30 de abril de 2014

Hoja


Sólo una de esas hojas
del alcornoque
se llama ruiseñor.

Las Viñas. Foto: Rafael Trapiello. 8 de septiembre de 2013



29 de abril de 2014

Pasaje de los Panoramas

FUE el primero, de 1800 y es uno de los más conocidos y todavía hoy uno de los más visitados de París. Está en él todo el romanticismo y la vanguardia juntos, lo que es una tautología, ya que, como todo el mundo sabe a estas alturas, romanticismo y vanguardia son la misma cosa. 
Desde su creación, a principios del siglo XIX, hay algo misterioso en los pasajes que le resulta fascinante a todo el mundo, como mirar una linterna mágica, algo en ellos de juguete mecánico, como una caja de música. Decimos: toda la vida está aquí, y está a salvo, a cubierto. Sí, parece recorrerlos siempre un hilo de música concertada, incluso cuando están vacíos y solitarios.
Hace unas semanas encontró uno en el Rastro un ejemplar de Le Virgile travesti, el clásico de la literatura paródica francesa, en una edición de 1858. Entre sus páginas se hallaba esta etiqueta publicitaria de ceras para zapatos. Es un poco más grande que una tarjeta de visita y supongo que se pegaría en los productos que se vendían en la tienda del señor Loppin. Qué encanto tienen esta clase de papeles efímeros que han logrado sobrevivir al paso del tiempo, en este caso además de una manera prodigiosa, porque se diría que acaba de salir de la imprenta, tan nuevo está y con la huella de los tipos marcándose nítida en el envés del papel. Recuerda algo de las publicaciones surrealistas, es en sí mismo, fuera de contexto, como una pequeña mirada irónica, pero también una lección magistral de tipografía romántica de cámara.
Nada más. Será un hallazgo insignificante, desde luego, pero por un momento sintió uno, al tropezárselo en las páginas de aquel libro, donde acaso llevara sepultado desde 1858, la alegría de quien acaba de exhumar los restos arqueológicos de Ilión, una piedra Rosetta que nos da testimonio de aquel tiempo, el de la coronación como emperador de Napoleón. Que ambos nombres, el de Bonaparte y el del señor Loppin, fabricante de ceras para calzado, hayan venido juntos hasta nosotros es también una lección magistral de Historia, tal y como solía impartirlas por entonces el bonapartista Henri Beyle.


28 de abril de 2014

La hipótesis

LA cuestión no es otra que esta: ¿cómo sigue habiendo tantas gentes en España que no acaban de creerse la “versión  oficial” del 23F, con todo lo que se ha escrito y dicho? No sólo nos referimos a gentes interesadas en propalar otras versiones porque han de vender libros o periódicos, o pescadores de río revuelto, sino personas de naturaleza escéptica a las que no sorprendería nada que mañana se supieran o conocieran documentos o testimonios que dieran al traste con la novela.  Es decir, gentes que pese a la realidad de los hechos, siguen  creyéndolos una ficción, porque como novela tienen más sentido que como historia. Veamos: según la última de esas versiones, el Rey, solución del 23F, fue también el problema que lo originó. 

Mientras se verifica esta hipótesis (o no, quién podrá saberlo), lo relevante es preguntarse por qué hay tantas gentes ilusionadas en creerla posible. Alguna vez se ha dicho en esta página: el principal problema que tienen hoy por hoy los republicanos del perfil de don Manuel Azaña es la celeridad con que quieren traer la República los republicanos del perfil de Largo Caballero o de Ledesma Ramos. Y se recuerdan aquí estos nombres del pasado porque una buena parte de los que dicen querer YA un cambio de régimen para España no están pensando en la III República, que probablemente no sería demasiado diferente de esta monarquía, sino en volver acaso a lo peor de la II.

Estamos lejos, seguramente, de poder cerrar “el relato” del 23F, pero mientras tal cosa ocurre, ¿qué hacer? A veces algún amigo nos pregunta, o le preguntamos nosotros: “¿Pero a ti te gusta el rey?”. Los reyes no tienen por qué gustar, sino convenir... “Me gustan mucho las gentes, pero espero poco de ellas”, decía Gaya. También funciona al revés: Nos gustan poco las gentes, pero tenemos derecho a esperar algo de ellas. Teníamos derecho a esperar que el rey fuese el bombero del 23F, y lo fue. ¿Que también fue el pirómano?  A esa pregunta sólo cabe responder ahora, como en las novelas policíacas, con otra: aparte de libelistas, pescadores en río revuelto y algunos del “cuanto peor, mejor”, ¿a quién beneficiaría hoy que fuese así? Dicho de otro modo: tal vez sea aconsejable vivir un tiempo con una sospecha sobre algo que ocurrió hace treinta años, a tener que hacerlo con certezas recientes que nos obligarían a ir no sabemos adónde ni de la mano de quién. 
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia  el 27 de abril de 2014]

27 de abril de 2014

Felices tiempos

FELICES tiempos aquellos en los que uno podía pasar por artista haciendo estas cosas o pintando bigotes a la Monalisa, tanto en surrealismo de tercera hornada como en una versión del pop manchego. 

