7 juillet 2011

Discípulos, maestros

HAY algo conmovedor en el modo en que músicos y filósofos, al menos los de la vieja escuela, hablan de aquellos maestros con los que estudiaron de jóvenes (los pintores o escultores dejaron de sentir esa admiración por nadie hace casi un siglo, cuando advirtieron que para el arte que tenían que hacer no necesitaban maestros, persuadidos de que la modernidad les hacía genios sin más requisito que el haber nacido). Y ocurre así con filósofos y músicos, porque música y filosofía tienden a ver en la ordenación armónica del mundo un proceso constante pero no progresivo ni utilitario, en el que la ejemplaridad llega a confundirse con la fraternidad. En cuanto a la admiración de tales discípulos hacia sus maestros no sólo no decrece a lo largo de su vida, sino que se acrecienta en ellos con los años, incluso cuando esos alumnos llegan a superar a sus maestros en saber o en la consideración de las gentes, y jamás se olvidan de citarlos con un hondo sentimiento de afecto, aun cuando el nombre y la obra de esos maestros apenas signifique ya nada para nadie. Y nada digamos de los discípulos de aquellos que como Sócrates se despidieron (en la Apología) con palabras que  ningún adiós podrá igualar: “Debemos irnos ahora, yo a morir, tú a vivir. Qué es mejor sólo el dios sabe”. Es entonces cuando maestros y discípulos se sienten, además, hermanos.
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SANFERMINES. Nunca agradeceremos lo bastante a la tv que nos recuerde puntualmente cada año la suerte que tenemos no estando allí.

6 juillet 2011

Cartas

ACASO la parte más terrible y desoladora de una larga relación amorosa entre dos personas que vivieron toda su vida juntas, compartiéndolo todo, sea la ausencia de cartas entre ellas: no las necesitaban y, por tanto, no las echaban de menos, fiándolo todo a sus coloquios. ¿Qué sentido hubiese tenido escribírselo? El drama, la tragedia más bien, diríamos, sobreviene cuando una de esas dos personas muere. La persona que ha sobrevivido busca entonces en los armarios, en las gavetas, en cómodas  y carpetas vestigios de ese amor en palabras veraces, y no las halla. Saldrán a su encuentro, incluso, para su desesperación, cartas que le dirigieron gentes que nada significaron en su vida, que le recordarán a su vez  las que él mismo escribió a personas que ni siquiera recuerda. Y eso le ocurre en un momento en que la edad empieza a borrar de su memoria no sólo las huellas del otro, sino las de sí mismo en su pasado. Únicamente, tal vez, si cultivó mientras vivía eso a lo que se refirió H. A., la doble naturaleza del yo, tantôt je pense, tantôt je suis, que hace que sólo estemos verdaderamente acompañados cuando estamos solos, sólo entonces, decía, la persona amada y ausente de forma irremediable podrá encarnarse en esa otra mitad suya, el pensamiento, que dará carta de naturaleza a su existencia. Podrá pensar, y gracias a pensar el que fue, vuelve el ausente a ser.

5 juillet 2011

Dos asientos y una foto

AL preguntar el otro día en su almoneda del Rastro por él, nos dijo escuetamente: “Mi esposo falleció hace dos semanas”. Esa mujer, para cualquier otra persona que no fuese de su familia o menos querida, hubiese empleado sin vacilación el verbo morir. Sin duda ve en “morir”, y de una manera atávica, algo definitivo y brutal, en tanto que “fallecer” le parece más respetuoso, como si morir lo aplicáramos a los animales y a los extraños o a quienes nos son indiferentes, algo sin posible compostura, y fallecer lo reserváramos para aquellos que no merecieron morir (y esa convención se lleva a los periódicos, donde suelen "morir" los terroristas o los narcotraficantes, por ejemplo, mientras "fallecen" las víctimas de la violencia de género y otras, y desde luego a la esquelas, en las que rarísimamente se encontrará el verbo morir conjugado en ninguno de sus tiempos). Por lo demás, si observamos con atención, quienes encuentran un rasgo de distinción o de urbanidad diferenciar entre morir y fallecer, suelen ser los mismos que en esas  mismas circunstancias, más o menos solemnes o graves, emplean la palabra esposo por marido o la de esposa por mujer.
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“QUE su vida es una ruina es evidente para cualquiera que desee prestarle atención y contemplar su estado”, le dice en una carta Hanna Arendt a su amiga Mary McCarthy, a propósito del marido del que esta trataba de obtener el divorcio. Pero si se piensa bien, quien ha llegado a una conclusión como esa, y lo hacemos a menudo con personas próximas, es porque a esas alturas ni deseamos prestar atención a esa persona ni nos importa lo más mínimo que su vida se haya convertido en una ruina.
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(EN cuanto a la foto que tanto tiene de un caracol con su estela: se prestaría a escribir unas cuantas greguerías, claro que a lo único que no llegarán la literatura ni la fotografía es a traer hasta aquí el indescriptible olor a cedro y a infancia que desalojaban en su danza los faralaes del lápiz)




