28 de febrero de 2014

Se calientan ell*s solos

QUÉ sutil es ese “refrescar la memoria”, pues señala un hecho frecuente: que la memoria tiende a recalentarse, tal y como cantaba aquella célebre canción (“...se calientan ellas solas / viendo jugar al balón. / Viendo jugar al balón / también me caliento yo”, etc.). Y cuando se recalienta, tal y como se cuece el mosto en su cuba, deja de ser memoria para convertirse en otra cosa: una ficción, ese vino que tiende a subirse a la cabeza cuando se bebe en la copa o vaso de la Historia. Por eso a ciertos “memoriosos” (a los nacionalistas, por ejemplo) conviene refrescarles la memoria de vez en cuando.

Manómetros. El Rastro, 14 de febrero de 2014.



27 de febrero de 2014

Desvaríos sin fruto (aforismos)


NO hay nada que esté a la altura de una campana, excepto el eco.
* * *
A mí sólo me asombraría ya la electricidad sin hilos, por wifi, como quería Nikola Tesla. Porque del principio de indeterminación no he dudado jamás: nos pasamos la vida en otra parte, o, en ninguna, sin salir de casa. Y fuera, ni te cuento: nos miran, y ya no estamos.
* * * 
READER Indigest (Revista de información cultural).
* * * 
A los forofos del protocolo debería recordárseles este pasaje del Guzmán de Alfarache con el fin de que vieran lo ridículo de sus fililíes: “Le llamó merced y no señoría, como debiera, y el otro lo llamó señoría y no excelencia, de lo que se dolió”.
* * * 
LEYENDO la crónica de Cieza de León: a unos indios que querían echar vino en la tumba de un cacique [a modo de ofrenda, como era costumbre en ellos], los castellanos les dijeron que era “gran pecado y desvarío sin fruto”. Es una de las maneras más hermosas de definir la mayor parte de las cosas que hacemos a lo largo de la vida: Desvaríos sin fruto.

El Rastro, 8 de diciembre de 2013

26 de febrero de 2014

Ahora que estamos todos, vamos a contar mentiras (y 2)

LO peor de la mentira, en literatura y en la vida, no es que nos brinde una realidad interesada y engañosamente alterada, sino que contamina la parte de verdad que está a su lado
Esta entrada podría haberse titulado también "Que viene el lobo". La mentira no prepara el camino al lobo, desde luego, pero sí a la descreencia y al cinismo: después de anunciar tantas veces que viene el lobo, sin que el lobo comparezca, todos acaban por desentenderse de él. Cuando finalmente  llega la hecatombre es colosal.
Que el periodista Évole haya decidido embaucar a su audiencia, con la complicidad de un puñado de personas acreditadas, es decir, con "gran" crédito, significa en parte que ha despilfarrado el suyo y el de estas personas (Gabilondo,Leguina, ¡Ansón!, etcétera) que decidieron hacer de "ganchos" en el timo que estaba teniendo lugar, bien por frivolidad, bien por ansias infinitas de remar en esa nao camino de Puerto Sentido. 
Lo cuentan de modo irreprochable Javier Rodríguez Marcos y Arcadi Espada en sendos artículos. Pues la principal consecuencia de la mentira de Évole ("como no puedo probar que el rey estuvo detrás del 23F, algo en lo que creo con fe ardiente desde antes incluso que se produjera el 23F, voy a echar mano de falsos testigos que contarán falsos hechos, que me llevarán a "la verdad" que quiero demostrar mediante un relato poético de la historia"), la principal consecuencia de la mentira, decíamos, es poner en entredicho lo que hubiera de verdad en su trabajo periodístico anterior... y el que venga después. Pero no sólo el trabajo de Évole, sino el de todos y cada uno de los que se prestaron a la patraña, con excepción, paradójicamente, de los actores, únicos que se atuvieron a la verdad de su oficio, que es mentir. Antes solía decirse de otra manera: no son trigo limpio. Quiero decir que no resulta fácil fiarse de aquellos a los que les parece bien el timo considerado como una de las bellas artes. Y a aquellos que ahora, a toro pasado, consideran que el fondo del timo no era tanto la intoxicación sobre el 23F como una "reflexión" sobre la manipulación de los medios, les convendría tal vez probar una dosis de la misma pócima que ellos han dado a su audiencia, como aquella que preparó en su día AE. precisamente para denunciar los excesos a que puede llevar la irresponsabilidad de tratar como hechos lo que sólo es una ficción, y al revés.
Y sin ánimo de presumir de sagaces, esta pequeña coda. Como a tantos españoles la llamada de un amigo, tan excitado como perplejo, hizo que mirásemos la emisión de La Sexta. Lo hicimos en el preciso momento en que José Luis Garci contaba cómo había rodado el discurso que el rey difundiría a media noche del 23F. Dijimos: Eso ni fue así ni puede ser, si Garci hubiese rodado ese discurso, no se habría hablado en España de otra cosa en estos últimos 35 años y él mismo hubiese hecho ya unas cincuenta películas inmortales, como todas las suyas, sobre ese asunto. Así que cinco minutos después, o tres, cambiamos de canal para ver Blancanieves, de Pablo Berger. En esa por lo menos los enanos eran de verdad y no engañaban a nadie.



25 de febrero de 2014

Ahora que estamos todos, vamos a contar mentiras (1)