Las Viñas, 18 de abril de 2014

26 de abril de 2014

Cabo de Gata

TIENE de bueno este desorden de Las Viñas, que se encuentra uno en él con libros que había olvidado tener, incluso algunos en los que había mediolvidado que había escrito. Ha ocurrido con este del fotógrafo Pérez Siquier, Al fin y al cabo, en el que colaboraban también un gran número de poetas y para el que le pidieron a uno el prólogo. Es el que va a continuación, con algunas de las fotografías de Pérez Siquier, que prueban tantas veces aquello de que la realidad imita al arte, sobre todo al llamado abstracto.
* * *
CABO DE GATA
Uno de los lugares más misteriosos de este mundo. Extraño lo que en él sucede. Casi nunca nada. Todo. Lleno y vacío. El sol y la luna, codo con codo, haciendo guardia. Lo solar, lo lunar, un doble envés, la misma mano. En el mar. En las lomas peladas, desérticas. Aquello que eternamente parte y regresa, y lo que trabaja con fe para ser ruina. Las olas, castillos en el agua. Los molinos, aire que piensa. Cuánta ruina en el mar, y cuánta en tierra firme. Cada piedra, cada canto rodado tiene allí forma de un sueño, y cae en lo más hondo, como se enciende en la inmensidad de la noche una sola bombilla, valiente y solitaria, de eremita o de barco. Acaso las dos cosas al mismo tiempo, una ermita flotante, un barco anclado sobre un monte. Cuántas cosas contrarias se barajan. El azul y su ausencia. La sal y el agua dulce. Frente al mar, la tierra dura y yerma. Y en la erosionada superficie donde los huesos de animales errantes se blanquean a la intemperie, huesos de hombre y de bestias ya mezclados, las más pequeñas flores vivas, puntadas de un tapiz, letras de un salmo. Lugar remoto que se queda dentro, más cerca que un latido. Pocos parajes tan solitarios habrán dado a un alma tanta compañía. Aquel extremo de un llegar que es origen, principio, y es origen, principio, de un llegar extremo, de un misterio. Y como en todo misterio, la puerta que se abre, cierra otra estancia. 

En muchos de los poemas que se recogen en estas páginas, en muchas de estas fotografías, hay algo de todo esto. Se diría que los poetas convocados aquí, incluido entre ellos el fotógrafo, otro poeta, tratan de dilucidar el misterio de ese lugar, el Cabo de Gata, tan fascinante. No conoce uno a nadie que habiendo estado en él, no haya quedado impresionado para siempre, convencido de haber llegado a un confín que va por delante, como el horizonte, inalcanzable y a la mano.

Leamos las páginas en las que el Cautivo cuenta en el Quijote su vuelta a España. Habla el Cautivo. Habla, como sabemos, Cervantes de sí mismo de ese modo elegante de no hablar de sí mismo. Los dos llegaron a playas levantinas. Los dos llegaron, quiero pensar ahora, al Cabo de Gata, ya que de haber desembarcado donde ellos lo hicieron, no lo reconocerían. Probablemente, viendo en qué hemos convertido aquellos parajes, profanados y de qué modo, habrían dado media vuelta, a su naufragio. Sólo en lugares como este Cabo de Gata, cada vez menos frecuentes, sentimos que ha sido conservado lo primigenio. La palabra del Cautivo. Lo sagrado. La metafísica, lo que está más allá de lo conocido. El metafísico Cabo de Gata tiene aún la rotunda cadencia de un hexámetro griego, el temblor que experimentaron tantos volviendo de los baños de Argel, desde la muerte. Y sentimos en él lo que acaso sintieran los cautivos: que aquellas desiertas playas eran el Occidente del Levante del que venían, el levante de unos recuerdos que ya nunca podrán olvidar. Para quien viene de África, esto es Europa; para quien llega de Europa, esto ya es África. Y de ese modo los faros marítimos parecen confundirse aquí, y sólo aquí, con las antiguas torres de los vigías, lo que lanza al mar un haz de luz y lo que mete en tierra la voz de alarma. La hospitalaria luz, la inhóspita voz. La luz que guía a los cautivos, la voz que previene del corso a los que acaso no valorarán su libertad hasta que la pierdan.

Esa es, creo, la razón por la que tantos poetas, desde hace ya tantos años, llegan atraídos a este lugar, reclamados por ese abismo al que ellos prestan oídos, el abismo del reconocimiento de cuanto somos, el abismo del extrañamiento de cuanto fuimos, un abismo profundo, hacia lo hondo, y un abismo en altura y luminoso. El traje en que se presenta a nosotros, tan singular, tan único, el árido paisaje, el mar inmóvil, las playas de piedras negras, los parduzcos yerbajos azotados por el viento, las tristes alquerías, el bostezo entre las lomas de una casa encalada, la risa incontenible de un árbol verde desafiando él sólo al desierto que avanza, no son sino un modo humano de hacer visible lo que parece estar destinado a otra parte, a otro tiempo, a otra vida.

Por tal razón puede llamarse a este lugar Lugar de la inminencia, del acontecimiento, lo que nunca deja de suceder, habiendo sucedido; lo que no dejará de suceder porque esté sucediendo.




Fotos de Pérez Siquier, del libro Al fin y al cabo (VV.AA. Prólogo AT. CentroAndaluz de Fotografía, 2008)


25 de abril de 2014

Tipografía canalla (continuación)

DE cuantas cubiertas se ha encontrado uno en librerías, almonedas y rastros de más o menos, pocas pueden superar y aun competir con esta del Dr. Remartínez (yo diría que ninguna), tropezada el otro día en Madrid. 
Ni Picabia en su época cañí ni los surrealistas de los años gloriosos alcanzaron tanta finura y sofisticación relacionando texto e imagen.
La obrita fue editada en España (dónde, si no) hacia 1930.


