Affichage des articles dont le libellé est Tipografía. Afficher tous les articles
Affichage des articles dont le libellé est Tipografía. Afficher tous les articles

21 janvier 2019

Momento tipográfico. 1. Somos tipos de letra

LA tipografía, o “arte de imprimir”, es el traje con el que vestimos las palabras. Cada época tiene sus propios gustos y encuentra por lo general el suyo más elegante y acertado que el de sus padres y abuelos, y por eso cambia cada poco de patronajes, telas, colores (la corte española de los Austrias impuso el negro, como es sabido, en los nobles europeos, y la corte de Parma hizo lo propio con los tipos bodonianos en toda Europa). A veces es sólo una cuestión de moda (el pantalón campana o el cuello de las camisas), pero otras va más allá de la moda y ha jugado un papel importante en la transformación de la sociedad y en la conquista de las libertades (minifalda, biquini). Sólo con ver un sombrero sabemos a qué época, clase social o incluso ideología pertenece la persona que lo lleva (tubular, bicornio, gorra): “los rojos no usaban sombrero” fue el famoso eslogan con el que una sombrerería celebró la entrada de las tropas de Franco en Madrid, intentando con ello resarcirse de tres años de pérdidas. Tschichold y sus amigos de la Bauhaus consideraron que la sociedad sin clases, por la que luchaban, merecía un alfabeto sin mayúsculas: todas proletarias trabajando para el sentido (el Estado). Lo primero que hizo Hitler al subir al poder fue, claro, postergar y evitar la letra Futura y otras parecidas, por izquierdistas, al tiempo que inició la persecución de los bauhauistas, muchos de ellos judíos, y restablecer como letra oficial del Tercer Reich la gótica, que en Alemania había sido hegemónica hasta bien entrado el siglo XX. Para el que no esté habituado a leer en ella, es una letra endiablada. Puede que lo fuese incluso para muchos alemanes, y los editores modernos la arrumbaron. Pero Hitler pagó “por do más pecado había”: al iniciarse la invasión de Polonia que dio inicio a la Segunda Guerra Mundial y la consiguiente expansión hacia el norte, sur y este de Europa, se vio obligado a sustituir en los rótulos de carretera e impresos la letra gótica, impenetrable para los aliados del Reich, por… una versión de la letra futura (una de paloseco, mucho más clara y funcional), justificando el cambio en que la gótica era una letra… ¡judía!

“En edición diferente, los libros dicen cosa distinta”, escribió el poeta Juan Ramón Jiménez, el primero de los escritores españoles al que preocupó y se ocupó de verdad de estas cuestiones tipográficas. Porque creía él que la tipografía debía transparentar algo del pathos de lo escrito. Si concedemos que lo que nos emociona del arte y de la literatura es el sentimiento que se nos da en uno y otra, a la tipografía hemos de tratarla como otro sentimiento más. La palabra amor no dice lo mismo escrita en letra gótica, inglesa o sicodélica (esta última muy apreciada todavía en los rótulos de discotecas y bares de alterne). Resulta harto difícil hoy en el País Vasco (también en Iparraguirre) entrar en una taberna cuyo rótulo no esté compuesto en esa clase de letras vascas tan corrientes en ese territorio (se llaman así, y siempre en mayúsculas, apabullando): parecen cortadas con un hacha (no necesariamente la que figura en el anagrama de Eta, que por cierto también usaba esa tipografía racial en sus cartas de extorsión y comunicados). E igual sucede con muchos asadores y restaurantes de toda España cuyas muestras están compuestas en letra gótica, de efecto disuasorio (al menos para mí), porque parecen sugerir que los corderos que nos vayan a servir llevan asados desde la Edad Media.

Quiere decirse con ello que la tipografía ha tenido y tiene una importancia capital en el desarrollo de la sociedad, mediante la comunicación y propaganda, y en el conocimiento humano. A veces la comprensión o legibilidad de un texto depende únicamente del ojo de la letra, (y eso hace más versátil la Helvética a la Futura, siendo ambas de paloseco: la a poco se aleja de la o). Los pequeños detalles determinan, pues, el texto y el mensaje, por insignificantes que le parezcan a un profano, y François Mitterand no ganó unas elecciones presidenciales hasta que sus asesores de imagen no le convencieron para que acortara sus colmillos, que le daban un parecido preocupante con Drácula).

Con la irrupción en nuestras vidas de los ordenadores personales, y por primera vez en la historia de la escritura humana, todos nos hemos convertido en tipógrafos, al igual que los esmarfones han hecho de nosotros unos fotógrafos aficionados. Y desde que instalamos en nuestras casas una impresora, tenemos a mano, a cualquier hora del día y de la noche, una pequeña imprenta, una minerva digital, diríamos, el sueño de todos los libelistas desde hace cinco siglos. En apenas veinte años y en menos tiempo de lo que tardo en contárselo, tenemos a nuestro alcance fondos bibliográficos incalculables, y las enseñanzas que hasta hoy tardaban años en pasar de maestros a aprendices, se nos dan con un solo clic. Sin el menor problema de almacenaje, en nuestros ordenadores se guardan más tipos de letras que chibaletes pudo contener la mejor imprenta. Quiero decir que cada vez que abrimos un documento en nuestra pantalla y escribimos algo en él, la palabra amor, por ejemplo, estamos haciendo de tipógrafos, como aquel personaje de Moliére hablaba en prosa sin saberlo. Lo lógico, pues, sería que nos tomáramos en serio la tipografía, porque puede que, sin saberlo, usted esté diciendo o sugiriendo algo diferente de lo que quiere decir, sólo porque no es consciente de cómo lo está diciendo.

