11 janvier 2012

Hoteles de lujo, ropa tendida

TODO en los hoteles de lujo llama la atención a quien no lleva vida de lujo. Examina curioso los menores detalles, la calidad de las toallas, el artilugio desconocido de la ducha, el novísimo interruptor del aire acondicionado, la fruta disfrazada de papel de celofán, la elasticidad de la cama, el damasco de las paredes... Semejamos a dos animalitos a los que acabaran de soltar en un territorio desconocido, extraño para ellos. Cuando al cabo de unos minutos concluye el escrutinio, nos asomamos a las ventanas, altas, palaciegas, defendidas por cortinajes de seda cruda. Caen estos sobre la moqueta de una manera teatral, aparatosa, versallesca. Y al otro lado, en ese patio amplio, como sólo lo son los patios en Barcelona, ropa tendida. Quienes no llevamos vida de lujo reconocemos al momento en tales sábanas y lienzos menores algo propio, familiar y común. Algo que nos recuerda de donde venimos, a donde hemos de volver cuando dejemos ese transitorio, accidental escenario de lujo de unas horas, la desplegada intimidad, limpia, perfumada, preparada para acoger de nuevo nuestra fatiga y nuestros sueños. Fatiga, sueños que difícilmente podrían alojar y reparar los hoteles de lujo.