24 de abril de 2014

María Zambrano y Max Aub (y 3)

Y leyendo en este tomo VI de las obras completas de María Zambrano, nos encontramos con esta  historia, para mí desconocida, que viene a confirmar la problemática relación que ha tenido uno con las obras de dos escritores del exilio muy celebrados en el postexilio, Ayala y Aub.
Se cuenta en la Cronología que precede a los escritos de Zambrano que en 1961 Ayala y Aub, que han estado viajando juntos por Italia, visitan a Zambrano, que acaba de leer la novela de Aub La calle de Valverde, "en que se involucra en formas muy inquietantes a su hermana Araceli y a su esposo Carlos Díez", policía con quien se casó esta en plena guerra civil. Y añade el responsable de la edición de las OCompletas de MZ. (Jesús Moreno Sanz): "Sin especificar claramente la fecha de este encuentro, Ayala relata, en Recuerdos y olvidos, y en dos páginas prodigiosas de errores y tergiversaciones, esa, según él, desagradable comida con la «intemperante» María Zambrano. Y lo antecede todo con el dato: «No es un secreto que la novela de clave La calle Valverde está centrada en la casa que en esa calle madrileña habitaba ella con su familia». No es un secreto que La calle Valverde, en efecto, involucra a toda la familia Zambrano, padre, madre, y las dos hijas, como no lo es tampoco que esa familia no habitó nunca en dicha calle. Tampoco debió recalar bien Ayala en el tratamiento sumamente cruel que se le da en esa novela a Araceli. Este hubo de ser el motivo de la «intemperancia» de María Zambrano".
No sabe uno si volverá a encontrar tiempo de leer aquella novela de Aub, esta vez sabiendo  lo que acaba de contársenos, pero sí ha vuelto uno a confirmar el oportunismo ético estético de Max Aub y por qué Francisco Ayala me ha parecido siempre un burócrata que escribía como los secretarios de ayuntamiento: las personas humanas, Ayala, no "habitan en una casa", viven en ella.

MAub, La calle de Valverde. Universidad Veracruzana. Xalapa, México, 1961. Y faja con la que se puso a la venta.

23 de abril de 2014

María Zambrano y Junto al agua (2)

HACE casi 35 años, en 1980, recién publicado, envié Junto al agua a María Zambrano. Creo que nunca respondió a aquel primer envío; no podría asegurarlo. Tal vez sí. Respondió a otros posteriores. Habría que buscar sus cartas. No la vi más que en una ocasión, en aquella medio chambre à bonne que le habían encontrado en la calle Maura a su vuelta del exilio. Hace unos meses un amigo me hizo llegar la fotocopia de tres folios autógrafos de Zambrano hablando, en realidad divagando, de aquel libro. 
Aparecen ahora publicados en el VI tomo de sus obras completas (Galaxia Gutemberg), dedicado a sus escritos autobiográficos. Al ver con su letra el título de aquel libro, mi nombre y todo lo demás, siente uno... no es fácil decir lo que ha sentido. 
Son anotaciones balbucientes en letra vacilante, y sin embargo no dejan de conmoverle a uno. Me digo, aquella mujer, ya anciana, le presta atención a los versos de un joven. Ha leído el libro, parece, con atención; desde luego, con aplicación, pues ha copiado muchos versos de poemas del principio, del medio, del final ("Nocturno Atlántico", "Continentales", "Caída", "Los límites del valle", "Canon"); ha encontrado también algo que ha despertado en ella emociones vivas, entre recuerdos que creía perdidos, muertos acaso. Y siente uno sorpresa y gratitud por la atención y la aplicación de alguien que tenía con lo suyo propio tarea que atender, en cualquier caso alguien que había escrito algunos libros muy firmes y a quien no importaba dedicar unos minutos de su tiempo al libro de versos balbucientes, vacilantes de un joven que quiso enviárselos como reconocimiento a cuanto había recibido de ella por entonces, aquel pensar suyo tan natural, hondo, poético, misterioso.


Manuscrito de María Zambrano. AT., Junto al agua. Libros de la Ventura, Madrid, 1980 (Cubierta: Diego Lara)



AL FINAL DE LA TARDE

Al final de la tarde
las últimas estelas se detienen
en la pared de cal,
accidentes, cenizas.
En los ojos entonces los paisajes
suenan como lacados
y hasta parecen lágrimas,
tan suavemente llegan. 

Hablo de mí porque temo a la muerte
desnuda de las cosas
y que la muerte venga a esta azotea
a quedarse en la calma y el silencioso valle.
Como en su vaso el té moruno y verde
o el viejo libro que abierto está a su lado
han conseguido ser dueños de su quietud,
y en su quietud
igualarse a los astros que van en vastas órbitas,
como ese viejo libro y ese vaso de té,
recuerda este lugar y este momento.
Un día llegará en que te preguntes:
¿de ti, de mí, qué fue de todo aquello?,
y de los ojos
ya no vendrán palabras.

      (Poema con el que se abre Junto al agua)




22 de abril de 2014

María Zambrano y Ramón Gaya (1)

1,
13 de abril de 2014

Queridos Miriam y Andrés. Me gustaría publicar esta foto en el Facebook. ¿Estáis de acuerdo?
1992. Ramón Gaya con Andrés Trapiello ante la estela funeraria predilecta de María Zambrano. Como homenaje a su memoria. Foto de Miriam Moreno.
Dos besos de Cuca.

y 2
Buenos días, queridísima Cuca. Me parece una idea maravillosa. No me acordaba yo de esta foto y precisamente ahora que estoy consultando todas las menciones a Ramón en la Obra completa de María (el tomo VI), me he encontrado con la referencia del texto de Ramón sobre sus paseos con María a este lugar de la foto: "He pintado ese momento", publicado en el Abc literarioen 1989, me hace especial ilusión. 
Da la casualidad de que Andrés también sale citado en este tomo porque María registra que está leyendo su primer libro de poemas, Junto al agua, que A. le hizo llegar por medio de José Ángel Valente. Y es muy emocionante porque me he encontrado, además, con dos fragmentos preciosos sobre las viñetas de Gaya que hacen referencia al aire y las ventanas, el primero y el segundo al agua. Te los copio: "Como todos los dibujos de Gaya, que, desde un principio han acompañado Hora de España, aparecen en un aire puro y, si es de un interior, con una ventana abierta; circula el aire como en una tragedia, o más bien, misterio, entre cielo y tierra en que la intimidad no deja de serlo por aparecer a la luz. Y el secreto último de esos rostros, de esas cabezas heridas de muerte, de esos brazos que se abrazan a un fusil, de los árboles mismos que cobijan y señalan el lugar del hombre, de los caminos, no se publica ni se diluye. El secreto y la luz que lo descubre se conjugan. Es la libertad". p. 537 y 538.
"Y así, en "Misericordia", la segunda parte del libro de La España de Galdós, lo que iba a ser una nota hablando de Nina se transformó en un canto al agua, ya que lo esencial de las manos de Nina, como se ve en la edición de La Gaya Ciencia, es que están en el agua, tal como aparecen en unos dibujos de Ramón Gaya, en que de las manos de Nina chorrea el agua. Nina lavaba. También es verdad que el agua inunda; pero sólo inunda cuando se empantana". p. 722 (Se refiere a la cubierta de La España de Galdós publicada en La Gaya Ciencia, Barcelona, 1982). 
Ahora te dejo y vuelvo a mi tarea (que luego tengo a mi madre y tengo que cocinar). 
Muchas gracias por el regalo de la mañana.
Besos,
Miriam

