31 de octubre de 2013

¿Pocos?

"LA lectura de un verdadero poema (hay tan pocos) es una experiencia tremenda, de una plenitud sin igual...", etc. leemos en la página 513 de este nuevo cuaderno de notas, El tiempo en los brazos, de Tomás Segovia, del que se hablaba aquí ayer.
¿Pocos? No parece que los verdaderos poemas sean pocos, ni muchos. Podríamos decir incluso que son más de los que cada uno va a poder leer a lo largo de su vida, por lo mismo que a lo largo de la vida, y ay si no es así, vamos a ir descubriendo verdaderos poemas nuevos, o desconocidos hasta ese momento para nosotros. Homero escribió lo suyo sin conocer a Virgilio u Horacio. Con ser contemporáneos es poco probable que Cervantes leyera a Shakespeare, y estos escribieron sin haber podido leer a Dickens, a Tolstoi o a Leopardi, que a su vez... etcétera.
Así que los verdaderos poemas no son algo que puedan ser contabilizados; más bien tendría que ver con cada cual. Cada lector verdadero encuentra su verdadero poema cuando lo necesita, si está atento. Sería mejor decir que poemas verdaderos hay los justos, ni pocos ni muchos, ni más ni menos, los que ese lector atento busca, unas veces en las eminencias de la Historia de la Poesía y otras en sus arrabales, ignotos y apartados de la mirada de las gentes, tan verdaderos aquellos como estos. (Por no referirnos al hecho en absoluto infrecuente de creer "verdadero poema" algo que a la vuelta de la esquina se reveló como un fruto pasajero de la época, tal y como vemos que ocurrió con la obra de Rafael, estimada en el siglo XIX por encima de la de ningún otro pintor conocido hasta entonces). Y por eso podemos asegurar es la verdad que buscamos en nosotros la que nos irá señalando la verdad de los otros, y la de estos la nuestra. 

El Rastro, 28 de julio de 2013



30 de octubre de 2013

Gato y perro (envidiable fortuna)

EN El tiempo en los brazos, de Tomás Segovia, unos diarios que tienen mucho de carnets literarios ("cuadernos de notas" los llama él), recién publicados por la Editorial Pre-Textos, leemos, entre otros fragmentos de difícil catalogación (ensayos de altos vuelos lacanianos, divagaciones profesorales o apuntes intelectuales –de filosofía, filología, política–, no siempre hospitalarios pese a su inteligencia, y, para lectores acaso más vagabundos, como yo, páginas memorables en las que habla de un viaje a Roma y Nápoles, de la memoria o de cualquier pequeña observación substanciada en poesía), entre todas ellas, decía, este, escrito en 1997, sobre la vida literaria (famoso oxímoron). El fragmento puede dar la idea, falsa, de alguien preocupado por esa sociedad o resentido con ella, pero nadie que conociese a Tomás Segovia o lea estos cuadernos podría creerlo así.

"La sociedad literaria me parece últimamente de un grotesco que apenas puede creerse. Pero también en mi juventud conocía perfectamente el aspecto grotesco de esta triste sociedad. La diferencia está en que entonces yo podía burlarme sanamente de esa lamentable condición porque estaba seguro de que el medio donde me burlaba todo el mundo compartía esas burlas o por lo menos las entendía. Ahora en cambio mis burlas se quedan un poco heladas porque algunos de los más grotescos peleles literarios son antiguos compañeros de letras, amigos míos, gente con la que he compartido cosas más o menos importantes. Una de las más envidiables fortunas de un joven escritor es que entre sus cuates no hay ningún premio Nobel ni premio Cervantes ni premio Nacional de nada". 

Va también la fotografía prometida ayer, que se aviene bien con una persona que tenía, como T.S., tanto de gato como de perro.

Foto de Rafael Trapiello, 27 de octubre de 2013

29 de octubre de 2013

¿Qué tienen los asnos que tanto nos gusta?

¿QUÉ tienen los asnos que tanto nos gusta? ¿Su resignación, su querencia, la mirada, tan humana, que posan sobre cosas y personas con curiosidad y temor? ¿El ánimo con que parecen llevarlo y sobrellevarlo todo, que no parecen sino emperadores destronados? No hay animales en la creación tan próximos a nosotros, ni los grandes simios. Parecen aceptarlo todo de buen grado, incluso aquellos que teniendo la mala suerte de dar con un mal amo se llevan más palos que pienso.
Ayer anduvieron ellos con unos amigos por tierras segovianas, de donde se trajo él sendas fotografías, y digo sendas porque son bonísimas ambas. Va hoy aquí la primera, sin más comento.

Fotografía de Rafael Trapiello, 27 de octubre de 2013

28 de octubre de 2013

De qué estamos hablando (1)


CUANDO Machado  escribió aquel proverbio memorable, “se miente más de la cuenta por falta de fantasía: también la verdad se inventa”, no estaba pensando en los nacionalismos. Tampoco en la llamada memoria histórica capaz de recordar lo que ni siquiera ocurrió. Hablaba de cómo una mentira repetida un par de veces con suficiente convicción, desde el lugar adecuado y por persona señalada, basta para que acabe pasando por verdad. Hace veinte años se le dio a Las armas y las letras un premio que contribuyó a que su autor  empezara a escribir en este Magazine. Entre los miembros de aquel jurado figuraba Martín de Riquer, que fue, según me contaron entonces, quien más lo defendió. Cuando le di las gracias en la entrega del premio, la única vez que le vi, me preguntó: “¿Por qué hemos tardado tanto en leer las cosas que usted cuenta? Lo más grave es que muchas incluso las conocíamos o las sospechábamos”.

En aquel libro y todas las veces que he podido, ha dicho uno que acaso el mejor editor español del siglo XX fue José Janés. Hizo de su editorial un modelo literario y tipográfico. Algunos saltaron alarmados: “¿Qué se está insinuando? ¿Que el franquismo propició la libertad de expresión y la cultura? ¿Es que nadie va a hacer callar a estos fascistas?”. No había dicho en absoluto eso, pero conocemos la maña que se da el Santo Oficio para enredar sus procesos. Lo que uno había dicho exactamente es esto: sí, a pesar de la censura y el Régimen, Janés había hecho por la literatura y la tipografía españolas más de lo que había podido hacerse en España hasta entonces. Y así podrá constatarlo quien se acerque al libro de Josep Mengual A dos tintas (Josep Janés, poeta y editor) que acaba de publicarse. Nadie duda hoy de que algunos de los mejores poetas y escritores del siglo XX fueron Claudio Rodríguez o Gil de Biedma, Cunqueiro o Pla.Todos ellos publicaron sus obras, con o sin censura, durante el franquismo. Incluso las de quienes tuvieron que sortearla en alguna ocasión o publicarse fuera, como algunas de Blas de Otero o Juan Marsé, no son especialmente significativas comparadas con las que ellos publicaron en aquella España franquista.

