31 de marzo de 2014

La Cultural Leonesa

COMO muy bien saben los aficionados, La Cultural Deportiva Leonesa es un equipo de fútbol. Incluso a alguien como yo, al que ni le interesa especialmente el balompié ni ha puesto nunca el suyo en un estadio ni es del mismo León, el nombre le hace gracia. Nació en 1923 de la fusión de otros dos equipos locales, La Victoria y La Gimnástica.  A estos parece que les hubiese bautizado Ortega. Ignoro la razón por la que los llamaron en femenino, siendo entonces el fútbol cosa sólo de hombres. ¿Algo freudiano? No sería de extrañar: León ha estado siempre a la vanguardia del mundo. Si miran en wikipedia verán además que la entrada de LCL es mucho más extensa que la de Sócrates, y con una erudición apabullante. 

LCL fue, ahora lo vemos, una pionera. No hay nada hoy que no se presente como cultura, que no busque legitimarse así. Desde el peterete cocinado con nitrógeno líquido a -250º centígrados a la morcilla de Burgos con aromas del Montseny, no hay día que no se nos repita con machaconería lo de la“cultura gastronómica”, y junto a ella todas las culturas acreditadas: del vino, del silbo gomero o de la cabra de Manganeses de la Polvorosa. Acaso ha sido el mayor triunfo de la mercadotecnia moderna: convencernos de que comerse esa morcilla o tirar una cabra desde el campanario puede equipararse a leer À la recherche. Algo así como un “sólo es cultura, si no hay esfuerzo” (¿no vemos a tantas gentes tediosas “pasear” los museos como si fuesen centros comerciales?)

Acabamos de cruzarnos con una multitud y una pancarta que decía “Todos somos cultura”, y no ha podido uno por menos que preguntarse: ¿todos?, ¿qué cultura? ¿Se ha gritado allí la consigna de la vuelta de la filosofía, el latín y el griego a las aulas? ¿Y qué decir de la Educación para la Ciudadanía? Tampoco ha oído allí  uno un “Menos fútbol en la televisión y en nuestras vidas”. Ni nadie ha recordado que somos uno de los países que menos lee del mundo y uno de los más ruidosos, ni tampoco se aludió a que el ocio, lo que antes se llamaba recreo, está acabando con la cultura, ni la distracción permanente en la que vivimos. ¿No nos decían nuestros maestros que lo primero para aprender era estar atentos en clase? ¿Podemos estarlo con la vida que llevamos? Claro que si se es de León, como yo he sido, se lleva mucho adelantado con LCL, la única que hoy por hoy puede ganar al Sócrates CF.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de marzo de 2014]

30 de marzo de 2014

Cara y cruz del enigma (una lectura de Nietzsche)

