31 de enero de 2016

Será real

HAY muchos testimonios de época. Los buques que se cruzaban en la derrota Londres-Nueva York aminoraban su marcha en medio del Atlántico. “¿Qué sabéis de Nell? ¿Qué ha sido de ella?”, preguntaban los que regresaban a Inglaterra, ayudándose de las bocinas, de barco a barco. Nell era la protagonista de Tienda de antigüedades, que Charles Dickens estaba publicando por entregas. La pasión que esa novela había despertado en lectores de toda laya, marineros, artesanos, burgueses o lores del Almirantazgo, fue colosal. Sabemos cómo era la Inglaterra de Dickens: fábricas inhumanas, explotación infantil, ciudades inhóspitas, delincuencia, prostitución, jueces venales, nobleza despótica...

Cuanto más increíble nos resulta la realidad, o más difícil de aceptar, más nos refugiamos en la ficción. Esa es acaso una de las razones por las que nos gustan tanto las series. Gracias a los adelantos técnicos podemos devorarlas además en sesiones  maratonianas, todos los capítulos seguidos, sin tener que esperar como los marineros dickensianos la cadencia semanal. Muchos incluso preferimos esperar a que se hayan emitido todas las temporadas, como cuando en mi infancia, antes de que se estilase el no menos fabuloso adelanto de las pipas peladas, se pasaba uno una tarde  aburrida de domingo pelando pipas y dejándolas en un montoncito aparte, para comerlas juntas de un atracón.

Seguramente existe ya un buen estudio que relacione las novelas por entregas y seriales radiofónicos y de televisión con los periodos de crisis. “Al menos en la ficción”, nos decimos con alivio, “las cosas tienen algún sentido”. El problema es cuando la realidad imita al arte. La realidad política española y catalana ha empezado una andadura de folletón. Cada semana parece más inverosímil que la anterior. La trama se complica. Como los guionistas además no son muy buenos (los Dickens no abundan) no sabemos si estamos en un sainete o en una tragedia. La expectación, no obstante, es máxima. Igual que con las series. Y la tentación de esperar a que todo haya concluido para enterarse del final, enorme. ¿Será feliz o desdichado? El único problema es que a diferencia de Nell, somos mortales: lo que nos suceda... será real y nos hará felices o desdichados de veras.
   
      [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 31 de enero de 2016}

30 de enero de 2016

De Arcadi Espada

Gracias, Arcadi, por esto.
Yo sé que en esta entrevista de El Mundo me haces salir bastante mejor de lo que soy, pero como acabo de ponerte en un correo, no me importa.
El género de la entrevistas es un género especial que tiene mucho si no de ficción sí de espejismo, y sé que lo mejor de lo que dice ese AT. que sale ahí es de un AE. con el que suelo estar de acuerdo casi siempre; en estas cuestiones político/poéticas de la literatura ficcional,  sin lugar a dudas siempre. Él es quien mejor y más extensamente ha pensado en España de ese asunto, a mi modo de ver.



Andrés Trapiello acaba de publicar Seré duda (Pre-Textos), un estupendo título entre la metafísica y la prosa de vestuario, el volumen 19 de su Salón de los Pasos Perdidos. Este colosal ejercicio literario que ya ha cumplido las 9.000 páginas y los 25 años.

Arcadi Espada.- ¿Qué cumpleaños estamos celebrando?

Andrés Trapiello.- Celebramos los 25 años de El gato encerrado, el primer volumen de los diarios. Un año antes se había publicado, a una entrega por semana, en el suplemento literario de Diario de Jerez, que llevaban Juan Bonilla y José Mateos. 

A. E.- ¿A qué año correspondían las anotaciones?

A. T.- 1987. Entonces me tomaba un lapso de tres años. Luego aumentó a cinco y ahora está en 10. Querría acortar el tiempo de nuevo y volver a los cinco años para lo cual tendría que publicar durante algún tiempo más de un volumen por año. Pero, en fin, todo esto tiene poca importancia porque al tratarse de una ficción

A. E.- Veo que ha comprendido enseguida de qué va a ir esto.

A. T.- Me lo imagino, me lo imagino.

A. E.- Ja, ja. ¿Cuántos volúmenes ?

A. T.- 19 volúmenes. Y páginas, 9.904. De las cosas más tristes que he hecho nunca. Contarlas.

A. E.- ¿Cada una de esas páginas tiene su versión manuscrita?

A. T.- No. Yo escribo casi todos los días en unas libretas las cosas que me pasan. Al cabo del tiempo vuelvo a las libretas manuscritas que correspondan al año que toque. Aproximadamente la mitad de lo escrito no me sirve. Digamos que me quedo con 150 páginas, que pueden crecer en el momento de la reescritura en el ordenador hasta las 500 o 600. 

