30 de octubre de 2016

Tatuaje

ALTA, delgada, joven y de piel  muy blanca. En un semáforo. No llamaban la atención tanto los confusos tatuajes de sus brazos como uno, pequeño, llamativo, inquietante, en su cuello. Tenía un cuello muy bonito, largo; de garza lo llamaban los poetas renacentistas. Ella debía de saber que era bonito, porque lo realzaba despejándose la nuca con un moño alto. Quienes se tatúan, si acaso no lo hacen sólo por moda, quieren proclamar algo a los demás y recordárselo a sí mismos.  ¿Qué quería decirnos aquella muchacha? Porque es obvio que, habiéndoselo mandado tatuar en el cuello, a la vista de todos, donde ella ni siquiera podía verlo como no fuera en un espejo, quería decirnos algo...  Pero ¿qué?

Don Juan de Borbón, lobo de mar, solía aparecer en público con los antebrazos cubiertos, incluso a bordo de su yate. En persona tan principal los tatuajes no resultaban apropiados. Hasta fechas relativamente recientes sólo se tatuaban marinos, hampones, presidiarios, legionarios y psicópatas, como Robert Mitchum, el falso predicador de La noche del cazador; hizo célebre uno,“odio” y “amor” en sus nudillos, la Biblia en dos palabras. Algo serio. Porque quienes se tatuaban trataban a menudo de comprimir su idea de la vida, su filosofía, como si dijéramos, en símbolos o palabras no por sencillos menos elocuentes, tal y como los canteros románicos trataban de encerrar una compleja controversia teológica en el capitel de un monasterio. Durante treinta años hemos visto a una amiga llenarse el cuerpo de tatuajes y oído de sus labios su significado más o menos esotérico, y esta confesión: ya no puede parar. ¿Se quedará antes sin ideas o sin espacio para tatuarlas? Empezó a hacérselos cuando casi nadie se los hacía aquí. Al poco proliferaron en futbolistas analfabetos que llenaron sus bíceps de ideogramas chinos y coronas de espinas. La banalización absoluta triunfó cuando la técnica permitió a una actriz borrar el nombre del “amor de mi vida”, tatuado en su hombro diez años antes... ¿Cómo será la muchacha del semáforo dentro de veinte? ¿Seguirá en su cuello el tatuaje de esa horca y el ahorcado, garabato negro, que pendía de la soga? El semáforo se puso verde y aquella muchacha de piel muy  blanca siguió camino con su horca a cuestas, al encuentro acaso de quien esa misma noche la estrecharía en sus brazos, llenándole el cuello de apasionados besos.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de octubre de 2016]

25 de octubre de 2016

Herencia de los españoles

Nápoles es una ciudad bellísima. La afean, no obstante, su gran afición a las basuras y el amor que se tiene en ella a los atracos callejeros. De la basura es absurdo protestar, porque es cosa de la Mafia, y de los atracos, si se es de España, mejor no preguntar. Unos amigos, víctimas de uno de tantos, preguntaron al recepcionista si era normal que les acabaran de asaltar en la puerta de su hotel: “¡Herencia de los españoles!”, les respondió con la mayor acritud. Se refería, claro, a la soldadesca de los tercios asentados cuatro siglos atrás frente al Vesubio.

No sabe uno si cuando se publiquen estas líneas estarán o no ya expuestas en el Born , a propuesta del Ayuntamiento de Barcelona, las estatuas de Franco que en su día estuvieron en plazas y edificios públicos. La iniciativa, enmarcada en lo que ha dado en llamarse memoria histórica, tuvo el apoyo del equipo de gobierno de Barcelona en Común y de los socialistas, la negativa de Convergencia y Unión e Izquierda Republicana de Cataluña, y la abstención de Ciudadanos, del Partido Popular y de la Candidatura de Unidad Popular. Escuchar las razones de unos y otros, a veces enconadas, ha sido, desde mi punto de vista, interesante e instructivo. Muchos verán esos bronces, qué duda cabe, como  la “herencia de los españoles”, aunque exponerlos tenga algo a estas alturas de “lanzada a moro muerto”.

A más de uno le resultará extraño, sin embargo, que sólo se expongan las esculturas de Franco y ninguna de los catalanes que lo llevaron victorioso hasta la Diagonal en 1939 y administraron durante cuarenta años el franquismo, alcaldes, gobernadores civiles, obispos, industriales, banqueros, menestrales... La cuestión no es baladí: ¿Aquellos que lo apoyaron eran más españoles que catalanes o al revés? Por esa razón no hemos de descartar que el equipo municipal, en su noble y memorioso afán, y aprovechando que una de las estatuas ecuestres de Franco está decapitada, decida colocar donde estuvo su cabeza, de forma sucesiva, la de quienes, como Cambó y tantos próceres, hicieron de Barcelona, para bien o para mal, lo que es hoy. Esta ciudad se entendería peor sin ellos. No querría uno  que se tomara esto como una frivolidad, menos aún como una falta de respeto (¿a quién?). Es sólo una lectura de la letra pequeña de la Historia.

    Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de octubre de 2016]

10 de octubre de 2016

Velos, burkinis

EL Consejo de Estado francés, que había prohibido acertadamente el velo y los símbolos religiosos en las escuelas públicas francesas, suspendió el veto que la alcaldía de Villeneuve-Loubet, en el sur de Francia, había impuesto al uso del burkini en sus playas: los alcaldes no tienen la facultad de decidir cómo deben o no ser los trajes de baño. Recordó de paso que el Estado laico está para defender a los niños de los abusos de sus padres, y también la libertad de los adultos para bañarse como quieran, desnudos o vestidos de buzo. Lo más extraño de todo ha sido ver a sedicentes izquierdistas y feministas europeas salir, ayer, en defensa del velo en las niñas, y, hoy, del burkini, aduciendo razones de “diversidad cultural”. Ni que decir tiene que nadie ha visto a ninguno de estxs campeones de la diversidad pedir el uso del bikini para las musulmanas cataríes o el derecho de las occidentales a no llevar tocas en Riad, por ejemplo, o protestar porque unos bomberos dejan morir en un incendio a unas adolescentes por no llevar el velo, gran incitación al pecado.

Recuerdo de niño la repulsa histérica al bikini en los periódicos, colegios y púlpitos españoles. Desde ellos se exigía que se expulsara de las playas a las extranjeras que lo llevaran, antes de que fuera demasiado tarde, y en muchos municipios la Guardia Civil, siguiendo órdenes de sus comandancias o sin ellas, por afición, perseguían con saña los “atentados contra la moral”. La falta de higiene, corporal y mental, era completa: España apestaba. No menos pestilentes son los regímenes y religiones que consideran impuras a las mujeres, y las culpabilizan por ello desde niñas, las someten, persiguen, encarcelan y lapidan. 

El camino que han de recorrer esos países hasta la plena ciudadanía es tan largo, y acaso más difícil, que el recorrido por Europa desde la Edad Media a la Ilustración. ¿Por qué más difícil? Porque en nuestros países laicos e ilustrados hay quienes no han comprendido aún que el Estado está formado por ciudadanos libres, y que el velo y el burkini, independientemente de la regulación de su uso, trata de recordar a las mujeres que son “culpables”, y porque no existe la libertad de ser esclavo, y si un velo o un burkini causan tristeza, quienes los defienden desde esa supuesta libertad, vuelven, sí, a apestarlo todo, como antaño.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de octubre de 2016]

2 de octubre de 2016

Justicia vs. olvido

SI alguien no tiene una opinión formada del proceso de paz en Colombia, puede preguntarse: Y Héctor Abad ¿qué piensa? Porque lo que él piense de esos asuntos podrá uno secundarlo, sin temor a equivocarse. A su padre, un médico de Medellín, lo asesinaron  los paramilitares. Héctor Abad escribió un libro memorable sobre ese hecho, El olvido que seremos, que planteó una vez más el nudo gordiano de la cuestión: sin memoria no hay justicia, pero la paz sólo la logra el olvido. Héctor Abad acaba de publicar un gran artículo, “Ya no me siento víctima”. Búsquenlo. En estos tiempos los duros de cine tienen más predicamento estético que los buenos, pero qué quieren, para vivir prefiere uno estar más cerca de Spencer Tracy o James Stewart que de Tony Soprano o Clint Eastwood. Aparte de buen escritor, se ve que Héctor Abad es una bellísima persona, ese hombre, “en el buen sentido de la palabra, bueno”, que decía Machado, o sea, un gran señor. Héctor Abad dirá sí en el referendo que se celebrará en Colombia sobre los acuerdos de La Habana, que tratan de poner fin a medio siglo de terror.

El daño causado por las guerrillas de las Farc durante cincuenta años ha sido inmenso. A Álvaro Uribe también le asesinaron al padre. En su caso, las Farc. Cuando Uribe fue presidente de Colombia, el Estado amnistió a 28000 paramilitares, pero ahora no está dispuesto a que se licencie a 16000 guerrilleros sin duras represalias, y dirá no en el referendo. Quiere que los asesinos de su padre penen en la cárcel. Abad, por el contrario, quiere que los asesinos del suyo y los del padre de Uribe, cuenten la verdad. No hay mayor condena que la verdad. Lo ha dicho en una entrevista: “Saber la verdad será sanador para un país que sufre de rabia, de resentimiento, de tanto odio hacia el pasado. En la verdad nos podremos poner de acuerdo, no queremos que se nos arrodillen, ni que los metan a la cárcel, queremos saber cómo fue, por qué, para qué. Reconstruir la verdad y contarla sana, no llenar las cárceles de gente”. Quizá piense así porque Abad es escritor y sabe que las palabras salvan. Aunque no es ingenuo: “La paz no se hace para que haya una justicia plena y completa”, dice también. “La paz se hace para olvidar el dolor pasado, para disminuir el dolor presente y para prevenir el dolor futuro”. 

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 2 de octubre de 2016]