EL jueves pasado Miriam Moreno, en una sesión del Seminario Nietzsche Complutense, celebrada en Matadero de Madrid, dio la réplica a la profesora Ana María Leyra, quien a su vez había leído un trabajo sobre Así habló Zaratustra del filófoso alemán, con este escrito.
* * *
Ana María Leyra nos ha invitado a realizar una lectura libre de doctrinas, una lectura creadora que despierte nuestras propias reflexiones a través de imágenes.  Un pensamiento visual que es un oír con los ojos y un mirar con los oídos, con la extrema atención que requieren los textos de Así habló  Zaratustra.
Un libro que parece evocar una época legendaria, remota y mítica, como lo es aquella del nacimiento de la filosofía que se remonta a los ritos de la Grecia arcaica en los que el éxtasis, la manía, la locura, son elementos comunes en los ritos del culto a Dionisos y Apolo. Estas serían las fuentes de la sabiduría, según el camino de la palabra, desde la oralidad a la escritura, trazado por Giorgio Colli. Un itinerario genealógico del paso de la sabiduría a la filosofía, o lo que es parecido, el paso del adivinar al deducir. Pero no me voy a detener en él porque me voy a centrar en este fragmento de De la visión y del enigma.[1] Aquí, Zaratustra se dirige, no a las multitudes, sino a sus compañeros de viaje, a los iniciados, ebrios de enigmas que gozan con la luz del crepúsculo. Únicamente a estos audaces les revela la visión del más solitario. A ellos les invita a la interpretación porque pueden adivinar y odian el deducir.
En mi tentativa de hacer una lectura sin traicionar el espíritu de Nietzsche, sin seguir las rutas ya trazadas, he explorado algunos textos autobiográficos suyos buscando pistas del enigma nietzscheano, de su lógica imposible. Les voy a proponer la lectura de unos textos que apenas voy a comentar. Son fragmentos de cartas escritas en la primera mitad de la década de los ochenta y algunos pasajes de Ecce homo en los que he seguido el rastro de las palabras de Zaratustra. Como saben, Ecce Homo, es un libro escrito por Nietzsche en 1888 con el subtítulo: Cómo se llega a ser lo que se es, que empieza con un párrafo en el que hace referencia a su edad: “No en vano he sepultado hoy mi año cuarenta y cuatro, me era lícito sepultarlo, –lo que en él era vida está salvado, es inmortal.”[2]
Pues bien, lo que Colli saca a la luz con su interpretación es la génesis común de la filosofía y de la poesía. Ana María nos acaba de leer La canción de la melancolía que nos muestra a un Nietzsche de la estirpe de los poetas. Así se lo dice a Erwin Rohde, en la carta desde Niza el 22 de febrero de 1884:
“Por lo demás, continúo siendo poeta hasta todas las fronteras de este concepto, y ello, a pesar de que me he tiranizado suficientemente con lo contrario de toda poesía.
¡Ay, amigo, qué vida tan desatinada y silenciada vivo! ¡Tan solo, tan solo! ¡Tan sin hijos!”[3]
Como poeta Nietzsche conoce la inspiración. He escogido este párrafo de Ecce homo, páginas 97 y 98 en el que encontramos a un Nietzsche no del todo descreído.
“– ¿Tiene alguien, a finales del siglo XIX, un concepto claro de lo que los poetas de épocas poderosas denominaron inspiración? En caso contrario, voy a describirlo. 
Si se conserva un mínimo residuo de superstición, resultaría difícil rechazar de hecho la idea de ser mera encarnación, mero instrumento sonoro, mero médium de fuerzas poderosísimas. El concepto de revelación, en el sentido de que de repente, con indecible seguridad y finura, se deja verse deja oír algo, algo que le conmueve y trastorna a uno en lo más hondo, describe sencillamente la realidad de los hechos. Se oye, no se busca; se toma, no se pregunta quién es el que da; como un rayo refulge un pensamiento, con necesidad, sin vacilación en la forma –yo no he tenido jamás que elegir. Un éxtasis cuya enorme tensión se desata a veces en un torrente de lágrimas, un éxtasis en el cual unas veces el paso se precipita involuntariamente y otras se torna lento; un completo estar-fuera-de-sí, con la clarísima consciencia de un sinnúmero de delicados temores y estremecimientos que llegan hasta los dedos de los pies; (…) Todo acontece de manera sumamente involuntaria, pero como en una tormenta de sentimiento de libertad, de incondicionalidad, de poder, de divinidad… La involuntariedad de la imagen, del símbolo, es lo más digno de atención; no se tiene ya concepto alguno; lo que es imagen, lo que es símbolo, todo se ofrece como la expresión más cercana, más exacta, más sencilla.”[4]
Nietzsche nos está describiendo la inspiración como una visión y una temporalidad. Una imagen que se deja ver, pero también oír. Quizá un mirar con los oídos o un oír con los ojos. La inspiración es involuntaria, convierte lo invisible en forma y desvela lo inefable con palabras. Así lo leemos en esta carta a Carl von Gersdorff del 28 de junio de 1883 donde escribe Nietzsche:
“De nuevo estoy en la Engadina, por tercera vez, y de nuevo siento que aquí, y no en otro sitio, se encuentra mi verdadera patria y mi lugar de incubación. ¡Cuántas cosas no se hallan ocultas en mí, que quieren convertirse en forma y palabra! Nunca podrá ser el ambiente bastante tranquilo, alto y solitario en torno de mí, si quiero oír mis voces más íntimas.”[5]
La soledad como condición. Otro título pensado por Nietzsche para De la visión y del enigma era “La visión del más solitario”. Esta visión ya sabemos que es la del Eterno Retorno. En Ecce homo leemos:
“Voy a contar ahora la historia del Zaratustra. La concepción fundamental de la obra, el pensamiento del eterno retorno, esa fórmula suprema de afirmación a que se puede llegar en absoluto, – es de agosto del año 1881: se encuentra anotado en una hoja a cuyo final está escrito: ‘A 6.000 pies más allá del hombre y del tiempo’. (…) Acaso sea lícito considerar el Zaratustra entero como música; – ciertamente una de sus condiciones previas fue un renacimiento en el arte de oír. En una pequeña localidad termal de montaña, no lejos de Vicenza, en Recoaro, donde pasé la primavera del año 1881, descubrí juntamente con mi maestro y amigo Peter Gast, también él un “renacido”, que el fénix Música pasaba volando a nuestro lado con un plumaje más ligero y más luminoso del que nunca había exhibido. [6]
Sabemos que la figura de Zaratustra comparece ya en algunos aforismos desde 1881 y en la carta a Peter Gast desde Sils-María, el 14 de agosto de ese año Nietzsche escribe:
“No, mi querido y buen amigo. El sol de agosto está sobre nuestras cabezas, el año corre hacia su fin, y en las montañas y en los bosques se extiende mayor tranquilidad y mayor paz. En mi horizonte han surgido ideas, como nunca las he contemplado; (…) A veces me pasa por la cabeza la idea de que, en realidad, vivo una vida altamente peligrosa, pues pertenezco a la clase de máquinas que pueden saltar en pedazos. Las intensidades de mi sentimiento me hacen estremecer y reír; unas cuantas veces no he podido abandonar mi habitación por la ridícula razón de que mis ojos estaban irritados. ¿Por qué causa? Era que cada vez el día anterior había llorado demasiado durante mis caminatas, y no lágrimas sentimentales, sino lágrimas de júbilo, mientras que cantaba y hablaba cosas disparatadas, penetrado por una visión nueva, que es mi delantera frente a todos los demás hombres.”[7]
Esta visión nueva es la del Eterno Retorno. De ella nos dice Vattimo, siguiendo a Löwith que es la resistencia de la voluntad frente al carácter lineal del tiempo.  Linealidad como trascendencia que lo hace depender de un origen y lo vincula a un final, ambos fuera del poder del hombre.[8] Entonces no hay un telos predeterminado en la historia porque también hay una voluntad de resistencia individual que implica una decisión y un esfuerzo. Por lo tanto, el Eterno Retorno es un principio, no tanto cosmológico, como axiológico, que afirma la voluntad de poder. Más allá del “deber ser” kantiano,  está el “querer” nietzscheano. Una temporalidad, que, como dice la profesora Leyra, abre un espacio imaginal de retorno a fuentes griegas, no como retorno al pasado, sino como insistencia de figuras que escapan al tiempo lineal.
Veremos cómo Nietzsche persigue la resistencia de su voluntad en la escritura de Así habló Zaratustra. Una escritura que oculta y fortalece a la vez. Lo confiesa así en su carta a Peter Gast desde Sils-María, el 2 de septiembre de 1884:
“Por ahora, Zaratustra sólo tiene el sentido eminentemente personal de ser mi ‘libro de edificación y aliento’; por lo demás, oscuro, y oculto y risible para cualquiera.
Heinrich von Stein, una persona de magníficas cualidades, que me ha procurado mucha alegría, me ha dicho con toda sinceridad que del mencionado ‘Zaratustra’ ha entendido “doce frases y nada más”. Ello me hizo mucho bien.” [9]
Reconocemos aquí la voluntad de oscuridad de Nietzsche como si conjurara el pensamiento de Heráclito, amante de los enigmas. En Ecce homo también nos topamos con su desafío:
“La felicidad de mi existencia, tal vez su carácter único, se debe a su fatalidad: yo, para expresarme en forma enigmática, como mi padre ya he muerto, y como mi madre todavía vivo y voy haciéndome viejo.”[10]
Nietzsche nos pone delante una contradicción, al decirnos que él está muerto como su padre, pero a la vez vivo como su madre. Habitante de una tierra imposible, entre los vivos y los muertos, tal como sugería la profesora Leyra. De nuevo Nietzsche se expresa de forma enigmática para destacar otro rasgo determinante de su biografía: su salud. Nos dice que sufre a menudo de fuertes dolores de cabeza y vómitos que se pueden prolongar hasta tres días y una dolencia de la vista que, según nos confiesa en Ecce homo:  “a veces se aproxima peligrosamente  a la ceguera.”[11] Esta fatalidad a la que alude Nietzsche se inscribe en un espacio intermedio de tensión entre la enfermedad y la salud,  en un movimiento circular de decadencia y emergencia, de dolor y jovialidad. Bipolaridad en la que ambos estados son igualmente necesarios: para recobrar la salud es necesaria la recaída. Esta mirada, nos sigue diciendo en Ecce homo, es la óptica del enfermo que consiste en: “elevar la vista hacia conceptos y valores más sanos, y luego a la inversa, desde la plenitud y autoseguridad de la vida rica, bajar los ojos hasta el secreto trabajo del instinto de décadence.”[12]  Un esfuerzo que, continua diciendo, le ha hecho maestro en dar la vuelta a las perspectivas. Lo que parece decirnos Nietzsche es que su mala salud es una consecuencia de su sufrimiento al morirse su padre en 1849. Nos dice que en el mismo año en que la vida de este se hundió, se hundió también la suya [13].
Quizá, para Nietzsche, el hacerse cargo de su enfermedad implica la decisión de suministrarse esta medicina, este farmakon, que da forma y palabra a las cosas ocultas en lo más íntimo y propio suyo. Entonces, si seguimos esta línea interpretativa, resulta muy reveladora la carta a Franz Overbeck desde Rapallo, el 25 de diciembre de 1882, un mes después de su ruptura con Lou Salomé, en la que escribe refiriéndose a esta experiencia dolorosa: 
“Este último bocado de la vida ha sido el más duro de los que he masticado hasta ahora, y todavía es posible que me ahogue con él.”[14]
Pero si volvemos al texto de De la visión y el enigma encontramos estas palabras de Zaratustra:
“Y en verdad, lo que vi no lo había visto nunca. Vi a un joven pastor retorciéndose, ahogándose, convulso, con el rostro descompuesto, de cuya boca colgaba una pesada serpiente negra. (…) ¡Resolvedme, pues, el enigma que yo contemplé entonces, interpretadme la visión del más solitario! Pues fue una visión y una previsión:  – ¿qué vi yo entonces en símbolo? ¿Y quién es el que algún día tiene que venir aún? ¿Quién es el pastor a quien la serpiente se le introdujo en la garganta? ¿Quién es el hombre a quien todas las cosas más pesadas y negras se le introducirán así en la garganta?
 –Pero el pastor mordió, como se lo aconsejó mi grito; ¡dio un buen mordisco! Lejos de sí escupió la cabeza de la serpiente: – y se puso de pie de un salto.  –Ya no pastor, ya no hombre, – ¡un transfigurado, iluminado, que reía!” [15]
Observamos ciertas analogías en ambos textos. Tenemos por una parte el verbo “ahogarse”, y por otra la operación de “masticar” el duro bocado de la vida en la carta a Overbeckasí como “morder” la cabeza de la serpiente en el enigma que plantea Zaratustra. Pero continuamos leyendo en la misma carta a Franz Overbeck desde Rapallo, el 25 de diciembre de 1882, a un Nietzsche hundido por la reciente ruptura con Lou Salomé:

