, con ánimo reposado, envueltos en el silencio con el que la dicha se presenta (al contrario de lo que se cree la felicidad es silenciosa, como a veces es ruidosa la alegría), restituir al mundo un poco de la fe que el mundo y los hombres han tenido en contados momentos en su propio destino, y decirnos que siguen vivos.
Las que se incluyen en este libro, algunas de las cuales ilustran estas páginas ahora, nos consta que, por un momento, unieron tres o más vidas, tres o más novelas, como novela es la de todos nosotros, venidos a este mundo de las tarjetas postales como quien sabe que aunque no logre reunirlas todas, en cada una de ellas viene expresado, en su recto y su verso, un verdadero Paraíso Terrenal que algunos empezamos a llamar el Paraíso Perdido. Y por eso, lo buscamos.

1. París, postal, hacia 1900, coloreada en los años. 2. León, postal, hacia 1910.

15 de marzo de 2013

De donde venimos (sorpresa y susto)

LEYENDO un libro viejo, comprado en el Rastro, esta sorpresa, seguida de susto. Un recordatorio. Año, 1950. Difunto: Adolf Hitler. 
Que lo circule hoy no tiene nada que ver con la elección del nuevo papa, a quien deseamos el mejor de los pastoreos. En aquel 1950 imperaba en Roma y en el orbe católico Pío XII. Confiemos en que este Francisco no se parezca en nada a aquel Pío. En España imperaba, como se sabe, el nacionalcatolicismo que propiciaba preces como esta. Ayer como quien dice. Ayer no más.

En la letra más menuda (ilegible en esta reproducción), un fragmento del discurso de Hitler a las fuerzas armadas alemanas el día que principió su ataque  a Rusia: "... En nuestra guerra se ha demostrado que los capitalistas, con sus engaños y embustes, que niegan a sus pueblos el derecho a la vida y los sacrifican a sus intereses financieros, hacen una política tan criminal como la de los comunistas con su miseria social indescriptible".



14 de marzo de 2013

Mundillo

"LA desaparición de figuras como Benet o Barral ha dejado sin referentes el mundo literario", leíamos en el destacado de cierto artículo publicado ayer. En el texto se añadían los nombres de otros escritores desparecidos, igualmente causantes según el articulista de la orfandad (Gabriel Ferrater, Juan García Hortelano, Carmen Martín Gaite, Carlos Barral, Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, Claudio Rodríguez, Ángel González, Manolo Vázquez Montalbán), y el de otros vivos (Caballero Bonald, Sánchez Ferlosio, Ana María Matute, Rosa Regás o Marsé) que el día menos pensado la agravarán aún más. 
Desde luego hemos de respetar la admiración, amistad y magisterio que sientan o reconozcan los entrevistados en ese artículo por todos o por algunos de esos escritor*s, pero ¿qué sucederá con aquel que no los comparta y por tanto, quien no se sienta en absoluto huérfano de ellos (aunque podría sentirse así respecto de otr*s, no citados en ese artículo)? En este caso podrá pensar que ni él forma parte del mundo literario tal y como es entendido en ese artículo ni formaron parte de él las personas que fueron sus maestros, tampoco mencionados en él, quién sabe si providencialmente.
Por otro lado, no sabemos qué sean o no los referentes. Seguramente para muchos jóvenes, algunos de los entrevistados, Azúa o Savater, por ejemplo, son hoy más referente literario que García Hortelano, Barral, Benet o JA. Goytisolo, de los pasados, o que CBonald, Marsé, Matute o Regás, de los presentes. Seguro. No creo que los jóvenes sientan esa orfandad ni crean haberse quedado sin referentes. Por suerte para todos. Lo otro me parece más cosa de viejos que dicen: se van los mejores (una versión atenuada del cada vez quedamos menos).
Sin entrar en consideraciones de otro calado, a saber: que la orfandad la sentimos respecto de personas, no de obras, y por tanto, si hablamos de literatura, tanto tendría que darnos hablar de Cervantes o de otr*, pues, en lo tocante a obras, todas, si son buenas, siguen vivas, o sea, presentes, y que todo lo demás son ganas de hablar.
* * *
VIDA literaria es un oxímoron, o es vida o es literaria. 
* * *
MUY bien le puso el nombre al mundo literiario quien lo llamó mundillo, de ruido inversamente proporcional a su diminutivo: mundanal ruido.