4 juillet 2011

Autómatas curiosos

En un opúsculo de cierto Julio Cavestany, marqués de Moret, titulado precisamente así, “Autómatas curiosos”, se nos habla del Papa-Moscas de la catedral de Burgos, de los maragatos de Astorga y de otros muchos.

¿Qué ha fascinado tanto de esos muñecos a tantas gentes sin distinción de género ni condición y en todas las épocas, a niños, artistas (Leonardo), poetas (Poe), sabios (Benjamin)? ¿Su puntualidad? ¿Su audacia, el que imiten, a veces con maestría, los movimientos humanos que a los humanos no siempre les es posible ejecutar?

Citando a don Antonio Ponz, autor de un Viaje legendario, nos habla Cavestany de uno de los autómatas más prodigiosos de que se tenga noticia. Su autor fue el relojero de Carlos V, el cremonense Juanelo Turriano, famoso por sus ingenios, como aquel que industrió para subir hasta el alcázar de Toledo el agua cristalina del Tajo en el que se bañaban las ninfas que allí descubrió Garcilaso. El muñeco de Juanelo fue pronto muy popular en toda la ciudad, que le apodó con el nombre de “El hombre de palo”. Se decía que el autómata iba cada mañana desde la casa de Juanelo hasta la del Arzobispo, que vivía enfrente, y allí tomaba de un azafate o canastilla de mimbre  su ración de pan y carne, “haciendo cortesías al ir y al venir”. Juanelo lo hacía volar de casa a casa mediante una industria de poleas, ruedas y jarcias que lo sacaban de un balcón y lo metían en el de enfrente, para admiración de los vecinos, que acudían a diario a ver aquel vuelo no menos asombroso que el del famoso y también toledano licenciado Torralba, presente en el famoso saqueo de Roma sin haber salido de su casa toledana.

Uno, como tantas gentes, se ha quedado maravillado por toda esa clase de muñecos de resorte, sin importarle la complejidad de la mecánica que los hace moverse, sea el que fabricó Wolfgang von Kempelen, en 1769, capaz de ganar al ajedrez a los mejores maestros, o el más elemental cuco que deja su casita para anunciar la hora. Creo que en todos los casos hay en esa fascinación algo más que la que nos causa su industria. Al contrario de lo que decía el Basilio del Quijote (“No milagro, milagro, sino industria, industria”), uno parece esperar siempre de un autómata algo más: el milagro. No sé, que dejarán la torre de la catedral  en la que parecen estar cautivos, que se enamorarán de la hija del rey para el que fueron construidos o que, en el caso del cuco, un día, tras dar la hora, en vez de volver a meterse, se echará a volar.

Hace unas semanas hemos visto que se han cambiado en muchos lugares unos políticos por otros, pero muchas gentes aseguran que les parecen, unos u otros, “los mismos”, sin duda porque los ven  como autómatas, a las órdenes de sus respectivos relojeros, haciendo siempre las mismas cosas, previsibles, entrando, saliendo, levantando la mano con movimientos sincopados, esquemáticos. Y sin embargo, no podemos apartar de ellos la vista, esperamos sus apariciones con romántica expectación, deseando sin duda que un día conquisten al fin su libertad.

(Foto: Jindrich Styrsky, de la serie Muž s klapkami na o D- ích, 1934. En Constelaciones de W.B.)

