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31 octobre 2013

¿Pocos?

"LA lectura de un verdadero poema (hay tan pocos) es una experiencia tremenda, de una plenitud sin igual...", etc. leemos en la página 513 de este nuevo cuaderno de notas, El tiempo en los brazos, de Tomás Segovia, del que se hablaba aquí ayer.
¿Pocos? No parece que los verdaderos poemas sean pocos, ni muchos. Podríamos decir incluso que son más de los que cada uno va a poder leer a lo largo de su vida, por lo mismo que a lo largo de la vida, y ay si no es así, vamos a ir descubriendo verdaderos poemas nuevos, o desconocidos hasta ese momento para nosotros. Homero escribió lo suyo sin conocer a Virgilio u Horacio. Con ser contemporáneos es poco probable que Cervantes leyera a Shakespeare, y estos escribieron sin haber podido leer a Dickens, a Tolstoi o a Leopardi, que a su vez... etcétera.
Así que los verdaderos poemas no son algo que puedan ser contabilizados; más bien tendría que ver con cada cual. Cada lector verdadero encuentra su verdadero poema cuando lo necesita, si está atento. Sería mejor decir que poemas verdaderos hay los justos, ni pocos ni muchos, ni más ni menos, los que ese lector atento busca, unas veces en las eminencias de la Historia de la Poesía y otras en sus arrabales, ignotos y apartados de la mirada de las gentes, tan verdaderos aquellos como estos. (Por no referirnos al hecho en absoluto infrecuente de creer "verdadero poema" algo que a la vuelta de la esquina se reveló como un fruto pasajero de la época, tal y como vemos que ocurrió con la obra de Rafael, estimada en el siglo XIX por encima de la de ningún otro pintor conocido hasta entonces). Y por eso podemos asegurar es la verdad que buscamos en nosotros la que nos irá señalando la verdad de los otros, y la de estos la nuestra. 

El Rastro, 28 de julio de 2013



26 octobre 2013

Sucesión

PARECE, y digo parece porque no es uno quien ha encontrado esta cita en la Crítica del Juicio sino quien anda ahora labrando en ella, parece, decía, que cuando JRJ tituló a una de sus revistas Sucesión y habló tantas veces del "hombre sucesivo", podría estar hablando de lo que el filósofo de Königsberg apuntó: Sucesión, referida a un precedente, que no imitación, es la expresión exacta para todo influjo que los productos de un creador ejemplar pueden tener sobre otros, lo cual vale tanto como decir: beber en la misma fuente en que aquel mismo bebió y aprender de su predecesor sólo el modo de comportarse en ello.” Quiere ello decir que cuando hablamos de tradición o tradiciones estamos refiriéndonos no a imitación de un modelo pasado, de cualquier modelo y de cualquier pasado, sino al desarrollo sólo de los maestros ejemplares.
JRJ confesó que él podía leer por sugestión, emanación, perfume o espionaje, mirando de lejos el libro, sin tocarlo. Ahora, llegar a esa cita de la Crítica del Juicio por cualquiera de esos métodos, está al alcance sólo de unos pocos virtuosos como nuestro admirable poeta.


23 octobre 2013

La durmiente no está sola

ES un libro muy breve, se lee en una hora, y sin embargo va a acompañarnos mucho tiempo. Su autora, Susana Benet, a quien debemos los haikús de más largo recorrido acaso de nuestra lengua, viene a decirnos: en el sueño todo es largo y corto a la vez, no hay medidas para tiempo y espacio.
Quien lo soñó, lo dice:

QUIETUD

Con qué fijeza el gato
mira el árbol inmóvil
tras la ventana.
¿Qué remota quietud comparten ambos?
Se adormece en el gato la madera.
Abre el árbol los ojos extasiados.

ESCALERA

Subiendo la escalera
hacia mi casa:
trocitos de papel,
colillas consumidas,
involuntarias huellas
que dejan los vecinos.

Limosnas que agradezco,
pues sé que no estoy sola.


Susana Benet, La durmiente. Editorial Pre-Textos, 2013



7 juillet 2013

El Sur (2)

2. JOSÉ Mateos. Cantos de vida y vuelta (Pre-Textos, 2013). Un libro de poemas, que como todos los poemas de un gran poeta apenas leerán un puñado de lectores contemporáneos. En él coplillas y romances de una sencillez misteriosa. De la poesía, como de las palabras esenciales, se puede decir muy poco, por lo mismo que el único que puede responder a una campana es el eco. Yo me haré eco de uno de los poemas más hermosos de este libro de alguien que ha decidido llevar en el Sur la vida y vuelta de los mejores: solitario, silencioso, verdadero:
    
   PADRE I

   Metí la mano
en la dura corteza de ese cuerpo
que yacía entre sábanas,
                                               ausente.