A. E.- ¿En esa ampliación introduce elementos categóricamente ficciones?

A. T.- Sí. Le pondré uno de mis ejemplos favoritos. Un año conté que me encontré con una muchacha en mi barrio y la seguí. La seguí hasta tal punto, que acabamos en un hotel, digamos que en el vestíbulo, porque ahí se detuvieron las fantasías del narrador. Cuando mi mujer leyó ese fragmento cerró el libro furiosa y me pidió explicaciones. Yo le dije, con alarma, que se trataba de una ficción. "Imposible", me contestó, "es imposible que eso que cuentas no haya sucedido, y también es imposible que no hayas pasado del vestíbulo del hotel". Por más que yo protestaba por mi inocencia conyugal no había manera.

A. E.- Como creo que siguen juntos debieron de cambiar sus pactos conyugales.

A. T.- Je, je. Esas cosas se gestionan como se gestionan, no sin problemas. Me dijo: "Te creo, porque es mi obligación y no indago más". Lo cierto es que era pura ficción, y que me habría gustado que no lo fuese. 

A. E.- ¿Todo lo que añade pertenece a la memoria del año en que fue escrito?

A. T.- No. También añado cosas contemporáneas al momento de la reescritura. Los aforismos, por ejemplo. Ni siquiera me importa que haya anacronismos, siempre que sean leves y no alteren los retratos morales o históricos de los personajes.

A. E.- Como en cada volumen incluye el año de referencia, deduzco que hasta las fechas son para usted novela.

A. T.- También lo eran para Galdós en sus Episodios Nacionales. Yo lo que no hago es trampa. Yo he explicado las reglas y he dicho que el lector debe tomarse todo lo narrado como un hecho novelístico. Por eso yo he llamado a esto Una novela en marcha, donde incluso la verdad de las fechas sigue aquella sentencia planiana, "más o menos, más o menos...". Una novela que lo único que necesita de modo indispensable es la verosimilitud. Yo no puedo escribir que Madrid tiene playa o que mataron a Kennedy en 2005. Yo soy un escritor realista y hago lo que Tolstoi, por ejemplo. Todo aquello que se refiere a hechos históricos constatables es verdadero

A. E.- No me parece lo mismo. Tolstoi distingue radicalmente entre los sueños del príncipe Andrei y las órdenes de Kutuzov. Hay una zanja. Sus diarios son más bien un delta donde es difícil distinguir entre el agua dulce y salada.

A. T.- Es posible. No me quiero meter en honduras. No compete al autor

A. E.- ¡Hombre!

A. T.- Sí, el autor hace lo que puede, se lo digo en serio. El autor tiene un código ético que trata de seguir con cierta honradez. Es describir la vida de las gentes con las que coincide y la suya propia. Sin trampas. Una vez le reproché a Umbral que en su Leyenda del César visionario metiera a Rafael Sánchez Mazas en el cuartel general de Franco en Salamanca, cuando nunca había estado allí. "Oye, Paco, si haces una segunda edición pon que se llama Sánchez Trazas, no sé". "Ah, no", me contestó, "porque entonces el efecto Sánchez Mazas se jode". Hay quien utiliza de una manera tramposa el dinero falso de la ficción para hacerlo circular entre los hechos.

A. E.- Y otros que utilizan el dinero de los hechos para mover sus ficciones agarrotadas.

A. T.- El tráfico me repugna en las dos direcciones. Es tóxico, porque la gente acaba por no saber cuál es la verdad de lo que se cuenta.

A. E.- Humm... Me temo que eso podría achacársele. No está claro el pacto, en los términos clásicos de Lejeune, que firma usted con su lector.

A. T.- En realidad... Mire yo firmo el pacto de Sherezade. Te voy a contar un cuento para que te mantengas despierto y vas a vivir el cuento con tal intensidad que lo creerás real. El pacto clásico de la verosimilitud.

A. E.- Hummm... En realidad lo único que sabemos de cierto sobre la verosimilitud es que los hechos contados no sucedieron. La verosimilitud es, en realidad, una garantía de que lo contado no es veraz. Y eso es un problema para buena parte de lo que usted explica.

A. T.- Lo importante no es que sean o no veraces, sino que el lector los juzgue verosímiles, es decir, como hechos que podrían haber sucedido. Yo lo dejo en las manos del lector. Y que juzgue.

A. E.- Como lector no me da lo mismo que el tumor de su mujer descrito en esta última entrega fuese una invención.
A. T.- El tono y el crédito del libro exigen que eso sea cierto. No podría ser de otro modo.

A. E.- Humm... Lo dice el mismo hombre que se inventa una (semi) infidelidad

A. T.- ¡Y que su mujer ha creído que es cierta! En el libro cuento algo sobre M y su nódulo que me parece muy a propósito de lo que estamos hablando. Acababa yo de llegar a Bucarest cuando aún en el avión conecté el teléfono y leí este mensaje de M: "Una vez más tu diario nos salva. Perdóname por violar un principio sagrado". Mi mujer estaba convencida de que los médicos y yo la estábamos engañando. Al poco rato de salir yo de viaje leyó la libreta donde yo había anotado la víspera que el nódulo era benigno. La leyó, algo que no había hecho jamás. Y me escribió este mensaje. Y luego, ya por teléfono, me dijo que había vuelto a la vida "porque yo sé que tú en el diario nunca mientes". 