 “Pongo en tensión todas las fibras de mi autosuperación (…) Si no invento la maravilla alquimista de convertir también en oro esta basura, estoy perdido. Tengo aquí la más preciada ocasión para demostrar que para mí “todas las experiencias son útiles, todos los días sagrados y todos los hombres divinos”. [16]
Un deseo que en su fórmula suprema de afirmación del Eterno Retorno Zaratustra lo expresa así: “¿Era esto la vida? ¡Bien! ¡Otra vez!”[17] 
La profesora Leyra ha destacado que la escritura aspira una transfiguración. Y ahora, después de estas palabras de Nietzsche, nos atrevemos a añadir que la transfiguración se ha realizado como si la escritura fuera la pócima del alquimista, el farmakon, que convierte las cosas en oro.  Así vemos que “la maravilla del alquimista” ha traspasado la cruz de la experiencia de Nietzsche dándole la vuelta. La cara, el reverso es Así habló Zaratustra y así lo declara el filósofo-poeta en esta carta que le escribe a Erwin Rohde desde Niza, el 22 de febrero de 1884:
“Mi “Zaratustra” está terminado, en sus tres actos. El primero lo tienes ya, los otros dos espero poder enviártelos en mes o mes y medio. Es una especie de abismo del futuro, algo escalofriante, especialmente en su alegría. Todo en el libro es mío propio, sin modelo, comparación ni predecesores; quien ha vivido una vez en él, vuelve otra vez al mundo con un rostro completamente distinto”[18]

Esta ha sido mi lectura imposible. Muchas gracias.

Leído en el Seminario Nietzsche Complutense en Matadero-Madrid, el 27 de marzo de 2014.