Esto no era un erial, por suerte para todos. La lista de lo que fue posible entonces es larga, y acaba con la idea de dos Españas, buena la del exilio o la de cierta gauche más o menos caviar, y casposa cualquier otra que no fuese una de esas. Y gracias a que España no fue la que algunos decían, mintiendo, el país llegó a 1975 lo bastante cultivado por gentes como Janés o Vergés o Lara (oh, sí, Lara, para el que trabajaron sabios como Riquer, Pujol o Valverde, que no fueron ni siquiera compañeros de viaje) para acometer una transición modélica. La idea se recoge también en un artículo reciente del NYTimes. Quizá, cuando lo vean escrito en inglés los oficiales del Santo Oficio empiecen a pensar complejamente el mundo. En España nos resistimos a juzgar el franquismo, se nos dice, y es verdad. Debería juzgarse a Billy el Niño, cierto, pero no sin explicar cómo fueron posibles junto a este policía siniestro y a pesar del franquismo empresas tan nobles como las de Janés o trabajos como el del fotógrafo Català Roca. (Continuará).
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 27 de octubre de 2013]

27 de octubre de 2013

Díjele, aforismos

“DÍJELE que me la dijese, y él, sin dejar la risa, dijo”, es una de tantas frases del Quijote por las que, supongo, empezaron a circular la especie de que Cervantes estilaba mal. Los críticos modernos lo piensan también, pero no tienen arrestos de salir a la palestra a decirlo, cosa que también nos impide a  nosotros dejar la risa.
* * *
ESE poso de melancolía que deja la felicidad no lo produce el temor a perderla, sino el haberla alcanzado, arrebatándonos la ilusión que vino con nosotros mientras la buscábamos.
* * * 
¿Y por qué ciertas asociaciones oficiales de política paritaria y de estudios de género no son paritarias?

Santander, 20 de octubre de 2013


26 de octubre de 2013

Sucesión

PARECE, y digo parece porque no es uno quien ha encontrado esta cita en la Crítica del Juicio sino quien anda ahora labrando en ella, parece, decía, que cuando JRJ tituló a una de sus revistas Sucesión y habló tantas veces del "hombre sucesivo", podría estar hablando de lo que el filósofo de Königsberg apuntó: Sucesión, referida a un precedente, que no imitación, es la expresión exacta para todo influjo que los productos de un creador ejemplar pueden tener sobre otros, lo cual vale tanto como decir: beber en la misma fuente en que aquel mismo bebió y aprender de su predecesor sólo el modo de comportarse en ello.” Quiere ello decir que cuando hablamos de tradición o tradiciones estamos refiriéndonos no a imitación de un modelo pasado, de cualquier modelo y de cualquier pasado, sino al desarrollo sólo de los maestros ejemplares.
JRJ confesó que él podía leer por sugestión, emanación, perfume o espionaje, mirando de lejos el libro, sin tocarlo. Ahora, llegar a esa cita de la Crítica del Juicio por cualquiera de esos métodos, está al alcance sólo de unos pocos virtuosos como nuestro admirable poeta.


