5 octobre 2011

Cerca de las fuentes

NO siempre nos resulta fácil comprender cómo la obra de tal o cual creador, que nosotros estimamos tanto, no goza de la consideración de otros, distraídos con obras y autores sin el menor interés. Se diría que el desdén y menosprecio con que tratan a esa obra y ese autor estimables nos alcanzaran también a nosotros, y eso nos melancoliza y desconcierta, y a veces nos punge en lo más íntimo. Por eso, olvidándonos por un momento de que el desdén con el desdén se paga, exigimos impacientes que se les reconozca…ya. Acaso albergamos la secreta esperanza de que al reconocer a ese autor, se nos reconocerá también la fe que pusimos en él, y la lealtad de permanecer a su lado cuando todos le daban la espalda. Cobrárnoslo, como se cobra una participación de lotería. No sé. Creo que al imaginar que ese autor y esa obra serán distinguidos en público como excelentes por tales instancias “superiores”, unimos el cuento de Cenicienta y el del patito feo. Nos alegra, claro, imaginar el día en que todos, al fin, vean a nuestro querido autor convertido en cisne majestuoso y a esa obra en una verdadera princesa, pero también saber que recordaremos con un secreto y dulce placer los años gristes en que fuimos nosotros mismos, con ese autor y con su obra, el patito feo, la cenicienta. Pero nos olvidamos de algo importante. Gracias a la penumbra en que se hallan ciertas obras y ciertos autores podemos disfrutarlos a nuestro sabor, y entenderlos sin interferencias y ruidos indeseados y espúreos, y cierto que no trataremos por ello de prolongar la oscuridad en la que viven, para no compartirlos con nadie por un prurito elitista, pero tampoco dejaremos de ocuparnos de tales obras y tales autores para ocuparnos de aquellos que los incomprenden. Todo llegará en su momento, como los ríos caudalosos. Y mientras, disfrutemos de aguas tan puras, cerca de sus fuentes.

Foto: Madrid, Català-Roca


4 octobre 2011

Se hace saber

VIENE llegando desde hace dos semanas un gran número de correos de lectores que informan que nunca han podido dejar aquí sus post, tras intentarlo mucho. Lo extraño, sin embargo, es que otros hayan podido. Francamente, no sabe uno a qué obedece esa conducta tan caprichosa del sistema, y confío en que las averías se vayan arreglando solas. Tanta es mi fe en el darwinismo digital. Aunque, claro, si alguien puede enseñarnos un atajo en la ingeniería bloguera para solucionarlo, mejor. Un saludo a tod*s.

Larga Marcha de Carlos García-Alix e Isabel de las Casas

No había escrito ningún libro, y en unos meses, decantado de años, nos entregó su memorable Madrid-Moscú, que podríamos describir como un cruce de caminos: los rusos en la guerra de España, los exiliados españoles en la Unión Soviética y la propaganda sobrevolando esa encrucijada como un ave carroñera sobre vidas, obras y haciendas. 
No había hecho antes ningún otro documental, y se puso a escribir y rodar El honor de las injurias, su personal biografía del forajido anarquista Felipe Sandoval que dio pie a la película más personal, terrible y poética que se haya hecho de la guerra civil.
Tampoco hasta la fecha había tenido una editorial propia, y presenta hoy en Madrid Larga Marcha, alusión irónica de su pasado maoísta y pronóstico de futuro, como si nos dijera: a ver si por fin algo nos dura un poco más.
No es necesario recordarles a ninguno de los dos, ni al pintor Carlos García-Alix ni a Isabel de las Casas, que el camino se hace al andar, y que a menudo más importante que el camino es el andar. Lo saben  bien. Ellos dicen ahora su canción (El canto de la tripulación fue otro proyecto antiguo en el que estuvieron embarcados) a quienes tienen la suerte de ir con ellos: Arturo Marian, de quien hoy se presenta en la galería Gloria de Madrid la carpeta Régimen de agua, Alberto García-Alix, Rafael Trapiello, Marcelo Fuentes...
Nos referíamos hace unos días al aristócrata de intemperie. Quien los conozca sabe que a ninguno le sentaría mejor ese título que a C. G.-A. y a I. de las C. Y característica de un aristócrata de intemperie es saber celebrar acompañados lo que sólo ha podido salir de su idea visionaria y solitaria de las cosas.

