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15 mars 2020

El Rastro y el virus

ESTAS son unas cuantas consideraciones de urgencia, como todo lo que nos está sucediendo estos días.
Lo del Rastro es bastante raro, porque aunque aquello, en la mañana de los domingos, es una extensa necrópolis, la gente está siempre del mejor humor, los que venden y los que compran. Un ejemplo: la mayor parte de las cosas que llegan allí proceden de muertos más o menos recientes, de los que nadie sabe en qué condiciones higiénicas vivían y murieron, pero eso no les impide a los rastreros ir al bar de al lado y, sin pasar las manos por el agua, tomarse unos churros antes de proseguir con el trasiego de las piltrafas. 
Es cierto que al Rastro se va ver, pero se acaba toncando. No se sabe cómo, pero las cosas en el Rastro parece que si no se tocan, no son del todo fiables, y como la gente cree que el Rastro es el reino del engaño y del timo, todos acabamos manoseando los objetos (libros, cacharros, ropas), y mirándolos por todas partes, igual que los merchanes los dientes a las caballerías.
Se desconoce en qué momento del siglo XVII o XVIII se empezaron a vender cosas viejas en el Rastro, pero ya podemos decir que el 15 de marzo de 2020 será el primer domingo en su historia que dejará de hacerlo. Ni durante la guerra civil había sucedido una cosa así. En los tres años de guerra el barrio sufrió algunos bombardeos, y el mercadeo languideció pero no se interrumpió. La feria de entonces y la de ahora no se parecen. El Rastro de entonces era diario, y el de ahora es sólo los domingos. Hace ochenta años se vendían allí trastos viejos, chatarra y trapos, pero también pajaritos (vivos y fritos), caracoles, mascotas y un gran número de comestibles a cargo de verduleras, tenderas y mondongueras. Algunas de estas últimas preparaban al aire libre, en unos anafes, las famosas gallinejas, tripas de cordero fritas en la grasa del animal. La venta ambulante de bocadillos, bebidas y comestibles, y el tráfico de animales se prohibieron por razones de higiene hace treinta o cuarenta años ya, y todo lo que ha quedado ahora es un género seco. 
De no haberlo prohibido las autoridades, este domingo hubiera habido Rastro. No les quepa duda. No habla uno, claro, en nombre de todos los que lo frecuentamos, pero estoy convencido de que sin esta acertada suspensión, el domingo se habría llenado aquello como cualquier otro domingo, porque la mayor parte de los rastreros netos han llegado a creer, a fuerza de rozarse con los muertos, sus despojos y los virus, que están inmunizados. ¿De dónde procede esa susperstición? Yo no lo sé. Quizá de su falta de fe en casi todo y de su relativismo. A fuerza de fatalidades han acabado además filósofos: saben que la suspensión les beneficia: el género que venden va a criar un poco más de pátina, de solera, buenas para su negocio.
El domingo por la mañana el Rastro estará como cualquier otro día de la semana, vacío, espectral, espectral. Calles en pendiente solitarias, plazas desiertas, viejas almonedas cerradas. Es un barrio que sólo tiene vida esas pocas horas del domingo. En el Campillo del Mundo Nuevo campeará el humero de la antigua fábrica del Gas y en los arbolejos de la Ribera de Curtidores apuntarán los primeros botones de la primavera. Incluso cerrado, el Rastro seguirá abierto a su manera.

  [Publicado en El País el 15 de marzo de 2020]

9 décembre 2015

Díptico rastrero (El Rastro en la FMarch)

HOY, jueves10 (y El Mundo, también hoy, publica esta entrevista), da uno una conferencia en la FMarch de Madrid, a las 19:30, creo, y el día 15, martes, otra, a la misma hora. Un díptico rastrero. La primera, "El Rastro. Conocimiento y deseo", se anuncia con estas palabras: 
"Walter Benjamin definió como las rebabas de la Historia, hechos y deshechos, objetos, obras, papeles que quedaron a trasmano, rotos o abandonados, y que acaso por ello, por haberse mantenido a salvo de la sobreexposición, muestran más claramente que otros la verdadera naturaleza de lo sucedido. Si como decía Benjamin la cultura está constituida por documentos de barbarie, no hay nada, por pequeño que parezca, que no sea la prueba de un crimen.
En tales residuos, que pasan en el Rastro de la consideración de basura a la de tesoro en transiciones veloces, reside acaso como en ningún otro documento el conocimiento del pasado y el deseo de la reconstrucción utópica de ese pasado, no desde luego en tanto que barbarie, sino en tanto que paraíso"
La segunda, la del 15, "El Rastro en sesenta imágenes", se anuncia así: 
"Asiduo visitante del Rastro madrileño desde hace cuarenta años, Andrés Trapiello ha hecho a lo largo de los últimos quince más de dos mil quinientas fotografías de las que ha seleccionado sesenta, destinadas a un libro futuro y representativas cada una de ellas de lo que en el Rastro comparece cada domingo. Ellas le permitirán a lo largo de sesenta minutos un recorrido por la genealogía del Rastro de Madrid (su historia y los diferentes autores que se han ocupado de él, así como un breve repaso por otros rastros célebres y los autores que han hablado de ellos) y su morfología: el deseo, el caos, la sorpresa, la memoria, la muerte, la melancolía, la muerte, el engaño y la mentira, la verdad, el rescate o resurrección, el final, lo originario, la insistencia, etc.".