El Rastro, 23 de septiembre de 2012

13 de marzo de 2013

¿Por qué no?

¿PERO qué locura es esta?
Vayamos por partes. Llegamos a ella, en realidad, a través de una simpática entrada del blog de Antonio Rivero Taravillo. Aunque lo cierto es que hacía ya semanas que andaba sobre mi mesa un recorte con la reseña que ese hombre había publicado en El País a propósito de cierta traducción de Emily Dickinson, sin encontrar uno el momento de glosar, al menos, estas líneas: "Las autoras [de esa traducción] tiran por tierra la presunta pasión que Dickinson vivió por [sic] el predicador Wadsworth. No le dan crédito a esa hipótesis y, en cambio, vuelcan todas sus sospechas sobre una relación subyacentemente [sic] lésbica de Dickinson con su amiga y cuñada Susan Huntington Gilbert. Incluso aventuran una especie de trío [¡tres sic para las autoras, sic, sic, sic!], en el que se jugaría una relación incestuosa entre Dickinson y su hermano Austin, el marido de Susan".
Las sospechas de las autoras de la traducción no están fundadas, hay que recordar, en ninguna prueba ni están acreditadas en indicios o dudas razonables; no son, diríamos, sino ganas de enredar, y ahí lo habría dejado uno, de no haberse tropezado a continuación, con la glosa del reseñista: "¿Por qué no?", y abrocha la pregunta: "La valentía debe tener cabida en este negocio de la crítica". 
¿Y qué tendrá que ver la valentía con la insidia o con la maledicencia? ¿No es acaso, tratándose de personas que no pueden defenderse, la forma más vil de la cobardía, una manifestación más del resentimiento? (Y la vileza no es, desde luego, que Dickinson pudiese o no ser lesbiana o vivir una relación incestuosa, sino circular una hipótesis de esta naturaleza sin la menor prueba, quiero decir, hoy por hoy, un chisme calumnioso?)
Pero acaso no está tan alejado el hecho de que alguien que es capaz de decir de sí mismo aquello llegue a secundar de Emily Dickinson esto


El Rastro, 1 de julio de 2012



12 de marzo de 2013

Peonzas

PEONZAS, peones... En León, de niños, los llamábamos trompos. Me encuentro en el blog de Guillermo este vídeo mágico. Gracias en mi nombre y en el de quienes lo vean aquí. Todo lo que da vueltas alrededor de sí, recuerda a un astro. Si da vueltas en nuestra mano, gira algo más grande aún, el universo, como un ojo que todo lo ve del porvenir. Aunque no hay vuelta de una peonza que no nos lleve con ella hacia el pasado.


