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PENSABA uno estos días traer a este almanaque una historia relacionada con la antología Poesía en verso y prosa, de JRJ, escogida por Zenobia y publicada en 1932, y que nada tenía que ver ni con lo que tuvo lugar ayer en Cáceres ni con lo que hoy tiene lugar en Cataluña.
En Cáceres, antes de la lectura del manifiesto, esbozó uno en unas palabras su vida: "Nací en un pueblo de León, estudié en una ciudad de Castilla, vivo en otra de La Mancha, paso cuanto me es posible en un rincón de Extremadura y publico, desde hace casi un cuarto de siglo, en un periódico de Cataluña". De todos y cada uno de esos lugares me siento ciudadano y no querría dejar de serlo ni que otros me obligaran a ello.
Y en estas estaba, cuando leyendo en esa antología para niños y hombres, me encontré con este aforismo de JR:
"Pie en la patria casual o elejida; corazón, cabeza en el aire del mundo".
Lo que no es muy diferente de aquello de lo que ya se habló en otra ocasión aquí. Se lo decía por carta en 1590 Diego de Saldaña, indiano, a su mujer Águeda Martínez.
La animaba a dejar su aldea, Villanueva de Alcardete, y reunirse con él
en Cartagena de Indias, para lo que trataba de quitarle temores de navegación
y otras melancolías: “Ni se os ponga delante [ni os lo impida] vuestra patria,
pues lo que se debe tener por tal es donde se halla el remedio”. Y recordaba uno cómo se parecían esas palabras a las de Cicerón, que Félix Ovejero hizo ya hace años suyas: ubi bene, ibi patria ("donde se halla tu dicha, está tu patria").
Quede la historia de la antología de Juan Ramón para mejor ocasión.
y 2
TENGO sesentaiún año y ha sido la segunda vez que he ido a un acto público de carácter político y la primera en la que he intervenido en uno.
Se trataba de leer un manifiesto: Libres e iguales. Hasta abreviado es poético ese lema: Lei, como una de las revistas de JRJ. El lugar de lectura: el Foro de los Balbos, en Cáceres. El famoso marco no podía ser más incomparable: en el extremo oeste de una de las plazas más hermosas de España, al pie de una estatua romana del Genio Andrógino, que algunos atribuyen a Ceres, y a un lado del Ayuntamiento, con sus arcadas. Ese ayuntamiento es el que le da a la Plaza Mayor de Cáceres un aire De Chirico muy convincente. Para acceder a ese lugar hay que subir unos cuantos escalones. Todo es piedra allí y ennoblecido paso del tiempo, y muy mal se tienen que dar las cosas para que uno, leyendo allí en voz alta algo, no llegue a sentirse un poco Julio César en los idus de marzo. Desde lo alto se atalaya todo a lo largo la plaza, y ya sólo por eso, vale la pena estar en ese sitio. Por el día, casifestivo, y el cielo, medioconfuso, apenas había gente en ella. Llegamos mi mujer y yo diez minutos antes de la hora señalada, el mediodía. Un grupo de scouts reglamentados, con un capitán que los arbitraba, hacían competiciones de velocidad y gritos en la explanada de aquel Foro con capacidad para dos mil personas. Aparte de ellos, ni un alma. Su voces rebotaban en los altos muros que devolvían el eco también atropellado. Me acerqué al capitán con el permiso gubernativo en la mano a decirle que iba a leerse de allí a unos minutos un manifiesto, y le pregunté si podía llevarse a los chicos y el ruido a otra parte o pedirles que guardaran silencio lo que durara el llamamiento a los cacereños en particular, y a los españoles en general, no porque no fuera a oírseme, sino por darle a la proclama la necesaria solemnidad y justificar con ella los trescientos kilómetros de ida y los trescientos de vuelta. En un primer momento aquel hombre, con un parecido sin culpa a Oriol Junqueras, le miró a uno sin comprender muy bien lo que le había dicho. Y tuve que volver a contárselo todo de nuevo, con la voz cada vez más desvanecida. Echó una mirada por encima de mi hombro, y como no vio a nadie en la explanada, ni siquiera a M., que se había refugiado en los arcos (había empezado a chispear), pensó que... Es muy difícil saber qué puede pensar un capitán de boyscouts. No les preparan para esas situaciones extremas. Dijo a todo que sí, pero los chicos siguieron sus juegos. Yo me aparté y fui a buscar un poco de consuelo en el Genio Andrógino. Y allí estaba uno de pie, solo, con las manos en los bolsillos del pantalón, con el cuello de la chaqueta levantada y el pecho hundido, en la devastada inmensidad de la Historia, haciendo pendant con la estatua romana. Yo miraba a la estatua, la estatua miraba adonde miran las estatuas y M. me miraba a mí, de lejos, bajo los arcos, solidarizada.