Carpeta de Arturo Marian

Logo de Larga Marcha

Justificación de la tirada













































Diseño y tipografía: Guillermo Trapiello 

3 octobre 2011

Cómo insultar a Telefónica

Los que hayan seguido esta página con alguna frecuencia sabrán que no suele uno servirse de ella para sus desahogos personales por el maltrato o los abusos y atropellos que el Estado u otros han cometido con él o con alguno de sus seres queridos sólo porque tales abusos y atropellos iban a quedar impunes. En este caso hubiese querido contarlo uno, cierto, a alguien de la propia Telefónica (ja) o en el despacho de un abogado, pero para ello debería haberle dedicado muchas horas y acaso demenciarse del todo, cayendo en uno de esos bucles de la razón que van metiendo a la gente en los frenopáticos como un tornillo sin fin cuando los han vuelto definitivamente locos.

Breve, telegráfico, ya que no ha podido ser ni siquiera telefónico: compra en Movistar Gran Vía móvil servicio internet. Pincho antiguo obsoleto. Baja de pincho. Empleado: “No baja (eso lo último)”. “Tarifa guay”, propone: “Sólo gasto, si uso; no uso, no gasto. Gratis total”. Guay. Pincho pasa a durmiente. Vuelta verano. Factura pincho: 42 euros. Grito en cielo. Llamada. Imposible por teléfono: protesta presencial oficina Gran Vía. Oficina Gran Vía: imposible devolución; en ordenador no baja pincho. A mí qué cuentan. Insultos punta lengua. Freno. Réplica: pincho no usado desde compra móvil, fechas coinciden, fechas hablan. Empleado: no saber. Hecho timo, mira cielo, silba. Uno muerde lengua. Dar baja pincho ya. Empleado tarifa guay ofrece: “No uso, no gastos”. Insultos nuevo punta lengua. ¿Dónde baja? Dejar sitio, mucha cola. Vuelta casa. Dos horas menos vida perdidas. En padre, en madre, en muertos suyos. Llega casa, llama número. “Le paso”. Cuarto de hora. Al fin uno: “¿Desea?”. Muerde lengua. Explica: Baja línea. “Paso a bajas”. Otro cuarto. Música fondo estúpida. Ahora chica: “¿Qué desea?”. Baja línea. “Paso a bajas”. Tercer cuarto. Interrupción brusca tono. Alguien corta. No muerde lengua, vía libre insultos. Sólo paredes. Familia huye. Intenta nuevo. Tono al fin. Vez esta más suerte. Telefonista aguanta voces. Disculpas pide. “Paso a bajas”. Cuarenta minutos. Dioses conceden muerte digna: todos seguidos. Música estúpida taladra sien, busca locura. Por fin alguien. Mastica lengua; miedo insultos, teme cuelgue. Humilde, ya no lengua. Tanto morder, lengua picada, steack tartare. Informa: quiere baja. Respuesta: mande carta. Lengua loca escapa. Insultos. Telefonista póker; comprende, dice... Lengua sigue, insultos, ella sola, con castañuelas.

Ha sido una de las experiencias más demenciales y vejatorias que ha sufrido uno en su vida. Al contársela a todo el mundo, muchos sonríen: ¿Qué te pensabas? De no estar cautivo por contrato, pediría la baja de las cuatro líneas y adsl que aún tenemos con Telefónica, aunque hubiera de pasar cuatro veces por lo mismo, y trataría de que todo el mundo se fuese de un sitio tan siniestro, de no ser porque será el nuestro en los próximos dos años. No querría uno que quiebre y otra estafa. Podría pensarse que este desahogo nos resarciría de algo. No se crea. Imagino a Telefónica, como un ente, con Alierta a la cabeza, si leyera esto (ja), mirando al cielo, silbando, consumado el timo: “Disculpas, señor... El siguiente. Deje la cola. Esperan”.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 2 de octubre de 2011]

2 octobre 2011

Una entrevista y una foto del Rastro

Una entrevista, dos amigos, Enrique García-Máiquez  e Ignacio Peyró (gracias) y un periódico, hoy, La Gaceta de los negocios. La vida tiene esas paradojas: los tres pobres y reunidos en uno de esos negocios raros que, decía Chesterton, son bonitos por lo que tienen de raros. O sea, que tienen afortunadamente más de bonitos que de negocio.

