26 de agosto de 2013

La idea precisamente

CUANDO personas como yo, rudimentarias y cándidas, empiezan a prestarle atención a los informes del FMI es porque la cosa es mucho más grave de lo que aseguran los del FMI. Nos pasamos el día oyendo: “Esto es una vergüenza, son todos unos ladrones, aquí se va a armar gorda”. Hemos leído: “Se han perdido 37.000 millones de euros prestados a la banca”; y también: “Hay que bajar un 10% los sueldos”, y la gente como yo se pregunta, ¿pero cómo que se han perdido 37.000 millones; cómo que se creará empleo desactivando el consumo?

Este punto es en el que suelen aparecer las sirenas, con sus famosos cantos, principalmente entre los jóvenes. Podemos pensar que ninguna revolución es recomendable, porque las que ha habido fracasaron, pero los jóvenes, no; ellos, en todas las épocas, creen que la suya será la buena. La esencia de las revoluciones es siempre unos bonitos ríos de sangre. Sin sangre, sin cabezas en un cesto, no hay revolución. Los del FMI, conservadores por naturaleza, no han contemplado en sus informes y previsiones el factor humano, imprevisible. Si lo que el FMI previó en 2008 para 2013 ha resultado mucho peor, ¿por qué en 2018 estaremos mejor, como vaticinan?

Al tiempo que se nos comunicaba que “se han perdido” 37.000 millones, leíamos que un banco español ha ganado en el primer trimestre de 2013 tanto como en todo 2012. Y uno, al que se le ha ido poniendo cara de tonto, se pregunta: ¿No será que se prestaron esos 37.000 millones a los bancos “malos” para que estos devolvieran sus créditos al banco “listo”? ¿No tendrá que ver con los recortes el hecho de que las grandes empresas, que han ganado en 2013 un 50 % más que en 2012, hayan dejado de pagar en impuestos miles de millones de euros?

Como estos problemas nos desbordan, los crédulos miramos esperanzados al capitán del barco, por si nos libra del naufragio. Pero aquel, llevándolo contra los acantilados, dice sin dejar de fumar su habano: “Puse mi confianza en un delincuente”. Supongamos que nueve de cada diez españoles se equivocan creyendo que el Presidente del Gobierno fue cómplice de su contable y no su víctima, pero ¿por qué van a creer ahora que a quien se dejó engañar y robar durante años no lo están engañando y robando ahora? Quiero decir, que antes le robaban a él, pero ahora puede que nos estén robando a nosotros, o sea que si no se ha querido marchar por corrupto acaso tenga que hacerlo por incompetente. Pedro Luis de Gálvez fue un crápula y un bellaco, pero autor de sonetos memorables. En uno de ellos escribió algo que debería hacerles pensar a los políticos, banqueros, funcionarios del FMI y cuantos no tienen en cuenta el factor humano: “Cuando envuelto en las sábanas de finísimo lino / descansas, en la noche, de tu leve jornada, / en la piedra más dura de tu propio palacio, / lentamente, sin ruido, despacio, ¡muy despacio!, / el pueblo, que no duerme, saca filo a la espada...”. Los viejos ven con escepticismo las revoluciones. Ahora, resultará difícil quitarles de la cabeza a los jóvenes esa idea, porque políticos, banqueros y demás es lo único que no han podido robarles todavía: precisamente la idea.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de agosto de 2013]

19 de agosto de 2013

La Joven Guardia Roja

QUE hayan pasado cuarenta años desde que formé parte de la Joven Guardia Roja no quita para que siga uno abochornado por aquel desatino. Afortunadamente nuestra Joven Guardia Roja apenas la formábamos unas docenas de descerebrad*s en la clandestinidad y en un territorio, Valladolid, poco sensible a los encantos de Lenin, Stalin y Mao, nuestros timoneles, grandes humanistas. No saben ustedes de lo que se libraron. Imaginen a un chimpancé con el mando de los misiles nucleares. Eso es lo que habría ocurrido si nos hubiésemos hecho con el poder. 