Foto: AT.

15 février 2015

Retrato de familia

La caza empezó en tiempos inmemoriales siendo privilegio de reyes, señores y caballeros. Lo que separaba a los ricos de los pobres, a los poderosos de los humildes. Símbolo de poder. Cervantes hace que Don Quijote conozca a los personajes más antipáticos de su libro, los duques, estando estos cazando con halcones. Las armas de fuego introdujeron en la guerra, en opinión de Cervantes, y en la caza, algo que envilecía. Las circunstancias y sus protagonistas, Franco y su corte, convirtieron esta cacería en un ejercicio de villanos, con su toque.
Hay infinitas maneras de contar una historia, pero para esta sólo se le ocurren a uno dos y media: empezando por el principio, empezando por el final y, la media, empezando por la mitad.
La primera arranca una fría mañana de octubre de 1959, y la otra, una fría mañana en el Rastro madrileño, de hace unas semanas; la media, de hace cuatro o cinco años, empezaría con una portada del periódico El Mundo.
Seguramente lo más natural en este caso sea la de empezar por el final.
Va uno al Rastro buscando aquello que Walter Benjamin definió como las rebabas de la Historia, hechos y deshechos, objetos, obras, papeles que quedaron a trasmano, rotos o abandonados, y que acaso por ello, por haberse mantenido a salvo de la sobreexposición, muestran más claramente que otros la verdadera naturaleza de lo sucedido. Si como decía Benjamin la cultura está constituida por documentos de barbarie, no hay nada, por pequeño que parezca, que no sea la prueba de un crimen.
Estas fotos aparecieron en noviembre pasado en un montón, entre otras cien o doscientas de escaso interés, procedente cada una quién sabe de dónde. En todo caso, salvadas de casualidad.
En el Rastro todo es azaroso y se dirime en segundos. La gente ve algo, y sabe, sobre todo a primera hora, cuando aquello está lleno de anticuarios, coleccionistas, ganguistas, friquis, revendedores, que ha de decidir muy rápido. Son verdaderos instantes decisivos, en los que quien vende y quien compra, vende y compra a menudo a ciegas, por instinto, sin conocer el valor exacto de las cosas. Es falso que los que venden en el Rastro sepan latín, pero también es falso que lo sepan quienes compran. El instinto, no obstante, tiene su lengua propia y habla por impulsos y en voz baja. Es lo que se conoce como “corazonada”. Una corazonada le dijo a uno que aquellas fotos eran “algo”.
Al llegar a casa, internet hizo su trabajo: “Cacerías. Franco”. Una de las primeras entradas llevaba a “El día que Franco mató 4601 perdices”, un artículo que firmó Jaime Peñafiel en 2010. Apoyaba a cinco columnas en la portada de El Mundo la gran exclusiva: una foto “inédita” en la que se ve a Franco orondo y rodeado de perdices y del tamaño él mismo de una perdiz. Tiempo después Periodista Digital echaba por tierra la exclusiva: la foto se había publicado doce años antes en el libro, ya agotado, que la Diputación de Ciudad Real había dedicado a su autor, el fotógrafo Eduardo Matos.
Matos,1904-1995. Le retrató el gran Bagaría, perdió un ojo antes de la guerra, lo que no le impidió ser fotógrafo, y de haberse quedado en Barcelona el 18 de julio de 1936, hubiera perdido la vida: a su padre lo asesinaron un día después. Buscó una ciudad donde no le conociera nadie. No están claras las razones de su elección, Ciudad Real, ni cómo él, un hombre conservador y muy religioso, logró sobrevivir allí durante la guerra y sortear después las depuraciones. Pero lo cierto es que ya en la posguerra acabó haciéndose una reputación y contó con el respeto de las fuerzas vivas.
Los autores del libro, José González Ortiz y José López de la Franca, cuentan la historia de las cuatro fotos que reproducen en él, entre las que no están muchas de las del Rastro. Tampoco la más importante, que se publica ahora: “18 de octubre de 1959. Una mañana temprano, Matos recibió la llamada de teléfono del Gobernador Civil Utrera Molina: «Señor Matos, dentro de una hora y media pasará a recogerlo un coche oficial del Parque Móvil y le llevará a un lugar para que usted haga unas fotos de su Excelencia el Jefe del Estado. Vaya preparado y guarde discreción absoluta». Una hora y media más tarde, un vehículo lo recoge de su casa y lo conduce hasta el término municipal de Santa Cruz de Mudela, en la Encomienda de Mudela (Ciudad Real), donde Franco estaba llevando a cabo una de la mayores cacerías de su vida y deseaba tener recuerdo gráfico de las 4.608 perdices (al parecer todo un récord) que habían abatido. Matos fue ayudado a subir a una escalera desde donde dominar toda la escena, el Caudillo al verlo bromeó con él, diciendo: «¡Como se caiga el fotógrafo y se mate, lo tendremos que poner entre las perdices!». Matos, que declinó la posibilidad de saludar a Franco, regresó a Ciudad Real en el coche del Gobernador, acompañado de dos policías y dos motoristas. En el laboratorio de su casa positivó el trabajo en presencia de los citados policías; de los positivos que le requisaron, hizo dos copias, una para la Casa Civil de Franco y otra para él, siendo advertido que sus fotografías no podían salir del país ni publicarse en ningún medio. Aquellos negativos fueron posteriormente recuperados por Matos en 1983, en el Ministerio del Interior, donde se conservaban”.