Llegué al fondo y palpé no sé qué entraña
viscosa, qué
pliegues que al retirarse,
dejaban el vacío como única
forma de entrega.

(Del amor que me diste nace ahora
el amor que yo doy).

Goteaba mi mano,
                                  y no de sangre.


Playa de la Luz, Rota, 18 de junio de 2013


11 mai 2013

Ruiseñor del laurel

RUISEÑOR DEL LAUREL

Se podría argüir otros mil años
en contra o a favor sobre si el mundo
está bien hecho o no, pero yo quiero
decir aquí otra cosa: por lo mismo
que en las grandes ciudades es difícil
hallar un solo justo, aquí, a unos metros,
en el viejo laurel, un ruiseñor,
poco más que una nuez, 
lanzó su canto melodioso al aire
sin el menor esfuerzo y sin temor
a que caudal tan alto le rompiera 
su pequeño pulmón.
Todo quedó encantado.
Que los golpes funéreos de la azada
no le asustaran, tuvo un no sé qué
de santo y prodigioso y de candor.
Después de unos minutos, y aunque no lo veía, 
tan escondido estaba, pregunté
sin levantar la voz
qué quería decirme.
Dejó por un momento su canción
y pudimos oír los pensamientos
como el huso sutil del tejedor.
Hablamos el silencio, nuestra lengua,
pues él no sabe azada y yo no ruiseñor,
y nos dijimos cosas 
que han de quedar entre él y yo.
Y si ahora me dijeran, en la cena, 
que han pasado diez siglos 
desde que esta mañana salió el sol,
lo daría por bueno, sin importarme mucho
si el mundo está bien hecho o no.
               
                    (Las Viñas, 10 de mayo de 2013)

Amanecer del 10 de mayo de 2013



26 février 2013

Sobre el olvido, una vez más

ME topo estos días, preparando las conferencias sobre JRJ de la Fundación Juan March, con este aforismo suyo, memorable, sobre el olvido, decantación de otro de Nietzsche, que acaso desconociera el poeta, porque la poesía está comunicada de secretas galerías entre la realidad visible e invisible: "Olvidar es vencer". Se recoge en la antología de sus aforismos publicada en La Veleta, que yo mismo preparé en 2007. Expresa lo mismo que el verso de aquel soneto suyo ("¿Cómo era, Dios mío, cómo era?"): "Memoria, ciega abeja de amargura". Lo había olvidado, y ya lo siento, porque de haberlo recordado a tiempo habría figurado al frente de ese libro, que no trata de otra cosa.


El Rastro, 24 de febrero de 2013

21 février 2013

Manos


"HACE ocho o nueve años compré en Internet un ejemplar de su primer libro de poemas: Junto al agua. Dos sorpresas al abrir el envío: una encuadernación en media piel roja, nervios, hierros dorados, papel de aguas, y una dedicatoria firmada por el autor el mismo 1980 de su publicación. Conservaba las cubiertas originales, pero no la sobrecubierta.
"Para José y Herminia con el verdadero afecto de Andrés Trapiello marzo 1980" escribió A.T, en siete líneas con tinta negra. 
"¿Quienes serían estas personas que encuadernan tan preciosa, y quizás tan costosamente, el primer libro de un autor desconocido? Me pareció la prueba evidentísima de que ese afecto del que hablaba el autor era recíproco.
Años después, en una de las entregas de Salón de pasos perdidos, habló A.T. de Herminia. Mi mala memoria, y la extensión de los "salones", me han impedido reencontrar esa referencia. Herminia, la librera de Mirto. Creo que nunca nos habló de una librería con tanto amor. 
"Me siento un eslabón en esa cadena de afectos: mi amor por la obra de A.T. me hace sentir cómodo con algo que en principio me intranquilizaba: tener entre mis manos algo que formaba parte de la intimidad de un escritor y sus amigos. 
Y me lleva a pensar en el eslabón siguiente, en la tercera, en la enésima vida de este Junto al agua".
Hasta aquí el relato que este para mí desconocido amigo, Paco Sánchez Bellón, ha publicado en la página de Facebook Spp. Me conmueve saber hoy, después de tantos años en los que ya no están con nosotros ni José Muguruza ni Herminia Allanegui, que encuadernaran aquel libro tal y como hacían con los de los mejores poetas españoles modernistas y veintisietinos, que ellos avaloraron antes que nadie. El rótulo de su librería Mirto, que dibujó José, arquitecto del Museo del Prado, es el único objeto que hay en nuestra biblioteca (junto a una foto de JRJ, hecha por Juan Guerrero, y una ramita de mirto, arrancada por nosotros del que crece al pie de la tumba de Leopardi, en Polisipo de Mergellina). 
Cuando Mirto cerró, fui muchas tardes a ver a su dueña, hasta que murió. Era la viva expresión de la alegría, de la nobleza, de la distinción natural. Yo imaginaba que Zenobia habría sido un poco así (tampoco habían tenido hijos), que así debieron de ser también las mujeres de la Institución Libre, sus amigas. Ella era un ventanal abierto al aire más puro y limpio del pasado.
El rótulo, enmarcado en una media caña, reposa sobre los libros de poemas de JRJ, a un lado, y al otro, sobre los de Paco Giner de los Ríos, cosas afortunadas del azar. 
No sé cuál fue el camino que ese Junto al agua siguió a la muerte de Herminia, pero sí que hoy está donde tenía que estar, y deseo que siga ahí muchos y buenos años, agradecido profundamente a todos ellos. Que si los libros en edición diferente dicen cosa distinta, dicen cosa mejor en las mejores manos.