[1] Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Madrid, Alianza Editorial, introducción, traducción y notas de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, 1975, pp. 223 y 224.
[2] Friedrich Nietzsche, Ecce homo, Madrid, Alianza Editorial, 1979, p. 18.

[3] Friedrich Nietzsche, Correspondencia, Presentación de Fernando Savater, traducción y edición de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989, p. 336.
[4] Friedrich Nietzsche,  Ecce homo, introducción y notas de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, 1979, pp. 97 y 98.
[5]  Friedrich Nietzsche, Correspondencia, Presentación de Fernando Savater, traducción y edición de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989, p. 319.
[6] Friedrich Nietzsche,  Ecce homo, introducción y notas de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, 1979, p. 93 y 94.
[7] Friedrich Nietzsche, Correspondencia, Presentación de Fernando Savater, traducción y edición de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989, p. 278.
[8] Gianni Vattimo, Diálogo con Nietzsche, Barcelona, Paidós, 2002, p. 262.
[9] Friedrich Nietzsche, Correspondencia, Presentación de Fernando Savater, traducción y edición de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989, p. 341.
[10] Friedrich Nietzsche,  Ecce homo, introducción y notas de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, p. 21.
[11] Op. Cit. , p. 23.
[12] Op. Cit. , p. 23.
[13] Op. Cit., pp. 21 y 22.
[14] Friedrich Nietzsche, Correspondencia, presentación de Fernando Savater, traducción y edición de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989, p. 304.
[15] Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Madrid, Alianza Editorial, introducción, traducción y notas de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, 1975, pp. 227 y 228.
[16] Friedrich Nietzsche, Correspondencia, presentación de Fernando Savater, traducción y edición de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989, pp. 304 y 305.
[17] Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Madrid, Alianza Editorial, introducción, traducción y notas de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, 1975, p. 225.
[18] Friedrich Nietzsche, Correspondencia, presentación de Fernando Savater, traducción y edición de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989, p. 335 

Madrid, 29 de marzo de 2014

29 de marzo de 2014

Mayacosqui, Bonilla y su novela


ACABAN de concederle el premio de novela Vargas Llosa en el Perú a la novela de Juan Bonilla Prohibido entrar sin pantalones, de la que se trató aquí el pasado mes de julio. Aunque aquellas palabras de uno no presagiaran premio ninguno, porque las leyes de Murphy son universales y muy estrictas, nada podría alegrarnos tanto. Como decía Fernando Savater cuando salió Parque jurásico: "si no tiene dinero, y sí dos pares de pantalones, venda un par y compre esta novela". Yo iría un poco más lejos: si no tienes dinero, pero sí un par de pantalones, véndelo y compra esta novela; habrás matado dos pájaros de un tiro, como su propio nombre indica.

Juan Bonilla. Prohibido entrar sin pantalones (Seix Barral, 2013). Una novela, que como todas las buenas novelas acaba teniendo un poco de todo, comedia y tragedia, miseria y compañía. Claro que no siempre las cosas en ella son lo que parecen, porque tiene de novela tanto como de biografía de Mayacosqui (por escribirlo de la manera más futurista que se me ocurre) y de crónica de la época (una de las más siniestras del siglo XX, aquella en la que se identificó vanguardia artística con vanguardia política, las dos caras del mismo monstruo, el totalitarismo. El totalitarismo político en Europa fue más o menos derrotado el día que cayó el muro de Berlín; el totalitarismo artístico campea aún en todos los comités centrales de los museos y medios de comunicación del mundo). Bonilla ha querido contárnoslo todo con el lenguaje más adecuado. Ha pensado, "si ellos pintaron bigotes a la Monalisa e iban por el mundo reventándolo todo y sacudiendo la badana a los que se les ponían por delante, ¿por qué no iba yo a tocarle un poco los güevos a Mayacosqui, a Marinetti, a Lenin y a su puta madre?". Las comillas no son de Bonilla, pero el tono y habla del libro son esos, y no podría ser de otro modo. Es uno de sus mayores aciertos, junto al propiamente narrativo: la novela no se puede dejar. Bonilla les ha salido más futurista que ninguno. Mayacosqui, Marinetti, Lenin y su puta madre pensarán en sus tumbas (el único sitio donde acaso piensen, porque aquí pensaron poco y mal): "Cría cuervos". Yo no he leído en ninguna otra parte una crónica de aquella época más divertida, sagaz e inteligente que la de Bonilla. Pero vivimos en un país que no se ha enterado aún de dos cosas, nos recuerda Bonilla, por si lo habíamos olvidado: que todo ese cuento de la revolución rusa y las vanguardias es uno de los más tenebrosos que se le ha ocurrido al ser humano, y que hay que ir pensando en ir dándole a las cosas un nombre más apropiado: camelo (el futurismo), asesino (Lenin), soplón, delator y poeta de quinta fila (Mayacosqui). Todo eso sin acritú, como la leche que corta el café, haciendo su dibujo. Quiero decir que Bonilla aquí y allá trasluce una vaga nostalgia de todo aquello, la nostalgia que sentimos de mayores por los cuentos de la lechera que nos contamos y comamos a otros siendo jóvenes. La joven Europa acabo quitándose la máscara un día: una calavera. Esa es la primera cosa: qué suerte hemos tenido con no haber vivido aquella época ni conocido a aquellos sovietarios peligrosos. La segunda: que si este libro, sin cambiar una tilde, hubiese aparecido en España como traducción de un autor, por ejemplo, sajón, cartaginés o galo, estaríamos hablando de un libro de culto, aplaudido en todas partes. Bonilla ha hecho lo que tenía que hacer. Que esta época haga lo que hacen las épocas, o sea, estorbar, y a nosotros que nos quiten lo leído.

París, 25 de marzo de 2013

28 de marzo de 2014

Acéntos


LEO en un estudio erudito que Quevedo fumaba puros. No me extraña nada.
* * *
DEBERÍA hacerse una excepción con acénto, como una deferencia.
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PARA el libro de los oxímoros (ese que encabezó Baroja con El pensamiento navarro): Un concierto de rock.
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"Ahora vuelvo" (Epitafio).