La tipografía es una ciencia sencilla y sutil, hecha de proporciones, cuerpos de letra, tamaño de caja y blancos de página. Se aprende, como la mayor parte de los oficios, mirando y copiando. Hay que saber mirar y saber copiar. A JRJ. le molestaba que Jorge Guillén y los poetas del 27 fueran a hurto a la imprenta Aguirre donde se imprimían sus prodigiosas revistas unipersonales, y se sirvieran de los mismo tipos que él personalmente había buscado, encontrado y pagado de su bolsillo. Decía: “Que vayan un poco más lejos a robar”. Seguramente es lo que habrán pensado los creadores del Beauty Salon al ver cómo su logo (muy cursi, por cierto) es el mismo con el que Podemos publicita la República. Se puede y se debe copiar, desde luego. JRJ. lo hizo también, de los impresos de Whistler y los tipógrafos elzevirianos ingleses. Decía d’Ors que el plagio sólo está permitido si va seguido de asesinado. Quería decir con ello que sólo si el plagio es tan bueno como el original o lo supera, deja de ser plagio, lo que nos lleva a otro de sus aforismos, que debería figurar en la carcasa de las impresoras y ordenadores: todo lo que no es tradición es plagio.

En 1957 se publicó Momento tipográfico, una selección de cabeceras de cartas comerciales, obra de un tipógrafo para mí desconocido, José García Almagro. Una joya, una obra maestra de nuestra modesta tipografía. Está a la altura de Ámster y Giralt-Miracle, dos de los mejores tipógrafos españoles del siglo XX. Y sin embargo, es un libro original a medias, porque algunos de los modelos, como declara, los ha tomado del extranjero “para que sirvan de comparación”. Los suyos propios no tienen nada que envidiar a ninguno de los foráneos. “Cabría haber introducido una mayor variedad en los modelos con más diferentes tipos”, confiesa en una brevísima nota, “pero no lo he creído conveniente por estimar que con unos cuantos tipos de letra –los normales en una pequeña imprenta–, y un poco de imaginación pueden lograrse infinidad de modelos. Y añadiré un dato de la mayor importancia: la totalidad de la obra está impresa en una minerva de plato” [la más pequeña y rudimentaria].

La enseñanza de García Almagro es la de cualquier buen pedagogo: no son necesarios ni grandes medios ni grandes alardes para componer un libro o diseñar un logotipo. En los ordenadores suelen venir por defecto un centón de familias tipográficas, cada una de ellas con sus versales, versalitas y minúsculas, redondas y cursivas, negritas y finas. Lo primero que debería hacerse es tirar la mayor parte de ellas a la papelera y quedarse con una docena. Suficiente. A menudo las tropelías tipográficas son consecuencia tanto de la ignorancia de la tradición como de la sobreabundancia de medios. Cómo escoger las que se quedarán y las que se irán es un arte. Desde luego no por el nombre. Son engañosos, como los de los vinos. Sólo los que no saben nada de vinos lo escogen por lo bonita o fea que sea la etiqueta o el nombre que le han dado los bodegueros, a menudo tanto peores cuanto más sonoros (“Alcor de los Templarios”, “Categoría”, y así). Digamos que bastarían con dos o tres para textos (Minion, Sabon, una Garamond bien escogida, por ejemplo), dos o tres para titulares (Helvética, Univers, Gill Sans), una inglesa (Kuenstler), una normanda (Poster Bodoni)… En tipografía, como en tantas cosas, menos es más y más es menos.

Cada época se refugia en unas tipografías especiales, que hace suyas. Los tipos usados durante el romanticismo eran diminutos. Sugieren acaso que el de la lectura fue el ámbito de la intimidad, tanto como el temor ante una modernidad deshumanizante. Los del Siglo de Oro confirman algo que sigue estando vigente: los libros que han cambiado nuestras vidas, como el Quijote, suelen estar mal impresos, son feos y se pueden comprar por un euro en un kiosco. Y los del siglo XVIII, la edad dorada de la tipografía, lo contrario: muy bien hechos, pero la mayor parte de los libros que se escribieron entonces no hay quien pueda leerlos. ¿Y cómo es la tipografía de este tiempo, la nuestra, la que querríamos usar? ¿Aquella por la que nos reconocerán dentro de cien años, en cuanto abran uno de los libros que imprimimos ahora?

La profusión de modelos y la facilidad con la que las nuevas tecnologías los difunden hacen imposible aquí un resumen de lo que se está haciendo en todo el mundo. Se compone y edita más y mejor que nunca, pero también más y peor. El verdadero Momento tipográfico es este, el que estamos viviendo. Convive la excelencia con lo execrable, lo ejemplar y lo abyecto comparten a menudo con indiferencia el mismo escaparate, quiosco o mesa de novedades. En cualquier rincón del planeta podemos encontrar tipógrafos excelentes, pero desde que los libros, periódicos, revistas han entrado en el mercado como un bien de consumo, se rigen por las mismas reglas que muchos otros productos, klínex incluidos. La imagen, tan importante en nuestro tiempo, amenaza a menudo con devorar a la palabra, y desnudarla. A veces, gran paradoja, con ayuda de la tipografía. Acaso el reproche que pueda hacerse a buena parte de la tipografía contemporánea es este: contagiada por la imagen, no trata de vestir las palabras, sino de sustituirlas por tipos y cuerpos espectaculares, en cinemascope. Claro que la cosa empezó con el futurismo y dadá (“las palabras en libertad” ya no significaban nada, eran pura apariencia, presas de ella). La consecuencia es terrible: los periódicos, reducidos a titulares, no se leen, se ven, y los libros no se ven, se miran y mirotean, escudados todos en que se edita mucho más de lo que podemos leer, lo que nos llevaría a otro de los grandes aforismos de JRJ.: “Para leer mucho, comprar poco”. Pero este es otro capítulo.

