28 de febrero de 2016

Como en la picaresca

 “EL cine sí es cultura”, proclamó el director de la Academia de Cine en la última gala de los Goya, y unos minutos después  la multitud de los espectadores, puesta en pie, vitoreaba una antología de planos abracadabrantes de las películas de Mariano Ozores, a quien se premiaba esa noche por el conjunto de su obra. Desde luego que esas películas y los valores éticos y estéticos que en ellas se defienden son en sentido estricto cultura, sólo que abyectos. Nadie le convencerá a uno de que  no representan lo peor de  la España franquista y posfranquista y su jactancioso desprecio de la excelencia. Estaban dirigidas, por el contrario, a un público cerril, el único que podía celebrarlo con unas carcajadas fáciles, pero  seguramente muy rentables para muchos de quienes estaban en aquella gala premiando a su director, agradecidos.

No debiéramos generalizar nunca, y si el colectivo del cine ha dejado entre nosotros memoria de algunas actuaciones miserables (cómo olvidar aquel “No a la guerra” en otra gala de los Goya, en la que los actores se negaron a ponerse también la pegatina de “No al terrorismo”), también nos hace entrega de vez en cuando de algunas obras maestras. Pero ahora sólo hablábamos de un género, clásico ya, el de “la gala de los Goya”. 

Como en todo género, hay  insistencias, números musicales, homenajes, y sobre todo, sátiras. Las de este año resultaron extrañas: aunque el cine es de todos, se descojonaron, en el más puro estilo Ozores, del currículo académico del ministro de Cultura, sólo porque este era de derechas, o peor, sólo porque aquel era apabullante, y piropearon a una alcaldesa, sólo porque era de izquierdas, justo el día en que dos titiriteros, al fin y al cabo del gremio de muchos de los allí presentes y contratados por ella, entraban en la cárcel por enaltecer el terrorismo, Gora Alka-Eta...

“El cine sí es cultura”, proclamó el actual director de la Academia (el anterior en el cargo está imputado por fraude, y mira que no era la ocasión para hacer unos bonitos chistes). Y sí, el cine es cultura... o no. Por eso el peor servicio que puede hacérsele a la cultura, y al cine, es pasar por ella lo que sólo es una industria o un negociejo para ir tirando, como en la picaresca. 

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de febrero de 2016]

22 de febrero de 2016

Celia en la revolución (un prólogo)

ACABA de salir a la venta, editada por la editorial Renacimiento, Celia en la revolución. Este es el prólogo.
* * *
LA NOVELA DE UNOS Y OTROS

Que se publique este libro en la editorial Renacimiento de Abelardo Linares no tiene ningún misterio. ¿En qué otra tendría más sentido?
Todo empezó cuando hace un cuarto de siglo Abelardo Linares trajo de una de sus incursiones libreras americanas A sangre y fuego de Chaves Nogales. El libro, desconocido aquí, se publicó por mediación suya en las obras completas que se estaban preparando por entonces en la Diputación de Sevilla, mientras se subrayaba su importancia en Las armas y las letras, estudio sobre el comportamiento de los escritores en la guerra civil publicado por entonces también. Pasados unos años A sangre y fuego se publicaría en Renacimiento, donde han aparecido igualmente La revolución española vista por una republicana, de Clara Campoamor, y España sufre, los diarios de guerra de Morla Lynch. Todos ellos constituyen el corpus fundamental de lo que hemos dado en llamar la tercera España, del que sólo faltaban dos libros, uno, el ensayo Democracias destronadas, de don José Castillejo, y otro, este Celia en la Revolución, de Elena Fortún. Conociendo la tenacidad del editor, no sería extraño que en breve les hiciera compañía el de Castillejo.
Un cuarto de siglo hemos tardado en descubrir la tercera España, la demócrata y liberal, republicana o no, que, como la carta de Poe, teníamos delante sin verla, víctimas como fuimos del viejo mito de las dos Españas, sostenido interesadamente por los autoritarios de una y otra parte, los fascistas por un lado y los comunistas y demás por otro. Sólo hubo algo en lo que esas dos Españas se pusieron de acuerdo desde el principio: en detestar, calumniar y perseguir a quien que se negara a pertenecer a cualquiera de las dos.
La característica común de estos cinco libros es que fueron escritos durante la guerra civil o al poco de ella. Dos, el de Campoamor y el de Chaves, se publicaron cuando la guerra no había terminado aún, uno en Francia (en francés) y el otro en Chile, y se reeditaron en España sesenta años después. Los de Castillejo, Morla y Fortún habían permanecido inéditos, y se publicaron en España también por las mismas fechas, es decir, muchos años después de ser escritos.
¿Por qué no se editaron o reeditaron antes? Porque nadie los echaba de menos. Sólo cuando algunos empezamos a desconfiar y sospechar del relato de los usufructuarios del mito, llegamos a esos y otros libros parecidos. Desde entonces todo ha empezado a ser mirado de otro modo, y las piezas de este penoso puzzle han empezado a encajar.
El de Chaves, que llevaba un prólogo memorable al que su autor debe su justa celebridad póstuma, es un libro de relatos, aunque no sabríamos decir si ha de adscribirse al género de ficción o al de la crónica, y a la novela de Fortún le sucede lo mismo que al de Chaves, ya que puede considerarse una crónica autobiográfica.
La novela de Fortún se publicó en 1987 en Aguilar, la editorial que había editado todas las entregas de Celia antes y después de la guerra, y lo que sucedió con ese libro fue misteriosísimo, un caso único. Apenas publicado, desapareció de las librerías y únicamente en el mercado de viejo ha ido apareciendo desde entonces, con cuentagotas, algún que otro ejemplar, siempre a precios fabulosos, de todo punto infrecuentes en un libro reciente, lo que habla de su carácter excepcional.

