9 février 2015

Marsé y los cabreros (y 2)

GLOSÁBAMOS aquí la semana pasada esta frase de Juan Marsé: “España es un país de cabreros, joder”. 

Las obras de Cervantes están llenas, sin embargo, de cabreros hospitalarios y cultivados, y Giner de los Ríos escuchó de labios de uno de ellos, soriano, esto, digno de Gracián por su exactitud y concisión: “Todo lo sabemos entre todos”. Si a Giner le impresionó esa frase, hasta el extremo de no olvidarla nunca, fue precisamente por oírsela a alguien que en principio encarnaría como ninguno el individualismo y cerrilismo españoles (cerrilismo viene de cerro, y “cerrera” es como llama a una de sus cabras precisamente uno de esos cabreros a los que me refería, y a cabreros como él dedica don Quijote el maravilloso y célebre discurso de la edad de oro, no a duques, ministros, intelectuales, poetas o novelistas: no, a unos simples cabreros). En cierto modo el cerril viene siendo un individualista extraviado. Y aquí queríamos llegar: al cerrilismo se le combate con un sentido de comunidad del que España ha carecido siempre (la estampa de la Asamblea francesa, puesta en pie, en pleno, cantando La Marsellesa a raíz de los últimos atentados contra Charlie Hebdo es inédita, impensable acaso, entre nosotros). Quiero decir, que de la misma manera que todo lo sabemos entre todos, todo hemos de cambiarlo entre todos.

Ganó Franco la guerra y arrebató la palabra y la idea de España (y cuanto simbolizaban palabra e idea), a la mitad de los españoles, que lejos de defenderlas como suyas, le cedieron una y otra. Los intelectuales de cierta izquierda, a diferencia de los viejos liberales (Azaña, Ortega, Azorín, Unamuno, que creían en el país y en su regeneración), se hicieron un pequeño lío, y llegaron a creer que España y todo lo español de paso (de la literatura a las corridas de toros) eran franquistas o, en su defecto, de derechas: un caso perdido.  “Pesimismo español”, lo llamaba Gaya.  “España es un país de cabreros”.... Ojalá lo fuera, si fuesen cabreros cervantinos, ginerianos. No, en España  nunca han sido un problema los cabreros. Más quebraderos de cabeza han dado los sacristanes, los espadones, los señoritos  y los malos poetas, el elitismo y, como decía Cernuda, el merdellonismo español conjugado en cualquiera de sus lenguas. Los cabreros son en principio aquellos a quienes don Quijote tiene por sus iguales y a los que les da lo mejor de sí, como ellos le dan a él lo mejor que tienen: un fuego y excelente queso de cabra.
    Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de febrero de 2015]

7 février 2015

Platero al fin

HA llegado el Platero, y en él este prólogo, que pongo aquí.
De lo demás sólo decir cosas buenas y dar las gracias a todos los que lo hicieron posible, empezando por Carmen Hernández-Pinzón, y, claro, siguiendo por aquellos a los que ya se agradeció aquí en su día (interesados en pedidos, busquen entrada).
Creo le habría gustado hasta a JR.
* * *
PLATERO O LA BREVE HISTORIA DE UN LIBRO FELIZ

