9 juillet 2011

Oropéndolas

Pobre X, aún no se había publicado ninguno de los dieciséis tomos que siguieron a aquel primero, y ya advirtió que a El gato encerrado le sobraban oropéndolas. Lo cierto es que sólo salía una. Sin duda su canto en el libro le impacientó por abrumador. Creo también que le parecía una insolencia ocuparse de oropéndolas, vete a saber por qué. Luego X se murió, y ya no criticó más nada, que diría el joven promesa. Sin embargo, sin oropéndolas la vida no sería la misma. ¿Alguien lo duda? Al menos la nuestra, y tampoco sin violetas, y sin rosas, y, claro, sin ratas. Gracias a que oímos a la oropéndola, nos olvidamos un poco de las ratas.
Desde aquí pueden oírse. A todas ellas, a las ratas galopando por el tejado, y a la oropéndola en algún lugar escondido. ¿Por qué habríamos de prestar más atención a las ratas? ¿Dónde está escrito?
Es muy difícil ver a una oropéndola. Se diría que cuanto mejor canta un pájaro es más difícil verlo. Nace así su canto de ningún sitio y de todos. Sucede con el ruiseñor, que se esconde en la umbría para hacer su nido y raramente se muestra. Se ha dicho muchas veces que hay pájaros de aspecto anodino y canto melodioso, como el ruiseñor, y aves majestuosas, como el pavo real, o vistosísimas, como el loro, a cuyos gritos y parloteos no podría dárseles el nombre de canto. Sólo unas pocas, como las oropéndolas, parecen reunir todas las virtudes. Hasta su nombre es bonito por lo que dice y por lo que suena: Plumas de oro, textualmente, o si se prefiere, “pájaro de fuego”. Y sucede, también, con la oropéndola, que su canto modulado recuerda al oficio del pendolista, ondulando el aire con la pluma.
Canta “nuestra” oropéndola a unas horas fijas cada día, unos pocos minutos, muy pocos, y luego no vuelve a hacerlo más, hasta la mañana siguiente. Acaso la tengan empleada, así lo sugiere tanta puntualidad. Y más que el canto, del que apenas se puede disfrutar por lo breve que es, resulta impagable esa puntualidad con la que viene a recordarnos precisamente eso, el carpe diem de este lugar, de estos días. Por eso querría uno salir a su encuentro y darle las gracias en nombre de todos nosotros, incluso de las ratas, antes de que su presencia sin orilla, se adentre un día sin orilla en su ausencia.

8 juillet 2011

Tío Pepe Schwitters

SIN el humor de Dada jamás habríamos descubierto a este Tío Pepe, constructivista flamenco o flamenco constructivista, entre los microaspersores de la ferretería. El ingeniero industrial que lo diseñó pudo muy bien concebirlo todo en negro (la mayoría lo son), pero también a él la vida le resultará aburrida pensada desde la lógica estricta de la producción industrial, y ordenó que algunos de los elementos fuesen rojos. ¿Con qué objeto? Alegrarle la vida al serrallo de las violetas, que se sueltan bastante si se las da pie.
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ÚNICAMENTE la vida contemplativa nos permite descubrir el parecido entre el filamento de una bombilla fundida y una araña muerta.
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SI el padre de Salvador Moreno llegó a patentar palillos de dientes con diferentes sabores, no se sabe por qué a nadie se le ha ocurrido todavía patentar bombillas que fuesen al mismo tiempo una de esas bolas de cristal en las que nieva dentro.