20 février 2013

San Anselmo, entre Unamuno y Machado

              (Recuerdo de unas horas pasadas con F. de A., J.J y F.O.)

COMO niebla del río
se levanta del agua
un dios helado,
y la niebla acompaña
al pescador de caña.


Foto: T. Rand Collins

14 février 2013

Hasta ahí podíamos llegar

"LA carne es triste, qué le vamos a hacer, y he leído todos los libros". Ese, y no el del dichoso dinosaurio, es el cuento de terror más corto de la historia de la literatura. Y ni la carne es triste ni leeré jamás todos los libros, hasta ahí podíamos llegar. 

Las Viñas, 13 de febrero de 2013

9 février 2013

Onís

ACABA de publicarse en edición facsímil la mejor antología que se haya hecho nunca de la poesía en español del siglo XX, y no sólo porque estén en ella algunos de los mejores poetas en castellano de todos los tiempos y, cosa rara, adecuadamente jerarquizados. A su lado la más célebre de Gerardo Diego se queda en una función de parvulario. Y el hecho de que sólo abarque el primer tercio de siglo resulta más o menos anecdótico, si se nos permite afirmar algo así y sin ánimo de provocar un motín de egos. Es una antología que pueden leer, y deberían hacerlo, incluso aquellos que no suelen leer poesía. Infrecuente y cara la primera edición, agotada una reedición de los años sesenta, esta, de la editorial Renacimiento, es una invitación tentadora que no debería inatenderse.  De ella ha hablado JLGMartín de manera tan justa y atinada que hace ocioso el extenderse más aquí. El prólogo de Alfonso García Morales es, en efecto, excelente.


13 janvier 2013

Lígrimos, lánguidos, íntimos

A la carta anterior de nuestro amigo, siguió esta: "Nuestros nombres son de verdad muy sonoros y evocadores. Y tienes razón en que debería llamarse La laguna Oculta. (...) Volviendo a los nombres: resulta que toda la vereda (región, parte rural de un municipio) se llama La Oculta, porque así era el nombre de la hacienda más importante del sitio (fue propiedad de Don Abad, mi tatarabuelo), pero podría cambiarse por La Laguna Oculta, en una novela, y sonaría más literario, es cierto. La Oculta queda en el corregimiento de Palermo, municipio de Támesis, que antes formaba parte del municipio de Jericó, que es la tierra de mis antepasados, y cuya foto también te quiero mandar. Es más, la foto adjunta de Jericó es un regalo para Miriam: la tomé desde el Morro de Las Nubes, como poéticamente se llama el morro que domina el pequeño pueblo montañoso, donde se cultiva sobre todo café. Sobre todo esto yo escribí un poema, muy imperfecto, pero como está lleno de nombres, tal vez te pueda gustar y por eso te lo copio. Es este:

