7 août 2011

Una habanera

Ya han hecho sus nidos, ya han criado a sus crías. Han cosechado los campos. Se posan en ese cable cada mañana, cada día, cada verano. Apenas unos minutos. Pinzan el azul del cielo o una nube blanca, como corpiño, y luego desaparecen hasta el día siguiente. No cantan propiamente, todos saben que las golondrinas chían. Lo hacen al mismo tiempo, unas al lado de las otras. Se diría, sí, que más que pinzas de la ropa fuesen corcheas negras en ese pentagrama de una sola línea. Su jolgorio recuerda al cuarto donde ensaya a su antojo, por cuerdas, un coro anárquico. Pero su ensayo va en serio, ensayan una habanera, la partida: se preparan para no volver. Eso es todo. Y lo dicen a su manera, cada mañana, cada día, cada verano, admirablemente. Alegres al llegar, alegres al irse, por no hablar de la alegría que gastaron a manos llenas mientras estuvieron de huéspedes, las oscuras, las alegres.
Y si la habanera, como el otoño, es triste, a nadie importa.


6 août 2011

La arboleda



EN un almanaque no debieran faltar historias como la que sigue. Es célebre y conocida por muchos, pero lo raro es que podamos datarla, atinar con exactitud en su atribución. Existe un libro de Iribarren, El porqué de los dichos, de lectura gratísima, donde se sigue el rastro de muchos de ellos, remontándose hasta sus orígenes, aunque no pocas de sus explicaciones parezcan fabulosas y apócrifas. No lo es esta. Se la oímos por primera vez a Eduardo Calvo. La resumiremos. En cierto cortijo de Maracena, un pueblo entonces, años cincuenta, y hoy arrabal de Granada, los señores convencieron al encargado, un anciano a la sazón, de que visitara de una vez por todas la Alhambra, en la que nunca había estado a pesar de lo cerca que la tenía. Lo subieron en el coche de línea de la mañana, y el anciano volvió en el de la tarde. A su alrededor se congregaron todos los de la casa, señores, cortijanos y gañanes, expectantes por conocer lo que aquel hombre fuese a decirles. Y cuando le preguntaron qué le había parecido la Alhambra, su respuesta, lacónica, le llevó en volandas a la popularidad, y dio a su nombre, Frasquito de Maracena, esa prestancia que en su tierra sólo alcanzan algunas figuras del toreo: “La Alhambra, como todas las Alhambras, pero la arbolea, ¡qué arbolea!”.
Viene esto a cuento de las cosas “extraordinarias” que se nos obliga a conocer a redropelo por estar de vacaciones, pueblos, ciudades, playas, desfiladeros, que acaban siendo como todas las Alhambras.
Y a cuento viene la que también suele referir E. C., uno de los hombres que más gustan de oír y referir historias, uno de esos dicheros, como los llamaba Carmen Martín Gaite, cuya memoria atesora el espíritu de un pueblo.
Recuerda él a uno de los peluqueros de Granada, cuando era estudiante, célebre igualmente por la pregunta que solía hacer a sus parroquianos en cuanto se sentaban en el sillón de barbero: “¿Conversación o lectura?”, dando a entender con ello que si estos preferían leer el periódico, no había más que hablar, aunque si declaraban, por el contrario, preferir la cháchara, no se libraban de otra pregunta, entre cínica y cortesana: “¿A favor o en contra?”.