Entenderán entonces que haya leído con avidez, consternación y remordimientos de todo tipo un libro apasionante que seguramente ustedes ya conocen, porque lleva siendo un best seller desde hace quince años, Cisnes salvajes, de Jung Chang, hija de altos funcionarios comunistas caídos en desgracia que relata la fascinante saga de su familia, con especial hincapié en la Revolución Cultural. Fíjense si esta fue revolucionaria que les bastó seguir al pie de la letra la consigna de Mao (“Cuantos más libros lees, más estúpido te vuelves”), para destruir en una década el noventa por ciento del patrimonio histórico chino conservado hasta entonces, templos, manuscritos, muebles, pinturas, porcelanas... Como algo así sólo puede llevarse a cabo con buen rollo, se encomendó la escabechina a muchachos de  entre quince y veinticinco años. L*s guardias rojos tuvieron además todo el tiempo del mundo para sus sevicias y asesinatos porque como a Mao le disgustaban los exámenes, durante diez años se suprimieron de escuelas, institutos y universidades, lo cual tampoco fue grave porque la señora de Mao lo había dejado claro: “Queremos obreros analfabetos y no cultivados aristócratas espirituales”. Resultado: tres millones de intelectuales y dirigentes purgados y torturados en autos de fe delirantes y decenas de miles de muertos. Pasado el tiempo la juzgaron a ella como capitana de “la banda de los cuatro”, pero al retrato de Mao, verdadero capo de gánsteres, áun se le rinde culto en la Plaza de Tian’anmen.

Cisnes salvajes ha sido publicado en todas partes menos en China, donde sigue prohibido, pero no le ha impedido a su autora, residente en Inglaterra, viajar un par de veces al año a Sichuan para ver a su madre. En uno de esos viajes, cuenta en un epílogo de 2004, se cruzó con el hombre que persiguió, torturó y martirizó durante la Revolución Cultural a su familia. Se ufanaba mostrando a alguien las fotos de su colección de coches de lujo con  la jactancia del nuevo rico. Jung Chang siguió ese día su camino, porque  sin olvido no es posible la vida, pero, en otro orden de cosas,  uno no ha podido hacer lo mismo. En 2004 la Editora Nacional China, dependiente, como todo allí, del Partido Comunista Chino, le dio a una novela mía publicada en Pekín un premio internacional. Me dijeron que era importante, pero me encogí de hombros y no quise ir  a recogerlo. Después de leer el libro de Chang pienso que tendría que haber estado uno con más reflejos y haberles dicho que mejor se lo daban a otro. Si supiera a quién, les devolvería la placa, una placa que tiene su aquel, pues la Embajada de España en China, encargada de hacérmela llegar, nunca me la entregó, y me la encontré un día en el Rastro. Pero esta es otra historia.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 18 de agosto de 2013]

12 de agosto de 2013

Micro, macro (y 2)

SE hablaba aquí la semana pasada de dos de los mejores “fotógrafos” actuales, ambos robots, enviado uno por la Nasa a pasearse por Marte y el otro por Google Street a recorrer la tierra. Mario Castro y Jan Rafman miraron por y para nosotros en las fotos que esas dos máquinas  fueron haciendo de una manera tan mecánica como azarosa, y  los resultados, prodigiosos,  nos fascinaron, acaso porque su mirada llegó a donde no había llegado antes no ya el ojo sino el corazón humano.

Que nos hallamos en un cambio de era es algo que a estas alturas todo el mundo percibe de una manera neta, incontestable. De ello parecen levantar acta cada día los millones de móviles con los que se hacen millones de instantáneas que se circulan al minuto por la red. Hace ya tiempo Joaquín Sabina confesaba con infinita melancolía cómo habían cambiado su vida los móviles: ya no puede salir a la calle ni sentarse tranquilamente en un café, lo que más le gustaba, acuciado por quienes quieren retratarse junto a él. Se diría, sí, que estamos llegando a un punto en el que la realidad, tan rodada y esquiva, ha encontrado el modo de parecer eterna. O dicho de otro modo, y con palabras de Quevedo: “sólo lo fugitivo permanece y dura”.

¿Y esto es bueno o es malo? No es ni bueno ni malo: es sólo inevitable. Es bueno, porque tendremos recuerdos donde sólo habría olvido, y malo, porque un exceso de memoria colapsará la vida. Gracias a los móviles hemos sabido lo que ocurrió durante los últimos sanfermines: se hizo visible al fin uno de los cientos de acosos sexuales a las mujeres que acuden a esa fiesta que ha glorificado como pocas la desmesura del vino, de la temeridad y de la testosterona. No es el propósito de este artículo dilucidar si es justo que los impuestos de todos sufraguen la Seguridad Social de aquellos que son corneados en los encierros (por cierto, dos ideas:  el problema de las aglomeraciones en ellos se paliaría, en primer lugar, si se hiciera saber que los gastos sanitarios de los heridos correrían a cargo de estos y, en segundo, que se impondrán multas cuantiosas a aquellos que se dejen coger por un toro o se caigan o se golpeen, por idiotas, multas que se duplicarían para los extranjeros y que se triplicarían si concurre el agravante de haber descubierto los sanfermines leyendo a Hemingway). Tampoco es propósito de este escrito tratar el vergonzoso asunto de los acosos sexuales, la mayor parte impunes (no sabemos que la policía, que también pagamos todos, haya tratado hasta hoy de identificar a quienes manosearon de un modo bochornoso y salvaje a esa muchacha cuya foto ha dado la vuelta al mundo y que no por ebria dejó de tener en ningún momento el derecho a ser tratada con dignidad). Ni siquiera el tema de este artículo ha sido el de la fotografía. No, de lo que aquí se ha hablado es de cómo la nueva era ha hecho de todos y cada uno de nosotros, en la medida que llevamos un móvil en la mano, un pequeño Gran Hermano. Y que los mismos móviles que acosan al amigo Sabina son los que han sacado a la luz el acoso de esa chica, y que los robots que retrataron la Tierra o las desasosegantes escenas que se cuelan en Google Street han vuelto a humanizarnos.
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de agosto de 2013]

