31 de mayo de 2014

De la admiración

ADMIRAR a pocos no garantiza admirar a los mejores.
* * *
TENDEMOS a creer que el ser exigentes con nosotros mismos nos da derecho a serlo con los demás. Esa suele ser la excusa para no tener que admirar a nadie, variación del "estar encantado con uno mismo".
* * *
CUANDO admiramos es siempre preferible equivocarse por carta de más que de menos. 
* * *
L*S más grandes de cada época admiran entre sus contemporáneos a gentes que valen, como es de suponer, mucho menos que ell*s. Eso, desde luego, no les empequeñece, sino que les hace precisamente más grandes.
* * *
A menudo la admiración hiperbólica y exclusiva de los grandes escritores o artistas del pasado no deja de ser una manifestación de la propia poquitería, algo parecido al chiste: "¿Qué tal la literatura, maestro"; "Mal: Cervantes muerto, Quevedo muerto, y yo con ochenta años".


Las Viñas, 2014



30 de mayo de 2014

Cuántos libros son necesarios para ser feliz

LA biblioteca de don Quijote la formaban, como es sabido, unas docenas de libros. La de Cervantes, acaso, muchos menos. 
Trabaja uno estos días en el Viaje a través de América del Sur, de Paul Marcoy, gentileza del amigo arequipeño Julio Armaza Galdos. Se habla en él de la ciudad de Arequipa, y de su biblioteca pública: "Data de 1821, y se debe al celo de Evaristo Gómez Sánchez, amigo de las luces. Posee hoy [1869] mil novecientos noventaicinco volúmenes, incluidas teología y jurisprudencia, el mapa del Perú levantado por orden del libertador Simón Bolívar, el Atlas de Vaugondy, hidrógrafo de S.M. Luis XV, un álbum de caricaturas de Gavarni, dos teodolitos, una esfera, y cuenta con un bibliotecario y un portero. Añadamos a estos establecimientos dos imprentas, cada una de las cuales publica un diario de pequeño formato, destinado a publicar los actos de gobierno; mencionemos como instituciones filantrópicas el hospital de San Juan de Dios, el hospital de niños expósitos, una casa de beneficencia y un depósito de vacunas, y habremos completados la lista de fundaciones caritativas, científicas y literarias de la ciudad".
Si trae uno a colación este párrafo no es tanto para recordar a lo que se le daba nombre de biblioteca hace doscientos años, sino el hecho de que el viajero francés dé a la literatura el mismo rango que a la ciencia y a la caridad. Y por lo que concierne a la literatura (no así la ciencia a la que tenemos derecho, como tenemos derecho a que no haya caridad), en lo que concierne a la literatura y al arte así es: por caridad se nos da (la famosa mano tendida de mendigo de la que hablaba Gaya) y por caridad lo damos, si es que está en nuestra mano darlo.


29 de mayo de 2014

Río Dulce

ESTE jueves 29 de mayo se inaugura-presenta Río Dulce, una instalación y un libro de Guillermo Trapiello, en Slowtrack (Calle Cañizares 12, de 20h a 22h.)
"Río Dulce es una bitácora visual donde recopilo mi experiencia en el Barranco del Río Dulce a lo largo de varias residencias entre 2012 y 2013 + información sobre el proyecto aquí", dice en la carta que acabamos de recibir, junto con otros amigos, invitándonos a acompañarlo. Hago extensiva en su nombre esta invitación a todos los lectores de este almanaque.
El libro, en octavo, o sea, pequeño, como casi todo lo importante, y encuadernado a la japonesa, lleva prólogo del poeta Javier Vicedo Alós y lo forman un conjunto de dieciséis estampas, igual número que el de las refinadísimas cajas. 
Si alguien podía traer hoy Japón a las mesetas y cerros castellanos ese era G., y sólo puedo deciros, para no despeñarme por el camino de las efusiones, que es obra madura de "un niño que ya es padre del hombre".



28 de mayo de 2014

El conejo ágil ataca de nuevo

DABA a conocer hace unos días Javier Rioyo esta foto desconocida de Salvador Dalí, descubierta por él en el Marché Brassens de París. 
Se maravilla Rioyo, cuya breve estancia al frente del Instituto Cervantes de Nueva York dejó en tantos imborrable memoria, de que importantísimos descubrimientos como ese sigan a la orden del día y de que la Virgen no haya dejado de aparecerse a los pastores.
Como decía Monsieur de La Palice: totalmente de acuerdo. 
A la misma hora y día en que Rioyo descubría y brindaba a la humanidad ese documento que ha puesto patas arriba la historia del arte, la suerte le iba a deparar a uno, en el Rastro de Madrid ("pulgas y conejos del mundo entero, uníos", podríamos decir), esta acuarela de Salvador Dalí. La firma, JV, corresponde a José Vilaplana, nombre con el que Dalí firmó algunas de sus primeras pinturas parisinas.
Sí, estas cosas suceden. 
Fuentes consultadas, entre ellas Juan Manuel Bonet y la Fundación Gala-Dalí, que pidieron permanecer en el anonimato, se inclinan más bien a considerarla una de las muchas versiones que hizo Maurice Utrillo del mismo tema.
Yo espero que la autentificación de este Cabaret du Lapin agile como obra de Dalí (incluso de Utrillo) aporte a nuestra sólida familia la liquidez de la que carece, y cuando ello no sea posible, la dirección, qué menos, de algún institutillo Cervantes para alguno de nuestros retoños: se conformarían sus papás con el de Fátima, patria de los pastorcitos con fortuna, en la imposibilidad de que sea el de Lisboa, a dos pasos del otro y ya adjudicado hace unas semanas al propio Rioyo. Como también repetía el no siempre comprendido Monsieur de La Palice echando mano del título de la tragedia de su amigo Philippe de Grandcouille: Dios aprieta pero no ahoga, o quien no llora no mama.

José Vilaplana (Salvador Dalí), Cabaret du Lapin agile. París, 1926

27 de mayo de 2014

Pensar, sentir, vivir


CLÁSICO es aquello que no ha sucedido del todo, no por incompleto, sino porque está sucediendo siempre, que es como decir que está eternamente completándose.
* * *
EL pensar nunca es enteramente original. Todo ha sido entrevisto o dicho antes ya alguna vez. En cierto modo todo son variaciones... originales. Sólo sentimos ex nihilo. El sentir empieza y acaba plenamente en cada uno de nosotros, como el mundo. El pensamiento lo hacemos entre todos, y es lo que nos hace humanos. Sólo el sentir es propio de dioses.
* * *
CREE quien piensa, crea quien siente, y cree y crea quien vive plenamente.


26 de mayo de 2014

Ni los buenos ni los nuestros

QUIENES siguen este almanaque sabrán que se suben aquí a menudo fotos tomadas en el Rastro. 
En esta, de ayer, hecha a la hora en que se abrían los colegios electorales, se ve a un ser demediado tocando una trompeta, y al fondo otro real, no menos demediado. Entre los dos forman un todo. ¿España? Lo dijo hace poco Fernando Savater a propósito de estas elecciones a unos amig*s: "Que ganen los mejores, y si no, los nuestros". El verdadero todo. Pese a que  en España ya estamos acostumbrados a que no ganen nunca ni los buenos ni los nuestros, este, en medio de todo, ha sido para los buenos y para los nuestros un gran día. Y ese es precisamente el tema que está tocando el trompetista.