    [Se publicó en Babelia el 5 de enero]

1. Hoja para correspondencia comercial, original de García Almagro. 2. Cubierta de autor anónimo






28 décembre 2017

Veletas nuevas

ESTAS son las seis nuevas veletas, recién venidas de Granada. No sé cuándo llegarán a las librerías. En los próximos días, supongo. Siempre sucede de la misma manera, libros, panes. Recién salidos del horno, se van tras de ellos los ojos, y apenas nos atrevemos a abrirlos, no tanto por temor (a que no estén todo lo bien que quisiéramos), sino por la mera contemplación, como se mira desde un otero, en panorámica, la ciudad a la que vamos a entrar.


29 novembre 2014

El diálogo está sobrevalorado


EL diálogo está sobrevalorado: casi nunca lleva a ninguna parte. El silencio, en cambio, es muchísimo mejor interlocutor.
* * *
EL idiota destiñe por donde va.
* * *
EL niño se hace adulto el día en que empieza a sospechar que los buenos ejemplos sólo son ejemplos, y que lo que importa, importa por incomparable.
* * *
NUNCA los ejemplos son a gusto de todos.

Cartel visto ayer en la caseta de El Asilo del Libro en la Feria del Libro Anciano del Hotel Miguel Ángel de Madrid. Maravilloso ejemplo de tipografía canalla del siglo XIX.





9 juillet 2014

Arqueología tipográfica (y 2)

CUANTO se dijo ayer del bronce para dorar la cubierta de la Antología de Diego, puede decirse de este, que sirvió para la cubierta de esta colección de cuentos de Kipling, entre los que figura "El Rey de Kafiristán", sobre el que John Huston hizo su memorable película El hombre que pudo reinar.
Fue Atenea una de las colecciones más bonitas que se hayan hecho nunca en España, a la que sucedió y heredó la editorial La Nave, sin superarla. 
Aparecieron en ella algunos de los mejores libros de la literatura de entonces de Gómez de la Serna, Miró, Alonso Quesada, Stevenson, Dovstoyevski, Kipling o Wilde. En octavo, encuadernados en tela y con muchos detalles que recordaban el modelo inglés en el que estaban inspirado (encarte con el retrato del autor, defendido por hoja de papel manila, dos tintas en la portada, amplios márgenes), son libros que han llegado hasta nosotros a menudo como si acabaran de dejar la imprenta y la encuadernación, confirmando lo concienzudamente que fueron hechos para resistir los embates del tiempo. Del oro de las estampaciones podría decirse que no lo usaron mejor los batihojas de Toledo.
La alegría de encontrar este negro bronce que sirvió para estampar su cubierta, teniendo uno en tantísimo a ese libro y la obra maestra de Huston (una de esas adaptaciones que hacen mejor al original, si algo así puede decirse), supongo que será de la misma naturaleza que la del minero que descubre un día en su batea, lavando arenas y cuando menos lo pensaba,  una gran y portentosa pepita arrancada al mismo sol. Reconocía uno ayer que el hallazgo es poca cosa, aunque todo es cuestión de perspectiva. Tres o cuatro siglos más y estaremos muy cerca de Gutenberg.

Rudyard Kipling, La litera fantástica. Atenea, MAdrid, 1921. Y bronce que sirvió para dorar su cubierta.


8 juillet 2014

Arqueología tipográfica (1)

ESTÁ acreditada desde hace muchos años la importancia que tuvo Poesía española. Antología 1915-1931 o "Antología de Gerardo Diego", como se la conoce, en la poesía española y en la poesía en español, tanto en su primera edición (esta que se ve en la imagen), como en la segunda, de 1934.
Que ochenta años después haya aparecido en el Rastro el bronce que sirvió para dorar su cubierta es, desde luego, un hecho irrelevante. Pero acaso lata en ese pequeño y oscuro trozo de metal la misma luz que llega a nosotros en el corazón de un trozo oscuro e inerme de meteorito, luz de una estrella no por fugaz menos intensa.


14 mai 2014

Tipografía canalla (continuación)

Siempre cree uno que lo ha visto todo en materia tipográfica y editorial. Pues no, salta a la vista. Y como ocurre en estos casos: he aquí la prueba de que el surrealismo no pasó de ser un juego de escolares, lejos de llegar adonde llega lo real.

Alfeo Amaldi, Me corté la lengua. Ediciones Javierianas. Madrid, 1963

25 avril 2014

Tipografía canalla (continuación)

DE cuantas cubiertas se ha encontrado uno en librerías, almonedas y rastros de más o menos, pocas pueden superar y aun competir con esta del Dr. Remartínez (yo diría que ninguna), tropezada el otro día en Madrid. 
Ni Picabia en su época cañí ni los surrealistas de los años gloriosos alcanzaron tanta finura y sofisticación relacionando texto e imagen.
La obrita fue editada en España (dónde, si no) hacia 1930.