AYER, como si lo hubiesen dispuesto así los hados, coincidieron estos dos hechos: la emisión del programa Operación Palace, del periodista Jordi Évole, un fake del 23F, en La Sexta, y en El País, unas horas después, este excelente artículo, "Personas de verdad en libros de mentira", de Javier Rodríguez Marcos, que le pidió a uno algunas líneas sobre el asunto.
Son las que van a continuación, incluyendo las que por razones de espacio no pudieron caber allí.
Y mañana algunos cabos sueltos al hilo del timo de JÉvole, justificado por este como "unas risas", y de algunas de las cosas que salen en el artículo de JRMarcos.
* * *
LA ética que ha de regir el uso de la ficción en lo real y a la inversa, de lo real en la ficción, no está escrita en ninguna parte, aunque Cervantes nos da alguna pista: se puede escribir todo, "sin daño de terceros", dice en el Coloquio de los perros.  "Esto que te voy a contar es verdad", nos dice el novelista, y si está bien contado, lo creemos. A diferencia del periodista, la ficción en él no sólo es legítima, sino muy útil. A menudo, no obstante, el novelista tiene la tentación de los atajos, o sea, del desfalco, de la estafa, del timo, como el propagandista. Hace años me encontré a Umbral, que me había mandado La leyenda del César visionario. Me preguntó, "¿Qué tal?". "Si se hace una reedición de la novela", le dije, "quizás se debería corregir el nombre de Sánchez Mazas; nunca estuvo en Salamanca en el cuartel de Franco, dirigiendo la guerra, sino refugiado en una embajada, y luego preso, y luego lo fusilaron. Es una corrección sencilla, bastaría que le llamaras de cualquier otra manera. Buscar y cambiar. El personaje está bien". Se quedó pensándolo un momento, y me dijo: "No me convence; entonces se me jodería el efecto Sánchez Mazas", y así lo dejó, creo. A la realidad de una novela le pedimos no sólo la verosimilitud, sino la verdad, si la conocemos. Recuerdo otra de la misma época, en la que aparecía la Virgen masturbando a san José. Si el personaje de ella se llamara sólo Mary y el de él, Pepe, todo el "efecto" se vendría también abajo. La finalidad de hacerles decir o hacer cosas inciertas a personajes históricos o reales no está muy alejado de la poetización de la historia, que convierte al novelista en una especie de totalitario y  a los lectores no en individuos, sino en una masa indiferenciada a la que se le quiere dar no ya gato por liebre, sino gato por nada.
* * *
En el Salón de pasos perdidos, una obra que se escribe como diario y se publica como novela, la desnaturalización de los personajes reales, que pierden su nombre real, para quedar en meras X, es un paso necesario para su ficcionalización, aunque no sea siempre suficiente. En este caso, trato de recordar el Coloquio: nada de daños a terceros.
* * *
Para juzgar los abusos de la ficción que mediante la insidia, la sátira, la caricatura, la calumnia y demás buscan un provecho o unos efectos, se suele echar mano del código penal, pero debería bastar la crítica literaria: a la postre nada que sea mentira merece literariamente la pena, por lo mismo que la literatura de buena ley es la que acaba convirtiendo algo que sólo era una ficción en algo real, y por tanto, verdadero. 

Benito Pérez Galdós, escultura de Victorio Macho. Casa-Museo de Beníto Pérez Galdós. Las palmas de Gran Canaria.

24 de febrero de 2014

Lo que hacen los brujos

L*S lectores de este Magazine habrán notado los cambios gráficos y tipográficos que se han producido en él. No es posible pasarlos por alto. A unos les parecerán bien; a otros les costará un tiempo acostumbrarse. Los que escribimos estas secciones fijas hemos visto reducido el espacio. El periodista y el escritor de periódicos son especialmente sensibles al recorte. Decimos: ¿Cómo voy a suprimir esto? Y esto tan gracioso, ¿no voy a ponerlo? ¿Habré de amputar este donoso razonamiento? En realidad lo que se pregunta ahora uno es si sabrá estar a la altura de estos cambios. 

Los cambios suelen venir porque queremos también estar a la altura de los tiempos. Las pasiones que mueven el mundo no son hoy en esencia diferentes a las que lo movían hace quinientos años. Creo que cuando se dice que hay que estar a la altura de los tiempos, se quiere decir: “por encima de los tiempos”, ya que casi siempre estos son penosos. La diferencia con otras épocas es que todo cuanto sucede hoy se conoce y difunde en el momento. La técnica nos permite llevar en el bolsillo una veintena de periódicos y el equivalente a cien enciclopedias británicas, pero la técnica que  ha hecho de cada uno de nosotros un dios omnisciente, nos ha vuelto perezosos: apenas leemos más que titulares: no se tiene tiempo de más. 

He aquí cómo ve uno esta cuestión: cada periodista, cada escritor, tiene entre manos una de las pocas cosas en las que el tamaño no importa. Largo o corto, sólo quiere conducir al lector hasta la última línea de su escrito. Escritos largos se nos hacen cortos, escritos cortos se nos hacen interminables. El periodista y el escritor llevan dentro de sí una Sherezade: cuenta el saber contar, y que llegue la aurora. Sé por experiencia que cada vez que se ha visto uno obligado a recortar un texto por razones de espacio, ese escrito, por lo general, ganaba en expresividad y precisión. Menos es más. Quizá porque el despojar es propio de la poesía. Acaba de publicarse una antología del haiku en español. El haiku es una composición poética japonesa de tres versos. En tres versos, un mundo. Algunos de estos haikus son sublimes, tanto como pueda serlo la Ilíada. “¿Quién dice que la ausencia de un brujo invalida su hechizo?”, acabo de leer hace un rato. Lo escribió Emily Dickinson. Al rato he tenido que volver a leerlo. Sabía que decía algo que no vi a la primera. “Ojalá estos artículos fueran algo así”, me digo. Algo que tú, lector, lectora, leas y te ronde la cabeza unas horas después. Lo que hacen los brujos.
             [Publicado en el Magazine de La Vamguardia el 23 de febrero de 2014]

23 de febrero de 2014

Dadá en Gran Canaria

QUIEN haya seguido este almanaque le habrá oído decir a uno otras veces cómo me gustan las imprentas de pueblo y las tipografías populares cuando en ellas se produce de forma intencionada o azarosa, como ahora, algo que sabemos ver porque nos lo mostraron antes artistas como Schwitters. Y los dadaístas y surrealistas nos enseñaron a mirar, más allá de la sociología, los rótulos publicitarios y esos anuncios pintados y desleídos de las paredes, verdaderas flores de las ciudades que se marchitan ante nosotros, a lo largo de la vida, como los crisantemos sobre las lápidas de un cementerio.
Es el caso de este libro viejo, publicado como folletón en algún periódico. Estaba en una librería de viejo de Las Palmas. No tenía ningún interés como literatura. Pero sí el objeto. Conmovía la delicadeza del encuadernador a quien le llevaron los recortes de ese periódico. Probablemente podía haber suprimido el faldón publicitario (una galletas y un dentista) repetido a lo largo de todas las páginas, pero el libro hubiese quedado muy corto de margen inferior, y prefirió dejarlos, armonizándolo. 
Diríamos que es un libro que se ha visto mejorado, enriquecido por un poema visual en cada página.
Recuerda en cierto modo al primor con el que las mujeres de pueblo cosían, para hacer decorosa su pobreza, los remiendos y soletas en los pantalones de los hombres que trabajaban en el campo, en la fábrica, en los talleres. No eran casi ni remiendos, sino verdaderos collages, patchwork de altura.


22 de febrero de 2014

La calle

                                                                                                                 Para Santiago Gil

–¿Que se ha ido la crisis? La calle es el espejo del alma. 