El Rastro, 25 de mayo de 2014

25 de mayo de 2014

Sondeos como vudú


ACABAN de hacerse públicos unos sondeos, efectuados por una casa de sondeos  para un cliente que es preferible que quede contento con el resultado de los sondeos, porque de ese modo le encargará los siguientes sondeos a la misma casa de sondeos.  Como decía un castizo: no sé si me explico. Para ello, la casa de sondeos no sólo sondeará de una determinada manera, induciendo las respuestas, sino que interpretará estas tal y como le conviene: “Si sólo votaran menores de 35, el PSOE ganaría”, leemos atónitos.  O sea, como el espejito mágico de la madrastra de Blancanieves: “si sólo votara yo”, etc. Ya ni siquiera “seriedad y discreción”, lema de los sondistas.

Según el sondeo del que hablamos, en las próximas elecciones municipales y comunales de Madrid, el PP (21 escaños), aun siendo el partido más votado, perdería la alcaldía, que pasaría a una coalición del PSOE (15) e IU (14). Hasta aquí ninguna objeción. Hay cientos de miles de madrileños que estamos deseando perder de vista a la señora alcaldesa. No obstante, todo pende, al parecer, de un solo escaño. Un pequeño desliz en los votos, y PSOE e IU no obtendrían la mayoría absoluta. Y aquí es donde sale a escena UPyD (7). Es, con IU, la única fuerza política con un crecimiento neto en intención de voto. ¿Nos gusta esto, nos disgusta? No me lo pregunto yo. Se imagina uno cómo lo están arrostrando los estrategas de la casa de sondeos, de la empresa que le ha encargado este, del PPSOE: No, gustarnos, no puede gustarnos; vamos, pues, a ver cómo se arregla eso, y conseguimos hacer que la gente vote un poquito menos a esos pesados de UPyD: “El PP pierde 15 puntos y [ si PSOE e IU pierden un escaño, como podría suceder] depende de UPyD para gobernar”, dijeron. Y así, de un plumazo, alguien ha decidido que UPyD sea de derechas. ¿Lo es? No parece menos socialdemócrata que el PSOE, pero si un socialdemócrata había pensado votar a UPyD, empezará a dudar. De hecho en Extremadura el PP gobierna gracias a... IU (oh!) y el único pacto que se le conoce a UPyD ha sido con el PSOE, partido este que se ha hinchado a pactar con nacionalistas de derechas. ¿Qué significan, pues, tales mañas? Se diría que alguien, al igual que en el fútbol se “calientan los partidos” antes de jugarse, ha decidido “calentar las elecciones” y llevarlas medio ganadas con sondeos que lejos de reflejar la realidad, tratan de alterarla clavándole los vaticinios, como en vudú.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de mayo de 2014]

24 de mayo de 2014

Hamletiana

LA alegría de leer un libro y tenerlo con nosotros, a veces tantos años, no es, claro, comparable a la alegría de verlo partir, pero no por ser esta algo melancólica, deja de ser alegría, bien al contrario. Que en eso se parecen los libros a los barcos, barcos veleros que entran y salen y cruzan el horizonte dejando en nosotros estelas no por invisibles o efímeras menos hondas. Y como los barcos, muchos libros son más bonitos de lejos. De lejos, ay, no hay barco feo ni ninguno deja de ser feliz. Incluso muchos de ellos mejoran en la inmensa lejanía del mar, en la memoria, o dejan de parecernos impertinentes, por aquello que se suele decir: no hay libro malo que cien años dure. 
Books, books, books... Lo dijo  Unamuno de las palabras verdaderas: "hasta que al fin cayeron en un libro: ¡Hay tragedia del alma!".




23 de mayo de 2014

De un calidoscopio

En mi haiku da vueltas
cada palabra
como un calidoscopio.
* * *
Giro cada palabra
dentro del haiku.
Loto: copos de nieve.
* * *
En un solo haikú,
calidoscopio,
hay infinitos haikus.


"Paragüitas" (fractal) Las Viñas 20 de mayo de 2014



22 de mayo de 2014

Un canto a Europa

NO se le ocurre a uno mejor título que este, tan rubeniano, para dar entrada al artículo de Juan Manuel Bonet que parece llegar de esa caja de música que es La ronda de los días... o ir a ella.
* * *
EUROPA EN REIMS
Por Juan Manuel Bonet

Visita, por razones de trabajo, a Reims, ciudad en gran medida destruida durante la Primera Guerra Mundial, y en cuya Catedral  el general De Gaulle y Adenauer sellaron, en 1962, la reconciliación franco-alemana tras la Segunda. Me impresionan esa Catedral, su ángel de la sonrisa que tanto le gustaba a Julio Cortázar, sus vidrieras multicolores, y entre ellas las del ruso y judío Marc Chagall, que como tantos en 1940 había tenido que exiliarse en los Estados Unidos… Sensación de vacío, de “terrain vague”, un cierto lado destartalado del urbanismo y la arquitectura de la capital de la Champagne, la misma sensación que producen otras ciudades europeas bombardeadas: Brest, Frankfurt, Berlín, Dresde, Wroclaw, Varsovia… Casi a la sombra de la Catedral, la biblioteca municipal Carnegie, donada por el filántropo norteamericano Andrew Carnegie, es de estilo “déco”. Europa ha sido también, del siglo XVIII en adelante, el puente trasatlántico Norte. Una dimensión de su historia que no pueden olvidar ni Gran Bretaña, ni Francia, países para la supervivencia de los cuales han sido fundamentales los Estados Unidos, como lo serían para la reconstrucción de Alemania, tras la Segunda Guerra Mundial y la devastación consecuencia del delirio nazi. Más al Sur, también Portugal y España tenemos nuestros respectivos puentes trasatlánticos.
Europa ha sido un continente a la configuración del cual han contribuido pueblos antaño colonizados por ella, algo especialmente patente en el patrimonio literario francés: pensemos en el martiniqués Aimé Césaire, en el senegalés Senghor, en el argelino Albert Camus, en tantos haitianos o marroquíes o libaneses incorporados al río de la lengua de Racine. De todo esto, y de un Tánger cosmopolita y multilingüe, hablo con uno de los miembros del equipo de dirección de la Universidad de Reims, el matemático Noureddine Manamanni, marroquí de nacimiento, perfectamente integrado en una sociedad francesa en la cual abundan ese tipo de ejemplos, y ahí están los casos de nuestros Anne Hidalgo y Manuel Valls.
El laberinto europeo es la sensación, en ciertos rincones de Viena, o de Praga, donde se estrenó el Don Giovanni de Mozart, de estar en Roma. Es, por tierras polacas, el palacio de Nieborów, y en él libros de Byron, Stendhal o Victor Hugo, frente a un estanque versallesco. Es la biblioteca del Trinity College de Dublín. Son los edificios neoclásicos de la Universidad de Vilnius, y el camino de los filósofos de Jena, y El grito de Munch. Es una sinagoga española en una Sarajevo que parecía viuda de la historia, y a la cual luego por desgracia la historia regresó sin previo aviso. Son el Camino de Santiago, Silos, Chartres, Brujas la muerta, la abadía de Melk sobre el Danubio. Es Delfos. Es la Via Labirinto de Siracusa. Es el Hôtel de Castille de La Valletta. Es Zoran Music, superviviente de Dachau, pintando en Venecia, donde pudo cruzarse con derrotados como Paul Morand o Ezra Pound, pésimos ciudadanos pero grandes escritores.
Durante el franquismo, los españoles miraban con envidia hacia un Occidente que vivía en libertad. Paradójicamente, parte de los que luchaban por la libertad en la península, creían en supuestos paraísos orientales donde la libertad brillaba por su ausencia. Una vez caído el muro de Berlín, el cine nos ha ayudado a entender la terrible glaciación sufrida por esa mitad del continente, hoy felizmente incorporada a la casa común: Europa Europa, de Agneszka Holland; Katyn, de Andrzej Wajda; Est-Ouest, de Régis Wargnier; Good Bye, Lenin!, de Wolfgang Becker; La vida de los otros, de Florian Henckel…
Europa es hoy un continente azotado por la crisis, y amenazado desde su interior, tanto por un fundamentalismo islámico que rechaza la integración (y cuyos militantes más exaltados contribuyen al incendio de Oriente Medio) como por partidos nacionalistas, xenófobos, populistas, y que hacen gala de peligrosas nostalgias. En el otro extremo, otros viven otras nostalgias, incluida la fascinación por ciertos caudillos latinoamericanos… Frente a las tentaciones extremistas, es necesario apostar por una Europa democrática, en paz, consciente de sus raíces y conocedora de su historia, pero también de que forman parte del patrimonio común los venidos de otros continentes, algo que los españoles tenemos claro, pues valoramos el aludido aporte latinoamericano a nuestra identidad.
   [Publicado en La Razón el 21 de mayo de 2014]