2 avril 2014

Isla

SE publicaba ayer aquí, acompañando al texto, la cubierta de uno de los libritos de Insel-Bücherei. Se fundó Insel, Isla, en Leipzig en 1899. Desde entonces acá han seguido editando, siempre de una manera ejemplar. La historia apasionante de esa gran editorial es en buena medida la historia de Alemania. Fue en sus comienzos la editorial donde publicó Rilke, entre otros (hay libros en ella de la mejor literatura universal). Uno de los libritos que aparece aquí, La canción de amor y muerte del alférez Christoph Rilke, se publicó en 1912, en Insel-Bücherei, seis años después de la primera edición en la propia Insel, y fue el primero de esa colección. El otro es uno dedicado a las flores. Todos los de esa colección, que se ha mantenido a lo largo de un siglo, tienen unas características propias: son textos breves (o como en el caso de las flores, ilustraciones tiradas con tintas planas, lo que les hace parecer pochoir), pequeñas joyas escogidas y editadas de una manera singular (cartón fino y rígido, papel estampado y etiquetas frontal y de lomo pegadas a mano; cuando el manipulado hizo demasiado caros los costes, ambas etiquetas se imprimieron al tiempo que el estampado, siempre diferente en cada volumen). Claro precedente del libro de bolsillo, su diseño se ha mantenido invariable desde 1912 y los títulos publicados se cuentan ya por centenares. Todo en ellos es feliz, aunque nos recuerden quiénes somos, cómo hemos editado y en qué hemos leído en esta otra isla que se halla de los montes Pirineos acá. 

Rainer Maria Rilke, Die Weise von Liebe und Tod des Cornets Christoph Rilke. Insel-Bücherei, Leipzig, 1912.  Rudolf Roch y Fritz Kredel, Das kleine BlumenbuchInsel-Bücherei, Leipzig, 1933. Abajo: doble página de este último. La ilustración de las amapolas sirvió para la cubierta del libro Algunos poemas de Emili Dickinson, publicado por La Veleta.

23 février 2014

Dadá en Gran Canaria

QUIEN haya seguido este almanaque le habrá oído decir a uno otras veces cómo me gustan las imprentas de pueblo y las tipografías populares cuando en ellas se produce de forma intencionada o azarosa, como ahora, algo que sabemos ver porque nos lo mostraron antes artistas como Schwitters. Y los dadaístas y surrealistas nos enseñaron a mirar, más allá de la sociología, los rótulos publicitarios y esos anuncios pintados y desleídos de las paredes, verdaderas flores de las ciudades que se marchitan ante nosotros, a lo largo de la vida, como los crisantemos sobre las lápidas de un cementerio.
Es el caso de este libro viejo, publicado como folletón en algún periódico. Estaba en una librería de viejo de Las Palmas. No tenía ningún interés como literatura. Pero sí el objeto. Conmovía la delicadeza del encuadernador a quien le llevaron los recortes de ese periódico. Probablemente podía haber suprimido el faldón publicitario (una galletas y un dentista) repetido a lo largo de todas las páginas, pero el libro hubiese quedado muy corto de margen inferior, y prefirió dejarlos, armonizándolo. 
Diríamos que es un libro que se ha visto mejorado, enriquecido por un poema visual en cada página.
Recuerda en cierto modo al primor con el que las mujeres de pueblo cosían, para hacer decorosa su pobreza, los remiendos y soletas en los pantalones de los hombres que trabajaban en el campo, en la fábrica, en los talleres. No eran casi ni remiendos, sino verdaderos collages, patchwork de altura.


16 février 2014

Ephimera (apuntes)

LO más chistoso es el instinto que tienen los gitanos para conocer las leyes de la oferta y la demanda, así como su conciencia del grave momento histórico que vive la madre patria: el que lo vendía, pedía por él... ¡¡¡¡100 euros!!!!, cantidad que en el Rastro no paga nadie ni por el rescate de un hijo. 

Ni que decir tiene que se quedó allí.

Y gracioso que el autor del retrato de José Antonio, y de toda la grafía, se firmara como "Duce". 

Supongo que el cartel es posterior a 1939. O preparando la entrada de las tropas de Yagüe, como mucho. Antes no creo.

La grafía es parecidísima a la que popularizó Ámster para las ediciones comunistas de Vida Nueva de los años treinta. O sea, las vanguardias rojas y negras, como siempre, de la mano.

En las las latas de pimentón que están detrás figura Santiago Matamoros. En esto, sin embargo, no ha tenido nada que ver el Cni, como sin duda creerán Artur Mas y el contraespionaje del Ramón Llull.

La frase es de las que ya no le sirven a nadie, aunque, la misma, en boca de otro, serviría. Su autor la hace inservible, aunque a él precisamente ningún catalán podría reclamarle nada de lo que vino luego: lo mataron en 1936. A., a quien le mandó uno por correo la foto, lo dijo con más humor:  "Magnífico cartón. Menos mal que lo fusilaron en Alicante, de haber sido en Vich..."

Y un último detalle, sublime realidad: todo el género está sobre una placa solar que hace de mesa, alusión velada al Cara al sol.

El Rastro, 9 de febrero de 2014


14 février 2014

Jot Down

ACABA de aparecer el sexto número/papel de esta revista. Cada época tiene un puñado de publicaciones, libros, revistas, periódicos, donde se decanta tipográficamente lo mejor de ese momento. 
En Jot Down papel está tipográficamente lo mejor de estos años, un tanto eclécticos. Para ello sus diseñadores (relajaelcoco scp) han combinado audacia y delicadeza. La audacia de prescindir del color y del brillo en una época en que todos vivimos el falso lujo del colorín y el relumbrón, y la delicadeza de ahorrarnos las páginas de publicidad invasiva, cancerosas casi siempre. Lo demás lo han dejado en manos de una cabecera potente, un puñado de tipos, muy pocos, generosos blancos, algunos corondeles de fantasía (juventud, divino tesoro) y unas bien escogidas fotografías, generosamente reproducidas.
Y esto que se confirma en todo gran diseño: si algo nos disgusta en él (y a cada uno es posible que le disguste alguna cosa) no rebaja en absoluto aquello que nos gusta. Porque cuando algo nos gusta mucho atenúa aquello que nos disgusta, que pasa a un muy segundo término. Más o menos como nos pasa con las personas. 
Una vez hemos dilucidado el soporte, viene lo importante: el poder leer sin tropiezo, y leyendo, el poder disfrutarlo y compartirlo. Si ocurre así, hablaríamos de un círculo perfecto. Cerrado. Pasemos a lo de dentro.
Mañana, aquí, el artículo que se ha publicado en este número.


