HA muerto Rafael Juárez. Era un ser angélico, en la poesía que escribió y en su vida. Siempre discreto, inteligente, finísimo de humor y hondura. Como sólo sucede con los mejores, la levedad y la gracia en él era una parte de la firmeza. Gracias a él existe La Veleta, donde aparecieron dos de sus libros. Ha muerto y todo alrededor, campos y pájaros que aún no han vuelto al Sur, al conocer la noticia ha empezado a plegarse sobre sí mismo dos, tres, infinitas veces, como una carta... Y la carta no cabe en ningún sobre ni hay franqueo suficiente para ella. Dondequiera estés, amigo Rafa, irá contigo lo mejor de este tiempo, de todo tiempo.
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23 septembre 2019
22 juin 2018
Memoria e historia
NO sé si la fotografía de la que habla Jorge Martínez Reverte hoy en un estupendo, honrado y valiente artículo es esta (se publicó en Las armas y las letras) u otra parecida. Lo que a estas alturas parece inevitable es que el nombre del asesino figure en breve en el monumento/memorial que Podemos/Psoe ha aprobado en el Ayuntamiento de Madrid, contra el dictamen unánime del Comisionado de la Memoria Histórica creado por la alcaldesa Carmena, si bien con el pleno consentimiento y convencimiento de esta, que en su día prometió y se comprometió a que todos los acuerdos de ese Comisionado serían acatados. Hasta que se topó con el camarada concejal Mauricio Valiente (paradojas galdosianas de los apellidos), quien, según reportaje periodístico, tiene en su despacho municipal sendos pósters, y digo sendos por ser uno de Lenin y otro de la revolución bolchevique, la misma que en España querían hacer los de la foto. Por eso se les ve tan contentos en ella.
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| Un paseo. Madrid, verano de 1936. |
11 mai 2018
Y
SE presentó ayer en la librería Alberti. Y este es el primer poema del libro.
EL CAMINO DE VUELTA
CUANTO más necesarias son las cosas,
más tardamos en verlas,
aunque estén a la vista.
Todas esas palabras que has escrito
en poemas, ensayos y novelas
vienen a ser como guijarros blancos
que sembraste en la noche,
el camino de vuelta.
No sé qué ocurrirá cuando no queden
más guijos, y los pájaros
den cuenta de las migas,
y no haya ya camino ni regreso ni casa.
Noche estrellada, si te acuerdas, dile
a tus pequeños astros
que me lleven de vuelta
siquiera hasta mi infancia,
que desde allí yo ya sabré orientarme.
EL CAMINO DE VUELTA
CUANTO más necesarias son las cosas,
más tardamos en verlas,
aunque estén a la vista.
Todas esas palabras que has escrito
en poemas, ensayos y novelas
vienen a ser como guijarros blancos
que sembraste en la noche,
el camino de vuelta.
No sé qué ocurrirá cuando no queden
más guijos, y los pájaros
den cuenta de las migas,
y no haya ya camino ni regreso ni casa.
Noche estrellada, si te acuerdas, dile
a tus pequeños astros
que me lleven de vuelta
siquiera hasta mi infancia,
que desde allí yo ya sabré orientarme.
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| Viñeta de Miguel Galano |
18 novembre 2014
Lo que es de nadie
SE encuentra uno en una libreta estos versos escritos quién sabe hace cuántos años, ¿quince, veinte? Son míos y de todos y de nadie, variaciones de los temas tradicionales. ¿Hay algo que no sea una variación? Porque acaso sólo podamos imprimirle a las cosas nuestro acento. La voz es de todos.
En cada rincón del aire
se ha deshojado una rosa
y el aire, que es como el alma,
se satura de un aroma
tan delicado y extremo
que hasta el alma se deshoja.
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| Madrid, 2 de noviembre de 2014 |
15 novembre 2014
Zenobia/Juan Ramón
DECÍAMOS ayer... que la actualidad nos apartó momentáneamente de cierta historia relativa a Juan Ramón Jiménez. Al hilo del prólogo que escribía para la edición facsímil que prepara el diario Abc de Platero y yo, tuvo uno que consultar la antología para niños que hizo Zenobia con poemas y prosas de JRJ. Conociendo a este hay que suponer que la antología fuese tanto de uno como de otra.