Adenauer y De Gaulle en la catedral de Reims,  8 de julio de 1962.


21 de mayo de 2014

Una carta de Francisca Sánchez a Rubén Darío

ACABAMOS de leer que mañana estará en las librerías La princesa Paca, libro que novela la relación entre Francisca Sánchez y Rubén Darío, escrito por la nieta de Francisca, Rosa Villacastín, y Manuel Francisco Reina.
Hace años encontré esta pequeña carta, dirigida al poeta, y dos o tres papeles más de este (unos recibos acusando préstamos de dinero y un pneumatique, todos ellos de París). 
De haber sabido que estaba en marcha ese libro, habría puesto a disposición de sus autores esta tarjeta postal, inédita hasta hoy:
"Madrid 18 de Junio 1903
Mi muy querido hijito:
Hoy he recibido tu tarjeta en la que me alegro mucho de que tu saluz este bien la mia y la del niño bien; pues sabras como mañana Viernes salgo para el pueblo a las 9 de la mañana dese Avila te echare una tarjeta para decirte como llego mi hijito me estraña mucho lo que me dices del nombre del niño le é puesto Feliz porque le e puesto el nombre del santo del dia y sino miralo en el calendario y veras como es San Feliz, pero enfin cuando baya me contaras todas esas dudas cuando me escribas al pueblo las señas son Provincia de Avila Por Menga Muñoz en Navalsauz de lo del dinero me lo mandas a Navalsauz sin mas mi tatay recibes memorias y tu un abrazo y mil besos de tu querida [¿tataiya? ]".
¿Por qué ha tenido uno siempre esta carta en más estima aún si cabe que los otros papeles escritos y firmados por el propio poeta? Acaso porque parece latir en esas palabras no sólo un amor correspondido, sino también una ilusión que no podía serlo para los dos en el mismo grado. 


20 de mayo de 2014

La devoción. Una fotografía

A nadie se le descubre nada diciéndole que en los pliegues de la realidad, rastros y almonedas, hallamos mil testimonios elocuentes de la vida, tanto por serlo, como por serlo inauditos. Como esta foto, que  no sabe uno dónde ni cuándo fue tomadada ni a quiénes. Sólo lo que en ella se muestra: que acaso no vale la pena tanta gala, para acabar de rodillas, tal y como parece imponérsenos cada día desde las más altas instancias. Y desde luego no vamos a hacer ahora aquí unas bonitas frases sobre el "más vale morir de pie...", etc. Nadie obtuvo más réditos de esa frase que Dolores Ibarruri, Pasionaria. Enfatizó mucho con ella en la guerra civil, antes de correr a postrarse ante Stalin, ante el que vivió arrodillada hasta la muerte del tirano. Porque lo grave no es el tener que vivir de rodillas, pues al fin y al cabo uno no siempre puede evitar esto; lo peor es, ya de rodillas, mostrarse devoto, es decir... la devoción.
PD.: Y lo recuerda Sandra Suárez en uno de los comentarios de esta entrada: "Nunca olvidaré una frase de El Roto: "Todos los poderes emanan del pueblo. De su sumisión, concretamente".

Del Rastro, mayo 2014. 

19 de mayo de 2014

El caso Güell

CONDE, exiliado de la guerra civil española en Francia desde 1936 y durante la ocupación alemana, monárquico y catalanista. Todo esto, además de duque y marqués de Comillas, fue el conde de Güell, que es como firma su Journal d’un expatrié catalan  (Mónaco, 1946)... 

Es este un libro raro y extraño, como unas modestas Memorias de ultratumba. Raro, porque no abunda, y extraño, porque aunque hubo algunos aristócratas anti-Franco, no tenía uno noticias de muchos condeduques catalanistas. Recuerda varias veces Güell que, al ser proclamado alcalde de Barcelona (1930), nada pudo satisfacerle más que serlo en catalán y junto a la señera. “No volveré a España hasta que Cataluña no goce del derecho a hablar su lengua y enarbolar su bandera”, dirá en 1942. Pero no sólo: “Es verdaderamente triste que todos los idiotas sean de derechas, porque aunque sea una compensación a que los asesinos suelen serlo de izquierdas, obliga a los que viven en círculos derechistas a oír constantemente estupideces”, dirá a lo Chateaubriand. 

Bien, ni ser aristócrata hizo de Güell un idiota, ni ser catalanista le estorbó sentirse español, ni ser monárquico fue en él incompatible con ser demócrata, vaticinando que la única monarquía posible para España sería en un estado federal, votada por todos los españoles, monárquicos o republicanos (“Si hubiera contado con hombres de la energía y talento de Azaña, no me vería como estoy [en Roma y en el exilio]”, le oyó decir a Alfonso XIII). Como habrá comprendido el lector a estas alturas del artículo, no ha traído aquí uno el caso Güell sólo por fantasía. ¿Cuántos aristócratas catalanistas, españoles y federales quedarán en Cataluña? Hace treinta años que se ha normalizado el uso del catalán e incluso la señera se le ha quedado párvula a la estelada, pero ¿qué sucederá con quienes, como Güell , no quieran dejar de ser españoles en una república catalana? ¿Se irán de nuevo al exilio? ¿Les expoliarán sus derechos civiles? ¿Habrán de decir “Cataluña nos roba”?  Alguien pensará que no vale la pena perder el tiempo ocupándonos de casos tan extremos, pero no se crea. Son significativos. Por eso sería un detalle para con la ciudadanía que la presidenta de la ANC, tan atenta siempre a los detalles exactos de la ruta, satisfaciera la curiosidad de tipos que, como uno, andan distraídos con los libros viejos y los tipos raros, curiosos, olvidados.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 18 de mayo de 2014]

18 de mayo de 2014

Caja de música


LA encontró el amigo José Vicente Fuster, y la subió a Fbook, pensando que tal vez le gustaría a uno, y no sabe cuánto acertó. 
Porque no hay ni una sola herramienta creada por el hombre, incluso aquellas de apariencia más tosca o destinadas a los trabajos más rudos y serviles, que no lleve consigo su melodía, como lleva consigo cada uno de nosotros su novela. Y así podríamos decir que no hay caja de herramientas que no lo sea también de música, y no lo digo sólo por esta, donde todo parece escalado o en arpegio, como no podía ser de otro modo, teniendo en cuenta quién la fabricó. Incluso en la mía, aunque en este caso es más bien dodecafónica y muy Schönberg.