5 août 2011

De las cunetas

CRECEN en las cunetas de algunas carreteras comarcales de León, al pie de las viejas y derruidas paredes de adobe de esos pueblos fantasmales que dejamos atrás, a veces en medio de los prados abandonados. Tienen esa tristeza incurable de las flores que naciendo sin savia reciben el nombre de siemprevivas, y quizá por ello la naturaleza, que les privó de verdadera juventud, quiso concederlas la inmortalidad, flores de cementerio. Como visita el rocío a rosas y azucenas unas horas,  el polvo las va vistiendo a estas a todas horas, haciendo de la eternidad algo muy fatigoso. No puede afirmarse que sus colores sean apagados porque llegaran a este mundo sin luz: ¿quién diría que esos amarillos no han volado alguna vez en el pecho de un jilguero? Las hemos visto al pasar, antes de seguir nuestro camino, contagiando al paisaje con su fatiga. Al acercarnos, sin embargo, y sólo por gratitud, se abrieron para nosotros, desplegándose como hacen las altas columnas en la bóveda de una catedral. Su verdadero y hermoso florecer estaba debajo, a hurto de todas las miradas, en el mayor silencio. Fue un instante tan sólo, y al poco eran un vago recuerdo en un rincón del espejo retrovisor del coche, como acaso lo seamos todos un día en el espejo retrovisor del mundo. Únicamente nos falta su nombre verdadero, y si como el del asfódelo permite a los muertos hacérsenos visibles, el suyo acaso nos hiciera felices.


4 août 2011

Para más inri

¿No hay algo cómico en esta frase de Borges que los editores han puesto en la faja de la reedición de Memorias de España 1937, “Elena Garro es la Tolstoi mexicana”? En una hipérbole de esa naturaleza quedan mal todos, Borges, la Garro y los editores, incluso Tolstoi. Claro que en Borges, conociendo su amor a las grandes frases, entre brindis al sol y pases por alto, verdaderos tiros por elevación, puede incluso maliciarse una intención de burla, como cuando los jayanes escarnecían a Jesús de Galilea poniéndole a la cruz, a modo de faja también, aquel cartelón en el que se leía “Iesus nazarenus Rex iudaeorum”. Y si ese libro de Garro es interesante y aun valioso, lo es por razones testimoniales y por leerse en él noticias de la guerra de España y el Congreso de Intelectuales antifascistas de Valencia y Madrid que no vienen en ningún otro lado, con frecuencia menudas pero significativas, no, desde luego, por sus limitadas virtudes literarias. En cuanto al propósito de elevar a Elena Garro a la altura de Tolstoi sólo parece perseguir rebajar a Tolstoi, miniaturizando de paso más aún a Garro. ¿Le interesaba a Borges tanto Tolstoi, tanto lo desdeñaba? ¿Y a Elena Garro? Esa frase muestra la manera que tenía el argentino de jugar a tres bandas, lo mismo que pregonar que leía el Quijote en inglés fue una manera de rebajar a Cervantes y al Quijote al mismo tiempo, gran carambola, que completó su Pierre Menard. (Nada que ver con aquella otra faja en un libro de Carmen Posada en la que Vázquez Montalbán aseguraba que la autora era la reencarnación de Balzac y de Dickens, no sabemos si juntos o por separado: en aquella ocasión Montalbán era sincero). En cuanto al propósito de los editores utilizándola es tan evidente que produce ternura.

3 août 2011

De frente y con firma

AL tiempo que se publicaban en La Veleta los aforismos de JRJ, aparecía, con el título de Río arriba, otra selección de aforismos realizada por Juan Varo Zafra. Los primeros se escogieron a lo largo de muchos años, antes incluso de que el recordado Sánchez Romeralo nos regalara el volumen de Ideolojía en el que figura el total de aforismos del poeta (si bien se podrían espigar muchos más en el resto de sus obras). Si algún día el volumen de La Veleta se reeditara, le gustaría a uno añadir estos que Varo Zafra antologó en el suyo. Unos no se incluyeron en aquel por su extensión o por  indecisiones de última hora, y otros los supo ver Varo Zafra mejor que nosotros, poniendo en ellos un acento especial, que les dio relieve:

72 AÑOS. Tengo 72 años. Desde los 11 estoy leyendo, escribiendo, viajando. Sí, he leído y tratado a poetas de muchos países, a casi todos los del mío. Creo que por todo eso, tengo derecho a opinar sobre la escritura española.
Yo podría sintetizar hoy mi gusto poético en cuanto a poesía española diciendo, por ejemplo, que el “Romance del Conde Arnaldos”, las estrofas tal y tal y tal de la “Canción del alma” de San Juan de la Cruz, la “rima” “Con mi dolor a solas” de Bécquer, el poema “Él flotando en las aguas” de Unamuno, “La muerte de Abel Martín” de Antonio Machado, significan los logros mayores líricos de nuestro idioma.
Si otros críticos no piensan como yo, no me preocupo por ello, ya que así será más estenso el vivero jeneral de la poesía española. Y tampoco ataco al crítico que me contradiga, pero defenderé mi derecho a mi gusto y diré lo que pienso de los ejemplos de otros escritores. Y también de ellos como hombres. Pero de frente y con firma.
Y si todavía viviera más y cambiara de gusto, lo diría también, como en años anteriores unos esaltaron más a Góngora o Garcilaso, por ejemplo, más que hoy.

CREO que la vida verdadera es trabajar y gozar, y ayudar a los otros a gozar y trabajar. Y señalar la farsa, la indignidad, la cobardía al que la tenga.
Esto es lo que yo he intentado siempre hacer y lo que pienso seguir haciendo hasta mi muerte.

LO que debió hacerse, debe hacerse, aunque hacerlo no “sirva” ya de nada.

NADA como la proporción, la justeza, en correspondencia. Un hombre no debe vivir en un palacio, la noche no debe alumbrarse con luz artificial, un libro no debe olvidarse que es sólo un soporte.

EL mundo debiera separarse en dos reinos: locos y tontos. (Claro que habría muchos tontos que se creyeran locos).

LAS malas curvas. El flexible de espinazo es siempre falso y artificial. Saludo derecho, saludo derecho.

CUANDO estoy trabajando quiero acabar y no acabar. Es como ir en un tren con deseo del amor, de la gloria, un fin grande, y sin embargo estar contento sin llegar, llegando.

TENEMOS la seguridad de que no gustaremos nunca del todo a los demás. Seamos, pues, plenamente de nuestro gusto.

NO hay peor combinación humana que la de lo bueno y lo bruto. Porque no es posible perdonarle la bondad porque es bruto ni condenarle la brutalidad porque es bueno.

ESTOY embriagándome largamente con mi obra, plena, trabajada, difícil, ante mí.
De pronto, sale completa, grande, bella, la luna.
¿Qué es ya toda mi obra, ay?
DEUDA.– Todos algo, muchos mucho, algunos todo.



P.D. Quienes tengan la edición de La Veleta, podrían imprimir estos y añadirlos, incluyendo este, que allí, página 17, se deslizó con errata misteriosa: “Gusto poco de la escultura en jeneral; y menos de la policroma: se parece demasiado a la realidad para que parezca verdadera o real. ¿Paradoja? Nada de eso. El arte, para que parezca real, debe mantenerse un poco alejado de la vida”. Donde dice “Gusto poco de la escultura jeneral”, decía “Gusto de la espesura jeneral”. En cuanto a la fotografía que acompaña esta entrega, procede de una exposición del fotógrafo Teo Martínez sobre la España de los años 50, 60 y 70 en Teruel Punto Photo 2011), y enviada por J.M.Bonet bien podría cerrar esta entrada dedicada al poeta de los niños.