SU AUTORA
Encarnación Aragoneses, Encarna: una mujer llamada a hacer feliz a miles de lectores habiendo sido ella misma profundamente desdichada.
Nació en Madrid en 1886. Se casó a los veinte años con Eusebio de Gorbea, un militar de profesión y autor teatral y actor más que aficionado: una obra suya de teatro recibió el premio Fastenrhat en los años veinte y como actor formó parte de las compañías de Valle Inclán y en la de El mirlo blanco, que activaba Ricardo Baroja. El seudónimo Elena Fortún lo tomó Encarna de una de las obras de su marido y lo usó desde sus primeras colaboraciones periodísticas. Tuvieron dos hijos, el menor de los cuales murió en 1920 a la edad de diez años, y según su biógrafa, Marisol Dorao, el suceso desquició a los padres (a la madre se le diagnosticó una dispepsia nerviosa). Tras esas muerte empezaron a buscar consuelo y comunicación ultraterrena en sociedades teosóficas y mesméricas. La misma biógrafa señala dos hechos significativos, uno más o menos deducido y otro acreditado de sobra, y seguramente relacionados ambos: uno, la posible condición de lesbiana de Elena Fortún y otro, el completo fracaso de su matrimonio. Pese a ello, Elena Fortún jamás quiso, según ella por una mezcla de piedad y cobardía, divorciarse de su marido, tal y como confesaría reiteradamente en su correspondencia a sus amigas íntimas.
Después de la ambulancia natural, siguiendo a su marido por distintos destinos militares, se instalaron en Madrid, donde Elena Fortún se apuntó, como era costumbre en las mujeres progresistas de entonces, en toda clase de asociaciones femeninas: la de Amigas de los Ciegos, la de Servicios Sociales, la Liga Femenina por la Paz y, la más conocida, el Lyceum Club, que dirigía María de Maeztu, donde conocería a María Rodrigo, a Carmen Baroja, a María Lejárrega…
Los testimonios personales de estas mujeres suelen ser tristísimos, y hablan de la dificultad de sus luchas sociales, de la incomprensión de las gentes, empezando en muchos casos por la de sus propios maridos, que las hicieron infelices a casi todas ellas, de la soledad en que vivían y en el caso de las que eran lesbianas, de las penalidades que originaba su secreto... Elena Fortún no fue la excepción: ya el año 24 reconoce que habría tenido que separarse de Eusebio de Gorbea.
No obstante, sabía que la emancipación empieza por un trabajo remunerado, y Elena Fortún empezó a multiplicar sus colaboraciones en periódicos y revistas,
Cuando en 1928 María Lejárrega, tras leer algunos de sus escritos para niños, la anima a publicarlos y le presenta al director de Abc, estaba cambiando su vida. Empiezan a aparecer entonces, 1929, sus primeros relatos de Celia en el semanario Gente Menuda, y en muy poco tiempo esos relatos la hacen célebre, al tiempo que la carrera de su marido se oscurece y opaca: “Entonces me empezó a odiar Eusebio, que siempre se había dado mucha importancia conmigo”.
La familia, con el desahogo económico, se compra una casita en Chamartín de la Rosa (la misma que aparece en Celia en la revolución), y Elena empieza y acaba los estudios de bibliotecaria en la Residencia de Señoritas, donde también imparte clases de literatura y las recibe de inglés y francés, al tiempo que se prodiga en toda clase de activismos pedagógicos, sociales y feministas.
En 1934 conoce al editor Manuel Aguilar que edita en libro algunos de los relatos de Celia aparecidos en Gente menuda, y el éxito es arrollador. “Hace con mis libros un gran capital”, dirá Elena, y ese éxito se traducirá en nuevos títulos y en aumento de las tiradas. En verdad los libros de Elena Fortún supusieron un pequeño fenómeno sociológico, “un éxito fulminante”, dirá Martín Gaite, una de sus mayores apologetas.
Y en esto estalló la guerra. 
Elena Fortún, como su marido, no militaron en ningún partido, pero tenían profundas convicciones republicanas. En Celia en la revolución se sugiere, no obstante, que estarían próximos a Izquierda Republicana, el partido de Azaña, desoyendo las invitaciones de unos y otros a hacerse comunistas, una de las modas del momento (pensemos, sin ir más lejos, en la muy esnob y aristócrata Constancia de la Mora). En cuanto estalló la guerra, su marido pidió el reingreso en el Ejército Popular (acabaría destinado en Barcelona como instructor) y Elena se quedaría viviendo en Chamartín, un tanto al margen de todo, pero sin desentenderse en absoluto de su familia (consiguió que su hijo, funcionario y destinado en Albacete, donde vivía con su mujer, se fuese también a Barcelona, y pasó temporadas en Albacete, Valencia y Barcelona, visitándolos).  Sólo cuando supo que su marido y su hijo y su nuera habían pasado a Francia, Elena se decidió a abandonar Madrid y su queridísima casa, desoyendo a quienes, como su editor, se lo desaconsejaron vivamente, conociendo la verdadera naturaleza de sus relaciones con su marido. Pero se impuso el deber conyugal (en la novela se traspasa esa tribulación a Celia, en relación a su padre). Logró al fin salir en el último momento en un barco desde Valencia a Francia, y de allí a pocos meses partió con su marido a Buenos Aires, mientras su hijo y su nuera se exiliaban en los Estados Unidos.
Las dificultades económicas de los primeros tiempos fueron solventándose poco a poco, gracias en parte a las liquidaciones que le hacía desde España Aguilar, hasta que la censura franquista acabó prohibiendo no sólo el Celia nuevo, sino los antiguos, retirándolos de la circulación en 1944. Seguramente Aguilar, un hombre del régimen, logró arreglar ese asunto, porque en 1948 Elena Fortún regresó a España (ya entonces sus libros habían vuelto a las librerías), y lo hizo sobre todo para allanar el peliagudo regreso de su marido, al fin y al cabo teniente coronel del ejército republicano. No hubo necesidad de ello. Eusebio de Gorbea, hombre depresivo, en cuanto se vio solo en Buenos Aires, abrió la llave del gas y se quitó la vida (años después también su hijo acabaría suicidándose). El hecho sumió a Elena en una profunda tristeza, despertó en ella muchos sentimientos encontrados y quebrantó su salud. Esto, unido al ambiente que encontró en España, hizo que adelantara su regreso a Buenos Aires. La entrada en el piso familiar, en el que se había quitado la vida Eusebio, cerrado por orden judicial hasta su llegada, la impresionó vivamente e intentó entonces la vida en los Estados Unidos, Orange, Nueva Jersey, con su hijo y su nuera, adonde fue en 1949, pero la convivencia no resultó, y volvió a Madrid en 1950. Pero el Madrid que ella había conocido antes de la guerra, luminoso y esperanzado, se parecía poco a aquel Madrid de los vencedores, derrotado y sombrío (las amigas que querría ver, no están, y las que están no le dan ninguna compañía), y se instaló en Barcelona. Dirá para animarse que allí no le parece estar en España, pero lo cierto es que la conciencia de su soledad va en aumento y le hace sentirse de ninguna parte: “A veces voy por la calle y veo mi sombra en el suelo y pienso que así la veré ya, sola siempre”, escribirá por aquellos días.
La presencia de la muerte, que ve por todas partes, la opresiva vida española, los recuerdos y la edad hacen que recupere la fe y vuelva al seno de la religión católica: “Sí, querida mía, aunque te parezca extraño, es preciso pertenecer a una religión y sujetarse a sus dogmas. De otra manera no hay nada estable en la conciencia”, le escribirá a su amiga Carmen Laforet en 1951. Se aproximaba el final: pasa algunos meses en un sanatorio antituberculoso, y vuelve a Madrid, donde tras una agonía de cuatro meses, y cuidada por sus amigos, muere en 1952.
Las pocas gentes que la recordaron entonces, hablaron de una mujer maravillosa, agradable, delicada, sencilla, con un don especial para comunicarse con los niños y escribir de su mundo con exactitud y magia. De su obra, en especial los relatos de Celia y Cuchifritín, se han escrito grandes elogios (principalmente de las tres Cármenes, Laforet, Bravo Villasante y Martín Gaite, autora esta de un extenso y magnífico estudio sobre ella), como lo mejor de la literatura infantil de aquel tiempo.