Ramón Gaya y AT. Roma, Via Apia, 1992. Foto: MMoreno






21 de abril de 2014

Pobret, pobret

AL llegar estas fechas suele hablar uno aquí del ruiseñor. A veces, si el invierno ha sido largo e intratable, como este año, el encuentro con él se llena de efusiones inauditas. Nos decimos: ¡Cómo hemos podido vivir todo este tiempo sin oír su canto! Hace doce años una lectora envió a este Magazine una breve carta, cuya letra temblorosa, de otra época, insinuaba una edad avanzada. ¿Vivirá aún? Nada desearía más. “Hay una canción catalana”, decía en ella, “que cantaban en el campo de concentración (1937). Pobre l’usiget q’anaba de branca en branca, pobret, pobret, et aquel usiget q’anaba de branca en branca, pobret, pobret. No sé catalán y estará incorrecto, pero usiyet, o usinet, o siget era ruiseñor. He tenido un ruiseñor silvestre japonés. Cantaba en tono bajo. Precioso”. La carta era apenas esto, y nunca la respondí, ni siquiera para decirle que ocellet es pajarillo. Venía sin remite. Desde entonces ahí la tengo, esperando. Para ella era ruiseñor, y es lo que cuenta.

En otras ocasiones se habló aquí del modo tan extraño en que viene definido el ruiseñor en el diccionario de la Rae. Se dice allí todo de sus tarsos, pico y plumas, pero nada de lo único que le ha hecho inmortal: ese canto que hizo escribir a Shakespeare uno de los pasajes más hermosos de su Romeo y Julieta, y a Keats uno de los grandes poemas de siempre. Seguramente algún académico, a quien fastidiaba la misteriosa e inagotable armonía del ruiseñor, suprimió de la definición esa cualidad que figura en todos los diccionarios del mundo. Desde que se escribió aquel artículo, cada vez que se ha actualizado ese diccionario, yo he ido a él para ver si al ruiseñor de la Academia de la Lengua le han devuelto la suya, quiero decir, el habla, el canto que le distingue del resto de las aves, pero hasta ahora no ha habido suerte. Acaban de cerrar su 23ª edición, y anuncian su publicación para este otoño. Hace unos meses, y siendo uno tan partidario del ruiseñor y de su oficio y como quien pide indultar a un preso, le fui exponiendo el caso a un académico con quien coincidí, y me dijo lo que suelen decir los hombres importantes a los que tratamos malamente de ir de rama en rama: “Vuelva usted mañana”. Al saber que habrá un  nuevo diccionario, “ay, tragedia del alma” decía Unamuno de los libros, se pregunta uno, ¿volverá a oírse en este su melodioso canto? Y responde el eco del silencio: Pobret, pobret.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 20 de abril de 2014]

16 de abril de 2014

Ramón se escribe con Ó de bombo (y 2)


CON el artículo de ayer se publicaba en EL País esta selección personal de greguerías de Ramón Gómez de la Serna. 
Con ellas se da descanso hasta el próximo lunes a los lectores de este blog, a quienes deseo unas buenas vacaciones de Semana Santa.
La foto que acompaña esta entrada fue hecha el Domingo de Ramos a media tarde, en la procesión de la borriquilla por Conde de Xiquena. Supongo que habría que escribir borriquiya, para que la imitación sevillana fuese completa. Al paso que vamos no va a quedar un rincón de España que no quiera tener sus propias procesiones, a imitación de las famosas. Esta era la primera vez que pasaba por nuestra calle, y acaso la primera vez que pasaba por ninguna parte. Como suele decirse: "Esto no lo habíamos visto nunca por aquí". Tuvo de bonito que duró cinco minutos, que no se había enterado nadie y por tanto la calle seguía vacía, que la vimos desde el balcón y que se hacía acompañar de la banda del ejército, que toca muy bien y van vestidos como soldaditos de plomo.
* * *
Poesía es creer que va a llamarnos por teléfono la que vimos ayer en el cine de barrio. (Esta fue la que puso el autor al frente de su Total de greguerías).

Lo malo del niño es cuando llora por llorar, que es algo así como el arte por el arte.

Las patatas cierran el puño debajo de la tierra.

La creación de la botella es de las pocas cosas que le han hecho gracia a Dios.

Si ha caído el rayo, el aviso del trueno sobra.

Al pelar la gallina y al ver su pellejo se ve que lleva bragas de punto.

El amor es algo así como bordar juntos.

Era uno de esos días en que el viento quiere hablar.

¡Oh, aquellos tiempos en que aún levantaban la cabeza los árboles para ver los aeroplanos!

Hay unos niños dormidos que parecen degollados.

Las básculas marcan las doce en punto.

El queso Roquefort tiene gangrena.

Venecia es el sitio en que navegan los violones.

La timidez es como un traje mal hecho.

Siempre parece que al pavo real le han pisado la cola los burros.

