Si todos los oficios resultan fascinantes, algunos lo son no tanto por la técnica que se necesita para desarrollarlos, sino por la inspiración sin la cual no serían posibles y que les acerca a la poesía, cuyo origen fue precisamente ese: el hacer, el fabricar.
No habrá ni un solo profano que no se haya quedado prendado en el taller del carpintero, en la fragua del herrero, en el obrador del colmenero cuando tales artesanos están aplicados en su trabajo. Olor embriagador a madera y a resina, hipnótico fuego, abismal geometría de los panales. En todos los casos se trata, además, de oficios que pueden ejercerse en silencio y con frecuencia así lo prefieren quienes los ejercen, como quien ha de guardar silencio para ese instante en que, insuficiente la técnica, han de estar atentos para la siempre misteriosa epifanía de la inspiración.
El del pedrero es uno de esos oficios portentosos, acaso porque ni siquiera necesite de un lugar cerrado. Al contrario, es oficio al aire libre, que une al silencio singular del pedrero el silencio concertado de la naturaleza. Su labor es ir levantando, en estas callejas extremeñas, las paredes o portillos que limitan las propiedades. Se construyen con la técnica de la piedra seca, como aquí se la llama, piedra sobre piedra. El pedrero ha buscado las piedras, si se trata de una pared nueva, o utiliza las viejas cuando levanta la que se ha caído por el paso del tiempo o, como en el caso de los últimos temporales, por la acción de la lluvia y las riadas. Sin aceleración ni descanso, con un martillo en una mano y la otra libre, el pedrero va partiendo la piedra o adaptándola como le viene, buscando el lugar idóneo. Al verle trabajar sin titubeo, y colocar con una precisión de virtuoso cada piedra en su sitio, sin verle rectificar jamás, el pedrero nos confiesa con la mayor naturalidad el secreto de su oficio. Lo son todos los buenos artesanos, humildes y desafectados. “El único intríngulis (y es esta la palabra que ha utilizado, antigua como sus piedras: el único busilis, podría haber dicho también) de este oficio es no soltar nunca la piedra que se ha cogido de primera intención. Esa tiene que tener su sitio. El ojo ya ha elegido antes de sacarla del montón. Y va directa a su sitio. Es ella la que pide su sitio. No falla”.
Imaginamos que es así como Lope de Vega escribiría muchas de sus comedias, aquellas, que componía en una sola noche, según cuentan, sin detenerse jamás ante la dificultad de una rima. Y no lo decimos porque a las piedras chicas, que sirven para llenar los huecos pequeños, se las llame precisamente así, ripios. Pues el resultado no puede ser menos ripioso. Al contrario, cuánta elegancia final en la pared recién terminada. Planteamiento, nudo y desenlace en una sola tirada, y con qué aplomo. Recuerda incluso la pared a un telón de teatro, o mejor, a una buena biblioteca, con todos los libros encajados, asentados, esperando ser leídos, ordenados por su tamaño para no desperdiciar hueco, que es así como suelen tenerla al final los buenos lectores que ven crecer más deprisa sus bibliotecas que los lugares en los que viven.
En la pared que el pedrero C. levanta estos días pueden verse incluso las raíces que quedaron al descubierto cuando la anterior se vino abajo este invierno. Como deberían verse las raíces en toda biblioteca.
El pedrero no se detiene, sigue su silenciosa tarea de ordenar y arropar el caos, de encerrarlo con su ciencia. El ojo elige, la mano ordena, y el mundo queda hecho.
PIEDRA Y SUELO
Cada vez que una piedra
se rompe, nunca vuelve
a soldarse.
Así desde el principio
de los tiempos ocurre
y todas son heridas
que no cierran.
Ya sé por qué a menudo
mientras voy paseando
no levanto los ojos
del camino.
No es misantropía. Así las piedras
cada vez más pequeñas
y yo nos consolamos.
(De Un sueño en otro)