28 de marzo de 2016

Según decían ellos

EL relato es lo que importa. El  que se hace con él, se adueña de todo lo demás. Y los relatos se hacen, claro, con palabras, matices, giros, a menudo sutiles pero decisivos y delatores.

Todos ustedes conocen a Arnaldo Otegui. Acaba de salir de la cárcel. Cumplió allí seis años y medio de condena. Contra lo que creen  algunos (los mismos que vaticinaron que su apresamiento sembraría España, más áun, de sangre, pesar y apocalipsis), no se le condenó por defender unas ideas, las suyas, sino los crímenes de otros, no muy diferentes de los que el mismo cometió, indujo y defendió (asesinatos, secuestros, extorsiones). Alguien acaso a quien una persona decente jamás daría la mano (“No me he exiliado para acabar dándole la mano a un asesino”, dijo JRJ cuando su mujer le rogó que saludara a su jefe de departamento en la Universidad de Puerto Rico, el escritor comunista Segundo Serrano Poncela, uno de los implicados en las matanzas de Paracuellos). No va uno, pues, a descrubir quién fue Otegui, pero quizá sí quién es y, sobre todo, quien quiere, a partir de ahora, hacer que crean que fue. Pero para ello es necesario, claro, adueñarse del relato.

Lo primero que declaró a la salida de la cárcel fue que se alegraba “sinceramente” de que “haya mucha gente que vivía con escoltas, que vivía acosada... según decían ellos, y que hoy puedan vivir en paz y libertad”. No es sólo la frase de un cínico: en tan sólo tres palabras, “según decían ellos”,   trata de que los casi mil asesinados por su banda y los miles de víctimas que vivieron aterrorizadas durante años, queden en la memoria colectiva como la alucinación de unos pocos malos vascos. Tres días después, en el velódromo de Anoeta, en pestilente olor de multitudes y entre unos zanpantxaris disfrazados de pleistoceno, Otegui volvió a su relato presintáctico. Se lo oiremos muchas más veces. Se alegraba “de corazón”, dijo, de que quienes “sufrían las acciones de Eta, ahora vivan más tranquilos”. Reparen: no dijo que ahora vivan tranquilos, sino “más” tranquilos. Acostumbrados a las pistolas, no han necesitado las palabras. Pero lo que está ese hombre diciendo con las suyas, y no se ha dado cuenta, es que quienes no piensan como él, nunca, jamás, llegarán a estar del todo tranquilos en el País Vasco. Por eso no han entregado las armas. Sin pistolas no son nada.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 27 de marzo de 2016]

20 de marzo de 2016

Contrito

UNO de los efectos del encebollamiento, del que se hablaba aquí la semana pasada, es que puede uno acabar sin querer  igual de encebollado, víctima de una mecánica perversa. 

Acaso sea esto, te dices, porque no hay día que no se conozca una nueva perla que no nos haga soltar la carcajada. Una semana es ese vídeo en el que el Sr. Errejón, en plan Arias Navarro, está a punto de moquitear recordando a Chávez, y otra ese en el que el Sr. Iglesias les explica a sus alumnos que la teoría de la relatividad no se debió a Einstein, sino  a... ¡Newton! (¡Libertad de cátedra!). 

Pero también es así, te sigues diciendo, porque los podemitas te recuerdan tu propia juventud: la misma logorrea, jactancia y estupidez totalitarias. Claro que había esta pequeña diferencia: acabar con Franco no es lo mismo que acabar con Rajoy. 

“Más han hecho por los pobres del mundo las monjitas de la caridad que todos los soviets juntos”, se lee en El buque fantasma, novelilla que trataba de las postrimerías del Régimen franquista. La he recordado precisamente hoy al saber que a los podemitas municipales de Sevilla se les ha metido en la cabeza suprimir del callejero las calles de curas, frailes, papas y monjas, entre ellas la de Sor Ángela de la Cruz, fundadora de las Hermanas de la Cruz, dedicadas a cuidar de los pobres y los enfermos. Que estas monjitas han hecho más por los pobres y enfermos de lo que hayan hecho hasta hoy o vayan a hacer los camaradas de Podemos, está fuera de toda duda. ¿Entonces?... Yo tengo mi propia hipótesis. Tanto han amado los soviets a  los parias del mundo entero que allá donde han gobernado, desde la vieja Urss hasta la Cuba o Venezuela de hoy, los pobres se han reproducido extraordinariamente. Es comprensible, por tanto, que quieran exterminar la memoria de aquellos que, como esas monjitas, tratan de rebajar su número o paliar su sufrimiento. Pero, se dice uno: “¿Y cómo va a ser esto?; no tiene sentido”. Y llegados a este punto empieza uno a alarmarse de verdad, por si ha estructurado su propio delirio, y me digo aterrado: “¡Pero si el encebollado soy yo! ¡Basta!”. De modo que, contrito, sin saber si podrá cumplirlo, se hace uno el propósito de no ocuparse aquí más de ellos, así les oiga decir que atarán los perros con longaniza.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 20 de marzo de 2016]

13 de marzo de 2016

Encebollarse

¿HAY en España cada vez más gente encebollada? El verbo como tal, encebollarse, en su forma reflexiva, no viene en ningún diccionario. No obstante está en uso, se lo ha oído uno con frecuencia  a Manolo Gulliver, librero de viejo que tiene su tienda en la calle del León, a dos pasos de donde murió Cervantes. Es una palabra muy expresiva, como para que la hubiese usado Sancho Panza. Procede de Guadalajara, la tierra del Arcipreste. Nuestro amigo echa mano de ella a menudo, porque en el mundo del libro viejo pululan gentes que viven encebollándose permanentemente por cualquier cosa, o sea, irritados y calentándose la cabeza. 