(Un taxista, de vuelta del aeropuerto). 
Y viniendo de la Casa-Museo Pérez Galdós, no creo que pudiera encontrarse un colofón más galdosiano a ese corto viaje. 

Fotos: 1. Busto de Bartolomé Cairasco de Figueroa en la Plaza de Cairasco con la Alameda de Colón al fondo. 2 y 3. Plaza de Santa Ana desde la torre de la catedral, y detalle. Las Palmas de Gran Canaria, 20 de febrero de 2014





21 de febrero de 2014

Niño en un carro de heno


NIÑO EN UN CARRO DE HENO


                          I
Después de tantos años me ha subido
a aquel carro un recuerdo de la infancia.
No me puedo explicar que su fragancia
a verdes nuevos y al azul florido

se hubiese evaporado. ¿Qué habré sido
de mí? ¿Cómo he vivido en la ignorancia
de aquella plenitud? ¿A qué distancia
se encuentra mi mañana del olvido?

No digas nada. Inesperadamente
has vuelto a revivir aquella escena
y con ella también todo el ayer.

Y del ayer bebiste en esa fuente
un agua tan castalia, fresca y buena
que de ninguna más quieres saber.


                           II
Los inviernos en mi tierra natal, al menos durante mi infancia, solían ser, o así los recuerdo yo al menos, rigurosos, sombríos y prolongados, de modo que cuando llegaba la primavera las gentes, principalmente del campo, parecían contagiarse del azul del cielo y del canto desaforado de los pájaros. De un día para otro, los aleros de las casas y pajares cobraban vida gracias a las golondrinas y vencejos y no había árbol, prado ni palera que no se vistiera con los verdes más audaces y nuevos. La hierba crecía en muy pocas semanas en los valles y en las faldas de los montes, y en muy pocas semanas también se segaba y se dejaba secar al sol sobre la tierra. Se hacía esta labor con guadañas que en brazos expertos tenían un valseo cadencioso y medido. Seca ya la hierba, el heno, se armaban los carros a los que se colocaban ciertos varales o costanas con que aumentar la carga, y se uncía a ellos una yugada de bueyes o de vacas. La tarea de recoger la hierba de los prados y meterla en los pajares era un trabajo arduo, pero no para los chicos, que asistían a él con indecible gozo: sus juegos despertaban de la hierba olores delicadísimos y tan embriagadores a miel, a mosto, a espliego, que se me quedan cortas todas las palabras. Qué vuelcos, que sonámbulos aleos los de las abejas, apuradísimas a todas horas, qué contrapunto el de los pájaros, qué tépida brisa, cuánta euforia en todo y en todos. Cuando el carro quedaba colmado de hierba, más allá incluso de lo que parecía razonable, llegaba el que era un momento solemne, aquel en el que un hombre tomaba en brazos al niño, a los más chicos, y los subía a lo cimero del carro. Ningún rey fue nunca tan dichoso, ninguno miró el mundo desde un trono más egregio. Recuerdo haber vivido los regresos, al paso soñoliento y atentado de las vacas, con una seriedad e intensidad indescriptibles. No tanto por el temor a caer desde allá arriba, como por saber que el trayecto de vuelta siempre habría de parecerme demasiado corto, y bajarme del carro, algo semejante a la pérdida de un reino. 
El recuerdo de uno de aquellos días ha venido a mí de pronto, nacido de no sé qué profundidades cincuenta años después, y me ha hecho feliz, sin dejar de interrogarme sobre el pasado ("Qué habré sido de mí"). Si me he decidido a contar ahora en prosa todo esto es porque buena parte de todo aquello me parece que no ha subido a los versos que la preceden ni traducen toda la emoción que sentí con tal reencuentro. 

(Nota: La foto que los acompaña, encontrada por mí hace años no sé dónde (L. Roisin Foto), formaba parte de uno de esos acordeones postaleros para turistas, y no guarda ninguna relación  con la escena que dio lugar a este poema, pero tiene, me parece a mí, esa rara poesía que procede de mezclar épica (catedral), tragedia (humeros) y lírica (ropa tendida).
                                               (Publicado en Clarín, número 109, enero-febrero 2014)





20 de febrero de 2014

De Chejov a tod*s nosotros

TRADUCIDA del inglés por Elvira Lindo, que la circuló ayer en su fbook, y encontrada en él por M., aquí la traemos con nuestra gratitud a E.L.. No se puede ser más generoso: con esta carta tan sabia como llena de afecto, A. Ch. nos hace de su misma estirpe y nos recuerda que siempre que tratamos de cultivarnos tenemos 30 años, lo mejor de la vida. Tenía él, al escribirla, 26.

