10 octobre 2011

El árbol de la vida

"Cómo estás? ¿Dónde estás?
Hemos pensado en ti este fin de semana cada minuto, y la tristeza en la que imaginamos te encuentras hace aún mayor la nuestra al no saber cómo estás, dónde estás".

"Estaba en Xalapa, y adelanté mi vuelta para estar en Zaragoza. No he podido dejar de llorar. Estoy devastado. Es el primer gran amigo que se va. ¡Qué tristeza!".

Nos sentamos a un lado del camino, junto al árbol de la vida. Nuestra espalda se apoya en su tronco. Miramos el camino. ¿Dónde ir, qué dirección? Todo alrededor es silencio. Lo recuerda, lo subraya, un jilguero. Canta en lo alto, entre las ramas, escondido. Canta ajeno a nuestro dolor, pero canta para nosotros. Se diría que su canto se eleva de nuestras propias cenizas. Fénix. Félix. Él, que amaba la vida sobre todas las cosas, habría dicho también: Feliz.

Galicia negra y profunda

Los gallegos son siempre especiales. Coincidimos en la escalera de nuestra casa durante muchos años con un vecino gallego. Trabajaba como secretario de la Audiencia. Era un hombre simpatiquísimo. Desde luego siempre supimos si subía o bajaba, pero fuera de eso era difícil obtener de él respuestas concretas. Rajoy responde también a este estereotipo. Nuestro vecino recibía a diario el periódico de su pueblo, El Progreso de Lugo, que leía con atención extrema, de atrás adelante, empezando por las esquelas, que le interesaban mucho. Conocía a casi todos los difuntos y a los que no, los deducía o los adivinaba por metafísica. El Progreso de Lugo, como nombre de  periódico, es único; sólo le disputaría la palma de los nombres bonitos otro, El Faro Astorgano, tanto o más poético cuanto que Astorga debe de quedar a unos trescientos kilómetros del mar en línea recta. Sin embargo, nadie debería dudar de que en Lugo, y aun en toda Galicia, no haya sido posible el progreso, aunque nuestro vecino bromeara y se refiriera a El Retraso de Lugo, porque solía llegarle el periódico con dos o tres días de retraso. 

Galicia, sin embargo, no ha estado nunca, a mi modo de ver, ni por delante ni por detrás, sino fuera del tiempo. En otro tiempo, diríamos, solo suyo. Frente al Siglo de las Luces, Galicia parece haber vivido en un perpetuo Siglo de las Brétemas. Así lo comprobará quien vaya a ver la extraordinaria exposición de fotografías de Cristina García Rodero o mire su estupendo catálogo (La Fábrica): cementerios, romerías, curas confesando al aire libre, niñas de primera comunión que parecen haber salido de la sepultura,  viejas de luto, mujeres caminando de rodillas, ofrecidas a la Virgen, borrachos de pueblo, bailes de máscaras, procesiones, micciones desvergonzadas...

Desde un primer momento, viendo estas fotos, uno se dice: He aquí la España negra. Hace años Bergamín dijo que Euskadi era “lo que queda de España”. No, lo que queda de España, es Galicia. Todas las fotos  son del agro y cosa aún más admirable, no hay ninguna del interior de las casas. García Rodero no ha querido, o no le han dejado entrar en ninguna, pero no le ha hecho falta: después de constatar que la España negra se encontraba en Galicia, constatamos que la Galicia profunda está... a la vista de todos, en la superficie, sin necesidad de descender a los abismos domésticos. Y algo aún más extraño: lo tenebroso de ese mundo sucede a plena luz del día. ¿Se documenta algo más en esas fotos que  brutalidad, superstición, oscurantismo o ignorancia? Desde luego: la fatalidad, tan galaica. Eso ha sido así dos mil años, y seguirá siéndolo otros dos mil, parecen estar diciendo esas instantáneas. García Rodero las ha registrado a lo largo de treinta y tantos años, pero todas parecen de ayer mismo. No, no ha habido progreso ni retroceso. En la brétema  todo está parado. Y eso, sí, produce congoja. La eternidad española, gallega, es negra y es profunda, metafísica, donde esperan los muertos. Tal fatalidad, qué duda cabe, le deja a uno suspenso, brumoso, sin saber si baja o sube. Va a ser verdad que gallegos, como dicen en Argentina,  somos todos.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de octubre de 2011]