LA NOVELA
A la chita callando Elena Fortún escribió, con Celia en la revolución, una de las grandes novelas de la guerra civil (y que tuvo presente a la hora de titular su novela la de Galdós Celia en los infiernos es cosa más que probable, estando tan cerca las dos palabras).
Es la novela que hubiera querido escribir Baroja, y no pudo: le faltó conocimiento de primera mano para hacerlo, y la que habría querido escribir Max Aub, y no supo, al estar preso él, como tantos otros, de prejuicios y “razones históricas”, ya que al fin y al cabo Max Aub formaba parte de una de las dos Españas. A Elena Fortún ninguna de las dos le servía ni ella les sirvió tampoco, lo que explica en parte que esta obra tardara cincuenta años en editarse: nadie la necesitaba, decíamos.
“Hoy, 13 de julio de 1943, termino de poner en borrador Celia en la Revolución” escribe en la última cuartilla Elena Fortún.
¿Había un manuscrito anterior, pasó al borrador algunas notas? Según su primera editora, y biógrafa, Marisol Dorao, no hay en él, más allá de algunos pequeños desajustes, cosas dignas de señalarse en lo que hace a cuestiones formales o de fondo. La novela, aunque sea un borrador, puede darse por acabada.
¿Hizo Elena Fortún algunas gestiones para publicar el libro? Pudo haberlo publicado en Buenos Aires. Pero sin duda le habría granjeado la repulsa de la mayor parte de los exiliados, aunque todos ellos pudieran corroborar los hechos que se narran en él. ¿ Y en Madrid? El Régimen estaba deseando esa clase de documentos para usarlos como propaganda. Recordemos las memorias de la “arrepentida” Regina García, Yo he sido marxista. Pero la censura no habría consentido ni lo que se dice del bando franquista y sus bombardeos ni la confesión de fe firme de su autora en los valores republicanos y democráticos. Así se lo escribe la propia autora a Inés Field, una amiga argentina, a la que ha pedido desde España que le envíe algunas cosas suyas que ha dejado en Buenos Aires, pero no “el paquete de Celia en la revolución, que está en borrador y no debe venir”. Por tanto, la novela ni unos ni otros la hubieran aceptado.
Empecemos por el título: Celia en la revolución. También aparece la palabra revolución en el título del libro de Campoamor. Fue la primera que borraron de la memoria histórica los que estaban perdiendo la guerra, pese a haber sido la que movió a una gran parte de los que respondieron en un primer momento a la sublevación militar. Desde los socialistas radicales de Largo Caballero, que sería presidente del Consejo, a los anarquistas de Durruti, miles de republicanos empuñaron en un primer momento las armas no tanto para defender a la República y los principios de la Ilustración que ella representaba, sino para hacer la revolución a la que encomendaban el trabajo de acabar precisamente con ellos. La mayoría, de una y otra parte, no estaba luchando sólo en una guerra civil, sino haciendo la revolución. Era la primera vez en la historia, como muy bien vio Bolloten, en que tenían lugar al mismo tiempo dos revoluciones de signo contrario, la fascista y la comunista en sus diversas acepciones (leninista, trotskista o anarquista). Cuando los gobernantes republicanos advirtieron que la palabra Revolución era el principal escollo para obtener ayuda de las democracias burguesas, la suprimieron y, siguiendo órdenes del propio Stalin, pasó la Revolución a segundo término: antes era preciso ganar la guerra; la revolución se dejaba en suspenso. La palabra permaneció únicamente en el léxico de los sublevados, para justificar su golpe de Estado: su sublevación militar, una verdadera Revolución Nacional Sindicalista, no había sido, justificaron, contra la República sino contra la Revolución marxista y anarquista que se estaba gestando, tal y como se había gestado dos años antes en los sucesos de Asturias (estos, en cambio, han quedado para todos como “la revolución de Octubre”).
Cuando Elena Fortún decidió ponerla en el título de su libro, igual que Clara Campoamor, estaba llamando a las cosas por su nombre: aquello había sido una revolución en toda regla, entre cuyas víctimas se contarían algunos miles de republicanos convencidos. Recordárselo precisamente a quienes acabaron perdiendo la guerra, seguramente porque antes perdieron su revolución, no les gustaría.
De eso habla la primera parte de esta novela/crónica: de la revolución en Madrid. Las otras dos están dedicadas a Valencia y Barcelona, pasando por Albacete, es decir, un cuadro bastante completo de la zona republicana.
En ningún otro libro están mejor contadas las sacas, checas y paseos en el Madrid revolucionario. Sin el tremebundismo de Tomás Borrás o el desquicie de Concha Espina, de un bando, ni el escamoteo de casi todo el mundo, en el otro. Con la inocencia, podríamos decir, de una muchacha, Celia, que aquí se presta a encarnar a su autora, se va contando… todo.
Elena Fortún no quiere hacer propaganda, no quiere tampoco victimarse. Le ha tocado vivir esa circunstancia, y ella es una escritora de circunstancias, y desde luego realista. Los niños lo son. Los niños no son abstractos. Deja, pues, que la mirada de Celia se pasee por todas partes (la evacuación de Argüelles y San Antonio de la Florida, con los consiguientes saqueos; los refugiados que vienen de los pueblos, realojados por todo Madrid, las cárceles y checas improvisadas… todo ello será relatado con una sobriedad y precisión de relojero).
En materia literaria Elena Fortún nos dejará su poética en las primeras páginas, en forma, cómo no, de diálogo (las suyas son siempre novelas dialogadas, en la tradición quijotesca). “No puedo resistir el deseo de contar el asunto de la novela [que estoy leyendo]”, dice Celia, “y comienzo a contárselo a Valeriana [la criada que les cuida a ella y a sus hermanos]. Me oye distraída y dice:
–¿Eso ha pasado?
–No sé… Puede que sí.
–Pues mira, si no ha pasado, déjalo y no te disgustes, porque aquí [en el Madrid de julio/agosto del 36] están pasando cosas peores”.
Y a esa labor se pone Elena Fortún, a contar las cosas peores que están sucediendo en Madrid: no sólo la barbarie de las brigadas del amanecer, también el comportamiento y la responsabilidad en los crímenes de tantas gentes sedientas de sangre y de venganza (“en el tranvía algunos se ríen [al ver los asesinados la noche anterior, tirados en una cuneta], pero la mayor parte no abandona ese aire de dignidad que tiene ahora el pueblo”). Porque Elena Fortún cree en el pueblo, aunque a menudo pierda la fe en él y recuerda cómo ha sido manipulado, y teme la extrema crueldad de la que son capaces gentes a las que la guerra ha vuelto mezquinas y vengativas.
Y así, ayudada por el realismo (en la novela comparecen como personajes no pocas personas reales, desde sus amigas Laurita de los Ríos o Isabelita García Lorca a su editor Aguilar) y un oído finísimo para reproducir el habla de las gentes (“vive una sin simetría”, dirá una mujer del pueblo para significar que vive sin descanso), va componiendo una y otra estampa, vividas u oídas contar a sus protagonistas, siempre sobre el terreno. Esto le permite pintar como nadie cualquier ambiente y situación, el de Madrid a oscuras, bajo los bombardeos, o el desfile por la Castellana de las fieras disecadas que salen del palacio de Medinaceli, jirafas y osos blancos, camino del Museo de Ciencias Naturales; el de Valencia o Barcelona (“las calles, sólo iluminadas por la luna, se quedan desnudas… En camisón blanco, sin resguardo y sin amparo, enteramente a merced de las bombas”), o el de la convivencia crispada en una misma casa de refugiados y huidos).
Decíamos que esta novela es la que hubiera querido escribir Baroja (su trilogía sobre la guerra civil tiene el encanto de todo lo barojiano, pero se resiente: en buena parte las tres novelas están escritas de oídas; no obstante en la de Elena Fortún se le hace un gran homenaje: “Pío Baroja gusta mucho a los soldados del frente”, oímos que dice alguien). Celia en la Revolución es la novela de la lucha por la vida en la retaguardia, la gran novela del miedo y del hambre, sus verdaderos personajes, con un único argumento: los desgarros. Es la novela de los desgarros, muertes y separaciones, que hacen que todos sus protagonistas vivan medio flotando en una pesadilla. Con detalles exactos en cada página (desde el olor a tomillo que prepondera en Albacete, por encenderse con tomillo hornillos y cocinas, al reparto en los racionamientos de té, cominos o estropajo a los que iban buscando cien gramos de pan).
Y desde luego estamos ante una de las pocas obras en que alguien que vivió una guerra en la que tampoco parece que nadie mató a nadie, está dispuesto a reconocer y asumir responsabilidades políticas, penales y morales. Están conversando Celia y un amigo, que viene del frente. Dice él, pero habla por su boca la propia Elena Fortún:
“–Han muerto allí como moscas… ¡Se han cometido tantos crímenes! No te imagines que los otros hacen menos.
–Ya sé, ya.
–Es que somos salvajes… verdaderos salvajes… Todo lo que se llama civilización y cultura es un barniz clarito que se nos cae al menor empellón… ¿Queréis revolución?
–¿Yo?
–No, mujer… hablo al incógnito que la ha armado… ¿Queréis revolución? ¡Ahí la tenéis! Todos somos unos asesinos.
–Tú no.
–Yo también.
–Pero ¿tú no habrás fusilado a nadie?
–Sí, hija, sí… como cada hijo de vecino… Fue en los primeros tiempos. Estaba yo en Villaverde, con el destacamento, cuando van y dicen: «Ahí llega el tren de Jaén y viene el obispo y su hermano y la familia y el cerdo de y el ganadero tal…¿Queréis que les hagamos bajar y les fusilemos aquí mismo? A ello». Bajan temblando. Unos cuantos les toman la filiación. Sí, son ellos, y otro, ¡que a lo mejor es republicano!... al menos ellos lo dicen… «A ver, todos en fila». «¿Pero nos vais a fusilar?». El obispo, muy pálido, echaba bendiciones… Nos pusimos enfrente… Cuarenta canallas y ¡pum!... ¡Sólo cayó el obispo! Todos le habían disparado a él y le habían acribillado…”. Sigue contando, y acaba: “Te aseguro que yo no era yo (…) Es eso… es el salvaje que llevamos dentro… el contagio… la honrilla de que no le crean a uno un blandengue…” Celia protesta y le dice, “tal vez no era el obispo el que fusilasteis!”, y su amigo le dice: “Tal vez. ¡Cualquiera sabe! Para el caso es igual… era un pobre hombre…”.
Pocas veces se habrá escrito una novela sobre la guerra con tanta verdad, consciente su autora de que alguien ha de contarla, y no como un desahogo, tal y como creía Martín Gaite, sino consciente de que con el tiempo todos mentirían o tratarían de hacernos creer que han olvidado.
No Elena Fortún. Logró sobrevivir en el Madrid de las checas (pero no la tía y el primo de Celia) por haber seguido al pie de la letra el “ver, oír y callar”. “Casi tres años de revolución y guerra, de seres absurdos, de sangre y de destrozos, han gastado la curiosidad de todos!”, dirá Celia casi al final, y cuando leamos lo que dice una maestra (“Sí… ¡todo está perdido! Creo que por culpa de unos y otros”), ¿cómo no pensar que es Elena Fortún quien nos lo dice, cómo no creer que es la tercera España quien habla por su boca?
Y para ellos, para los unos y los otros, y en nombre de los que no fueron ni de los unos ni de los otros (el hunos y hotros de Unamuno), escribió Celia, antes tan parlanchina y ahora tan silenciosa, antes tan rebelde y tan sumisa durante los años de revolución, esta extraordinaria crónica novelesca que deberían leer con atención los nietos de unos y otros.