La versión que cuenta Peñafiel es sustancialmente la misma (aunque sin el comentario de Franco y añadiendo que Matos recuperó las fotos a través de Tierno Galván, en 1986, y alguna consideración sobre la patología venatoria de Franco), con la lista de los que se hallaron presentes en aquella cacería. Cita al teniente general Francisco Franco Salgado Araujo, jefe de su Casa Militar: “La parte más débil de Franco resultó ser su desmedida afición a la caza. Se le adulaba por esto y se le facilitaba satisfacer su afición”. La escopeta nacional de Berlanga da cuenta del rito: tráfico de influencias, informaciones privilegiadas, negocios, negociazos y chanchullos... Los santos inocentes de Delibes, lo hace del fondo miserable del señorito cazador. Y la lista de Santa Cruz de Mudela: José Utrera Molina, Aurelio Segovia Mora-Figueroa, José Ramón Mora Figueroa, José María Sanchiz Sancho, Fernando Final marqués de las Almenas, Dolores Sáinz Aguirre, Sra. de Aznar, Cristóbal Martínez Bordiú y Carmen Franco, marqueses de Villaverde, Carmen Polo, Franco, Mateo Sánchez, Conde de Caralt, Fernando Terry, Cirino Cánovas, ministro de Agricultura, y Sra. de Cánovas, Conde de Teba, Fernando Fuertes de Villavicencio y Vicente Gil, médico de Franco.
En esta lista aparecen diecinueve y en la foto figuran veintiocho. Se imponía, pues, una visita a Jaime Peñafiel.
Jaime Peñafiel (1932), redactor jefe de Hola de 1966 a 1988. Es un hombre avezado en el periodismo visceral. Fue él quien compró y publicó, a moro muerto, las fotos de la agonía de Franco, repulsivas incluso para quienes esperábamos entonces, y cuánto, el final de un hombre cuyas últimas palabras (a su médico: “no me deje”, menos heroicas que las apócrifas que circularon sus secuaces: “qué duro es morir”) fueron tanto una súplica como una orden.
Una vieja doncella pulcramente uniformada le deja a uno solo cinco o seis minutos en un grandísimo salón, con tiempo para mirar cuadros, vistas, muebles. El recuerdo de la frase “no es casa, que es mansión”, me hace sonreír. Aparece su dueño. Viene con su amabilidad en la sonrisa, acaso un poco reticente. A nadie le resulta agradable que le recuerden una “brutta figura”.  Mira Peñafiel las fotos. “¿Las había visto antes?”. “No, nunca; sólo la que yo publiqué”. “¿Le vendieron sólo esa?”. “Sólo esa, sí”. “¿Quién se la pasó?”. “Un sinvergüenza; no, no te puedo decir su nombre”. “¿La pagó cara?”. “Ya no recuerdo”. “¿Cuánto de cara?”. “Muy cara”. “¿Cuánto?”. “No te lo puedo decir”. “¿Cómo supo el nombre de los que acudieron a esa cacería, si no tenía la foto donde salen todos? ¿Se los sopló el que se la vendió?” “Tengo mis fuentes, pero no te las voy a decir”. Vuelve uno a leer el artículo de Peñafiel: “Este documento excepcional ve por primera vez la luz gracias al historiador José López de la Franca, gran amigo del que fue ilustre fotógrafo y que lo conserva en sus archivos de Ciudad Real”. ¿Serán el “miserable” y de la Franca la misma persona? ¿Cómo de la Franca no le advirtió a Peñafiel que la foto no era inédita? ¿Se pusieron de acuerdo para vendérsela a El Mundo, si es que se la vendieron? Al final uno se decide siempre por las preguntas fáciles: “¿Me ayudaría a identificarlos?”. De los veintiocho reconoce a ocho; él no estaba en aquella, que tuvo lugar el 16, 17 y 18 de octubre de 1959, pero sí en otras muchas cacerías. “A menudo solos yo, con mi máquina de fotos, y Franco, con su secretario. Juntos en el ojeo. Cinco o seis horas. Apenas hablaba. Frases sueltas. Se hacía eterno. En temporada de caza, Franco podía llegar a cazar veinte días al mes.” Duraban dos, tres, cuatro días. Tras la caza, cenas de etiqueta en el cortijo, veladas, sobremesas, cartas. “Fui durante años el único periodista autorizado a asistir a ellas”. Se levanta Peñafiel y vuelve con su libro El general y su tropa (1992), donde, asegura, lo cuenta todo. Todo, en esa clase de libros, suele ser menos de la mitad, y no siempre lo más interesante. Durante nuestra entrevista y desde sus marquitos de plata, de caoba, de fantasía, nos miran atentamente dos o tres docenas de retratos de Peñafiel en compañía de Julio Iglesias, del Sha de Persia, de Farah Diba, de Hussein de Jordania, de la reina Sofía, de la reina Rania, del rey Juan Carlos, todos ya con ese color anémico, exangüe, que se les pone a las fotos en color de hace treinta o cuarenta años. Tiene uno ahora delante el número de Hola de la muerte de Franco. Aquí, en cambio, el color está como el primer día: "La vida del caudillo y del príncipe de España en imágenes. Doña Carmen Polo de Franco: retrato de una dama", se lee en la portada. Busco con la mirada entre las de los marquitos por si en alguna está él con Franco o con la dama. No, no veo ninguna. Peñafiel, que me ha mostrado a los otros, no me señala ninguna de ellos dos. La misma amabilidad del principio preside la despedida. Se va uno con las perdices a otra parte y muchos personajes aún por identificar.