25 de octubre de 2013

El milagro del sol

SE publicaba ayer en la Cuarta de El País este artículo, modesta contribución a los escritos de quienes (desde el Jiménez Losantos de un temprano Lo que queda de España (1979) a Arcadi Espada, Félix Ovejero, Félix de Azúa, Aurelio Arteta, Fransec de Carreras,  Jon Juaristi, Fernando Savater, Manuel Cruz, Jordi Gracia, Javier Cercas, Enric González y otros happy few) llevan años advirtiéndonos del "milagro nacionalista" que ha puesto a personas y haciendas a girar vertiginosamente, llevándolo todo raso.
* * *
El milagro del sol, anunciado por Nuestra Señora de Fátima en varias ocasiones, fue un acontecimiento extraordinario que tuvo lugar el 13 de octubre de 1917 en la campiña de Cova da Iria, cerca de Fátima, Portugal, atestiguado por entre treinta y cuarentaicinco mil testigos, según Avelino Almeida, que escribía para el periódico portugués O’Século, y un máximo de cien mil, estimados por el Dr. Joseph Garrett, profesor de la Universidad de Ciencias Naturales de Coimbra, ambos presentes ese día. Según varias declaraciones de testigos, después de una llovizna, se despejó el cielo y el sol lució como un disco opaco que giraba en el cielo, oscilando en dirección a la tierra trazando un patrón de zig-zag  (…) Atemorizadas, algunas personas que observaban esto creyeron llegado el fin del mundo. Los testigos aseguraron también que el suelo y sus ropas, que habían estado mojados por la lluvia, se habían secado completamente. (…) El fenómeno tampoco estuvo supeditado al tiempo y el espacio, ya que el papa Pío XII vio el milagro del sol treinta y siete años después, en 1950 y desde los jardines del Vaticano, como confirmación del Cielo en un momento decisivo en el cual él iba a proclamar un dogma ex cátedra”.
Con el respeto debido a las personas que creyeron y creen aún en el carácter sobrenatural de aquel fenómeno, hay algo en todo él que recuerda a lo que está sucediendo ahora en Cataluña: millones de personas (de errática cuantificación también) parecen estarse allí viendo girar el sol, un sol catalán desde luego, que amenaza con caer sobre el resto de España, aniquilándola al tiempo que aniquilándose, por aquello que recordaba Sancho Panza: “si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro”.
Como entonces, doctores de reputadas universidades han encontrado bases científicas para acreditar el nacionalismo y  un número indeterminado de intelectuales y artistas han desenterrado también razones emocionales con las que hormigonar al pueblo, así  como una legión de publicistas que difunden unas y otras, resumidas en el hoy célebre “derecho a decidir” como dogma igualmente ex cátedra.
Sobre la legitimidad o ilegitimidad de este derecho ha habido en este periódico sobradas opiniones de personas mucho más cualificadas que uno, de modo que podemos dejarlo de momento a un lado, no sin declarar de paso el pálpito de todos aquellos corazones que sin ser catalanes aseguran tener también el mismo derecho a decidir en ese asunto.
Otra de las similitudes de lo que está ocurriendo con aquel “milagro del sol” la tenemos en lo que se conoce como la espiral de los acontecimientos: estos no sólo avanzan girando sobre sí mismos, sino que se aceleran a medida que se aproximan al centro u ombligo, arrastrando a él y devorando todo cuanto alcanzan a su paso, instituciones, protocolos, constituciones, tratados, ideas, personas, dando lugar a nuevos acontecimientos. Acaso por eso se ha dicho con razón que las aspiraciones que parecían inalcanzables y utópicas hace sólo cuatro años, se han devaluado a mayor velocidad que el marco alemán de entreguerras, y así los mismos nacionalistas que hace cuatro años suspiraban por las cebollas de Egipto de un concierto fiscal o una solución federal para sus aspiraciones de autogobierno, hoy, impulsados por el viento de los ventiladores que ellos mismos han pagado y colocado en su popa, los reputan de despreciables cantos de sirena y los desdeñan.
Así es como se ha llegado,  formando parte de la misma sugestión, a creer que el “derecho a decidir” es ya una independencia “in pectore”, dando por hecho y fuera del orden natural de las cosas que no será aceptado ningún otro resultado que el de la independencia, toda vez que ese derecho sólo podrán ejercerlo los catalanes, a ser posible independentistas  (el recuerdo de los referéndums secesionistas canadienses perdidos o la suspensión de la autonomía del Ulster planea sin embargo sobre la realidad como la corneja que ensombreció al Cid con sus malos agüeros).
Que esa ficción es legítima, en tanto que ficción, no le cabe la menor duda a nadie. Pero resulta extraño, al menos para uno, la poca previsión o el fingir que más allá del derecho a decidir, el pueblo catalán (no vamos a entrar ahora en el peliagudo asunto ese de definir quién o qué es pueblo y quién o qué es catalán) hallará tras el proceso independentista un amanecer radiante (casi falangista, estamos tentados de decir), un sol que habrá dejado de girar iluminando al pueblo elegido como jamás lo había hecho antes en parte alguna.
Sea, concedamos: Cataluña ha decidido ya, como no podía ser de otro modo, su independencia. Donde exista un plan B, que se que se quite el A. Lo ha logrado prodigiosamente al margen de la legalidad constitucional y los tratados de la Unión, que se rendirán como ante milagro, rodilla en tierra. Concedamos también que el resto de los españoles, muchos de los cuales se sentirán expoliados, lo aceptan impávidos y sin resentimiento (y en el mejor de los escenarios posibles: nada de boicot a los productos catalanes, el Barça jugando la liga española y puestos fronterizos, los imprescindibles). Claro que habrá algunos pequeños inconvenientes. ¿En qué gran proceso no los ha habido? El primero, el de la nacionalidad. Algunos nacionalistas hablan ya de conceder doble nacionalidad a quienes no quieran perder la española, pero no se ha dicho nada de aquellos que se resistan a tener la catalana (habrá que persuadirlos) ni de aquellos otros que, viviendo fuera de Cataluña, quieran ser catalanes (con derecho a voto; a estos en cambio convendría persuadirlos de lo contrario, o sea disuadirlos). La moneda:  se le dará un nombre apropiado y significativo y será una moneda fuerte, pese a las reticencias de algunos mercados (habrá que persuadirlos).  La lengua, asunto para entonces casi irrelevante: el catalán será la oficial, y el castellano, en la intimidad. Lo del ejército parece solventado: como Suiza, algo simbólico, tal vez unas docenas de guardias para el Vaticano (después de la canonización de los quinientos mártires de la Cruzada, “en su mayor parte catalanes”, como recordó una de las autoridades catalanas asistentes al acto, las relaciones con el Vaticano son inmejorables). La salida de la Guardia Civil, policía y diferentes funcionarios del Estado del territorio catalán creará una pequeña inflación en el funcionariado catalán, que se corregirá sin duda en poco tiempo. Financiación de la deuda: el carácter pacífico, ejemplar y milagroso del proceso habrá generado una gran confianza en todos los mercados, que acudirán jubilosos en masa, paliando así el grave problema del paro del período preindependentista, ocasionado por el cerrilismo del Estado español y la obstrucción al “derecho a decidir”. Lo mismo puede decirse de las empresas que suspirarán por erradicarse en Cataluña, corrigiendo el mal efecto de las que la abandonaron cobardemente tal y como habían anunciado (no obstante, también persuadirlas). Aunque Dalí legara su Museo al Estado Español y no a la Generalidad, los españoles entenderán que al surrealismo de Dalí fuera de Figueras podría sucederle lo que al vino Albariño más allá del puerto de Manzaneda, de modo que el Estado español se avendrá buenamente a dejarlo donde está, lo mismo que todas sus dependencias, millones de metros cuadrados en zonas privilegiadas de sus ciudades, como delegaciones gubernamentales y cuarteles, que a falta de ejército, se destinarán a Centros Nacionales de Persuasión. Y por supuesto, en ese horizonte las nuevas autoridades catalanas no contemplan ninguna hostilidad comercial, financiera, industrial de su vecina España, que, persuadida del espíritu solidario del los independentistas,  se abstendrá de competir con Cataluña en asuntos que han sido de su exclusividad tradicionalmente (el cava, los telares, la política portuaria del Mediterráneo, los JJOO, la industria editorial en español o la corchotaponera, el cava, etc.). Etcétera. Ni que decir tiene que la espiral de los hechos avanza en paralelo a la espiral de la sugestión colectiva, a más velocidad de aquellos, más se incrementa esta, sin saber, llegados a un punto, cuál de las dos espirales implementa a cuál.
Un día la visión se desvanecerá y muchos se preguntarán: ¿qué vimos?, y otros: ¿estábamos ciegos? Tal vez ese día alguien recuerde que, en efecto, antes de la independencia los catalanes pagaban más (como los madrileños, por cierto) no porque fuesen catalanes, sino porque eran más ricos, y que estos, los ricos, no se sabe cómo sugestionaron a tantas gentes haciéndoles creer durante un tiempo, hasta que llegó la independencia, que antes que pobres eran catalanes. Lo probable es que después de la independencia estos mismos vuelvan a ser lo que siempre fueron: antes que catalanes, pobres.

24 de octubre de 2013

:-), más o menos

NOS envía Guillermo, quién si no, este enlace encontrado en una de sus pescas por la red, al que no podemos responder de otro modo que con un :-), más o menos.
Si se necesitara mostrar a alguien lo que es la poesía, o un cierto modo de poesía (aquello que encadena mundos diversos con fuerza indestructible, como hace el tiempo con el amor y la muerte), y mostrárselo sin palabras, bastaría ponerle frente a algunas de estas imágenes, que confío en que te hagan pasar un agradable rato hoy, pintándote una sonrisa que te deseo prolongada.