Madrid, 21 de abril de 2013



27 de marzo de 2014

Micer Azorín


EN mayo de 1941 la revista Escorial, que había fundado y dirigía el azoriniano Dionisio Ridruejo, a quien Azorín dedica uno de sus primeros libros bajo el nuevo régimen, publica un artículo del viejo escritor, que titula "Leer y leer". Es una lista de libros. Los que él ha leído a lo largo de la vida, acaso los que considera que ha de leer quien quiera adentrarse en el inabarcable bosque de la literatura. Teniendo en cuenta que fue Azorín tal vez el crtítico literario más fino, y sistemático, de su tiempo, su lista tiene mucho del mapa de un tesoro. Cada paso en ese mapa es un tesoro. Pasos prodigiosos, inesperados muchos, conocidos otros, nuevos siempre.

Lo primero, la Biblia. - Después, Homero, la Odisea. - Esquilo, Prometeo encadenado. - Platón, Diálogos. - Sófocles, Edipo. - Berceo, Milagros de Nuestra Señora. - Juan Ruiz, Libro de buen amor. - Santillana, Comedieta de Ponza. - San Agustín, Soliloquios, traducidos por el padre Pedro de Ribadeneyra. - Montaigne, Ensayos. - Santo Tomás, Páginas escogidas. - Shakespeare, Hamlet. - Cervantes, Quijote. - Kempis, Imitación de Cristo. - Maquiavelo, El príncipe. - Leonardo de Vinci, Escritos sobre la pintura. - Lope, El mejor alcalde, el rey. - Calderón, La gran Cenobia. - Tirso de Molina, El vergonzoso en Palacio. - Santa Teresa, Libros de las fundaciones. - Fray Luis de Granada, Libros de la oración y meditación. - Fray Luis de León, Poesías. - Mariana, Fragmentos. - Garcilaso, Poesías. - Isla, Cartas familiares. - Moratín, Epistolario. - Jovellanos, Descripción del castillo de Bellver. - Quevedo, El Buscón. - Góngora, Poesías. - Pascal, Pensamientos. - Leopardi, Pensamientos. - Kant, Crítica de la razón pura. - Goethe. Conversaciones con Eckermann. - Lessing, Laocoonte. - Duque de Rivas, Don Álvaro. - Espronceda, El diablo mundo. - Larra, Artículos escogidos. - Andrés Chénier, Poesías. - Tamayo, Un drama nuevo. - Bretón, Muérete y verás. - Galdós, Miau. - Pereda, Peñas arriba. - Diderot, Santiago el fatalista. - Rousseau, Cavilaciones de un paseante solitario. - Unamuno, San Manuel Bueno. - Carlyle, Los héroes. - Gracián, Oráculo manual. - Racine, Berenice. – Baudelaire, Las flores del mal. - Campoamor, Colón. - Mistral, Mireya. - Castelar, Vida de lord Byron. - Nietzsche, Así hablaba Zoroastro. - Poe, Historias extraordinarias. - Dostoievski, Los Karamazov. - Antonio Ulloa, Noticias americanas. - Houston-Stewart Camberlain, Ricardo Wagner. - Manuel B. Cossío, El Greco. - Ibsen, Hedda Gabler. - Flaubert, Correspondencia. - Quintana, Poesías. - Molière, El Misántropo. - Zorrilla, Don Juan Tenorio. - Moreto, El desdén con el desdén. - Alarcón, La verdad sospechosa. - Fernando de Rojas, La Celestina. - Rojas Zorrilla, García del Castañar. - Romancero. - Refranero castellano. - Gregorovius, Las tumbas de los Papas. - Manual de Historia de la Iglesia. - Manual de Historia Universal. - Geografía Universal. - Geografía de España. - Historia del Arte en España. - Historia literaria de España. - Don Juan Valera, Pepita Jiménez. - Herrera, Poesías. - Menéndez Pelayo, Historia de las ideas estéticas en España. - Ovidio, Los tristes. - Virgilio, Eneida. - Tácito, Germania, traducción de Mor de Fuentes y Clemencín. - Bernardo de Palissy, Arte de la tierra. - Manual de Oceanografía. - Manual de Astronomía. - Antología de poetas y prosistas españoles. - Diccionario español-latino, de D. Manuel de Valbuena. - Juan de Valdés, Diálogos. - Juan Luis Vives, Diálogos. - Rafael Martín de Viciana, Alabanzas de las lenguas. - Diccionario de la lengua española. - Erasmo, Diálogos. - José Hernández, Martín Fierro. - Zorrilla de San Martín, Tabaré. - Guido Spano, Poesías. - Pardo Bazán, De siglo a siglo. - Rubén Darío, Cantos de vida y esperanza. - Tolstoi, La guerra y la paz. - Bernard Shaw, Cándida. - Pirandello, Lázaro. - Ford, Manual del viajero en España. - Antonio Machado, Poesías. - Blasco Ibáñez, Entre naranjos. - Gabriel Miró, Años y leguas. - Juan de la Encina, Viaje a Tierra Santa. - Gogol, La capa. - San Juan de la Cruz, Poesías. - San Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales.
    (Incluido en  Libros, buquinistas y bibliotecas, (Ed. de Francisco Fuster. Prólogo de Andrés Trapiello. Ediciones Fórcola, 2014), libro a su vez tan azoriniano, que resulta extraño que nadie, su autor o alguno de los devotos que lo ayudaron en vida, hubiese agavillado antes los escritos que contiene.



El Rastro, 26 de mayo de 2013

26 de marzo de 2014

¿Leer, vivir?


