12 septembre 2011

Pueblos de mala muerte

Antes de ponerme a escribir este artículo, se ha metido uno en internet buscando rastros del mítico toro Ratón que mató hace unas semanas de una cornada a un mozo borracho en un festejo en un pueblo de mala muerte, dicho esto en sentido estricto. En los muchos artículos e informaciones encontrados llama la atención, en primer lugar, que nadie se pone de acuerdo a la hora de afirmar si han sido dos o tres las vidas humanas que Ratón se ha llevado ya por delante. Significa esto que Ratón ya es un animal legendario, pues eso es precisamente una leyenda,  abrumar los contornos con esa fina niebla que todo lo vuelve a un tiempo impreciso y misterioso, magnificándolo.

Sí hay mayor acuerdo, en cambio, en eximir al toro de responsabilidad. ¿Podría ser de otro modo? ¿Qué culpa tiene la criatura?, nos repiten. ¿No es esa su naturaleza? Pero la discordia reaparece cuando tratan de dilucidar el futuro de un animal sólo peligroso si se le sueltan entre los mozos del pueblo, riau, riau.  El ganadero y dueño del toro, por ejemplo, asegura que ya antes de esa última muerte había pensado retirarlo de los cosos, pero que se lo había  impedido el público, y él y su toro, como los artistas, se deben a su público, que tanto les quiere. ¿Y está consternado el ganadero? Cómo no estarlo. Claro que como suele decirse: los duelos con pan son menos. El cachet de Ratón se dispara cada vez que cornea a alguien. Por eso al ganadero le gustaría clonarlo, aunque se queja de que algo tan costoso no esté al alcance de ganaderos modestos como él, por lo que pide a la autoridad competente que lo haga. Es un clamor popular. Cierto que en el clamor no se entiende bien lo que dicen: si “Oigo, pueblo, tu aflicción” u “Oye al pueblo, a la afición”.  En fin, algo nos ha quedado claro: no querríamos en ningún caso que se clonara al ganadero. Ni tampoco a la afición ni a las autoridades. 

Las declaraciones de los alcaldes cuyos ayuntamientos han contratado al “toro, toro asesino”, parecen, sin embargo, clonadas de las declaraciones de tantos políticos, especialistas en demostrar que la culpa siempre es de otros: “Esos festejos sólo son responsabilidad de las empresas que los contratan”. ¿Y quién decide en estos pueblos la clase de festejos que deben o no celebrarse? ¿El maestro armero, a quien han de dirigirse las reclamaciones? Y sí, queda por último el público, el famoso público, que reclama la presencia del astado (siempre quiso saber uno el nombre del primero que llamó al toro, en un arranque poético, “astado”, o mejor aún, al primero al que se le ocurrió, en un arranque de cinismo,  lo de “respetable público”, gran oxímoron). Estuvo uno hace tres o cuatro años por curiosidad solanesca en una de esas capeas pueblerinas. Causaba congoja, al ser testigo de tanto cerrilismo en el ruedo y en los tendidos, que los españoles siguiéramos siendo... así. Por eso ante la fiera estampa de ese toro bragado llamado Ratón, le asaltan a uno ideas muy raras. Le animaría por ejemplo a Ratón a que terminara su trabajo en tantos pueblos de mala muerte. Lo que no hubiera dado Eugenio Noel por tener un aliado como ese en sus campañas regeneracionistas y antitaurinas.

           [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de septiembre de 2011]

11 septembre 2011

Fantasía (gran moda) o Gran moda (fantasía)

(Foto: El Rastro 11 de septiembre de 2011)

Algo más que unas uvas

Nos asegura nuestro frutero que no tardando mucho desaparecerán las uvas de moscatel, una de las variedades más antiguas que se conocen. Proceden de Alejandría y en el siglo XIX circularon el nombre de Málaga por el mundo, también por las sombrías provincias septentrionales, como el viejo León. Su aspecto deslucido e irregular, el hollejo curtido, las semillas leñosas y abultadas y el tacto pegajoso la hacen, nos dice nuestro amigo, poco comercial, y el público se ha vuelto remilgoso. La desplazarán otras variedades, sospecha él, como esas llamadas uvas-fresa, de color amatista, pequeñas, sin pepitas, perfumadas y de un inesperado e inaudito sabor a fresa, a gominola y a transgénico. Sin embargo ninguna podía superar en dulzura a las de moscatel. En cada racimo llegan escogidos para nosotros, como en ámbar, los crepúsculos de Píndaro envueltos en la brisa salobre de la que habla Homero. Los dioses del Olimpo enviaban hasta el confín de Hesperia a buscar sus racimos para destilar de ellos precisamente  la ambrosía.
Es posible que siga cultivándose en un jardín botánico o en un laboratorio, pero si un día arrancan las cepas por razones mercantiles, habrán desaparecido de nuestro paladar  algo más que unas uvas.
Reclamamos hace años que se conservaran el sonido de las campanas y el olor de las tahonas, desaparecidas de las ciudades a manos de las panificadoras, y ahora, pedimos, a quién, que no desaparezcan esas uvas moscatel, elegidas por los dioses para darles envidia a los mortales. Pero ese mendigar nuestro no es pedir, es sólo mirar cómo se aleja el mundo a un septentrión aún más sombrío.