Palace, Barcelona, 7 de enero de 2012

10 janvier 2012

La realidad novela sola

CUANDO la realidad novela sola, resulta fascinante, trae consigo otra vida, nueva e irrepetible. Cuando, por el contrario, la ficción trata de suplantar lo real, da miedo.
Vayamos a la primera de las fotos. Se trata de un original, una foto particular, de turistas, del tamaño de una tarjeta postal. ¿Fecha? Los abrigos, y el revelado, hablan de los años treinta, pero también de los cuarenta, quizá de los primeros cincuenta. Entonces los abrigos duraban mucho. Qué duda cabe que la presencia de esa pareja "distrae" de todo lo demás, y el clima que crea el caminante en esa callejuela angosta, torcida, con síndrome de Pisa, se banaliza. ¿Pero pensaríamos lo mismo si esa pareja de desconocidos que se han apartado para no estorbar la vista (saben que la "importante" es esa calle tan singular, no ellos, más incluso que la cabeza que asoma a la ventana o el hombre que se aleja, en los que probablemente no habían reparado), pensaríamos lo mismo, decía, si los desconocidos fuesen "álguienes"? Por ejemplo, Rosa Chacel y su marido Timoteo Pérez Rubio. Se dan un aire. A ella la hemos visto retratada con un  abrigo parecido. Le gustaba hacérselos ella misma, diseñárselos. En el momento que pudiésemos confirmarlo, esa calle se habría llenado de una significación nueva, impregnándose de la presencia del pintor y la novelista, del mismo modo que nadie puede transitar ya por la Calle del Aire sin pensar en Cernuda, ni entrar en A Brasileira sin recordar a Pessoa. En ese caso, en el caso de que esos jóvenes fueran personas señaladas ya entonces, o lo llegaran a ser años después de que la foto fuese hecha, ¿se atrevería nadie a eliminarlos de ella? Muy al contrario, con toda probabilidad esa calle habría pasado de ser un rincón anónimo y opaco a otro luminoso que, como un espejo, reflectaría hacia nosotros, en el ejemplo propuesto, las obras meritorias, escritos y pinturas, de esas dos personas.
La foto de Machado y Rosario del Olmo suscita parecidas consideraciones, con variantes  sin embargo de mayor trascendencia.
Por suerte para todos, J.M.Bonet es entusiasta tanto de las propias quests, (así le gusta llamarlas, y él ha emprendido algunas), como de aquellas otras que no empezándolas él, le intrigan. Ha ocurrido con esta foto.Tirando del hilo que le ha conducido por el laberíntico internet, nos ha hecho saber que R. del O. tenía una hermana, Ángela, actriz, que estrenó, en el papel de gitana, la obra de los Machado La duquesa de Benamejí, en 1932, dos años antes de que su hermana la escritora entrevistara a Machado. Que ambas, "amigas de la Urss" y miembros de la Alianza de Intelectuales antifascistas, firmaron manifiestos antes de y durante la guerra en diferentes periódicos de izquierda y que María Teresa León tiene un recuerdo para Ángela en sus memorias, un "¿qué se fiço?", después de decirnos que trabajó durante la guerra en los teatrillos guerrilleros que ella dirigía. Tras la guerra y su paso probable por las cárceles franquistas se pierde la pista de Rosario, no así la de Ángela que reaparece como actriz en el estreno de...¡Baile en capitanía!, de Foxá, en el 44. Después un largo paréntesis que JMB cerró entrando en la sección de fallecimientos en Madrid del Abc: en ella noticia de la muerte de Ángela, en 1997, y de Rosario, en 2000. Es decir, las tuvimos al lado durante cuántos años, silenciosas, "anónimas", sin que llegáramos a verlas en su fosca transparencia, y no tanto por una distracción nuestra como por una inadvertencia de todos. Se habrán ido con sus historias, sus recuerdos, sus secretos, dejándonos el pequeño abismo de su novela.
Cuando Alfonso hizo la fotografía es evidente que no estaba haciendo un retrato del poeta, sino una instantánea de este y de la periodista para ilustrar un trabajo periodístico. Él o el responsable del periódico cortaron lo que consideraron que sobraba, por ejemplo, el camarero reflejado en el espejo. Cuando años después, pasada la guerra, Alfonso decidió convertir la foto en retrato, ya sabía que la periodista había estado en la cárcel. Quizá siguiera encarcelada. Publicarla completa habría sido tanto como circular una pregunta cuando menos incómoda: ¿Y esa mujer quién es, dónde está y por qué está donde está al lado de persona tan principal? No diremos que la fortuna de ese retrato, el más célebre de Machado, se haya hecho sobre el infortunio de Rosario del Olmo (¡y lo que no habrá pensado ella todas y cada una de los cientos, miles de veces que se tropezara con ese lugar del que había sido suprimida, expulsada a un doble exilio!), pero haber conocido la verdad nos lleva, a partir de ahora, a circular ambas versiones, complementarias, de una realidad que al hacerse compleja se vuelve, paradójicamente, más clara, fascinante y comprensible.
Foto de la izquierda de autor desconocido. Derecha: Antonio Machado y Rosario del Olmo fotografiados por Alfonso en diciembre de 1933 y en el encuadre publicado por La Libertad en enero de 1934.

9 janvier 2012

De cuerpo presente

DEBERÍAMOS agradecer que alguien nos haga cambiar de opinión, sobre todo cuando se trata de un asunto que pensábamos resuelto. Es lo que me ha sucedido después de leer dos artículos, uno de un historiador, Santos Juliá, y otro de un periodista, Arcadi Espada, dos personas que probablemente tampoco se pondrían de acuerdo al cien por cien ahora.

He aquí lo que uno creía. Como saben, el anterior gobierno convocó a unos cuantos expertos y les puso a discutir y a encontrar una solución al problema del Valle de los Caídos. La pregunta era sencilla: ¿qué hacemos con todo aquello, con la basílica, con el monumento y con los cuerpos de los treinta y tres mil enterrados allí y en especial qué hacemos con uno de ellos, el de Franco? Uno creía que la solución pasaba por sacarlo de su tumba para evitar que el Valle de los Caídos siguiese siendo lo que el verdadero Faraón del Pardo quiso que fuese desde el principio, su pirámide, ordenada construir a los presos republicanos en régimen de esclavitud. Hoy, después de leer a Arcadi Espada y a Santos Juliá, he cambiado mi opinión.