AT., Caja de la peonza. 1997-201X



Vídeo: Tops Charles & Ray Eames, 1969

11 de marzo de 2013

De lesa majestad


LA democracia española fue posible gracias a dos pactos, uno de ellos tácito y otro escrito en nuestra Constitución. El primero hacía referencia a nuestro pasado inmediato: la guerra civil y el franquismo. Los españoles y los partidos políticos mayoritarios acordaron sin necesidad de firmar un solo papel que para construir el futuro había que dejar de lado o atrás el pasado: nada de hablar de los crímenes de la guerra ni de la posguerra, fueran de un bando o de otro, nada de pedir responsabilidades políticas o penales por ellos. Este pacto tácito permitió el afianzamiento democrático, y sólo cuando el clima social se había pacificado, muchas de las víctimas empezaron a reclamar justicia, lo que exigía al mismo tiempo un ejercicio de memoria. Contra lo que pronosticaban los agoreros, en su mayor parte herederos del franquismo, tal ejercicio de memoria no trajo una nueva guerra civil a este país, en cuanto se vio que las víctimas querían algo razonable y  justo: encontrar las fosas donde estaban enterrados sus familiares, darles una sepultura digna y obtener de la sociedad el reconocimiento de las tropelías criminales que se habían cometido contra ellas.
¿Y el otro pacto, el escrito en nuestra Constitución? Era más o menos este: los españoles refrendaban la dinastía que en su día entronizó Franco, y el rey y su familia disfrutarían de derechos que no tendría el resto de los ciudadanos. En otras palabras: el rey y sus seres queridos serían intocables, no sólo desde un punto de vista jurídico o político, sino también en lo que se refiere a asuntos personales y de costumbres.
Si el primero de los pactos, el tácito, el del olvido, quedó más o menos superado al sustanciarse la Ley de Memoria Histórica, el segundo, el que hace referencia al rey, parece hoy más blindado que nunca por una ley no escrita, tácita. En otras palabras: lo que era silencio, se hizo explícito por una ley, y lo que era ley, se sacraliza en el oscurantismo y el silencio. Y si los españoles tuvieron que enterarse en su día por la prensa italiana de las cláusulas matrimoniales que se obligó a firmar a la princesa de Asturias, contrarias a los derechos de una persona emancipada y libre, cualquier información seria sobre el arborescente patrimonio del rey, que entró pobre en el trono, sería considerada en España poco menos que un delito de lesa majestad. Incluso para asuntos en el fondo banales como elegir entre “querida”, “amante” o “amiga”,  los periódicos españoles, implacables con todos, acaban haciendo piruetas de lo más cortesanas si esa palabra está relacionada con el rey. El temor a poner en peligro la democracia hizo que el primero de los pactos durara treinta años. No sabemos cuánto durará este rey en el trono ni la monarquía en España. Algunos sospechan que el rey y sus seres queridos se benefician de una superstición popular según la cual una república volvería a meter a este país en un atolladero, lo que acaso les ha permitido llevar sus privilegios y su impunidad mucho más lejos de lo justo y lo razonable. Cuando hemos visto al rey cazando elefantes o a algunos de sus seres queridos trapicheando se diría que se han perdido a sí mismos el respeto que todavía tienen por la institución y por el monarca muchos españoles, no sabemos, eso sí, durante cuánto tiempo, ya que es cosa sabida que en España la monarquía es más inestable e inflamable aún que el gas acetileno.
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de marzo de 2013]

10 de marzo de 2013

Mairata

LA vida que a veces nos lleva lejos como hojas secas, también trae de vez en cuando hasta donde estamos hojas secas llegadas de lejos. Hace unos días un amigo, que conoce mi interés por la tipografía en relación a la literatura, me regaló, en estado prístino (que dicen en el oficio), ni siquiera plegadas, como recién salidas de la máquina, unas docenas de las cubiertas que Mairata hizo para Afrodisio Aguado. Publicó este en los años cuarenta y cincuenta unos tomitos pequeños que conocen todos los amantes de los libros viejos. Eran ediciones de obras populares y célebres, pero en algún caso (El efímero cine, de Azorín) también recopilaciones que veían entonces la luz por primera vez.
Al preparar esta entrada y buscar en internet más datos de su autor, me encuentro con una página web de Mairata muy completa en la que se nos da noticia de su vida y un gran número de sus trabajos, entre ellos los que yo pensaba mostrar aquí. Muy en la onda de Manolo Prieto, del que era amigo, (ya sabéis, el autor del toro de Osborne y de las fabulosas portadas de la colección de "Novelas y Cuentos"), Mairata ha acabado teniendo un encanto y aire de época que no es inferior a ningún encanto y aire de época de ninguna época.
Van aquí dos de las cubiertas que no están en su página. Una, a mi modo de ver, buena, y otra muy mala, y aparte de cursi, terrible, por el mensaje que encierra. Todo su trabajo es desigual. Entre sus trabajos notables, este cartel de Iberia que he encontrado especialmente feliz y que no he sabido reproducir con mayor calidad, por lo que pinchando aquí, se verá mejor. No sé si los trabajos de Mairata son superiores o inferiores a las cubiertas o portadas y carteles que vemos hoy. ¿Eso quién puede decirlo? Los que reconocemos en ellos nuestra infancia, acaso no podamos dejar de evocar los años del franquismo, para el que ese hombre se ve que trabajó lo suyo. Pero lo cierto es que el franquismo pasó, y su trabajo aquí lo tenemos, ingenuo, decoroso y jovial.


