26 de enero de 2015

Catas ciegas

SEGÚN Michelin y los afortunados que lo conocen, Atrio, en el viejo casco histórico de Cáceres, es uno de los grandes restaurantes españoles, pero en opinión de los entendidos, es, además, la bodega mejor surtida de Europa. A Julián Rodríguez, escritor y editor,  le encargaron los dueños de ese establecimiento el cuidado tipográfico de su carta de vinos. El resultado es, sin duda, la más espectacular  que se haya visto nunca: todo un libro en gran formado de 350 paginas y la historia sucinta, localización, propiedades y listado y precios de los cientos de vinos de todo el mundo que esperan en ese remoto confín del sudoeste español a quien los pida. De Francia o España a Nueva Zelanda y Líbano, los mejores, más conocidos y más caros blancos, tintos, rosados y dulces del planeta, algo, en efecto, colosal. Incluso a quienes tenemos un punto de cuáqueros
nos deja con la boca abierta.

Julián Rodríguez le ha regalado a uno un ejemplar de esa carta (la conservaré como oro en paño: fascina como el catálogo de las naves de La Ilíada o los toponímicos de À la recherche) y una botella de oporto. Creo que dijo que éste era modesto en comparación con muchos de los vinos que figuran en ese centón (todos esos château Petrus, Margaux, Lafite o Latour, que parecen estar vendiéndote el castillo y no una de sus botellas, que oscilan entre los 3.000 y 9.000 euros), pero lo cierto es que el suyo resultó exquisito, y no sólo porque vinieran con él la solera de una vieja amistad y los taninos de su bondad e inteligencia; en una cata a ciegas probablemente habría podido codearse con otros de su clase tan o más arrogantes y exclusivos.

Porque vamos a ver: ¿quien está dispuesto a pagar 19.800 euros por ese Petrus de 1947 sería capaz de asegurar, en una cata a ciegas, que ese es mejor vino que otro Petrus de 3.000 o un ribera o rioja de 60? Incluso más: ¿Puede a nadie sentarle bien un vino de 19.800 euros? Admitamos que algo así puede suceder, pero ¿querríamos ser amigos, sin dejar de ser un poco cuáqueros, de alguien a quien no le tiembla el belfo al beberse 19.800 euros? Va uno pasando, fascinado, las hojas de esta famosa carta de vinos. Cuánta novela y cuánta novelería vienen en ella.  Pero nos ha dado la idea: sí, debiera someterse todo, literatura, arte, personas, incluso programas políticos, a catas ciegas... Todo sin etiquetas, pulsando cada uno el fondo de sí mismo y el propio coraje para decir, enteramente libre, llegado el caso: el emperador está desnudo... y además  borracho.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de enero de 2015]

18 de enero de 2015

Los precursores

HA vuelto a suceder: La Contra de La Vanguardia nos da una gran entrevista. Es algo frecuente. Titula Ima Sanchís la que le ha hecho a Annie Marquier, con unas palabras de esta neurocientífica: “El corazón tiene cerebro”. No hay vida que contada en tres líneas no llegue a conmovernos. La de la señora Marquier además asombra e intriga: “Tras estudiar Matemáticas y la carrera de piano y órgano fue profesora en La Sorbona. Luego se instaló en India y participó en la creación de la comunidad de Auroville con Sri Aurobindo y Krishnamurti”. Después fundó en Quebec un gabinete de investigación donde ha llevado a cabo sus estudios. Es francesa y tiene 72 años. En la entrevista cuenta en esencia esto: el corazón no sólo tiene razones que la razón no comprende, sino que es capaz de razonar tanto o mejor que el cerebro. “Se ha descubierto que el corazón contiene un sistema nervioso independiente y bien desarrollado con más de 40.000 neuronas y una compleja y tupida red de neurotransmisores, proteínas y células de apoyo”.
En cierto modo la ciencia viene a confirmar algo que sabíamos desde La Ilíada, muchos siglos antes, por tanto, que se descubriera la circulación sanguínea: sí, el corazón decide a menudo antes e independientemente que el cerebro, y puede decidir mejor: “Las ondas cerebrales se sincronizan con la variaciones del ritmo cardiaco; es decir, que el corazón arrastra a la cabeza (...) Está demostrado que cuando el ser humano utiliza el cerebro del corazón crea un estado de coherencia biológico, todo se armoniza y funciona correctamente, es una inteligencia superior que se activa a través de las emociones positivas”. Parece ciencia ficción, comenta su entrevistadora. 
Claro que como el corazón es bilingüe y junto a la pacífica lengua de la armonía puede hablar la del caos y la cólera, y hablar una u otra ante unos mismos hechos, puede hacer que nos equivoquemos. Marquier aconseja practicar la primera: “Cultive el silencio, contacte con la naturaleza, viva periodos de soledad, medite, contemple, cuide su entorno vibratorio, trabaje en grupo, viva con sencillez. Y pregunte a su corazón cuando no sepa qué hacer”. De no mediar en su conversación palabras como neurotransmisores, hormonas, campos magnéticos, la creeríamos una mística, y sin embargo la ciencia no hace sino confirmar algo que supieron desde el origen de los tiempos los precursores, los poetas: que entre cerebro y corazón, el corazón es el fuerte.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 18 de enero de 2015]

