5 septembre 2014

Ejercicios de caligrafía

AUNQUE leas estas palabras como cualquier otro día, quiero que sepas que, al ser las primeras, he tardado mucho tiempo en escribirlas. 
Cuánto esmero ponía uno en escribir su nombre y apellidos en cada uno de los libros y cuadernos nuevos que nos daban en septiembre. Cuánta ilusión también. Se diría que le fuera a uno la vida en ello, que cifraba en aquellas heroicas caligrafías el éxito de todo el curso, sabiendo, por lo demás, que todos esos primores iniciales acabarían en nada allá por junio: cuadernos llenos de manchas de tinta y de meriendas y libros lamentablemente pintarrajeados en los márgenes con todos los monigotes que delataban desánimo y falta de aplicación
Hoy, sin embargo, se está uno dejando la piel en estas palabras para que no haya en ellas una letra más grande que otra ni un trazo que no obedezca a las leyes sutiles de la caligrafía, que no son otras que las de la vida: deslizarse por ella sin dejar atrás ni muchos borrones ni demasiado señalados.
Lo de la letra es otra cosa. Del hecho de que no considere uno la suya como bonita, se suele ocupar el psicoanálisis o, en su versión económica, la literatura.


4 septembre 2014

Gentilicios

HA dado uno este verano por ultimado (es un decir, esto no puede decirse sino el día en que salen de nuestras manos las últimas pruebas de imprenta, y aun así tampoco) El final de Sancho Panza y otras suertes, que estará en las librerías el próximo mes de noviembre. 
Como si fuese un opositor, le siguió a uno hasta aquí un cerro de libros que tenían que ver con Cervantes, la carrera de Indias, una ciclópea Enciclopedia cervantina y muchos estudios específicos. En uno de estos, de Ricardo García Cárcel, "Las Españas del Quijote y de Cervantes", esto: "La verdad es que Cervantes usó pocos gentilicios: castellanos, leoneses, gallegos (yangüeses), andaluces (tartesios) y aragoneses. Nunca catalanes. Sí, una vez, vicaíno". Lo que no daría de sí esta información en manos de la ANC, que podría añadir a su "España nos roba", "Cervantes nos ningunea". Claro que dura poco la alegría en la casa del pobre Pujol, que allá era como la casa del padre: "El gentilicio español tampoco lo usó nunca Cervantes".
Lo ha dicho uno alguna otra vez: ningún remolino más hipnótico que el que se forma en nuestro ombligo.

El Rastro, 16 de marzo de 2014


3 septembre 2014

Búscame

BÚSCAME en una de las cuatro esquinas de tu pantalla. Ahí estoy yo, solo, inadvertido, mirando jugar a los demás, como en el patio de mi colegio el primer día de clase. Cada año sucedía de ese modo. No feliz, pero tampoco desdichado. Es igual desde entonces. Ya no hay colegio, pero nada ha cambiado. Con grandes expectativas y con grandes esperanzas. Pero diciendo, hoy como ayer, "no puedes quedarte aquí, en un rincón; al final alguien se dará cuenta, y será peor". 
Y eso hago ahora: calibrar el momento de meterme en el corro con disimulo: ni tan notorio, que le echen a uno de él, ni tan flojo, que no entre.
Ya está dicho.

Cortesía de Jaime García Máiquez

2 septembre 2014

Silencios

NO hay dos silencios iguales.

Las Viñas. Julio, 2014. Foto: Rafael Trapiello

1 septembre 2014

De ninguna parte y de todas

PASABAN por televisión Hannah Arendt, centrada en el caso Eichmann, responsable de los transportes de judíos a los campos de exterminio. No es frecuente querer ver una película tres veces en el mismo año y siempre con el mayor interés, bebiendo todas y cada una de sus palabras.

Eichmann, criminal de guerra, consigue huir de Alemania y evitar los procesos de Nuremberg. Lleva consigo únicamente una identidad falsa y el pasaporte que le ha facilitado el Vaticano. Quince años después, 1960, los servicios secretos israelíes lo descubren en Argentina, lo secuestran, lo llevan a Israel y lo juzgan. Hannah Arendt, filósofa, judía, exiliada en EU y autora de un libro imprescindible sobre los totalitarismos, se postula al New Yorker, semanario izquierdista, para asistir al juicio y escribir las crónicas. La publicación de Eichmann en Jerusalén resultó un escándalo, al considerar Arendt, uno, que el Holocausto lo hicieron posible personas mediocres como Eichmann, quienes escudadas en el principio de “obediencia debida” anularon en ellos lo privativo del ser humano, pensar, banalizando así el mal hasta hacerlo extremo; y dos, sin la colaboración de los Consejos Judíos, el Holacausto jamás habría alcanzado la cifra espeluznante de seis millones de víctimas.

Las tesis de Arendt, hoy canónicas, le valieron ser acusada de traidora, soberbia y despiadada. La redacción del New Yorker se llenó de miles de cartas que la insultaban y la amenazaban de muerte, se pisoteó su nombre en sinagogas de todo el mundo, trataron de expulsarla de la Universidad, y amigos íntimos suyos dejaron de hablarla. Uno de estos, pariente suyo además, agoniza en Jerusalén y Arendt acude a su lecho de muerte. Aquel la recrimina: “¿Es que no amas al pueblo judío?”. Hannah le responde con delicadeza, pero sin titubeo: “Yo no amo al pueblo judío ni a ningún otro pueblo. Yo sólo amo a mis amigos”. Sabía que en todas las matanzas ondea siempre la palabra pueblo, una ficción. Así que cuando se oye uno llamar con desprecio nacionalista español por nacionalistas orgullosos de serlo de otro signo, me acuerdo de Hannah Arendt. No, no ama uno al pueblo español, ni a ningún otro. Yo, que sólo soy leonés porque no he podido ser menos, únicamente amo a mis amigos, casi todos de ninguna parte, y de todas donde se pueda ser libres e iguales. Quizá por esa razón haya necesitado uno ver esa película tres veces en el último año. 
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 31 de agosto de 2014] 