9 de marzo de 2013

Ilsa Barea (y 3)

SU carta se quedó, metida en su sobre, encima de mi mesa de trabajo. Ha permanecido en ella durante estos quince años esperando ¿qué? Si se piensa bien, lo que cuenta de Barea es bien poco, casi nada. O sea, que después de su hermosa carta y las expectativas anunciadas en ella, seguimos, como se decía en aquel artículo de El País, sin saber muchas cosas de él. Y de lo que cuenta de Ilsa lo más interesante es acaso lo que no ha contado. En el espacio entre un punto y la letra que le sigue hay una sima. Cuenta nuestra H. que el padre de Ilsa, rector de la Universidad de Viena hasta que Austria fue invadida por los nazis, logró salir gracias a los buenos oficios de su hija, quien se lo llevaría consigo a Londres. De su madre, de la que acaba de decirnos que es judía, ni una palabra. ¿Qué sucedió? Ilsa volvió a Viena, allí murió. ¿Después? Como tantas veces ocurre, una pregunta que se desprende del texto como la semilla del árbol. El viento se la lleva lejos de allí o se pudre al pie. Otro abismo. Leo el artículo de Brenan, "An honest man", a propósito de La forja. Leo también (no lo hice hace quince años) el relato póstumo publicado de La Nación, titulado "La lección". Un narrador honesto..., modesto.
Guardo esos papeles en su sobre, y vuelvo a dejarlo en la mesa, donde ha estado estos últimos quince años. ¿Vivirá H.T.-V.? Rúo unos minutos por intenert, y aparecen algunas personas con su mismo nombre. De vivir, ¿leerá estas líneas? Una rara superstición me impide dar otro acomodo a esos papeles. Resuena en mis oídos aún un refrán leído en el relato: "Quien se hace de miel, se lo comen las moscas". Me he acostumbrado al color tostado del sobre, como el almiar abandonado de un campo. 



8 de marzo de 2013

Ilsa Barea (2)

ACOMPAÑABAN su carta varias fotocopias: una de un relato póstumo de Barea, aparecido en La Nación de Buenos Aires de marzo de 1968, otra con fotografías de un busto de Barea, otra de un artículo extenso de Gerald Brenan, publicado en The New York Review of Books, la dedicatoria de Barea a mi corresponsal...
La carta es esta:
Resistencia (Argentina), octubre 15 de 1997.
Apreciado señor:
Acabo de leer su artículo "Crónica de un hombre modesto", en un recorte que me fue enviado desde Sevilla, sin fecha. Ignoro por lo tanto si es reciente.
De acuerdo con la nota, Ud. mismo reconoce poseer poca información sobre Arturo Barea y su vida. De existir interés, tal vez yo podría proporcionarle algunos datos, ya que sería justicia que se lo conociese mejor en esa España que tanto quiso y tanto añoraba en el exilio.
Me ligó (nos ligó, mejor dijo, puesto que mi marido, Aldo Boglietti, compartió plenamente esta relación) una muy estrecha amistad con Arturo y su esposa Ilsa –que no Olga, y tampoco inglesa–, austriaca, vienesa, y luego ciudadana británica. Nuestra relación nació al escucharlo regularmente en la BBC, donde Arturo desarrolló una importante labor periodística, durante años, con el pseudónimo de Juan de Castilla. Luego vino su autobiografía-novela, publicada por Losada en 1951.
Tanto yo como mi marido pasamos muchas y largas temporadas en la casa de Farigdon (en el cruce de las rutas B 4019 y A 417, en el Oxfordshire, al SO de Oxford) donde falleció Arturo de cáncer de médula. La amistad se prolongó en Ilsa, hasta su muerte en Viena.
Ilsa era una mujer de excepcional cultura, socióloga, con dominio de muchos idiomas (varios inusuales: noruego, danés, holandés, sueco, finés, ruso) y asesora de las más destacadas editoriales europeas, en especial anglosajonas, nórdicas y alemanas; entre otras, Faber and Faber. Militante política desde la adolescencia, antes de enrolarse como voluntaria en la guerra civil, había vivido en Praga con su marido (diplomático, Poldi, de quien luego se separa), y fue allí secretaria de Luis Jiménez de Azúa –creo, entonces embajador de la República–. Importante dirigente del socialismo europeo, asesoró a Churchill durante la guerra –en especial en lo referente a los discursos de Hitler – y fue, en Inglaterra, la única extranjera electa concejal del distrito por el partido Laborista.
Imaginará Ud. que al compartir la vida de un personaje de intelecto tan exigente como era el caso de Ilsa –además de eximia cocinera y fumadora– no es posible que Arturo Barea fuese alguien de "pocos antecedentes literarios e intelectuales" como deja suponer en su artículo.
En el año escaso en que vivieron en París –38-39–, estando Arturo enfermo, sus amigos fueron, entre otros, André Gide, Malraux, los intelectuales españoles refugiados. Ilsa había logrado por sus conexiones políticas sacar a su familia de Austria. Su padre fue Rector de la Universidad de Viena hasta la llegada de los nazis, y su madre padecía el "pecado" de tener una parte de sangre judía. El padre de Ilsa, a quien permitieron salir, pero le confiscaron íntegramente la biblioteca– una forma de liquidarlo, sin duda, murió en Inglaterra en el 41.
A Inglaterra, pues, fue a refugiarse el matrimonio Barea, Ilsa y Arturo. En casa de ellos conocí a T.S.Eliot, a Emir Rodríguez Monegal –quien escribía por ese entonces sobre Borges–, a uno de los Goytisolo, a Julián Gorkín, y al mismo lord Faringdon, laborista, quien costeó el traslado y educación, en Inglaterra, de 500 niños vascos huérfanos de la guerra civil.
Es demasiado rica, demasiado importante la vida de Arturo Barea como para suponer que quepa en 3 renglones. Y es injusto se le ignore de esa manera.
Si pude disfrutar los libros de Tuñón de Lara y otros estudiosos del tema, fue porque mucho había recogido de alguno de mis profesores –como Amado Alonso–, y otros refugiados en Buenos Aires, como Rafael Alberti y María Teresa León. Pero donde realmente pude vivir de cerca la tragedia de la guerra civil fue escuchando, incansablemente, conversar a Arturo e Ilsa en su casa de guardabosques de Faringdon, o caminando a la noche, con Arturo, hasta la taberna "The Red Land", sólo de lugareños, conde Arturo tenía sus amigos para compartir una cerveza.
Por entrar a España con 1 ejemplar de La forja de un rebelde –sus 3 volúmenes– tuve serios problemas con la aduana franquista. La obra de Arturo era, por esos años, dinamita. Hoy no sé siquiera si los jóvenes la conocen...
En 1956, invitado por la Fundación "EL FOGÓN DE LOS ARRIEROS" (fundada y presidida hasta su muerte, en 1979, por mi marido, Aldo Boglietti) y con el auspicio del British Council y la BBC, Arturo hizo un viaje de 3 meses a la Argentina donde fue recibido por lo más prestigioso de los intelectuales argentinos y de sus agremiaciones: Sociedad Argentina de Escritores (SADE), Academia Argentina de Letras, Colegio Libre de Estudios Superiores. Arturo era, además, importante miembro del P.E.N. Club.
Acompaño alguna documentación que tal vez le interese y quedo a su disposición para el caso de que desee ampliar o rectificar datos.
Le saludo muy cordialmente, Hilda Torres-Varela
                                                                                          (Continuará mañana)