¿LEER, vivir? Muchas veces a lo largo de su vida y a lo largo de estas páginas se preguntará lo mismo Azorín: ¿Deja de vivir quien lee, deja de leer quien vive?
Leer es vivir, y no hay vida que se precie de verdadera y plena sin libros. Por tanto, sí, no leer o vivir, sino más bien leer y vivir.
Hace cincuenta años no era infrecuente en España esa escena en la que un adulto sorprendía a un niño abismado en la lectura de un libro, y le decía, acaso sólo por el gusto de interrumpírsela o por la impaciencia de verlo disfrutando con algo que a él, adulto, le resultaba extraño: “Chico, haz algo”.
El índice de analfabetos en España cuando Azorín nació, 40%, era muy superior al de ese tiempo de posguerra que acabamos de evocar. Y sin embargo no era infrecuente hasta 1936 que los pedagogos inculcaran en sus pupilos el amor por los libros, por la lectura. Lo cuenta el mismo Azorín en sus memorias levantinas. Guarda por ello infinita gratitud a su padre, también a los frailes con los que estuvo ocho años interno, y a uno en especial, su "preceptor dilecto".
Y de libros y lecturas trata este que ha ido a cosechar en los oceánicos escritos de Azorín el profesor Francisco Fuster. Démosle las gracias, y a su editor.
Era éste un libro necesario y es un libro delicioso, claro que sólo para los happy few que saben que hay pocas y mejores cosas que hacer en esta vida que leer, y que quien lee suele hacer por el mundo más y mejor que quien no lee, pues a la mayoría de nosotros no nos es dado otro modo de mejorarlo que leer libros y tratar de volverlo así más delicado y sutil.
“Leer y tornar a leer. No hay más remedio. Ese es mi sino”, nos confiesa Azorín. Se diría que ese “no hay más remedio” rezuma fatalidad. No se crea. Es sólo gratitud, es más bien un “por suerte ese es mi sino”.
Todo en Azorín adquiere categoría de confesión, todo en él queda inscrito en el ámbito de la intimidad y las suyas son siempre confesiones de un pequeño filósofo. Este librito está llena de ellas. Incluso cuando escribe artículos de costumbres nos da su corazón al desnudo. Sólo hay que saber leer en él.
Encontraremos aquí algunos de estos artículos costumbristas. Las costumbres de los libreros de viejo, eternas, y las costumbres un tanto extravagantes de los libreros de nuevo de su juventud, las costumbres de los impresores (preciosa estampa la de esa imprentilla en un barrio viejo de Madrid) o las de los editores antes de la guerra, franceses o españoles, y, claro, las costumbres inveteradas de los lectores de todas lunas, sus manías y fobias. Muchas de las costumbres de entonces, un siglo después, nos hacen sonreír: qué poco hemos cambiado, a vueltas todavía con el número de los que leen o dejan de leer, de lo que ha de darse a leer a un niño o del mejor modo de leer. Otras nos parecen propias de edades doradas, mitológicas: ah, recuerda él, aquellos años en los que se compraba, por unas monedas, en la Cuesta de Moyano, la primera edición del Fausto de Goethe (que regaló a Ortega y Gasset), o en la librería de Rico La Historia de Port Royal, de Pedro Racine, o en el Rastro tal o cual maravilla… Basta, decimos nosotros, où sont les neiges d’antan.
Pese a la procedencia heterogénea de estos artículos y prólogos, escritos a lo largo de sesenta años, se diría que forman un todo armónico, quiero decir que Fuster ha escrito otro libro más de Azorín, uno de los más curiosos y personales suyos. Pues, sí, hay algo en el conjunto que nos recuerda a un autorretrato.
Descubrimos en él, desde luego, a un lector compulsivo que leyó mucho de lo que cayó en sus manos, pero también a ese escritor metódico que no dejó de escribir con puntillismo ejemplar. Al quinto punto de su conocido fraseo ya anda uno embebido en el engaño, como en una fábula.
Ocupémonos del lector. De joven leyó Azorín como los jóvenes, y cuando se hizo viejo, como leen los ancianos: “El joven lo lee todo y de todo aprovecha poco. El anciano lee poco y de lo poco le aprovecha todo. Con la edad las lecturas se van reduciendo. Decía un filósofo que lo grave es saber no lo que se ha de leer, sino lo que “no” ha de ser leído”.
¿Y el escritor? De buena parte de lo que leyó nos ha dejado sus impresiones. No ha habido en todo el siglo XX un crítico tan fino como él, si entendemos por crítico aquel que va prendiendo en sus lectores la curiosidad y el entusiasmo. No el que quiere lucirse, sino quien da un paso atrás y deja hablar al verdadero protagonista, el autor de ese libro del que se ocupa. Impagable encontramos esa lista de sus cien libros de cabecera, las generosas inclusiones, las exclusiones significativas. Su criterio para leer es claro: “Nada hay que se parezca más a lo antiguo que lo verdaderamente nuevo. Nada hay tan parecido a lo nuevo como lo verdaderamente malo”, dirá, y con esa lección podría uno conducirse por la vida sin temor a equivocarse.
En sus páginas sobre los libros de otros, descubrimos lo que piensa Azorín que han de ser los libros, al menos los que él busca, también sin declararlo, los que él querría escribir: criaturas vivas. Lo dice él mucho mejor que lo pueda decir yo: “Los libros chicos, sobre todo –más que los infolios de biblioteca– eran como seres vivos, orgánicos, que nos asistían, nos acompañaban en los viajes, sufrían nuestros enojos, se alegraban de nuestros contentos, agradecían, en fin, que después de la jornada, los colocáramos en una mesita, par a un búcaro con flores”.
Recuerdo haber leído hace años, dónde, unas líneas de Azorín en las que hablaba acaso de los Jardinillos que cuidó JRJ para el editor Jiménez Fraud, ¿o eran de los libritos de Calleja, que también cuidó JRJ y entre los que Azorín tiene unas Páginas escogidas, o tal vez fue a propósito de aquella pequeña colección de La Lectura donde apareció, junto a Las florecillas de San Francisco, Platero y yo? No recuerdo dónde, y ya lo siento, amigos editores, porque me habría gustado citarlas aquí tal como él las escribió.
Sí recuerdo que hablaba en ellas del amor que despertaban en él los libros pequeños, pequeñitos decía, exquisitos pero no ostentosos (¿puede ser de otro modo?), sobrios, con papel blanco y tipos escogidos. Parecía estar hablando allí no Azorín, sino Francisco Giner, el maravilloso pedagogo que supo inculcar en los pupilos de su Institución Libre el amor por los libros, por la lectura, el sosiego y la tolerancia.
Tienes en las manos, lector, un libro precioso, un pequeño tesoro. Tesoro del pajarero, se titulaba aquel manual clásico que hablaba a los amantes de las aves de cómo cuidarlas, amarlas, favorecerlas. Tesoro del amante de los libros podría titularse este (no sé por qué, encuentra uno un raro parecido entre la palabra bibliómano y bibliópata, antipáticas ambas). En ningún otro confirmarás con mayor puntualidad el viejo adagio: “El que comienza un libro es discípulo de quien lo acaba”. 
    [Prólogo de Libros, buquinistas y bibliotecas, de Azorín. Edición de Francisco Fuster. Ediciones Fórcola, 2014]