En nuestra biblioteca hay dos ejemplares de esa edición de Signo, de 1932, regalo uno de ellos de nuestro amigo José Muñoz Millanes, que vive, escribe y enseña literatura en la Universidad de Nueva York. Allí fue vecino de casa, y de universidad, de la también profesora Soledad Carrasco Urgoiti. A la muerte de esta (Elorza escribió una preciosa necrológica), sus herederos, antes de deshacer casa y biblioteca le invitaron a que tomara de esta los libros que deseara, en atención a tantos años de una relación que acabó teniendo más de familiar que vecindaria, y JM., pensando en uno, tomó ese ejemplar de la antología de JRJ, que yo agradecí infinito. Cierto que estaba mucho más deteriorado que el mío, con algunas hojas y el lomo desprendidos, pero tenía algo que lo hace precioso: está firmado por Zenobia, en lápiz negro, y por JRJ, que añadió la fecha en su característico lápiz rojo de esos años: enero del 33. Probablemente fuese un regalo de navidad a aquella niña que entonces tenía once.
Que el ejemplar estaba firmado por los dos era algo que recordaba, pero hasta el otro día no descubrí los dos papelitos que había dentro, guardados sin duda por la propietaria, que conservó ese libro toda su vida. Un recorte de un periódico con la noticia de la muerte de Zenobia y una nota en un papelito. El "suelto" puede serlo de uno de los periódicos que el hermano mayor de Zenobia tenía en NY (lo sugiere esa mezcla de castellano e inglés del titular) y el papelito, una ficha de trabajo de la estudiosa Soledad Carrasco. Lo encabeza la palabra "Justicia", y sigue: "C.171. La justicia de Peralbillo que después de ahorcado el hombre le leen la sentencia del delito".
En un momento y con todas esas pistas delante, sintió uno la llamada de los paleontólogos, la de reconstruir un pasado tan lejano como hermético a partir sólo de dos o tres sordos destellos, y la necesidad de recordar aquí con el mayor afecto a una mujer que ni siquiera llegó uno a ver en vida, aunque sí la esté viendo ahora, ante mí, como una niña de once años, con ese libro nuevo que le acaban de regalar dos personas del lejano mundo de los adultos.
Ni que decir tiene que coloqué en su sitio la hoja con las firmas de JRJ y Zenobia y metí de nuevo en el libro esos dos papelitos que alguien volverá a exhumar quién sabe en qué trasmundo.
2 novembre 2014
Fragmento 444 del Libro del desasosiego
FUE lo primero que preguntó Eloy Sánchez Rosillo cuando hablamos de la nueva edición del Libro del desasosiego, traducido por Antonio Sáez: "¿Has leído el fragmento del barbero?". Lo recordaba en la edición de Crespo al principio. En la nueva tuvo que llegar al fragmento 444, casi al final.
En algunos de los tomos antiguos del Spp se habla bastante del Libro del desasosiego, del que se citan varios fragmentos, no recuerdo si este, y se dice que el reproducirlos allí garantiza que habrá algo que valga de veras la pena en sus páginas.
Lo mismo diré ahora. La tarea de copiarlo aquí trae consigo la certidumbre de que habrá en este almanaque algo en verdad valioso, hermoso y estremecedor a un tiempo.
"He entrado en la barbería como de costumbre, con el placer que me da poder entrar fácilmente sin inhibición en las casas conocidas. Mi sensibilidad ante lo nuevo es angustiante: sólo estoy tranquilo donde ya he estado.
Al sentarme en la butaca he preguntado, porque me ha venido a la cabeza de casualidad, al mozo que me estaba poniendo al cuello un paño de lino fresco y limpio, cómo estaba su compañero de la butaca de la derecha, más viejo e ingenioso, que estaba enfermo. Se lo he preguntado sin que me pesara la necesidad de preguntárselo: se me ocurrió motivado por el sitio y el recuerdo. «Murió ayer», ha respondido la voz sin tono que estaba detrás del paño y de mí, y cuyos dedos se levantaban del último ajuste en la nuca, entre el cuello de la camisa y yo mismo. Todo mi buen humor irracional ha muerto de repente, como el barbero eternamente ausente de la butaca de al lado. El frío ha inundado todo cuanto pienso. No he dicho nada.
¡Nostalgia! La siento incluso de aquello que no ha sido nada para mí, debido a la angustia por la fuga del tiempo y a la enfermedad del misterio de la vida. Si dejo de ver las caras que veía habitualmente por mis calles de costumbre, me entristezco; y no han representado nada para mí, a no ser el símbolo de toda vida.