Esponjas: calaveras de las olas.

Lo más sabroso de las galletas son sus hoyuelos.

Tocaba el piano él sólo a cuatro manos. Con eso está dicho todo.

En la noche helada cicatrizan todos los charcos.

Los negros tienen voz de túnel.

Eva fue la esposa de Adán, y además, su suegra y su cuñada.

–Paranoico.
–¿Para qué?

En el pico del ruiseñor canta la espina de la rosa.

Los alfileres de perla presumen mucho y no son nada.

Se ve claramente la hipocresía humana cuando el que estaba furibundo o la que estaba furibunda tiene que atender al teléfono y se llena de amabilidad.

El bebé se saluda a sí mismo dando la mano a su pie.

Al oír a un político que “nadie puede dudar de su gestión” me parece oír que “nadie puede dudar de su digestión”.

Nuestra verdadera y única propiedad son los huesos.

El genio es toda la paciencia y toda la impaciencia reunidas.

La morcilla es una transfusión de sangre con cebolla.

Se ve que el agua que hierve se ha vuelto loca y se le saltan los ojos.

AL caballo lo humanizan las venas de la cara

El rebuzno es el grito más sincero de la creación.

Si vais a la felicidad, llevad sombrilla.

Daba besos de segunda boca.

Las escaleras mecánicas llevan más deprisa hacia gastos más inútiles.

El pez está siempre de perfil.

Los grillos parecen que están serrando un cascabel.

La amnistía es la amnesia del delito.

–He escrito un opósculo.
–¡Tan joven!

El error es una broma sin gracia.

La vida se paga a plazos.

La vida vuelve a comprar lo que vende.

La flor vale la multa que pueda costar el arrancarla.

Cuando un gato bosteza parece un tigre.

Lo bueno sería que al final se descubriese que los molinos no son molinos, sino gigantes.



15 de abril de 2014

Ramón se escribe con Ó de bombo (1)