A. E.- Ya. Pero no hablamos de su libretas, sino de sus diarios publicados. 

A. T.- Es cierto. Pero le repito lo que le dije antes. Yo no podría hacerle eso nunca al personaje M. El novelista no hace con el personaje nada que vaya en su contra. ¿Usted se imagina a Cervantes haciendo a El Quijote protagonista de una gran mentira? El lector sabe que uno no puede jugar con estas cosas. 

A. E.- Humm... Insisto en que usted juega con el adulterio. No es una enfermedad mortal, pero puede matar. Creo que en la reacción de su mujer ante este episodio hay una clave interesante. Ella comprende que usted lo cuente y no lo cuente.

A. T.- Sin duda...A. E.- En las prácticas novelescas siempre hay en el fondo un problema social. Yo no puede decir las cosas que dice él.

A. T.- ¿Sabe lo que significa todo esto? Que yo vivo peligrosamente. Y que los escritores como yo vivimos peligrosamente.

A. E.- Y que tiene una lógica necesidad de protegerse: su experimento tiene escasos precedentes.

A. T.- Sin duda. Hay que salvar a un mismo tiempo la verdad y la vida. Eso es, precisamente, lo que Miriam cree que hice con la narración de mi supuesto adulterio.

A. E.- ¿Y no sería mejor hablar claramente de la ficción, y otras vaguedades, como una forma de protección, sin más?

A. T.- Puede ser. Pero eso es asunto de otros, de los críticos. No es mi asunto.

A. E.- Relativamente. Este párrafo en uno de los prólogos. "Porque lo que sí sé, más o menos, es que estos libros al escribirse día a día son diarios, pero al publicarse cinco o seis años después, con las enmiendas, añadidos y supresiones, son novela. No se me pregunte dónde está el busilis ni cómo se produce la transubstanciación, pero es cosa segura que lo que una mano escribe como diario la otra lo publica como novela, y procuro también seguir el consejo evangélico, de modo que de lo que hace mi mano derecha, la izquierda no se entera, y al revés". 

A. T.- Pues eso: la mano izquierda y la derecha.

A. E.- ¡Ja, ja, bravo!

A. T.- Sinceramente, yo no sé como es mi obra. Yo lo único que sé es que hace 25 años quería escribir una novela. Y que no sabía cómo se escribían las novelas. Decidí que iba a contar la mía. Y a eso me he dedicado. No soy un hombre que cumpla con el decálogo de las buenas costumbres, ni política ni literaria ni personalmente. Eso, y el propósito de contarlo, es lo que ha hecho peligrosa mi vida de escritor. Pero le repito: yo, sobre todo, hago lo que puedo. Entre esa tensión entre la verdad y la vida, por así decirlo, Tolstoi procedía de otra manera. ¿Sabe usted lo de sus diarios?

A. E.- 

A. T.- Llevaba tres. Uno, que tenía muy a la vista, para que lo leyera su mujer. Otro un poquito escondido, porque sabía que su mujer iba a pensar que lo del primer diario no era toda la verdad y para que creyera por fin haberla descubierto. Y luego llevaba un tercero.

A. E.- ¿Y en cuanto a usted?

A. T.- Yo llevo uno.

A. E.- Qué pregunta más tonta.

A. T.- En serio. Uno solo. Un solo nivel de riesgo, con protecciones.

A. E.- Y con X en vez de nombres.

A. T.- Me acuerdo de una frase fundamental de Ferlosio. "Humano es ocuparse de las cosas y no medirse con los demás". Mis X son conductas, no personas.

A. E.- Volviendo al pacto, perdóneme: ¿No habría sido más fácil haber dicho….?

A. T.- Esto es una novela

A. E.- O esto es mi vida y tengo que tomar precauciones.

A. T.- No. No me habría podido tomar tantas licencias. Yo hago hablar y pensar cosas a mis X de tal modo que de ser personas se enfurecerían.

A. E.- ¿Va a seguir?

A. T.- Sí. ¿Si no, qué hago?

A. E.- Usted es su oficio.

A. T.- Pero no hablo de mí. Yo cuento mi vida, que no es lo mismo.

A. E.- Es cierto. "Muestre, no declare", la lección de Stendhal.

A. T.- Fundamental. A la gente le gusta leer vidas. Alguno me reprocha en esta ausencia de mí que no trate las escenas amorosas. Si no lo hago, le aseguro que es por incompetencia. Es verdad que soy pudoroso, pero sobre todo es por incompetencia, porque no he encontrado una manera decorosa, literariamente decorosa, de contarlo. ¡Siendo follar como es, tan bonito, si se hace bien!