¿Aquel viejo insignificante de las polainas sucias, que se cruzaba frecuentemente conmigo a las nueve y media de la mañana? ¿El vendedor de lotería cojo que me molestaba inútilmente? ¿El vejete redondo y colorado con su puro a la puerta del estanco? ¿El dueño pálido del estanco? ¿Qué ha sido de todos ellos, que por haberlos visto una y otra vez, han formado parte de mi vida? También yo desapareceré de la Rua da Prata, de la Rua dos Douradores, de la Rua dos Fanqueiros. También yo –el alma que siente y piensa, el universo que soy–, sí, también yo seré mañana el que ha dejado de pasar por estas calles, el que otros evocarán vagamente con un «¿qué habrá sido de él». Y todo cuanto hago, todo cuanto siento, todo cuanto vivo, no será más que un transeúnte menos en la cotidianidad de las calles de una ciudad cualquiera."
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| Desde un autobús. París, 11 de octubre de 2014 |
29 octobre 2014
Píxeles de otoño
Nos la trae Inés del parque
y queda escaneada para todos
Píxeles de otoño
Píxeles de otoño
G.
* * *
En solo un ginkgo
del Parque del Oeste
todo el Oriente.
todo el Oriente.
También al mar le basta
lejos del mar
sólo una caracola.
sólo una caracola.
Unas y otras,
hojas y caracolas,
primas hermanas.
28 octobre 2014
El abrazo del sol
SOMOS la memoria que dejamos en otros, en las cosas, en tal o cual paisaje, en un rincón, en las palabras que escogimos en el costal de las palabras para decir aquello que quisimos ser. Todos ellos, personas, objetos, lugares, libros, devolverán nuestra alma a la vida tal y como hace la tierra durante la noche con el abrazo que recibió del sol.
Así es como vivimos en la memoria muchos años, y aún podríamos vivir eternamente, como el universo que se expande sin cesar, ya que nada es tan feraz como lo es ella.
Así es como vivimos en la memoria muchos años, y aún podríamos vivir eternamente, como el universo que se expande sin cesar, ya que nada es tan feraz como lo es ella.
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| Louvre, Pierre Henri de Valenciennes, 10 de cotubre de 2014 |
3 octobre 2014
Una dedicatoria
ANTESDEAYER, enlazados en Córdoba por Elena Medel, hablamos Eloy Sánchez Rosillo y yo de lo que hablan dos amigos para quienes la poesía es tanto: de la vida. La crónica del asunto viene aquí. Estuvo todo en su punto, y más. Al término de aquel acto se acercó un desconocido con un ejemplar de Junto al agua, que acababa de comprar en internet y a un precio que no pagaba la preciosa encuadernación (media holandesa) que los amigos a los que les dedicó uno el libro mandaron hacer para él apenas se publicó, 1980. Me conmovió ver escrito en la página de respeto los nombres, José [Muguruza] y Herminia [Allanegui]. Cuántas horas no compartiríamos en su librería Mirto, la más hermosa librería de viejo que haya habido nunca en Madrid. Al de ellos dos añadió uno antesdeayer, como hacían los emperadores chinos, el de Francisco Sánchez Vellón, que había recorrido ochenta kilómetros para mostrar ese ejemplar, agradecido a él y a la vida por dejarnos algunas veces atisbar los secretos vasos comunicantes que nos mantienen unidos con los amigos muertos.
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| Palmera del patio de la capilla mudéjar de San Bartolomé, en la Facultad de Filosofía y Letras |
5 juillet 2014
Le Sidaner / Un poema de JMBonet
CIERRA esta breve "Suite Le Sidaner" un poema de Juan Manuel Bonet escrito a partir del cuadro de Le Sidaner del Museo de Bellas Artes de Bilbao. Es el centro del cuadro y del poema la ventana encendida, como lo es también el de la pintura de Le Sidaner que dio origen a estas entregas, La choza en las linces de Étaples.
El tema de la casa encendida fue recurrente en el pintor, acaso, como se decía aquí ayer, porque la felicidad de la luz viene a subrayar la oscuridad en la que se halla el transeúnte, la tristeza de vagar en medio de la noche de luz en luz, sin una que le diga "Entra", exiliado de todas.