El Nuevo Mundo

Leía libros de países lejanos
como quien tiene ganas
de inventarse otra vida:
Islas del Báltico, bahías del Atlántico,
montañas en el límite del Tíbet y la India,
planicies extenuadas por el viento
helado en Patagonia.
Nunca una finca en Jardín
o una granja en La Ceja,
nunca una casa en Cali o en Pereira.
Valles en el Tirol,
los bosques otoñales de Vermont,
el Lago d’Orta, el Lago de Costanza,
rías gallegas, radas de Mallorca…
No el páramo de Urrao o el río Arma,
no las cavernas del Nus
ni las llanuras de Mapiripán.
Pero una tarde a orillas del Cartama,
afluente del Cauca, cerca de La Pintada,
sin libros en la mano
ni recuerdos de viajes,
mecido en una hamaca y a la sombra
de los cedros sembrados por su padre,
pensó que sus abuelos
o sus tatarabuelos
habían llegado aquí con ese mismo sueño
de encontrar otra vida.
Bautizaron potreros y baldíos
con nombres fabulosos,
soñando con ciudades ilusorias:
Antioquia, Jericó, Salento, Armenia,
Támesis, Salamina, Titiribí, Urabá,
Amalfi, Tarso, Pácora, Angostura,
Mesopotamia y Entrerríos
(sin ser la misma cosa),
para creer de nuevo en otro mundo
quizá no para ellos,
pero al menos
para nosotros,
los tataranietos.
Y el sudor de las sienes
fue tanto
que les salieron canas y calvicies,
y tanto el sol ardiente
del trópico inclemente,
que la piel
se volvió arrugas y pellejo seco,
manchas, pecas, lunares,
y el trabajo fue tanto
que todo fueron callos en las manos,
lumbago y reumatismo.
Y fue entonces que vio
con claridad,
mecido en esa hamaca deleitosa,
la brisa tibia acariciando el sueño de la siesta,
que la nueva vida
está en lo que se añora, sí,
y en la ilusión de un nuevo paraíso,
por supuesto,
pero que en cualquier tierra todo se construye
solamente
moviendo los terrones y picando las piedras,
tumbando selvas y sembrando bosques,
pegando adobes y plantando espigas,
desviando ríos y allanando montes,
trayendo agua y abriendo carreteras,
criando animales y cosechando frutos,
con el sencillo sudor de la frente.
                               Héctor Abad

Y esto nos lleva al "Durium Duero-Douro", el poema de Unamuno de su Cancionero en el que figura uno de los versos más hermosos de la lengua española ("lígrimos, lánguidos, íntimos", con un lígrimos que Ferlosio, según le contó a uno él mismo, oyó cierto día en boca de un labrador de Salamanca como palabra de lo más corriente y sobre la que él mismo, Ferlosio, después de llamarle a don Miguel pedantesco y refitolero a San Juan, escribió estos pecios):

Arlanzón, Carrión, Pisuerga, – Torres, Águeda, mi Duero.
Lígrimos, lánguidos, íntimos, – espejando claros cielos
abrevando pardos campos, – susurrando romanceros.
Valladolid, le flanqueas. – de nieblas le das tus besos...
                                                                                                     Etc.

Por suerte existe un registro de voz del propio don Miguel, a quien tanto gustaban los nombres por su sonoridad y rareza (aquellos Teotista, Liliosa, Felícula, Olviescencia y Prepedigna o el de los hermanos Potenciano, Crescenciano, Fidenciano y Marciano que Paco Vighi recogió en Palencia para él) aquí tenemos, decía, a don Miguel recitando este poema, ningún regalo mejor para esta mañana de domingo.

Cauca desde Jericó. Foto de Héctor Abad

15 novembre 2012

De Unamuno

LEÍA estos días el magnífico epistolario del destierro de Unamuno, preparado por el matrimonio Rabaté y publicado por la Universidad de Salamanca, y allí encontramos un bellísimo poema en una carta que le dirige a Bergamín desde Hendaya en 1926. El poema es una premonición de su muerte, cosa que no tiene nada de especial, porque Unamuno pasó su vida premonizándola en las más diversas circunstancias y momentos. La particularidad de este poema es que se ajusta bastante a lo que sucedió en realidad el día 31 de diciembre de 1936, aquel ataque de su cansado corazón en una mesa con brasero, y que es bellísimo, como digo.
Cuando lo busqué en cierta antología que hice de la poesía de Unamuno, dando por hecho que estaría, no lo hallé, como tampoco ninguno otro del Romancero del destierro, el libro al que pertenece y que se cita profusamente en mi prólogo. Qué ocurrió, por qué no está entre los elegidos ni otros de aquel libro, que siempre me gustó muchísimo, es un misterio. Nada recuerdo, porque de esa antología hace más de veinticinco años. Ha llegado, pues, el momento de reeditarla, ampliándola con ese y algún otro poema encontrado o redescubierto.
Aquí va el de esa carta y aun deberían ir otros del mismo libro, que con tal motivo he vuelto a leer, como si fuese nuevo. Y nuevo es.

