Haga usted como que no está leyendo este artículo y sólo así yo podré fingir que no lo estoy escribiendo. En cuanto leí el presunto poema de Günter Grass que ha dado la vuelta al mundo, uno, en un arrebato a lo Escarlata O’Hara de Lo que el viento se llevó, se dijo: “A Dios pongo por testigo que jamás escribiré una línea sobre este asunto”. Y ya me ven, a tanto llega la inconstancia del hombre.
Y no pensaba escribirlo, desde luego, porque cuando fuera usted a leerlo, dos semanas después de la noticia, lo probable es que usted ya hubiese leído sobre esto mismo unos catorce mil artículos. Tampoco porque se trate de un asunto que me traiga al pairo, como en el fondo le trae al pairo a la entera humanidad (de hecho creo que cuando se publique el mío ya nadie se acordará de qué estamos hablando). No pensaba hacerlo porque eso era precisamente lo que se buscaba, que nos ocupásemos del mismo Grass, uno de esos autores que Miguel Espinosa definió con mucha gracia como “escritorazo”. ¿Y qué son los escritorazos? Aquellos escritores de gran tonelaje mediático que navegan por todos los mares del planeta y que cuando llevan un tiempo sumergidos tienen la necesidad de subir a la superficie llamando la atención con toda clase de subterfugios, unos sorbiendo por el ano una palangana de agua y otros hablando del apocalipsis. En todo caso cualquier escritor que sólo sabe hablar si se dirige a las multitudes, cosa que hará indefectiblemente levantando los brazos tal y como hace Charlton Heston en el papel de Moisés antes dividir el Mar Rojo en dos tajadas. Por menos de eso, no despegan los labios.
Es más o menos lo que acaba de suceder. Grass ha anunciado el fin del mundo, y ha culpado a Israel de ello. Cuando le dieron el premio Nobel sus declaraciones fueron para condenar las centrales nucleares, y lo hizo con tanta insistencia y profusión que llegaba uno a dudar si el Nobel que le habían dado era de Literatura o de Física. Grass, después de aquello, volvió a sus profundidades y la gente se olvidó de él, por lo que acabó emergiendo de nuevo al poco tiempo con una confesión escandalosa: había pertenecido a las SS. Sus defensores lo disculparon recordando que por entonces Grass no tenía más que diecisiete años (gran bobada: entre 1933 y 1945 Europa se llenó de asesinos de diecisiete años), cuando tendrían que haber recordado que lo grave no fue que hubiese pertenecido a las SS, sino que lo hubiese ocultado durante medio siglo. ¿Su carrera en la Literatura, incluso en la Física, habría sido la misma de haber hecho esa confesión al principio y no al final de ella?
Cuando hace tres semanas lo vimos resoplando de nuevo en los periódicos, supimos que no se trataba de un poema, sino de su necesidad de dirigirse a las turbas. Que algunos miembros insignificantes de ellas, como uno, le lancemos nuestros arponcitos, le habrá dado igual. Ahora, que el mismo estado de Israel lo haya condenado, qué duda cabe, le habrá hecho feliz. Habrá pensado de sí mismo: “Ecce homo”, y hasta la próxima resurrección. Por eso había empezado pidiéndote, lector, que no dieras por leído este artículo para no darlo yo por escrito.
[Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 6 de mayo de 2012





