ACABA de aparecer el primer tomo de las obras completas de María Zambrano (Galaxia Gutenberg, 2011). En breve nos ocuparemos de él.
En ese, tercero en el orden general de la obra, se incluye uno de los libros que prefiero de su autora, España, sueño y verdad, acaso por ser el primero que leí de ella, aunque también, o precisamente por ello, por haber advertido cómo se dejaba allí de lado el españolismo, pero no lo español, sin temor a alguna de sus manifestaciones populares, incluso casticistas.
En ese tomo se incluye el ensayo que Zambrano escribió sobre la pintura de Ramón Gaya. Zambrano pone a Gaya entre el escogido número de españoles en los que ella ve encarnado "el milagro español", por decirlo ahora con palabras de Gaya. Tal vez por eso no distingue Zambrano entre personajes reales y personajes de ficción, tratados unos y otros como parte de una casa común, que es la verdad: Cervantes, don Quijote, Dulcinea, El Cid y Don Juan (estos dos últimos a medio camino de lo real y la ficción), Ortega, Unamuno, Prados, Picasso, Luis Fernández y Ramón Gaya. ¿Y no es éste, a la luz de sus obras, escritas o pintadas, una decantación ideal de lo español, de su naturaleza, de su naturalidad?
A Gaya acaba de dedicar el departamento de Estética de la Universidad Complutense un número monográfico de su revista Escritura e imagen, dirigido por su directora Ana María Leyra y coordinado por Miriam Moreno, y en el que colaboran algunas de las personas que más y mejor han hilado en la obra de Gaya. Decía hace unos días Ángel Ruiz: "Otra señal de la grandeza de Gaya es que los que escriben sobre él se engrandecen hablando de él". Así es, así lo cree uno también: pero eso no sólo vale para quienes hablan de él, sino para quienes oyen de él sin impacientarse y sin prejuicios, como sucede siempre con las obras verdaderamente sentidas, sean del gran Homero o de la ardilla de Amherst, del transparente Velázquez o del terroso Solana.
Y nada más. Como hubiese dicho el padre de Gaya, litógrafo y anarquista: lee y difunde.
En ese, tercero en el orden general de la obra, se incluye uno de los libros que prefiero de su autora, España, sueño y verdad, acaso por ser el primero que leí de ella, aunque también, o precisamente por ello, por haber advertido cómo se dejaba allí de lado el españolismo, pero no lo español, sin temor a alguna de sus manifestaciones populares, incluso casticistas.
En ese tomo se incluye el ensayo que Zambrano escribió sobre la pintura de Ramón Gaya. Zambrano pone a Gaya entre el escogido número de españoles en los que ella ve encarnado "el milagro español", por decirlo ahora con palabras de Gaya. Tal vez por eso no distingue Zambrano entre personajes reales y personajes de ficción, tratados unos y otros como parte de una casa común, que es la verdad: Cervantes, don Quijote, Dulcinea, El Cid y Don Juan (estos dos últimos a medio camino de lo real y la ficción), Ortega, Unamuno, Prados, Picasso, Luis Fernández y Ramón Gaya. ¿Y no es éste, a la luz de sus obras, escritas o pintadas, una decantación ideal de lo español, de su naturaleza, de su naturalidad?
A Gaya acaba de dedicar el departamento de Estética de la Universidad Complutense un número monográfico de su revista Escritura e imagen, dirigido por su directora Ana María Leyra y coordinado por Miriam Moreno, y en el que colaboran algunas de las personas que más y mejor han hilado en la obra de Gaya. Decía hace unos días Ángel Ruiz: "Otra señal de la grandeza de Gaya es que los que escriben sobre él se engrandecen hablando de él". Así es, así lo cree uno también: pero eso no sólo vale para quienes hablan de él, sino para quienes oyen de él sin impacientarse y sin prejuicios, como sucede siempre con las obras verdaderamente sentidas, sean del gran Homero o de la ardilla de Amherst, del transparente Velázquez o del terroso Solana.
Y nada más. Como hubiese dicho el padre de Gaya, litógrafo y anarquista: lee y difunde.
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| Ramón Gaya en su estudio-casa de Roma, 1991. Foto: Juan Ballester. |