De nuevo en el Museo, ante el canal
de Brujas, su agua oscura del otoño,
sus oros, los árboles en su espejo.
Hoy descubro la luz de un interior,
auténtico centro del cuadro, de este
cuadro llano, tan aguas lentas, tan
yo, transeúnte, sin demasiado centro,
de esta ciudad,
y de esa, y de esa, y de esa.
* * *
MUSEO DE BELLAS ARTES, BILBAODe nuevo en el Museo, ante el canal
de Brujas, su agua oscura del otoño,
sus oros, los árboles en su espejo.
Hoy descubro la luz de un interior,
auténtico centro del cuadro, de este
cuadro llano, tan aguas lentas, tan
yo, transeúnte, sin demasiado centro,
de esta ciudad,
y de esa, y de esa, y de esa.
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| Le Sidaner, Canal de Brujas, 1899. Museo de Bellas Artes de Bilbao. Y para los curios*s, este artículo de ¡Margarita Nelken! que ayer nos facilitó un lector de este almanaque. |
2 juillet 2014
Realidad vs. Obra
CUANDO JRJ aseguraba que hubiera dado la mitad de su obra si con ello hubiese hecho desaparecer la otra mitad o, ya al final de su vida, que la verdadera aspiración del poeta no era tanto el poema como haberse hecho poesía, estaba recordando estas palabras de Nietzsche en Ecce homo:
"El gran poeta se nutre únicamente de su realidad –hasta tal punto que luego no soporta ya su obra".
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| Foto: Rafael Trapiello. Las Viñas, 30 de junio de 2014 |
1 juin 2014
Leopardi, el poeta moderno
Si es cierto que todo empieza a
suceder un poco antes de su comienzo y no se extingue del todo con su fin, la
poesía moderna no comenzó, como suele repetirse, con Charles Baudelaire, sino
treinta años antes, con Giacomo Leopardi (1798-1837).
De Leopardi acaba de publicarse
este libro que tiene tanto de biografía como de ensayo. Es la obra de un autor
octogenario sumamente apreciado en su país, Italia, Pietro Citati, de quien
conviene recordar algunos de sus trabajos anteriores con el fin de saber por
qué necesitaba escribir también de Leopardi: Goethe, Tolstoi, Proust. Pues
sucede con los escritores en verdad grandes, parece recordarnos Citati, que
están los hombres abocados a leerlos en todas las épocas y cada uno de nosotros
en todas nuestras edades, juventud, madurez, vejez, sin que les agotemos y sin
que nos agoten.
La modernidad de Leopardi (el
objeto del libro de Citati es en parte recordarnos que Leopardi es un autor
moderno) es muy rara porque escribía no como se supone que escriben los poetas modernos, sino
como lo hicieron los clásicos, con cierto aplomo y una delicadeza contagiada de
Homero o de Virgilio y de todos aquellos autores que Leopardi conocía al dedillo
y tradujo a un italiano que trataba también de parecerse mucho al latín. Eso es
lo que hace al menos en sus versos, en esos apenas veinte poemas que le han
consagrado como uno de los grandes poetas de todos los tiempos, pero resulta
que Leopardi es también el autor de una obra monumental, sus Zibaldone (algo así como “Miscelánea”),
una especie de diarios, personales e intelectuales, de cuatro mil doscientas
páginas.
Aunque sea una manera retórica de
abordar las cosas, acaso no esté del todo fuera de lugar. El Leopardi de los
poemas es y no es el mismo que el Leopardi de su increíble Zibaldone y de sus
cartas. ¿Qué suerte le hubiera deparado la posteridad al poeta Leopardi sin sus
diarios, y al revés, cómo se leerían estos sin esos poemas?
Es una pregunta retórica porque
es imposible responderla, pero nos ayuda a dilucidar su extraño caso. “Leopardi
da miedo”, dirá Citati, citando a Pietro Giordani.