7 de marzo de 2013

Ilsa Barea

El 13 de septiembre de 1997 publicaba un artículo en El País que se titulaba "Crónica de un hombre modesto", en el que se contaba de una manera sumaria la vida y la obra de Arturo Barea. No he conseguido encontrarlo en la red, para eslabonarlo aquí. En el artículo se decía, entre otras cosas, que Barea era un hombre tan modesto y oscuro que ni siquiera tenía una calle en Badajoz, de donde era. Después del artículo, le dedicaron allí una. Años después alguien advirtió, en el rótulo, que había una grave errata, habiendo pasado de ser calle de Arturo Barea a calle de Arturo Barca, lo que no tenía sentido. Era una calle de una barriada nueva y se procedió a sustituir el rótulo por uno en el que el nombre aparecía correctamente escrito, pero los vecinos, que habían vivido años sin percatarse del error y dándoles un ardite que fuese Barca o Barea, se negaron en redondo, porque el cambio significaba alteración de escrituras, gastos de registro y otros pequeños engorros. Al final, creo, venció el buen sentido y Barea acabó teniendo su calle en su pueblo.
Se decía en el artículo también, prefigurando la pifia que la calle, que la historia de Barea era "muy breve, cabría en dos o tres líneas, incluso en dos o tres líneas llenas de inexactitudes".
No lo decía para curarme en salud, pero un mes más tarde recibía una carta, un sobre grande, de Resistencia (Argentina), de para mí una desconocida, que se decía amiga de Ilsa, "que no Olga, ni tampoco inglesa", como yo afirmaba en mi artículo. 
Desde entonces ese sobre ha estado en mi mesa, ¡dieciséis años! esperando quién sabe qué, acaso este día. 
                                                                                         (Continuará mañana)
Analía Gadé en Largas vacaciones del 36