La visita a José Utrera Molina es ya inexcusable.
José Utrera Molina (1926), Gobernador Civil de Ciudad Real, de Burgos, de Sevilla, Ministro de la Vivienda, Ministro Secretario General del Movimiento en 1974. Es la prueba de que cualquiera de nosotros está sólo a tres pasos de conocer a cualquiera, por inaccesible que parezca: uno conoce a alguien, y ese alguien conoce a uno que conoce al que queremos conocer. Alguien conocía a alguien que conocía a uno de los ocho hijos de Utrera Molina. Tres pasos.
Resultó un encuentro muy profesional, cincuenta minutos de reloj, en el despacho de su casa. La presencia en él de una enorme bandera de España, en su astil, del suelo al techo, con un águila negra de tamaño natural; la de Falange, no menos suntuaria, bordada a mano; las cabezas de Franco y José Antonio en bronce y gran tamaño; su propio retrato al óleo con el uniforme de Falange, camisa azul y guerrera blanca cuajada de condecoraciones, y la foto de Hedilla, sobre su escritorio, dicen mucho de un hombre y un despacho que parecen estar proclamando el célebre “Ni me arrepiento ni me olvido”. Su memoria es buena. Por supuesto recuerda aquella cacería en la Encomienda de Mudela, unos cotos propiedad del Instituto de Colonización, o sea, del Estado. “Yo iba por la mañana, cuando empezaba la cacería, estaba un rato y me volvía al Gobierno Civil. Siempre he detestado la caza. Me parecía y me parece cosa de señoritos, una cosa feudal”. Intimidado por las banderas, los bustos y demás no se atreve uno a peguntarle si eso se lo dijo entonces a, no sé, por ejemplo a Franco; o qué le parecía que Franco se hubiese hecho retratar él sólo con las perdices que mataron veinte escopetas, para hacerse la ilusión acaso un día de que se debió sólo a la suya. Decididamente, no vale uno para periodista. Si Giménez Caballero llamó a la estilográfica de Franco “el falo del fascismo español”, qué no hubiera dicho de su escopeta. “Utrera, ¿le parece que veamos las fotos?”. “Sí, las fotos. Desde luego, no se publicaron, pero tanto como estar secuestradas…” Él mismo cree tener una en alguna parte. No sabe dónde. “No, la mayoría no las conocía”.
Le muestro las identificaciones de Peñafiel. “No me hable de ese señor. No voy a decir lo que me parece”. Mira detenidamente con una lupa las que le llevo, y va desgranando algunos nombres nuevos: Benjumea, arquitecto sevillano; Eduardo Aznar Coste, marqués de Lamiaco; el coronel Bahamonde… A veces no recuerda el nombre, pero sí lo que fueron para él: “este dejó mucho que desear”, “este era un adulador profesional”, “Lolita, la más mona”… Al cabo de un rato desiste y se da por vencido: han pasado sesenta años. “De esas fotos creo que sólo quedamos vivos Carmencita [Franco] y yo…”, reconoce sin efusiones.
Sale a despedirme al vestíbulo, frente al reproducidísimo retrato de José Antonio, pintado por del Pino, que perteneció a Raimundo Fernández Cuesta, con el Ausente en mangas de camisa haciendo el saludo fascista. Mirando al retrato José Utrera Molina hace una última confidencia: “Yo desde luego no soy de izquierdas, pero mucho menos aún de derechas”.
Ya en la calle, advierte uno que Utrera y dos de sus hijos, presentes en la entrevista, discretos y respetuosos, han evitado decir una palabra de las fotos. Lo que son en tanto que documentos de barbarie. Lo que cualquiera puede ver. Tal vez la crónica más descarnada de un Régimen que dirigió con mano de hierro el dictador que sembró España de perdices y muertos, sin llegar a distinguir nunca unas de otros. Y 4.601 o 4.608 perdices en un país hundido en la miseria moral y material, el de “La gota de leche” y las cartillas de racionamiento. Es el Régimen posando para la Historia como en ningún otro retrato conocido. La corte franquista. Lo acababa de decir Utrera: “Un gobernador civil entonces era como un virrey”. Y un retrato de familia.
Apareció en el Rastro, entre la mugre, los deshechos y los trastos viejos e inservibles, allí donde Benjamin dice que esperan esas iluminaciones que, como un relámpago, llenan la noche del pasado con una luz no por espectral menos reveladora.
    [Publicado en El País Semanal el 15 de febrero de 2015]









