LOS papeles de la denuncia se deshacen en nuestras manos, lo que cuentan se desintegra en su propia mezquindad no sin antes contagiarnos de su violencia: viendo cómo se portaron con él los energúmenos, Ruano debería haber sido aún más enérgico con Maeztu, con León. Lo que hizo con ambos no pasa de ser una habanera crítica.
Y a estas alturas nadie nos va a quitar telarañas de los ojos. Sabemos quien fue Ruano. Asusta saberlo incluso.
"El arte no es expresión, sino purificación; y por lo mismo que su tarea consiste en no cantar, como se ha supuesto, sino en expiar y salvar, su destino es estar, en cierto modo, enamorado del pecado, de la imperfección, de la injusticia, del desorden. El arte no viene a mejorar ni a moralizar la realidad, sino, como hemos visto, a salvarla, pero a salvarla completa, con todo, es decir, caritativamente, más aún, piadosamente", nos dice pensando en las obras maestras Ramón Gaya, la persona, el artista más opuesto a Ruano que quepa imaginar, en la vida y en el arte.
Ruano no ha salvado la realidad completa, pero, viéndola naufragar, la ha lanzado, desde el buque de su miseria, de su cinismo, de su purrimiento, un flotador, un salvavidas.
Alguien se preguntaba aquí qué había de genuino en su obra, cuáles de sus libros merecían la pena ser leídos, qué fascinaba en ellos.
Fascina la cordialidad sentimental con la que ve a sus modelos. Sus Siluetas de escritores contemporáneos nada tienen que envidiar a Españoles de tres mundos, unos en moderno, otros en egipcio, unos cubistas, otros al vapor. En ese libro está la línea que explica todo Gómez de la Serna: "un botijo que pare inesperadamente porcelanas de Sèvres". Y es raro no hallar uno solo de sus retratos sin una pincelada sorprendente, luminosa, iluminada. El talento de esta visión está en ese "inesperadamente", porque también le atañe a Ruano. En este, todo es también inesperado, pero cuando sucede resulta irrevocable. Fascinantes son también, a mi modo de ver, Mi medio siglo se confiesa a medias (continuación de Automuribundia, ni mejor ni peor, contrapunto de las otras grandes memorias de aquel tiempo, Desde la última vuelta del camino o Un hombre que se va) o La memoria veranea, en la que se encuentra la mejor entrevista que nadie le haya hecho a Baroja. Inesperadamente, aunque no tanto (uno o dos por página), sus hallazgos verbales son tan prodigiosos como su sagacidad psicológica, y ambos inversamente proporcionales a su patológica amoralidad.
Lo venimos diciendo: todo sucedió en medio de la miseria de los cafés españoles de la posguerra, entre poetastros de tres al cuartos, leones, maeztus y caudillos, por mano de quien tenía las puntas de los dedos del alma manchadas de nicotina. Una miseria que él ha purificado y ha salvado en parte, ni él mismo podría decirnos cómo, ya que ni él mismo pudo salvarse. Suficiente aunque haya sido a medias. Fue más de lo que nadie dio en aquella España, de lo que nadie pudo entonces dar aquí.
Y a estas alturas nadie nos va a quitar telarañas de los ojos. Sabemos quien fue Ruano. Asusta saberlo incluso.
"El arte no es expresión, sino purificación; y por lo mismo que su tarea consiste en no cantar, como se ha supuesto, sino en expiar y salvar, su destino es estar, en cierto modo, enamorado del pecado, de la imperfección, de la injusticia, del desorden. El arte no viene a mejorar ni a moralizar la realidad, sino, como hemos visto, a salvarla, pero a salvarla completa, con todo, es decir, caritativamente, más aún, piadosamente", nos dice pensando en las obras maestras Ramón Gaya, la persona, el artista más opuesto a Ruano que quepa imaginar, en la vida y en el arte.
Ruano no ha salvado la realidad completa, pero, viéndola naufragar, la ha lanzado, desde el buque de su miseria, de su cinismo, de su purrimiento, un flotador, un salvavidas.
Alguien se preguntaba aquí qué había de genuino en su obra, cuáles de sus libros merecían la pena ser leídos, qué fascinaba en ellos.
Fascina la cordialidad sentimental con la que ve a sus modelos. Sus Siluetas de escritores contemporáneos nada tienen que envidiar a Españoles de tres mundos, unos en moderno, otros en egipcio, unos cubistas, otros al vapor. En ese libro está la línea que explica todo Gómez de la Serna: "un botijo que pare inesperadamente porcelanas de Sèvres". Y es raro no hallar uno solo de sus retratos sin una pincelada sorprendente, luminosa, iluminada. El talento de esta visión está en ese "inesperadamente", porque también le atañe a Ruano. En este, todo es también inesperado, pero cuando sucede resulta irrevocable. Fascinantes son también, a mi modo de ver, Mi medio siglo se confiesa a medias (continuación de Automuribundia, ni mejor ni peor, contrapunto de las otras grandes memorias de aquel tiempo, Desde la última vuelta del camino o Un hombre que se va) o La memoria veranea, en la que se encuentra la mejor entrevista que nadie le haya hecho a Baroja. Inesperadamente, aunque no tanto (uno o dos por página), sus hallazgos verbales son tan prodigiosos como su sagacidad psicológica, y ambos inversamente proporcionales a su patológica amoralidad.
Lo venimos diciendo: todo sucedió en medio de la miseria de los cafés españoles de la posguerra, entre poetastros de tres al cuartos, leones, maeztus y caudillos, por mano de quien tenía las puntas de los dedos del alma manchadas de nicotina. Una miseria que él ha purificado y ha salvado en parte, ni él mismo podría decirnos cómo, ya que ni él mismo pudo salvarse. Suficiente aunque haya sido a medias. Fue más de lo que nadie dio en aquella España, de lo que nadie pudo entonces dar aquí.
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| Ruano en su casa por Català-Roca, años cincuenta |