* * *

CARTA DE ANTON CHEJOV A SU HERMANO MAYOR NIKOLAI

                                                                                        Moscú, 1886

¡A menudo te me quejas de que la gente no te entiende! Goethe y Newton no se quejaban de eso… Sólo Jesucristo se quejó, pero él estaba hablando de Su doctrina y no de Sí mismo. La gente te entiende perfectamente. Y si tú no te entiendes a ti mismo, no es culpa de nadie. 
Te aseguro, como hermano y como amigo, que te entiendo y te aprecio con todo mi corazón. Conozco tus grandes cualidades como conozco la palma de mi mano. Las valoro y las respeto profundamente. Si quieres, para demostrar cuánto te entiendo, puedo enumerar todas esas virtudes. Pienso que eres amable hasta extremos de blandura, magnánimo, generoso, listo para compartir tu último centavo; no sientes ni envidia ni odio; eres sencillo de corazón; tienes piedad por los hombres y por los animales; eres confiado, sin resentimiento ni malevolencia y no eres rencoroso. Tienes un don del que otra gente carece: tienes talento. Ese talento te sitúa por encima de millones de hombres, porque en la tierra sólo uno entre dos millones es un artista. Tu talento te distingue de los otros: si tú fueras un sapo o una tarántula, incluso entonces, todo te sería perdonado. 
Tú sólo tienes un fallo, y lo falso de tu posición, tu infelicidad y tus problemas intestinales son debidas a él. Se trata de tu extremada falta de cultura. Perdóname, por favor, pero “veritas magis amicitiae”… Verás, la vida pone sus condiciones. 
Para sentirte bien entre gente educada, estar como en casa y feliz entre ella, uno debe ser cultivado en cierta manera. El talento te ha introducido en ese círculo, tú perteneces a él, pero… estás siendo apartado. Y es que las personas cultivadas satisfacen, en mi opinión, las siguientes condiciones: 
1. Respetan la personalidad ajena, y además son siempre amables, gentiles, educados, y listos para ceder ante los otros. No montan un escándalo porque una herramienta se haya perdido; si viven con alguien no lo entienden como un favor que hacen, y no andan diciendo, !nadie puede vivir contigo! Disculpan el ruido y el frío y la carne seca y la presencia de extraños en sus casas. 
2. No sólo tienen simpatía por los mendigos y los gatos. Su corazón se duele también por lo que su ojo no ve. Se levantan de noche para ayudar, para pagar la universidad de sus hermanos, y para comprar ropas a sus madres. 
3. Respetan la propiedad ajena, y pagan sus deudas. 
4. Son sinceros, y temen a la mentira como al fuego. No mienten ni tan siquiera en pequeñas cosas. Una mentira insulta al que la escucha y le pone en una posición humillante a los ojos de quien la cuenta. No fingen, se comportan en la calle como en casa, no presumen ante sus camaradas más humildes. No son dados a la charlatanería, ni fuerzan a los otros a escuchar confidencias no deseadas. Por respeto a los demás a menudo mantienen silencio en vez de hablar. 
5. No se desprecian a sí mismo para despertar compasión. No manipulan los corazones de otras personas para sacarles algo. No dicen, soy un incomprendido, o me he convertido en alguien de segunda fila, porque todo eso tiene un efecto barato, es vulgar, falso… 
6. No tienen una vanidad hinchada. No les importan esas ridiculeces como conocer a gente famosa, o estrechar la mano al borracho P. Si ganan un poco de dinero no lo malgastan como si hubieran hecho cientos de rublos.  
7. No presumen de entrar en lugares donde otros no son admitidos. El talento verdadero se mantiene siempre oculto entre la multitud, y tan lejos como sea posible de la publicidad. Incluso Krylov ha dicho que un barril vacío puede tener más eco que uno lleno. 
8. Si tienen talento lo cuidan. Sacrifican a ese talento el descanso, las mujeres, el vino, la vanidad… Están orgullosos de ese talento. Además, son cuidadosos. 
9. Desarrollan un sentido de la austeridad. No pueden irse a dormir con la ropa puesta, ver cucarachas por las paredes, respirar aire viciado, caminar sobre el suelo que se ha escupido, cocinar sobre una estufa aceitosa. Buscan tanto como sea posible contener y ennoblecer el instinto sexual. Lo que quieren en una mujer no es solamente una compañera de cama… No buscan esa agudeza que se manifiesta en la mentira continua. Quieren, especialmente si son artistas, frescura, elegancia, humanidad, la capacidad de una mujer para ser madre… No beben vodka a cualquier hora de la noche y del día, no olfatean en las alacenas porque no son cerdos. Beben solamente cuando están de recreo, en ocasiones. Defienden una mens sana in corpore sano. 
Y todo eso. Así es como es la gente cultivada. Para ser cultivado y no estar por debajo del nivel de tus semejantes no sólo es necesario haber leído The Pickwick Papers y haberse aprendido el monólogo de Fausto. Lo que se necesita es trabajo constante, día y noche, lectura continuada, estudio, voluntad… Toda hora del día es preciosa para ello.  
Vuelve a nosotros, estampa la botella de vodka, túmbate y lee… a Turgenev, si quieres, a quien no has leído. Tienes que renunciar a tu vanidad, no eres un niño… pronto tendrás treinta años. ¡Este es el momento! Yo lo espero. Todos lo esperamos de ti.
                                                                                    A.Ch.



Arriba: Chejov y Tolstoi, Yalta, 1901. Abajo: Lev Tolstoi (Moscú, 1960), de donde fue tomada.


19 de febrero de 2014

Hay que aprender de Camba

AQUÍ van completas las respuestas a este cuestionario que me enviaron el otro día de un periódico. La cosa iba de libros viejos, y en vez de ir al grano y responder que a uno no le gustan los libros por viejos ni por nuevos, trata de mostrarse aplicado. ¿Cuando aprenderemos de Camba ("mire, lo que le voy a contar, mejor lo escribo yo, y lo cobro yo")?
O sea, que al final se queda uno otra vez a medio camino, y lo que sale ni es una entrevista pasable ni un mal artículo. Y como dice la juventud: gratis total.


1. Si tuviera que elegir un ejemplar de su biblioteca que destacara por su calidad y rareza o importancia como lector para usted, ¿cuál sería y cómo lo encontró?

La Fontana de Oro, la primera novela de Galdós. Dedicado de su puño y letra a José María de Pereda. Lo compré en el Rastro hace muchos años, a Conchita, una librera encantadora, paciente y comprensiva con nuestra pobretería. Creo que leía los libros como Ruben Darío, por emanación, y eso le bastaba para ser una buena librera.

2 ¿Sabe si existen muchos ejemplares de ese libro actualmente?

¿Dedicado a José María de Pereda? Diría que no. Sin dedicar, pocos: ¿cien ejemplares, doscientos? No muchos más.

3. ¿Qué es lo que lo hace tan especial para usted?

La novela galdosiana que trajo consigo: ¿cómo y por qué llegó al Rastro? Nos recuerda también que en los márgenes y desechos de la vida nos espera lo más valioso (*). ¿No hubiera sido mejor haber encontrado Fortunata y Jacinta dedicado, pongamos por caso, a Baroja? Desde luego, pero la realidad, aunque no esté a menudo a la altura de la ficción, es más generosa: nos da lo inexplicable.

4. Dénos alguna pista: ¿cuál es, a su juicio, la mejor librería de viejo de España y por qué?

Una del pasado: Mirto, maravillosa, frente al Botánico; su dueña, Herminia Muguruza, era una mujer refinada, en la onda de la ilustración institucionista, y muy comprensiva también con nuestra pobretería; y dos de ahora, Gulliver, de Manolo Domínguez, en Madrid, y Renacimiento, de Abelardo Linares, en Sevilla: ellos no sólo comprenden nuestra pobretería, sino que la comparten. En las tres he encontrado siempre algo más que libros: historias y amistad. Las librerías que sólo tienen libros, me interesan menos. A quienes van detrás de incunables o góticos o de lujo, estas librerías es probable que no lo les digan nada, como tampoco a mí me suelen decir nada esas otras librerías anticuarias con encuadernaciones suntuosas e infolios majestuosos. Me gusta verlos, pero los libros son para leer. Libro que no has de leer, déjalo correr. Yo empecé a ir a las librerías de viejo, hace cuarenta años, porque los libros que quería leer no estaban en las de nuevo. Hablo de JRJ, casi todo Azorín, mucho de Baroja, mucho Unamuno, todo Gómez de la Serna, d’Ors, Miró, por no hablar de lo que se decía menor, por ejemplo Pla, Cunqueiro, Chaves Nogales, Ruano, Gaziel, Sánchez Mazas. Y, claro, por aquello que decía JR, que he repetido mucho: “En edición diferente los libros dicen cosa distinta”.