23 de octubre de 2013

La durmiente no está sola

ES un libro muy breve, se lee en una hora, y sin embargo va a acompañarnos mucho tiempo. Su autora, Susana Benet, a quien debemos los haikús de más largo recorrido acaso de nuestra lengua, viene a decirnos: en el sueño todo es largo y corto a la vez, no hay medidas para tiempo y espacio.
Quien lo soñó, lo dice:

QUIETUD

Con qué fijeza el gato
mira el árbol inmóvil
tras la ventana.
¿Qué remota quietud comparten ambos?
Se adormece en el gato la madera.
Abre el árbol los ojos extasiados.

ESCALERA

Subiendo la escalera
hacia mi casa:
trocitos de papel,
colillas consumidas,
involuntarias huellas
que dejan los vecinos.

Limosnas que agradezco,
pues sé que no estoy sola.


Susana Benet, La durmiente. Editorial Pre-Textos, 2013



22 de octubre de 2013

Parot y cía (etarras: erratas)

HA querido la casualidad que cuando saltó la noticia a los periódicos, estuviese uno leyendo el episodio de don Quijote y el bandido Roque Guinart, que lo tiene preso. Allí ve Sancho con qué ecuanimidad se procede al reparto de sus rapiñas, lo que le hace decir:
"Según lo que aquí he visto, es tan buena la justicia, que es necesario que se use aun entre los mismos ladrones". Oído esto por uno de los secuaces, a punto estuvo de abrirle la cabeza al escudero.
Viene esto a cuento de lo que viene a cuento, a saber, que los primeros en despreciar la justicia suelen ser los que más la reclaman, si les conviene. 
Hace dos años, se publicó en el Magazine este artículo, dedicado a Maite Pagarzaurtundua, que acaso, leído con el de ayer, está bien recordarlo ahora. Y aún buscará uno otro en el que se hablaba de los aurrescus y chistus y chirimías con los que sueñan ser recibidos tantos que no sólo no han lavado sus manos de la sangre de las víctimas, sino que se las pasean por la cara con arrogancia.
Y aunque haya de acatarse esta sentencia, como se ha repetido desde tantos sitios ayer, no por ello sienten muchos hoy que los jueces han pensado más en las leyes que en la justicia.

LO CARO Y LO BARATO
“Sortu”, nombre que ha adoptado el nuevo partido “abertzale”, significa en euskera “nacer,” y en sentido figurado “amanecer”, y por eso el emblema escogido (medio huevo frito rampante en campo de oro) hace pensar en el cara al sol. Como imagen esta bien, porque recuerda la larguísima y muy tenebrosa noche de estos últimos cuarenta años, continuación de los otros cuarenta de Falange Española y de las Jons.

El misterio está ahora en saber si tanto terror les saldrá barato, como decía Maite Pagazaurtundua. Pero la parte buena, es, sin embargo, más que evidente. Para empezar, esas mismas declaraciones le habrían salido carísimas a su autora en otra época . ¿Quiere decir ello que hoy no corre peligro? No exactamente. Eta sólo ha declarado una tregua, pero podrían romperla en cualquier momento como han hecho otras veces (seguro que tienen todavía a confidentes apuntando las cosas en una libreta), y conviene no olvidar que en el País Vasco sigue habiendo dos mil personas que no pueden salir a la calle sin escolta, entre ellas la propia Maite Pagaza. 
Creo que la metáfora utilizada por ella (barato, caro), nos da pie para extremarla un poco. Como quizá sepan algunos lectores de esta página, lleva uno más de treinta años yendo al Rastro cada semana, y al cabo de tanto tiempo creo que he aprendido algo sobre lo caro y lo barato, y las leyes por las que se rigen esas nociones tan aleatorias, no siempre atenidas a la oferta y la demanda, como se supone. Dichas leyes se aplican conforme a un código no escrito que recibe el nombre de regateo. Es difícil regatear bien porque el regateo es un cúmulo de actitudes y estrategias no escritas: regatear bien significa, a la postre, que queden satisfechas ambas partes, mintiéndose tal vez, pero sin engañarse y sin perder la dignidad por ello.
Es evidente que el mundo de Eta se ha lanzado al que considera el regateo final.  Pero no han empezado con buen pie. Los promotores de ese nuevo partido, que han condenado el terrorismo futuro (lo que no deja de ser un brindis al sol, un “chau-chau”, que es como se le llama a la cháchara en la jerga de aljabibes, zarracatines y regatones), no han querido condenar el pasado, mucho más sustanciado que el otro (casi mil asesinados). Pongamos este ejemplo: es como si se ofrece dos céntimos a quien acaba de pedirnos dos mil euros. Por eso las víctimas han dicho ya que se les está faltando al respeto. Claro que los terroristas llevan su propia estrategia y no lo hacen a humo de pajas: nos están diciendo que aún conservan esas libretas con el nombre de otros muchos, por si tuviesen que volver a hacer un repaso. Tienen otras fantasías también, como hacerse pasar en el regateo por nobles gudaris que han sostenido con el Estado una guerra que ha quedado en tablas ( “ni para ti ni para mí”, “te lo doy en lo que me costó”, para usar otras frases rastreras) o cambalachear armas por presos, eufemismo empleado para decir presos por muertos futuros. Y claro, de ese modo vuelven a faltarle al respeto a las víctimas del pasado. En fin, tal como yo lo veo, creo que los abertzales confían en que el Estado y la sociedad se cansen del regateo (regatear puede llegar a ser extenuante), y que al final la cosa les salga no ya barata, sino gratis.

21 de octubre de 2013

Sendero tenebroso


¿CUÁNTO tiempo hace que no oímos hablar de Eta? A poco que zapee en la televisión de su hotel, el viajero que está en Colombia acabará dando con una o varias cadenas en las que se emite algún documental sobre las Farc y la guerrilla que ha dejado allí la escalofriante cifra de doscientos mil muertos y millones de desplazados. Cuando el viajero prosigue su camino y llega a Perú, vendrá a sucederle lo mismo con Sendero Luminoso y sus setenta mil muertos. Las heridas de esas locuras están abiertas y por ello necesitan hablar de ello constantemente, aunque se ve que  esa necesidad es mayor para unos que para otros, para las víctimas mayor que para los victimarios, cuya actitud en todos los casos es la de “pasar página”. La guerrilla peruana de Sendero Luminoso está desarticulada y sus jefes en prisión, no así la de las Farc que, como se sabe, lleva un año en conversaciones de paz con el gobierno colombiano, una paz difícil de alcanzar, porque los guerrilleros buscan la exculpación de sus crímenes y  el gobierno no ve cómo alcanzarla si no es pidiendo a los organismos de justicia internacional cierta “comprensión” en el modo de entender y aplicar la justicia, recordando el ejemplo de España y Sudáfrica, que sólo alcanzaron su normalización democrática después de amnistiar a tantos a los que podría haberse condenado por haber cometido toda clase de crímenes y desmanes.