12 de enero de 2015

Lecanomancia


ENTRAMOS en un año, 2015, de elecciones en la nación, en las autonomías, municipios y concejos, en fin, el pequeño empacho. Viviremos una vez más la reedición del cuento de la lechera, también conocido como el reino de las encuestas. Nos abrumarán cada quince días con decimales contradictorios y cortará todo el mundo pelos en tres. La viral irrupción de Podemos (y cómo entiendo a quienes se niegan a pronunciar una primera persona del plural que nos pone a todos junto a quienes hicieron los escraches a las víctimas de Eta: Rosa Díez), ha contagiado todas las encuestas de un gracioso baile de San Vito y las ha dejado temblando. Qué agitación, qué corea, qué oscilaciones, al alza, a la baja, a la contra, a favor... 

La gente, no obstante, se perece por esa clase de números, casi siempre falsos. Acaba de saberse por los periódicos: la sátrapa del Ivam durante los últimos ciento diez años, Consuelo Císcar, no dudó en maquillar las cifras de visitantes a ese museo, y donde eran ochenta mil al año ordenó poner más de un millón, sin que haya pasado nada. ¿Por vanidad? También, supongo; pero esas cosas se hacen sobre todo por dinero: a más visitantes, más presupuestos, más empleados, más prebendas, mejores sueldos, más invitaciones a dar conferencias para explicar el éxito de visitantes, más entrevistas, mejores cachés, en fin, ya saben, el bello mundo de las bellas artes. De las listas de libros, discos, coches, preservativos, vinos, pintalabios, perfumes más vendidos, qué decir: no es tanto que salgan en las listas porque se venden, sino que se venden porque salen en las listas; ya saben cómo va esto. 

Las encuestas no son una excepción a esos tejemanejes: administrar presupuestos y fondos públicos dicen que es una de las cosas que más erotizan a los políticos, lo que dice poco y mal de su erotismo. Así que se emplean, a menudo tirando de dinero público abierta o solapadamente (y eso en todas partes), cantidades fabulosas en la estadística, una ciencia que tiene de riguroso lo que la lecanomancia o arte de adivinar el futuro por el ruido que hacen las piedras preciosas al caer en una zafa. Casi ternura produce ver a los políticos mirar las encuestas como mira la pitonisa su bola de cristal. Ellos, que más que nadie, deberían hacer con los presupuestos públicos como hacemos todos en nuestras casas, es decir, las cuentas de la vieja, se lanzan alegres cuando tienen elecciones al cuento de la lechera.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de enero de 2015]

5 de enero de 2015

De vivir Giner

DENTRO de unos días hará cien años que murió don Francisco Giner de los Ríos, lo más parecido a un santo laico. La muerte del fundador de la Institución Libre de Enseñanza que llevaba semanas agonizando en su catre (así lo vio JRJ, que lo visitó entonces, y dijo catre y no cama, porque en catre monástico murió aquel hombre humilde que no tenía ni un pelo de puritano), su muerte, decía, sumió a los mejores en la tristeza y la desolación, y arrancó elegías memorables, entre ellas una de Machado y otra del propio JRJ.

A menudo se ha preguntado uno: de vivir hoy Giner ¿qué haría, cuáles serían sus propuestas para la regeneración moral y social de este melonar, pues melonar ha sido, es y probablemente será este país. Desde luego lo primero que haría sería reconvenirle a uno por darle a España tratamiento de melonar. Diría: “Hijo, no es ese el camino. No lo es el desdén y la soberbia”. Él creía en el pueblo, entendido como suma de individuos y ciudadanos libres (se enfrentó a la Iglesia católica, entonces poderosisíma, tratando de arrebatarles de las garras a curas y monjas la enseñanza, convencido de que poco podría hacerse con adultos, futuras élites del país, que salían de sus escuelas tarados para los restos). Estaba también convencido de que lo mejor procedía siempre del pueblo, de la minoría aristocrática del pueblo, vida y obras, de su nobleza, de su seriedad, de su jovialidad. Fue el primero en decir que había que orear a lxs chicos, y llevarlos a la naturaleza en estado puro (Sierra de Madrid), a lo mejor de la cultura (museos, catedrales, bibliotecas) y a la vida real  (campos, pueblos, talleres, fábricas) inculcándoles una vida de estudio y trabajo, disciplina y limpios afectos, al tiempo que estorbaba en los maestros aquella vieja máxima imperante entonces que aseguraba que la letra con sangre entra. 

De vivir hoy Giner, ¿qué haría? ¿Por dónde empezaría? Creo que empezaría pidiendo una drástica reducción en la emisión del CO2 moral que está embotando a nuestra sociedad, más trabajo gustoso, una vida sana y austera, paredes blancas, pocos muebles y sencillos, mucho oreo por el campo, dos partes de silencio por una de charla, menos cultura del espectáculo (gran oxímoron), en fin lo que ningún partido ni institución pide, acaso porque tratando a los adultos como a niños, infantilizándoles e idiotizándoles tanto, tienen todos ellos garantizada su supervivencia.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de enero de 2015]