Si Leopardi es en prosa un ser a
menudo cáustico y desesperado en la medida que es también de una lucidez
intratable (no olvidemos que, amando como pocos la belleza, fue un hombre
contrahecho, con dos jorobas y un metro cuarenta de estatura, y tuberculoso
desde muy joven, sumida su existencia en continuos y prolongados estados de
postración, cegueras transitorias, cefalalgias y una caravana tan larga de
“secuelas” que lo raro es que llegara a vivir en esas condiciones treinta y
ocho años (“la idea de suicidio me proporcionaba una suma y feroz alegría”,
llegará a decir), a todo lo cual ha de añadirse la relación torturada que
mantuvo con una madre estúpida y cruel y un padre que amó a su hijo de la peor
de las maneras hasta hacérsele insoportable tanto como imprescindible), si
Leopardi en prosa, decíamos, es ese escritor que ve a través de su propia ruina
física la ruina moral de su época, y nos la cuenta en un estilo sublevado
(“Tiempo vendrá en que ese universo y la misma naturaleza acabarán (…) No
quedará ni un vestigio; tan solo un silencio desnudo y una quietud altísima
llenarán el espacio inmenso”), el Leopardi poeta es… ¿todo lo contrario? No, desde
luego, pero sí alguien que alberga la esperanza de ser feliz (“la felicidad es
la perfección y el fin de la existencia”) o de explicarse las razones de su
desdicha. Alguien que ha asumido que el poeta es, al fin y al cabo, un ser
solitario frente al misterio de la vida común (los instantes después de la
tormenta, el sábado en la aldea, el canto de un pájaro solitario) y la vida
cósmica (la visión de los astros errantes, el infinito visto desde un otero, el
coloquio perpetuo con la luna). ¿Y cómo hablar de todo esto? Desde luego en
tono bajo, casi en silencio. Por dentro. Y su afuera y su dentro lo completan.
“¿Haré algo grande alguna vez?”, se preguntaba a menudo.
Citati tiene la habilidad de ir
trenzando su vida, sus zibaldone, sus poemas y sus cartas. Es verdad que va y viene y a veces uno
se pierde un poco, porque querría que el cultivadísimo Citati nos contara más
de la vida de nuestro poeta (para eso habrá que esperar aún la espléndida
biografía de Rolando Damiani, All’apparir del vero), pero su libro está tan cuajado
de ideas sagaces, citas deslumbrantes, datos desconocidos, que no
querríamos terminarlo nunca. Si
Leopardi conocía bien a Heráclito (“A la naturaleza le gusta esconderse”),
Citati conoce muy bien a Leopardi, creador, nos dice, “de aquella poesía
moderna, melancólica y sentimental que había imaginado”. Es decir, aquella
poesía de siempre que, sobre todas las cosas, le gustar decir el mundo
escondiéndose de él y de ella misma.
[Publicado en El País, Babelia, el 31 de mayo de 2014]
* * *
"Cada
vez que me convencía a mí mismo de la condición necesaria y perpetua de mi
desdichado estado y que, volviéndome desesperada y frenéticamente adonde fuera,
no hallaba remedio posible ni esperanza alguna, en lugar de ceder o de
consolarme considerando lo imposible y que lo necesario era independiente de
mí, concebía un odio furioso contra mí mismo, en la medida en que la
infelicidad que odiaba estaba sólo en mí; yo era, pues, el único objeto posible
del odio, y no tenía ni podía reconocer a ninguna persona fuera de mí con la
que pudiera irritarme a causa de mis males y, con ello, a ningún otro objeto de
odio por ese motivo. Concebía un deseo ardiente de vengarme en mí mismo y en mi
vida de mi infelicidad necesaria e inseparable de mi existencia, y la idea de
suicidio me proporcionaba una suma y feroz alegría". (Giacomo Leopardi,
Zibaldone, 1821)
21 mai 2014
Una carta de Francisca Sánchez a Rubén Darío
ACABAMOS de leer que mañana estará en las librerías La princesa Paca, libro que novela la relación entre Francisca Sánchez y Rubén Darío, escrito por la nieta de Francisca, Rosa Villacastín, y Manuel Francisco Reina.
Hace años encontré esta pequeña carta, dirigida al poeta, y dos o tres papeles más de este (unos recibos acusando préstamos de dinero y un pneumatique, todos ellos de París).
De haber sabido que estaba en marcha ese libro, habría puesto a disposición de sus autores esta tarjeta postal, inédita hasta hoy:
"Madrid 18 de Junio 1903
Mi muy querido hijito:
Hoy he recibido tu tarjeta en la que me alegro mucho de que tu saluz este bien la mia y la del niño bien; pues sabras como mañana Viernes salgo para el pueblo a las 9 de la mañana dese Avila te echare una tarjeta para decirte como llego mi hijito me estraña mucho lo que me dices del nombre del niño le é puesto Feliz porque le e puesto el nombre del santo del dia y sino miralo en el calendario y veras como es San Feliz, pero enfin cuando baya me contaras todas esas dudas cuando me escribas al pueblo las señas son Provincia de Avila Por Menga Muñoz en Navalsauz de lo del dinero me lo mandas a Navalsauz sin mas mi tatay recibes memorias y tu un abrazo y mil besos de tu querida [¿tataiya? ]".