25 de marzo de 2014

Los huesos de Cervantes


                                                         A Juan Manuel González Martel 

LA casa de Lope de Vega está en la calle Cervantes, y a Cervantes se le enterró en la calle Lope de Vega. La calle Cervantes se llamaba antes Francos; la de Lope de Vega, Cantarranas. Se ve que siempre hay un alcalde gracioso al que le gusta jugar con esas cosas. Con todo, la casa de Lope es preciosa, tiene en el dintel una leyenda latina que dice que “lo pequeño, siendo propio, es grande, y lo grande, si es de otros, es pequeño”. La casa de Lope es grande y es pequeña, quiero decir que todo tiene en ella la proporción justa: el zaguán, los aposentos, el jardín, recoleto y horaciano. Lo contrario que la tumba de Cervantes, que es inmensa,  tanto como el mundo, porque nadie sabe dónde está enterrado. 

Cuando Lope vivía regaladamente en la casa de su propiedad, Cervantes, a una o dos manzanas de ella, compartía con “las cervantas”, las mujeres que lo cuidaban, dos o tres cuartos en una casa modesta de alquiler, y aunque también era un autor célebre, era pobre como una rata y no puede decirse que gozara del respeto de sus colegas. El caso es que murió, porque aún se estilaba eso en aquel siglo, y lo enterraron en el convento de la Trinitarias, a dos pasos de allí. Pero no en un sepulcro historiado, sino común. Al cabo de los años, se hicieron algunas obras en el convento y de los huesos de Cervantes nunca más se supo. La alcalda de Madrid, que debe de ser pariente de aquel otro que barajó las calles de Francos y Cantarranas, ha impulsado la idea de encontrar los huesos de Cervantes, con cargo a los presupuestos, y supongo que empezarán a hacer agujeros en cuanto les dejen. 

Yo confío en que no aparezcan nunca, porque España, y menos aún con esta alcalda y su corporación al frente, no se merece los huesos de Cervantes. Si aparecieran los meterían en un monumento horrible e irían con bombos y bombardinos en procesión todos aquellos que de haber vivido hoy Cervantes le hubiesen dado el primer premio Cervantes a Lope. Sin embargo, perdida como está, su no-tumba nos seguirá recordando el poco respeto que aquí se ha tenido siempre al trabajo, al estudio, a la poesía, y los rastacueros no podrán maquillar la historia, que lo mató de hambre, estando vivo, y de olvido y desidia, ya muerto. O sea, que sus restos, dondequiera que estén, siguen trabajando silenciosos, más grandes cada vez, en su “polvo, ceniza y nada”.
             [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de marzo de 2014]

24 de marzo de 2014

Adolfo Suárez

SE TRATABA el otro día aquí de las hiperbólicas necrológicas que leemos a diario. Esta, que merecería serlo, lo es a medias, porque se habla en ella de otra cosa.
Demostró Suárez que él tenía razón y no nosotros (quienes lo llamaron "tahúr del Misisipí"  –¡Alfonso Guerra!, que años después él mismo hubo de dejar el gobierno "por do más pecado había" y hoy se deshace en alabanzas del finado– y quienes no quisimos admitir sino hasta pasados los años que un Secretario General del Movimiento, neto franquista, podía, contra toda ciencia política, pilotar el cambio democrático ni ser tan generoso (su generosa dimisión, que precedió al 23F, tuvo mucho de inmolación patriótica, cosa rarísima entre políticos); por no mencionar la vergüenza que decíamos sentir los "progres puros", poco demócratas al fin y al cabo, por alguien que no creíamos que hubiese leído un libro, a diferencia de ¡Felipe González! que hablaba a todas horas de libros, sin haberlos leído).
A ningún político se le debe tanto, y a ninguno se le pagó peor, siendo acaso el más importante que ha tenido España en todo el siglo XX, a tenor de la colosal e imposible tarea que tenía por delante y lo fácil y tentador que hubiera sido equivocarse. Basta pensar en algunos de nosotros, los puros, los listos, los "clercs" que llegábamos de las trincheras del antifranquismo ("contra Franco vivíamos mejor", Montalbán dixit), despreciando a todos cuantos no eran como nosotros, ni leían los libros que leíamos ni habían sido todo lo revolucionarios que fuimos algunos (en partidos stalinistas, desde luego) ni sabían que de ningún Secretario General del Movimiento se podía esperar nada bueno.
Según su hijo, Adolfo Suárez Illana, su padre, Adolfo Suárez, aún lúcido, hacía ya tiempo que había perdonado el desprecio y las malas artes de cuantos fueron sus enemigos por carecer de talla política para ser sus adversarios.
Que España le sea leve. 

