7 février 2012

Lee y difunde (sobre Ramón Gaya)

ACABA de aparecer el primer tomo de las obras completas de María Zambrano (Galaxia Gutenberg, 2011). En breve nos ocuparemos de él. 
En ese, tercero en el orden general de la obra, se incluye uno de los libros que prefiero de su autora, España, sueño y verdad, acaso por ser el primero que leí de ella, aunque también, o precisamente por ello, por haber advertido cómo se dejaba allí de lado el españolismo, pero no lo español, sin temor a alguna de sus manifestaciones populares, incluso casticistas. 
En ese tomo se incluye el ensayo que Zambrano escribió sobre la pintura de Ramón Gaya. Zambrano pone a Gaya entre el escogido número de españoles en los que ella ve encarnado "el milagro español", por decirlo ahora con palabras de Gaya. Tal vez por eso no distingue Zambrano entre personajes reales y personajes de ficción, tratados unos y otros como parte de una casa común, que es la verdad: Cervantes, don Quijote, Dulcinea, El Cid y Don Juan (estos dos últimos a medio camino de lo real y la ficción), Ortega, Unamuno, Prados, Picasso, Luis Fernández y Ramón Gaya. ¿Y no es éste, a la luz de sus obras, escritas o pintadas, una decantación ideal de lo español, de su naturaleza, de su naturalidad?
A Gaya acaba de dedicar el departamento de Estética de la Universidad Complutense un número monográfico de su revista Escritura e imagen, dirigido por su directora Ana María Leyra y coordinado por Miriam Moreno, y en el que colaboran algunas de las personas que más y mejor han hilado en la obra de Gaya. Decía hace unos días Ángel Ruiz: "Otra señal de la grandeza de Gaya es que los que escriben sobre él se engrandecen hablando de él". Así es, así lo cree uno también: pero eso no sólo vale para quienes hablan de él, sino para quienes oyen de él sin impacientarse y sin prejuicios, como sucede siempre con las obras verdaderamente sentidas, sean del gran Homero o de la ardilla de Amherst, del transparente Velázquez o del terroso Solana.
Y nada más. Como hubiese dicho el padre de Gaya, litógrafo y anarquista: lee y difunde.


Ramón Gaya en su estudio-casa de Roma, 1991. Foto: Juan Ballester.

6 février 2012

La gran tahona

LA cifra de cinco millones y medio de parados ha salido del mechinal de la negra muralla y planea sobre nosotros como una grajilla con graznidos horrísonos y agudos. Cinco millones y medio de personas sin cotizar a la seguridad social, sin embargo, ¿quiere decir cinco millones y medio de personas sin trabajo, incluso sin dinero? Al parecer, no, según los expertos. Muchos de estos incotizantes sí trabajan, y es de suponer que  la totalidad de ellos, de momento, logran ingerir alimento al menos una vez al día. Una muerte por hambre sería terrible: ¿quién gobierna una hambruna?

Así que no poca gente se pregunta cómo puede un país soportar a cinco millones y medio de parias sin que hasta la fecha hayamos tenido noticia de saqueos a mercados de abastos y abacerías, asaltos a bancos y pillajes de mansiones, fábricas y demás propiedades.

La respuesta, hasta donde ha visto uno, es doble. Por un lado, se asegura que un número indeterminado de estos cinco millones y medio de parados, entre los que no pocos cobran el subsidio de desempleo, siguen trabajando en las más diversas ocupaciones, naturalmente remuneradas y, claro, sin cotizar a la Seguridad Social ni un céntimo que resarciera en algo todo lo que reciben de ella. Pero hay otra respuesta posible, nos dicen, que explica por qué razón los cinco millones y medio de parados no se han lanzado a la calle a pasar a cuchillo al banquero, al agiotista, al burgués felón: las familias. Al parecer quienes conservan aún un empleo han decidido compartir lo que tienen con los parientes infortunados. Es decir, todos ellos viven con menos.