25 août 2014

El tictac de las estrellas


SIN menoscabo de lo que diga la ciencia, no cree uno que las noches de agosto sean más estrelladas que otras. Nos lo parecen, acaso, porque el buen tiempo nos permite disfrutarlas al aire libre tranquilamente, embebecidos, cautivos, diríamos, del temblor firme, lejano y frío de las estrellas. A la mayor parte de ellas, fuera de la Osa Mayor, la Polar, que los navegantes llaman Norte, y alguna otra, ni siquiera podríamos llamarlas por su nombre. Da igual. Aunque  las hayamos visto mil veces, invariables y seguras, nos sigue sobrecogiendo esa belleza que nos llega con su semilla dentro: Y esta armonía, ¿a qué obedece?

Sabemos por la ciencia que la luz que recibimos de algunas de ellas procede ya de astros muertos, errantes y sombríos, pero no hacemos tampoco distingos entre ellas, y las tomamos a todas por interlocutoras. Nos decimos: en aquella, tal vez, un ser vivo e inteligente piensa en nosotros como pensamos en él. No habla en nosotros la superchería, el temor o la fe, sino la teoría de probabilidades, que nos asegura que hay unos cientos de miles de lugares en el universo en los que pudieran darse condiciones de vida semejantes a las de la Tierra. Y llegados a este punto, el de los números, a todos empieza a volteársenos la cabeza tratando de computar unidades: número de astros, de sistemas, de constelaciones; distancias en unidades de luz; masa, energía, fuerzas... Al rato de fatigar la matemática celeste llegamos a la misma conclusión que el asombrado e ingenuo hombre de las cavernas: ¿dilucidaremos algún día tal jeroglífico? No se refiere uno, claro, a la ciencia. La ciencia siempre dirá sus cosas, nunca ha dejado de hacerlo, pero ¿nos traerá un poco de sosiego a quienes apenas somos  granitos de sílice en un reloj de arena? 

Decía Keats que el poeta es aquel a quien le llega articulado el rugir de un tigre. Podríamos decir algo parecido también del pautado tictac de las estrellas. En nuestro idioma hay sesenta mil palabras. ¿Qué son comparadas con millones de astros, vivos, muertos, nacientes? Si por lo menos una sola de estas palabras titilara en el papel, nos decimos, ni siquiera echaríamos de menos las palabras y el papel... Cada año se repite el rito de disfrutar de estas noches estrelladas, cada año nos recuerdan la pequeñez del mundo y sus afanes, cada año pedimos a una estrella fugaz  volver a estar juntos otro años más bajo el manto hospitalario de su misterio.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de agosto de 2014]

18 août 2014

No habrá perdón

SE publicó por los días del Tour de Francia, y parecía otra cosa: alguien risueño, feliz, levanta los brazos y aprieta los puños. Como si cruzara la meta. Su aspecto, no obstante, tiene poco de esportivo: calvo, fondón, de unos sesenta años y un  gran mostacho, abultado y anacrónico. Le hace parecerse mucho a Joseph Pujol, conocido como  El Pedómano, intérprete en el XIX con sus trepidaciones de  Au clair de la lune y otras piezas de repertorio. No obstante, su nombre a pie de foto, José Lorenzo Ayestaran Legorburu, alias el Fanecas, habla de alguien que va ser juzgado en unos minutos y no precisamente por ventosidades recreativas.

Hay crónicas periodísticas (la de Natalia Junquera en El País), que valen su peso en oro: “Un cura, Ismael Arrieta, señaló la hora y el lugar. Y, siguiendo sus instrucciones, un comando etarra asesinó el 4 de octubre de 1980 en Salvatierra (Álava) a tres motoristas de la Guardia Civil que iban a regular el tránsito de una carrera ciclista: José Luis Vázquez, Avelino Palma y Angel Prado”. 34 años después la Audiencia Nacional ha juzgado a uno de aquellos asesinos, el tal Fanecas, quien tras beneficiarse de la amnistía de 1977, se ganó la vida como pistolero de la banda a la que se jacta de pertenecer aún. Después huyó a Venezuela. Todavía en 2008 impartía allí cursos de tiro y explosivos a terroristas. El gobierno de Hugo Chávez le ofreció a él y a otros etarras en 2006 la nacionalidad venezolana para burlar la extradición. Ellos preguntaron: “¿Podréis?”. Chávez, gran corazón, fue categórico: “Podemos”. No pudo. Por entonces al Fanecas le entró el gusanillo de la sangre, volvió a Francia y allí le echaron el guante en 2010. Aquel 4 de octubre el Fanecas asesinó a Palma; Félix Alberto López, el Mobutu, a Prado; y José Manuel Aristimuño, el Pana, a José Luis López, a quien en primera instancia hirió en un brazo. Trató este de escapar. En el magnífico relato de Santiago González, se cuenta lo que pasó luego: Tras herirlo, «intervino el buen pueblo de Salvatierra que alertó a los asesinos: “¡hay uno con vida!”. Aristimuño lo descubrió debajo de un coche y lo remató». 

Con el Fanecas hay en prisión quinientos asesinos más esperando la amnistía y el aurrescu, y es posible que las víctimas puedan incluso un día perdonar, pero la  sonrisa del Fanecas en esa foto, la mueca con la que trata de burlarse de ellas 34 años después, celebrando su hombrada, la que ha quedado fijada para siempre en el papel, esa jamás hallará perdón.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 17 de agosto de 2014]