                                                                                    Madrid, 22 de diciembre de 2015
Cubierta: Alfonso Meléndez





21 de febrero de 2016

¡Por allí resopla!

¿Qué podemos hacer usted y yo mientras llegan los bárbaros? Entiéndase que hablamos con un verso de Kavafis, una metáfora. Lo más práctico a corto plazo es cambiarles el nombre y dejar de llamarlos bárbaros. Claro que para ello es imprescindible una fuerte dosis de cinismo. La política es, sobre todo, el arte de llamar a las cosas por otro nombre, llegado el caso. Como usted y yo probablemente no nos contemos en el número de los cínicos,  tenemos dos opciones: salir a combatirlos o quedarnos en casa. Los males que le acontecen al hombre en esta vida, decía Pascal, le suceden siempre  por salir de casa. Desde el pasado 20 de diciembre eso he decidido: quedarme en la mía con algunos pocos y escogidos libros a mano. De la calle, de los periódicos, de internet, nos llegan de vez en cuando las voces de alguien que nos insta a ser audaces,  y acabar con casi todo. Uno ha interpretado esto último a su manera, y se ha dicho: de acuerdo, voy  a acabar con mi viejo régimen de vida, surcaré los mares de Moby Dick. Leer aún es una intimidad inexpugnable; para ello es necesario no salir de este cuarto.

Ningún editor habría publicado hoy Moby Dick tal como está. Habría suprimido de ella la mitad de sus páginas, a menudo tediosos  e impertinentes artículos de enciclopedia sobre las ballenas que poco o nada añaden a la trama y a los personajes. Pero uno las lee con aplicación, porque sabe que en medio de esa prosa, como la ballena blanca, emergerán majestuosas una imagen formidable, una palabra feliz, una frase deslumbrante y certera: “Un hombre totalmente sin miedo es un compañero mucho más peligroso que un cobarde”. Hablaba Ismael, su protagonista, de arponeros, pero no puede uno dejar de pensar  en los políticos que ahora nos reclaman audacia.

Me digo: la realidad, nuestra cruel ballena blanca, se muestra y desaparece imprevisible. Demasiados silencios tensos. Siente uno el peligro, el miedo de que nuestros sueños acaben entre sus poderosas mandíbulas, hechos astillas... Al final llego a la conclusión: quedarse en casa tampoco ha resuelto nada. No ha sido una buena idea releer esta novela. El buen recuerdo que de ella tenía se ha cuarteado y la realidad, una vez más, ha resoplado, se ha hundido majestuosa y ha desaparecido, y nosotros, enajenados, torvos, en su persecución.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 21 de febrero de 2016]

15 de febrero de 2016

Música, maestros

¿ESTÁN mejor o peor que ayer las cosas? Todo sigue revuelto: la incertidumbre política es grandísima, algunos siguen atentando a diario contra la libertad y la igual de todos  y se habla de una nueva recesión económica cuando aún no se ha salido de la anterior. ¿Es así? Cierto, pero nosotros a lo nuestro: Mozart, Salieri. 

Este es el hecho: un joven investigador ha encontrado en una biblioteca checa la cantata que compusieron tres músicos  para celebrar que a una afónica y célebre soprano de su tiempo  le había vuelto la voz. Dos de esos músicos, Mozart y Salieri, protagonizaron hace años una película, Amadeus. La película fue enormemente popular y muy premiada, pese a que lo que se cuenta en ella era un disparate sin fundamento ni escrúpulos históricos. Como saben muy bien nuestros políticos, no es difícil engañarnos. Basta con que nos digan lo que queremos oír.  Pero acabamos de decirlo: nosotros a lo nuestro.

La película, basada en una obra teatral, trataba del más venenoso y triste de los pecados, ya que a nadie procura el menor placer: la envidia, la que supuestamente habría sentido un músico poderoso de la corte, Salieri, amargado por su falta de talento, hacia otro, Mozart, risueño y tan sobrado de inspiración que a todos embelesaba con ella (dejemos de lado el que en la película se presentase a Mozart como un zangolotino, ridículo siempre que no tocaba el clave o componía. Sin duda eso es lo que más agradecieron algunos: saber que no vale la pena ser un genio, porque es una manera de ser idiota. El fenómeno se conoce como “el desprecio de las masas”). ¿Y la realidad? Nadie puede asegurar que Mozart y Salieri no fueran amigos, ni lo contrario tampoco, y, ahora lo sabemos, colaboraron incluso en la composición de esta cantata. Pero con estos mimbres no se hacen películas, novelas ni naciones. A los chirriantes engranajes de la realidad hay que ahogarlos en el aceite de la ficción. Claro que el procedimiento es peligroso, así es como la realidad acaba pasándose de revoluciones, y no digamos la Revolución pendiente. Pero nosotros, decíamos, a lo nuestro: Prima la musica e poi le parole, decía el título de una ópera de Salieri. Primero la música y luego las palabras. Words, words, words... ¿No estamos cansados de palabras? Un poco, sí. Sí, música, maestros. Nosotros a lo nuestro.   

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de febrero de 2016]