A. E. - ¿Qué es hacerlo bien?

A. T.- Hacerlo sucio, que dijo Woody.

29 de enero de 2016

De Luis Alberto de Cuenca y el Quijote

RARAMENTE ha traído uno a esta Hflexia las reseñas que se hacen de mis libros. Este es un caso aparte: el libro no deja de ser el de Cervantes, la persona que la ha escrito, Luis Alberto de Cuenca, es un poeta pero también un filólogo y traductor él mismo de las mal llamadas lenguas muertas (el griego de Homero revive cada vez que se le lee en cualquier otra lengua a la que se le traduzca) y ha aparecido en una revista, Ínsula, que no siempre tenemos a mano. Viene también a salir al paso a algunas objeciones que se hicieron a esa traducción en un primer momento, objeciones teóricas en su mayor parte (de si era necesario o no traducir el Quijote; aunque hubiera también alguien a quien pareciole una vergüenza que se hubieran suprimido de mi traducción los pronombres enclíticos, en los que reside, como sabemos, el unto de la lengua de Cervantes, y sin los cuales no vale la pena leerlo).
Con mi agradecimiento a LAdeC., aquí va su escrito.

* * *

Cuenta Jorge Luis Borges en su libro Ficciones (1944) la historia de un supuesto escritor francés de la primera mitad del siglo XX que, además de una obra variopinta que incluía monografías sobre Leibniz y Ramon Llull, sonetos simbolistas y hasta una transposición en alejandrinos del Cimetière marin de Valéry, legó a la posteridad un Quijote que, a la postre, sin desviarse un ápice  del cervantino, supuso un desafío personal de imprevisibles consecuencias en las letras europeas que acabó superando el modelo sin apartarse de su escritura literal. Dice Borges también en ese delicioso cuento que Menard, pese a la apuesta íntima que lo llevó a elegir el Quijote como empresa capital de su proyección literaria, era perfectamente capaz de imaginar el universo sin la historia del hidalgo manchego, pero no sin un determinado verso de Poe (que se cita en el curso del relato), sin el Bateau ivre de Rimbaud o sin The Rime of Ancient Mariner de Coleridge. Mi buen amigo Fernando Iwasaki ha argumentado recientemente en alguna parte que la genial broma borgiana sobre Pierre Menard y su Quijote procede de una lectura previa por parte del maestro argentino de la Vida de don Quijote y Sancho de Unamuno, un libro que dejó perplejo al autor de Ficciones por limitarse, según él, a reescribir algo preexistente que no necesitaba ser reescrito. Sea como sea, parece inevitable una alusión inicial al cuento «Pierre Menard, autor del Quijote» a la hora de hablar, siquiera brevemente, de este Quijote «puesto en castellano actual íntegra y fielmente por Andrés Trapiello», aparecido en la añeja y gloriosa colección «Áncora y Delfín» de Destino (volumen 1338), perteneciente en la actualidad al grupo Planeta.
            Andrés Trapiello, leonés de 1953, es uno de los más brillantes escritores españoles de su generación. Autor de un monumental Salón de pasos perdidos que alberga dieciocho volúmenes hasta la fecha (verano de 2015) y que constituye uno de los diarios más amplios, enjundiosos y sugestivos que se han escrito nunca en cualquier idioma, ha destacado en el campo de la narrativa con novelas como Los amigos del crimen perfecto (Premio Nadal 2003) o las secuelas cervantinas Al morir don Quijote (2005) y El final de Sancho Panza y otras suertes (2014), y en el del ensayo con Las vidas de Miguel de Cervantes (1993) y el más célebre de sus trabajos, Las armas y las letras, tantas veces reimpreso y del que tanto se aprende. Como poeta, ha publicado varios libros de gran singularidad y belleza, lo que lo sitúa, dada la variedad de géneros abordados y la gran calidad que imprime en todos ellos, en un lugar de privilegio dentro de  la literatura española del momento.
            El Quijote de Cervantes ha sido para Andrés Trapiello desde su infancia un libro de cabecera, una presencia obsesiva, un amuleto desde el que crear, un símbolo de lo mejor que ha dado la escritura universal, un paradigma de la excelencia literaria. Otro de los autores de cabecera de Andrés es, precisamente, don Miguel de Unamuno, el modelo del Pierre Menard de Borges, con lo que no puede extrañarnos que haya tenido en mente desde siempre la idea de reescribir él también, como Unamuno y como Menard, el Quijote de sus entretelas. Trapiello acaba de publicar su propio Quijote, esta vez sin atisbo de ironía menardiana, sino con la única, sanísima y pedagógica intención de que su versión de la novela cervantina, mediante un proceso exegético y modernizador que le ha llevado muchos años de dedicación no exclusiva, pueda ser entendido por un número mayor de lectores, al eliminarse las barreras de comprensión lingüística que levantan los cuatro siglos que nos separan de su redacción original. De ahí que dedique el prólogo del libro «a la memoria de la Institución Libre de Enseñanza y de las Misiones Pedagógicas».
            A este respecto, recuerdo empresas de acercamiento de los clásicos al lector de hoy tan beneméritas como la «Biblioteca Literaria del Estudiante», auspiciada a partir de 1922 por la Junta para Ampliación de Estudios (JAE) y dirigida por un institucionista tan prestigioso como don Ramón Menéndez Pidal, secundado por su esposa, doña María Goyri, que se hizo cargo de más de una de las 30 entregas de la serie planificadas en origen (el Consejo Superior de Investigaciones Científicas retomó, después de la guerra civil, la iniciativa de la JAE, patrocinando la salida de algunos de los volúmenes, siempre bajo la supervisión de don Ramón). O la muy meritoria colección «Odres Nuevos», de Castalia, donde se han ido publicando espléndidas versiones en castellano actual de algunas de las joyas literarias de nuestro Medievo, como la de María Brey del Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita, la de Andrés Amorós de los Entremeses de Cervantes, la de Daniel Devoto de los Milagros de Nuestra Señora de Berceo, la de Ángel Rosenblat del Amadís de Gaula o la de Soledad Puértolas de La Celestina (por citar solo aquellos títulos que me vienen ahora a la memoria).