Los de Eta, menos numerosos que los de las Farc o los de Sendero, no fueron sin embargo menos crueles, ni el dolor causado ha sido menos profundo. La mayor parte de sus fejes militares y dirigentes políticos también están, como los de Sendero, en la cárcel, y su organización, como la de las Farc, necesita la paz. ¿Habrá una negociación para la desarticulación definitiva de la banda? ¿Se canjearán armas por excarcelaciones? ¿Se permitirá que asesinos convictos desempeñen en el futuro cargos públicos en las instituciones democráticas? ¿Se mostrarán de acuerdo las víctimas, que piden no sólo el cumplimiento de las penas sino el juicio de aquellos otros crímenes que ni siquiera están resueltos? El tiempo va pasando y los terroristas siguen en prisión. Han dejado de asesinar fuera porque eso no mejora su situación dentro de las cárceles, pero cuentan con la comprensión del gobierno vasco, que pide del Estado un cambio en la política carcelaria de los etarras. Si un extranjero viniera hoy a España y zapeara en un televisor no se encontraría, sin embargo, con ningún documental que recuerde la historia tenebrosa de Eta, como los que emiten a todas horas en Colombia o Perú. Ni siquiera con uno en que se hablara de policías torturadores como Billy el Niño, de quien un juez argentino acaba de pedir la extradición y a quien uno recuerda patrullando las calles de Valladolid. Una vez más es el viejo dilema: sin justicia no hay paz, pero la justicia a veces es un obstáculo para la paz. Las víctimas tienen derecho a hablar de justicia, los victimarios, por el contrario, sólo querrán hablar de paz. ¿Qué sucederá?  No lo sabemos, pero no se debería olvidar que son las víctimas las únicas que pueden en última instancia conceder el perdón, pero muchas, precisamente porque fueron asesinadas, ya no podrán otorgarlo, y nadie podrá hacerlo en su nombre, lema este, por cierto, de la fundación Wiesenthal.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 20 de octubre de 2013]

20 de octubre de 2013

Peatonio sentimental de París (1936-194...)

¿ES este hermoso libro una guía? ¿Literaria, vital? Es cosa que nos importa dilucidar. Del mismo modo que su autor, José Muñoz Millanes, ha caído en el embrujo de Azorín a la hora de contarnos París, ha caído uno también en él, y titulo esta hoja del almanaque con esta palabra, peatonio: vademécum de un peatón. A quien no habría disgustado ni mucho menos este reposado y atento paseo, bien al contrario, sería al propio Azorín.
Es un libro (La ciudad de los pasos lejanos, Pre-Textos, 2013) que ha sido escrito, si se nos permite el símil, "cámara en mano". 
Lo empieza su autor siguiendo los pasos de Azorín en el París del exilio. Los de Azorín son los de un hombre viejo, que camina despacio. Su vida, como la de todos los exiliados de París, es triste, pero trata de sobreponerse. Escribe. ¿Qué puede hacer si no?
En la lectura de los libros que Azorín ha escrito en París o con los recuerdos de París, también demorados, cuidadosos, sutiles, el autor de estos pasos lejanos ha encontrado algo hondo, frágil, misterioso. Ha encontrado la vida. La admiración hacia la vida de esos libros le lleva a los escenarios en los que transcurren: hoteles, patios, metros, cementerios, comercios, callejones, plazas, museos, muelles del Sena. Nada que recuerde ni por asomo a la empachosa mitomanía literaria. La erudición, las lecturas, el cultivo del autor están de tal modo en la masa de su sangre, que circulan por su texto como la sangre, sin el menor ruido, sin sobresaltos, sumando su pulso al pulso de la realidad, al de la vida. Es sólo, sí, el testimonio de una gratitud hacia la literatura y la vida, y también...
El autor sigue a Azorín hasta sus hoteles, sus buquinistas, sus bistrós. Pregunta igualmente a los personajes de sus novelas. Y le responden, porque son personajes vivos que tienen la misma entidad que el escritor. Son de la familia.
A veces Azorín se detiene y la cámara, vacilante y discreta, se detiene también. A su lado pasa alguien y la cámara se ladea curiosa para verlo pasar. Es Baroja, Gómez de la Serna, Solana, son los personajes de tal o cual novela de Modiano, de Torrente Ballester, de Brasillach. Otras veces son Atget, Brassai, Coppola que le dicen: detén tus pasos, no vayas tan deprisa, mira esa esquina. Y el autor mira, como miraba Malte Laurids Brigge. Azorín espera escrutando el escaparate de una de esas tiendas raras que tanto le gustan. No tiene prisa. El autor, con esa confianza sigue a ese transeúnte casual. Otras calles, rincones desconocidos, un pasaje nuevo con su encanto moderno. Se lo ha señalado Benjamin, Breton, Henri Calet. Permanece con ellos unos instantes, pero el autor es un hombre responsable y no ha olvidado que ha dejado a Azorín esperando, y vuelve donde lo tenía distraído (la vida de un exiliado está llena de vacíos, de tiempos muertos, necesita distraer su pesadumbre), y se encamina ahora hacia la Ciudad Universitaria, donde le espera su amigo Baroja. Hablan sin esperanzas, deseando que ese tiempo del destierro pase pronto, y lo hacen apenas sin consuelo. 
Azorín vuelve a España (el autor nos recuerda que en París se lo tropiezan Alberti y Neruda que no quieren saludarlo porque vuelve con los vencedores de la guerra), pero se queda Baroja, y la cámara ahora sigue a Baroja, por donde Baroja, que es viejo también, va. Le lleva a ver una de las últimas ejecuciones públicas de la guillotina, a algunas casas burguesas, al parque del Monte de los Ratones, a los suburbios, que tanto le gustan también a Gutiérrez-Solana, con quien Baroja comparte el hospedaje del Colegio de España y a quien Baroja detesta. La vida de los exiliados, sí, está llena de pequeñas miserias que se suman a sus propias tristezas. Muñoz Millanes no los juzga, está a su lado, los sigue, cámara en mano, los escucha con respeto, con admiración, con agradecimiento: lo hace porque ha descubierto que no hay un solo paso de los que dan en el que no hayan puesto el alma, ¿y quién da su alma en tiempos tan arruinados? Y sin embargo, ahí sigue París, suntuoso, espléndido, fascinante, pero... inalcanzable, se diría, para esos pobres españoles que van dando tumbos por él, como tramoyistas entre las bambalinas de un teatro al que acaban de llegar. Al otro lado, en la escena, los actores, privilegiados, representan la joie de vivre de una ciudad que aún no puede sospechar su propia tragedia de ignominiosa ocupación, de ignominiosa colaboración. Los españoles ven de lejos la función, ellos, cada cual el suyo, arrastra su propio drama, dramas deslucidos y tristes, sin dinero, sin ilusiones, sin perspectivas...
El libro toca a su fin. Lo abrocha el Javier Mariño de Torrente Ballester. El autor, de una discreción insólita, admirable, nos ha estado hablando, con el París de Solana, Azorín o Baroja, del suyo propio, que ha levantado con mano paciente de cartógrafo (y no le hubiese venido mal a esta cuidada edición un plano de París con sus itinerarios). En cada línea hay la experiencia de los otros y su propia experiencia. 
Volvemos atrás y empezamos de nuevo la lectura, esta vez lápiz y papel en mano: vamos anotando sugerencias, pasajes, lecturas  desconocidos para nosotros. 
Muñoz Millanes ha seguido a esos hombres durante estos últimos años, allí, en el mismo París, y nosotros lo hemos seguido aquí en Madrid, como si fuese allí. Lo ha hecho como se hacen las cosas en la literatura, como un embrujo. Y sentimos que puede llevarnos donde quiera, porque no hay una sola página de este libro, guía de vidas, que no merezca visitarse dos veces, como no hay una sola vida que no espere ser contada.