¿Por qué ha tenido uno siempre esta carta en más estima aún si cabe que los otros papeles escritos y firmados por el propio poeta? Acaso porque parece latir en esas palabras no sólo un amor correspondido, sino también una ilusión que no podía serlo para los dos en el mismo grado.
30 avril 2014
Hoja
Sólo una de esas hojas
del alcornoque
se llama ruiseñor.
se llama ruiseñor.
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| Las Viñas. Foto: Rafael Trapiello. 8 de septiembre de 2013 |
23 avril 2014
María Zambrano y Junto al agua (2)
HACE casi 35 años, en 1980, recién publicado, envié Junto al agua a María Zambrano. Creo que nunca respondió a aquel primer envío; no podría asegurarlo. Tal vez sí. Respondió a otros posteriores. Habría que buscar sus cartas. No la vi más que en una ocasión, en aquella medio chambre à bonne que le habían encontrado en la calle Maura a su vuelta del exilio. Hace unos meses un amigo me hizo llegar la fotocopia de tres folios autógrafos de Zambrano hablando, en realidad divagando, de aquel libro.
Aparecen ahora publicados en el VI tomo de sus obras completas (Galaxia Gutemberg), dedicado a sus escritos autobiográficos. Al ver con su letra el título de aquel libro, mi nombre y todo lo demás, siente uno... no es fácil decir lo que ha sentido.
Son anotaciones balbucientes en letra vacilante, y sin embargo no dejan de conmoverle a uno. Me digo, aquella mujer, ya anciana, le presta atención a los versos de un joven. Ha leído el libro, parece, con atención; desde luego, con aplicación, pues ha copiado muchos versos de poemas del principio, del medio, del final ("Nocturno Atlántico", "Continentales", "Caída", "Los límites del valle", "Canon"); ha encontrado también algo que ha despertado en ella emociones vivas, entre recuerdos que creía perdidos, muertos acaso. Y siente uno sorpresa y gratitud por la atención y la aplicación de alguien que tenía con lo suyo propio tarea que atender, en cualquier caso alguien que había escrito algunos libros muy firmes y a quien no importaba dedicar unos minutos de su tiempo al libro de versos balbucientes, vacilantes de un joven que quiso enviárselos como reconocimiento a cuanto había recibido de ella por entonces, aquel pensar suyo tan natural, hondo, poético, misterioso.
23 mars 2014
Se oye, no se busca
"¿TIENE alguien, a finales del siglo XIX, [y a principios del XXI, podríamos decir], un concepto claro de lo que los poetas de épocas poderosas
denominaron inspiración? En caso
contrario, voy a describirlo.
"Si se conserva un mínimo residuo
de superstición, resultaría difícil rechazar de hecho la idea de ser mera
encarnación, mero instrumento sonoro, mero médium de fuerzas poderosísimas. El concepto de revelación, en el sentido de que
de repente, con indecible seguridad y finura, se deja ver, se deja oír algo, algo que le conmueve y trastorna a
uno en lo más hondo, describe sencillamente la realidad de los hechos. Se oye,
no se busca; se toma, no se pregunta quién es el que da; como un rayo refulge
un pensamiento, con necesidad, sin vacilación en la forma – yo no he tenido
jamás que elegir. Un éxtasis cuya enorme tensión se desata a veces en un
torrente de lágrimas, un éxtasis en el cual unas veces el paso se precipita
involuntariamente y otras se torna lento; un completo estar-fuera-de-sí, con la
clarísima consciencia de un sinnúmero de delicados temores y estremecimientos
que llegan hasta los dedos de los pies; un abismo de felicidad, en que lo más
doloroso y sombrío no actúa como antítesis, sino como algo condicionado,
exigido, como un color necesario en
medio de tal sobreabundancia de luz; un instinto de relaciones rítmicas, que
abarca amplios espacios de formas – la longitud, la necesidad de un ritmo
amplio son casi la medida de la violencia de la inspiración, una especie de
contrapeso a su presión y a su tensión …Todo acontece de manera sumamente
involuntaria, pero como en una tormenta de sentimiento de libertad, de
incondicionalidad, de poder, de divinidad… La involuntariedad de la imagen, del
símbolo, es lo más digno de atención; no se tiene ya concepto alguno; lo que es
imagen, lo que es símbolo, todo se ofrece como la expresión más cercana, más
exacta, más sencilla". (*)
De ahí que uno no pueda llamar o urgir a la inspiración, sólo posible en la inocencia. La inspiración viene o no. A la inspiración se la espera, sin saber jamás si habrá de presentarse, y si acaso se presenta, sin saber muchas veces, cuando se ha ido, y a veces hasta pasado un tiempo, si era ella o ese cosquilleo que a menudo la suplanta, dejándonos engañados.