Y aquí llegamos a la parte complicada del asunto. Para que un país crezca y cree nuevos puestos de trabajo, nos repiten machaconamente, es necesario incentivar el consumo, pues este a su vez pone en funcionamiento todas las calderas y estas todos los motores del consumo. El círculo vicioso. Pero la gente que ya está viviendo con menos, acierta a preguntar consternada: ¿y cómo, si la mitad de lo que gano lo comparto y a ninguno de nosotros nos queda nada que consumir? En este punto aparece un mesías, o varios. La grajilla al verlo, un poco acobardada, huye a esconderse en su mechinal, mientras el mesías sube a la torre del homenaje. Va a dirigirse a la expectante, famélica legión. Cuando al fin logra que cesen los murmullos de descontento y los ruidos (sobre todo de tripas), pronuncia una sola palabra. Suena a abracadabra y a ábrete sésamo al mismo tiempo: confianza. Apenas lanzada al espacio, se forma un arco iris que une, como un asa, los dos horizontes. Confianza en y de los mercados. Y en el porvenir. No se entiende cómo siendo lo único barato, la gente no confía más. La grajilla, no obstante, saca la cabeza del agujero y mira a uno y otro lado. En cuando el arco iris se evapore, saldrá de nuevo. Pero esta vez la grajilla vendrá con un pan en el pico, como aquel que partían los santos padres del eremo, traído a diario por un cuervo, deferencia del negocio más rentable del país, la gran tahona, diríamos, llamada Fraude, que ha conseguido que el pan negro sea aún más solicitado y apetitoso que el pan blanco.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 5 de febrero de 2012]

5 février 2012

Agitación y propaganda (una foto)

NO eran más que los trozos de un cartel de gran tamaño de los años cuarenta (si no de la guerra), impreso por la Secretaría General del Movimiento. Inmóvil sobre la acera de la calle Mira el Río Baja, lo que queda de aquel Régimen. A medida que vayan pasando los años los trozos se irán haciendo más y más pequeños, como molidas piedras de un bocarte, y un día sólo serán esencia misma del tiempo en un reloj de arena.
El Rastro, 29 de enero de 2012

4 février 2012

Los periódicos según Benjamin

HACE unos días nuestro amigo Ernesto Baltar, autor él mismo de un magnífico calidoscopio benjaminiano a propósito de los collages filosfóficos de Walter Benjamin (en El pensador vagabundo, Ed. Eutelequia, 2011), nos hizo llegar, por sorpresa, un breve volumen con las narraciones del escritor alemán. El obsequio, y su inesperada irrupción, improntó en ellas una huella que lo volvía aún más útil, como el que acompaña una carta con un mapa.
De las narraciones, memorable la del fumador de jachís en la ciudad de Marsella. Recordaba uno haberla leído, pero al leerla comprendí que sólo recordaba eso, haberla leído, pero no la historia, es decir, que recordaba lo que menos importancia tenía. ¿Cómo, dónde se quedan en nosotros tantas páginas, a menudo maestras, que desaparecen sin dejar rastro y que reencontradas, a veces por casualidad, como ahora, hacen que nos sintamos, más que nunca, fruto de nuestros olvidos, sus criaturas? Claro que esto no tendría que melancolizarnos, pues la reviviscencia viene en este caso acompañada del milagro de vivir el pasado como algo sólo nuevo. Y de ese modo, si el olvido es un pliegue hacia adentro, la memoria es un despliegue, carta y mapa al mismo tiempo.
En una de esas narraciones, esta reflexión sobre los periódicos, donde Benjamin señala el origen del descrédito de la prensa. A la frase de un personaje ("Nada se aprende de los periódicos. La gente pretende explicárselo todo a uno"), el narrador añade: "Y de hecho, ¿no radica la virtud de la información periodística en soslayar toda información? ¿No fueron ejemplares en este aspecto los antiguos que por decirlo de alguna manera, drenaban los hechos desde el momento en que los despojaban de toda fundamentación psicológica, de cualquier opinión? Habría que reconocer al menos que sus historias estaban libres de explicaciones superfluas sin que, a mi modo de ver, perdiesen por ello su jugo".

El Rastro, "La Historia según Benjamin". 29 de enero de 2012

3 février 2012

Hasta el fin

NOS reunió a unos cuantos amigos, la otra tarde, en el café Comercial, donde trabajó tantas horas, recordar al poeta. De todo aquel apretado corazón, en aquel corazón destartalado y un poco decrépito de Madrid, cercanos los retratos de Juan Ballester y la imagen y la voz del poeta, temblorosa como la de esa hoja de la que habla, que grabó Gonzalo Ballester 

    Hasta el fin

En el gran chopo frente a mi balcón
Tan seguro de sí y sin altanería
Tranquilamente vivo
Mientras amarillea ya por trechos
Su verde población
Qué claramente distinguimos
Las hojas pálidas que más agita
Desentendido el viento
Las que más sin querer se balancean
Las que más locamente giran
En torno a su peciolo
Las que van a caer más pronto