13 février 2014

Tipografías canallas (y 2)

LAS tipografías canallas son a la tipografía lo que el acordeón a la música, algo que nace del arrabal con un lirismo áspero y bronco, como la cazalla, algo que está pidiendo a gritos  su propio y barojiano elogio sentimental o un soneto a lo Pedro Luis de Gálvez rimando canalla y cazalla, morralla y quincalla.
Le gustan a uno de estas cubiertas lo que tienen de directo y efusivo, la sobriedad de sus  medios, la pobreza de los soportes (estaban pensadas para los anuncios de los periódicos de papel pajizo y las ediciones de quiosco), el guiño al cine (muchas aprovechaban fotogramas de las películas que a menudo se habían hecho basadas en la obra que ilustraban, como también sucede ahora, solo que infinitamente mejor), el trabajo minucioso (los originales están, como dicen los jóvenes de hoy, "curradísimos"), el uso promiscuo de géneros (collages, témperas, tintas chinas, aguadas, mezclas audaces de tipos y colores) y el atropello de las vanguardias (no se paran en barras y si les cuadra bastardean y echan mano del surrealismo, de la pintura metafísica, del constructivismo ruso, del picassismo, como esa mujer de barriada que se echa encima todo lo que se le ocurre cuando va de boda: sedas, plumas, charoles, velos de nylon, bisutería) y el aprovechamiento general de cualquier manifestación gráfica (publicidad, carteles, papelería, rótulos comerciales). 
Y así, eso que en principio parecía heterogéneo y extraño, el tiempo ha acabado armonizándolo a su modo, y a nosotros nos ha enseñado a encontrarle su belleza un tanto dulzona, de arrabal, como la arrastrada y melancólica música de acordeón.

Originales de dimensiones semejantes al publicado ayer. Al de la derecha le falta la grafía, reservada para la parte inferior. Técnicas mixtas, collage fotográfico, témpera, tinta y lápiz. Del Rastro, 9 de febrero de 2014. Abajo: Original de cubierta (De los papeles que tiene, y comparte, Juan Bonilla)




12 février 2014

Tipografías canallas (1)

UN peldaño por debajo de las imprentas de pobre, están estas tipografías canallas.
Las primeras tuvieron su expresión más decantada, entre otros, en los libros de la editorial Granada, de Jiménez Fraud, cuidados algunos por Juan Ramón Jiménez: libros en rústica, en octavo, pobre pero dignamente editados. Todo en ellos recuerda el espíritu cuáquero de la Institución Libre de Enseñanza por lo que tienen de libros escolares.
La tipografía canalla es a la tipografía en general lo que la baja a la alta cultura. Muchas de estas cubiertas, como la que ayer se reprodujo aquí, o esta otra, de 1941, con sus ecos metafísicos o su contagio del cine y otras manifestaciones de la cultura de masas, fueron redescubiertas y puestas en valor un cuarto de siglo más tarde por los artistas pop que las pasaron por su refinería. En España por diseñadores en esa onda, como Diego Lara en Nostromo .
Las genuinas tipografías canallas o de batalla, como estas, muestran no obstante el oficio decantadísimo de los grafistas, rotuladas y miniadas a mano por verdaderos virtuosos, como si se trataran de códices de la publicidad. 
Este de la rotulación fue uno de los oficios que sucumbió con la aparición en primer lugar de las letras adhesivas (letraset) y poco después de los ordenadores, y en buena parte también el de los ilustradores, pero nadie sensible a la obra bien hecha podrá quedar indiferente ante estos ejemplos de tipografías canallas, aunque por lo general estuvieran puestos al servicio de obras que a nosotros ya nos dicen poco.

Anónimo,  Anatomía de superficies. Témpera y tinta sobre papel. 32x24., 1941








12 novembre 2013

Pruebas de imprenta

HIZO ayer tres años que nos convocó Gabriel Sánchez Espinosa a una serie de amigos a ciertas jornadas tipográficas en su universidad de Belfast.  Allí se leyeron las ponencias que se publican en este libro (Pruebas de imprenta, Iberoamericana-Vervuert, 2013), entre ellas la de Nigel Dennis, a quien le está dedicado. Qué lejos estaba el amigo Nigel y estábamos todos de imaginar lo injusta que puede ser la vida con los mejores. Fueron días felices, de los que da cuenta este escrito que iba para prólogo y se quedó en el camino, como esos que yendo de romería se echan en un prado, mordisqueando el tallo de una flor. 
Faltan del tomo, por inconvicción académica acaso tanto como por andar azacaneados en esto y lo de más allá, lo que deberíamos haber escrito Juan Manuel Bonet y yo mismo (JM sobre las tipografías de vanguardia y yo sobre el JRJ tipógrafo), pero lo compensan con creces los trabajos de Elvira Villena (sobre tres tipógrafos del XVIII), el del propio Nigel (sobre Bergamín y sus ediciones del Árbol), el de Julio Neila (y los altolaguirres) o el del propio Gabriel (sobre la editorial Trieste, primero que se haya escrito sobre ese asunto, y que aquí se publicará en breve, por entregas). 
* * *
LOS TRASPAPELADOS DE BELFAST
O LOS DUEÑOS DEL ÁTOMO
(Prólogo desenfadado para las actas de un congreso serio)
  