(Foto: Lluvia. Rafael Trapiello, 2011)

10 septembre 2011

Galicia impresora

Galicia está lejos de todas partes, de Europa y de América, y de Galicia nos llega hoy un libro que nos recuerda que Galicia puede estar lejos de todas partes, pero muy cerca de la poesía: La ilustración gráfica en Galicia (1880-1936), de María Victoria Carballo-Calero y Jorge Valera Barrio (Ed. Duen de Bux, Orense). A la manera de los libros que edita la modélica Campgràfic, entre los que los autores citan Impresos de vanguardia en España, de J.M. Bonet e Imprenta moderna como sus inspiradores, se recogen aquí libros, viñetas, revistas, papeles impresos singulares desde un punto de vista tipográfico. No habrá hoy un mapa más fiable para ese misterioso y secreto país de las imprentas galaicas, nadie lo habría podido hacer tan minuciosa y cuidadosamente. De las prensas gallegas han salido obras memorables, todas las que tuvieran que ver con Valle Inclán, con Nos, con Castelao o con Seoane lo fueron. Le gustan a uno también mucho aquellas otras más modestas que sólo pueden haber salido de Galicía: tipografías de pobre, mal papel, tipos comunes y esa rara belleza que sólo tienen las flores descomunales y un poco monstruosas que aman tanto los aldeanos como para ponerlas delante de las casas y separarse así de la carretera: dalias y gladiolos. Hay que aprender a ser pobre, hay que desaprender mucho en tipografía, y más hoy con los ordenadores. Volver a los modelos antiguos, simples, de las imprentas gallegas, de pueblo, que hicieron tanto con tan poco. Lo que no hubiese dado uno por haber compuesto esta cubierta de Picadillo. Hay, claro, en el libro que nos llega ahora, ejemplos más nobles y refinados de ese arte. Lo hemos leído de un tirón. Nos admira de Galicia que todo suceda en dos o tres parroquias, todos son amigos o parientes, y siguen siéndolo incluso cuando ya son difuntos.


En edición diferente los libros dicen cosa distinta, y la saudade, la niebla, la lluvia, el musgo sobre el granito, los pazos fantasmales, los jardines muertos, nadie hubiese podido decirlos mejor en esos libros modestos, con ilustraciones un tanto toscas (como cruceiros mordidos por los temporales) que los tipógrafos e ilustradores gallegos, un poco tristes y siempre con frío en la punta de los dedos y algo de tos.



(Cubierta del libro comentado, cubierta de Maside para Viaje y Fin de don Fontan, de Dieste, reproducido en el libro de Carballo-Calero y Valera, y cubierta anónima de Pote Aldeano de Picadillo que no se incluiría en ningún manual de tipografía, pero que a uno le gusta mucho, empezando por la foto. Los autores del libro sabrán comprender que entre tantas muestras de excelente tipografía como hay en su libro, haya uno elegido sólo una, siendo las de mi cosecha, como digo, una tan... suya, y otra, lírica, muy a lo Juan Gris modernista, aunque modesta)