Ambos coinciden en lo principal: contra el dictamen de los expertos, no se puede resignificar el Valle de los Caídos, hacer de él otra cosa que aquella para la que fue erigido, tal y como propone la comisión (exhumar los restos de Franco, secularizar la basílica, hacer allí un centro de estudios sobre la guerra, exposiciones, etc.). Mientras siga en pie la apabullante cruz  sobre muertos que, en muchos casos, ni siquiera eran creyentes, víctimas precisamente de la Cruzada, nadie podrá fingir que la cruz no fue en muchos casos el arma del crimen, por lo mismo que no podría resignificarse Auschwitz mientras se alcen las chimeneas de los crematorios. Lo mejor, nos dice Juliá, y puesto que el conjunto necesita una intervención urgente de trece millones de euros para evitar el galopante deterioro actual, sería dejar que la naturaleza y el tiempo hicieran su trabajo y todo eso acabara siendo una ruina más o menos espectral.

La propuesta de Espada va más lejos. Relaciona él el Valle de los Caídos con Treptow, uno de los lugares, ciertamente, más sobrecogedores en el que hayamos estado nunca: un monumento colosal que podría pasar por nazi, pero que se erigió en memoria de los soldados soviéticos caídos en la batalla de Berlín y que hoy no es sino el último gran vestigio de la deificación de... Stalin, como prueban los dieciséis bloques de mármol con frases suyas grabadas en ellos.  Es mucho más difícil explicar la historia que falsearla o borrarla, como hacía el propio Stalin con las fotos de Trotsky,  más fácil quitarle una calle a Franco, nos recuerda Espada, que poner una placa que dijera “Calle del Dictador Francisco Franco”. Y concluye: los mismos que nos alegramos de que la losa del sepulcro de Franco pesara mil quinientos kilos, estorbándole la resurrección, queremos quitársela hoy, perdiendo una preciosa oportunidad: poder explicar a las generaciones futuras lo que fue un régimen que puso España a sus pies, como a nuestros pies podríamos tener al fascismo, sojuzgado para toda la eternidad, allí, de cuerpo presente.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de enero de 2012]

Memorial Soviético, Treptow, Berlín, diciembre 2011. Arriba: visitante ruso. Abajo altares conmemorativos y vista general con altares a la izquierda y una persona diminuta al fondo, que da idea de la escala.




8 janvier 2012

Tipografía moderna

SI ayer tratamos de un impreso compuesto únicamente con un solo tipo bodoniano (de la fundición Foudriat de Bruselas), este de hoy, del año 1967, es exactamente todo lo contrario, se cuentan aquí lo menos doce tipos distintos, aunque ambos tienen algo en común: fueron compuestos a mano. Lo encontró uno el mismo día que el otro y acaso por eso esté bien mostrarlos juntos. 
Como salta a la vista, se trata de una cuartilla propagandística de asunto menor, a diferencia de Le nain jaune réfugié, que auspiciaba un hecho, la vuelta de Buonaparte, que habría cambiado tal vez, más aún de lo que ya lo había hecho, el destino de Europa.
Le gustan a uno mucho esta clase de papeles salidos de lo que ha llamado "imprentas de pueblo", como siente debilidad igualmente por la que hemos llamado "filosofía del pobre". A muchos les parecerá un impreso deleznable, pero cualquiera que conozca el oficio sabrá que detrás de este hay un tipógrafo que ha ido picoteando al azar en todas y cada una de las celdillas de todas y cada una de las cajas de sus chibaletes para dar vistosidad a la composición (por no hablar de la sublime Ingrid Garbo que goza aún del privilegio supremo de la ficción: su nombre, pareciendo apócrifo, es irresistiblemente auténtico), trabajo en el que habrá empleado con toda probabilidad una mañana. Para entendernos: este papel es al arte gráfico lo que el botijo a una porcelana de Sèvres, pero muy útil a su manera.
Contiene tanta información que bastaría para ensayar con él un relato novelesco, algo a lo Chejov, incluso a lo Ignacio Aldecoa. Así se lo propondría uno a los alumnos de una Escuela de Letras, si conociera a alguno, si creyera en Escuelas de Letras. Pero en esta hojilla volandera nos enfrentamos a demasiadas vidas tangibles como para dejarlo pasar. Vidas que parecen estar esperando la ficción como última oportunidad de ser reales. 