Master craftsman Henry O. Studley (1838-1925) was an organ and piano maker, carpenter, and mason. He is best known for building this incredible tool chest during his tenure at the Poole Piano Company in Massachusetts, working on it over the course of 30 years. Using ebony, mother-of-pearl, ivory, rosewood, and mahogany – all materials used in the manufacture of pianos – he refined the chest to the point that, even now in the 21st century, it is still in a class by itself. The Studley Tool Chest holds 300 tools, yet measures only 9 in. deep, 39 in. high, and 18 in. wide, when closed (22.86 x 99.06 x 45.72 cm). Every tool has a custom-made holder to keep it in place, many with  beautiful inlay, and tiny clasps that rotate for easy access. As the chest folds closed, tools from the left side nestle precisely between tools on the right side.



17 de mayo de 2014

Apuntes de la clase de Juan de Mairena

EL "de tú a tú" suele ser casi siempre un "de yo a yo".


El Rastro, 10 de mayo de 2014

16 de mayo de 2014

El vengador

"Desde que has escrito El vengador ya podemos tratarnos de tú a tú", Ernest Hemengway. No sabrá uno nunca qué resulta tan triste de esa faja, medio siglo después, si el kikirikí de una frase tremebunda y ver al aborigen haciéndole el dúo o saber que las cosas en materia de vida literaria están poco más o menos igual que entonces.
* * *
Y, por cierto, el Drae nunca dejará de sorprenderle a uno: ¿Por qué habrán querido escribir "quiquiriquí" en una de las pocas palabras castellanas en las que podemos escribir k hasta hartarnos, resarciéndonos de su rareza en nuestro léxico, y atentando de paso el comportamiento económico del lenguaje? Al fin y al cabo quiquiriquí tiene tres letras más que kikirikí.

José Luis Castillo Puche, El Vengador, 2ª edición, 1960.

15 de mayo de 2014

El barón de Bourlegui

FELICES tiempos aquellos en los que alguien podía enviar los correos por aproximación, y llegaban. Y, sobre todo, a un café, donde se contaba con la lealtad, naturalmente inquebrantable y desinteresada, de los camareros.
Esta carta, del barón de Bourlegui, parece esconder una novela. La está pidiendo a gritos. No sabemos si larga o corta: la escribe quien suponemos su mujer, madame de Castejón, con sobre del Caribe Hilton de San Juan de Puerto Rico. ¿Fue carta de despecho, de súplica, de espera? Wpedia nos informa que están estos castejones emparentados por los cinco costados, norte, sur, este, oeste y corazón, con unos Martínez de Pisón y Martínez de Pisón (saludos, Pisón, por lo que te toque). 
Pero antes de indagar, ya está uno yéndose, porque la vida nos trae y nos lleva y sólo puede uno levantar la mano y decir a la magnífica baronía, y a sus antepasados, que nos estarán viendo desde su panteón del siglo XIV, adiós, adiós, que ustedes sigan bourleguis por muchos años.

Del Rastro, de hace muchos años.  Guardada entonces, pensando en una novela, y reencontrada entre papeles el 10 de mayo de 2014.

14 de mayo de 2014

Tipografía canalla (continuación)

Siempre cree uno que lo ha visto todo en materia tipográfica y editorial. Pues no, salta a la vista. Y como ocurre en estos casos: he aquí la prueba de que el surrealismo no pasó de ser un juego de escolares, lejos de llegar adonde llega lo real.

Alfeo Amaldi, Me corté la lengua. Ediciones Javierianas. Madrid, 1963

13 de mayo de 2014

Hotel du Lion d'Or

DEJEMOS de lado el camino recorrido por esta fotografía, que bien pudo haber salido de la cámara de Eugène Atget y que la ha traído hasta el Campillo del Mundo Nuevo; olvidemos por un momento la mirada de esos personajes que parecen, mirándonos desde la muerte, decirnos: "Levántame y ándame"... Reparemos tan solo en el rótulo de ese modesto Hotel du Lion d'Or, tan común en hospederías, posadas y cafés. ¿Qué encierra ese nombre, dónde surgió la leyenda de un león dorado? ¿Fueron estos que comparecen sus dueños y quienes atendían el modestísimo establecimiento? ¿Entregaban copias de esa fotografía a sus huéspedes ilustres como vimos el otro día que hacían en el buque Montevideo? ¿Fue uno de ellos quien la trajo a Madrid hace más de cien años?
Maravillosos tiempos en los que alguien podía empezar a relatarnos esa historia que nos incumbía porque teníamos tiempo aún de escucharla.






12 de mayo de 2014

Enmudeced, campanas


ESTOY viendo de niño aquellas carrozas aparatosas de los entierros, con un caballejo empenachado y el cochero en el pescante, recorriendo las viejas calles de mi ciudad, después de haber recogido al finado en su casa. Porque nadie que podía permitírselo moría en otro lugar que no fuese su casa. En ella se había celebrado el velorio. Así lo atestiguaba la mesita de las condolencias que se ponía en el portal, una de cuyas hojas se cerraba en señal de duelo. 

Aquella cultura de la muerte, heredada del barroco y vigente durante cuatro siglos, desapareció en unos pocos años, en parte con la invención del tanatorio, donde todo sucede de una manera aséptica, un tanto futurista. Y, sí, se hubiera podido decir que la muerte en nuestras sociedades ha pasado a ser sólo un trámite que se quiere abreviar lo más posible, de no haber existido al mismo tiempo este otro fenómeno netamente actual: el espectáculo que se organiza alrededor de los muertos ilustres,  (políticos, tanguistas, intelectuales, cualquier famoso vale) con las hipérboles montadísimas a que dan lugar, esos “se van los mejores”, “desde Adán y Eva nadie nunca jamás había...”. En fin, el regreso y triunfo del barroco en unos dilatadísimos cortejos mediáticos que dejan aquellos de León en nada. Dios nos libre del día de las alabanzas, recuerda con sorna el refranero.

Es verdad que hay temporadas que parece que nos morimos más, pero es sólo un espejismo. Sólo que ahora televisiones, periódicos y redes sociales se emplean tan a fondo en amplificar las muertes de quienes han decidido agigantar, que se diría que más que enterrarlos quieren resucitarlos y  convencernos de que hemos vivido una época de titanes, héroes fabulosos y genios inigualables, y empequeñecer de paso al resto de los mortales comunes. Y es entonces cuando a uno le vienen a la memoria las palabras de Machado, escritas a la muerte de don Francisco Giner: “Vivid, la vida sigue, los muertos mueren y las sombras pasan, lleva quien deja y vive el que ha vivido. Yunques, sonad; enmudeced, campanas!”. Las personas a quienes hemos querido y admirado siguen al morir en nosotros consolándonos con su recuerdo. Unas veces eran célebres y otras, la mayoría, eran anónimas, y vienen con nosotros por dentro, sin flashes, sin retórica y sobre todo sin ruido, porque aquello que han de decirnos, lo dirán en voz baja, tal y como habla la intimidad.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de mayo de 2014]

11 de mayo de 2014

Gran Vía 13

TIENE Madrid algo siempre de inesperado, incluso en aquellos lugares que cree uno conocer bien. ¿Cuántas veces habremos pasado en estos cuarenta años delante del portal del Centro (¿Casino?) del Ejército y la Armada? Pero sólo ayer se nos apareció ese pequeño escudo, sepultado sin duda todo este tiempo bajo una espesa capa de polvo y de contaminación. La reciente restauración de la fachada le ha devuelto la vida, pero a uno ha estado a punto de quitársela del susto. Pues se diría que más que de una restauración se tratase de una terrible advertencia, no atenuada por la nata en la que viene envuelta. Únicamente la clase de gentes que vimos que entraban y salían del portal, nonagenarios más o menos vacilantes, logró pacificarle a uno poco a poco los beligerantes pulsos.