            El resultado del noble afán de Andrés Trapiello por ampliar el número de lectores del Quijote por medio de una versión, íntegra y fiel, de la novela en español de hoy ha sido un tomo pulquérrimamente editado (Trapiello es un maestro en el arte de la tipografía y ha cuidado personalmente de la edición, con la colaboración inestimable de Alfonso Meléndez), que alberga, además del Quijote de Cervantes reescrito por Andrés en castellano actual, unas líneas preliminares de Mario Vargas Llosa («El Quijote, hoy») y un prólogo del propio Trapiello («Algunas razones»). La envoltura exterior del libro no puede ser más apetecible. Presenta una encuadernación en tela azul oscuro que da gloria verla, lo mismo que da gloria tocar el papel biblia ahuesado elegido para la ocasión, que a lo largo de más de mil páginas despliega unos niveles óptimos de legibilidad, escasa transparencia y una prestancia extraordinaria. La camisa o sobrecubierta presenta en sus solapas sendas notas informativas sobre Cervantes y Trapiello, y el motivo gráfico de la misma es una preciosa ilustración de un paisaje manchego actual dibujada por Guillermo Trapiello, hijo de Andrés, en la que no pueden faltar esos artefactos eólicos que tanto abundan hoy en La Mancha y que constituirían hoy para un Quijote contemporáneo el equivalente a los molinos de viento de entonces y serían, por tanto, susceptibles de ser identificados con los gigantes que vio Quijano en ellos. De hecho, el homenaje a esos monstruos del siglo XXI no se detiene en la ilustración de sobrecubierta, sino que invade las guardas, que repiten ad nauseam en blanco sobre azul, con una gran eficacia plástica, las tres inquietantes aspas de los aerogeneradores, que es como se llaman esos horribles postes que transforman la energía del viento en energía eléctrica. Por raro que parezca, el diseño de las guardas con las aspas de esos aerogeneradores no puede resultar más atrayente y seductor. La verdad es que todo el libro es una fiesta de la elegancia y de la distinción formal. No en vano Trapiello es un entusiasta del estilo gráfico de otro gran príncipe del diseño editorial —y, de paso, de la poesía española— que se llamó Juan Ramón Jiménez, sobre el que Andrés ha escrito mucho y bueno (recuerdo, por ejemplo, un sabroso texto, titulado «Platero o la breve historia de un libro feliz», que acompañaba al facsímil de la primera edición de Platero y yo que publicó el diario ABC, con motivo del centenario, en diciembre de 2014).
Acerca de las modificaciones que ha llevado a cabo Trapiello sobre el texto cervantino, a fin de hacerlo más accesible y familiar al público contemporáneo, no voy a opinar, porque es evidente que entraríamos en un territorio muy personal, ya que la dificultad de una palabra o de un giro sintáctico no se puede medir en términos incontrovertibles. Lo que para unos es meridiano puede ser para otros enigmático y hasta tenebroso. Del primer capítulo de la novela se ha venido citando con profusión la traducción por Andrés de la expresión cervantina «de los de lanza en astillero», ininteligible hoy, por «de los de lanza ya olvidada», que acerca el texto al lector actual. En este caso, a mí me parece idónea la traducción, pero eso no quiere decir que sea la única posible. Habrá, como es natural, quien no esté de acuerdo con tal o cual traslación de Trapiello, porque cada español culto tiene en la cabeza una idea diferente de aquellas expresiones o palabras del Quijote original que deberían o no deberían ser explicadas en una versión actual de la novela.
Y ahí entra un factor importante en la discusión, que es el criterio de la auctoritas, residente aquí en la valía indiscutible de la persona que ha llevado a cabo la tarea de poner en castellano del siglo XXI (sin incurrir, como es natural, en solecismos o coloquialismos propios del habla de nuestra centuria, sino buscando ese español neutro y distinguido, pero sin afectación, que vale para todos y que no tiene contraindicaciones) el Quijote de Cervantes, o sea, de Andrés Trapiello, uno de nuestros escritores de referencia. El hecho de que sea él el protagonista de la aventura, y no cualquier otro nombre desprovisto de su relieve, hace que recibamos su traducción (o como queramos llamarla) como un ejercicio más de su devoción por la literatura, de su amor por Cervantes, de su deseo de tender puentes entre el Quijote y el —cada vez más hipotético— lector del mundo en que vivimos, tan reacio a sumergirse en un discurso literario que le suponga esfuerzo de comprensión tanto en el plano de la morfosintaxis como en el semántico.
            En la estela de proyectos editoriales citados más arriba como la «Biblioteca Literaria del Estudiante» o la colección «Odres Nuevos», tras las huellas de los siempre atinados y generosos planteamientos didácticos de la Institución Libre de Enseñanza y de las Misiones Pedagógicas, Trapiello ha urdido un Quijote más fácil de leer que el original por el lector de nuestros días, pero en esencia idéntico e igual de mágico e intenso que el que brotó de la pluma de Miguel de Cervantes a comienzos del siglo XVII. Mi más cálida, fervorosa y entusiasta enhorabuena por ello. LAdeC.