Hace dos años nos reunimos en Belfast unos cuantos amigos y no amigos, y digo esto último no porque fuésemos enemigos sino porque algunos de nosotros no nos conocimos sino en ese momento. Son, somos, los que comparecemos en este libro.
Nos reunía el propósito de presentar nuestros trabajos sobre diversas y a veces raras imprenterías. Las reuniones, a puertas abiertas, resultaron a la postre a puerta cerrada, teniendo en cuenta que nadie nos encontró ni encontró nuestros trabajos lo bastante interesantes como para asomarse y ver el aspecto que tenían unas gentes que habían recorrido miles de kilómetros para hablar de unos asuntos sobre los que los mortales no suelen mostrar la menor curiosidad, si acaso saben que existen.
De modo que allí nos tenéis, mañana y tarde, leyéndonos nuestras cuartillas y debatiéndolas como un sínodo de sabios locos convencidos de que el mundo sería mejor si fuésemos capaces de componerlo en una letra u otra.
Ahora mismo, mientras escribo este prólogo, puede verse en Madrid una gran exposición sobre las tipografías de vanguardia. A propósito de ella ha escrito uno algo que creo viene a cuento.
Los ordenadores han hecho que todos y cada uno de nosotros seamos tipógrafos. Incluso aquellos que ni muestran curiosidad ni conocen la existencia de estas cosas, lo son. Es decir, hoy día cualquiera, usted mismo, puede lograr que las palabras digan una cosa u otra. Basta elegir un tipo de letra. Este ejemplo servirá: la palabra España no dice lo mismo en letra gótica que en una helvética. Haga la prueba. Si usted la lee en letra gótica está legitimado para sospechar que se ha deslizado en ella una idea rancia de España (y si la palabra elegida es Reich no digamos, el sentido se dispara exponecialmente y no precisamente en la mejor dirección), por lo mismo que el logotipo de Eta lleva una tipografía nacionalista cuyas letras (talladas con el hacha que aparece en él y naturalmente en mayúsculas, ya que carecen de minúsculas, debieron concebirla en Bilbao) parecen llevar txapela. Lo decía JRJ, y lo ha repetido uno hasta la saciedad: “En edición diferente los libros dicen cosa distinta”. Por tanto, cuando se habla de tipografía lo hacemos de algo decisivo. Lo fue en el siglo XVI, en el XVIII y, desde luego, en el siglo XX, principalmente en su primer tercio, el de la propaganda política y el de los totalitarismos, unidos estos por el istmo de la tipografía.
De esto, como del aforismo de JRJ, ya nadie tiene hoy la menor duda. De ahí que a todo lo relacionado con la tipografía le concediéramos tanta importancia los traspapelados de Belfast.
Cada uno de nosotros pusimos allí, a la vista de nuestros colegas, nuestros descubrimientos, nuestras dudas, nuestras hipótesis. También podría habérsenos dado el nombre con el que Gómez de la Serna tituló una de sus novelas: los dueños del átomo.
Porque cada una de las letras en las que van compuestas las creaciones es como un átomo, y del tipógrafo y del impresor, tanto como del escritor, poeta, novelista o ensayista, es responsabilidad de organizar armoniosamente esos átomos, para evitar que la colisión de unos con otros acaben rompiendo sus núcleos, haciendo saltar el sentido por los aires. ¿Qué leeríamos entonces, en las virutas?
Conforme a la idea de verdad que todos tenemos de nuestras obras, se organizan nuestros impresos, que buscan una manera hermosa y limpia de darse a conocer. Claro que meternos en las profundidades de la verdad y la belleza nos llevaría lejos y acaso nos desconcertaría, pues tendríamos que admitir al fin y a la postre que la mayor parte de los libros que cambiaron nuestra vida, allá en la juventud, los leímos en ediciones baratas y feas, como baratas y feas son muchas de las primeras ediciones de los mejores libros de nuestra literatura, del Quijote a las Soledades de Antonio Machado, pasando por tantos otros libros.
Pero incluso en estos casos esas ediciones pobres, descuidadas y a menudo llenas de erratas dicen más y mejor de ese libro y del país en el que nació, que otros que llegaron a este mundo envueltos en grandes ropajes y randas, pero sin alma.
¿La tenemos nosotros, la tuvimos mientras duraron aquellas justas eruditas? Oíamos hace unos días a cierto académico, Pedro Álvarez de Miranda, en el curso de la presentación de una antología de poesía ultraísta, hecha por uno de los traspapelados de Belfast, Juan Manuel Bonet, le oímos hacer, decía, un gran elogio de la erudición. Nos recordaba que la erudición había sido una actividad prestigiosa hasta fechas relativamente recientes, pero que fue cayendo en el descrédito, hasta convertir la palabra erudito en sinónimo de árido, inútil y en el fondo irrelevante. Le parecía al académico, siendo como es él mismo un erudito, una cosa injusta que le apesaraba, y nos habló de que había una erudición oportuna y otra inoportuna, una necesaria y otra inútil. Y así lo cree uno también. De la erudición puede decirse lo que del colesterol, que hay una buena y otra mala, y que la mala esclerotiza el saber, pero la buena hace que este fluya de modo orgánico por el cuerpo de la historia y de la ciencia.
Que los que nos reunimos aquel otoño en Belfast éramos eruditos buenos lo prueba para mí un hecho irrefutable. A menudo la aridez de alguno de los trabajos aquí publicados era patente incluso para aquel que estaba exponiéndolo, más aún si la hora coincidía con la que seguía al almuerzo. Otra de las generalizaciones malintencionadas que se han hecho circular de los eruditos es la de creerlos gentes horchatazadas o aplatanadas, de espíritu expandido y sin brío, como nalgas aculatadas por miles de hora de estudio y de investigaciones en asientos no siempre cómodos. Nada menos exacto. Si alguien hay verdaderamente heroico ese es un erudito, capaz de resistir en la terrible hora de la siesta la comunicación de algún colega, incluso la suya propia, como podemos dar fiel testimonio ahora todos los presentes en el congreso de Belfast, recordando al excelente amigo y mejor investigador que no pudo evitar dar una cabezada, mientras leía su propio trabajo, víctima del imprudente vaso de vino irlandés que se había bebido en el almuerzo. Él sabe quién es y lo sabemos nosotros, que allí mismo, como caballeros de la Tabla Redonda, juramos por nuestro honor y el de los decanos respectivos (el que los tuviera) no revelar jamás su nombre. Leído ese trabajo en hora distinta, hemos de confesar que es uno de los más interesantes, divertidos y apasionantes de los aquí publicados. Y así hemos llegado al momento de revelar el gen distintivo que nos confirma como eruditos buenos, frente a tantos eruditos malos como circulan por las universidades: llegados a un punto ni uno solo de nosotros dejó de reconocer el pequeño asomo de chifladura que nos había llevado a consagrar nuestra vida a esas pequeñas grandes minucias de la tipografía, que actúan en la masa intelectual del mundo secretamente, en silencio, como la levadura. Pues ninguno de nosotros puede dudar que sin esa levadura el mundo sería mucho peor y los libros serían inexpugnables. Digámoslo ya: en cierto modo los traspapelados de Belfast somos aquellos que estudiamos a cuantos fueron de uno u otro modo los jardineros de las imprentas, los que organizaron los libros viales, setos, arriates, quienes descubren en los impresos la música callada de la imprenta.
Prometí al director del congreso, el profesor Gabriel Sánchez Espinosa, cuando me solicitó este prólogo, referirme a mi propia experiencia como tipógrafo y editor de algunos textos de poesía y literatura contemporánea, así como referirme a quienes antes que nosotros pusieron el listón de la edición tan alto como inalcanzable, especialmente nuestro siempre admirable JRJ. Se lo prometí, pero no quiero cansar a nadie. He confesado antes con la mayor humildad que aun sin ser erudito, no tengo el menor reparo en considerarme un no-erudito bueno, frente a los millones de no-eruditos malos que sufrimos cada día.
Sí diré, antes de irme con el átomo a otra parte, que todo lo que he impreso me gustaría que pasara desapercibido si no contribuye de manera especial a resaltar las virtudes de lo escrito. Quiero decir que la mejor tipografía es la que no se nota, como el traje más elegante es el que no se ve, o se ve sólo después de que advirtamos la excelencia de la persona o del escrito. De eso tratamos en Belfast unos traspapelados que no dudaríamos en manifestar nuestro entusiasmo por los clásicos de traje gris, admiradores a un tiempo de lo clásico y del gris. Que las jornadas de Belfast fueran de puertas abiertas y que no fueran estas franqueadas, no nos importó en absoluto: dejaron hacer a la levadura su trabajo. Aquí os presento los panes recién hechos, sabrosos, crujientes, necesarios.
Nada más. Dichas estas cosas, este átomo, servidor de ustedes, no se desintegra, ni mucho menos, pero se va con la música callada a otra parte.