El encebollado no es sólo aquel que se reconcome y se cuece en su propia salsa, sino que halla cierto placer en encebollarse. Y claro, las razones del encebollamiento son siempre nimias y un poco ridículas, excepto, como es natural, para el encebollado, que las encuentra de una gravedad extrema. En España, que tanto va pareciéndose  a una librería de lance, hay cada día más encebollados. Habiendo razones más que de sobra para indignarse o asuntos en verdad graves de los que ocuparse, hay quienes prefieren encebollarse con poquiterías también de saldo. 

Vive uno en una ciudad, Madrid, que no es todo lo limpia, silenciosa y hospitalaria  que querríamos, pero aquí tuvimos hace unas semanas a unos cuantos  encebollados empeñados en quitarle el nombre de las calles a unos escritores que les sonaban que fueran de derechas (francamente no creo que ninguno de esxs encebollados haya leído una sola línea de Josep Pla o de Álvaro Cunqueiro: de haberlo hecho comprenderían que además merecían una estatua). Como la perplejidad que suscitó esa improvisación fue mayúscula, es posible que todos esos escritores conserven sus calles, pero en Madrid seguirá el encebollamiento (y qué lastima que no la emprendan con los trastos que nos han empapuzado los alcaldes del Pp, tanto en su versión barata, estatua de La violetera, o cara,  moles de Fernando Botero). Porque se nos había olvidado decir: el encebollado suele manifestarse como una manera de ser; no puede vivir sin llevar al día el manual de agravios, y como nunca alcanza el sosiego, tampoco tolera que nadie aspire a vivir tranquilo, leyendo precisamente a Cunqueiro y a Pla.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 13 de marzo de 2016]

7 de marzo de 2016

PPP, ha nacido una estrella

PP+Podemos=PPP.
Y los de Podemos felices, cada día más cerca de la soñada CCCP (Cu-Curru-Cucú Paloma), en castellano PPPC.

6 de marzo de 2016

Trasplantes capitales

HACE cosa de siete u ocho meses saltó la noticia a los periódicos (por decirlo de un modo poético y gimnástico al mismo tiempo): un ruso, Valeri Spiridónov, podría ser en 2017 el primer hombre de quien se trasplante una cabeza al cuerpo de otro. El paciente ha declarado, no obstante, que, pese a tener plena confianza en su médico, el neurocirujano italiano Sergio Canavero, no tenía ninguna prisa en pasar por el quirófano.  

Mientras llega ese momento, el doctor Canavero no ha querido estarse ocioso y ha estado ensayando con monos. Hace unas semanas anunció que al fin lo había logrado, acallando a los escépticos de la comunidad científica: "Llevo tres años diciendo que este tipo de trasplante es posible y todo el mundo me tomaba por loco. Ahora estoy seguro de que es posible. Quien no lo crea, ya lo verá publicado pronto en las revistas científicas".

A cuento de estos líos de formar gobierno, escuchamos hace unas semanas una propuesta de Fernando Savater, a quien llamó igualmente la atención la noticia de los trasplantes. En vista de que el señor Spiridónov no parece tener muchas prisas, creía el filósofo que habría que animarle al doctor Canavero a trasplantar la cabeza de Rivera en el cuerpo de Sánchez, toda vez que nadie sabe qué puede haber dentro de la de Rajoy, y aprovechando de paso la guillotina que tantas ganas tiene de usar Iglesias. ¿Sería esta la solución a los problemas de España? 

Durante la Revolución francesa, Madame Tussaud obtuvo el privilegio de sacar el vaciado a la cera de las cabezas que iba vendimiando el artilugio de Monsieur Guillotin. Unos años después la señora Tussaud emigró a Inglaterra, llevándose en un cesto algunas de las efigies, con las que formó un museo de figuras de cera. Los ingleses, aficionadísimos a la truculencia, acudieron en masa a admirar, horrorizarse y deleitarse con  aquellas pavorosas copias, e hicieron rica y famosa a su dueña. Una vez le preguntaron qué cabeza, de los guillotinados del Terror y de las que ella había tenido en sus manos, le había impresionado más, y no supo responder más que esto: "¡Casi todas pesaban lo mismo”. Lo cuenta Cunqueiro en uno de esos prodigiosos artículos en los que deja siempre que el lector saque sus propias conclusiones. 

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 6 de marzo de 2016]