Gran Vía, 13

10 de mayo de 2014

Montevideo

JRJ y Zenobia Camprubí regresaron desde Nueva York a Cádiz en junio de 1916 a bordo del "Montevideo". "Donde escribi gran parte de mi Diario de un poeta en nuestro viaje de bodas" anotó JR en una tarjeta postal del barco de las que, probablemente, se repartían entre el pasaje.  (Álbum de JRJ. Residencia de Estudiantes, pág. 229).
Una postal idéntica a aquella, regalo de Pablo A. Sande, le esperaba a uno ayer en La Coruña (¿solía hacer el buque escala en ese puerto?), y con ella la certeza de que todo en nuestra vida está montado en olas que van y vienen. Que van y vienen, lo propiamente humano.







9 de mayo de 2014

La puerta del perdón

LA decisión de pedir a Sebastiaan Faber una reseña de Las armas y las letras fue arriesgada, como expone Jordi Gracia en la ponderada presentación del dossier de Ínsula, aunque parece que está también en el origen de que se le encargara a Jordi Amat el escrito que se publica a continuación. De modo que sí: gracias, SFaber. Lo cortés, decía Xavier Villaurrutia, no quita lo Cauthémoc.
* * *

La puerta del perdón
 Jordi Amat

Cuestiones personales
No recuerdo exactamente desde cuándo tengo esas cartas en casa. Mi tío me las confió hace algunos años, tras haber dado con ellas en el desván de la casa de campo familiar y diría que sin haberlas leído apenas. Decenas de cartas conservadas dentro de sus sobres, escritas durante la Guerra Civil por mi abuelo materno y sus hermanos. Cartas agrupadas sin orden aparente en paquetes, ligadas con un nudo de viejo hilo rasposo que en su día, cuando las estuve husmeando, fui incapaz de anudar de nuevo. Las sepulté dentro de una horrenda bolsa de plástico de supermercado y quedaron en lo alto de una estantería, en un cuartucho al lado despacho, acumulando polvo. Hasta hoy. Como si se tratase de un acto reflejo, terminada la lectura de la última novela de Andrés Trapiello, he ido a por la escalerilla metálica, he subido un par de peldaños y he vuelto a coger la dichosa bolsa de plástico. Apenas sé nada de la peripecia de mis abuelos durante la guerra. Con polvo y la bolsa entre manos he ido a buscar la única carta de la que conservaba un recuerdo, vaguísimo, y ha resultado fácil dar con ella, porque estaba suelta ya que no la guardé en su sobre correspondiente.
Dirigida a su hermano Martín, Olegario –l’avi Oleguer- la escribió el 28 de marzo de 1939 en el Hotel Suizo de Castellón de la Plana. Apenas faltaban cuatro días para el final oficial de la guerra. El tema de la carta es la crónica de cómo, cuatro semanas antes, mi abuelo, cuyo último destino había sido la Brigada Mixta 221, había conseguido cambiarse de bando, pasando del republicano al insurrecto, acompañado de un comandante y más de sesenta soldados de su brigada. Tal como lo narra, mi abuelo se otorga un papel protagonista en la organización de aquella deserción colectiva. La noche del día 3 fue cuando pudieron escabullirse de la mirada del “comisario rojo” que les controlaba. El grupo iba armado (bombas de mano, un par de ametralladoras, fusiles) y uno de ellos fue elegido como enlace para acercarse a las filas franquistas y revelar su propósito al teórico enemigo. “El primer abrazo con los Nacionales es algo grande!! El poder de nuevo besar la mano de un representante de Dios… Poder de nuevo oír la Santa misa y recibir de nuevo solemnemente los Santos Sacramentos…”.  Mi difusa composición de lugar era que mi abuelo –el Doctor Fusté de Vilanova i la Geltrú (una localidad media de la costa sur de Barcelona), “el metge negre” como era conocido en su pueblo- se debía haber pasado mucho antes, motivado por su religiosidad y escandalizado por la barbarie revolucionaria (le recuerdo un comentario elogioso de las memorias de Tísner porque el escritor y caricaturista sí había tenido el valor de reconocer que durante los primeros meses de la guerra se había matado a mansalva en la retaguardia republicana barcelonesa).
Pero mi versión era imprecisa. Fue en la prórroga de la guerra, en el momento en el que la victoria ya estaba decidida, cuando pudo desertar. Y además descubro ahora que, cuando escribió la carta, tenía problemas con la justicia del nuevo estado y por ello pedía ayuda a su hermano Martín, que ya era el Caballero Mutilado que no tardaría en jugar un cierto papel en la abogacía franquista de la postguerra barcelonesa. “Te ruego vengas por aquí”, le decía, “por su fuese posible aligerar mi asunto, ya que continúo en prisión atenuada esperando el fallo del expediente que están instruyendo. Hasta la fecha no me han procesado”. Quizá esa situación de prisión atenuada y el estar expedientado explique su reiterado uso de la retórica primaria que asociamos a la propaganda de guerra franquista, la adaptación a su propio caso del idiolecto convertido ya entonces en cromo maniqueo. ¿Escribió mi abuelo la carta, y con ese tono, para defenderse? ¿Por eso la escribió en castellano y no en su lengua materna, el catalán? ¿Para que la leyese el general que, según agradecía a su hermano, le estaba avalando? Es probable. ¿Cuándo se falló su expediente? En el tramo final de la carta mi abuelo alude a Soledad, una mujer que no es mi abuela, cuyo nombre nunca escuché e casa y que desde julio estaba detenida en Barcelona por “los compinches de Negrín”. ¿Qué fue de ella?
No creo que mi abuelo apenas contase nada de todo aquello. Tampoco le debieron preguntar. Y la vida siguió porque el tiempo no se para y él sólo podía seguir. ¿Empezar? Siguió con su carrera de médico, se casó, tuvo hijos… En la mítica familiar todo relato del pasado se concentraba en una noche del año 1955 en la que Olegario y su mujer Carmen, junto a otras pocas parejas amigas, se atrevieron a celebrar las típicas “comparses” del Carnaval sin autorización, un gesto explicado como un acto casi heroico de fidelidad al pasado y a la catalanidad proscrita. Así me lo contaron y en parte así debió ser, pero no es la única interpretación posible. El profesor Antonio Canales Serrano, en el libro Las otras derechas, habla de esa noche que para mí siempre ennobleció a los míos como ejemplo prototípico de los guiños a la derecha católica de tradición catalanista que caracterizó al vilanovismo franquista. Pero entre 1939 y 1955, ¿qué? ¿Cómo había sido su vida a partir del día de escritura de la carta? ¿Cómo digirió el recuerdo de su participación en aquella guerra en la que otro de sus hermanos empezó a beber y nunca dejaría de hacerlo? Nadie podrá darme esas respuestas. Tampoco ésta: ¿mató?