24 de enero de 2016

Mi lista

LISTAS memorables. Sucintas o personales, privadas o públicas, de Shaun Usher. Ha sido lo primero que ha hecho uno este año nuevo, apuntarlo en la lista de lecturas perentorias. “Más de ciento veinte listas confeccionadas por gente anónima y personajes célebres de la Historia”, se subtitula ese libro. Se habla en él de la fascinación que ha sentido el ser humano por las listas desde remotos tiempos. A principios de año estas proliferan. Algunas de las que recoge Usher nos hacen sonreír: “Dejarás de hablar conmigo si te lo pido” o “renunciarás que me quede en casa contigo”  (Albert Einstein)” son dos de las capitulaciones más o menos mezquinas que el científico impone a Milema Maric tras once años de matrimonio. “Pecado: Comer una manzana en Su casa (la de Dios). (Isaac Newton)”. Esta última, teniendo en cuenta lo mucho que le debía él a la manzana, tiene sentido.

A menudo hacemos listas de cosas no tanto porque las vayamos a hacer como porque desearíamos hacerlas, o, incluso, sabiendo que no están al alcance de nuestra mano, para que otros las hagan: “curar heridas a distancia”, “el arte de volar”, “una luz perpetua”, “drogas potentes para alterar o exaltar la imaginación” forman parte de la lista que Robert Boyle escribió en 1662. Con frecuencia nuestras listas se refieren a asuntos cotidianos, domésticos. De estas hay muchos ejemplos en el libro de Usher, sólo que sabiéndolas de genios que parecían vivir en la estratosfera (Leonardo o Miguel Ángel, por ejemplo), nos hacen sonreír: ¡eran comunes!

La literatura está llena también de listas memorables. La primera aparece en la Ilíada y se conoce como “catálogo de las naves”. La lista de las ballenas en Moby Dick es otra, o la de los topónimos de En busca del tiempo perdido. Todas nos resultan fascinantes. Dios ha creado cosas y criaturas, parecen recordarnos, pero sólo el hombre es capaz de hacer su inventario. ¿Para qué? Para salvar el mundo. Tarde o temprano este desaparecerá. Desaparecieron los aqueos, pero nos queda el nombre de sus pueblos. ¿Y las ballenas? Acabaremos también con ellas. ¿Y las aldeas de Francia? Sí, cada lista es una fe de vida. La lista de las cosas que cada cual se proponer llevar a cabo en 2016 es variopinta. La mía empieza así: “No volver a reírme por lo que pasa aquí”, y termina con esto: “Largarnos a cualquier parte si la cosa se pone de llorar”.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de enero de 2016]

20 de enero de 2016

El enemigo de los libros (un prólogo en singular)