9 septembre 2011

Para todos, para ninguno

JRJ: “A la inmensa minoría; Blas de Otero: “A la inmensa mayoría”. 
Más bien: “A los justos: ni uno más ni uno menos” o mejor "A ti sólo. Ni uno más ni uno menos" .
Pero es Nietzsche quien va más lejos: "Para todos, para ninguno".
Todo lo que no sea eso es entregarse a una melancolía narcisista o a un narcisimo agitado. 
* * *
EN su agonía confesó sombrío: “No me espera nadie al otro lado, no tengo a nadie con el que quiera encontrarme allí” (Un misántropo).
* * *
EN la búsqueda de la tumba de Lorca, Lorca ha pasado a segundo lugar. Es la propia búsqueda lo que les entretiene y a lo que ella ha dado lugar, polémicas, lucimiento, política de salón, brindis al sol, etc. Si un día lo encuentran, el mito de Lorca decrecerá. Entiende uno, pues, las posturas enfrentadas, la de aquellos que quisieran que no apareciese nunca (la familia, principalmente, que al no querer buscar ha renunciado ya a encontrarlo, si acaso no están en el secreto de la imposibilidad de hallarlo), y la de los que han hecho de la búsqueda el centro de su existencia (Ian Gibson et allii, que al querer encontrarlo a toda costa, en realidad a toda costa del Estado, se atropellan y no saben buscarlo).
Si se analiza bien, el deseo de unos y otros no es sin embargo tan diferente: en el fondo ninguno de ellos querría que apareciera, bien porque no le ven ninguna ventaja literaria ni comercial, bien porque no querrían por nada del mundo dar término a esa especie de esoterismo que se remonta al Santo Grial.
Ni que decir tiene que uno desearía que apareciese, a ser posible por casualidad y aunque sólo fuese porque dejaran todos ellos de dar la tabarra, pero no desea con menor fuerza, si acaso no mayor, que alguien, incluso un cervantista, descubriera tras años penosos de búsqueda el manuscrito de Las semanas del jardín. A estas alturas ese manuscrito vale lo que todos los cuerpos que se tragó el mar en la batalla de Lepanto, "la más grande ocasión que vieron los siglos...", etc.
(Foto: Del escritorio de G., Las Viñas, Agosto, 2011)

8 septembre 2011

El ángel Weil

Puso M. en la pantalla de este ordenador, como hace tantas veces en nuestras mesas de trabajo, deslizando en silencio en ellas un vaso con flores, este documental sobre Simone Weil, aquella muchacha que definió la fe como una experiencia de la inteligencia iluminada por el amor. Habíamos estado ya con ella en aquella guerra de 1936 (ver Las armas y la letras, 2010), oyéndola decir lo que pocos se atrevieron a decir entonces: que ningún español ni ningún francés con los que se relacionó denunció los crímenes a los que todos ellos asistían indiferentes (Durruti mandando fusilar a un chico porque no quiso unirse a su columna anarquista, lo cuenta en su carta a Bernanos). Aquí vuelve a recordarlo, al tiempo que nos ofrece también un puñado de flores modestas, de cuneta, como ella misma: su relación con los obreros y los movimientos sindicales, con sus padres, con su hermano, con la filosofía, con las matemáticas, con la Resistencia, con su conversión (qué fácil vivir el cristianismo, qué inhóspita la Iglesia), con todos aquellos que, ya en plena guerra mundial, en los campos de exterminio, morían cada día y con los que ella, imitando su muerte, se dejó morir en Inglaterra en 1943. Inmolada. "La desgracia de los otros entró en mi carne", había escrito. Y también: "Hay que pasar por la muerte (...) Pero la muerte no es un suicidio. Es preciso que te maten, que sufras la gravedad, el peso del mundo. ¿Que de extraño tiene que un ser humano se duela con todo el peso del universo sobre sus costillas? (Cuadernos, 1941). Las imágenes, los textos, la música de este documental recrean con delicadeza la vida de una filósofa que nos habló siempre de una joie de vivre que no podía ser diferente de la joie d’apprendre. Algo de esa alegría, pese a lo triste de su muerte, se resiste a desaparecer, como el rastro de un ángel sobre la tierra. El ángel que sólo se manifiesta en la atención extrema. 

7 septembre 2011

Una carta pornográfica

Se publica hoy una carta al director de El País, en la que alguien, a propósito de Almodóvar y de su última película, afirma que "lo que hace este creador-en-activo es arte a la altura de Shakespeare o Velázquez". Sin entrar en consideraciones sobre la película, que ni siquiera hemos visto, comprende uno que ese periódico trate de resarcir al director de cine de la despiadada crítica que publicó Carlos Boyero, o justificar los cientos de páginas, portadas y noticias que le dedican cada mes, pero del mismo modo que no publican ni insultos ni calumnias, se agradecería que mandaran esa clase de cartas pornográficas al cesto de los papeles, precisamente por eso, porque un derecho, el de insultar y el de calumniar, que no tienen en él sus redactores o colaboradores, no se le debería dar tampoco a sus lectores.