(*) Del Ecce homo de Frederich Nietzsche. Traducción de Andrés Sánchez Pascual)
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| Las Plamas de Gran Canaria, 18 de febrero de 2014 |
7 mars 2014
Widmung
WIDMUNG (*)
En silencio la casa.
Una lámpara en pie con su universo
pequeño y armonioso,
y en el balcón la luna con su peplo.
Peplo, una palabra culta
para vosotros, hijos.
¿No oís en el cristal de la ventana
la mariposa acometiendo ciega?
No le bastan la noche de verano
ni todas las estrellas.
Quiere también entrar,
coronar vuestras frentes y libar
en esas blancas manos
que el cansancio dejó sobre el embozo
como pastas de un horno.
El ruiseñor se ha ido y la lechuza
de la vieja almazara ulula y piensa
con síncopas lejanas
para no despertar vuestro reposo.
Dormís, dormís, y vuestro padre al lado
va escribiendo estos versos
e igual que la falena testaruda
golpea en el papel como en un vidrio
y trata así de entrar en la poesía,
como luz en la noche.
(1989)
En silencio la casa.
Una lámpara en pie con su universo
pequeño y armonioso,
y en el balcón la luna con su peplo.
Peplo, una palabra culta
para vosotros, hijos.
¿No oís en el cristal de la ventana
la mariposa acometiendo ciega?
No le bastan la noche de verano
ni todas las estrellas.
Quiere también entrar,
coronar vuestras frentes y libar
en esas blancas manos
que el cansancio dejó sobre el embozo
como pastas de un horno.
El ruiseñor se ha ido y la lechuza
de la vieja almazara ulula y piensa
con síncopas lejanas
para no despertar vuestro reposo.
Dormís, dormís, y vuestro padre al lado
va escribiendo estos versos
e igual que la falena testaruda
golpea en el papel como en un vidrio
y trata así de entrar en la poesía,
como luz en la noche.
(1989)
(*) Publicado en en número 108 de la revista Turia que conmemora su trigésimo aniversario. Se acompaña allí de la siguiente nota: "Este poema, inédito, es de los tiempos en que empecé a colaborar en Turia. No sé por qué no lo publiqué nunca. ¿Pudor, inconvicción? El que lo haya conservado siempre a mano, indica, no obstante, una relación especial con él. Su título, "Dedicatoria", hace referencia al lied de Schumann, canción unida para mí a la niñez y a la de mis hijos, a quienes el poema está dedicado".
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| R. y G. (arriba y abajo respectivamente). Las Viñas, h. 1989. |
5 mars 2014
Frutos Soriano
Y los de Frutos Soriano, de quien La Veleta publicó hace años sus haikus en unos Diarios de un holgazán:
desmoronándose
frente al cerezo en
flor:
“zapatería”
un balón rojo
en las ramas del olmo:
¡la primavera!
se esconde el viejo
para orinar, mas
no
lo suficiente
¡por fin entró
en la pista de pádel
la mariposa!
el estornino
me mira, picotea
vuelve a mirarme
juntas sus copas
la acacia y el
ailanto
parecen uno
esa nube de pájaros
tiene forma de pájaro:
atardecer
la cochinilla
atraviesa la plaza:
¡otra detrás!
arranca el tráiler:
hay gorriones que huyen
otros que no
en el capó
un bicho
diminuto:
¡es una efímera!