CUALQUIER persona medianamente culta tiene una idea aproximada de qué es una greguería y quién fue su inventor, y sin embargo ninguna de las dos cosas resulta fácil de dilucidar.
Vamos a intentarlo. La palabra greguería existía de siempre, los lectores de Galdós, por ejemplo, y los de Azorín, se la pueden encontrar en sus libros. El diccionario ilustrado de Calleja de 1914, cuando Gómez de la Serna empezaba a escribirlas, dedica a greguería media línea: “Algarabía (vocería confusa)”. En 1970 el Drae añadió: “Agudeza, imagen en prosa que presenta una visión personal y sorprendente de algún aspecto de la realidad y que ha sido lanzada y así denominada caprichosamente hacia 1912 por el escritor Ramón Gómez de la Serna”. El primer acierto de Ramón, gran publicista (“Publicidad, reina del mundo. Yo te saludo”), fue, pues, dar con esa palabra.
En cuanto a lo otro: aunque él dijera que era “la más caudalosa y original de mis invenciones”, no es verdad. Existen greguerías desde Homero. Cuando Heráclito dice que “el tiempo es un niño que juega a los dados”; cuando Góngora escribe “erizo es el zurrón de la castaña” o Cervantes “las gargantas de los pies” (tobillos) o cuando Lichtenberg se pregunta doscientos años antes que Ramón “¿Por qué serán tan bellas las viudas jóvenes vestidas de luto? (indagación)” o dice que “Hasta los muertos dan la vuelta al sol una vez al año”, están greguerizando. Y aquí viene el segundo gran acierto de Ramón: le roba la cartera a todo el mundo, haciendo bueno aquello de que en literatura el plagio sólo está justificado si va seguido de asesinato. Antes de él la gente no sabía qué era una greguería ni que las estuviera escribiendo, por lo mismo que las manzanas se caían del guindo desde los tiempos del Paraíso Terrenal, pero sólo desde Newton, conociendo al fin las leyes de la gravedad, pudieron hacerlo más tranquilas. Y después de Ramón, cualquiera que escriba una greguería o algo que se le parezca, habrá de pagarle royaltis a él.
Acaba de ver la luz su Total de Greguerías. Para hacernos una idea de lo que significa esto, hay que contar algunas cosas más. Este es el penúltimo de los tomos de unas obras completas monumentales que empezaron a editarse hace veinte años bajo la dirección de Ioana Zlotescu, que le ha dado literalmente su vida a este proyecto en una editorial, Galaxia Gutenberg, cuya heroicidad sólo es comparable a la de Zlotescu. La edición, preparación y estudio de este tomo ha estado a cargo de Pura Fernández, una de las grandes ramonistas, y su trabajo es, en tres palabras, sobresaliente, exhaustivo, ejemplar. Porque 50.000 greguerías son palabras mayores. Bastaría resumir aquí su extenso y bien documentado prólogo para probarlo. Aunque, la verdad, a mí lo de las 50.000 casi ni me impresiona, si es verdad lo que cuenta el propio Ramón, quien dijo muchas veces que sólo publicó “un cuatro por ciento” (¿y por qué no un cinco?) de las greguerías que escribió. O sea, que al final iba a tener razón Pla cuando dijo que Ramón había escrito “tres o cuatro mil millones de greguerías”. 
Da igual, lo que tenemos en este tomo es colosal, y fascinante. El libro se ha montado con el Total de greguerías que su autor publicó en 1962, poco antes de su muerte, suma de los casi veinte libros de greguerías que publicó a lo largo de cincuenta años, más o menos unas cinco mil páginas. Gómez de la Serna se pasó la vida metiendo y sacando, “barajando”, greguerías antiguas de esas recopilaciones, conforme a criterios personales y coyunturales (por ejemplo, las pías fueron sustituyendo paulatinamente a las sacrílegas), al tiempo que seguía publicando las nuevas en periódicos de España y América hasta un año después de su muerte, no porque ganara batallas como el Cid después de muerto, sino porque había abrumado de tal manera a los periódicos con sus originales, que aquellos no daban abasto a quitárselos de encima. Porque en aquel tiempo, después de la guerra y habiendo pasado ya Ramón por el palacio de El Pardo, en visita al Caudillo, muchos periódicos y editoriales no le publicaban, sino que se lo quitaban de encima como podían. Algo de la amargura que le causó esto se puede ver en su Automuribundia, uno de los libros más tristes de la literatura española.
Íbamos diciendo que este tomo se ha montado con lo que Gómez de la Serna entendía que tenía que ser un Total de greguerías, pero a este, y después de compulsar todas las conocidas, eliminar las repetidas, elegir entre las parecidas y demás, Pura Fernández ha añadido otro tanto, unos mil o dos mil millones más, sumando aquellas que su autor fue dejando fuera, las que traspapeló, las que se le escaparon e incluso las que escribió durmiendo, y en todas ellas (no, no las he leído todas, y si me apuran creo que Gómez de la Serna tampoco), en todas, decía, está su sello. No todas son geniales, desde luego, porque nadie puede ser sublime sin interrupción, pero por cualquier parte que abra uno este libro se hallará con un relámpago, una idea genial, la pedrea de una sonrisa, a veces el premio gordo de una carcajada. Pongamos menos de un cuatro por ciento, digamos un uno: quinientas greguerías geniales es más de lo que nos ha dejado Heráclito. Sí, después de Ramón, el mundo no sabemos si es mejor o peor, pero sí más completo.
Y ahí vamos. Hace unos años, con el propósito de hacer una antología para consumo propio, leyó uno aquel Total de greguerías de 1962, y marcó las que le gustaron (en parte son las que se publican aquí). Otros han hecho también sus antologías personales, y en todas descubrimos greguerías que no supimos ver con nuestros propios ojos. Quiero decir que a cada lector le están esperando sus propias greguerías. Como en el Rastro, los tesoros están hechos a nuestra medida. Por eso diría que no sobra ni una de los tres o cuatro mil millones de las que escribió y dibujó. Eso sí, conviene leerlas en pequeñas dosis, como las yemas de San Leandro. Y no porque empachen, sino porque juntas se acaban anulando unas a otras y perdiendo sus propiedades.
Y llegados a este punto tal vez sea el momento de preguntarnos qué es, de verdad, una greguería. “¿Explicarla? Amo la greguería inexplicable”, dijo el propio Ramón (por lo demás se pasó tratando de explicarla y explicársela toda la vida en prólogos y artículos). Tiene que ver con el aforismo, con el haikú, con la poesía, con las metáforas, con los tropos. Suelen ser, al menos las mejores, una “misteriosa analogía”. Algo que no era, y que después existirá para siempre. La greguería sólo es posible tras una mirada promiscua. Cuando Ramón escribe “soda: agua con hipo”, decimos: normal. Pero cuando en otro lugar señala que “el pie dormido sabe a sifón”, ha dado un paso más, ha pasado del mundo sensorial al de la memoria, a la manera de Proust. El propio Ramón sabía que no era fácil definirla. Las hay de muchas clases, y él las distinguió de los “trampantojos, miradas, momentos, observaciones, mentiras, intermedios, incongruencias, gollerías, variaciones…”, invenciones también suyas, porque cuando eres Edison no te conformas con haber patentado sólo la bombilla o el fonógrafo. Y tenía una idea de que la greguería, como la vida, aunque termina mal, empieza casi siempre en un juego.
En la cubierta de una de las primeras antologías (1927) se ve en un dibujo al propio Ramón entre frascos y una probeta. Se da a entender con ello que hay quizá una fórmula magistral, como la de los boticarios, para escribirlas. Y eso que vale para muchas, mecánicas, de serie, a las que se les ve el truco, como a los magos sin pulso, no sirve para las mejores. En el estudio de Luis López-Medina, también incluido en este volumen, se compendia su origen, la inmensa popularidad que proporcionaron a su autor y su consagración en Europa, la fortuna que hizo el género (¿quién no ha escrito alguna vez una greguería? A Ferlosio, por ejemplo, le debemos una memorable: “(A la manera de Ramón). Tan sólo el rótulo de la estación dice de veras el nombre de la ciudad: lo demás son citas, más o menos fieles, de ese único texto original”) y, por último, su clasificación. Esta, es, claro, ilusoria. Cada greguería es una huella digital de Ramón (incluso las que no son suyas), todas se parecen mucho y todas son distintas. Sólo sabemos que son frágiles, tanto las que están aquí, como las que no han aparecido o se han ido (Ramón temía que las que se le iban por no anotarlas a tiempo “se van a la desmemoria y no volverán ya nunca”). Yo las dividiría, con permiso de los profesores, que no han reparado en esta taxonomía, en dos grandes grupos: las cortas y las largas. A uno las largas, como decía Azúa también de las cortas, suelen parecerle muy largas, dando pases y pases, sin entrar a matar. Es en las cortas sin embargo donde acaso está la medida de su talento, más allá de lo real (“Los negros tienen voz de túnel”); del calambur: (“Se le pone otra hache a Sánchez y es Shakespeare”), o incluso de lo poético (“El ciprés es un pozo que se ha hecho árbol”). Es cuando llega más lejos: “Si ha caído el rayo, el aviso del trueno sobra”. Se diría que aquel hombre, que se retrató a sí mismo en otra greguería (“El genio es toda la paciencia y toda la impaciencia reunidas”) y que a veces daba la impresión de no estar a la altura de su propio genio, jamás olvidó que “lo que hay que lograr al escribir es pillar a la muerte y a la vida abrazándose”. Así sucedió en su vida, y así sucede en este libro que le representa tal vez mejor que ningún otro de los suyos: la vida y la muerte, dos pasos del mismo baile, un “agarrao” distinguido.