Piedad y perdón
Y otra pregunta, la última: ¿es pertinente desarrollar esta reflexión, tal vez impúdica, para intentar desentrañar el valor de Ayer no más? No he sabido desprenderme de la necesidad de inquirir sobre los míos desde que leí la novela. Lo confieso. Esta lectura ha puesto en marcha una necesidad íntima por saber, sin encubrimientos ni afán justiciero, qué hicieron y qué les sucedió a los míos. Y diría que esta dinámica –esta recepción impuesta por el discurso de la novela- es la demostración de la densa autenticidad moral que bombea un libro inolvidable. Porque la literatura, cuando es de calidad, interpela de manera imprevista y su recuerdo luego madura en la memoria, obligando al lector a repensarse en la medida que el texto ha pasado a formar parte de sí, convertido en experiencia real, viva. Así la novela de Trapiello me viene forzando a tratar de desenterrar unas raíces a través de las cuales creo que podría profundizar en saber por qué soy quién soy toda vez que la retahíla de preguntas antes formulada no pretende otra cosa que saber cómo vivieron y qué sintieron aquellos que me precedieron al vivir y sobrevivir a una experiencia límite. La novela logra sacudir la conciencia, creo, porque su autenticidad moral, madura y remansada, debe haber sido el resultado de un lavado de fondos autobiográfico profundo y dilatado.
Para el narrador principal de este libro coral –el protagonista, el profesor de historia leonés José Pestaña, separado de sesenta y tres años, universitario valioso- todo nace del afán de comprender por qué “alguna vez fuimos felices” y luego dejaron de serlo. La felicidad familiar de la infancia, cuya imagen metaforiza la fotografía de la cubierta y describe en las nostálgicas estampas provincianas de las páginas 280, empezó a resquebrajarse un día, y su mundo y el de su padre empezaron a separarse. Más que el intento de suturar esa grieta que el tiempo sólo iría ensanchando, sobre todo desde el momento en el que en las aulas él entró en contacto con los virus izquierdistas, José Pestaña, sin haberlo premeditado, empezará a asediar las causas profundas que hicieron inevitable el corte doloroso, fatal, irreparable, del cordón umbilical. Para saber por qué deberá atreverse a taladrar la caja negra de la conciencia que su padre ha logrado tener blindada desde bastante antes del nacimiento del hijo. No es una operación banal ni inocente porque la verdad, que nos puede hacer más libres, también puede descubrirnos monstruos. Y es que ese asedio implicará combatir, a tumba abierta, las artimañas apaciguadoras del olvido y las verdades parciales sobre las que su padre ha construido su vida adulta. Implicará saber cuál fue su papel durante la Guerra Civil. Implicará hacerse preguntas y buscar respuestas. Implicará descubrir la posibilidad que la violencia desaforada hubiese fecundado su genealogía.
La búsqueda la pone en marcha una doble casualidad. Primera. Padre e hijo se cruzan en la Plaza de Santo Domingo, la lluvia les obliga a resguardarse bajo los soportales de un hotel que durante la guerra albergó a la Legión Cóndor. Intercambian unas pocas palabras de circunstancias. Segunda casualidad. Otro viandante, que se protege como ellos de la lluvia, les escucha y reconoce la voz del padre. Se le activa la memoria. Es la misma voz que escuchó un día lejanísimo. Le pregunta si él era uno de los integrantes del puesto que Falange tenía en Carrocera. Sí, responde el padre. Pues él, Graciano Custodio, era el hijo de Ángel Custodio, el hombre inocente al que aquellos falangistas, en la Fonfría, asesinaron a sangre fría delante de su mirada infantil. “Perdón” es lo único que sabe articular el padre del protagonista. “De aquel dedo artrósico lleno de nudos parecía haber salido una bala que le hubiese acertado en un lugar más sensible que su memoria, en su conciencia”. Víctima y victimario se separan. José Pestaña, sin revelar que es hijo de su padre, se acerca a Graciano Custodio, que le contará que está buscando el cadáver de su padre para poder enterrarlo y cerrar el círculo de dolor que le ha atenazado toda su vida. La acción pendulará entre pasado y presente, seremos testigos de ella a través de la perspectiva de varios personajes –compañeros de claustro de Pestaña (incluida la serpiente envidiosa que nunca falta), su familia, la familia Custodio-, y todo quedará enmarcado, pecando (creo) en ocasiones de excesivo presentismo, en el movimiento de la Memoria Histórica y lo que ese movimiento desencadenó en múltiples planos (políticos, literarios, periodísticos, historiográficos, judiciales e incluso convivenciales, como evidenció la lastimosa y tan significativa batalla de las esquelas que se desarrolló en la prensa).
Aquella escena fundacional de la acción del libro religa el pasado traumático a un presente con heridas vitales aún por cicatrizar. Pero esta no es una novela cuya significación profunda vaya desenvolviéndola el progreso de la acción narrativa sino que la trama en su integridad vale, sobre todo, como estructura que posibilita una progresiva densificación meditativa cuyo propósito no es inquirir en las razones políticas del conflicto. No. Lo memorable de la novela tampoco es la caduca ideologización al uso ni la acción que se deriva de aquella primera escena sino la meditación de naturaleza filosófica que, como si se tratase de una nivola unamuniana, va acompasándose al discurrir de la trama (las citas de Nietzsche, Benjamin o Harendt son recurrentes). Como se plantea explícitamente en una potente escena de diálogos –la de la cena de un filósofo, Pestaña y la joven investigadora del Departamento que se lía con él, colocada justo en el centro del libro- quizá la novela pueda ser considerada como un ejercicio de reflexión sobre el mal, “el reto del pensamiento occidental y de toda la filosofía”.
Por ello lo tragedia de la Fonfría adquirirá un valor que la trasciende como mero episodio histórico. Se transforma en “un fractal que conserva, como en un compás, toda la complejidad de la vida y de lo vivido”. Y esta complejidad es el corazón de la novela. Porque Ayer no más, enraizada en la historia, tematiza algo que los libros de historia no pueden conceptualizar. Algo que es patrimonial de la literatura. Un valor que, para entendernos, podríamos catalogar de cervantino, aunque, en este caso, al tratarse de las causas y las consecuencias en individuos concretos enfrentados en una “orgía sangrienta”, tiendo a pensar que tal vez sería mejor definirlo como machadiano en la medida que lo esencial de la novela de Trapiello, para mí, es su intento honesto de comprensión de la otredad dolida. Una obra de compromiso civil nutrido en la exigencia literaria. Trabajar con la palabra a favor de un país que pueda “expiar su culpa porque no ha olvidado el sentimiento de piedad que hace habitable el mundo”. El intento de abrir la puerta del perdón con la llave de la piedad para poder habitar colectivamente las moradas de la paz.
Con mis muertos. Con los tuyos.


