2 avril 2012

Olimpia de Gougues

Las palabras son mucho por lo que dicen y tanto o más por lo que ocultan. Cada palabra es un iceberg. Los periodistas y filólogos se ocupan de su parte visible, los poetas y filósofos, de la no visible. Inseparables. Cuando la proclamación de los Derechos del hombre y el ciudadano, quiso saber la ciudadana Olimpia de Gouges por qué las mujeres no podían votar o estudiar como los hombres. Acabó en el cadalso por gibelina: nadie le supo contestar. En la ilustrada Ginebra, de hecho, no pudieron votar las mujeres hasta bien mediado el siglo... XX. Conseguir un lenguaje que nos represente a todos no es tampoco tarea sencilla. El documento de un académico criticando  algunas  cartillas en las que se tratan de fijar unas normas para acabar con el lenguaje sexista en ciertos organismos públicos, ha vuelto a desatar la polémica. Cosa latosísima.

¿Qué dice este académico? Su texto es denso y profiláctico. Denuncia y lamenta que esas guías no hayan sido redactadas por filólogos. Son para él los filólogos el fiel de la balanza, y arranca, como un tenor en un aria de bravura, hablando de... “violencia doméstica”. Confundir a estas alturas violencia doméstica con violencia de género es cosa grave. Es bueno saber filología, pero si se va a hablar de lenguaje sexista, convendría acaso tener claras algunas nociones como esa. En cuanto a la lengua... Todos sabemos de palabras, más o menos, lo necesario. La lengua habla de oído, sin saberlo. Los académicos vienen luego y la ponen en solfa. Lo que no se ha visto nunca, ni se verá, es que el  pueblo se exprese con partitura. Él habla por instinto, a capella, y por lo general muy bien. También mal. Pero ese mal suyo, tan expresivo a veces, no lo mejora un gramático, y la lengua está tan llena de aciertos que fueron yerros en origen, que no vale  la pena insistir en ellos. Durante años la Academia condenó los laísmos, loísmos y leísmos. No ha podido con ellos, y ha acabado por tolerarlos (ja): “La dijo que...” ¿Que suena mal? Puede (¿qué es sonar mal?), pero en Castilla, que es donde se usa este laísmo, saben que a quien se le está diciendo eso es a una mujer... 

Hace un tiempo una amiga me pidió, como tipógrafo, que diseñara sus tarjetas de visita. ¿Pondríamos  médico o médica? No lo dudó: “Médico; en mi especialidad se fían más de los médicos que de las médicas”. Muchos, hace treinta años, se negaban a emplear la palabra jueza. ¿A qué obedecía esa resistencia? ¿A que “sonaba” mal? No, desde luego: a aceptar que una mujer podía juzgar a un hombre. Ese académico y cualquiera de nosotros encontramos insufrible el empleo abusivo de femenino/masculino, ese “vascos y vascas, todas y todos” que da lugar a usos aberrantes. De acuerdo. Tampoco pasa nada usado con discreción, como el “señoras y señores.” Etc. La gente acabará diciendo “una miembro de la Academia”, les guste o no a las académicas, si con ello ataja. Pero, con todo, lo importante, y lo saben las feministas, es que el lenguaje crea ideología. Por eso quieren cambiarlo,  en recuerdo de Olimpia de Gouges. Quiso probar que los Derechos del hombre eran sólo los Derechos de los varones. Hoy lo sabemos. Hacer visible la parte invisible de las palabras: sospechaba ella y con razón que esa invisibilidad era la que también hacía invisibles a las mujeres.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de abril de 2012]

1 avril 2012

San Ero, de Turís al Pago

HACE tres o cuatro años nos enseñó el poeta Miguel d'Ors el Museo de Pontevedra, donde nos tropezamos con Ero de Armenteira, el monje a quien se le fue el santo al cielo oyendo a un pájaro durante unos minutos que resultaron siglos deleitosos. De ese santo y de otro, San Genadio, habló uno de vuelta de aquel Valle del Silencio leonés en el que este último eremita obtuvo también la gracia de soterrar el arroyo que lo distraía de sus meditaciones.
Hoy ha llegado a Madrid, camino del jardín de Las Viñas, esta pequeña escultura de nuestra amiga Anna Crespo, aprovechando que venía ella a exponer algunas de sus obras aquí. Todo en esta transmite silencio, todo en ella es para nosotros cercano (algo hay en el rostro del santo que recuerda a nuestro amigo, y suyo, Ramón Gaya), pero acaso nada como ese gesto sutil, poético, vivísimo: la actitud del monje que antes de levantar la cabeza reclamado por el canto del pájaro, señala con el dedo el lugar donde dejó suspendida la lectura, sin sospechar que acaso cuando vuelva a ella, trescientos años después, habrán volado las letras de ese libro como los pájaros, dejándolo en blanco, tal y como lo vemos en esta preciosa interpretación de la leyenda.