7 juillet 2011

Discípulos, maestros

HAY algo conmovedor en el modo en que músicos y filósofos, al menos los de la vieja escuela, hablan de aquellos maestros con los que estudiaron de jóvenes (los pintores o escultores dejaron de sentir esa admiración por nadie hace casi un siglo, cuando advirtieron que para el arte que tenían que hacer no necesitaban maestros, persuadidos de que la modernidad les hacía genios sin más requisito que el haber nacido). Y ocurre así con filósofos y músicos, porque música y filosofía tienden a ver en la ordenación armónica del mundo un proceso constante pero no progresivo ni utilitario, en el que la ejemplaridad llega a confundirse con la fraternidad. En cuanto a la admiración de tales discípulos hacia sus maestros no sólo no decrece a lo largo de su vida, sino que se acrecienta en ellos con los años, incluso cuando esos alumnos llegan a superar a sus maestros en saber o en la consideración de las gentes, y jamás se olvidan de citarlos con un hondo sentimiento de afecto, aun cuando el nombre y la obra de esos maestros apenas signifique ya nada para nadie. Y nada digamos de los discípulos de aquellos que como Sócrates se despidieron (en la Apología) con palabras que  ningún adiós podrá igualar: “Debemos irnos ahora, yo a morir, tú a vivir. Qué es mejor sólo el dios sabe”. Es entonces cuando maestros y discípulos se sienten, además, hermanos.
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SANFERMINES. Nunca agradeceremos lo bastante a la tv que nos recuerde puntualmente cada año la suerte que tenemos no estando allí.

6 juillet 2011

Cartas

ACASO la parte más terrible y desoladora de una larga relación amorosa entre dos personas que vivieron toda su vida juntas, compartiéndolo todo, sea la ausencia de cartas entre ellas: no las necesitaban y, por tanto, no las echaban de menos, fiándolo todo a sus coloquios. ¿Qué sentido hubiese tenido escribírselo? El drama, la tragedia más bien, diríamos, sobreviene cuando una de esas dos personas muere. La persona que ha sobrevivido busca entonces en los armarios, en las gavetas, en cómodas  y carpetas vestigios de ese amor en palabras veraces, y no las halla. Saldrán a su encuentro, incluso, para su desesperación, cartas que le dirigieron gentes que nada significaron en su vida, que le recordarán a su vez  las que él mismo escribió a personas que ni siquiera recuerda. Y eso le ocurre en un momento en que la edad empieza a borrar de su memoria no sólo las huellas del otro, sino las de sí mismo en su pasado. Únicamente, tal vez, si cultivó mientras vivía eso a lo que se refirió H. A., la doble naturaleza del yo, tantôt je pense, tantôt je suis, que hace que sólo estemos verdaderamente acompañados cuando estamos solos, sólo entonces, decía, la persona amada y ausente de forma irremediable podrá encarnarse en esa otra mitad suya, el pensamiento, que dará carta de naturaleza a su existencia. Podrá pensar, y gracias a pensar el que fue, vuelve el ausente a ser.

5 juillet 2011

Dos asientos y una foto

AL preguntar el otro día en su almoneda del Rastro por él, nos dijo escuetamente: “Mi esposo falleció hace dos semanas”. Esa mujer, para cualquier otra persona que no fuese de su familia o menos querida, hubiese empleado sin vacilación el verbo morir. Sin duda ve en “morir”, y de una manera atávica, algo definitivo y brutal, en tanto que “fallecer” le parece más respetuoso, como si morir lo aplicáramos a los animales y a los extraños o a quienes nos son indiferentes, algo sin posible compostura, y fallecer lo reserváramos para aquellos que no merecieron morir (y esa convención se lleva a los periódicos, donde suelen "morir" los terroristas o los narcotraficantes, por ejemplo, mientras "fallecen" las víctimas de la violencia de género y otras, y desde luego a la esquelas, en las que rarísimamente se encontrará el verbo morir conjugado en ninguno de sus tiempos). Por lo demás, si observamos con atención, quienes encuentran un rasgo de distinción o de urbanidad diferenciar entre morir y fallecer, suelen ser los mismos que en esas  mismas circunstancias, más o menos solemnes o graves, emplean la palabra esposo por marido o la de esposa por mujer.
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“QUE su vida es una ruina es evidente para cualquiera que desee prestarle atención y contemplar su estado”, le dice en una carta Hanna Arendt a su amiga Mary McCarthy, a propósito del marido del que esta trataba de obtener el divorcio. Pero si se piensa bien, quien ha llegado a una conclusión como esa, y lo hacemos a menudo con personas próximas, es porque a esas alturas ni deseamos prestar atención a esa persona ni nos importa lo más mínimo que su vida se haya convertido en una ruina.
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(EN cuanto a la foto que tanto tiene de un caracol con su estela: se prestaría a escribir unas cuantas greguerías, claro que a lo único que no llegarán la literatura ni la fotografía es a traer hasta aquí el indescriptible olor a cedro y a infancia que desalojaban en su danza los faralaes del lápiz)