3 juillet 2011

La cruda realidad y el rigor mortis

Ha escrito Vicente Verdú un extraño artículo: “Antonio López y la muerte”. “Todos los pintores españoles”, dice en él, “han pasado por la criba o el rastrillo de la crítica más o menos adversa. Todos menos acaso sólo uno: Antonio López. Incuestionado, intocable, blindado por un extraordinario respeto de público y crítica”. ¿Lo cuestiona Verdú, lo respeta? No es sencillo dilucidarlo. Cada época tiene sus incuestionados, sus intocables, sus santones. Habla Verdú de hileras de feligreses en su exposición. La palabra feligrés, la palabra hilera, no presagian nada bueno. Tampoco las que cierran su artículo: “No pintar, no decir, no estar. ¿Una vida? La mayor parte de los cuadros y esculturas expuestos en la Thyssen son criaturas muertas, hijas de largas y meticulosas sesiones de taxidermista”.
Y lo cierto es que la experiencia que ha parecido tener V.V. ante los cuadros del pintor, la han tenido también otros que formaron parte de esas hileras si no de feligreses, sí de curiosos. Y, cierto, allí nos esperaba la realidad visible, pero no la invisible. V.V. se refirió, hablando de sus figuras, a “zombis y a difuntos a los que se les ha extirpado el alma”, que sólo y muy excepcionalmente parecen tenerla algunas de sus calles de Tomelloso, algunos de los retratos de sus hijas. ¿Y qué es la realidad visible sin su misterio? ¿No será quizá sólo la materia muerta, inanimada, abstracta de fondo y forma, insinuada por V.V.? ¿”La cruda realidad y el rigor mortis” a los que se refiere M.M., ese neurótico afán de añadir, tanto más trágico cuanto que “pintar no es ordenar, ir disponiendo / sobre una superficie, un juego vano, / colocar unas sombras sobre un plano, / empeñarte en tapar, en ir cubriendo”? Pues, sí, si algo se percibe sobre cualquier otro mérito en las obras de este artista es ese colosal trabajo suyo, abrumador, oprimente, empeñativo.
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2 juillet 2011

Pedreros

Si todos los oficios resultan fascinantes, algunos lo son no tanto por la técnica que se necesita para desarrollarlos, sino por la inspiración sin la cual no serían posibles y que les acerca a la poesía, cuyo origen fue precisamente ese: el hacer, el fabricar.
No habrá ni un solo profano que no se haya quedado prendado en el taller del carpintero, en la fragua del herrero, en el obrador del colmenero cuando tales artesanos están aplicados en su trabajo. Olor embriagador a madera y a resina, hipnótico fuego, abismal geometría de los panales. En todos los casos se trata, además, de oficios que pueden ejercerse en silencio y con frecuencia así lo prefieren quienes los ejercen, como quien ha de guardar silencio para ese instante en que, insuficiente la técnica, han de estar atentos para la siempre misteriosa epifanía de la inspiración.
El del pedrero es uno de esos oficios portentosos, acaso porque ni siquiera necesite de un lugar cerrado. Al contrario, es oficio al aire libre, que une al silencio singular del pedrero el silencio concertado de la naturaleza. Su labor es ir levantando, en estas callejas extremeñas, las paredes o portillos que limitan las propiedades. Se construyen con la técnica de la piedra seca, como aquí se la llama, piedra sobre piedra. El pedrero ha buscado las piedras, si se trata de una pared nueva, o utiliza las viejas cuando levanta la que se ha caído por el paso del tiempo o, como en el caso de los últimos temporales, por la acción de la lluvia y las riadas. Sin aceleración ni descanso, con un martillo en una mano y la otra libre, el pedrero va partiendo la piedra o adaptándola como le viene, buscando el lugar idóneo. Al verle trabajar sin titubeo, y colocar con una precisión de virtuoso cada piedra en su sitio, sin verle rectificar jamás, el pedrero nos confiesa con la mayor naturalidad el secreto de su oficio. Lo son todos los buenos artesanos, humildes y desafectados. “El único intríngulis (y es esta la palabra que ha utilizado, antigua como sus piedras: el único busilis, podría haber dicho también) de este oficio es no soltar nunca la piedra que se ha cogido de primera intención. Esa tiene que tener su sitio. El ojo ya ha elegido antes de sacarla del montón. Y va directa a su sitio. Es ella la que pide su sitio. No falla”.
Imaginamos que es así como Lope de Vega escribiría muchas de sus comedias, aquellas, que componía en una sola noche, según cuentan, sin detenerse jamás ante la dificultad de una rima. Y no lo decimos porque a las piedras chicas, que sirven para llenar los huecos pequeños, se las llame precisamente así, ripios. Pues el resultado no puede ser menos ripioso. Al contrario, cuánta elegancia final en la pared recién terminada. Planteamiento, nudo y desenlace en una sola tirada, y con qué aplomo. Recuerda incluso la pared a un  telón de teatro, o mejor, a una buena biblioteca, con todos los libros encajados, asentados, esperando ser leídos, ordenados por su tamaño para no desperdiciar hueco, que es así como suelen tenerla al final los buenos lectores que ven crecer más deprisa sus bibliotecas que los lugares en los que viven.
En la pared que el pedrero C. levanta estos días pueden verse incluso las raíces que quedaron al descubierto cuando la anterior se vino abajo este invierno. Como deberían verse las raíces en toda biblioteca.
El pedrero no se detiene, sigue su silenciosa tarea de ordenar y arropar el caos, de encerrarlo con su ciencia. El ojo elige, la mano ordena, y el mundo queda hecho.