Anna Crespo, San Ero de Armenteira. Escayola y detalle de copia con pátina de bronce.


31 mars 2012

Lo uno por lo otro (Nueva Revista)

PRESENTAMOS antesdeayer en la hospitalaria espelunca de la librería Alberti Gabriele Morelli (responsable de la edición), Juan Manuel Bonet y yo mismo el facsímil de Nueva Revista, editado por Abelardo Linares, quien ya ha publicado antes otras importantes revistas literarias españolas: Renacimiento, Mediodía, LeyCánticoLa caña gris, Los cuatro vientos y muchas más.
De Nueva Revista se publicaron seis números en 1929 y 1930. Es de formato tabloide, como un periódico. No era especialmente bonita, pero a los ochenta años los papeles suelen ponerse bonitos. Los años tienen eso: excepto a las personas, lo mejoran casi todo. 
Era una revista hecha por unos cuantos universitarios, reunidos por José Antonio Muñoz Rojas, Leopoldo Panero, José Antonio Maravall y José Ramón Santeiro. En esta colaboraron muchos jóvenes desconocidos entonces como ellos, Maruja Mallo, Vivanco, Herrera Petere, Ramón Feria, Díez del Corral o Alfaro; otros que ya eran conocidos y aun consagrados, a pesar de su juventud, Salinas, Aleixandre, Cernuda, Alberti, y algunos otros, en fin, que gozaban del estatuto de maestros, como Villalón (casi) o Azorín (aquí con un texto bellísimo). 
En aquel momento en España había muchas revistas parecidas. De hecho había una en cada ciudad, y en todas colaboraban más o menos los mismos. España era una revista que leían pocos pero en la que estaban todos. El modelo fue La Gaceta Literaria. Como si se pasaran la vida de guateque en guateque. Luego todo cambió, la política los separó y cada cual se marchó de lo más jovial a matarse a la guerra. Su núcleo directivo y la mayor parte de los de esta revista mataron con los nacionales.
Leyéndola ahora constató uno estas cosas:
1. Que a los poemas publicados en ella se les nota mucho la época: fililíes, lorquismo y estupefacientes surrealistas (JMBonet llamó nuestra atención sobre el "Poema urbano" de Javier de Echarri, un poema sincopado que habría incluido de haberlo conocido en su antología de poesía ultraísta, que acaba de aparecer). Y que lo de época vale lo mismo para los poetas famosos que para los desconocidos, para los Santeiro, Bouthelier o Luelmo y para los Aleixandre o Alberti. Al ser estos más conocidos, parecen algo más plastas, quizá porque habiéndose circulado más, parecen más tóxicos. Pero no. Unos y otros, en lo poético, apenas pasan aquí de hacer placebos. Por fortuna Cernuda o Panero tenían la poesía por delante.
2. Que mucho más interés tienen las prosas de batalla, las reseñas de libros, las crónicas, que se leen como se lee un episodio nacional. Hemos aludido a la de Azorín, hay más. Estas le garantizan a uno una buena tarde.
3. Que los anuncios de sastrerías, jamonerías, agencias de negocios, tiendas de gramófonos y cajas registradoras o reclamos de "peinados elegantes" son acaso la parte más viva de la revista, demostrando con ello que la vida se queda donde se queda, y que, como dice Manuel Bonilla, hombre de campo: "no sirve querer". Se refiere él a que "no sirve empeñarse en lo contrario".
4. Que pasados ochenta años acaba uno contagiándose del espíritu jovial de sus responsables, y que ya que nos libramos de la guerra, podemos dedicarnos al menos a pasear entre esos nombres como hacen los muchachos entre las lápidas de un cementerio: todas les parecen iguales, sí, pero a esos años pasear abre el apetito.
5. Que no quiere decir lo dicho hasta aquí que tenga uno en poco, ni mucho menos, el trabajo de Abelardo, de Morelli, de JManuel o el mío propio. Bien al contrario. Pero que lo Cortés no quita lo Cuauthémoc, que decía Villaurrutia, y que a estas alturas tenemos ganado, al menos nosotros cuatro, no ser solemnes hablando ni de nuestros negocios ni de unos iconoclastas vanguardistas que hicieron bandera de reírse de todo el mundo. Que nos ríamos un poco con ellos tampoco es grave.
y 6. Que hay algo que emana de estos papeles, y que sólo por eso vale la pena buscarlos y comprarlos (supongo que tampoco valdrán mucho, a pesar de lo bien hecho que está el facsímil; lo nuestro ha sido siempre miseria y compañía): el aire libre y la ilusión que se ve tenían entonces los poetas en el porvenir. Un porvenir que nosotros no hemos conocido nunca. Claro que por suerte tampoco tenemos su pasado. Váyase lo uno por lo otro.