5. ¿Compra libros en la red?

De viejo, a menudo; de nuevo, nunca.

6. ¿Cuántos volúmenes tiene en la actualidad su biblioteca y cuál querría que fuese su destino final?

Es difícil contarlos, porque entran unos y salen otros al librero de viejo. En una biblioteca particular tan importante es lo que entra como lo que sale. En cuanto al destino final de un libro: es difícil de conocer. Ahí está ese ejemplar de La Fontana de Oro para relativizarlo todo.

7. ¿Cómo se imagina las bibliotecas del futuro? ¿Resistirán el desafío de los libros digitales?

Las imagino como las de hace cien años: solitarias, secretas, silenciosas.

(*) Cada vez que salía un cuadro suyo en una subasta, C.L. decía: "Una noticia triste, porque suele ser por una de estas tres causas: se ha muerto su dueñ*, ya no le gusta, necesita el dinero". Con los libros viejos sucede todo más o menos de la misma manera, con este agravante: por lo general ni quien vende un libro viejo sale de pobre ni quien lo compra para venderlo se hace rico.



18 de febrero de 2014

¿Quién lo llama silencio?

UN día más es G. quien nos lleva de la mano a este minuto de poesía. ¿Y quién, viendo una piedra, no siente impulsos de sumarse a ella? ¿Quién llamaría silencio a un decir que se articula de este modo?


PIEDRA Y SUELO

Cada vez que una piedra
se rompe, nunca vuelve
a soldarse.
Así desde el principio
de los tiempos ocurre
y todas son heridas
que no cierran.

Ya sé por qué a menudo
mientras voy paseando
no levanto los ojos
del camino.
No es misantropía. Así las piedras
cada vez más pequeñas
y yo nos consolamos.
                     
                       (De Un sueño en otro, 2004)


Thompsonita

17 de febrero de 2014

Junto a la tumba de Larra

UNA semana y un periódico por día a lo largo de 24 horas. Sólo titulares de portada. Esa es la idea: lo insoslayable. Fuera han quedado deportes, cotilleos y demás, pese a ocupar el 50%. Si mañana la Tierra desaparece, esta hoja probaría la necesidad de la novela: sólo la ficción hubiera podido salvarnos de una realidad descoyuntada y loca. Ya no sé si la he soñado. ¿Quién dijo aquello de que “escribir en España es llorar”?

LUNES, 20. El País: 85 ricos suman tanto dinero como 3.570 millones de pobres. El nuevo cardenal español: “La homosexualidad es una deficiencia”. MARTES, 21. La Vanguardia. Rajoy asegura que tiene "un plan" para frenar la consulta soberanista. Mas ve "despótico" que Rajoy tenga un plan sin contar con los catalanes.  Los españoles trabajan 300 horas anuales más que los alemanes.  MIÉRCOLES, 22. El Mundo. Francia hace sagrado el derecho al aborto. Gallardón: “Lo progresista es defender al feto, 'como se hizo con los esclavos’”. La mujeres marroquíes ya no estarán obligadas a casarse con sus violadores. JUEVES, 23. Abc. El número de parados bajó en 69.000 personas en todo 2013 [El País ese mismo día y a la misma hora: España destruye empleo por sexto año consecutivo y el paro supera el 26%]. Ortega Cano irá a la cárcel. Muere el perro argentino que permaneció nueve años junto a la tumba de su dueño. Una joven, violada por doce hombres en la India por orden del Consejo del pueblo. VIERNES, 24. La Razón. Sánchez-Camacho: «Si Cataluña no está en bancarrota es gracias al Gobierno de España». Olfo Bosé no se habla con su abuela. SÁBADO, 25. El Progreso, de Lugo. Liberan un empresario tras seis días de secuestro en Lalín. Ingresa en prisión por cometer polo menos catro abusos sexuais en Santiago. DOMINGO, 26. El Periódico de Cataluña. Mas responde a Rajoy que habrá consulta y será legal. 75 aniversario de la caída de Barcelona: "Los soldados nos lanzaban pan y gritábamos '¡Viva España!'".

Apenas han pasado tres semanas, ¿y todas estas noticias no nos parecen ya sombras de una caverna? Había muchas más, cientos. Traerlas aquí lo volvería todo aún más confuso. ¿Éramos, somos así? No sabe uno qué responderse. Necesitaríamos uno o muchos novelistas de guardia que le dieran sentido a todo esto. Si me dejaran, empezaría por la historia del perro  argentino que pasó nueve años junto a la tumba de su dueño. Cualquier español lleva muchos más junto a la tumba de Larra, llorando.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 16 de febrero de 2014]
     

16 de febrero de 2014

Ephimera (apuntes)

LO más chistoso es el instinto que tienen los gitanos para conocer las leyes de la oferta y la demanda, así como su conciencia del grave momento histórico que vive la madre patria: el que lo vendía, pedía por él... ¡¡¡¡100 euros!!!!, cantidad que en el Rastro no paga nadie ni por el rescate de un hijo. 

Ni que decir tiene que se quedó allí.

Y gracioso que el autor del retrato de José Antonio, y de toda la grafía, se firmara como "Duce". 

Supongo que el cartel es posterior a 1939. O preparando la entrada de las tropas de Yagüe, como mucho. Antes no creo.

La grafía es parecidísima a la que popularizó Ámster para las ediciones comunistas de Vida Nueva de los años treinta. O sea, las vanguardias rojas y negras, como siempre, de la mano.

En las las latas de pimentón que están detrás figura Santiago Matamoros. En esto, sin embargo, no ha tenido nada que ver el Cni, como sin duda creerán Artur Mas y el contraespionaje del Ramón Llull.

La frase es de las que ya no le sirven a nadie, aunque, la misma, en boca de otro, serviría. Su autor la hace inservible, aunque a él precisamente ningún catalán podría reclamarle nada de lo que vino luego: lo mataron en 1936. A., a quien le mandó uno por correo la foto, lo dijo con más humor:  "Magnífico cartón. Menos mal que lo fusilaron en Alicante, de haber sido en Vich..."

Y un último detalle, sublime realidad: todo el género está sobre una placa solar que hace de mesa, alusión velada al Cara al sol.