6 de marzo de 2013

Rubia (Se busca)

                                                                                                      Para la fototeca de Carlos García-Alix
DE las muchas fotografías de la guerra civil que todos conocemos, esta, encontrada el otro día en unas medio memorias, medio novela de los años setenta, era para mí inédita. La guerra como una película de Greta Garbo, la guerra casi ficción. Pero lo cierto es que, acabada la guerra, final cierto, la realidad siguió su curso con su novela. Esta, de una presumible brigadista (no creo que en España hubiese muchas mujeres que cumplieran estos tres requisitos: rubia guapísima, autesa y anarquista), hace que suspiremos por todas las novelas no escritas, esta, sí, una cruel derrota más que nos inflige el tiempo.




5 de marzo de 2013

Ombligos practicantes

EL ombligo del cosmopolita es el mundo.

* * *

EL ombligo del solipsista es una pequeña oreja insaciable de confidencias.

* * *

CUALQUIER ombligo pasado fue mejor, se lamenta el egotista.


* * *

QUIEN no tenga ombligo, que tire la primera piedra.


* * *

EL ombligo es tuerto.


El Rastro, 3 de marzo de 2013







4 de marzo de 2013

La barraca de los falsos

HEMOS podido ver, al fin, una exposición de Elmyr de Hory, el más célebre de los falsificadores de obras de arte. No ha sido fácil, nos dicen los organizadores, porque de ese pintor se conservan más falsificaciones que originales. Este de Hory, judío, apátrida, playero, fue toda una leyenda,  pregonada por la película que hizo sobre él Orson Wells y abrochada por su suicidio, la víspera de ser extraditado a su país de origen, donde lo reclamaba la justicia. Cuando yo vi la exposición, estaba abarrotada de gente, casi tanta como en las otras dos exposiciones celebradas al mismo tiempo, en las que se exponían muchos de los pintores que de Hory falsificó.

Presumía de Hory, al que las fotos delatan como un hombre vanidoso, de tener en museos de todo el mundo cientos de sus cuadros, atribuidos a Modigliani, Monet, Sisley, Pisarro, Picasso, Matisse y muchos otros. Era la ocasión de mirar detenidamente sus pinturas. ¿Son en verdad iguales que las de los maestros a los que tratan de imitar? Las pocas que tienen un tema original, algunos retratos de amigos suyos, son mediocres. Las que imitan el estilo de otros, resultan aún más penosas: si Picasso levantase la cabeza y viera los pulpos que de Hory quiere hacer pasar por manos, lo habría denunciado no por fraude, sino por calumnia. Bien. Si uno, que no es un experto, se da cuenta de esas pifias, no cree que no se dieran cuenta los conservadores, galeristas y directores de los museos. Es probable que haya alguna falsificación suya, pongamos por caso, en Barranquilla o en Astorga. Ahora, duda uno mucho que las encontremos en el Quai d’Orsay. Y bastaría para saber si son o no falsos no tanto con mirar las pinturas, sino la gente que rodea al autor en las fotos de época donde aparece, nigromantes y echadoras de cartas, playboys, cortesanas y petrolistas, en fin, el público al que suelen recurrir los directores de los museos serios cuando tratan de dilucidar autorías dudosas. 

Y claro que los grandes pintores pueden pintar de vez en cuando un cuadro suyo fallido (que son los que plagiaba de Hory, especializado en eso, en falsificar todo aquello que los maestros habrían desechado de sí mismos), pero no se conoce ni una sola obra maestra de Hory, ni propia ni atribuida a otro, porque lo verdaderamente original no se puede plagiar; se plagia el estilo, el envoltorio, pero el sentimiento es el adn de una obra. La exposición de Elmyr de Hory es una de las más tristes que hayamos visto, y no sólo porque se siga abusando de la buena fe de los incautos. Lo peor es que con ella se trata de alimentar “el resentimiento de las masas” hacia lo original, sembrando la duda de que todo puede ser falso o, al revés, que no hay nada verdadero y genuino en este mundo. Ha salido uno de allí, sí, un poco irritado, pero no con el pintor, sino con uno mismo: al fin y al cabo nos hemos dejado arrastrar a una barraca de feria, en la que hemos visto un drama: el de alguien que no se contentó con empezar de cero, como aquellos a los que falsificó. Buscaba los aplausos, (¡y de qué publico!), no el arte, pero la posteridad también ha sido cruel con él: hoy sabemos que Van Gogh, a quien Hory trató de plagiar su muerte también, no se suicidó. ¿Qué le queda entonces? Una pobre barraca de feria y el elogio de las masas.
       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de marzo de 2013]