13 de febrero de 2016

De Juan Cruz

Se publica hoy en El País esta entrevista que nos hizo a Manuel Borrás y a mí Juan Cruz en El Espejo (como bien dice JCruz, parece que fuimos a buscar el sitio a propósito). El buen interlocutor, y JC. lo fue en grado máximo, nos hace ver las cosas más claras, y decirlas de una manera más sencilla. En efecto, el desplazamiento de la vida está en el origen de estos libros, y de todos, y su historia es precisamente la conquista de un lugar suyo propio, que no es otro que el propio libro, es decir, una vida propia, donde poder quedarse al fin ("hagamos tres tiendas", en palabras de Pedro el Pescador). Por ello quede constancia aquí de mi gratitud a él, y claro, a Manuel Borrás.
* * *
Este editor tenía veinticinco años menos cuando el escritor que tiene enfrente le llevó un mamotreto con sus confesiones. Esa noche, el editor, Manuel Borrás, de Pre-Textos, no pudo dormir, pero no pensando en cómo rechazar el manuscrito sino pendiente de lo que al autor, Andrés Trapiello (León, 1953), le había pasado el año que tan minuciosamente relataba. Desde entonces no sólo son editor y autor sino que también amigos. En ese mundo de egos confrontados que es el universo de los libros eso puede ser milagroso. Los dos hablan de esa relación (y de los diarios) en un café, El Espejo, cuyo nombre parece adecuado para charlar sobre la literatura del yo.
Aquel primer volumen, El gato encerrado, se refería a las peripecias personales de Trapiello en 1987, y se publicó en 1990. Este último, el decimonoveno, trata de 2005. ¿Es un milagro, Borrás, tener a alguien tanto tiempo en el catálogo y además ser su amigo? “No suele ser común, sí. A veces consigues mantener esa amistad, otras no. Si eres leal, eres sincero. Y si aceptan la verdad, todo discurre sobre ruedas”. ¿Pero no ha tenido usted la tentación de decirle: ¡oye, basta de diarios!? ¿Qué pensó cuando le llegó este material? “¡Uf, aquel volumen! Él me había hablado de la existencia de unos diarios. Que se lo había propuesto a cinco editores y se lo habían rechazado. Yo sería el sexto en rechazarlo, me dijo”. A Trapiello los editores del rechazo le explicaron cómo tendría que haberlo hecho. “Son cartas que conservo porque me divierten; no sólo me lo rechazaban sino que, como dice Ferlosio, ¡venían con inri!”… Los libros no tienen por qué gustar a todo el mundo. Y no, no me importó que me dijeran que no. Yo he sido editor desde muy joven… Lo que les interesaba era justificarse quizá porque creían que yo era un autor complicado”.
¿Y usted por qué le dijo que sí, Borrás? “Cuando me fui a la cama, con el original, estaba agotado y me lo leí de un tirón. ¡800 folios! Lo malcrié porque si ahora me manda un tocho así seguro que no lo leo en una noche!”. ¿Y no echó usted de menos los nombres propios, que hubiera tanta X no le interrumpía la lectura? “¡Pero las adiviné todas!”. “Hay mucha gente”, dice Trapiello, “que me ha reprochado tanta X. A otra le da igual. Era un lector muy asiduo de los diarios de Stendhal y en ellos encontraba el escollo de los nombres propios. ¡No sabía nada de ellos!”. Así que optó por las X, “además porque no son unos diarios propiamente, sino que están concebidos como una novela porque salen cinco, seis, siete o diez años después de lo que se cuenta… Si se leyeran dentro de cincuenta años y estuvieran los nombres propios nadie se enteraría de quiénes son, así que para qué… Cada X representa un comportamiento, una conducta moral, el nombre real es en muchos casos secundario. Sólo cuando es significativo el nombre (‘X no cree en Dios’ no es el mismo que ‘el Papa no cree en Dios’)”.
El primer volumen tardó en venderse diez años. ¿Usted, Borrás, como editor, no cree que se venderían mejor si hubiera un índice de nombres propios? “No lo sé. Un diario no se puede vender como un best seller; en el caso de Andrés lo efectivísimo ha sido el boca-oído… Y no sólo se vendió mal la primera entrega, también la segunda, la tercera, la cuarta… Pero seguí publicando porque creo que la misión del editor es también creer en aquello que estás sometiendo a la intemperie de los otros. ¡Publico un libro porque a mí me ha servido!”.
Trapiello ha escrito ya más de diez mil páginas de diario, minuciosamente. En este nuevo volumen, Seré duda, declara muy pronto: “Yo es nadie”. ¿La vida de yo es nadie tiene diez mil páginas? “En algún momento ya he explicado que este tipo de libros los escribe una persona que tiene la sensación de que llega tarde al lugar de los hechos o que se va demasiado pronto de donde suceden las cosas, alguien que está desplazado social, literaria y políticamente, e intenta encontrar ser un encaje en todo ello”.
—¿De veras se siente usted desplazado?
—Personalmente sí. De arranque, este es un diario, aunque luego sea una verdadera novela. Vamos al diario justamente aquellos que salimos de una conversación con la sensación de teníamos que haberle dicho esto a alguien…, porque siempre se nos ocurre la respuesta dos horas después… No, no me siento desplazado; en una obra literaria el autor no se siente desplazado… Estoy muy a gusto en el diario, tal vez no en la vida, pero sí en estos libros.
—¿Y por qué no en la vida?
—Nadie está a gusto en la vida o lo está muy relativamente, muy barojianamente, porque todo está bien relativamente.
—¿Le cura este proceso de escribir?
—¡Me debe curar porque llevo diecinueve tomos!... Son remedios homeopáticos, no son de choque sino de mantenimiento; me mantienen más o menos en forma.
—¿Y usted nunca ha desfallecido, Manuel, como editor, publicando esos diecinueve tomos?
—En ningún momento. Andrés ha tenido dudas por los resultados en algún momento; es inherente a su temperamento y por el ímprobo esfuerzo que hace. Él ha causado con los diarios polémicas y sinsabores; a mi también me han dolido algunas de sus caricaturas, pero jamás le he puesto puertas al campo.
Foto. Jaime Villanueva