Se acerca ya tu hora, mi corazón casero;
invierno de tu vida al amor del brasero
    sentado sentirás,
y tierno derretirse el recuerdo rendido
embalsamando al alma con alma de olvido,
    de siempre y de jamás.
Y pasará tu vida, mi alma, mi vida,
sombra de nubecilla en la mar adormida
    de la loca razón;
al fin despertarás por debajo del sueño
sin llegar a gustar la carne de tu empeño
    cansado corazón!

Y concluir diciendo que en el paradójico Unamuno morir sentado en una mesa camilla con brasero fue, en aquella Salamanca copada por falangistas y legionarios, lo más parecido a morir en los medios, de pie, como los toros bravos, aunque no sabemos si a don Miguel, tan antitaurino, le gustaría esta imagen.


Menorca, 2 de junio de 2012. Foto: Rafael Trapiello





25 octobre 2012

El amor a las gallinas

"ALENTAR a los jóvenes; exijir, castigar a los maduros; tolerar a los viejos", escribió JRJ. También: "Nada me interesa de lo que piensen –bien o mal– de mí los más viejos que yo" o "Temed que los viejos alaben vuestra obra. Es el comienzo de vuestra decadencia" o "Hay que aprender de los jóvenes, no de los viejos, porque lo que se aprende no es la esperiencia sino la novedad".
Los poetas viejos hablan a menudo con un báculo en la mano, esperando dividir en dos el mar Rojo, como aquel artista que deseaba poder sanar a los enfermos aplicándoles sus pinturas abstractas sobre sus llagas y lacerías.
"No hay en mí ni memoria ni olvido; única y simplemente lucidez", leemos en el primer poema de esa Canción errónea recién publicada, hasta dar en uno de los últimos con este otro verso, no menos desconcertante en un hombre octogenario: "¡Cuánto amo a las gallinas sin esperanza!". Y sentimos un gran desconcierto no tanto porque alguien pueda amar de una manera tan impetuosa a las gallinas, o por no saber exactamente si las ama desesperadamente ni si las que zozobran en la desesperación son las gallinas, sino porque nos preguntamos cómo será amarlas, además, con lucidez.
Sí, hemos de ser comprensivos con los viejos poetas, sobre todo porque ninguno de nosotros sabe si en la vejez nos estarán esperando unos versos parecidos o peor aún, las gallinas, habiéndolas despreciado tanto en nuestra juventud en aquel gallinero leonés de La Palomera.

El Rastro, Campillo del Mundo Nuevo, 26 de febrero de 2012


20 octobre 2012

Animal visible

DE pronto, en ese libro de poemas que vas leyendo sin prestarle mucha atención, esta pequeña cita de Lezama Lima nos redime de la debilidad morbosa de haber querido curiosear en ellos. Frente a todo lo demás, suena como la esquila mínima de un convento llamando a la oración. 
Lezama, ciertamente no siempre resulta inteligible, pero sí un hombre modesto, quiero decir, que su barroquismo en él fue natural, nunca impostado, sabiendo que la naturalidad y sencillez del barroco es ser barroco, por lo mismo que el misterio habla lenguas desconocidas:

                            "La luz es el primer animal visible de lo invisible".

Agua, Las Viñas, verano 2012

19 octobre 2012

Para Eugenio Montejo


ACABA de aparecer un librito que recuerda a Eugenio Montejo en la editorial Pre-Textos, al que pertenecen, entre otras colaboraciones de otros amigos y admiradores del poeta venezolano, estas líneas que siguen:

Voy en tren. Me acompañan sus libros de poemas. El viaje será largo. Los he traído conmigo. Son libros delgados, de poemas. El vagón por una vez va medio vacío y no hay ruidos molestos. Los pocos viajeros que han subido siguen atentos, con los auriculares puestos, la película que les ha puesto la Compañía. Todos ellos tienen la cabeza levantada y miran a lo alto, risueños. Al no saber qué provoca en ellos esa felicidad, al no oír sino el traqueteo de las vías, podríamos pensar que están teniendo una visión seráfica. El tren y yo no parecemos tener ninguna prisa, él aminora a menudo su marcha, y yo no me apresuro en la lectura. El sol de esta tarde de enero ocupa toda la meseta, como un tapiz, y forra de paso estos libros donde leo sus versos. Uno de estos libros lleva, veo ahora, una dedicatoria del poeta amigo. Lo había olvidado. Pienso: ese amigo ya no está, ha muerto, pero esa es su letra, su letra está viva, como el primer día. Y sin embargo no sé dónde fue ese día, mi memoria ha muerto también. Llegó, seguro, en alguno de aquellos encuentros que propiciaba su editor, Manolo Borrás, como llegó el primer libro que conocí de él de la mano de su otro editor español, Abelardo Linares. Trato de resucitar mi memoria, poner rostro a esta letra, a estos libros, sin conseguirlo. Sí, recuerdo, en cambio, su manera de estar, que sonreía, que escuchaba, que hablaba para adentro, que estaba más tiempo en silencio que conversando, que sólo hablaba si se le preguntaba, y que luego volvía a guardar silencio, como yéndose siempre. Recuerdo que pensaba, las veces que estuve con él: “No está aquí, ya ha partido”. No me molestaba en absoluto, porque de ese modo, ahora lo sé, me estaba diciendo cómo tendría que estar con él cuando ya hubiese muerto. Él mismo parecía ir acompañado siempre de dos o tres muertes, muertes suyas, alguna de las cuales ni siquiera le había nacido todavía. En los poemas trata a esas muertes con una gran corrección, a ellas también les conversaba como me conversaba a mí, para adentro, más con silencios. Los poemas nos hablan de las cosas que ve, de los países por los que anda. Estuvo en muchos, cierto, pero uno no tenía claro qué hacía en ellos, yendo y viniendo. No creo que fuese un gran diplomático, como tampoco debió de serlo Rubén Darío. Qué ironía: Platón habló de expulsar de la República a los poetas, no que los hicieran diplomáticos. Nuestro amigo, digo, iba y venía, como si alguien allá en su país, le hubiese dicho: vete por el mundo, a ver qué encuentras. La película del tren se ha terminado hace un rato, y los pocos que viajan conmigo, han caído profundamente dormidos. Sólo yo estoy despierto. Decía que en sus poemas no se asombra de nada, pero cuando habla, habla en él el lenguaje del asombro. Eso es una paradoja, sin embargo, porque ¿de qué puede asombrarse la muerte? Cuenta que tuvo muchas vidas en muchas ciudades diferentes. En cada una de esas ciudades cambiaba de muerte. Les habla a ellas como te puedo estar hablando a ti, como él me hablaba a mí. Hace ya mucho tiempo que el sol se llevó de la meseta su tapiz, lo dobló y se fue. Hace ya mucho tiempo que es de noche, y debemos estar llegando a alguna parte, porque estoy solo en el vagón. Me gusta que en sus poemas todo sea a un tiempo claro y misterioso. Hay en todos ellos una gran imaginación, lo que quedó del Paraíso. Con cada cosa con la que habla, de la que habla, no parece sino seguir una conversación que viene de muy lejos, de muy atrás, del Paraíso, incluidas esas muertes que no han nacido todavía. Le pasa lo mismo con las estrellas, “algunas no han nacido todavía, y son visibles”, dice. Y con las mujeres a las que amó le sucede algo parecido, las acaricia, con cuánto amor le dice “aferrarse al amor contra la muerte”. Creo que dice eso de la muerte porque no quiere ser tampoco descortés con ellas.
Uno de los poemas que prefiero de los suyos se lo dedicó a Antonio Machado. Lo imagina leyendo en una plaza con árboles, “sentado a solas” y dice que “aunque ya no lo vemos en la plaza / alguno de estos árboles es él”.
Yo sé también que alguno de los viajeros que venían conmigo en este tren eran también él. No porque hayan muerto ya, porque se hayan bajado en alguna de las estaciones en las que este tren no se detuvo. Ni tampoco me extrañaría lo más mínimo que una de esas muertes que llevaba consigo fuese yo mismo. Lo dijo también él: “Me valgo de mil voces, pero pocas son mías”. Una de esas voces te está, me está diciendo que llegará un día en que las letras de este escrito alguien las va a encontrar como el primer día, un primer día que ni siquiera podría recordar de dónde vino.





18 octobre 2012

Inclinándome

LLEGARON al mismo tiempo su último libro, Inclinándome (Editorial Pre-Textos), y la noticia de su muerte. La lectura de sus poemas se solapó con el final del libro de su vida, y asistimos a ese misterio que se ahondó un poco más para nosotros, cuando él acababa de desvelarlo dejando atrás todo su infortunio: “qué solos se quedan los vivos / cuando empiezan a marcharse de la casa los muertos”. 
Que la tierra te hable como hermana, José Luis Parra.