13 décembre 2014

Al morir don Quijote

SE reproducía  aquí hace unos días un reclamo de la película de Rafael Gil, Don Quijote de la Mancha, de 1948. Con él aparecieron otros, todos en gran tamaño y fotografías originales. Acaso el más llamativo sea este en el que está espigado el reparto de la película, y que representa la escena de la muerte de don Quijote: Don Quijote (Rafael Rivelles), Sancho Panza (Juan Calvo), Antonia, la sobrina (Sara Montiel), el cura (Juan Espantaleón), barbero (Manolo Morán), Sansón Carrasco (Fernando Rey) y el ama (Julia Caba Alba).
La música era de Ernesto Halffter. Y sigue siendo.
Lo que tiene de simpático ese mito de don Quijote, es que de cualquier manera que se represente, acaba cuadrando. Quiero decir, que al rato, en cuanto se acostumbra uno, todas esas ficciones se dejan encarnar de una manera natural en mil anatomías diferentes. Es decir, a poco ponga uno de su parte, el Quijote nos hace mejores a todos.



9 décembre 2014

Inagotables fuentes

HACE diez años dijo uno a una asamblea de sabios cervantistas y editores del Quijote congregados en la Universidad Autónoma de Madrid, que probablemente la nuestra sea la época en la que puede leerse el Quijote en ediciones más cuidadas y rigurosas filológicamente, pero también la más pobre en interpretaciones de ese libro. O dicho de otro modo: sus grandes intérpretes (Unamuno, Azaña, Ortega, Azorín, Pérez de Ayala, Américo Castro, Zambrano y tantos más), lo leyeron en ediciones llenas de erratas y no tan fiables como las nuestras, lo que no obstó para... etcétera, y que esto debería hacernos pensar. No gustó.
Cada cierto tiempo se nos hace partícipes de hallazgos de más o menos importancia. Hace unos meses unos investigadores hallaron la huella de Cervantes en la vida de una bizcochera sevillana y hoy la de ciertos personajes reales en la configuración de don Quijote. Da cuenta de ello este reportaje, publicado ayer en El País y para el que le pidieron a uno estas líneas:
El deseo de poner un nombre y apellidos reales a las grandes figuras literarias es antiguo, y responde acaso a la reticencia de quienes se resisten a creer que personajes tan vivos y descomunales hayan salido "sólo" de la imaginación del autor. Y nadie más vivo y descomunal que don Quijote. Por otro lado, ¿en qué pueblo o ciudad no hay un loco? Cervantes, que anduvo por cientos de pueblos, tuvo que conocer a cientos de locos. Ha frecuentado uno el mundo de los libreros de viejo y lectores de viejo y bibliófilos desde hace cuarenta años, y he conocido a unos cuantos locos de remate que se han vuelto locos leyendo, si acaso no leían ya desaforadamente porque estaban locos, unos graciosos y otros menos. Esto, tampoco es nuevo. De modo que no es extraño que se rastreen cada cierto tiempo en los archivos "casos" reales, "figuras históricas" que guardan una o varias semejanzas con don Quijote. Al margen de lo que digan los eruditos en este o aquel caso, don Quijote es la suma de todos ellos. El genio de Cervantes no habría estado en inspirarse en tal o cual caso real, sino en hacer de uno o varios locos comunes, uno solo excepcional y cuerdísimo para todo lo que no tocaba con la caballería andante. Menéndez Pidal hizo también la consiguiente pesquisa por la literatura, y encontró el antecedente de don Quijote en cierto Entremés de los romances, de autor desconocido y que él fecha en 1591, y en el que aparece alguien, Bartolo, que enloquece leyendo romances. Y en su caso de erudito eminente, al igual que en el caso de los eruditos aficionados, tampoco añade gran cosa al meollo de don Quijote.