19 de octubre de 2013

Sentidos


NO ve bien, y grita, acaso porque piensa que si él no ve, tampoco le oyen. Esto vale tanto para el sentido de la vista como para el del entendimiento. Los que peor razonan tienden a levantar la voz. ¿Cómo verá un sordo la puesta de sol?, se preguntaba JRJ. 
* * *
LA paradoja es siempre una teletransportación.
* * *
UNA buena paradoja es como un calcetín: da igual del lado que se ponga.


Acequia del Lozoya. El Paular, 2 de mayo de 2013

18 de octubre de 2013

De zapatos y tiovivos


HE visto a un hombre muy viejo, casi decrépito, con zapatos nuevos, lustrosos, estrepitosos, llamativos. Eran los reyes de los zapatos, sólo les faltaba cetro y corona. “¿Adónde irá? Qué ilusiones tan infundadas. No le dará tiempo a gastarlos”, pensé. En cambio, y de ahí el dicho, ver el contento de un niño con sus zapatos nuevos se diría que lleva tras él nuestro ánimo adonde quiera ir, al fin del mundo, como si él fuese el verdadero flautista de Hamelín.
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POCAS cosas le ponen a uno más triste que ver bailar a un viejo. Aunque no tanto como el girar de un tiovivo.

El Rastro, 7 de julio de 2013




17 de octubre de 2013

Al habla con la Esfinge

¿QUÉ es preferible: un “vuelva usted mañana” o un “llega usted tarde”?


Convento de Santa Catalina. Arequipa, septiembre de 2013. "Danos terremoto".

16 de octubre de 2013

Otro caso sin resolver (fábula)

AL cerrar el balcón reparé en una mosca que trataba de ganar el exterior atravesando el cristal con ese cerrilismo propio de las de su nación. Me distraje unos instantes mirándola. Traté de espantarla, sin éxito. Aquella infeliz estaba sólo a unos centímetros de la libertad, le habría bastado un airoso giro y hubiera salido al jardín, pero parecía decidida a romperse el cerebro contra el cristal. No obstante, no había tiempo para observaciones. El claxon del coche me apremiaba. Cerré la contraventana y oí su zumbido detrás de la madera, atrapado, buscando inútilmente una escapatoria, una rendija que no existía. Estará muerta cuando volvamos, aunque será poco probable que recuerde a esa mosca cuando volvamos, pensé. Ha sucedido muchas veces, aparecen tiesas, secas, con las patas hacia arriba, sobre la moldura. Salí de casa con una sensación extraña,  como el brahamán que no ha podido apartar a tiempo su pie sobre la hormiga. Nadie merece ser enterrado vivo. Pensé en los faraones o en los aztecas que hacían enterrar vivos a sus servidor*s más jóvenes, cuando aquellos morían. El suplicio de morir teniendo ante los ojos la magnificencia de la vida, mirando un otoño sublime, es en todo caso mejor que acabar tus días a oscuras en la angosta cámara de una pirámide, trataba de persuadirme, para no tener que volver. Cuando ya estábamos en el coche para irnos, fingí haber olvidado un libro, y subí de nuevo a la casa. Antes de abrir la contraventana, puse mi oreja junto a la madera, repiqueteé con los dedos en ella, por delicadeza, para prolongar la dicha del insecto, que pensara: han venido a sacarme de aquí, vienen a liberarme. No se oía nada. Levanté la traba y giré lentamente la contra, pero ni rastro de la mosca, nada. Ni libertad ni orden. Hice un minucioso escrutinio. Había desaparecido. ¿Regeneración? Otro misterio, otro caso sin resolver. 

Museo de Arte de Bogotá. Septiembre de 2013

15 de octubre de 2013

De carne y hueso


ES sabido que al Rastro vamos a reconocer, y que las cosas que hallamos allí vienen a ser como sombras de la caverna platónica: de no tener de ellas una idea antes, no las reconoceríamos. Pero hoy oímos cómo cierto gitano viejo le decía a otro acaso la mayor agudeza con la que se haya tropezado uno en más de treinta años de milicia buhonera: “Lo difícil es encontrar lo que no se busca, que suele ser lo mejor”.
* * *
¿Qué es un rayo de luz en pleno mediodía? Por tanto, es mejor pintar las tinieblas exteriores y, como suele decirse, cargar las tintas. En ese momento cualquier cosa, incluso esos vislumbres y estrellas que flotan en la ceguera, podrá postularse como final del túnel.
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YO tengo un corazón de carne y hueso.

El Rastro, 13 de octubre de 2013. Los tres pies del galgo.

14 de octubre de 2013

Los manchistas

EL día que los periódicos traían la noticia de que se había descubierto un nuevo cuadro de Van Gogh, se inauguraba en Madrid, en las salas de Mapfre, una inolvidable exposición de los macchiaioli. Por un momento sintió uno un raro alivio ante esos dos hechos extraordinarios. Nos dijimos: el mundo se deshace poco a poco, la vulgaridad va invadiéndolo todo como una devastadora cicuta mientras fingimos que no está ocurriendo nada anómalo, el país, empobrecido hasta límites insospechados, merodea por los basureros buscando las peladuras de los subsidios para poder subsistir, las calles se llenan de banderas y mendigos... Todo esto es cierto, seguimos diciendo en nuestro soliloquio hamletiano, pero hoy en un lugar del mundo se ha descubierto un cuadro de Van Gogh, menos de un metro cuadrado de pintura, y en Madrid se han expuesto un puñado de cuadros, muchos de los cuales tienen el tamaño de las cajas de cigarros, en cuyas tapas pintaban aquellos pintores tan modestos como excelsos...