ACABA de aparecer en la editorial Fórcola este curioso y entretenido libro de William Blades, Los enemigos de los libros, del que recuerdo especialmente divertido el capítulo sobre polillas y carcomas y el modo en que su autor las alimentaba con diferentes clases de papeles historiados, tal y como se recoge en el prólogo que va a continuación.
* * *
William Blades fue un bibliógrafo inglés que al parecer tuvo también pujos de bibliófilo. Hoy es conocido sobre todo por haber sido el primero en catalogar y estudiar el acervo caxtoniano, o conjunto de libros impresos por William Caxton. Fue este un mercader al uso del siglo XV, es decir, mercadeaba con un poco de todo, y andando en esas mercaderías, por los Países Bajos, llegó a su conocimiento la invención de la imprenta; aprendió el oficio de tipógrafo en Brujas, dejó el oficio de mercader y se hizo impresor y editor, pasando a la historia por ser el primero en instalar una imprenta en Inglaterra. Blades, que rastreó por todo el mundo los rarísimos incunables que salieron de las prensas de Caxton y descubrió muchos que no pasaban por suyos, cuenta su vida como sólo saben hacerlo los historiadores ingleses, con amenidad y seriedad al mismo tiempo.
Blades despliega esas mismas dotes en este libro delicioso. Se ve que era  hombre curioso de variados saberes relacionados con dos o tres musas, y aunque está profundamente convencido de la utilidad de los conocimientos y amenas erudiciones que tachonan estas páginas, tampoco quiere pasar por un excéntrico ni un maniático.
Al ser un inglés del siglo XIX tenía una gran fe en el progreso, pero al no llegar a conocer el XX no le dio tiempo a desengañarse. El progreso pasaba, en lo que a él concernía, por la conservación de los libros. Cierto que vivió en una época que no tenía mucho aprecio por los libros o por lo menos no la estima indiscriminada y de gran peralte en que se les tiene hoy. Así que estaba convencido de que la filantropía pasaba por buscar libros viejos en los establos de la campiña inglesa y mantenerlos alejados de la polilla
Dedicó Blades a ese asunto de la conservación de los libros viejos este decálogo donde se especifican, a grandes rasgos, sus principales enemigos: el fuego; el agua; el gas y el calor; el polvo y el abandono: la ignorancia y el fanatismo; la polilla; los ratones y otras plagas; los encuadernadores; los bibliófilos, y los niños. Es, como puede verse, un decálogo mal contado, porque mete en alguno de esos apartados dos y tres asuntos diferentes.
Como quiera que sea, no llega uno a comprender por qué razón Blades no incluye aquí el que para mí es el principal enemigo de los libros: el autor, por no hablar del tiempo y el uso, que si no son sus enemigos, son una de las razones de su inexorable acabamiento. Si los autores fueran mejores de lo que lo son, y se respetaran un poco más a sí mismos, no escribiendo más que libros buenos, probablemente se les tendría en mejor consideración, y la gente no llevaría sus obras a los establos, sino que los tendrían entronizados en un lugar preferente de la casa. En cuanto al tiempo y el uso, lo dejo para el final de este prólogo.
Blades sabe muchas historias de libros. Las historias de libros se parecen casi todas mucho: bibliotecas famosas que se venden, libros que, impresos con tintas venenosas, matan misteriosamente a los lectores que los abren por primera vez, almonedas de ejemplares rarísimos vendidos por unos cuantos chelines en una lejanísima alquería, tratados de valor incalculable pudriéndose lentamente en monasterios de monjes ignaros… Muchas de ellas Blades las sabe como las saben los bibliófilos: por transmisión oral, como las leyendas de la Edad de Oro. Otras las ha vivido personalmente. Unas y otras parecen haber sucedido ayer, desde la que se cuenta en los Hechos de los Apóstoles, 19:19  (el precedente de las quemas de libros de la Inquisición), hasta la fastuosa historia del buhonero que compró al peso un valioso alijo bibliográfico o la venta de cierta biblioteca en el condado de Derbyshire.
Aunque el lector español no esté familiarizado con la edición de los Cuentos de Canterbury de Caxton, o el Boke of Albans, el Decamerón bibliográfico de Dibdin o la primera edición de Golden Legend, se hará inmediatamente a la idea de que le están hablando de El Dorado, es decir, de ejemplares tan míticos como el unicornio. Esas historias son parecidas también en todas las culturas donde haya una tradición de libros y bibliotecas. Para mí ha sido especialmente hilarante e instructivo el capítulo dedicado a la polilla, algo que sólo pudo haber escrito un admirador de Darwin. Debiera figurar en todas las antologías del llamado humor inglés. De ese capítulo extraigo este párrafo: “En diciembre de 1879 el señor Birdsall, un conocido encuadernador de Northampton, tuvo la amabilidad de enviarme por correo un gusano bien gordo que había encontrado uno de sus ayudantes en un libro viejo cuando lo estaba encuadernando. El ejemplar hizo un buen trayecto, mostrándose muy animado al salir del sobre. Yo lo acomodé en una caja, en un ambiente cálido y silencioso, con unos trocitos de papel de un Boethius de la imprenta de Caxton y de la hoja de un libro del siglo XVII. Se comió una pequeña porción de la hoja, pero, ya fuese porque había demasiado aire puro, por la desacostumbrada libertad o por el cambio de alimentación, se fue debilitando poco a poco y murió en cosa de tres semanas. Sentí mucho perderlo, y me lancé a verificar su clasificación mientras se encontraba aún en buen estado. El señor Waterhouse, del departamento de Entomología del Museo Británico, lo examinó amablemente antes de que muriese y dictaminó que se trataba de una Oecophora Pseudospretella”.