    [Publicado en El País (Babelia) el 12 de mayo de 2014]


RGdelaS, Las 636 mejores greguerías. París, 1927. Viñeta de Bon


14 de abril de 2014

Tuvimos suerte todos

ESTUVO Adolfo Suárez muriéndose unos cuantos días, y el país siguiendo su agonía con una  gran incertidumbre,  testigos todos de algo anómalo: necrológicas anticipadas (nos hablaron hace tiempo del necrólogo oficial de un periódico que las va escribiendo en sus ratos libres y las mete luego en una carpeta con el rótulo de “Necrológicas futuras”). Cuando murió al fin, habíamos oído y leído ya tantas cosas de él, casi todas cortadas con patrones parecidos, que  cuando usted lea este artículo lo probable es que ya nadie hable de Suárez, porque todo lo que tenía que decirse de él, habrá sido ya dicho y escrito. ¿Todo? Tal vez no.

¡Cuánto lo despreciamos, y durante cuántos años! El tiempo demostró que él tenía razón y no nosotros (quienes lo llamaron "tahúr del Misisipí" y quienes no quisimos admitir que un Secretario General del Movimiento podía, contra toda ciencia política, pilotar el cambio democrático). Nos parecía lo peor, con su aspecto entre dependiente rancio y cursillista de cristiandad  y aquel hablar pastoso con la boca seca. Y su retórica. Qué   frases. Olían de lejos, como la naftalina, a las Cortes franquistas. La izquierda circuló la especie de que ganaba las elecciones porque cautivaba a las mujeres, un tipo de mujeres que la izquierda, tan feminista, despreciaba: “las marujas”, decía. Nosotros, los puros, los listos, los que llegábamos de las trincheras del antifranquismo ("contra Franco vivíamos mejor", Montalbán dixit), despreciábamos a todos cuantos no eran como nosotros. Nos avergonzábamos de Suárez porque no hablaba nunca de libros y admirábamos, por el contrario, a Felipe Gonzalez porque no hacía otra cosa que hablar de ellos, aunque luego empezamos a sospechar que tampoco los leía. Mirábamos por encima del hombro a quienes no habían sido antifranquistas como nosotros (en sectas estalinistas y maoístas, desde luego) ni sabían que no se podía esperar nada bueno de ningún Secretario General del Movimiento. Sí, entre unos y otros, acabamos con él. Sólo el tiempo nos ha ido mostrando los cambios colosales que propició en apenas cinco años y todo lo que hizo bien, cuando lo previsible, según la ciencia política, es que lo hubiese hecho mal. Tuvo suerte, tal vez. Pero con suerte sólo no se es el gran político español del siglo XX. Así nos lo muestra ya la historia: con su retórica almidonada y preilustrada, él tenía razón y no nosotros. O sea, tuvimos suerte todos.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 13 de abril de 2014]

13 de abril de 2014

Carlos García-Alix

CARLOS García-Alix estará exponiendo estos días en Santander algunas de sus pinturas (Galería Siboney). Estos tiempos no son buenos para casi nadie, pero según se mire siguen siéndolo para la lírica. García-Alix ha mirado como nadie la guerra civil (en sus pinturas, en sus libros, en su película). Tampoco nadie ha tenido la originalidad que él tiene para ver el lado lírico de la épica. Es de los pocos a los que no le ha importado saber ni decir lo que sabe. El suyo nunca ha sido un mirar interesado ni su decir ha sido un decir categórico. Por eso resultan tan atractivas y seductoras sus obras, porque nada humano le es ajeno, lo cual, tratándose de aquella guerra, en la que todo fue inhumano, y del arte de aquel tiempo, tan deshumanizado, es cosa rarísima y del mayor elogio.
Ayer nos envió estas dos fotografías del escaparate de una librería de la ciudad (Gil) en la que se ven sus propios y magníficos libros, esos dos ejemplares de Las armas y las letras y el boceto que sirvió para la cubierta de éste, obra del propio Carlos. Ya otras veces ha dicho uno que sin esa memorable ilustración no concibe una obra que le debe además algunas de las mejores fotografías históricas que aparecen en ella, como le debe uno a él más de lo que aquí cabe decir.


Librería Gil (Santander). 12 de abril de 2014. Foto: C.García-Alix

12 de abril de 2014

De limosna, no; de milagro

ALBERTO Olmos ha decidido encriptar su blog. Me parece bien. El suyo lo siguen muchas gentes, y acaso ha pensado en ello por esta razón.
Olmos es un escritor joven y le preocupan, junto con la literatura, las cosas que suelen preocupar a los jóvenes: qué hacer para que la buena literatura se conozca y difunda. Y de paso, hacer viable la suya; ya sabéis: desayuno, comida y cena. Paradójicamente, no se difunde más lo que se da gratis. La mayoría de los blogs, no el de Olmos, ciertamente, no los mira nadie, pese a ser gratis, y sospechamos que algunos autores de ellos pagarían incluso por ser leídos.
Quien quiera leer el de AOlmos a partir de ahora, como ya viene sucediendo con otros, habrá de pagar algo. Las cantidades que pide son insignificantes, pero el debate que ha abierto es colosal y prolijo, como si acabara de robarles a algunos su tesoro más preciado, el rosario de su madre. Es curioso que algunos de los que se muestran contrarios a que Olmos se encripte, y lo insultan por ello, firman sus comentarios encriptándose en anónimos y nombres de pega, como es uso. 
Entre ellos uno menciona en ese debate a Hflexia como precedente de ese modo de financiarse, y recuerda que en Hf, sin embargo, las aportaciones son voluntarias (gracias por brindarme la oportunidad de recordarlo: amigos, la única vez que pedí algo fue hace más de un año, buenamente y entre carraspeos, y no he vuelto a hacerlo; quiero decir... a buen entendedor, etc. Y no digo más).
Otro de esos comentaristas es incluso lo bastante sagaz para comprender las diferencias entre una suscripción y una aportación voluntaria, y otro llama a esta última una limosna, lo que en mi caso le parece más que suficiente: "probablemente su prosa no merece mucho más". No sé bien qué es esa cursilería de "su prosa", pero en lo demás estoy de acuerdo con ese comentarista: sea lo que sea, "mi prosa" no merece tanto, aunque me temo que viendo lo desenvuelto que es, podré esperar una limosna de cualquiera menos la suya. No sé por qué, me imagino que ese no le daría a uno ni agua.
En fin, a cierta edad, cuando cualquiera que haya dedicado su vida a la literatura echa la vista atrás, advierte que, en efecto, hemos vivido muchas veces de las limosnas. Por ello hemos de mostrarnos agradecidos. Pero no tanto como cuando nos damos cuenta de que escribir en España no es vivir de la limosna de unas pocas buenas gentes, ni siquiera de la mezquindad de muchas otras, sino que el nuestro es un vivir de milagro, de un milagro. Y como todos los milagros, y a diferencia de la prosa, este no se merece en absoluto, se nos da sin merecerlo, si se nos da.