El Rastro, 9 de febrero de 2014


15 de febrero de 2014

Intempestivos (El rey está desnudo y otros ejemplos)


AL intempestivo, en su época al menos, se le sufre mal. Para cuando el tiempo viene a darle la razón, ha muerto ya, a menudo aplastado por la amargura, la incomprensión y el desprecio de sus contemporáneos. Hablo en masculino porque los intempestivos que me vienen a la memoria son varones. Las mujeres, a las que ni siquiera se concedió la ciudadanía de pleno derecho sino hasta fechas recientes, no hubieran podido ser intempestivas más allá de la vainica doble. Desde luego no en la vida pública. Las primeras grandes intempestivas fueron las sufragistas, y en España Clara Campoamor, enfrentada a la derecha y a los suyos propios, que le pagaron con el desdén y el olvido. Lo mismo diríamos de los esclavos, o de los que viven en regímenes dictatoriales o clericales y de muchas minorías acosadas. Sin libertad, mayor o menor, es difícil ser intempestivo durante mucho tiempo.
A los intempestivos tiende a vérseles como a personas impetuosas y arbitrarias, en fin, gentes fuera de tiempo y de lugar. El intempestivo es extemporáneo por naturaleza. Don Quijote sería un buen ejemplo. Entre los escritores españoles, no sólo entre los entes de ficción donde abundan, hay unos cuantos intempestivos que gozaron mientras vivieron de cierta simpatía y respeto. A Unamuno y Baroja, Juan Ramón Jiménez y Bergamín, incompatibles entre sí, se les puede considerar intempestivos más o menos civilizados. Sin salirnos de la actualidad y la literatura, a uno le han parecido también intempestivos Ferlosio, Jiménez Lozano, Savater, Sánchez Dragó, Espada y Azúa, o Jiménez Losantos y Javier Marías: en el caso de estos últimos, la “profesionalización” en la denuncia reiterada y monotemática de una impostura (la impostura y estupidez de lo “progre”, en el primero, o la estupidez e hipocresía de “la derecha”, en el segundo), les hace polos opuestos de un mismo talante y contar cada cual con partidarios que los alientan y secundan. Sin embargo es posible que algunos consideren sólo intempestivos a los individualistas feroces que van como Nietzsche con una lata de gasolina pegándole fuego a todos los falsos valores de nuestra civilización, o a quienes vendrían a ser como su caricatura, tipo Léon Bloy o Jules Renard, Luis Bonafoux, “la víbora de Asnières”, o el Eugenio Noel de las furibundas campañas antitaurinas. Ni que decir tiene que no todos los intempestivos están fundidos en el mismo metal noble que don Quijote, Nietzsche, Unamuno, Baroja, Juan  Ramón, Noel y otros de los citados, y ejemplos sobran desde Alcibíades hasta Hitler, pasando por Savonarola. Quiere decirse que entre la demagogia y la autenticidad hay una distancia que a veces sólo se puede medir en micras, y muchos de quienes se presentan como intempestivos en un primer momento no esconden sino un pensamiento retestinado y sustanciado en cualquiera de las formas de la intolerancia, oculto tras la violencia con la que lo propagan (pensemos, por ejemplo, en la mayor parte de las sedicentes vanguardias artísticas contemporáneas, más intransigentes con sus enemigos de lo que lo fueron estos con ellas nunca).
Alrededor del intempestivo, del verdadero y del falso (el falso es al verdadero lo que el demagogo al demócrata, el sofista al filósofo o el corcel al caballo), se crea una cierta expectación, porque se sabe y se espera de él que dirá, a propósito de lo que sea (política, moral, estética), bien cosas que todos piensan pero nadie se atreve a decir, bien cosas que nadie ha dicho porque nadie se ha atrevido a pensar. Es decir, que dirá cosas diferentes de las que estamos acostumbrados a oír. En cierto modo el lema del intempestivo “bueno” es kantiano: sapere aude, atrévete a saber, y a la audacia de atreverse a decir lo que sabemos es a lo que se ha dado en llamar “lo políticamente incorrecto”. El lema del intempestivo “malo” es parecido al del “bueno”: facere aude, atrévete a hacer; este suele conducir a la famosa dialéctica de las pistolas. De ahí que no sea fácil a veces distinguir al intempestivo verdadero del energúmeno, y la tendencia a creer que los intempestivos verdaderos son los nuestros, y los energúmenos los de los otros, es también una costumbre inveterada.
Lo políticamente incorrecto sólo puede considerarse, claro, en relación con lo políticamente correcto, que es el conjunto de normas, convenciones, conductas y palabras bendecidas en cada momento por los poderes con el fin de perpetuarse como poder o de alcanzarlo. Para ello no ahorrarán promesas y adulaciones a quienes ayuden a consolidar lo políticamente correcto. Lo contrario, lo políticamente incorrecto, trata de dinamitar ese conjunto de conductas y palabras sobre los que se asienta una sociedad convencional, alienada e injusta, y detrás de ello hay también un catálogo de promesas y recompensas. Incluso el más áspero de los intempestivos lleva en conserva un puñado de halagos, bien para las masas bien para la inmensa minoría. Nietzsche sería el ejemplo y modelo de pensamiento intempestivo. Su superhombre, en vez plegarse a los dictados de la mayoría, tratará de librar a esa mayoría esclavizada de sus prejuicios, en definitiva de liberarla, tal y como don Quijote rompió las cadenas de los galeotes. Libres, se les promete, seréis más felices. Pero como ocurre con todo lo paradójico, por un mismo hilo de cobre van y vuelven corrientes alternas: puede ser políticamente incorrecto defender públicamente algo políticamente correcto, por ejemplo, el lenguaje inclusivo; si alguien defiende el uso del “ciudadanos y ciudadanas, vascos y vascos” se expone a las burlas incluso de aquellos que aseguran defender la lucha por la igualdad de las mujeres.
Las formas de manifestarse del intempestivo causan siempre cierto revuelo. Pero en mi opinión el verdadero intempestivo no quiere ser polémico ni busca la polémica, al menos directamente. No es un exhibicionista. La polémica es sólo una consecuencia de las cosas que dice. Porque hay que decirlas, no basta pensarlas (a la mayor parte de los políticamente correctos que yo conozco les hace muchísima ilusión decir en privado que son políticamente incorrectos). “No soy polémico, resulto polémico”, solía decir Ramón Gaya. Como admirador de Nietzsche, fue una persona intempestiva que aborrecía la bulla. Un pájaro solitario. Creo que Gaya se refería a que el intempestivo no lo sería en absoluto si fuese capaz de hacerse oír reclamando un poco de atención, y ello sin tener que levantar la voz en un mundo lleno de ruidos y demasiado distraído. A Gaya le debemos una de las grandes intempestivas de estos años: “Lo más patético del crítico de arte –de música, de poesía, de pintura– no es tanto que se equivoque y no entienda, sino que entiende de una cosa que… no comprende”, escribió. El verdadero intempestivo, el que nos interesa, no el energúmeno o el demagogo, es aquel que en una sola frase acierta en la línea de flotación de su época, y pone de acuerdo en su contra a todos sus contemporáneos, incluso a aquellos que eran antagónicos. Vemos en él y en su decir como una fatalidad, lo dice fatalmente y al decirlo se inmola, tal y como apreciamos en Van Gogh. Esa inmolación, lo llamativo de ella, ayudará a otros tal vez a descubrir la verdad por la que se extremó de ese modo.
La mayor parte de nosotros, sin embargo, somos convencionales y decimos en público cosas convencionales o guardamos silencio si vemos que romperlo va a comportar algún tipo de incomodidad o peligro. La mayor parte de nosotros nos plegamos también a lo políticamente correcto porque pensamos que lo contrario sería una forma de suicidio. Al intempestivo no le asusta, sin embargo, quedarse solo frente al colectivo, al país, al gremio, a la institución que defiende lo correcto con penas severísimas para quienes traten de ponerlo en cuestión (pensemos en tantos no-nacionalistas considerados antinacionalistas por los nacionalistas, sólo por recordar la falacia de creer que lo correcto es ser nacionalista). Teniendo en cuenta que parece remontarse a un viejo cuento oriental, el primer intempestivo, la primera persona políticamente incorrecta ni siquiera sería don Quijote, sino el niño del Retablo de las maravillas que dijo ante el rey desnudo: “El rey está desnudo”. Diríamos que el verdadero intempestivo es siempre un filósofo, un niño o un bufón. En cuanto a la primera Carta Magna de lo políticamente correcto la redactó Gustave Flaubert y la tituló Diccionario de lugares comunes (o de las ideas heredadas, más exactamente, es decir, de lo políticamente correcto).
Dinamitar los lugares comunes, verdaderas fosas sépticas del pensamiento, requiere desde luego una cierta dosis de audacia e insensatez o, al menos, de inconsciencia, y quien lo haga se expone a las represalias y el descrédito.