Otra fotografía (y un enigma menos)

HABLÁBAMOS ayer aquí de la realidad como de un espacio en el que no cabe todo lo real, y de cómo la exclusión de una parte puede llegar a modificar el todo. 
Un lector, Manuel Cañedo Gago, cuya sagacidad merecería un premio, adelantó que la mujer que aparece al lado de Machado "podría" ser Rosario del Olmo, escritora y periodista comunista, y el no menos sagacísimo Juan Manuel Bonet, en cuyo diccionario R. del O. figura con voz propia (colaboradora de revistas de vanguardia política como Octubre y El Mono Azul, pasó parte de la posguerra en la cárcel), buscó por su cuenta ayer en internet hasta dar con el blog El tiempo que nunca cesade un tal Miner, a quien la lectura del fragmento de Troppo vero, en el que se habla de esta misma foto, le llevó a estudiarla y a encontrar que, en efecto, la mujer que aparece al lado del poeta es R. del O., quien lo entrevistó para el periódico La Libertad. Este publicó la entrevista en enero de 1934. J.M.B. me envió ayer también esa entrevista, rescatada por él de las bodegas virtuales de la Hemeroteca Digital de la BNE. Todo dibujado como un círculo. (Por cierto, Ian Gibson, que cita la entrevista de La Libertad, naturalmente no menciona en su biografía, cuya cubierta reproduce ese retrato de Alfonso, que La Libertad la publicó por primera vez casi completa (el excluido en esa ocasión fue el camarero); bien porque Gibson no vio nunca el original del periódico, bien porque habiéndolo visto no consideró importante preguntarse por qué R. del O. desapareció de ella para siempre).
No obstante, pospongamos por ahora, hasta fecha próxima, las conjeturas por las cuales se eliminó a Rosario del Olmo de esa foto, como a Trotsky de otras muchas.
La que se publica aquí debajo me apareció hace algún tiempo en el Rastro. Y plantea problemas parecidos. 
De ella se ha cortado un trozo de la izquierda. A primera vista podría resultar superflua, ya que  resulta muy difícil sustraerse al misterio del segundo plano, esa figura que camina melancólica, y la cabeza que asoma por una de las ventanas. La callejuela estrecha cuyas casas parecen obedecer las leyes de un arquitecto expresionista, acentúa la soledad del personaje del que no sabemos si sale o se adentra en un laberinto opresivo y angustioso.
No tengo la menor idea dónde fue tomada esta foto (¿y no leeríamos la imagen de forma diferente así fuese Praga o, pongamos por caso, Mirambel?). 
Pasado mañana se publicará esta fotografía entera, y otro encuadre de la de Machado, con otras consideraciones que incumben a las dos.