Hay una que hace días
Vapuleada más que todas
Tironeaba atropellada
Más que cualquier otra
Se aferra más que todas
Su voluntad entera convertida
En uñas, dientes, garras

También ella hasta el final resistirá
A este atropello sordociego
Que la quiere arrancar de la densa hermandad
De verdores de sueños de susurros
De inevitable don de amor
A la que tan del todo pertenece
                                                       27 sep 2011

Bellísimo poema, pero más aún lo es estar muriéndose como esa hoja y cantar la gloria del mundo, y dejarnos junto a él estos otros dos poemas, los últimos que escribió. Nunca un testamento pudo serlo tanto de vida ni ningún fin tan cervantino, desde aquel adiós, donaires que se nos dio en el prólogo del Persiles





Tomás Segovia en el Café Comercial, otoño de 2011. Fotos de Juan Ballester. Y si en el retrato, estando de medio cuerpo, Tomás Segovia está de cuerpo y alma enteros, sus manos no parecían corresponder a las de un anciano de porte saludable y rostro terso. Siempre tuvo un poco cara de niño; desde que se dejó barba, de elfo. Sí, esas manos se creerían de otro. Cuando le vimos la última vez, la víspera de su último viaje a Méjico, donde ha muerto, acabado de salir de un hospital, le dijimos que se le veía muy bien de aspecto, y él, con ese humor suyo especial, un poco cáustico y sin dejar de sonreír, nos dijo: "Sí, ese es el problema, que con este aspecto nadie cree lo enfermo que estoy".

2 février 2012

El asunto Ruano, el enigma Ruano (y 3)

LOS papeles de la denuncia se deshacen en nuestras manos, lo que cuentan se desintegra en su propia mezquindad no sin antes contagiarnos de su violencia: viendo cómo se portaron con él los energúmenos, Ruano debería haber sido aún más enérgico con Maeztu, con León. Lo que hizo con ambos no pasa de ser una habanera crítica.
Y a estas alturas nadie nos va a quitar telarañas de los ojos. Sabemos quien fue Ruano. Asusta saberlo incluso.
"El arte no es expresión, sino purificación; y por lo mismo que su tarea consiste en no cantar, como se ha supuesto, sino en expiar y salvar, su destino es estar, en cierto modo, enamorado del pecado, de la imperfección, de la injusticia, del desorden. El arte no viene a mejorar ni a moralizar la realidad, sino, como hemos visto, a salvarla, pero a salvarla completa, con todo, es decir, caritativamente, más aún, piadosamente", nos dice pensando en las obras maestras Ramón Gaya, la persona, el artista más opuesto a Ruano que quepa imaginar, en la vida y en el arte.
Ruano no ha salvado la realidad completa, pero, viéndola naufragar, la ha lanzado, desde el buque de su miseria, de su cinismo, de su purrimiento, un flotador, un salvavidas.
Alguien se preguntaba aquí qué había de genuino en su obra, cuáles de sus libros merecían la pena ser leídos, qué fascinaba en ellos.
Fascina la cordialidad sentimental con la que ve a sus modelos. Sus Siluetas de escritores contemporáneos nada tienen que envidiar a Españoles de tres mundos, unos en moderno, otros en egipcio, unos cubistas, otros al vapor. En ese libro está la línea que explica todo Gómez de la Serna: "un botijo que pare inesperadamente porcelanas de Sèvres". Y es raro no hallar uno solo de sus retratos sin una pincelada sorprendente, luminosa, iluminada. El talento de esta visión está en ese "inesperadamente", porque también le atañe a Ruano. En este, todo es también inesperado, pero cuando sucede resulta irrevocable. Fascinantes son también, a mi modo de ver, Mi medio siglo se confiesa a medias (continuación de Automuribundia, ni mejor ni peor, contrapunto de las otras grandes memorias de aquel tiempo, Desde la última vuelta del camino o Un hombre que se va) o La memoria veranea, en la que se encuentra la mejor entrevista que nadie le haya hecho a Baroja. Inesperadamente, aunque no tanto (uno o dos por página), sus hallazgos verbales son tan prodigiosos como su sagacidad psicológica, y ambos inversamente proporcionales a su patológica amoralidad. 
Lo venimos diciendo: todo sucedió en medio de la miseria de los cafés españoles de la posguerra, entre poetastros de tres al cuartos, leones, maeztus y caudillos, por mano de quien tenía las puntas de los dedos del alma manchadas de nicotina. Una miseria que él ha purificado y ha salvado en parte, ni él mismo podría decirnos cómo, ya que ni él mismo pudo salvarse. Suficiente aunque haya sido a medias. Fue más de lo que nadie dio en aquella España, de lo que nadie pudo entonces dar aquí.