(Fotos: Cristina García Rodero)


9 octobre 2011

Otoño en el Rastro (dos fotos)

De la primera, decir que la hoja seca estaba allí y que sólo la vio uno en casa, cuando miró con atención. Por tanto, la cámara, el pincel, las palabras ven más que uno, como no había ni que demostrar. De la segunda, reparar en que están los dos zapatos. Lo normal es que cuando se dejan en la calle unos zapatos, o estos abandonan nuestros pies por la razón que sea, lo normal, decía, es que cada uno tire por su lado, y sólo encontremos uno de los dos, como vemos tras las bullas de la Semana Santa sevillana o en esas fotos de accidentes de coche y atentados terroristas.

(Rastro, 9 de octubre 2011)

Girbal, una vida en otras

LAS librerías de viejo, con su desorden, con su silencio, con su olor característico a papel florecido tienen algo vivo que jamás llegarán a tener los fríos listados de internet.
De no haber tenido ese libro en las manos, jamás lo habría leído, y se hubiese perdido uno no sólo una lectura entretenida, sino muchos pequeños detalles, tan exactos, tan valiosos. Se editó a costa de su autor, alguien tan modesto que se olvidó incluso de poner su nombre en él: F. Hernández Girbal, A los 97 años. Personajes, amigos, recuerdos y añoranzas. Aún viviría otros tres, llegando a centenario. La mayor parte de las semblanzas que aparecen en sus páginas las escribió Girbal poco antes de su publicación, en 1999. Pasan por ellas escritores, periodistas, autores de teatro, directores de cine, actores, unos importantes, otros olvidados, todos cercanos a él por razón de amistad, de trabajo, de guerra, de prisiones. Un siglo, monarquía, dictadura, república, guerra, cárcel, venganza franquista y supervivencia. Lo que relata es siempre de primera mano. Diego San José (y su paso por Porlier junto a Pedro Luis de Gálvez), del pobre Vidal y Planas marcado por el estigma de su crimen, Ramón, Jardiel, Ruano (cínico, cleptómano, indecente), Francisco Mateos, Tomás Borrás, José Mas, Retana, López Parra… Ni siquiera es un gran libro. Su prosa, un poco almidonada y sin sobresaltos, tiene ese olor característico del alcanfor, de la decencia y de la loción de barbero. Pero acaba siendo hospitalaria, como la sala de las viejas pensiones españolas, esas por las que pasaba la gente con su estela de fatalidad.
Es una lástima que Girbal no quisiera contarnos su vida, y sí hablar de otros. Quizá pensara que eran más que él. Pero lo cierto es que la suya fue una gran novela desatendida. Por el tono, habría sido un libro como Un hombre que se va de Zamacois, a quien también conoció. Los escasos datos que da de sí mismo Florentino Hernández Girbal nos dejan con ganas de conocer la verdad que esconden. Sólo los de la guerra y la posguerra bastarían.
Llegó a ser uno de los directores que tuvo Altavoz del Frente, y sólo de pasada nos confiesa que el final de la guerra le sorprendió en la cárcel: “La Junta de Casado me había tenido prisionero durante la lucha con los restos del Ejército Republicano desde los primeros días en que ocupó la Comandancia de Ingenieros del Centro, a cuyo Comisariado pertenecía yo. Y allí estuve, maltratado, hasta el 28 de marzo, en vísperas de la entrada victoriosa de los franquistas…”
En otro pasaje ya había hecho referencia a este episodio del que no quería hablar por no venir “al caso de lo que se relata”. Seguramente pensaba que, perdida la guerra, esos eran trapos que no había que lavar ni siquiera en casa.
Aquí y allá nos deja sus recuerdos, como viejas fotos en una pobre caja de zapatos: su trabajo antes de la guerra en la industria del cine; con Jardiel y Guillén Salaya, de sopetón, en una calle, en abril del 39 (“Ahora tendrás que responder de todo cuanto has escrito durante la guerra”, le dijo Guillén Salaya, que había sido su amigo y editor, y esa noche fueron a detenerlo): él en una traílla de presos llegando al penal de Ocaña; los años de vejámenes, postergaciones, fusilamientos, huidas y vida clandestina “con nombre pegadizo”; las nuevas detenciones, los procesos por masón…); su trabajo junto a su mujer durante años, en Barcelona, con ese nombre pegadizo (que no desvela), como floristero; su colaboración con seudónimo, como Eduardo de Guzmán, en Historia y Vida; su amistad con Tomás Borrás después de la guerra (“tuvo la delicadeza de regalarme todos sus libros excepto los dos panfletos indecentes” [Checas de Madrid, Madrid rojo])… 
Algunas anécdotas que ilustran mejor que tantos libros de historia más o menos sabida: el nombre que se les daba a las siglas CNT, AIT y FAI por aquellos que sabían que las instituciones anarquistas estaban siendo refugio de todos los reaccionarios de Madrid (Cavernícolas, No Temáis, Aquí Ingresaréis Todos; Faltan Algunos Indecisos), aquel Madrid de faicistas y failangistas. El cura preso tras la guerra por rojo que pregunta a su vecino de petate por qué está preso y le dice que le acusan de matar al cura de un pueblo cercano; le pregunta el nombre del pueblo, y resulta que aquel cura era él. Las bufonadas de Hemingway en el hotel Florida. Su vida en el penal de Ocaña...
Es posible que este libro lo olvide uno, como se olvidan tantos, pero durante unas horas nos hizo estar junto a un hombre del que en realidad no sabemos nada y que tampoco quiso desvelarlo, pero cuyas palabras hicieron que sintiéramos por él una gran simpatía, sin duda porque habiéndole tratado tan mal la vida, y sin querer olvidarlo, nunca se quejó de ello ni quiso pasarse por caja para cobrar los réditos, cuando pudo.
Robledano, Presos republicanos