Como este pasaje encontrará el lector otros muchos, que le mantendrán entretenido hasta el final.
Es chocante que el editor le haya pedido a uno este prólogo, porque como saben mis amigos más cercanos y seres queridos a mí, al menos de unos años a esta parte, ya no me gustan tanto los libros como me gustaron, sobre todo desde que descubrí que a veces los libros son el primer enemigo de la poesía y de la literatura, que es lo mismo que decir que son los enemigos de la vida. Aún los sigue uno buscando y leyendo, tanto si son viejos como si acaban de publicarse, y muchos de ellos conservándolos, cierto, pero sabiendo que los libros debieran hacer ociosos en nosotros los libros.
Yo mismo me debato, pues, sin saber si he de seguir buscando más libros viejos y nuevos o si, por el contrario, con releer los que tengo sería suficiente.
Si un libro no se lee, no vale la pena que lo conservemos, y vale eso para el más modesto de los libros de bolsillo y para la Biblia Complutense. “Libro que no has de leer, déjalo correr” ha repetido uno otras veces. Decía con mucha gracia Gómez de la Serna que el Rastro de Madrid era (al menos en el tiempo en que escribió el libro que le dedicó, los años diez del siglo pasado) el lugar donde aparecían libros ilegibles. Paradójicamente fue también, sesentaitantos años después, el lugar en el que encontramos los libros del propio Gómez de la Serna, el único, por lo demás, donde hubieran podido encontrarse por entonces, ya que ni se habían reeditado ni quedaba ninguno en las librerías de nuevo.
¿Leeríamos los libros de los que habla Blades? Demos por descontado que pudiéramos hacerlo en el latín en que están compuestos o en el inglés primitivo de la época de Caxton, ¿de verdad que serían los libros que querríamos leer? Es uno sensible, desde luego, a la belleza de una página bien compuesta e impresa, pero si no entendemos qué quiere decir es como si nos pasaran una partitura, no sabiendo música.
No nos dice nunca Blades si los libros que tanto ama le gustan o no, si vale o no la pena leerlos, ni siquiera por qué debemos conservarlos. ¿Leen los bibliófilos los libros que acopian con tanto afán y cuidan con tanto mimo? ¿Los conservaremos como unas ruinas informes?
Al final de su vida Juan Ramón Jiménez, el poeta que más gustaba de los libros bien compuestos tipográficamente y el que hizo algunos de los mejores de su tiempo, señaló un pequeño poema de Miguel de Unamuno como una de las cinco cumbres de la lírica en castellano. Se halla ese prodigio de hondura en su Cancionero, y se titula por su primer verso: “El armador aquel de casas rústicas”. Se cuenta en ese poema la escena en la que Jesús de Nazaret viene, caminando por las aguas, al encuentro de sus discípulos, a quienes empezó a hablar con palabras que eran “semillas aladas”, “hasta que al fin cayeron en un libro / ¡ay tragedia del alma!”. Y si eso son los libros mejores, una tragedia del alma, ¡qué no serán todos los demás!
De momento en ellos, los buenos y los malos, los viejos y los nuevos, están las “aladas semillas”, esperando el día en que se liberen de nuevo, y se hagan poesía viva, inmaterial, cumplida.
William Blades escribió este tratado para ayudar a conservar los preciosos cofres donde duermen, algunos en verdad bellísimos y raros, tales semillas, advirtiéndonos de enemigos y asechanzas, mientras esperan “del salón en el ángulo oscuro”. Porque un libro, como el arpa, si no se pulsa, es sólo papel muerto.
Se refería uno antes al tiempo y al uso. No diría nunca que ni el tiempo ni el uso sean los enemigos del libro, aunque contribuyan siempre, y a veces más que nada, a su desaparición. También son el tiempo y el uso los que los embellecen y revisten de dignidad y nobleza. ¿Hay algo más hermoso que ese libro que sabemos ha pasado ya por muchas manos a lo largo de los años, sobreviviendo a mil avatares, muertes, herencias, almonedas, reventas, metidos siempre en una rueda que gira y gira incansable como la propia vida? Y por el contrario, ¿hay algo más triste que un libro que no se lee?
Fernando Zóbel fue un filántropo ex alumno de Harvard, a quien su universidad nombró patrono de la última de sus bibliotecas, precisamente aquella a la que irían a parar todos los libros de las otras bibliotecas que no habían sido pedidos en préstamo o consultados en los últimos cien años. Habilitaron para ello una biblioteca subterránea, por cuyos pasadizos los bibliotecarios se deslizan con patines y botellas de oxígeno, pues, se me olvidaba decir, conservan allí los libros al vacío como la compota.
Si los consejos que da Blades es para que los libros sigan vivos mucho tiempo, bienvenidos sean. Si lo son, sin embargo, para que adquieran la prestancia de una de esas bibliotecas de college oxoniense que gustan tanto a los del cine, con su gótico aspecto de venerables bibliogeriátricos, mejor sería darlos al vacío, quiero decir al olvido.
Porque si los libros no son criaturas vivas, ¿para qué querríamos su compañía?
Yo con este que vas a empezar a leer he pasado una tarde de lo más grata. Y aunque no tenía cerca un fuego, me pareció sentir cerca de mí las llamas de la amistad y del cuidado, el verdadero argumento de estas páginas.
                           Madrid, 25 de noviembre de 2015.