11 de febrero de 2016

El potaje madrileño

LA noche del pasado 20 de diciembre, tras conocerse los resultados electorales, Pablo Iglesias compareció enardecido ante la opinión pública. La formación que lidera había ganado las elecciones generales y, más importante aún, la guerra civil. Empezó a desgranar una letanía abrumadora, melodramática, furiosa, en su línea. Se oyen, entre otras, proclamó, “las voces de Margarita Nelken, Clara Campoamor y Dolores Ibarruri (…) las voces de Durruti, de  Largo Caballero, de Azaña, de Pepe Díaz y de Andreu Nin”. Un “Pepe” que le salió con el mismo arrobo con el que los camaradas españoles hablaban de “Pepe Stalin”. No llamaba tanto la atención que la mayor parte de “las voces” que se oyeran esa noche fueran de la guerra civil, ni la exaltación y el convencimiento de estar escribiendo y reescribiendo de paso la Historia, sino el potaje.
Pablo Iglesias debería leer, en el tiempo que le dejen libre el Juan de Mairena de Machado y “La ética de la razón pura”, La revolución española vista por una republicana, de Clara Campoamor. Es un libro extraordinario. Hay edición reciente. Comprendería las razones por las cuales Clara Campoamor tuvo que salir por pies de España apenas estalló la guerra (como Chaves Nogales, don José Castillejo o Juan Ramón Jiménez): sus vidas corrían peligro, el de verdad; por ejemplo, Margarita Nelken, una escritora mediocre, no parece que hubiera tenido reparo en “pasear” personalmente a Campoamor, o alguno de los partidarios de Pasionaria, Durruti o Largo Caballero, quienes hicieron, por cierto, todo lo posible por acabar con Azaña y lo que él representaba. En cuanto a Andreu Nin… Fue a “Pepe” Díaz a quien debieron pedirse responsabilidades directas por su asesinato, ejecutado por comunistas españoles.
Queda por dilucidar si toda esta confusión de obras, tiempos, ideas es fruto de la precipitación, la ignorancia o el oportunismo, con el fin de “envolver la mercancía”, como suele decirse, para pasar el género averiado. Por esa razón tal vez no sea abusivo parafrasear aquel célebre “quita tus sucias manos de Clara Campoamor; quita tus sucias manos de Andreu Nin”.
El debate sobre los símbolos y monumentos del franquismo es antiguo, y no está en absoluto resuelto (por ejemplo, los restos de José Antonio y de Franco deberían salir del Valle de los Caídos, pero sería un disparate volarlo con dinamita) ni es el objeto de estas líneas.
Lo ridículo de la lista confeccionada por una comisión de la Memoria Histórica de la Universidad Complutense, según este periódico a petición de la alcaldesa (ella lo niega), no es tanto la satanización de  tales o cuales escritores y artistas, sino conocer las razones por las que, “sin salirnos de sus propósitos”, como decía Hannah Arendt de Hitler y sus pogromos antijudíos, no han incluido en ella a Ramón Gómez de la Serna, Azorín, Dionisio Ridruejo, Pío Baroja, José Ortega y Gasset, Julio Camba, Tomás Borrás, José Gutiérrez Solana, Edgar Neville, Emilio Carrere, Ricardo León, Antonio Díaz Cañabate, Jacinto Benavente (o Marañón, con hospital, o Maeztu, con instituto) y muchos otros con tantos méritos como ellos. Seguramente sólo haya habido, en uno y otro caso, en el de las inclusiones y en el de las exclusiones, la ignorancia, una ignorancia que al mismo tiempo que se origina en el fanatismo, conduce irremediablemente a él.
Es absurdo, y una pérdida de tiempo, hablar de literatura con quienes han confeccionado esa lista en la que figuran Manuel Machado, Cunqueiro o Pla, ni tratar de convencerles de que merecen no una calle en Madrid, sino en todas las ciudades españolas, ni que, como decía Nietzsche, el exceso de memoria, mata la vida, ni recordarles que en aquella guerra no fue infrecuente que la víctima acabara en victimario, y a la inversa, ni porfiar enumerándoles a quienes escribieron odas a Stalin o secundaron sus políticas genocidas, con calles hoy en España… pero quizá sí valga la pena este último apunte. En la lista, incumpliendo a todas luces la Ley de Memoria Histórica, figura Muñoz Seca. El mismo 18 de Julio de 1936 salió al escenario del teatro Poliorama de Barcelona, donde se representaba su obra La tonta del rizo, y anunció a los espectadores, al grito de “¡Viva España!”, la sublevación de los militares en África. Lo detuvieron y lo metieron en la cárcel de San Antón, de Madrid, de donde salió tres meses después para ser asesinado en Paracuellos, a manos de verdugos que jamás pagaron por ese crimen. Participó en la guerra civil tanto como Rodríguez Zapatero, Iglesias o yo mismo.

    [Publicado en El País el 11 de febrero de 2016]

7 de febrero de 2016

Las cosas de España

Se hablaba aquí la semana pasada de la atracción que sentimos todos en periodos de crisis por la ficción. Cuando lo real es demasiado real necesitamos evadirnos, sí. ¿Pero qué es lo demasiado real? Si en una novela o película algo no nos convence, decimos: No me lo creo. Cuando nos sucede lo mismo en la realidad, exclamamos: ¡No me lo puedo creer! Y esto parece estar sucediendo en España: nadie puede creer lo que está pasando.

El caso es que no podemos vivir mucho tiempo sin creer en algo. De lo contrario nos desesperaríamos y acabaríamos tirándonos por un barranco. Puede uno vivir desesperado, desde luego, pero no sin esperanzas. Lo mejor sería hacer como si nada fuese real, es decir, como si todo esto fuese cuento, teatro. “La vida es sueño”, decía el Segismundo de Calderón. Claro que todos advertimos la diferencia entre proclamar que “la vida es sueño” o que “la vida es un sueño”. En el primer caso hablamos casi siempre de una pesadilla, y por eso querríamos despertarnos. En el segundo no querríamos hacerlo nunca.

La vida española de ahora no es precisamente “un sueño”, y sin embargo ha decidido uno si no seguir soñando, sí seguir durmiendo. Yo, ahora, leyendo Los otros rostros, un grueso tomo de artículos de Cunquiero. Los escribió de 1975 a 1981, los últimos años de su vida, en la revista Sábado Gráfico. Son extraordinarios. Muchos de ellos, obras maestras de amenidad y finura. Miro con curiosidad lo que escribió durante la agonía, muerte y entierro de Franco. España andaba entonces trastornada de realidad. Él escribió, imperturbable, de sus temas de siempre: fantasmas ingleses y galaicos y el tangueiro de Mondoñedo, el modo de preparar una lamprea o la sublime visión de las estrellas en la costa de Finisterre. Ni la menor mención a aquel acontecimiento. Cuando se publicaron esos artículos andábamos muchos algo atribulados por las cosas de España. Las cosas de España siempre nos han traído un poco a mal traer. Cunqueiro, sin embargo, logró que la ficción fuese algo real, y nos creemos todo lo que nos cuenta, por fantástico que resulte. Cuarenta años después su ficción es la nuestra. Lo leemos arrobados ahora, y confiamos, sí, en que al cerrar el libro lo real no quiera seguir siendo la mala ficción que viene siendo.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de febrero de 2016]