![]() |
| Frutos Soriano, Diarios de un holgazán. La Veleta, Granada, 2006. |
4 mars 2014
Susana Benet
SE publicó hace un tiempo Un viejo estanque (La Veleta, Granada 2014) como ya se dio a conocer aquí. A propósito de él ha publicado Juan Bonilla este solvente ensayo, y de sus editores y antólogos, Frutos Soriano y Susana Benet, se está imprimiendo un díptico para que quienes tengan el libro, lo incluyan, porque en ninguna antología del haiku en español que se precie podrían faltar los suyos.
Estos son los de Susana Benet.
Es menos noche
cuando el vecino enciende
su farolito.
Si parpadeo,
se ocultará en la grieta
la lagartija.
Viento en los árboles.
En el salón cerrado
un mueble cruje.
Llega el murmullo
del río hasta mi almohada.
Pequeño hostal.
Piedra del río,
Fresca como si el agua
Corriera dentro.
Brilla la luna
en el rastro reseco
del caracol.
Nubes de lluvia.
Nadie con quien mirar
por la ventana.
Amanecer.
Todas las hojas vueltas
hacia la luz.
Tienda de especias.
Me llevo sin pagar
todo el aroma.
Aunque haya fruta,
todo el mercado huele
a carne muerta.
Regresé un día
a aquel lugar de entonces.
21 février 2014
Niño en un carro de heno
NIÑO EN UN CARRO DE HENO
I
Después de tantos años me ha subido
a aquel carro un recuerdo de la infancia.
No me puedo explicar que su fragancia
a verdes nuevos y al azul florido
se hubiese evaporado. ¿Qué habré sido
de mí? ¿Cómo he vivido en la ignorancia
de aquella plenitud? ¿A qué distancia
se encuentra mi mañana del olvido?
No digas nada. Inesperadamente
has vuelto a revivir aquella escena
y con ella también todo el ayer.
Y del ayer bebiste en esa fuente
un agua tan castalia, fresca y buena
que de ninguna más quieres saber.
II
Los inviernos en mi tierra natal, al menos durante mi infancia, solían ser, o así los recuerdo yo al menos, rigurosos, sombríos y prolongados, de modo que cuando llegaba la primavera las gentes, principalmente del campo, parecían contagiarse del azul del cielo y del canto desaforado de los pájaros. De un día para otro, los aleros de las casas y pajares cobraban vida gracias a las golondrinas y vencejos y no había árbol, prado ni palera que no se vistiera con los verdes más audaces y nuevos. La hierba crecía en muy pocas semanas en los valles y en las faldas de los montes, y en muy pocas semanas también se segaba y se dejaba secar al sol sobre la tierra. Se hacía esta labor con guadañas que en brazos expertos tenían un valseo cadencioso y medido. Seca ya la hierba, el heno, se armaban los carros a los que se colocaban ciertos varales o costanas con que aumentar la carga, y se uncía a ellos una yugada de bueyes o de vacas. La tarea de recoger la hierba de los prados y meterla en los pajares era un trabajo arduo, pero no para los chicos, que asistían a él con indecible gozo: sus juegos despertaban de la hierba olores delicadísimos y tan embriagadores a miel, a mosto, a espliego, que se me quedan cortas todas las palabras. Qué vuelcos, que sonámbulos aleos los de las abejas, apuradísimas a todas horas, qué contrapunto el de los pájaros, qué tépida brisa, cuánta euforia en todo y en todos. Cuando el carro quedaba colmado de hierba, más allá incluso de lo que parecía razonable, llegaba el que era un momento solemne, aquel en el que un hombre tomaba en brazos al niño, a los más chicos, y los subía a lo cimero del carro. Ningún rey fue nunca tan dichoso, ninguno miró el mundo desde un trono más egregio. Recuerdo haber vivido los regresos, al paso soñoliento y atentado de las vacas, con una seriedad e intensidad indescriptibles. No tanto por el temor a caer desde allá arriba, como por saber que el trayecto de vuelta siempre habría de parecerme demasiado corto, y bajarme del carro, algo semejante a la pérdida de un reino.
El recuerdo de uno de aquellos días ha venido a mí de pronto, nacido de no sé qué profundidades cincuenta años después, y me ha hecho feliz, sin dejar de interrogarme sobre el pasado ("Qué habré sido de mí"). Si me he decidido a contar ahora en prosa todo esto es porque buena parte de todo aquello me parece que no ha subido a los versos que la preceden ni traducen toda la emoción que sentí con tal reencuentro.
(Publicado en Clarín, número 109, enero-febrero 2014)
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