ABSOLUCIÓN

Salí del cuarto encerrado

del sopor
y la vergüenza

y la brisa
que atravesaba el pasillo
de levante a poniente

y hacía de la casa una invitación al vuelo
una playa estimulante

me traspasó
como una gracia indecible

como el aire de una almena

Podía vivir de nuevo
  
      (De Inclinándome)


Valencia. Amanecer del 16 de octubre de 2012

14 octobre 2012

La llama

PENSANDO en los personajes de esta novela, o leyendo la Divina Comedia, que se los recordó (no lo dice en su carta), reparó nuestro amigo en este verso del Infierno ( XXVI,48):

                   Ciascun si fascia di quel ch'elli è inceso
                  (Cada cual se reviste de la llama en que arde)


Los mejores elogios (si este lo es, lo es de una manera tan silenciosa que no ofende, pese a su elevadísima procedencia) son aquellos que nos recuerdan no lo que hicimos, sino la larga tarea que tenemos por delante para merecerlos.


Las Viñas, 7 de agosto de 2012

11 octobre 2012

Una novia rica

QUE la cultura popular es hoy más del pasado que nunca, no tiene vuelta de hoja. Se va hacia otra cosa, no sabemos si mejor o peor, distinta en todo caso. ¿Es sólo que nos vamos haciendo viejos? La sensación de que se van apagando las luces que iluminaban nuestra infancia, ¿es real o fruto únicamente de nuestra imaginación, de nuestro temor? 
La lista de lo que ya no volverá podría ser larguísima. Saber que hasta 1959, por ejemplo, el año de aquel Plan de Estabilización que cerró para siempre en España la España cervantina, habían llegado a nosotros tradiciones, paisajes, modos, usos, trajes, palabras, gustos, platos que eran exactamente iguales a los que se podían haber conocido en 1585. Produce vértigo sólo el pensarlo. Nuestro hijos a veces nos oyen arrobados hablar de nuestros años infantiles como si fuésemos viajeros que hemos regresado de un pasado remoto, como Telémaco, relatando de él fábulas mitológicas.
He aquí esta coplilla. Se la hemos oído este verano a un anciano, conscientes de que morirá con él. Es bellísima, por lo que tiene de ingenua y al tiempo de moderna y maliciosa, casi surrealista. Pero cuando él se apague, la coplilla se borrará y la memoria se quedará en blanco, y las palabras se irán a otra parte, como las golondrinas, pero sin vuelta.


         Anda diciendo tu madre
         que quiere una novia rica.
         Dile que compre un papel
         y pinte una señorita.




6 septembre 2012

Caribes ultraístas

ANTES del verano se presentó en Madrid el libro del que se habla a continuación, acto en el que leyó uno estas cuartillas, publicadas también esta semana en la revista Mercurio:

Hace veinte años Juan Manuel Bonet escribió el libro sobre la vanguardia española. A pesar de haberlo titulado Diccionario de las vanguardias en España, muchas de sus entradas pueden leerse en clave de novela, tan inverosímiles llegan a ser nuestras vidas cuando se destilan sin recurrir a las figuraciones: la realidad imita al arte. Y aunque pueda parecer una paradoja, a pocos libros de esa naturaleza les hemos encontrado tan literarios, sin duda porque toda la vanguardia, todas las vanguardias, empiezan a tener ya con el tiempo el halo de las leyendas y las utopías irrealizables o fracasadas.

