4 juin 2011

Yo me subí a un pino verde

La casa real restringirá la entrada de periodistas a las audiencias, tras el incidente que tuvo el rey con ellos el otro día. Ver hoy El País. Tanto como esa restricción, censura o veto, es llamativa la manipulación que se ha hecho de las palabras del rey en esa información. Lo que el rey dijo, textualmente, fue: “Lo que os gusta es matarme… y ponerme un pino en la tripa”. Y lo que ahora dicen que dijo: “Estoy fatal, ¿no me veis? Me queréis plantar un pino”. Ay, esas comillas de la palaciega y maquilladora prensa española. De todo ello hemos de concluir con  la mayor modestia, siendo buenos y sencillos como somos, una sola cosa: el rey es lector de este blog (ver el asiento, más abajo, Este rey (con estrambote). Bonjour, Sire. No se nos melancolice por tan poco, y cante alegremente con la tripulación: Yo me subí a un pino verde...

Bonjour, Australia: Rusia ha vuelto

(Ver el asiento titulado A la deriva, y comentarios).
Rusia, ayer, ha vuelto, y todo su territorio se ha encendido. A partir de ahora sabemos que nuestr* amig* en Rusia es de l*s que entra y sale, como l*s gat*s, de modo que nos deja más tranquilos, vive, y vive libremente, y siendo libre, hace que queramos serlo nosotros. En cuanto a Australia, gracias por recordarnos que ese sol vuestro es el que tenemos ahora aquí, que vuestra noche es nuestro día y nuestro día vuestra noche, y que en un tiempo no lejano, viviremos el día-noche juntos como la luz total con toda su sombra dentro. Nada más. Y a l*s lector*s que han venido a pelearse estos últimos días detrás de esta pantalla, comprenderán que en este blog se acepte todo, menos insultos y acosadores. Lo decía Emily Dickinson, di la verdad, pero sesgada. En el sesgo está la poesía. Insultos y acosadores siempre vienen, por el contrario, directos por la espalda, incluso cuando parecen ir de frente.

3 juin 2011

La irrepetible aparición de una lejanía

Apenas se sabe nada de Eugène Atget, excepto que fue un hombre humilde, de aspecto parecido al de los traperos, vendedores ambulantes, artesanos, actores y artistas bohemios a los que trató y de los que era amigo. Fotografió un París que ya en los años diez y veinte del siglo pasado fascinó a los jóvenes modernos por su poesía. Aquellos jóvenes, Breton, Man Ray, Benjamin advirtieron que lo que Atget les dejaba era un legado prodigioso: una ciudad que acababa de morírsele en los brazos, y se embelesaron con ella como el niño que visita por primera vez un cementerio. Esa ciudad la tenemos hoy en Madrid en esta exposición inolvidable de Mapfre. Fotos que están siempre entre dos luces. No sabremos nunca de ellas a qué hora del día fueron hechas y a menudo ni siquiera en qué estación ni en qué año. Qué extraña luz la de su albúmina. Aura, recordamos con Benjamin, es el “entretejerse siempre extraño del espacio y el tiempo; la irrepetible aparición de una lejanía, y esto por más cerca que se halle”, tanto más cercana cuanto que acababa de irse para siempre. Sabemos dónde fueron tomadas, claro, porque nos lo dijo su autor, pero se diría que apenas hizo su foto, ya habían desaparecido: ultramarinos, talleres, obradores, escaparates, caserones, patios, bazares, por no hablar de fiacres, ómnibus, galeras o de esos seres desdibujados que recorren una ciudad siempre vacía, incluso de ellos mismos. La luz de Atget es misteriosa luz entre dos luces, la de la vida y la de la muerte, la de la ciudad viva y la de la ciudad muerta. Luz donde sucede la poesía, por donde él caminó como otra sombra más de las que a menudo, como fantasmas, se asoman a sus paralizadas estampas o en los huecos de las ventanas, fugitivas, vagabundas, desdichadas. Alucinante y alucinado París de casuchas y tejados hundidos, puertas desvencijadas y vencidas que parecen estar preludiando el cubismo. Bellísimo París de calles y callejuelas miserables, sombrías, insalubres, hermanado para nosotros con el París que sólo vio Solana. Y sobre todo poético París sembrado de letras por todas partes: en carteles, rótulos, muestras, anuncios. Recuerdan un collage de Schwitters.  Nos entretenemos en leerlos, convencidos de que eso, el nombre de una tienda de vinos, de un hotel, de un tonelero, de una panadería, de un fotógrafo, de una librería, de un muro de anuncios o de un pasaje es lo que vive aún de aquel mundo que se ha borrado como la tinta al sol. Y son esas letras sembradas por sus fotos como textos de un inabarcable palimpsesto lo que nos lleva, precisamente, a pensar en nuestros propios libros, amontonados, desvencijados, rotos, descabalados también, diciendo acaso del mundo que éste sigue deshaciéndose cada día como la arena de un reloj, sin que nada podamos atajar, su irrepetible duración, su cercanía en el punto mismo en que se está alejando para siempre.