8 octobre 2011

A la memoria de I. Kant, el filósofo

Este es el envoltorio en el que vienen los espárragos que compramos desde hace años. Todo en él es un enigma. Resulta comprensible que hayan querido recordar a Immanuel Kant, a quien al parecer gustaban sobremanera los espárragos, pero no lo es tanto por qué han querido hacerle ese homenaje en francés cuando han sido empaquetados en el Perú (si acaso no en Toledo, como hemos visto en Google) y se exportarán a países de lengua inglesa,  alemana y portuguesa, pero no francesa.  Y llama poderosamente la atención, claro, el nombre que han querido darle: Sócrates, y no, por ejemplo, Pitágoras, que los incluyó en la dieta de los sectarios, o el de Diógenes, que seguramente no comía otra cosa que ensaladas. Estas cosas son un enigma, cierto. Pero no tanto como el de la persona que está detrás de esa etiqueta. ¿Nostalgia de la filosofía? ¿Sólo un loco? Avala esta última conjetura el escudo nobiliario de los Quinoñes, que figura bajo el nombre. En fin, es difícil saber nada (y esto es ya filosofía). Tal vez se tratara de un ejercicio del hijo del dueño para las prácticas de dadaísmo en el colegio, y que al dueño de los espárragos, el Sr. Quiñones, le hiciera gracia la de su chico. O quizá alguien nos está enviando un mensaje cifrado desde una remota plantación del Perú, con Sócrates y Kant de tapadera.

7 octobre 2011

O pai Miño

Un día hubo en esta ciudad un río mayor aún que o pai Miño. Risco habló de él. Le dio su nombre según por donde iba, siendo ya viejo: "Oisive jeuneusse / à tout asservie; / par delicatesse / j'ai perdu ma vie". Se oía al fondo en algún sitio, sobre el rumor de la ribera, en la misma ciudad, sin salir del granito, latir un corazón: el canto de los carros. Alguien le dijo: por favor, traduce, y el hombre Risco, cara de pájaro, miró callando, calló mirando. Hablaba del silencio, y le dio un título: El libro de las horas.

Orense 6 de octubre, 2011

Serpentinas, filacterias

POESÍA POR INMERSIÓN:
"Yo era una piragua monóxila / hundida en un petroglifo”. Últimas horas en Lisca Blanca.
“Ser pez, despreocupadamente pez”. Diario abierto.
“Nostalgia de las branquias”. Diario anónimo.
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CUANTA más gente se quede en Benidorm, mejor; menos irán a Venecia.
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TIENE que ser triste entrar en la Academia y pasar de ser “el escritor o el poeta Tal” a que todo el mundo se refiera a uno como “el académico Tal”. Así hemos visto que sucede muchas veces. Claro que a Tal seguramente no le parezca tan triste la cosa. Porque Tal para Cual.