Durante setenta años la izquierda española circuló la idea de que los mejores escritores e intelectuales españoles se colocaron del lado de la República durante la guerra civil. Se podía discutir cualquier cosa, menos esa. Y tenían en cierto modo derecho a pensarlo: la habían perdido o se la habían ganado unos mamarrachos, tanto da, y esa fantasía era como si dijéramos un premio de consolación. Repetían una y otra vez: Lorca, Machado, Juan Ramón Jiménez, Cernuda, Chacel, María Zambrano… De acuerdo, ¿pero dónde dejamos a Ortega, Azorín, Baroja, Pla, Cunqueiro, Unamuno, Gómez de la Serna? ¿O qué hacemos con el incómodo Chaves Nogales? Esto era algo que sabíamos todos, desde luego; ¿por qué entonces se tardó tanto en admitirse y circularse?
Lo políticamente incorrecto trata, pues, de desmontar una ficción, esa clase de ficciones que narcotizan a una sociedad a base de lugares comunes, aunque no siempre lo consigan. Por lo general los lugares comunes y el lenguaje políticamente correcto suelen estar defendidos por grupos de presión bien organizados y poderosos, en tanto que quienes los cuestionan desde su incorrección política suelen ser individuos vulnerables que actúan a la intemperie y en solitario, francotiradores frente a cuerpos de ejército bien artillados. “Cántaro roto” se llamó a sí mismo Van Gogh. David contra Goliat, Hannah Arendt contra el establishment hebreo denunciando el papel de los Consejos Judíos en la Shoah. Se tomó su Eichmann en Jerusalén como un exabrupto, casi una provocación, algo en todo caso que no debía circularse y menos por una judía. Pero ella pensó que si no se tenía en cuenta esa circunstancia no acabaría nunca de comprenderse por qué y cómo ocurrió todo, cómo la colaboración de determinados Consejos Judíos contribuyó, y en qué medida, a la destrucción de millones de judíos. Por ello fue combatida y marginada entre los suyos, al menos durante un tiempo.
Porque el caso de Arendt y el de otros más extremos (el de Van Gogh o el de Nietzsche, para no salirnos de los citados), no es frecuente. Gentes a las que la posteridad sabe situar en un lugar eminente como ejemplo de probidad y coraje, y los honra por ello.
Lo corriente es lo contrario: demasiado frágiles, la mayor parte de los intempestivos acaban rompiéndose en mil pedazos y peor aún, o mejor, según se mire: para cuando el tiempo ha vuelto moneda corriente aquello que les costó la incomprensión y la marginación, ellos ya no pueden verlo ni tampoco a quienes no tendrán el menor empacho en presentarse como defensores de aquello y aquellos a los precisamente destruyeron por defenderlo. Lo decía Bernardo Soares: “Un día tal vez comprendan que cumplí, como ningún otro, mi deber nato de intérprete de una parte de nuestro siglo. Y cuando lo comprendan han de escribir que en mi época fui incomprendido, que desgraciadamente viví entre desafecciones y frialdades, y que es una pena que así me sucediese. Y el que escriba esto será, en la época en que lo escriba, incomprendedor, como los que me rodean, del que será como yo en ese tiempo futuro”.
Porque tanto como las palabras (son ellas la punta de lanza de lo políticamente incorrecto y de lo políticamente correcto), se trata de cambiar el presente, incluso el pasado, la memoria, lo que hemos dado en llamar el relato de la historia. En definitiva, asegurarnos el futuro.
Cuando los terroristas de Eta y sus aliados nacionalistas impusieron la palabra “violentos” sobre la palabra “terroristas” o la expresión “violencia callejera” sobre “terrorismo callejero”, ya habían ganado la partida: desde ese momento sus crímenes quedaban empequeñecidos y reducidos a meros alborotos tribales sin mucha concreción, preparándose el terreno para ese día en el que, al salir de la cárcel, no tuvieran que mostrar el menor arrepentimiento por haberlos cometido ni pedir perdón a las víctimas. Ya habían convencido a muchos de que no se trató en realidad de “terror” sino de un acaloramiento pasajero, callejero, lícito y legítimo. En buena parte del País Vasco lo políticamente incorrecto, pues, es seguir hablando de terroristas y no de violentos, frente al discurso oficial, la ley no escrita, que hablará de violentos y no de terroristas.
Otras veces, sin embargo, ganan los buenos. Durante años se trató de reducir la violencia de género o machista a “violencia doméstica”. Corrieron ríos de tinta. Se mostraron partidarios de esta última opción principalmente varones, algunos de ellos representantes de instituciones judiciales, académicas, políticas. Y periódicos, muchos periódicos. A las feministas les costó lo indecible inculcar en ellos que a las mujeres se las maltrataba en tanto que mujeres y que si la mayor parte de esos maltratos tenían lugar en el ámbito doméstico era sólo porque ese es el que mejor encubre la impunidad de los maltratadores. Que los machistas sigan caricaturizando la lucha de las feministas recurriendo a excesos de corrección (“ciudadanos y ciudadanas, vascos y vascas”, etc.), no las desanima en absoluto para recordarles los tiempos no tan lejanos en los que era políticamente incorrecto y aun ridículo decir jueza o médica o... feministas. Algo parecido podría decirse de los homosexuales: habiendo una cincuentena de palabras en castellano para designarlos, no existía, sin embargo, ni una sola que no fuese vejatoria, insultante o despectiva, y sólo en fecha relativamente reciente adoptaron una, gai o gay, de la que está excluido todo matiz ofensivo. No es ajeno a la conquista de estas palabras y expresiones el hecho de que ya hace años los cómicos hayan desterrado de su repertorio la mayor parte de los chistes sexistas u homófonos, así como otros sobre “tontitos”, negros, judíos, gitanos, que escondían en la hilaridad la violencia, el desprecio y la discriminación. Y cuando la casualidad ha querido que volviéramos a ver alguna de esas viejas actuaciones, quedamos aterrados pensando que algún día nos reímos, atolondrados o estúpidos, de y con eso.
Claro que no todo lo que se presenta como políticamente incorrecto trata de corregir comportamientos irracionales, injustos, discriminatorios. Y al revés. En un momento determinado se quiso cambiar el nombre de los maestros de escuela por el de “profesores de Educación General Básica”, y llamar a los ciegos, palabra en la que algunos veían desprecio o saña, “invidentes”. Fue la época en la que los colegios profesionales “elevaron” a los aparejadores o a los peritos a la categoría de “arquitectos técnicos” e “ingenieros técnicos”. El tiempo y el uso devolvieron maestro e invidente al venerable lugar que ocupaban en nuestra lengua, en nuestra memoria y en nuestra literatura, lo que no se ha logrado con otros eufemismos como “fallecer”, de uso exclusivo en periódicos y esquelas, acaso porque se piensa que el que fallece se muere siempre un poco menos o que es una palabra más respetuosa para el difunto (como quien cree distinguir a su mujer presentándola como “mi esposa” o “mi señora”). A finales del XIX los nacionalistas mejicanos empezaron a exigir que se escribiera México por Méjico, y Unamuno, al que su intempestividad valió el destierro, dijo que él escribiría México cuando los mejicanos escribieran Guadalaxara. Quiero decir con todo esto que no siempre, en estas batallas, ha ganado la racionalidad.
Podríamos seguir poniendo ejemplos hasta el infinito. Leo en una página de internet una larga lista de lo que se considera políticamente incorrecto hoy día. Por los ejemplos que ponen se advierte que nos hallamos ante energúmenos más que ante intempestivos, como los que hace años editaban en Barcelona una revista neonazi con un título que aludía al nietzscheano “cómo filosofar a martillazos”: El martillo.
Por naturaleza y temperamento tiende uno a desconfiar de aquellos que alardean de no tener  pelos en la lengua y de ir por la vida soltando mandobles con una maza. Y de todo lo que se grita o sale de la megafonía. Lo decíamos al principio: hay algo y aun mucho de fatalidad en el verdadero intempestivo, quien, si pudiera, sería alguien discreto y apagado, civilizado y cortés y por supuesto con algunos pelos en la lengua. Porque son estos los que a menudo garantizan la convivencia.
El mundo se ha hecho más hospitalario gracias a algunos intempestivos, que fueron mal entendidos en su época y arrinconados, cierto. Pero también hemos visto que cada vez que el mundo se ha vuelto inhóspito y cruel lo fue porque algunos falsos intempestivos lograron ponerse al frente de las multitudes a las que contagiaron su locura. Porque, se me olvidaba decir, los males de este mundo proceden de que la locura de los intempestivos verdaderos (don Quijote o Bernardo Soares) no suele contagiarse, en tanto que la de los falsos intempestivos suele causar verdaderas epidemias.
Uno agradece y admira y se deja acompañar de los verdaderos intempestivos, que remueven las conciencias y ayudan a sacudirse la tontería y los prejuicios de cada época, tanto como le cargan los intempestivos falsos y semifalsos, aunque tampoco querría uno olvidar ahora, llegados a este punto, a Emily Dickinson: “Di toda la verdad, pero sesgada”.
Pues eso.
                                         (Publicado en Jot Down, número 6. Febrero de 2014)
Manifestantes de la Memoria Histórica en la Puerta del Sol, frente a la antigua DGS franquista. Tarde del 13 de febrero de 2014. En una de las pancartas, fotografía de Antonio Machado.