Rafael Rivelles en el papel de don Quijote, en la película de Rafael Gil (1948). Foto original en una cartelera.

27 novembre 2014

No le faltaba razón


LO cierto es que ni por las venas de Remigio VIII, trigésimo segundo rey de la dinastía de los Esquilos, ni por la misma estirpe de los Esquilos, corría ya una sola gota de sangre de su fundador el conde Laurentino. El fluido azul se había interrumpido ya con la reina Vitila, zíngara de la que se encaprichó uno de los primeros esquilos, Crisanto II, elevándola a la dignidad real. 
Tuvo Vitila la paciencia que tuvo hasta que la tuvo. Dio a luz a trece niñas, para desesperación de su esposo Remigio IV, que aguardaba en vano un heredero. Furioso, la tomó primero con Vitila y luego con la venatoria y las doncellas de sus dominios, a las que no dio reposo. Harto de las frecuentes ausencias depredatorias del rey, buscó la buena de Vitila una tarde loca consuelo en los brazos de un zíngaro, de paso, él y el oso, por el castillo. De resultas de aquellos secretos y pasajeros abrazos, nació al fin el delfín a quien llamó Crispín. La alegría de Remigio IV fue desbordante y más cuando todos le aseguraban que Crispinito era su vivo retrato. Del IV al VIII de los Remigio otras tres reinas inyectaron en la sangre del zíngaro la de un marqués, la de un confesor y la de un notario mayor del reino, lo que no quitó, porque lo cortés no quita lo valiente, para que Remigio VIII, que conocía estos extremos, como todo el mundo, ordenara el día de su coronación acuñar moneda con su efigie y la leyenda “Remigio VIII por la Gracia de Dios”. Y en cierto modo no le faltaba razón.
Y a buen entendedor, etc.

El Rastro, 16 de noviembre de 2014


27 septembre 2014

Flores (aforismos)


LA lluvia pone sus flores en los charcos.

* * *
LO que más duele es el miedo.
* * *
QUÉ excelsos horizontes se ven en cuanto deja uno de tener los pies en el suelo. 
* * *
JRJ es tanto que entran ganas de escribir JRJRJ.


El Rastro, 14 de septiembre de 2014






4 septembre 2014

Gentilicios

HA dado uno este verano por ultimado (es un decir, esto no puede decirse sino el día en que salen de nuestras manos las últimas pruebas de imprenta, y aun así tampoco) El final de Sancho Panza y otras suertes, que estará en las librerías el próximo mes de noviembre. 
Como si fuese un opositor, le siguió a uno hasta aquí un cerro de libros que tenían que ver con Cervantes, la carrera de Indias, una ciclópea Enciclopedia cervantina y muchos estudios específicos. En uno de estos, de Ricardo García Cárcel, "Las Españas del Quijote y de Cervantes", esto: "La verdad es que Cervantes usó pocos gentilicios: castellanos, leoneses, gallegos (yangüeses), andaluces (tartesios) y aragoneses. Nunca catalanes. Sí, una vez, vicaíno". Lo que no daría de sí esta información en manos de la ANC, que podría añadir a su "España nos roba", "Cervantes nos ningunea". Claro que dura poco la alegría en la casa del pobre Pujol, que allá era como la casa del padre: "El gentilicio español tampoco lo usó nunca Cervantes".
Lo ha dicho uno alguna otra vez: ningún remolino más hipnótico que el que se forma en nuestro ombligo.