Papel de guardas hecho a mano, siglo XVIII

11 de abril de 2014

Tlaxcala / Bañolas / Erratas


SE podía decir de X lo que Solís decía de los indios de Tlaxcala, “que ponían su felicidad en hacer y conservar enemigos”.
* * *
SIN ánimo de enconar el debate, y aprovechando que ha de reformarse la Constitución: podría pedirse, a més a més, una salida al mar para el lago de Bañolas. Ahora o nunca. Patria o muerte. Sí o sí. Etc.
* * *
NO hay nada tan dadaísta como una errata en mármol.

Librería del Rastro, 9 de abril de 2009


10 de abril de 2014

Estrellas

LA diferencia entre un astrólogo y el présago está en que el astrólogo sabe lo que dicen en su idioma las estrellas, y el adivino, lo que sueñan. 
Y el camino que va de uno a otro es el que va del filósofo al poeta, claro que son vidas que se rozan tan a menudo, que muchas veces se trenzan, cuando entre el pensar y el sentir no hay apenas distancia.
* * *
MUERTO don Quijote, Sancho es don Quijote por otros medios.




9 de abril de 2014

Verdad / Mentira


ESTÁN los que tratan de conocer la verdad y aquellos que sostienen que no se puede conocer. Los primeros pasan a menudo por ingenuos, y muchos de los segundos, por cínicos que piensan que como no se puede conocer ninguna verdad, es preferible vivir de muchas mentiras.
* * *
LA idea del Juicio Final es el triunfo de la ficción: sería insoportable toda una eternidad sin saber qué pasó; como leer un libro sin fin. 
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"LA verdad y la mentira son lesbianas" (Carlos García-Alix).

El Rastro, 23 de marzo de 2014

8 de abril de 2014

Miguel, Miguel, sin don

ACABA de publicarse un libro en el que al parecer se prueban sobradamente las raíces judías y leonesas de Miguel de Cervantes.
Presentaron ese libro mi hermano Pedro y Antonio Gamoneda. Aquí vienen el vídeo de la presentación y transcritas las palabras de este último, en las que de modo reiterado le llueve a Miguel de Cervantes tantos "don Miguel" para arriba y "don Miguel" para abajo, que da gloria verlo. 
Cervantes nunca tuvo ni se puso el don, y no es esta una cuestión baladí, que diría el profesor Rico, ni mucho menos. Es incluso un asunto capital. 
En una sociedad tan estamentada como aquella de la que habló Cervantes, y al don se refiere él de forma explícita y varias veces en el Quijote (II, 2; II, 5; II, 6),  importaba mucho ese título, llevarlo o no, "conteniéndose en los límites de la hidalgía" o del linaje que le hubiese tocado a cada cual en suerte, sin "arremeterse" a caballeros, únicos que podían llevarlo. Sin dones ni donas, dirá Teresa Panza, que no quiere que "me le pongan un don encima que pese tanto". Que, en efecto, pesa mucho el don, y Cervantes fue un hombre que vivió y murió ligero de equipaje,
Miguel de Cervantes ni fue hidalgo ni fue caballero ni siquiera bachiller, únicamente un soldado viejo y un autor de comedias fracasado. Quiero decir que no sólo la vida o vidas de Miguel de Cervantes están vividas sin ese don, sino que toda su obra está escrita sin él, por eso quienes se lo ponen tan alegremente le están quitando todo aquello que acaso sólo porque nació lejos del tal don, sigue vivo entre nosotros.
En cuanto a lo demás de la intervención de Gamoneda, qué decir. ¿Qué decir de ese rotundo "Don Quijote es don Miguel (...) necesariamente él mismo"? Pues esto: no sólo, don Antonio, y no necesariamente. 
Cualquier lectura que se haga del Quijote, si de veras se piensa que en él pesa tanto la vida, pasa por no sacarse de la manga los dones, así como así, ni otras donosas suposiciones, aunque la verdad es que la vida y la obra de Cervantes son tan pródigas con todos los que nos acercamos a ellas que raro será no salir de su trato siendo un poco mejores, aun a riesgo de salir también un poco más locos, como don Quijote.
Y del libro en cuestión no dice uno nada aquí, porque, siendo tan reciente, no lo he leído, pero me alegraría que sus tesis, como otras muchas de otros mil libros, pudieran verificarse un día, y no tanto por dejar acreditado que Cervantes fue de León (lo que no tendría por qué llevarnos a recordar aquello que decía José Fernández de la Sota, recogido por Aitor Francos: "La desgracia de Kafka fue nacer en Bilbao"), sino por añadir algunas certezas a una vida tan falta de ellas.

El Rastro, 16 de marzo de 2014