Belfast, muelle de donde salió el Titanic. 11 de noviembre de 2010





29 juin 2013

El buque fantasma (1992)

APARTE de que a algunos se les atragantara de esa novela que se dijese en ella que habían hecho más por los parias-del-mundo-uníos las hermanitas de los pobres y demás monjitas de la caridad, que todos los soviets juntos, aparte de eso, creo que molestó mucho su desafortunada y fea cubierta, encargada a una agencia de publicistas. En ella se veía a Lenin sacando la lengua. Más que una lengua parecía un pimiento del piquillo. Yo creo que habría sido mejor esta que se reproduce aquí, que hice yo por mi cuenta, sin que nadie me la hubiese pedido y que rechazaron acaso sólo por eso. No es gran cosa, pero era más divertida, aunque sólo fuese para molestar a los del PCCh, aún en el poder. (Las tipografías, ni que decir tiene, venían impuestas, quiero decir que eran las habituales de aquella casa). 
Acaba de aparecerle a uno en una carpeta con papeles viejos. La creía perdida. Estaba hecha a partir de la foto de un guardia rojo interpretado por un bailarín de la Ópera de Pekín (folleto oficial), y las piernas de una vedette norteamaricana, para no salirnos del mundo del espectáculo. Los colores del guardia rojo eran de revista porno años sesenta, en cambio las piernas de la vedette eran, cómo decirlo, de lo más convincentes.


21 juin 2013

Vanguardias de pueblo

SE ha hablado aquí otras veces de esas tipografías de pueblo, salidas de imprentas modestas y provincianas. Es uno ya muy sensible a ellas, como aquellos que, fatigados de la cocina sofisticada y melindrosa, descubren las virtudes de los guisos sencillos y populares.
Aquí se traen dos ejemplos bien bonitos. El primero, una tarjeta de radioaficionado, muy común en los años treinta y cuarenta, podría recordar un impreso dadaísta, con esa sobreimpresión a dos tintas (muy schwitters) ¿no tiene algo ese rojo del de las amapolas?; el segundo (lástima que el texto no esté a la altura)  podría muy bien haber sido uno de aquellos primeros libros que Guillermo Apollinaire escribía sobre sus malditos particulares. Nada le gustaría a uno tanto como hacer un libro que se pareciera, especialmente, a este, así, con esas dos tintas, con el papel amarillento, con esa foto. Cambiando apenas nada, quizá alguno de los tipos. Estos libros están bien como están, y son bonitos así, con su sabor original.