Nueva Revista. Facsímil. Estudio de Gabriele Morelli. Editorial Renacimiento

30 mars 2012

De la huelga en general

TUVO uno ayer el corazón partío entre los huelguistas, cargados de razones para hacer la huelga, y los sindicatos, con escasos motivos para ella.
* * *
RESULTA desalentador constatarlo: el único día en el que los sindicatos parecen trabajar duro es precisamente en el de la huelga.
* * *
COSA, casa, caso. Mi patrón soy yo, y ayer la otra parte de mí hizo huelga. Lo raro es que hoy he ido a mirar en mi diario por saber cómo había ido la cosa en casa, y leo que en mi caso la siguió un 78%.
* * *
Y aprovechando la huelga, se dedicó mi 22% esquirol a poner en limpio y ordenar papeles, libros y recortes atrasados, entre ellos, estos, curiosos, sacados de no sé dónde. Debieron venir aquí en su día, elaborados, cuando se habló de los pájaros.
En el pinzón la costumbre de esclavitud ha vencido el ansia de libertad, y si se le abre la puerta de la jaula se quedará en ella. O sea, un pájaro de lo más humano.
La calandria imita el piar de los polluelos, el maullar del gato, el silbido de los hombres. La calandria tiene una memoria prodigiosa. Cuenta alguien que su calandria oyó dos días cantar a un pájaro burlón y seis años después empezó a imitarlo, para asombro de su dueño.
El pájaro burlón, así llamado en Méjico, por remedar a maravilla el grito y canto de los demás pájaros, cosa propia de la calandria y de tantos otros pájaros, como el chamariz y el estornino.
* * *
MÉJICO, decía Valle-Inclán, se escribe con ejis. Al menos es lo que asegura mi amigo Gabriel García Santos, guitarrista burlón.


Tienda de lámparas y bombillas. Calle Hortaleza, Madrid. 28 de febrero de 2012

29 mars 2012

Amig*s mí*s

HOY hace exactamente un año que empezó este almanaque. Lo he llevado a diario no sé cómo.
Si miro atrás, desconfío de haber sido tan puntual y constante, porque no lo soy con nada. Hago bastantes cosas, es verdad, pero todas tarde o antes de tiempo.
Le gusta a uno escribir esto y aquello, incluso contra esto y aquello, que decía Unamuno, del pasado o la novedad del día, pero siempre para los amigos. Amigos son todos aquellos que se acercan o se puedan acercar en el futuro a nosotros con interés y respeto y un vago impulso afectivo. En ese sentido, no nos han ido mal del todo las cosas, creo, ni a mis amigos ni a mí, porque hemos podido estar juntos cada día unos minutos, haciéndonos compañía buenamente, y así vamos a seguir.
¿Por cuánto tiempo? Quién lo sabe. Y es muy difícil predecirlo, porque lo cierto es que ha habido algunos días que sólo en el último momento se ha armado la entrada y ha podido publicarse, no sé como, ya digo. Hoy por ejemplo. Es un día especial, y acaso por ello debería traer aquí algo especial, me he dicho. Además hoy hay en España una huelga general. ¿Y qué mejor manera de secundar a tantos que tienen más que sobradas razones para hacerla que darles lo que más estimamos de nosotros?
Así que no se me ocurre nada mejor que traer aquí el poema que abre Segunda oscuridad, el libro del que se hablaba ayer, pidiendo excusas, porque no ha sido este nunca un lugar donde se haya evacuado la intimidad, y un poema es lo más íntimo de todo:

MESA

Desalojé mi mesa de cuadernos,
de libros, de papeles.
Plegué mi ordenador portátil,
y la negra ventana que del mundo
metía tanto ruido se cerró.
Desnuda como el día en que la trajo
del taller Pepe Cancho, el carpintero,
quedó irreconocible y sólo entonces
por vez primera en años pudo verse
el dorado oleaje del nogal.
Así siguió durante mucho tiempo.
Cuando pasó esa prueba,
traje el otoño, el mar y unos caminos
e, igual que lapiceros con la punta
afilada, los puse frente a mí
de mayor a menor, como si fueran
una flauta de Pan. Hice lo propio
con algunas palabras de la calle
que perdidas vagaban como perros.
Vino también la muerte, celosa de tal orden,
y me sirvió de vaso: puse en ella una rosa.
El traje de tintero quedó para la noche,
y el silencio pidió el del ruiseñor.
No me importa, poema, quién te escriba
ni cuándo ni en qué sitio,
ni si no fuera yo.