Y la foto, de hace un rato también:

Fulano, Mengano, Beltrano (y nadie al fondo)

NUNCA diríamos de Fulano que es un mediocre, sino una mediocridad, como de la bella X sólo haremos justicia diciendo que es "una beldad".
* * * 
MENGANO, artista conceptual con antecedentes intelectuales, expone sus obras en la galería Tal.
 * * *
“NO hago trampas, por eso escribo en primera persona” (Beltrano en El País, 24 de septiembre de 2011). Cervantes, Stendhal, Balzac, Tolstoi, Galdós, Dickens, Baroja y todos los demás: ¡tramposos!
* * *
¿JE est un autre? No es suficiente: Yo es cualquiera. Y mejor: Yo es nadie.

1 octobre 2011

Correo interno

ANDABA indeciso pensando si mandarle o no un correo a Iñaki Uriarte. Tenía que agradecerle el que me hubiese enviado dedicado su último Diarios. Aprovechando, quería también preguntarle por una cita que atribuje a Goya y que expresa, según él, todo lo que querría hacer como escritor: “Mi pincel no debe ver más de lo que yo veo”. Pero al no tener confianza ninguna con Uriarte, a quien no conozco, el correo quedó en una frase de cortesía como la que le escribí hace unos meses con ocasión del envío del tomo anterior, y que figura en la solapa de este, con las de Vila-Matas, Muñoz Molina, García Martín y Gracia.
No obstante, intrigado por esa cita de Goya, la consulta se evacuó hacia nuestro amigo Jaime García Máiquez, poeta y restaurador en el Museo del Prado. Su respuesta fue esta: “Querido A.: la frase que a ti te interesaba no se la conoce por aquí. El conservador (J.M.M.) que ha estado revisando las cartas de Zapater estos dos últimos años dice que no es de ahí, y la conservadora Jefe de Goya no la ha oído en la vida. En Google aparece citada por Viola, el pintor abstracto”. J. me confiesa que, sea de Goya o de cualquiera, tampoco podía estar en mayor desacuerdo: el alma invisible de las cosas se manifiesta a menudo a través del pincel, a sus espaldas y a las del artista. El pincel no es ciego, por lo mismo que las palabras ven lo suyo por su cuenta.
Pasados unos días ya se había olvidado uno de la cita, incluso de los correos, cuando mi buzón electrónico recibió uno de Miriam.
Vivimos M. y yo en una casa vieja que seguro no es tan buena como la de Uriarte, pero sí  larga y estrecha, como un tranvía, lo que propicia un gran número de correos internos que nos ahorran hartas idas y venidas. Este de M. debería tener otro mío de vuelta algún día, aunque creo que se ha tomado demasiado en serio un libro y a un autor que no pedían tanto, al contrario, que no oculta haber escrito estos libros con el único propósito de aliviar las tardes de los domingos de futuras generaciones de sobrinos, y que por ellos los ha hecho tan ligeros.
En todo caso, no ha sido fácil vencer las reticencias de M. para publicar una carta que sólo quería suscitar a la hora del almuerzo una conversación entre nosotros, igualmente superficial, pero eso sí, con esa escrupulosa manía suya, tan académica, por las referencias exactas, graníticas.