7 mai 2013

Libretófilos

PEP Carrió es un gran diseñador gráfico. De Pep Carrió y del libro que acaba de publicar La fábrica, Los días al revés, acaba de ocuparse el NYT en un artículo elogioso. El libro reproduce algunas de sus libretas, porque Carrió es un libretófilo. Esas libretas son en realidad agendas, y a ellas traslada Carrió sus ideaciones y fantasías gráficas. Como en toda obra paciente hay un poco de todo, desde el tono menor a la nota de altura, brillante y feliz, la nota aguda y la grave o dormida, como en el arco de la lira inmensa. Pep Carrió en sus dibujos homenajea a muchos artistas modernos. Las citas pueden ser homenajes (a El Roto, a Topor, a Pagola) o ironías (surrealistas, dadaístas, conceptuales). En todo caso se diría que ha querido fabricarse su propio museo portátil, porque ha querido ensanchar nuestro mundo, tan abundoso en imágenes, con las suyas propias. Y como ocurre con las tareas pacientes (llevar una agenda al día lo es) lo mejor diríamos que es el conjunto y la actitud: la de ese hombre que  dibuja y pinta con la aplicación de un viejo copista medieval (también de esto hay mucho en su trabajo) que labra con minucia su universo. 
Algunos se preguntarán para qué sirve llenar tantas libretas así. Quien se lo preguntare no merecería una respuesta, pero sepa ese tal que Pep Carrió anota en ellas sus citas con el agua, el fuego, el aire y la tierra, sus citas con el amor, la muerte y el tiempo, a las que acude con el ánimo ligero, jovial. Y nosotros, libretófilos, celebramos y reconocemos sus labores y nos felicitamos de que alguien como él, a quien ni siquiera conocemos, exista y dé agua, fuego, aire y tierra a este mundo nuestro, cada día más muerto, o sea, cada día menos nuestro.




3 mai 2013

Cocktail Lara

SE presentó el azar en la Feria de libros viejos de Recoletos y volvió a ponernos delante ese libro de Pedro Chicote de 1928 en el que aparece a modo de viñeta un fraqueado caballero fumando como se supone que fumaría uno que se está dando la gran vida. Quien conozca las ediciones de Diego Lara recordará al punto que esa fue la viñeta que aprovechó para ilustrar los dos libritos que diseñó para Trece de Nieve que dirigía con Gonzalo Armero algunos años antes de que los dos fundaran la revista Poesía, decisiva en la renovación tipográfica española de entonces.
El uso de esa viñeta se presta a algunas consideraciones:
1. Que la tipografía es un cóctel de variados ingredientes acarreados de aquí y de allá, a menudo de una manera fortuita y mezclados de forma aleatoria.
2. Que en tipografía, como en casi todo, lo que no es tradición es plagio, y que en este oficio la innovación va ligada al conocimiento del oficio y del pasado: se puede ser moderno siendo antiguo; es más, a menudo no hay otro camino, como ocurría en los collages de Max Ernst: eso es lo que significa ese decimonónico figurín del frac.
3. Que 1928 y 1975, fechas en las que se publicaron el libro de Chicote y los de Carnero y Power/Hernández, están lo bastante alejados como para que le resulte a nadie incómoda la apropiación (valen igualmente distancias territoriales, aunque no se den las cronológicas: por ejemplo JRJ copiando las ediciones contemporáneas de Whistler).
y 4. Acaso lo más importante: en esa viñeta reutilizada por Lara estaba cifrada toda una actitud política: frente a los diseñadores como Alberto Corazón, que por esas mismas fechas hablaban en sus panfletos y revistas de compromisos militantes inexcusables de la vanguardia política (naturalmente en el Pce), acaso para disimular la calidad de su trabajo tipográfico, otros, como Lara, de un gran talento y de vuelta de las izquierdas totalitarias, parecían decirles a aquellos que la tipografía tenía que ver con el franquismo lo que la retaguardia con las témporas, cosa que rubricaban fumándose literalmente no sé si un puro, pero sí un porro ante uno cualquiera de los cócteles de Chicote (lo que no quita para olvidar cuanto va unido a este nombre en la posguerra). 
Y así, en una simple viñeta advertimos, frente al oportunismo político de unos, que llenaron España de una ingente cantidad de "señaléticas y logos" tremendos, en cuanto accedió al poder la izquierda en comunidades autónomas, organismos oficiales, empresas públicas y demás ministerios, izquierda a la que sablearon sin el menor recato, frente al oportunismo de estos, decíamos, la finura tipográfica de otros, como Lara, inseparable de su jovialidad, nos recuerda que ética y estética van unidas, por si alguien lo había olvidado. Lo mismo que el humor y la inteligencia: a nadie se le escapa lo que podía significar entonces, 1975, ese burgués vestido de frac, frente a tantos proletarios como había en el mundo, vestidos con sus zamarras y jerseis comprometidos. Quiero decir que frente a la estética tipográfica marxista (sí, esta era la clase de jerga que se circulaba entonces, penosamente puesta al día con un pop más o menos adulterado), los Lara ponían el acento en la tipografía de tradición norteamericana (en unos años en los que los USA aparecían a menudo demonizados), o lo que es lo mismo, frente a la disciplina y obediencia al Partido, la libertad incluso para vestir frac (que, por cierto, el dandy Diego Lara jamás vistió; sólo reclamaba para sí o para otros la libertad de ponérselo).

Lamento no poder dar más grandes y con mejor calidad los libros de Lara, por tenerlos en el campo (con ser muy bonito su diseño, lo de dentro también cuenta, y unos van desalojando a otros), pero el curioso podrá encontrarlos aquí a tamaño aceptable.