4 juillet 2011

Autómatas curiosos

En un opúsculo de cierto Julio Cavestany, marqués de Moret, titulado precisamente así, “Autómatas curiosos”, se nos habla del Papa-Moscas de la catedral de Burgos, de los maragatos de Astorga y de otros muchos.

¿Qué ha fascinado tanto de esos muñecos a tantas gentes sin distinción de género ni condición y en todas las épocas, a niños, artistas (Leonardo), poetas (Poe), sabios (Benjamin)? ¿Su puntualidad? ¿Su audacia, el que imiten, a veces con maestría, los movimientos humanos que a los humanos no siempre les es posible ejecutar?

Citando a don Antonio Ponz, autor de un Viaje legendario, nos habla Cavestany de uno de los autómatas más prodigiosos de que se tenga noticia. Su autor fue el relojero de Carlos V, el cremonense Juanelo Turriano, famoso por sus ingenios, como aquel que industrió para subir hasta el alcázar de Toledo el agua cristalina del Tajo en el que se bañaban las ninfas que allí descubrió Garcilaso. El muñeco de Juanelo fue pronto muy popular en toda la ciudad, que le apodó con el nombre de “El hombre de palo”. Se decía que el autómata iba cada mañana desde la casa de Juanelo hasta la del Arzobispo, que vivía enfrente, y allí tomaba de un azafate o canastilla de mimbre  su ración de pan y carne, “haciendo cortesías al ir y al venir”. Juanelo lo hacía volar de casa a casa mediante una industria de poleas, ruedas y jarcias que lo sacaban de un balcón y lo metían en el de enfrente, para admiración de los vecinos, que acudían a diario a ver aquel vuelo no menos asombroso que el del famoso y también toledano licenciado Torralba, presente en el famoso saqueo de Roma sin haber salido de su casa toledana.

Uno, como tantas gentes, se ha quedado maravillado por toda esa clase de muñecos de resorte, sin importarle la complejidad de la mecánica que los hace moverse, sea el que fabricó Wolfgang von Kempelen, en 1769, capaz de ganar al ajedrez a los mejores maestros, o el más elemental cuco que deja su casita para anunciar la hora. Creo que en todos los casos hay en esa fascinación algo más que la que nos causa su industria. Al contrario de lo que decía el Basilio del Quijote (“No milagro, milagro, sino industria, industria”), uno parece esperar siempre de un autómata algo más: el milagro. No sé, que dejarán la torre de la catedral  en la que parecen estar cautivos, que se enamorarán de la hija del rey para el que fueron construidos o que, en el caso del cuco, un día, tras dar la hora, en vez de volver a meterse, se echará a volar.

Hace unas semanas hemos visto que se han cambiado en muchos lugares unos políticos por otros, pero muchas gentes aseguran que les parecen, unos u otros, “los mismos”, sin duda porque los ven  como autómatas, a las órdenes de sus respectivos relojeros, haciendo siempre las mismas cosas, previsibles, entrando, saliendo, levantando la mano con movimientos sincopados, esquemáticos. Y sin embargo, no podemos apartar de ellos la vista, esperamos sus apariciones con romántica expectación, deseando sin duda que un día conquisten al fin su libertad.

(Foto: Jindrich Styrsky, de la serie Muž s klapkami na o D- ích, 1934. En Constelaciones de W.B.)