Veinte años después Bonet nos hace entrega de Las cosas se han roto, que no dudamos en calificar nuevamente como la antología de la poesía ultraísta. Y no tanto porque no hubiese nada parecido en la bibliografía española, que también, como por que resulta difícil imaginar que pueda superarse o haber alguien tan avezado en ese proceloso territorio de las vanguardias como lo es él, impulsado en esta ocasión por la Fundación Lara, que lo edita, y la labor ejemplar de su editor, en el sentido inglés del término, Ignacio F. Garmendia.
Y si aquel Diccionario cumplía y cumple un papel teórico y ensayístico, dentro de los estrictos márgenes de la historia del arte, esta antología vendría a ser la mejor manera de explicarnos en qué consistió una de esas vanguardias españolas, el ultraísmo, acaso la más genuina y aborigen de todas, a la que había dedicado, siendo él director del Ivam, la exposición que normalizó un movimiento al que hasta entonces sólo solía encontrársele fuera de los márgenes de las historias oficiales del arte.
Hace años, y a propósito de Pombo, la tertulia de Ramón Gómez de la Serna por la que desfilaron la mayor parte de los ultraístas españoles, dijo uno que aquellos hombres habían tenido la infinita suerte de vivir la única época de la Historia en la que perder el tiempo podía considerarse una obra de arte. De hecho quien asistía a las veladas pombianas ya estaba haciendo, si no arte, sí historia, con minúscula, si se quiere, pero historia. A poco más que hicieran, unos versos por ejemplo, en los que aparecieran un aeroplano, el humero de una fábrica de luz o una marioneta de hojalata (y no digamos si se trataba de un caligrama), tenían garantizado ese Parnaso castizo que fue la botillería de la calle Carretas o el café Colonial. Pero la Historia con mayúscula suele ser cruel con la historia sin ella, y la mayor parte de aquellos escritores desaparecieron indiscriminadamente como los habitantes de Pompeya, primero por un terremoto llamado generación del 27, y al poco tiempo, provocado en parte por ello, bajo la lava del volcán a que ese terremoto de jóvenes dio lugar: la guerra civil.
La labor de Bonet ha sido en estos treinta y cinco años últimos la de un arqueólogo, primero sacando a la luz todos los restos de aquel portentoso buque que fue el ultraísmo y, después, tras el naufragio, seleccionando entre los pasajeros y pecios, lo más valioso, que sin duda lo hubo.
Y esto es lo que vamos a encontrar en esta antología.
En primer lugar, desarrolladas y ampliadas, las biografías y peripecias de todos los que formaban el pasaje ultraísta. Lo hace Bonet en forma de mapa. En esa ciencia cartográfica no tiene igual: la exactitud de sus escandallos no estorban en absoluto lo pintoresco y espectacular de muchos de sus rincones y panorámicas. Quiero decir, que aquí encontraremos la nómina más o menos completa de los ulraístas, cierto, pero también verdadera poesía. Él la ha ido leyendo para nosotros, y en ella nosotros la elegiremos a nuestro gusto.
En la nómina nos encontraremos nombres fulgurantes de la literatura como Borges, Huidobro o Valle Inclán y desconocidos, poetas que dieron lo mejor de sí mismos como ultraístas y después se desvanecieron; gentes que llevaron al ultraísmo un lirismo singular, casi simbolista, y quienes lo sujetaron con las amarras de la modernidad: Espina, Gutiérrez Gili, Paco Vighi, Lapi, Guillermo de Torre, Larrea, Garfias, Montes, Rivas Panedas (de los pocos ruralistas), Gerardo Diego, Marqueríe, Lasso de la Vega, González Ruano, Buendía, el propio Cansinos y tantos otros, hasta la sesentena que completa la antología.
Pero antes de seguir, hemos de preguntarnos, qué entendemos por poesía ultraísta.
Si el modernismo de Rubén había retorcido el cuello al cisne parnasiano, los ultraístas se lo cortaron e hicieron con los despojos, plumas y todo, combustible para el motor de explosión. Quiero decir que sacaron petróleo poético donde antes no era más que un desierto. Fortún o  González Blanco, aquí, o López Velarde en América, habían descubierto el prosaísmo sentimental en una poesía que aún estaba cerca de la naturaleza, aunque fuese en forma de ciudad provinciana: una mosca, un jardín, una ventana. Los ultraístas fueron un poco más lejos: les interesa principalmente la ciudad moderna, y aún más la suburbana: hélices, automóviles, rascacielos, tiovivos, tranvías, toureiffeles o cabarets vistos, se diría, como juguetes en manos de un niño. Y como los niños: esta poesía mira más hacia fuera que hacia sí misma. Si la poesía modernista tendía a la lágrima, la ultraísta, bastante atonal y a menudo con síncopas y jeroglíficos, ríe. Y lo hace despreocupadamente y en imágenes fulgurantes que suelen llevar el cuño del ramonismo: ya habían muerto muchos en la guerra del 14. El ultraísmo y las vanguardias sólo pudieron desarrollarse plenamente con el armisticio y los felices veinte. Las vanguardias significaron el triunfo del humor y de la tipografía, las palabras en libertad.
Y para ello, tras enterrar las que estaban muertas, necesitaban palabras nuevas y, sobre todo, ojos nuevos. La poesía ultraísta nos enseña a ver con ojos nuevos las palabras de siempre y las palabras nuevas nos enseñan a mirar. La poesía ultraísta es, como habría dicho Francisco Pino, un “aprender a mirar”. Y eso es esta magnífica antología, la carta de navegación más completa de la poesía ultraísta, sí, pero también, junto a puertos devorados por la época y el salitre vanguardista, una serie de caribes poéticos no por exóticos menos paradisíacos.

JMBonet en una librería de viejo de Cracovia, fotografiado por Monika Poliwka