2 août 2011

Por nosotros de nosotros

Si quien escribe sus poemas habla en nombre del Hombre, quien escribe sus cartas, dulcísimas y tiernas a menudo, joviales casi siempre, es apenas un niño que no acaba de comprender por qué del dolor se ha llevado él la dosis más grande. “Si muriese, no dejo tras de mí ninguna obra inmortal, nada que pueda enorgullecer a mis amigos de mi memoria, pero he amado el principio de la belleza en todas las cosas y si hubiese tenido tiempo habría conseguido ser recordado”, escribió Keats pocos meses antes de morir, sin sospechar que esos poemas, lo único que le resarcían de su penosa enfermedad, y esas cartas que dirigió a amigos tan desconocidos entonces como él, le harían inmortal. ¿Y quién es inmortal? Aquel que habla por nosotros de nosotros con la mayor intimidad, es decir sin envanecerse ni avergonzarse, como esta tormenta que ha irrumpido en agosto a destiempo, levantando de la tierra agostada los inefables olores a paja mojada, propios del otoño, al tiempo que llenaba en su memoria el firmamento de un romanticismo desusado.
(Foto: Gredos desde el coche, 1 de agosto de 2011. G.T.)

1 août 2011

Cuando la música ligera se hace pesada

La cuestión no es tanto si uno ama o no el rock. Esa confidencia, si quieren, la dejamos para el final. La cuestión es mucho más sencilla: ¿quién ha decidido que los telediarios de Televisión Española se cierren cuatro de cada seis días al año con “la noticia” de tal o cual charanga, de tal o cual megaconcierto, de tal o cual aquelarre rockero? Va de inmediato otra confidencia que sería injusto no hacer en este mismo punto: los informativos de la televisión pública, los más vistos y valorados de la audiencia, cuentan también con el entusiasmo incondicional de este telespectador insignificante. Pero la cuestión tampoco es lo que a alguien como yo le guste o no, sino la razón por la cual alguien en esa casa ha decidido que los telediarios han de cerrarse tan a menudo con la visión de unos miles de jóvenes saltando con los brazos en alto y coreando a gritos las canciones que interpretan unos cuantos músicos que luchan a brazo partido con sus guitarras eléctricas y millones de decibelios, como Laocoonte y sus hijos con la pitón. De acuerdo: Dionisios vence a Apolo, pero ¿trescientos días al año?

Lo paradójico es que esos mismos telediarios suelen empezar de forma muy diferente. Como es lógico, la apertura y lo que le sigue suelen llevárselo tal o cual guerra devastadora en África, los asesinatos de unos narcos, el canibalismo político español, la depredación bancaria, el éxodo de quienes cambian la miseria de su país por una muerte segura en la patera... En fin, noticias que a menudo ni siquiera lo son, por ser reiteración de las de la víspera. Ocurre, por ejemplo, con la tragedia de los accidentes de tráfico, que por afectarnos de modo tan directo cumplen su cometido didáctico o, con aquellas otras (Libia, Afganistán, Irak) que parecen subrayar a un tiempo el mundo privilegiado en el que vivimos y todo aquello que ha de hacer este mismo mundo respecto del tercero para mantener la sociedad del despilfarro. Hasta aquí nada que objetar.

Y aunque nos abochorne dar el nombre de noticia a las chorradas que a menudo nos  cuentan los periodistas deportivos también a diario, siempre risueños, casi siempre a voces y con una duración que puede exceder cualquiera de la que tuvieron las noticias “serias” precedentes, centrémonos en ese momento de cierre en el que va a aparecer indefectiblemente en la pantalla un concierto de rock, de jazz, de canción protesta, el solista, el conjunto, la estrella mundial, la nacional, la regional, el perro flauta, el fusionista, en fin, cualquier mercancía musical e intercambiable que se ajuste a eso que, con razón o sin ella, han dado en llamar música ligera...  Raramente un intérprete de música clásica, excepto si llena un estadio o se ha muerto, y más raramente aún un poeta, un filósofo, un científico que tratara de explicar las razones por las que suceden las cosas que se han visto en la primera parte de ese telediario o, sencillamente, con las preguntas que deberíamos hacernos también a diario para dignificar la vida humana. El marciano que viese uno de nuestros telediarios, se preguntaría: Y esos humanos, después de lo visto, ¿qué celebran? Y sí, la confidencia: a uno el rock mucho mucho no le gusta.
      [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 31 de julio de 2011)