Hace más de treinta años nos acercamos al Museo de Arte Moderno de Roma sólo con el propósito de ver pintura de los macchiaioli, pero las salas donde los tenían estaban cerradas por reformas. A lo largo  de quince o veinte años lo intentamos algunas veces más con el mismo decepcionante resultado, conformándonos con ver, aquí y allá, en los lugares más orillados de Italia, tal o cual cuadro de Fattori, de Lega, de Signorini... Para que se entienda qué quiere decir esto: es como apagar la sed con gotas sueltas de agua, tan secretos son estos pintores, tan escondidos están. No es el caso, desde luego, de Van Gogh. Por fortuna, el museo que tiene la suerte de poseer una de sus obras, la muestra con legítimo orgullo en lugar eminente, y, descontando los cientos que pueden verse siempre en su museo en Amsterdan, Van Gogh pintó y dibujó tanto, que permite que se hagan de él frecuentes exposiciones en todo el mundo. ¿Y habiendo pintado tanto, se preguntará alguien, importa mucho que se haya descubierto “otro” cuadro suyo? 

Una de las experiencias más gratificantes como lector, y desde luego una de las experiencias más importantes que ha tenido uno como persona, fue la lectura, durante dos o tres años, un rato cada tarde, de las cartas del pintor holandés, que nos dio su vida en ellas con una intensidad, sinceridad y hondura estremecedoras. En este caso no le importaba a uno aplacar la sed a base de gotas sueltas, dos o tres cartas cada día, con tal de alargar lo más posible su lectura. Cuánto le habrían gustado a Van Gogh estos macchiaioli, estos manchistas (de macchia, mancha), de haberlos podido ver. Sus temas, el amor que mostraron hacia las cosas humildes y la vida tranquila, el modo de pintarlos con un recogimiento propio de los artistas del quattrocento, esa luz íntima del crepúsculo... El cuadro recién descubierto no es “otro” Van Gogh, como han dicho los periódicos, sino algo único, un metro cuadrado de vida entre millones de kilómetros cuadrados devastados; y las pinturas de los macchiaioli, una verdadera isla del tesoro, inexplorada y virgen.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 13 de octubre de 2013]

13 de octubre de 2013

Más o menos

HACE unos días un lector colgó en internet algunos fragmentos de los artículos publicados en Más o menos (La Veleta, 2007), seleccionados por él. Extraña experiencia esa de enfrentarse con algo que uno ha escrito y de lo que ya no se acuerda, como en mi caso. A veces la extrañeza va seguida de impaciencia o incomodidad, y otras hace que miremos agradecidos al tiempo pasado por no haber sido del todo inclemente con nosotros, o por parecérnoslo.
Estas son algunas de aquellas frases, escritas en todos los casos, excuso decirlo, en contextos que no recuerdo en absoluto. Como tampoco recuerdo el contexto de otra que hace también unos días me atribuían, no sé con cuánto fundamento, en un periódico de mi pueblo. Esta me hizo gracia, la verdad: "Cuando se ha sido de León lleva uno mucho perdido". 
* * *
Ni siquiera admitiendo que mienten dirían la verdad.

El hombre no es el ser racional que puede pensar, como decía Descartes, ni siquiera aquel que puede sentir, como quería Unamuno, sino el único que ha nacido para ser desdichado, sin duda porque piensa, sin duda porque siente.

Las palabras se pierden como los reinos de ultramar, o se nos mueren, como los amigos, o desaparecen un día por las buenas, como aquellas inocentes criaturas que se llevaba consigo el sacamantecas o el hombre del saco.

Un escritor escribe de lo que tiene delante o por dentro, que viene a ser lo mismo.

Uno trabaja no sólo para el silencio, sino que necesita del silencio para poder trabajar.

Donde nieva en realidad es en la infancia, de la misma manera que cuando llueve en una ciudad, y es Verlaine quien habla, llueve en el corazón.

Le fascinan a uno las palabras, no como si fueran raros y hermosos coleópteros, traspasados por un alfiler, sino como verdaderas y vivas mariposas que al abrir el libro, y en el aleo de las páginas, salieran volando y fuesen a posarse sobre las cosas, sobre la mesa, en nuestra mano, en el hombro, en la superficie dormida del agua. Son también las palabras un poco como un perfume que huele de distinto modo según quien lo lleva, y pueden incluso significar lo contrario de lo que parece.

No todos podemos expresarnos tampoco como querríamos ni puede ser expresado todo, pero la única huella del pensamiento y del sentimiento son las palabras, la única sombra de cuanto nos hace diferentes del resto de los seres creados y del resto de nuestros semejantes.

Cada cual se consuela en esta vida como puede, pero es propio de las personas inteligente consolarse sin engañarse.

Sólo en las novelas, y no en todas, tiene algún sentido la palabra fin.

Las Viñas, 11 de octubre de 2013


12 de octubre de 2013

De todas lunas

LA mayor felicidad es muchas veces poder hacer lo que teníamos pensado, nuestra rutina, nuestras pequeñas cosas, en cualquier tiempo.
No sé si es propio de todos los limoneros o sólo de estos de aquí el dar frutos todo el año, a diferencia de los naranjos. Los llaman "de todas lunas" y es frecuente ver en la misma rama un limón maduro y unos botones de azahar.
Cuando como ahora le envuelve a uno en medio del otoño y de los olores del otoño el perfume del azahar, tan primaveral siempre, nos invade una extraña sensación, porque pensamos que para el limonero es también una dicha dar lo mejor de sí mismo cada día, tal y como había pensado él la víspera, y todo el año.

Las Viñas, 11 de octubre de 2013




11 de octubre de 2013

Elogio de la gente común


EN unas horas los periódicos del mundo se llenaron de elogios a la gente común (no confundir con "la gente normal", como hemos leído también: no hay gente normal, cada cual es una excepción) y a aquell*s que, desde la literatura, se acercan a sus vidas. La vida es inagotable, nos recuerdan, porque está llena de esas gentes que aunque son comunes aspiran a la felicidad, de lo que no se avergüenzan en un siglo en el que han visto tantas veces ponderar el mal y la desdicha, sólo por fotogénicos. Y si inagotable es la vida, inagotable y fascinante es la literatura que habla de esos seres irrepetibles como las combinaciones de un calidoscopio, pero también tan rotos como los vidrios que giran en él.
En unas horas los periódicos del mundo se llenaron igualmente de elogios a la vida común, la que vivimos la mayor parte de nosotros. Que se llame la atención sobre la literatura que se ocupa de esas vidas vuelve a ser el triunfo de la vida, como valor supremo, y de la literatura como encantamiento del mundo.