En fin, amig*s mí*s. Que la vida quiera volver a reunirnos dentro de un año, y trabajando, y que este almanaque siga escribiéndose, aunque se escriba solo. Y mejor aún sería que se escribiera solo, ¡o por unos encantadores!, pues acaso así saliera más en su punto.

Carretera de Santa Cruz, Cáceres. 16 de Marzo de 2012. Foto de Miriam Moreno

28 mars 2012

El gai saber: ay tragedia del alma

LA mayor parte de las cosas que nos suceden parecen apoyadas en otra anterior, como descansan en una melodía unas notas en otras, y estas a su vez, cuando cesan, en el silencio que les sigue. ¿Cuál es la razón por la que precisamente hoy, que ha enviado uno su libro de poemas Segunda oscuridad a la imprenta, tropezara con este otro libro, fuera de su estante no sé por qué? ¿Y cómo ha ido a abrirse justo por esa página? Es un libro muy pequeño, cabe en la palma de la mano, como los ases de la baraja, y tipográficamente lo ha considerado uno siempre un dechado del oficio, con ese retrato estarcido de Nietzsche a lo Valloton y su sabia combinación de cuerpos, sin salirse del mismo tipo de letra. El autor de estos poemas, más que Nietzsche, es su traductor, Francisco A. de Icaza, el poeta modernista, autor de aquella memorable copla que puede leerse en un azulejo de La Alhambra: "Dale limosna, mujer / que no hay en la vida nada / como la pena de ser / ciego en Granada". 
Y así dice este poema que Icaza tradujo como "El gai saber", de igual título que el libro de Nietzsche La gaya ciencia o, como parecen preferir los filólogos actuales, La ciencia jovial:

Este libro no es libro, ¡qué te importan los libros!
Son féretros, mortajas...
El pasado es la presa de los libros, 
en ellos del presente no hay nada.
Este libro no es libro, ¡qué te importan los libros!
Son féretros, mortajas...
Es una voluntad, una promesa
que corta las amarras.
Es un romper los puentes,
es un levar de anclas,
es un viento marino,
es del timón la barra,
el penacho de humo
y el ruido de las máquinas;
es el cañón que truena:
es un reírse de la mar encrespada.

¿Que secreto impulso le llevó a uno, precisamente hoy, en que ha enviado su libro a la imprenta, a este otro librito, y en él hasta ese poema que tanto recuerda el de Unamuno, aquel su "armador de casas rústicas", en el que se decía de las palabras de Jesús que eran aladas, "hasta que al fin cayeron en un libro, / ay tragedia del alma"? ¿No se apoyan las notas de nuestra melodía unas en otras, entre sí, y en tantas melodías ajenas?


27 mars 2012

Marcel Duchamp, ¡Presente!

CONFIRMA Duchamp, en uno de los escritos que ahora se le publican, que a él más que la pintura o los cuadros, le interesaba el título de los cuadros. “Para mí el título era muy importante (...) Me dedicaba a poner la pintura al servicio de mis objetivos, y a alejarme de la fisicalidad de la pintura”. Lo extraño es que eso mismo le haya interesado también a la inmensa mayoría de los profesores, críticos, galeristas y coleccionistas durante los últimos cien años, a menudo con una inexorable intransigencia hacia los disidentes de ese credo estético, propia de los regímenes totalitarios. 
Imaginemos no ya a un escritor que se desentendiese de un poema, de una novela, o de un ensayo, y sólo le diera importancia a los títulos; imaginemos a todos los lectores interesados únicamente en eso, en leer títulos de unos libros que ya nadie considera necesario escribir.
Y no es que Duchamp finiquitara el arte, tal como prefiguraba Hegel, o que el arte haya muerto o que entre todos hubiesen acabado con él. Si hubiese sido así, no tendría importancia: cosas de la vida. No, lo cómico del asunto es que hayan arrancado para el título-sin-obra la consideración de obra misma, y que hayan pasado el cadáver-del-arte por arte, con el único propósito de seguir disfrutando del estatuto y de los privilegios del artista en la sociedad moderna.

Marcel Duchamp en el diario Arriba (Foto del Ratro del 25 de marzo de 2012)