Por suerte aparecieron en ese momento dos jóvenes, uno con una cámara de televisión y otro, que le seguía, con el micrófono. Fue providencial. Lo que no conseguirá la prensa. El capitán de los scouts, que dos minutos antes había pensado que uno era un loco, dio orden a la tropa, y siguieron los juegos en las arcadas. Los ruidos se oían lo mismo. Más aún: el recinto hacía de caja de resonancia, voces y ecos mezclados. Los dos muchachos le miraron a uno sin decidirse, hasta que el más audaz se arrancó hacia a mí con la única pregunta posible en aquellas circunstancias: "–¿El doctor Livingstone, supongo?". Resultaron encantadores. Me ofrecí a ir a uno de los bares de la Plaza y traerles un bocadillo, para corresponder. No hacía falta, se hacían cargo de todo. Decidimos empezar y acabar la lectura los cuatro, ellos dos, nosotros dos. Subí otros cuatro escalones, metí en un bolsillo el permiso gubernativo (y lo que no hubiese dado uno por que hubiese venido también un guardia), y saqué de otro el manifiesto. En el momento en que me disponía a leérselo a M. y a los reporteros de la Televisión Extremeña, se acercaron dos hombres y una mujer, luego un joven, y un minuto después otros tres. Se quedó cada cual donde cayó, como cuentas de un collar roto. Alguien dijo: "Somos trece". Era la señal. Recordé en voz alta, por seguir con JRJ, el aforismo: "Ni levantarse si hay trece, ni sentarse para que los haya". Después de leer el manifiesto, bajé vivo del Gólgota y di la mano a todos y cada uno de los presentes. Como en los duelos.
A unos cientos de metros de allí, nos informaron, estaba reunido el Ppopular en pleno, nacional y extremeño, con el gobierno de la nación y su Presidente al frente, capitán también de su mesnada, en un marco que me juego lo que sea a que era mucho menos incomparable que el nuestro. Creo que habían convocado aquella adhesión para hablar de la corrupción y de esas cosas que hablan los políticos. En un primer momento pensó uno que quizá mandarían al Foro de los Balbos a alguien diciendo que no podían mandar a nadie más, pero luego alguien señaló que habíamos elegido un mal día para leer manifiestos, porque el Presidente regional iba a anunciar en la adhesión que devolvería el dinero de no sé que viajes a Canarias que la víspera había dicho que no tenían nada de anormal. Lo comprendimos todos. ¿Cómo no comprenderlo? Supongo que se irían luego a celebrarlo a Atrio, donde ya había cenado la víspera, cuando los viajes esos vivían sus últimas horas de ser normales. Tampoco hubo nadie del Psoe ni de ningún otro partido, institución, universidad, colegio profesional... aunque no quiere uno faltar a la verdad: nuestro buen amigo X, que vino porque nos lo habíamos encontrado por la calle media hora antes, fue consejero del Psoe en el gobierno regional hace años, pero no sabe uno si sigue o se está quitando. Con él, trece ciudadanxs libres. Trece ciudadanxs que podrán recordar con orgullo que hicieron el 8N de este 2014 en el Foro de los Balbos, Cáceres, lo que miles no quisieron, no supieron, no pudieron, no tuvieron, cómo saberlo, el coraje de hacer.
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| Foro de los Balbos, 8N. Foto del diario Hoy de Extremadura. Aquí la crónica que hicieron. |