Añadir leyenda

8 de mayo de 2014

Ante un "paseo" de Sebastiaan Faber por Las armas y las letras


HACE un año se me dio a leer la reseña de Sebastiaan Faber, que le había encargado la revista  Ínsula, y que aparece en el número de mayo. No puedo reproducirla aquí, como me gustaría, porque no está colgada en internet. Es verdad que podría copiarla yo, pero para eso se requeriría un entusiasmo que no siento. A quien le interese, no le resultará difícil encontrarla, porque Ínsula es una revista que circula, sobre todo en los medios universitarios, aunque por mi réplica se puede deducir por dónde iban los tiros. 
Mi primer impulso fue pasar de réplicas y dejar libre el campo al señor Faber al frente de su Brigada Lincoln y de su pelotón de fusilamiento, pero acabé aceptando la invitación que me hicieron Jordi Gracia y la directora de Ínsula Arantxa Gómez Sancho. A ella especialmente quiero agradecer la dedicación y cuidado que ha puesto en la edición de ese dossier y la comprensión que han convertido la ilusión de no haber colaborado nunca en su revista, en deseo de seguir haciéndolo. Aunque, la verdad, aquello otro también fue bonito mientras duró.
* * *  
AGRADEZCO al profesor Jordi Gracia y a Atanxa Gómez Sancho la invitación a replicar al profesor Sebastiaan Faber, que publica aquí una reseña de Las armas y las letras.
Es, creo, una de las reseñas más tendenciosas y difamatorias de las muchas que he leído sobre este libro, a lo que sin duda contribuyen los resabios del reseñista, por una parte, y su falta de probidad intelectual, por otra, contaminado todo ello de un pathos impropio de una publicación académica y especializada como Ínsula, en la que ya no podré decir, como ha sido mi  ilusión hasta hoy, que no he colaborado nunca, y en la que se da por sentado que las opiniones aquí recogidas lo están por haber alcanzado esa autoridad que se expresa con un “nosotros”. Se diría que Faber ha pretendido en su crítica más que un ejercicio de comprensión y evaluación, el más acorde con él de levantar sospechas o el de la delación sin fundamento.
Habla Faber de cinco puntos: estilo, tono, propósito, descripción y valoración del libro.
Pasaré por alto sus observaciones sobre el estilo, a saber, el uso y abuso recurrente y  “perezoso”, según él, del etc. (una búsqueda automática en el documento nos da, para un libro en cuarto de más de seiscientas páginas,… ¡trece etc.!, lo que no parece excesivo; y lo mismo le digo de las erratas: seguro, seguro, que ni son tantas ni tan importantes: que las diga); en cuanto a sus observaciones sobre el empleo del “uno”, sabría, si hubiese leído alguno de mis libros, que no “borra” ninguna división antagónica: es sólo una cortesía en un mundo donde, basta leer a Faber, hay demasiados yos innecesarios.
Y que afirme que uno de los mayores “encantos” del libro es su “tono ligero” y “hasta juguetón”, no pasa de ser una de esas insidias que no por circularse con una sonrisa son menos venenosas, y también la paso por alto.
Vamos, pues, con lo que el cree propósito de mi libro. El hecho de que haya hecho tantas menciones a su prólogo, me hace sospechar que es lo único que ha leído de él, y como el uso del entrecomillado de Faber es de una clamorosa falta de eticidad, pongo aquí lo que se dice allí, no lo que Faber dice que dice: “Entre los defectos que se le han achacado a esta obra, muchos de ellos seguramente incontestables, hay uno injusto: el de creer que su autor ha tratado de mantenerse en esa equidistancia que ha ido ganando terreno últimamente: la de pensar que en la guerra todos fueron iguales, y que tanto un bando y otro, hermanados por las tropelías, venían a ser poco más o menos lo mismo. Dejemos zanjada esta cuestión: los crímenes, de una zona y otra, fueron, ciertamente, equiparables. Pero, por suerte para España y para nosotros, no todos los que vivieron aquella guerra fueron asesinos ni representan lo mismo: los irrenunciables principios de la Ilustración sólo estaban representados en la República; la lucha del otro bando fue por la civilización cristiana de Occidente y los privilegios seculares bendecidos por ella, mediante una cruzada que trataba precisamente de conculcar tales principios, sabiendo, desde luego, y como se repite hasta la saciedad en este libro, que ni todos los que combatieron con la República fueron demócratas o ilustrados ni todos los que arroparon a los fascistas fueron fascistas ni dejaron de ser ilustrados, si acaso lo eran antes”. Que Faber diga que “a Trapiello le da igual que le llamen casi de todo, menos apólogo del franquismo” no pasa de ser la insinuación de lo contrario, una simpática delación de chequista.
El propósito de mi libro, pues, no es como afirma esa reseña, excluir a unos para incluir a los contrarios mediante sentencias sumarias, sino demostrar que, como dice Machado, la retórica bélica fue similar para los dos bandos. En este sentido la actitud inquisitiva y tendenciosa de Faber, presidente del archivo de la Brigada Abraham Lincoln, me impresiona lo mismo que si fuera la del gaitero mayor de la Legión Condor.
Al contrario que Faber, nunca me he arrogado la posición tribunalesca del “nosotros” para dictaminar sentencias sumarísimas. Más bien al contrario. En otras palabras: nunca he pretendido ser historiador y menos,  historiador de la literatura. Me he limitado en este libro, en tanto que escritor, a hacer una investigación exhaustiva en torno a un asunto que me concierne y que me inquieta. En este sentido he tratado de preguntarme cuál es la función social del intelectual después de las matanzas del siglo XX y especialmente en España, un país que ha tenido tantas guerras civiles y que ha padecido la violencia hasta hace bien poco.
¿Por qué la respuesta a esa pregunta ha surgido a menudo fuera de la ortodoxia académica? O bien: ¿Por qué un libro como Las Armas y las letras no se escribió en el ámbito académico, como sin duda tendría que haberse escrito, y por qué tardó tanto en escribirse, medio siglo después de terminada la guerra?
Sin duda porque el concepto de historia que tutela, o tutelaba hasta 1994, muchos estudios académicos, salvo honrosas excepciones, funcionaba como un mecanismo de exclusión de lo más eficaz. La prueba de ello está expresada en la máxima según la cual los escritores que habían ganado la guerra habían perdido los manuales de literatura, por lo mismo que a muchos se les regalaron dichos manuales (tesis, ensayos, congresos, etc., etc., etc., etc., etc.) sólo por haberla perdido, la prueba de ello, decía, es, también, Faber. Un profesor, sobre todo mediocre, podía hacer carrera universitaria con cualquier escritor o escritorzuelo de izquierdas, pero sólo alguien inteligente (pienso en Mainer) se atrevía a transitar otros caminos. Por eso me parece especialmente grave minimizar la importancia y el contexto en el que han aparecido figuras como Chaves Nogales, Clara Campoamor, Morla Lynch o Castillejo, según Faber “(re)descubrimientos” sólo para “el gran público”. No: esos han sido (des)cubrimientos a secas, sobre todo para el pequeño mundo académico, que había vivido cincuenta años mirándose el ombligo. Y su importancia consistió en que, por primera vez, se ponía en entredicho el relato que habían hecho de la guerra unos y otros, hunos y hotros, demostrando la afinidad entre la retórica y la barbarie de todos ellos. Sí, se ponía en entredicho the big picture, que ha resultado ser no una picture en cinemascope, como sigue creyendo Faber, sino una copia de copia de copia en super 8, y en pésimo estado, por cierto. Lo pusieron en entredicho esos escritores que acabo de citar y lo puse yo. Sólo los Faber, que ya daban por cerrado el relato de la guerra, se han revuelto rabiosos contra la pregunta y contra la respuesta. Pues desde mi punto de vista, el concepto de historia que debería haber presidido las investigaciones es el concepto benjaminiano de historia abierta, que no da como cerrado el pasado, sino que toma como referencia otras coordenadas descartadas o desconocidas anteriormente y que hacen posible la recuperación de obras y autores ensombrecidos por la sanción oficial del éxito. Una noción de historia que da visibilidad, y por lo tanto amplía y enriquece el arco interpretativo al aportar nuevos enfoques, pero que requiere la paciencia y el esfuerzo suplementario de rastrear las pistas de unas fuentes para las que no hay un fácil acceso, ya que no están disponibles, sino más bien a trasmano, escondidas, cuando no arrumbadas y lejos de los circuitos de la industria cultural y de la escolástica ortodoxa universitaria, a la que Faber pertenece.