El Rastro, 16 de marzo de 2014


20 juillet 2014

Postalero

MUNDINOVIS, estereoscopios, visores... Los vemos, y nos quedamos ensoñando la posibilidad de una huida. ¿Adónde? Al pasado. No hay otra posible. Cuando a Arcadia se la llama utopía, es inalcanzable. Si le damos su verdadero nombre nos espera muy cerca, pero a nuestras espaldas.
Viajar en el tiempo de los estereoscopios y visores era asunto de ricos, de viajantes de comercio y de vagabundos. 
Acaso por ello no había casa burguesa donde no hubiese uno de esos artilugios que traían a sus plácidas veladas países exóticos, costumbres de las razas diversas, las maravillas de los confines remotos...
Cuando apareció la carta postal estos viajes inmóviles se democratizaron aún más, y la fotografía se extendió de los burgueses a los empleados modestos y proletarios ilustrados, de las manos de los adultos a las de los niños. Su éxito fue tal en la última década del siglo XIX y la primera del XX, que desde entonces no hizo sino crecer, y empezaron a circular en todas las direcciones el globo terrestre un sinfín de postales, como el hilo de lana de una madeja. De todos los papeles que haya inventado el hombre la postal ha sido acaso el más perdurable: ¿quién podría destruir las buenas noticias que suelen traer o las imágenes hermosas y singulares que aparecen allí? 
Para conservarlas se idearon postaleros como este, que ha llegado a nosotros cien años después sin haber sido usado jamás. 
Cuando vayamos poniendo en él las viejas postales que ahora guardamos en cajas de zapatos, reunidas a lo largo de los años en los lugares más extraños y alejados de sí, estaremos  dibujando no sólo un camino hacia Arcadia, sino el mapa ideal de un país extinguido en su mayor parte, el de los sueños, tal y como sucede cuando haciendo correr la señal por el dial de un viejo aparato de radio leemos el nombre de países que han desaparecido hace noventa años y ciudades que han cambiado de país cuatro o cinco veces.

Postalero modernista francés de principios del siglo XX. Tapas y páginas interiores. 28 x 44 cms.

18 juillet 2014

Aguadoras del Cairo

HA escrito uno aquí otras veces de su fascinación por las tarjetas o cartas postales, como se las llamaba. Al igual que los relojes de sol, sólo marcan las horas apacibles, sólo portan buenas noticias, el deseo de quien la envía de hacer saber que piensa en su destinatario, y compartir con él o ella la belleza de un lugar, una ciudad, un monumento.
A menudo sucede en una postal, como en esta, de los años diez o veinte del siglo pasado, que nos llegan además en ella modos de vida que han desaparecido, y nos sume en ensoñaciones y consideraciones más o menos filosóficas sobre la brevedad de todo. Y ese viaje al pasado es aún más misterioso y grato que ninguno de los que nos esperan en el futuro, preludio de fugas ideales.

Postal del Rastro.

18 juin 2014

Sadomaso político

“ESTO me ha jodido la vida”, dijo P. Iglesias la noche de su éxito electoral, según El País. No sé, durante la campaña daba la impresión de lo contrario, de estar deseándolo, despepitado, con todo su corazón. Por otro lado, así debiera ser la política: el servicio de quienes quieren mejorar la vida de los demás a costa de empeorar un poco la suya propia, y no al revés, como vemos que sucede tan a menudo. 
La frase (¿cínica, hipócrita, ambas cosas?) da, por lo demás, la medida exacta de alguien a quien sus votantes no deberían en consecuencia volver a votar. Es decir, no puede nadie despreciarlos tanto ("me habéis jodido la vida", versión del más conocido "se empeñaron") y esperar que sigan votándole, a menos que sean precisamente de los que se vienen arriba cuando más los fustigan, maltratan y desprecian.
En fin, quizá sea sólo el inicio de una gran amistad y una bonita relación sadomasoquista con la política y sus votantes, en cuyo caso es mejor no meterse por medio.
* * *
LAS mayores mayorías silenciosas las ha encontrado uno siempre en las asambleas. Gracias a ello los Jóvenes Guardias Rojos sacamos adelante nuestras huelgas de juguete allá en el Rancho Grande (Valladolid, 1971-1975). 

El Rastro, 9 de octubre de 1011

17 juin 2014

Deudas


OÍMOS a menudo esta frase tristísima en su sentido figurado: “Yo no le debo nada a nadie”. Y ese es el problema; no se puede vivir sin el reconocimiento de nuestras deudas, no tanto por saldarlas, que también, si se puede, como por gratitud. Sobre todo las que hemos contraído con nuestros enemigos y adversarios. Qué seríamos sin ellos.
Vida sin gratitud no es vida.


El Rastro, 15 de junio de 2014



15 juin 2014

Una paradoja

A medida que nos acercamos a un acierto, podemos sentir que nos estamos alejando de él. Puede incluso dar la impresión, a menudo injusta, de que el mayor error es aquel que más cerca se ha quedado de no serlo, teniendo su expresión más agónica en el dicho "morir matando".
Sucede en armonía: la mayor disonancia es la del semitono respecto de su nota, por arriba o por abajo, sostenido o bemol. La horrísona cacofonía del mundo procede de esos pequeños desajustes, y la inestabilidad en la que estos subsisten permanentemente. Rothko o Kandinsky, por ejemplo, no son disonancias de Velázquez; Manet, sí, tanto mayor cuanto más próximo se le coloque de él.
Ni que decir tiene que es una tristísima tragedia tratar de matar al maestro y seguir vivo.