7 janvier 2012

Una fotografía extraña

¿Quién que ame a Antonio Machado no se ha dejado subyugar por este retrato, uno de los más fascinantes que se le hicieron y desde luego uno de los más célebres? La hondura y gravedad, la soledad y melancolía que a menudo descubrimos en sus poemas, parecen igualmente haber modelado su rostro. Se diría que Machado no haya tenido fuerzas ni siquiera para quitarse el abrigo y el gabán. Cuánto frío en sus huesos, qué cansancio el suyo tan metafísico. Hasta sentado, parece necesitar apoyarse en el bastón. En cuanto a la figura del camarero, reflejado en el espejo, con su aspecto aflamencado, ¿no nos recuerda a alguno de sus apócrifos?
Cuando se conoció y publicó el encuadre original de la foto (Ministerio de Cultura, 2001), muerto ya su autor, Alfonso, y cuando los archivos de este había pasado ya al Estado, aumentó el misterio de esa fotografía tomada en los años treinta en el café madrileño de Las Salesas, al tiempo que daba pie a algunas consideraciones no pequeñas. En primer lugar: ¿Quién es esa mujer que aparece al lado del poeta? ¿No se atrevió el fotógrafo a decirle que se apartara, pensando que en el laboratorio la devolvería al limbo de lo indefinido, o, por el contrario, se trataba de una persona significativa? ¿Una desconocida que estaba allí por casualidad, una contertulia, una amiga del poeta, una de aquellas mujeres con las que este pasaba unas horas en la casa de la calle Válgame Dios (y, válganos Dios, cuánta predestinación en este nombre sabiendo lo que Machado iba buscando a aquella casa y con quién)? En todo caso, Alfonso la cizalló desde el primer momento de todas las copias que hizo. El encuadre definitivo es el que aparece ahora a la derecha. Sabiendo esto, que el fotógrafo jamás la publicó completa, ¿tenemos el derecho de circular el encuadre original? En este hay mucha información valiosa que queda afuera, no solo esa mujer cuya expresión de felicidad contrasta con la del poeta: el teléfono, los espejos, la mesa... Todo ello completa el clima y hace de la foto algo distinto. Cuántas y qué sabrosas consideraciones habría hecho Juan de Mairena al respecto. 
Como sucede a menudo con los enigmas que pone ante nosotros la vida, ante este hemos de seguir nuestro camino, sospechando episodios reveladores de la vida del poeta que nunca conoceremos. 
Desde que vio uno por primera vez el encuadre original, no hay vez que no vea el encuadre oficial (y quiso el destino que encontrara hace años en el Rastro una copia original de esa foto, hecha por el propio Alfonso), que no recuerde a esa misteriosa mujer con quien la posteridad y las tijeras del fotógrafo fueron poco misericordiosas, menos aún que lo han sido con el reflejo empañado de ese camarero en el espejo.




6 janvier 2012

A la vista de todos (Noche de Reyes)

ES poco probable que meta uno alguna vez un barco en una botella, pero no por ello dejarán de fascinarle tales alardes, así como la industria de conducir las cóncavas naves por el estrecho cuello de una botella a la tranquila ensenada del tiempo. 
Sólo el arranque de este Barcos en botella lo haría memorable: “Los escépticos de la afición a los barcos en botella no conciben otro sistema que el de cortar la parte de atrás de una botella y meter el barco y luego volver a pegar la botella “sin que se note”.¡Así de sencillo” Pero ¿cómo se consigue cortar la botella y luego pegarla?”, se pregunta su autor, Julio O. Guillén, y añade: “Además, ¿con qué finalidad?”.
Nadie habrá tampoco que no mire respetuosa, gravemente, eso que su autor denomina sin ambages el barcoembotellismo, acaso porque nunca en tan angosto espacio se concentraron tantos símbolos: lo son, por separado, la botella, el cristal, el mar, los barcos, pero cuánto más lo son juntos, potenciándose unos a otros.
Si Keats escribió su oda a una urna griega, acaso haya llegado la hora de que los barcos en botella tengan la suya. La de Neruda es muy bonita, cierto, pero no parece ir muy lejos, como le pasa a la música del aristón, del organillo, que acaba desgranándose a los pies del que la manivela, como jazmines. Hoy es la Noche de Reyes. ¿Quién no recuerda sus propias noches de Reyes cuando era niño? De todos los regalos que pudieron traernos entonces, este es el más precioso, y aún dura: recordar aquella edad feliz. Y en ese recuerdo todo es frágil: la memoria, que hace de botella, y el sueño, que permanece fondeado, intacto y, "oh dichosa ventura", a la vista de todos.

Ventana y barco. Las Viñas, 5  de enero de 2012
Julio O. Guillén, Barcos en Botella, Doncel, Madrid, 1979. En la misma colección otros libros sobre modelismo naval. aeromodelismo, el arte de la cometa, filatelia y, el más inquietante de todos, taxidermia.