PIEDRA Y SUELO

Cada vez que una piedra
se rompe, nunca vuelve
a soldarse.
Así desde el principio
de los tiempos ocurre
y todas son heridas
que no cierran.

Ya sé por qué a menudo
mientras voy paseando
no levanto los ojos
del camino.
No es misantropía. Así las piedras
cada vez más pequeñas
y yo nos consolamos.
       (De Un sueño en otro)

1 juillet 2011

Sí, pero no (a propósito de L.-F. C.)

LA distancia que media entre un “sí, pero no” y un “no, pero sí” es tan insalvable como la que hay entre un sí y un no.
Y Céline es, en el mejor de los casos, un ”sí, pero no” que acabará en la casilla de la literatura junto al Marqués de Sade, a quien la parte más descreída de la propia literatura denominó El Divino en uno de esos raptos de mixtificación (y mistificación) incomprensible más allá de la patología. Y no es que a Céline ya no se le pueda leer conociendo su beligerancia antisemita, o como si sus libros se hubiesen escrito al margen del nazismo, sino que fueron sus libros los que lo hicieron posible y lo justificaron. De modo que cuando oímos que Céline, “al margen de sus ideas políticas”, es un gran escritor (a los franceses les gusta emparejarlo con Proust para desgracia de este), nos acordamos del abogado de Eichmann presentándole como un funcionario ejemplar y un amante padre de sus hijos. Gracias a ello hemos comprendido ahora que a la banalización del mal, de la que habló Arendt, se corresponde la banalización de la literatura. ¿Hubiera debido Céline acabar delante de un pelotón, como Brasillach, o  en la horca, como Eichmann? Le salvó de ella acaso el que tardaran más de cuatro años en descubrirle, detenerle y juzgarle y volvió a debatirse en su día ante lo benigno de la sentencia de aquel megalómano orgulloso de que "toda Francia" se ocupara de él. De lo que no tiene uno la menor duda es de que ninguno de sus famosos tres puntos suspensivos valen el revuelo que ha levantado el cincuentenario de su muerte.
Y las razones por las que suele ser cierta izquierda (la derecha antisemita se limita a observar cómo le hacen el caldo gordo) y los franceses en bloque, y sólo o principalmente los franceses, los que más lo defienden, son de otra índole y exceden el propósito de estas líneas. Recordar, como curiosidad, que su Viaje al fin de la noche fue uno de los libros preferidos de Stalin.
(PS. Y terminadas estas, llega este correo de X: "Sabes igualmente que pienso que De Gaulle hizo muy bien en no conmutarle la pena de muerte a Brasillach, que en Je suis partout escribió aquello de que “también” había que "separarse" de los niños judíos. Su frase textual (vete a ese enlace) fue: ll faut se séparer des juifs en bloc et ne pas garder de petits”. Y, sí, escalofría la forma mercantil, industrial, en la que se expresa el terror entre las gentes civilizadas: “Apartarse de los judíos en bloque y no quedarse ni siquiera con los niños”).