14 de febrero de 2014

Jot Down

ACABA de aparecer el sexto número/papel de esta revista. Cada época tiene un puñado de publicaciones, libros, revistas, periódicos, donde se decanta tipográficamente lo mejor de ese momento. 
En Jot Down papel está tipográficamente lo mejor de estos años, un tanto eclécticos. Para ello sus diseñadores (relajaelcoco scp) han combinado audacia y delicadeza. La audacia de prescindir del color y del brillo en una época en que todos vivimos el falso lujo del colorín y el relumbrón, y la delicadeza de ahorrarnos las páginas de publicidad invasiva, cancerosas casi siempre. Lo demás lo han dejado en manos de una cabecera potente, un puñado de tipos, muy pocos, generosos blancos, algunos corondeles de fantasía (juventud, divino tesoro) y unas bien escogidas fotografías, generosamente reproducidas.
Y esto que se confirma en todo gran diseño: si algo nos disgusta en él (y a cada uno es posible que le disguste alguna cosa) no rebaja en absoluto aquello que nos gusta. Porque cuando algo nos gusta mucho atenúa aquello que nos disgusta, que pasa a un muy segundo término. Más o menos como nos pasa con las personas. 
Una vez hemos dilucidado el soporte, viene lo importante: el poder leer sin tropiezo, y leyendo, el poder disfrutarlo y compartirlo. Si ocurre así, hablaríamos de un círculo perfecto. Cerrado. Pasemos a lo de dentro.
Mañana, aquí, el artículo que se ha publicado en este número.