3 de marzo de 2013

Con solo un juguete

"COMO el niño pobre es feliz con solo un juguete", leemos en el Diario de un poeta recién casado. Y sentimos también juguete solo la vida, nuestra felicidad de cristal, "un poco basto, como de botella, pero cristal al fin".




2 de marzo de 2013

2 de marzo de 2013

El bollo ideal

QUISO la fortuna alegrarnos la lectura del krausiano Ideal de la Humanidad para la vida del benemérito don Julián Sanz del Río, que tan importante fue para la formación estética de JR y a quien este correspondió incorporándole en su Españoles de tres mundos, quiso la fortuna, decía, poner una mariposa sobre la página en forma de una de las erratas más graciosas que recordamos: "¡Con qué marcado carácter no se opone el arte europeo al asiático, tanto el arte interno como el arte del bollo ideal y el armónico, así en el todo como en los géneros particulares!" ("Caracteres artísticos", Segunda parte, sec. 97). Pues qué duda cabe que si algo podría ser bello es el arte del bollo, y no digamos si ese bollo es el bollo ideal.
Por cierto: el Drae nada dice de bollo como concierto sexual, pero sí, en cambio, de bollera, "despect. vulg. lesbiana". L*s de la Academia son rarísimos: en bollera puede haber desprecio, desde luego (aunque podría no ser así, si una lesbiana, por ejemplo, se lo dice a otra familiar, cariñosamente, como a veces hemos oído), pero ¿por qué no recoger esa acepción de bollo en la que nada hay de despectivo, y sin la cual no se entiende lo de bollera?


El Rastro, 13 de marzo de 2011


1 de marzo de 2013

Confidencias de papel

TUVO lugar ayer en Mapfre una conversación entre Jesús Marchamalo, ideador del ciclo, y yo, a propósito de los libros en general y de los de mi biblioteca en particular, bajo el título que quise darle a nuestro encuentro: "Libros buenos, bonitos y baratos".
Decía Unamuno en su misterioso poema del armador de casas rústicas, o sea, el Cristo, que todo fue bien "hasta que al fin cayeron en un libro / ¡ay desgracia del alma!". Hablaba de sus parábolas y palabras mágicas, dando a entender con ello Unamuno que el libro es una desgracia en sí, necesaria sin duda, pero desgracia. En no otra cosa estaba pensando JRJ cuando dijo claramente: "No libro, obra". O sea, alcanzar aquel evolucionado estado de naturaleza –animal de fondo– al que nos llevase el cultivo, no la cultura.
Quienes le hayan oído o leído a uno algo sabrán qué pienso de esto. A saber, que cada día me gustan menos los libros, incluyo los míos, y que de los ajenos estas dos cosas son para mí una norma: "Libro que no has de leer, déjalo correr" y "Los libros que pueden cambiar nuestra vida, se venden en los kioscos y cuestan doscientas pesetas" (convertir a euros). En lo demás, JRJ, como siempre, puede marcar la pauta, aunque algunas de las afirmaciones que se reproducen a continuación podrían matizarse:

"Los que tienen bibliotecas numerosísimas y presumen de leerlo todo, mienten. Tienen sólo una cultura superficial, de índice, de mariposeo. Con lo que hay que hacer en el día –leer, escribir, correjir, pensar, poner en limpio, estudiar idiomas, visitas a un museo, a un concierto, a una mujer, a un amigo, comer, bañarse, pasear algo, dormir– no hay tiempo para leer sino bien pocos libros".

"Para leer muchos libros, comprar pocos".

"En edición diferente los libros dicen cosa distinta".

"Ninguna edición de lujo, nada de príncipes, ni de ediciones de filólogos. Cada libro, sin notas, en la edición más clara y más sencilla.
La perfección formal del libro. El libro no es cosa de lujo... Eso es para los que no leen. Material escelente, seriedad y sobriedad".