4 de agosto de 2013

Micro, macro (1)


ESTO es, como acaso sepan ya los lectores de esta página por haberlo leído aquí en otras ocasiones, lo que le dijo cierto pastor soriano a don Francisco Giner: “Todo lo sabemos entre todos”. A Giner no se le olvidó la melodía que venía con tales palabras: la verdad es cosa de muchos, y malo de aquel o de aquellos que creen tener toda la verdad, porque una verdad que no es para todos acaba siendo una verdad contra alguien.

Hace unos meses le oímos decir a Mario Castro que uno de los mejores fotógrafos actuales y acaso de todos los tiempos es el Curiosity, ese robot que anda suelto por Marte haciendo panorámicas, algunas de una belleza sobrecogedora, y retratando rocas. Mario Castro, jovencísimo fotógrafo él mismo, ha hecho con las fotos del Curiosity un laborioso y paciente trabajo de monje, montándolas y limpiándolas de impurezas hasta convertirlas en algo único. De todas llama la atención una, a la que puede dársele por una vez, sin ser hiperbólico, el nombre de histórica. Imaginen una foto de dos metros de ancho por dos de alto. En la parte de abajo, curvo, el horizonte marciano, y sobre él la inmensa noche, la noche universal, compacta, de una oscuridad impenetrable. Fue la primera vez que se retrató a la Tierra desde Marte, la primera en que la Tierra aparece exenta, flotando... pero la Tierra apenas se ve, es necesario acercarse mucho para descubrirla en algo que apenas es una cuarta parte de la cabeza de un alfiler. Está sola, en medio del espacio, sin estrellas ni satélites al lado, suspendida e ingrávida. Sobrecoge. No es necesario ser un poeta para sentir, viéndola en tan gran soledad, nuestra insignificancia: en esa pequeñez, nos decimos, caben todos nuestros afanes, alegrías y desdichas, nuestro temores y esperanzas apenas son, en la foto, una mota de polvo, somos menos que una mota de polvo... No, no es necesario ser poeta para verlo, pero si se es, mejor: "en este oscuro / grano de arena al cual Tierra llamamos", había dicho Leopardi.

Al tiempo que el Curiosity mira el cosmos, otro robot, el de Google Street recorre las calles del mundo, y del mismo modo que el Curiosity tuvo a Castro, el de Google Street tiene detrás a otro fotógrafo paciente, Jon Rafman, quien, sin apartar sus ojos del ordenador ni salir de su casa, nos devuelve una realidad imperceptible a simple vista. Como saben, Google soltó también su robot vagabundo y le puso a andorrear por nuestras ciudades y campos. Rafman escudriña desde hace años para nosotros en esos millones de instantáneas escenas fascinantes e inadvertidos protagonistas: mendigos, delincuentes, enamorados, solitarios. Búsquenlo en internet, resulta prodigioso: siempre hay más realidad de la que vemos, por lo mismo que cuando nos alejamos a la distancia oportuna, toda la realidad posible apenas impresiona.

Y en esto andábamos, del macrocosmos al microcosmos, cuando vinieron a sacarnos de nuestro ensimismamiento otras fotografías. Las habían hecho cientos de espontáneos al mismo tiempo sobre el mismo tema.  Sucedió en los últimos sanfermines (“últimos” es sólo una manera de hablar, no hay que hacerse ilusiones).
Acaso no podamos darnos el nombre de fotógrafos, pero desde la irrupción de los móviles en nuestras vidas, cada instante fugaz viene también con su semilla de tiempo perdurable. (Continuará
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de agosto de 2013]