El Rastro, 11 de mayo de 2014


4 mai 2014

Dos aristocracias

 LA diferencia entre aquellas dos aristocracias, la de la Institución Libre de Enseñanza y la de Revista de Occidente, estribó en que la primera creía en el pueblo y la segunda en el público. La primera era pueblófila y la segunda pueblófoba; una, partidaria de la poesía popular, y la otra, de los toros; una, por dentro y la otra, por fuera. Aquella dio origen a hombres medio cuáqueros; la segunda fue el germen de todos los clubs elegantes y cosmopolitas, naturalmente restringidos, que vinieron después.

El Rastro, 10 de marzo de 2013

29 avril 2014

Pasaje de los Panoramas

FUE el primero, de 1800 y es uno de los más conocidos y todavía hoy uno de los más visitados de París. Está en él todo el romanticismo y la vanguardia juntos, lo que es una tautología, ya que, como todo el mundo sabe a estas alturas, romanticismo y vanguardia son la misma cosa. 
Desde su creación, a principios del siglo XIX, hay algo misterioso en los pasajes que le resulta fascinante a todo el mundo, como mirar una linterna mágica, algo en ellos de juguete mecánico, como una caja de música. Decimos: toda la vida está aquí, y está a salvo, a cubierto. Sí, parece recorrerlos siempre un hilo de música concertada, incluso cuando están vacíos y solitarios.
Hace unas semanas encontró uno en el Rastro un ejemplar de Le Virgile travesti, el clásico de la literatura paródica francesa, en una edición de 1858. Entre sus páginas se hallaba esta etiqueta publicitaria de ceras para zapatos. Es un poco más grande que una tarjeta de visita y supongo que se pegaría en los productos que se vendían en la tienda del señor Loppin. Qué encanto tienen esta clase de papeles efímeros que han logrado sobrevivir al paso del tiempo, en este caso además de una manera prodigiosa, porque se diría que acaba de salir de la imprenta, tan nuevo está y con la huella de los tipos marcándose nítida en el envés del papel. Recuerda algo de las publicaciones surrealistas, es en sí mismo, fuera de contexto, como una pequeña mirada irónica, pero también una lección magistral de tipografía romántica de cámara.
Nada más. Será un hallazgo insignificante, desde luego, pero por un momento sintió uno, al tropezárselo en las páginas de aquel libro, donde acaso llevara sepultado desde 1858, la alegría de quien acaba de exhumar los restos arqueológicos de Ilión, una piedra Rosetta que nos da testimonio de aquel tiempo, el de la coronación como emperador de Napoleón. Que ambos nombres, el de Bonaparte y el del señor Loppin, fabricante de ceras para calzado, hayan venido juntos hasta nosotros es también una lección magistral de Historia, tal y como solía impartirlas por entonces el bonapartista Henri Beyle.


25 avril 2014

Tipografía canalla (continuación)

DE cuantas cubiertas se ha encontrado uno en librerías, almonedas y rastros de más o menos, pocas pueden superar y aun competir con esta del Dr. Remartínez (yo diría que ninguna), tropezada el otro día en Madrid. 
Ni Picabia en su época cañí ni los surrealistas de los años gloriosos alcanzaron tanta finura y sofisticación relacionando texto e imagen.
La obrita fue editada en España (dónde, si no) hacia 1930.


11 avril 2014

Tlaxcala / Bañolas / Erratas


SE podía decir de X lo que Solís decía de los indios de Tlaxcala, “que ponían su felicidad en hacer y conservar enemigos”.
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SIN ánimo de enconar el debate, y aprovechando que ha de reformarse la Constitución: podría pedirse, a més a més, una salida al mar para el lago de Bañolas. Ahora o nunca. Patria o muerte. Sí o sí. Etc.
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NO hay nada tan dadaísta como una errata en mármol.

Librería del Rastro, 9 de abril de 2009


9 avril 2014

Verdad / Mentira


ESTÁN los que tratan de conocer la verdad y aquellos que sostienen que no se puede conocer. Los primeros pasan a menudo por ingenuos, y muchos de los segundos, por cínicos que piensan que como no se puede conocer ninguna verdad, es preferible vivir de muchas mentiras.
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LA idea del Juicio Final es el triunfo de la ficción: sería insoportable toda una eternidad sin saber qué pasó; como leer un libro sin fin. 
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"LA verdad y la mentira son lesbianas" (Carlos García-Alix).

El Rastro, 23 de marzo de 2014