Ruano en su casa por Català-Roca, años cincuenta

1 février 2012

El asunto Ruano, el enigma Ruano (2)

PODRÁ uno no compartir el procedimiento delator de los autores del informe Ruano, pero comprende su indignación. Pensarían: haber hecho una guerra, ganarla y dejarle la victoria a quien se la pasó en Capri... Reírse de Ricardo León y Ramiro de Maeztu les pareció que merecía otra.
En la misma página del Heraldo de Madrid en la que aparece publicada la crónica de Ruano dando cuenta de la quema del colegio de Maravillas, que ardió con otros en Madrid esos días, figura la cuestación nacional para el monumento a los héroes Galán y García Hernández, fusilados por la dictadura militar poco antes por haberse sublevado contra ella. De Galán iba a publicar por entonces el periodista un folleto, uno de esos escritos que los autores del "Informe Ruano" denunciaban y a los que el propio Ruano hace referencia en la nota bibliografía que incluye precisamente en la bibliografía que abrocha sus Siluetas de escritores contemporáneos: "Se han excluido de esta lista veinte títulos de libros que correspondiendo a la gracia efímera o necesidad del momento, el autor no considera, aun sin renegar de ellos, dentro de su estricta obra literaria en marcha". 
El 11 de mayo del 31 quemaron el colegio Maravillas, en Bravo Murillo, y hasta allí fue el reportero Ruano urgido por la necesidad del momento. El carné de periodista le franquea la entrada al edificio que defiende de la curiosidad y el saqueo un cordón policial. Encuentra Ruano por todas partes escombro y chamusquina, y se apresta, sin más, a contarnos las cosas con su efímera gracia. Tras sugerir que han sido los mismos frailes quienes destruyeron el archivo del colegio, dice: "He aquí un capítulo importante: la destrucción que los mismos religiosos han hecho de sus conventos". Habla, pues, no sólo del de Maravillas, sino de todos los que están ardiendo en Madrid. "En muchos, y en este, el incendio fue extrañamente ayudado desde dentro antes o simultáneamente a que entraran las turbas". A medida que transcurre, la crónica de Ruano se hace solanesca: "Las bodegas, cerca de los sótanos donde estaban los billares. Un río de vino mezclado con el aceite. Grandes barriles. Y un verdadero cementerio de latas de conserva abiertas unas, retorcidas por las llamas otras, las más, intactas. El pueblo ha comido, ha bebido por una vez como ellos [ los frailes] comieron toda su vida. Se necesita ser muy miserable para llamar a esto pillaje y no llamárselo a lo otro. El recuerdo de la leyenda de los curas y frailes dieciochescos glotones y entregados a la sensualidad acude, sin quererlo, a la imaginación". Y al poco rato, descubre Ruano en el suelo un escapulario con el "Detente, el Corazón de Jesús está conmigo". Se espera mucho de Ruano en ese paso, y Ruano, carga la suerte en su toreo de salón, mirando al tendido: "[El Corazón de Jesús] no estaba con ellos, no. Cada día ven y vemos los creyentes que si Jesús volviera no estaría con ellos, con quienes han hecho de la religión una simple fuerza política, una continua intriga". Que Ruano tuviese o no razón es, en este caso, menos importante que el hecho de verlo trabajar de mercenario.
La visita al colegio de Maravillas ha terminado, y Ruano, futuro marqués ful de Cagigal, exclama, con el convento humeante a sus espaldas: "Serenidad ahora. ¡Que la generosidad y la paz de la República esté con todos!". 
Podemos, sí, comprender la indignación de los informantes, pero decididamente todo en su informe acaba repugnando. Setenta años después nos vuelve incluso más simpático a ese pícaro que tuvo la efímera gracia de no tomarse en serio a Ramiro de Maeztu y a don Ricardo León, el novelista predilecto del Caudillo. Lo dijo además por escrito sin temor a los inquisidores, con los cuales, por cierto, coincidía en aquellos cócteles de los que en Madrid había media docena cada tarde.

    (Mañana último capítulo)

Uno de los folletos republicanos de Ruano, ¿1931? ¿1932?, y panfleto fascista escrito y publicado por Ruano y su amigo Mac-Kinlay en Roma en 1937.