Las Viñas. Calleja, 29 de julio de 2013

10 de octubre de 2013

Cuerpos

NO están siendo mejor tratadas las activistas de Femen que las vapuleadas sufragistas, y dejando a un lado el hecho de que probablemente a las sufragistas históricas jamás se les hubiese pasado por la cabeza aparecer desnudas en público (muchas ni siquiera se hubieran atrevido a desnudarse ante sus maridos), luchan con idéntico coraje por el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos, que por dignos quieren mostrar desnudos. Y a esto se refiere una de ellas cuando dice: "Mostramos el cuerpo porque crea tensión". 
Pero sucede que antes de reparar en lo que suelen escribir sobre él, eslóganes más o menos acertados (el de abortar es un derecho, pero no sagrado), se encuentra uno observando y dilucidando más o menos tenso si las tetas que mandan por delante esas valientes muchachas con sus eslóganes son bonitas o no. Y qué duda cabe que esto produce en uno cierto sonrojo, como cuando se nos despeñan los ojos en ese escote abismático que lleva tal o cual mujer, lleno uno de incertidumbre, mientras decide si ha de admirar abiertamente lo que se le enseña tan sin tapujos o si, por el contrario, ha de fingir pasarlo por alto. Porque, qué duda cabe, corre uno el riesgo de ser amonestado por mirar con desenfado o aborrecido por no mirar lo que parece ofrecérsenos de una manera tan perentoria. 
Queda, por último, esta otra consideración.
Las femenistas tratan de llamar la atención para sus acciones  políticas (lo es luchar contra la ley del aborto de Gallardón), sirviéndose de medios  sexistas (lo es desnudarse en un mundo sexista, como lo prueba el hecho de que esas fotografías salieron en todas las portadas de los periódicos en tamaño inusitadamente grande y destacado, incluidos en aquellos que están de acuerdo con la ley que ellas combaten o en los que sin ser sensacionalistas se sirven de la sensación para circularse más). Las activistas lo saben, desde luego, para eso lo hacen, convencidas de que la difusión que alcanzan sus consignas la deben a sus tetas y a la famosa tensión, minimizando los efectos negativos, a saber, el descrédito de sus protestas entre quienes no puedan pasar de su actitud sexista a la propuesta política y a la defensa del derecho que tienen sobre sus cuerpos, que es en definitiva de lo que tendría que debatirse. Paradoja irresoluble, porque al desnudarse en una sociedad acostumbrada a traficar con los cuerpos desnudos, la atención se suspende, viniendo a dar igual que sean los varones los que vengan desnudado a las mujeres desde la noche de los tiempos (en la historia del arte, por ejemplo, contra lo que se han rebelado las mujeres) o que sean ellas las que lo hagan por voluntad propia (para contento de tantos varones). O lo que diría Mairena: desnudar un santo para vestir otro.


Activistas de Femen ayer  en el Congreso de los Diputados, Madrid, 2013.

9 de octubre de 2013

Tres preguntas y sus respuestas

QUEDE para mañana la entrada que se anunciaba ayer. "La actualidad manda", se dice en las redacciones de los periódicos. 
Ayer se publicaba en El País este reportaje de Tereixa Constenla, a cuyas preguntas respondía uno hace algunas semanas. Aquí van esas respuestas tal como se las envié. "El espacio manda", se dice en las redacciones de los periódicos, y quizá esté bien darlas a conocer sin tanta síncopa.

1. -Cuando escribiste el primer diario, ¿pensabas que su finalidad sería su publicación casi inmediata o eso vino después?
Tengo cuadernos, inéditos, desde 1978. Pero sólo me decidí a publicar el primero (de dieciocho hasta la fecha) en 1990. Se titulaba El gato encerrado. Estaba escrito en 1987. Ha sido siempre así: escribo (a mano, en libretas y cuadernos, allá donde estoy) y años después, tres al principio y ocho ahora, los corrijo sin atenerme estrictamente a los hechos (unas veces sí y otras no). En todos los casos se escriben como diarios y se publican como novela. Esto desconcertó al principio, incluso irritó a algunos críticos, que lo creían un abuso. Y tenían razón. La literatura es siempre un abuso, explora los límites y los traspasa.  En todo caso ni yo ni mi vida daríamos para un diario (*). Como diarista, soy un diarista de viejo, reiterativo y lleno de manías. Como novelista hago lo que puedo, en la cuerda floja. Escribí El gato encerrado pensando en publicarlo, naturalmente.

2. -¿Hay una fórmula mágica del diario de éxito?
¿Diario de éxito? Eso parece  un oxímoron, como lo de "El pensamiento navarro" del que habló Baroja. La mayor atención que se les presta hoy tiene que ver, creo, con cierto descrédito de la ficción. Eso explicaría la autoficción en la novela, tan común hoy; menos frecuente hace veinte años. El éxito en todo caso es un sistema métrico poco fiable, o mide de más o de menos. 

3. He leído en eldiario.es que de uno de tus ejemplares (El fanal hialino), disponible en una biblioteca madrileña, se han arrancado las últimas 15 páginas. Y que en otros, los lectores escriben a mano los nombres de personas que tú identificas solo con una inicial.   ¿Cómo valoras estas reacciones de tus lectores?
No me gusta que se maltrate a los libros, ni siquiera los míos, y menos aún los de las bibliotecas públicas. Además lo probable es que se equivoquen. En esos libros míos la mayor parte de los personajes aparecen como X.  Cuando escribo, por ejemplo, "me he encontrado con X, una excelente persona", nadie me da las gracias. Si escribo "me he encontrado con X, que es idiota", se postulan veinte o treinta. Esto sólo puede querer decir tres cosas; una: quien más, quien menos, somos criaturas inseguras, algo infelices y dignas de lástima; dos: el número de idiotas es por desgracia superior al de las buenas personas, y tres: los idiotas son siempre malos lectores que quieren cortar pelos en tres y no dejarse llevar por la ficción. La literatura es como un vals, están los que se dejan llevar por la música y los que sólo miran la punta de sus zapatos, que son, como es sabido, el ombligo de los pies.

(*) Veo en el reportaje aludido que el novelista V.-M. expresa la misma idea a propósito de quienes como uno, y llevando una vida tan griste, hemos descubierto a tiempo cuánto mejor que escribir de uno mismo es hacerlo de quienes llevan una vida trepidante y feliz de frenesí y fantasía, por ejemplo en "Guadalajara en un llano, Mésico en una laguna (bis)".

Arequipa, 24 de septiembre de 2013