"¿Sigues ahí? ¿Tienes cinco minutos? Tenía curiosidad por saber, antes de leerlo, qué te había divertido tanto del diario de Iñaki Uriarte y ahora, después, por qué te pidió permiso para poner en la solapa unas palabras tuyas sacadas de un email,  como si reconociera en ti alguna autoridad o alguna afinidad, que tampoco he visto por ningún lado. 
¿Divertido? Pues no sé. En general me ha parecido un texto correcto en el sentido de  literariamente correcto. Y si a primera vista nos encontramos con un ejercicio de coherencia, un ejemplo de  tolerancia y moderación, al poco de empezar a leer caí en la cuenta de que, en realidad, no hay argumentos para preferirlo a las entradas de algunos blogs excelentes que se multiplican en la red a la velocidad de la luz. Y el caso es que, dándole vueltas, la lectura de este segundo volumen de los Diarios –ya sabes que no tuve tiempo de leer el primero– me ha parecido decepcionante. La clave podría estar en que Uriarte tiene fobia al desafío (p. 122), a lo trascendente  (pp. 62, 76), a lo conflictivo o, sencillamente, a tomarse la vida demasiado en serio (p. 142).  Un miedo mal disimulado  tras un bon sens que no es sino mera indefinición. Si por un lado afirma, con toda la razón, que el término “Patria” designa algo paranormal (p. 78), por otro, se le escapan expresiones del tipo “los de afuera” (p. 33). Indefinición que imprime cierta sordera a todo el libro y cierra las puertas a lo complejo y lo más vivo. Ojos que no ven. Como decía, al poco de empezar a leer, he tenido la impresión de estar ante una escritura que inicialmente parece prometer algo que en realidad nos escamotea, de tal modo que la consistencia del texto se va diluyendo y haciendo, no líquida como diría Bauman, sino más bien aérea, gaseosa, light y… en absoluto incumbente. Estimable quizá como ejercicio de urbanidad, pero no como escritura de la intimidad, porque no va más allá de ser una conversación de club náutico, cauta y un poco banal. Ante frases como: “Cristóbal Balenciaga asistió a la boda de Tere y Patxuko" (p.185),  no cabe  indignarse, ni disentir, ni levantar la voz, ni siquiera sonreír.
Aquí se puede decir con Derrida que cuando la escritura funciona como borradura de huella agrava lo que intenta hacer desaparecer y lo hace más evidente. Hacia la mitad del libro (p. 86), en una maniobra de distracción –como diciendo "¿elitista yo?"–  Uriarte anota: “Esencia de un pensamiento conservador: creer en las élites, creer que hay personas mejores que otras y que se merecen más. Y lo que suele ser risible: creer que tú eres una de ellas”.  Es su manera de  cubrirse las espaldas para tratar de convencernos de que no lo es, como si el autor, cuya máxima consiste en no tomarse la vida en serio, no hubiese dejado constancia con toda seriedad y detalle de su pertenencia a la upper class, aireando sin recato su pedigrí, que proviene de “un sitio estupendo” en el Upper West Side (p.127), no vayan a confundirle con la dependienta del supermercado (p. 173). “Nuestra casa es nuestra y espléndida” (p. 97) o “yo vivo en una casa estupenda” (p. 111), una prueba de la injusticia de la que presume Uriarte encantado (p.110), sin escatimar tinta para hoteles, restaurantes y  apellidos de “primera clase”, tanto sociales como literarios (eso sí, los don nadie, incómodos y abucheables los esconde tras la X, nada parecidas en eso a las que tú sueles usar). Pues, sí, –dan ganas de decirle–, se ponga como se ponga es usted elitista y no poco jactancioso,  pues ¿cómo tomarse la apropiación de un Montaigne cuya obra él lee, comenta e interpreta mejor que nadie, en tanto que los demás únicamente alcanzan a “hurgar” en ella? (p. 184) ¿O ese apego a la alta decoración a base de citas filosóficas o ese lucir con fingida modestia y descreimiento todas y cada una de sus con-decoraciones antifranquistas?
Uriarte reconoce adolecer de mitomanía como “quien se hace una foto junto a la Torre Eiffel” (p. 14), aunque en la página siguiente asegura que es en realidad para “buscarles las cosquillas a los mitos” (p. 15), que escoge jugándose la vida: ¡”el mito de Valdemosa es una estafa”! (p. 117). Confesiones  sin  pasarse, que no hay que desagradar a los críticos literarios ni a ninguna de las eminencias que figuráis en la solapa.
Crónica de una felicidad no desbordante. Sin exagerar, "sin sulfurarse". Satisfacción ma non troppo, con la ayuda de valium, percebes y bogavantes (p. 181) para remontar algún  que otro bajón nervioso (p.159). Felicidad acomodada que consiste en estar conforme, confortable y distraído (p. 175),  disfrutando de la injusticia, aunque sea en Benidorm, lugar que él encuentra sublime, en el “grado cero de la existencia” (p.119). Juego de los detalles particulares y de la expresión de la individualidad de quien hace gala, como el rasgo más inconfundible y original de su personalidad, de que no le gusta Cary Grant (p.119).
Finalmente dirás a qué viene lo de literariamente correcto. Nada en el texto se desvía  una micra del perfil del entendido o del enterado, sin épica, sin tragedia, sin lírica (p. 91), sin pathos, sin grandes admiraciones y sin perder la compostura. De vuelta ya de todo. ¿Que el consomé ha quedado soso o insustancial? ¿Que el sorbete de limón no sabe ni a limón? Le ponemos una pizquita de Borges, otra de Montaigne, otra de cosmopolitismo en ciudades donde escapar de los periódicos (p. 118), otra de nombres prestigiosos de aquí y de allá, y ya tenemos una estética del último hombre del que hablaba Nietzsche. Una escritura de balneario y en el balneario para esa minoría tan selecta de jubilados ociosos que no tienen obligaciones familiares, ni obligaciones en general.
Seguimos hablando de esto, si te apetece, a la hora de comer".

Por cierto, ese día hubo lentejas.