El Príncipe de Asturias saludando a un Suárez cualquiera en un campamento de la Oje, antes de 1975.

23 de marzo de 2014

Se oye, no se busca

"¿TIENE alguien, a finales del siglo XIX, [y a principios del XXI, podríamos decir], un concepto claro de lo que los poetas de épocas poderosas denominaron inspiración? En caso contrario, voy a describirlo.
"Si se conserva un mínimo residuo de superstición, resultaría difícil rechazar de hecho la idea de ser mera encarnación, mero instrumento sonoro, mero médium de fuerzas poderosísimas. El concepto de revelación, en el sentido de que de repente, con indecible seguridad y finura, se deja ver, se deja oír algo, algo que le conmueve y trastorna a uno en lo más hondo, describe sencillamente la realidad de los hechos. Se oye, no se busca; se toma, no se pregunta quién es el que da; como un rayo refulge un pensamiento, con necesidad, sin vacilación en la forma – yo no he tenido jamás que elegir. Un éxtasis cuya enorme tensión se desata a veces en un torrente de lágrimas, un éxtasis en el cual unas veces el paso se precipita involuntariamente y otras se torna lento; un completo estar-fuera-de-sí, con la clarísima consciencia de un sinnúmero de delicados temores y estremecimientos que llegan hasta los dedos de los pies; un abismo de felicidad, en que lo más doloroso y sombrío no actúa como antítesis, sino como algo condicionado, exigido, como un color necesario en medio de tal sobreabundancia de luz; un instinto de relaciones rítmicas, que abarca amplios espacios de formas – la longitud, la necesidad de un ritmo amplio son casi la medida de la violencia de la inspiración, una especie de contrapeso a su presión y a su tensión …Todo acontece de manera sumamente involuntaria, pero como en una tormenta de sentimiento de libertad, de incondicionalidad, de poder, de divinidad… La involuntariedad de la imagen, del símbolo, es lo más digno de atención; no se tiene ya concepto alguno; lo que es imagen, lo que es símbolo, todo se ofrece como la expresión más cercana, más exacta, más sencilla". (*)
De ahí que uno no pueda llamar o urgir a la inspiración, sólo posible en la inocencia. La inspiración viene o no. A la inspiración se la espera, sin saber jamás si habrá de presentarse, y si acaso se presenta, sin saber muchas veces, cuando se ha ido, y a veces hasta pasado un tiempo, si era ella o ese cosquilleo que a menudo la suplanta, dejándonos engañados.
(*) Del Ecce homo de Frederich Nietzsche. Traducción de Andrés Sánchez Pascual)

Las Plamas de Gran Canaria, 18 de febrero de 2014


22 de marzo de 2014

Feróstico

SE habló en la conferencia de la sobresaliente y rotunda manera que tiene Solana para adjetivar, propia de alguien más próximo a la sofisticación que a la simpleza. Solana fingía escribir mal acaso para hacerse perdonar lo bien que escribía. Se puso el ejemplo de feróstica, que aplica a criada: una "feróstica criada".  Feróstico, dice el diccionario: feo en grado sumo. Hoy en desuso. Y se decía que no sabíamos dónde había sacado él esta palabra (a diferencia de quima, por rama, que usa a menudo, herencia de sus años santanderinos). Al final de la conferencia se acercó un señor sumamente amable y risueño, de aspecto poco solanesco, de unos setenta y pico años, que dijo: "Tenían mis padres, cuando yo era niño, una criada que me sacudía con la escoba, y me decía: Feróstic. En Valencia se decía mucho".
Y sí, nos gustan mucho estas palabras no ya de segunda mano, sino, como decía también Solana, de "última mano", porque lo que nos llega de eso que llamamos "segunda mano" es porque trae encima muchas más, y no serán las últimas.


21 de marzo de 2014

La perra del pintor

ANTEYER leyó uno (no da aún para orador) la segunda de las conferencias del ciclo Luces y letras. Los escritores y el arte, dirigido para los Amigos del Reina Sofía por Félix de Azúa. 
Se titulaba la primera "La pintura en el burdel (Solana pintor)", y la segunda "Famoso criminal (Solana escritor)". Las dos se publicarán en la revista Clarín. 
La segunda terminaba con estas palabras:

"De todos sus autorretratos, acaso sea éste, el que se hizo tomando el aspecto de su perra, y tal y como él la vio, sola, acurrucada, vieja, quizá ya enferma y sin fuerzas, pero con la mirada viva, el que más se le parece".






20 de marzo de 2014

Japón en el Rastro

AUNQUE desapareciera de nuestra vista en pocos minutos, no lo hizo sin dejar antes su tenue polvo. Alas de mariposa. Vísperas de una primavera que hoy, al fin, abrió sus pétalos como la niebla abre los suyos. Nada más fuerte que el pasado o la niebla, pero nada menos frágil que la memoria.






Sashichi Ogawa Photographer, Japanese Life, Yokohama, 1892.


19 de marzo de 2014

El espíritu de nuestro tiempo


LEEMOS, oímos, vemos, cuando muere alguien que ha tenido alguna notoriedad (en las artes, el cine, el deporte, la ciencia, la universidad, la política), y a menudo no sólo en ámbitos restringidos y locales, que se dice: “Se ha ido uno o una de los grandes de todos los tiempos”. 
Si alguien, dentro de doscientos años, por ejemplo, leyese de los periódicos únicamente las necrológicas, podría llegar a pensar que este fue un nuevo Renacimiento, cuando lo cierto es que a menudo tenemos la convicción de vivir en una época ramplona y sombría que señorean la codicia, la corrupción y la mediocridad de todo género, y no en el paraíso que tratan de pintar las necrológicas no tanto para saldar las cuentas con el muerto de turno, como por pasarle luego la factura de la esquela a alguien, principalmente a las masas, a cargo de las cuales suele correr el espectáculo.

El Rastro, 5 de junio de 2011