"Bien presentado, lo bueno es mejor, lo malo, peor. Absténgase el descuidado de ediciones lujosas".

"La obra debe corresponder a su plena presentación. Si una obra impresa bellamente no corresponde a su forma impresa, si no se sostiene en ella, ni deshace su forma (Pío Baroja, Antonio Machado, Azorín), no es plena"...

"Detesto y me parece cosa de tontos eso de las “primeras ediciones”. No me cuidaría nunca de buscarlas. A mí las que me interesan son las “últimas”, las “definitivas”.

"Una señora norteamericana, militara, caballista, nadadora, me dice con enerjía que cómo, sin haber leído tal libro del autor de Los cuatro jinetes del Apocalipsis –cualquiera de ellos, pues para el caso es lo mismo– podía decir que no tenía valor poético ni literario.
Le dije: Por su emanación.
Como todas las cosas del mundo, los libros emanan su sustancia y no hay que leerlos para valorarlos, a veces, cuando se tienen los sentidos aptos para la emanación estética. La disposición de la caja, la cubierta, el título, el tamaño de las palabras, etc., todo unido representa, súbitamente, su valor.
–Pero... no le negará usted cierto valor...
El valor... relativo no tiene ya en nuestra época, tan lleno de cascotes literarios de todas clases, sentido alguno.
–Pero, lea usted, lea usted los periódicos...
La idiotez de los periódicos se manifiesta especialmente a la muerte de los hombres y las mujeres más o menos famosos. En la muerte de este autor los periódicos han escrito otra novela tan Villa Fontana Rosa, tan cursi, tan vacía, como todas las suyas".

JRJ a Ricardo Gullón: “Darío, inculto de libros, era de una receptividad extraordinaria. No leía; le bastaba oler los libros, y el olor le daba sugestiones, sugerencias”.

"Hacer libros. Una dicha equivalente a los amores de la adolescencia, en las tardes de campo, a la lírica estrellación de las noches de verano. Hacer libros... Si yo me quedara pobre del todo alguna vez, sería —con mi misma alma— rejente de imprenta con baño, o contador de papel blanco, o encuadernador. Así podría soñar hasta con las manos, todo el día, en un taller que tuviera grandes ventanas al cielo y mucho papel blanco y letras latinas... Sobre todo letras latinas. Esas erres, esas os, esas jes maravillosas... sobre el papel blanco, blanco... ¡Trabajo dulce, cotidiano!".

"El tipo de letra –tipografía– no es más que un soporte de la palabra. Todo lo que sea adobarla es distraerla. España, tipos claros; ingleses, elzevirianos. Ortega, tipos alemanes, redondos, pesados, cuadrados".

“Quise renovar la tradición elzeviriana de Ibarra”, le dirá años después a Ricardo Gullón; “para oponer a la plaquette francesa, que entonces estaba introduciéndose, busqué en varias imprentas matrices como las de Ibarra e impuse su uso”.

“No importa mucho tener la obra literaria de los otros en ediciones modestas aunque serias, sencillas, claras, que no sean las mejores materialmente consideradas; puesto que estas ediciones pueden existir hechas por otros en otras partes. Lo esencial en este asunto gráfico es que cada uno haga la mejor edición posible, nunca lujosa, de la obra ajena o de la propia; y pensar que si no nos es dado hacerla a nosotros, nadie la haría como nosotros”.

“Bueno es dejar un libro grande a medio leer, sobre algún banco, lo grande que termina; y hay que darle una lección al que lo quiere terminar, al que pretende que lo terminemos. Grande es lo breve, y si queremos ser y parecer más grandes, unámonos sólo con amor, no cantidad”. 

“Malditos los que, en lo futuro, hagan de mi obra unos libros feos, sucios o recargados, superficialmente lujosos; los que no respeten mi orden y mi selección, los que los alteren en una coma voluntaria (…) ¡Maldito editor del futuro que editará mi obra feamente!”.


"TARJETA EN LA PRIMAVERA DE UN AMIGO BIBLIÓFILO. ¿Brentano's? ¿Scribner's? ¡Horror! No muchos tantos libros. Muchos –¿dónde? un libro".

Las Viñas. Esperando el librero de viejo. 31 de agosto de 2008