¿Quién que ame a Antonio Machado no se ha dejado subyugar por este retrato, uno de los más fascinantes que se le hicieron y desde luego uno de los más célebres? La hondura y gravedad, la soledad y melancolía que a menudo descubrimos en sus poemas, parecen igualmente haber modelado su rostro. Se diría que Machado no haya tenido fuerzas ni siquiera para quitarse el abrigo y el gabán. Cuánto frío en sus huesos, qué cansancio el suyo tan metafísico. Hasta sentado, parece necesitar apoyarse en el bastón. En cuanto a la figura del camarero, reflejado en el espejo, con su aspecto aflamencado, ¿no nos recuerda a alguno de sus apócrifos?
Cuando se conoció y publicó el encuadre original de la foto (Ministerio de Cultura, 2001), muerto ya su autor, Alfonso, y cuando los archivos de este había pasado ya al Estado, aumentó el misterio de esa fotografía tomada en los años treinta en el café madrileño de Las Salesas, al tiempo que daba pie a algunas consideraciones no pequeñas. En primer lugar: ¿Quién es esa mujer que aparece al lado del poeta? ¿No se atrevió el fotógrafo a decirle que se apartara, pensando que en el laboratorio la devolvería al limbo de lo indefinido, o, por el contrario, se trataba de una persona significativa? ¿Una desconocida que estaba allí por casualidad, una contertulia, una amiga del poeta, una de aquellas mujeres con las que este pasaba unas horas en la casa de la calle Válgame Dios (y, válganos Dios, cuánta predestinación en este nombre sabiendo lo que Machado iba buscando a aquella casa y con quién)? En todo caso, Alfonso la cizalló desde el primer momento de todas las copias que hizo. El encuadre definitivo es el que aparece ahora a la derecha. Sabiendo esto, que el fotógrafo jamás la publicó completa, ¿tenemos el derecho de circular el encuadre original? En este hay mucha información valiosa que queda afuera, no solo esa mujer cuya expresión de felicidad contrasta con la del poeta: el teléfono, los espejos, la mesa... Todo ello completa el clima y hace de la foto algo distinto. Cuántas y qué sabrosas consideraciones habría hecho Juan de Mairena al respecto.
Como sucede a menudo con los enigmas que pone ante nosotros la vida, ante este hemos de seguir nuestro camino, sospechando episodios reveladores de la vida del poeta que nunca conoceremos.
Desde que vio uno por primera vez el encuadre original, no hay vez que no vea el encuadre oficial (y quiso el destino que encontrara hace años en el Rastro una copia original de esa foto, hecha por el propio Alfonso), que no recuerde a esa misteriosa mujer con quien la posteridad y las tijeras del fotógrafo fueron poco misericordiosas, menos aún que lo han sido con el reflejo empañado de ese camarero en el espejo.