Sospecha Faber que no mira uno con simpatías a los escritores o artistas comunistas. Tiene razón. ¿Y? ¿Cuál es el problema? La mayoría de ellos eran estalinistas, algunos participaron o propiciaron las matanzas de anarquistas y poumistas, otros fueron más lejos y alentaron en sus revistas los asesinatos indiscriminados y genocidas de las checas o miraron hacia otro lado.¿Qué tiene de admirable todo eso? ¿Acaso no digo lo mismo de las retaguardias fascistas? Me acusa Faber de decir de Renau que era “fanático”, “estalinista” y “ortodoxo” y a Gaya de señalar que los carteles de Renau se parecen como dos gotas de agua a la estética nazi. ¿Algo de todo esto no fue así? ¿Dónde está el moralismo? Más grave es la acusación de que mi posición es más tolerante con los fascistas y otros que simpatizaron con los sublevados, que con los comunistas. ¿Tolerante con Giménez Caballero, con Torrente, con  Laín y Tovar, con Rosales, con d’Ors, con Ortega, Pérez Ayala o Marañón? ¿Qué libro ha leído Faber? O mejor dicho, ¿qué libro quiere hacer creer Faber que es este?
Los vencidos en las guerras son principalmente las víctimas de la violencia en la retaguardia, sean del bando que sean. Y esto es la parte compleja de la historia. La parte que queda en la sombra, como es el caso de la tercera España, la que no era violenta, la que fue suprimida de los textos, de la escritura. De modo que cuando hablamos del compromiso de los escritores, deberíamos preguntarnos si éste no pasa ante todo por hacer una profunda reflexión sobre la violencia. Ese camino que ya fue indicado por Walter Benjamin en un texto difícil y oscuro:  Hacia una crítica de la violencia.
Me parece poco serio reducir a simple moralismo lo que es una constatación política o un juicio estético enunciado desde una posición ética, como ha sido mi propósito a lo largo de todo el libro. Y se equivoca Faber cuando implícitamente me atribuye simpatías hacia el “arte por el arte”, como si “un humanismo tradicional y conservador” me impidiera apreciar la calidad literaria de una obra confesional. No es mi intención descalificar el compromiso cívico en sí de las letras, sino el sometimiento del texto a un programa y la reducción de la obra literaria a mera proclama política. Entiendo que la creación abre caminos y posibilidades diferentes de vida, pero no creo lícito marcar direcciones de circulación obligatoria. La literatura, en mi opinión, debe formar el sentido crítico y no ser sólo un medio de adoctrinamiento, precisamente porque presupone una mayoría de edad del lector al que le deja un amplio margen de libertad para elegir y reflexionar. Claro que los poetas pueden tomar partido, pero en esto me sumo a la opinión de Juan Ramón Jiménez, quien considera que el activismo político en literatura exige una forma de expresión que tiene más que ver con el arte de convencer y de seducir, con la persuasión y la imposición de una retórica que se aleja del lenguaje de la poesía.
Las Armas y las letras es un proyecto de inclusión, hasta la salvación”, dice Faber. ¿Que se quiere insinuar con ello? ¿Que se hayan recuperado las obras de Campoamor, Morla, Castillejo o Chaves (a quien sin duda Faber “paseará” cuando dentro de veinte años se entere de lo que este pensaba, con o sin matiz, de sus admiradas brigadas internacionales: “receptáculo de todos los criminales aventureros y desesperados de Europa”)? ¿Que lo hayan dicho testigos oculares de izquierda, republicanos y demócratas, y no fascistas? ¿Que frente a los estalinistas de ayer prefiramos, como escritores y como personas, a Juan Ramón, Cernuda, Gaya, Dieste y tantos? ¿Que se haya pedido una mirada al fin desprejuiciada sobre la obra literaria de Panero (Leopoldo, Faber, no Juan, Leopoldo: hay que estar más atentos en clase), Cunqueiro, Unamuno, Pla, Azorín, Gómez de la Serna, d’Ors, Ortega, Sánchez Mazas, Foxá o muchos buenos escritores que apoyaron la sublevación? ¿Que se repitan las palabras de Baroja, que decía que los escritores del 98 no habían estado a la altura de las circunstancias? ¿Que se busque la ecuanimidad a la hora de enjuiciar sus libros? Tampoco. A lo que no parece dispuesto Faber es a que una historia de la guerra civil y de la literatura que estaba ya escrita por aquellos que se apropiaron del relato de los perdedores, se pueda escribir de otra manera sin formar parte de los vencedores; y que alguien venga a cuestionar una dialéctica de vencedores y perdedores. Y por supuesto, no le preocupa lo más mínimo la inclusión, sino lo que él juzga como la exclusión del paraíso académico de algunos escritores canonizados de los que tenía en exclusiva la franquicia de explotación, y que profesores como él, que vivían en sus Crimeas universitarias, no puedan seguir disfrutando como hasta hoy de la derrota de la guerra civil. Si para ello ha de mentir, no lo duda: ¿Dónde he descalificado ni literaria ni políticamente a Hernández, Herrera Petere o Vallejo, comunistas, y tantos otros? (Y echando de menos a Willi Münzenberg, en un libro en el que aparecen cuatrocientos escritores e intelectuales, resulta tan ridículo como aquel otro crítico-filólogo que me afeó en un reseña de Abc la ausencia del también para él “central” don Koldo Michelena).
Dice Faber que me perezco por “los chismes malintencionados”, verdadera columna vertebral de mi libro. ¿A qué llama chismes? Cuando Morla dice (y yo lo recojo) que encuentra a Alberti al final de la guerra en un magnífico apartamento (requisado), lleno de comodidades y gordo y lustroso, puede ser un chisme, ciertamente, pero no cuando una gran parte de la población pasa hambre, vive en la miseria y está depauperada; si JRJ dice (yo lo recojo) que León Felipe pasea por la retaguardia un abrigo de pieles de un marqués, fruto de la rapiña, puede ser un chisme, pero no (lo dice JRJ), si los milicianos están pasando frío en el frente; si Rosales no se ha quitado la camisa azul (lo cuento yo), puede ser un chisme, pero no si sigue llevándola después del asesinato de Lorca, que era (lo dice Rosales) su amigo del alma. Así que sólo puedo llegar a la conclusión de que el único que se conduce con ánimo chismoso, sacando de contexto las cosas para meterlas en “sus” comillas (ay, las tres famosas “p” del Madrid chequista: porteras, policías, periodistas) es Faber.
Reconoce Faber, por último, que mis conocimientos son “enciclopédicos” y mi obra “clara y coherente”, “un trabajo monumental, una hazaña de investigación y condensación”, y que “no hay nadie que sepa más del tema y en más detalle” que yo, pero también que mi obra es  “limitada y reductiva”. Bah, palabrería. No me impresionan nada esas opiniones suyas y todas las de su reseña, ni para mí tienen el menor valor, pues se ve que son de una gran incoherencia, propias de alguien que no se aclara mucho y que, como profesor, vive aturdido y nervioso el fin de un relato, de una ficción, que ya no da más de sí.
Yo le animaría a Faber, no obstante, a seguir mostrando su entusiasmo y su empeño por nuestra literatura y nuestra historia y a seguir dando lecciones de estilo literario a los aborígenes. Donde no contaba sino con cuarenta o cincuenta, puede disfrutar ahora de doscient*s escritor*s más que habían sido orillados, entre otras instancias, por la Universidad. Eso sí, hay que leerlos, y no desesperarse por llegar tan tarde a ellos. Como ocurre en otras disciplinas, hoy disponemos ya de aceptables cursos acelerados de readaptación y puesta al día, por ejemplo Las armas y las letras.

Carlos García-Alix, boceto para Las armas y las letras, 2010