2 juin 2011

Respuesta inmediata

La respuesta inmediata de la Academia de la Historia a las críticas vertidas sobre el Diccionarios histórico publicado por esta no se ha hecho esperar: no piensan cambiar ni una coma de la edición en papel. 
(AÑADIDO del viernes 3: decíamos ayer, El Paísque la pifia tenía remedio: retirar los tomos intoxicados y de ellos los pliegos u hojas mendaces y sustituirlos por los corregidos. Hoy, ante la solución dada por la Academia, a saber, que sólo habrá enmiendas en la edición digital del diccionario, conocemos lo que siempre hemos sospechado, a saber: que los que precisan corrección, reimpresión y reencuadernación son los propios académicos, tan alejados de la vida de estudio por andar metidos aún en el Agitprop.)
(Franco y Millán Astray fotografiados por Bartolomé Ros)

Este rey (con estrambote)

Dejemos de lado las prisas que se ha dado la prensa española, tan palaciega cuando trata los asuntos de la casa real, para enjuagar el rapto de mal humor que tuvo el rey ante unos cuantos periodistas a preguntas de estos sobre su estado de salud. Podemos comprender su humanísima irritación. Si envejecer puede contrariarle a cualquiera, tanto más a un rey. El resto de los mortales perdemos la vida. Él pierde la vida y la corona. Por lo demás, ¿cómo no comprender su mal humor, si al caminar le duele la rodilla? Pero lo extraño de esa frase sarcástica, nunca oída antes a nadie, fue el final: “Lo que os gusta es matarme… y ponerme un pino en la tripa”. De haber sido un poeta, un caballero de la Table Ronde, por ejemplo, nunca habría dicho tripa, sino cualquier otra cosa, pecho, por ejemplo, “un pino en el pecho”, y habría sido una imagen preciosa, con su misterio (por no referirnos ahora a la tosquedad de su habla, en general, o, en particular, a ese tono que parecía salir sobrando). Pero esa distancia que media de la nobleza del pecho al intestino es insalvable. Es también la misma que hay entre un surrealista, alguien que como Dalí comprende que la monarquía es surrealista por naturaleza, y el romántico cantor de Mio Cid, que escribió, viéndole a  este en el destierro, aquello de “Dios, que buen vassallo, si oviese buen señore!”.
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ESTRAMBOTE. España parece llevar camino de no poder hablar de sus reyes hasta que no lleven estos con un pino en la tripa medio siglo, como poco.

1 juin 2011

A la deriva

El mecanismo de este blog permite conocer en cada momento el número de visitantes que tiene y el lugar desde el que acceden a la página cada uno de ellos, incluida la ciudad o el pueblo. No quiere uno saber cómo pudo la ciencia haber llegado a tanto, porque no está seguro de comprenderlo. Junto a las tablas de arqueos, se muestra también un mapamundi, como los mapas de un Estado Mayor. Está dibujado sobre fondo blanco y en él aparecen coloreados los países donde se encuentran esos lectores. Basta uno solo de ellos para que se tinte de verde claro todo un país, por grande que sea. Tiene este blog un lector en Rusia, y Rusia aparece teñida de verde. Tiene dos en Australia, y Australia aparece igualmente coloreada, y lo mismo sucede con India, donde hay otro. Estos cuatro lectores venían visitando este blog cada mañana desde hace dos meses, cuando el blog salió a navegar. Sentía uno, pues, cada mañana una infinita gratitud por Rusia, por Australia, por India. Algún día iré personalmente hasta esos lugares remotos de la tierra, me decía, y estrecharé la mano de estos lectores. Amig*s de Rusia, de Australia, de India, saludos, exclamaba jubiloso al empezar el día. Desde hace tres días, sin embargo, el vasto territorio que va desde el Mar del Norte hasta Sebastopol, ha aparecido de nuevo en blanco, se ha apagado. Rusia ha caído en la indiferenciación, como ha estado también todo este tiempo el vasto continente africano. África, en cambio, nunca le dijo a uno nada, porque nunca tuvo a nadie allí, siempre estuvo en blanco. Se inquieta uno pensando qué habrá podido ocurrirle a la persona que entraba cada día desde Kiev. Acaso haya caído enferma, me digo con temor, tal vez haya muerto o lo esté pasando mal, tal vez haya partido más lejos aún, dejando todo atrás. Y siente uno su vida hoy más pequeña que nunca, en la misma proporción que internet la había ensanchado tanto. Y me pregunto si acaso no soy yo el que ha caído, el que ha partido más lejos todavía, el que está muerto, y si esto no es, como sabíamos, un mensaje en una botella de náufrago dando tumbos por el espacio, flotando en él como millones más de mensajes y botellas, chocando unas con otras, a la deriva.

31 mai 2011

La piragua monóxila surca de nuevo los mares hundida en un petroglifo

“—¿Le valió de algo la poesía cuando se sentó en el despacho del político?
—A mí sí. Creo que he sido un político atípico y heterodoxo. Y lo pagué. Salvando las distancias y las diferencias de época fui como Azaña, un intelectual metido en la política. Pero sí me valió la poesía. Para tener más saber, conocimientos, experiencia y también para saber irme con dignidad y con honor, y con la alegría de haber hecho grandes cosas. Personas como Azaña, como yo, sufrimos más en la política, porque no estamos amparados del cinismo de la política. Pero estoy muy satisfecho y además el tiempo cada vez me dará más la razón.
—¿Y ese cinismo no caló en su literatura?
—No, nunca he sido un cínico, y quizá ese haya sido mi principal defecto en mi paso por política”.
En un primer momento, al leer estas declaraciones del exministro de Cultura al Abc, uno piensa: La piragua monóxila surca de nuevo los mares hundida en su petroglifo. Pero al punto, en cuanto hemos dejado de reírnos con ellas tan de buena gana, le entra a uno un grandísimo desánimo, pues advierte la gravedad del asunto al considerar en manos de qué iluminados ha caído la política cultural española y en las de quiénes va a seguir cayendo y recayendo. Pues resulta patente que si ese hombre se ha creído en algún momento don Manuel Azaña, intelectual o políticamente hablando, oh dislate, ya no se resignará a no volver de nuevo a gobernar nuestras vidas creyéndose César Antonio Molina. Va a estar en lo cierto, sí, por desgracia el tiempo nos está dando la razón a todos.