5 de febrero de 2016

De Juan Marqués

Lo que se dijo aquí el otro día de la reseña de la traducción del Quijote, que se publicó aquí hace unos días, vale para esta de Juan Marqués, que aparece en el número 100 del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza. Acaba de salir, y el buen amigo que él es sabe cuán sinceramente se la agradezco, siendo como es una de las más generosas y hermosas que podrá recibir nunca ese trabajo.
* * *
HUBO una vez un pequeño pueblo, en algún lugar de la Mancha, en el que el habitante que menos horas dormía era el único que soñaba, o por lo menos el que lo hacía con horizontes más altos y heroicos. No sabemos con exactitud su nombre, pero no importa mucho, porque aquel hombre anónimo fue mucho menos real que la criatura que, al final de su vida, inventó: un caballero andante de los de la mejor estirpe, de admirable fuerza y comprobado valor, enamorado ejemplar, cristiano impecable, cuyas aventuras, desgracias y temeridades consiguieron elevar, iluminar y acaso justificar una existencia que hasta ese momento había sido desesperantemente gris, estéril, anodina. No soy cervantista y no domino la ingobernable bibliografía sobre El Quijote, y por tanto no sé si alguien ha estado de acuerdo conmigo en que una de las principales claves del libro está en ese momento final (cap. LXI de la segunda parte) en el que se nos explica que, al llegar a la playa de Barcelona, el anciano don Quijote, por primerísima vez en su vida, pudo contemplar el mar. Tengo para mí que, en ese renglón, Miguel de Cervantes muestra una complicidad definitiva con su propia criatura (de la que, a su vez, sabemos muchas más cosas que del propio escritor, más fantasmagórico y desdibujado aún que Alonso Quijano), y nos está explicando claramente que, en su opinión, aquel viejo hidalgo, loco o no, hizo muy bien en marcharse de su pueblo en busca de peligros y fatigas, como deberíamos hacer todos, huyendo de comodidades y rutinas. Esa visión primera del mar es el impagable detalle que acaba de dar la razón al personaje, y lo que de paso da la razón a Luis Rosales respecto a lo que escribió en aquel libro solemne pero precioso que escribió sobre Cervantes y la libertad.
                  Jamás pensé que escribiría una reseña sobre El Quijote. Parece casi una afrenta, pero ahora, de nuevo en “año cervantino” (se han cumplido cuatrocientos años de la publicación de la segunda parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha), Andrés Trapiello da lugar a ello al publicar el resultado de un trabajo que, en secreto, ha ido llevando a cabo durante los últimos catorce años, y de ese modo nos invita a releer y comentar “el mejor libro del mundo” con ojos menos eruditos, más relajados. Sucede, en efecto, que Trapiello ha traducido El Quijote al español de hoy, cumpliendo con un proyecto que en principio es fácil de atacar si no se lee, pero que resulta altamente convincente en cuanto uno lo hojea unos pocos minutos. En un primer momento a mí mismo me pareció innecesaria tal actualización, pues Cervantes no queda tan lejos y es famosa la modernidad de su lenguaje, de su prosa o desde luego de sus técnicas narrativas…, pero lo cierto es que en el original hay cientos de muestras de paremiología, vocabulario rural o términos técnicos (que ahora ya son arcaísmos) que en efecto siempre han necesitado ir acompañados de una explicación para el lector de nuestro siglo. Lo que otras ediciones hacían con un aparato de notas más o menos profuso, minucioso o directamente agotador, Trapiello lo resuelve por el atajo de la versión, algo que sólo podrá parecer una profanación a quienes ignoran que apenas existen clásicos literarios (también, por supuesto, españoles) que no hayan sido adaptados para facilitar su comprensión. Seguramente ninguno de los que han protestado por la idea de Trapiello ha leído jamás el Cantar de Mío Cid o las sublimes Coplas de Jorge Manrique en la versión literal de sus autores, y no  me refiero tanto a las grafías originales, que por supuesto hay que traer hasta las de nuestro tiempo, como a la morfología de las preposiciones y conjunciones, o incluso a determinadas y casi imperceptibles cuestiones sintácticas. Aportando otras razones, lo explica muy bien el responsable en su introducción, en la que además alude desde el principio a que quiso hacer algo comparable a lo que las Misiones Pedagógicas hicieron con los cuadros de El Prado: llevarlos hasta sus dueños legítimos, aunque fuera a través de copias. Devolver al pueblo lo suyo. Descubrir a la gente que son propietarios de un patrimonio cultural gigantesco, y que tienen derecho a disfrutarlo, sin que limitaciones de ningún tipo puedan impedirlo. Es decir, conseguir que quienes no se vean con fuerzas, ánimos o códigos como para atreverse a enfrentarse con un texto de 1605 puedan beberlo y disfrutarlo en un idioma que, si no es el estándar de 2015, es incomparablemente más próximo, sin necesidad de manipular demasiado el de la época que lo engendró.
                  Es verdad que El Quijote de Cervantes, en lo esencial, se entiende todavía y se entiende bien, pero cabe preguntarse si esto es así también en los casos de quienes no leen con frecuencia, o en el caso de los lectores más jóvenes, o en el de quienes no tienen el castellano como lengua materna… Todos éstos van a encontrar en este ímprobo trabajo de Trapiello una enorme ayuda, lo cual no va a impedir en absoluto que puedan afirmar que han leído a Cervantes con todas las de la ley, pues el novelista de hoy ha tratado al de ayer con todo el respeto y la admiración que ya ha demostrado en muchas otras ocasiones (como en esa osadía de continuar la obra maestra contando qué sucedió Al morir don Quijote, y después, con todavía más talento e imaginación, al narrar El final de Sancho Panza y otras suertes), y sus intervenciones, siendo numerosísimas, son muy discretas y sutiles, nada invasivas, nunca maniáticas ni caprichosas. O casi nunca, pues para decirlo todo he de advertir que he detectado un pasaje en el que Trapiello sí se pone creativo, pero el resultado es tan genial que merece la pena, logrando un aforismo que es también toda una lección para poetas: sucede en ese episodio inolvidable y ya casi epilogal (cap. LXVIII de la segunda parte) en el que el cada vez más intuitivo y contestón Sancho Panza, con más razón que un profeta, afirma en la versión original que “los pensamientos que dan lugar a hacer coplas no deben de ser muchos”. Pues bien, lo que en Cervantes se refería a la exigua cantidad de los motivos inspiradores, en Trapiello, con un giro estupendo y un tanto escéptico de poeta veterano, alude más bien a la sospechosa calidad de los mismos: “los pensamientos que dan lugar a hacer coplas no deben de serlo mucho” (p. 976).
Antes de recorrer esta versión de Trapiello había leído El Quijote tres gozosas veces, en 1996, 1999 y 2004. Supongo que siempre que en el futuro vuelva a él recurriré al texto de Cervantes, pero me alegra haber podido conocer esta adaptación, que sin duda me ha acercado a algunas zonas oscuras que antes pasaría por alto, y sé que cuando revisite el original tendré muy cerca esta edición, para consultarla con frecuencia y aprovecharme de sus comodidades y ventajas. También sospecho que, cuando algún día mis hijos quieran leerlo, será este volumen el que les recomendaré, y de hecho eso es algo que no ha estado lejos de suceder ya. Cuando mi hijo mayor, de tres años y medio y gran lector de cuentos, levantó sus ojos de su Animalario y me observó leer, en pruebas, uno de los cuadernos de Trapiello, me preguntó con curiosidad:
–Papá, ¿tú también estás leyendo un cuento?
–Sí, Bruno –respondí yo–. Es, de hecho, el cuento más hermoso que se ha escrito jamás.
–¿Me lo cuentas?

Juan Marqués