Este que tienes en las manos es sólo “un pedazo de libro” y, sin embargo, es tanto o más que un libro.
Apareció en 1914 en una edición que es un depurado ejemplo tipográfico del modernismo, y aunque era, en efecto, sólo la mitad de un libro, se vio desde el primer momento que estaba llamado a ser uno de los más leídos y, después del Quijote, el más editado. A Juan Ramón Jiménez, su autor, sin embargo, nunca le gustaron ni la selección ni su aspecto físico. Tal y como se publicó lo encontraba… fallido. Este es el facsímil de aquél.
Quienes hayan frecuentado a JRJ sabrán que, además de ser un grandísimo poeta, tenía sus pequeñas y grandes rarezas, que los juanramonianos estamos siempre dispuestos a comprender, compartir, celebrar o justificar. Su mujer, Zenobia Camprubí, se refirió a ellas con mucha gracia: las llamó, mientras imperaban, las “manías reinantes”. Una de las suyas más pertinaces fue la de repudiar aquel Platero por su aspecto “ridículo” y… cursi. Claro que la de la cursilería fue también la obsesión de algunos enemigos del poeta, muy activos e insidiosos incluso hasta después de su muerte, empeñados en endosársela (y cuánto le dolió que lo circulara también algún viejo amigo suyo de juventud, Ramón Gómez de la Serna, en un ensayo que tituló precisamente Lo cursi).
Creo que de todas las cosas injustas e inexactas que le dijeron a JR, esa era la que más le dolió siempre, porque nacía de un malentendido: sí, podía rastrearse en su obra, en su temperamento y en sus hábitos algo que lo propiciaba. En un país de cabreros y ateneístas, su delicadeza, su finura y su exquisitez innata para todo, (tipos de letra, el atuendo impecable, los dientes blancos, la barba hecha, las casas en que vivió, las relaciones y tratos educados con todos, incluidos los intratables…), en España, decía, esas que no son sino grandes virtudes, suelen tenerse por una debilidad, y no por lo que realmente fueron en JRJ, su verdadera fuerza. Y bastó que alguien pudiera confundir también la depurada tipografía de este libro con la cursilería, para que JRJ tratara instintivamente de separarse al mismo tiempo de la edición y del adjetivo cursi.
También influyó en su rechazo el modo en que se gestó Platero.
Un amigo de JR, Francisco Acebal, director de La Lectura, editorial y revista en la que colaboraba el poeta, le pide “alguna cosa” para cierta colección de libros infantiles que tiene decidido publicar, y JR, que cortejaba por entonces a Zenobia, le propone a Acebal una traducción de Tagore, excusa perfecta para frecuentar a su futura novia con la que pensaba traducirlo, haciendo bueno aquello del santo y la peana. Pero un enfado entre ellos interrumpe esa traducción y JR, para compensar a Acebal, le entrega el manuscrito de Platero.
Detengámonos un momento en este punto, 1914.
JR tiene entonces treintaidós años, pero Platero lo había empezado a escribir en 1906, a los veinticuatro. Es, por tanto, el libro de un casi muchacho. Las estampas que lo forman tienen mucho de recuerdos de infancia, mocedad y primera juventud, de antes de 1900, cuando su familia era rica, vivía su padre y él mismo era un joven que pensaba dedicarse por entero y despreocupadamente a la poesía. En 1906, sin embargo, habían cambiado ya muchas cosas. Su padre había muerto de una enfermedad que agravó la ruina familiar y JR, a consecuencia de esa muerte, cayó en tal apocamiento que fueron necesarios un sanatorio en Francia y más tarde otro en Madrid. Aquí conoció providencialmente a dos de los hombres que cambiaron su vida personal e intelectual: Francisco Giner, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, y el institucionista doctor Simarro, que lo acogió en su casa como amigo y paciente durante dos años. Pero la escasez de medios y un cierto hastío de la vida literaria y capitalina devolvieron a JR a Moguer, su pueblo. Pasaría en él los siguientes seis años, hasta 1912, solo con su madre, en una casa que ya no era la de los buenos y prósperos tiempos de la calle Nueva, sino otra mucho más modesta en la calle Aceña. Y en esta, que jamás mencionará en sus escritos, empezó a escribir Platero, un librito de breves estampas. No está claro cuántas se escribieron en Moguer entre 1906 y 1912, y cuántas en Madrid, entre 1912 y 1914. Según JRJ, el libro ya estaba acabado en 1912, pero sabemos también que JR tenía una idea muy laxa del verbo terminar. Y en 1914 entra en escena Acebal.
Según JR fue Acebal quien escogió de forma caprichosa de entre las ciento trentaiocho que tenía la obra “completa”, las sesentaitrés estampas de que consta esta edición “menor”, y Acebal también quien decidió decorarla con las tapas de flores, y encomendar las ilustraciones a Fernando Marco. JRJ se habría limitado a quedarse a un lado, fiado de ese editor.
Cuesta admitir que sucedió exactamente como dice JR. Este había pasado ya por la experiencia desdichada de dejar la edición de sus dos primeros libros, Ninfeas y Almas de violeta, en manos de Francisco Villaespesa, también amigo suyo en aquel entonces, 1900, encargado de meter y sacar esos dos libros de la imprenta. Es más que posible que Villaespesa, sin encomendarse a Dios ni al diablo, decidiese poner en los poemas de JR dedicatorias impresas a críticos, literatos y poetas que en su opinión serían útiles para su difusión, con el consiguiente enfado de JR, pero es poco probable que la decisión de imprimir Ninfeas en tinta verde y Almas de violeta en tinta morada, o la de incluir en la cubierta de uno de ellos el retrato en el que aparece como un dandy (obra de Ricardo Baroja), fuese enteramente de Villaespesa. Ninguno de los libros de este incurrieron jamás en esas audacias tipográficas, a la altura sólo del bigote perfiladísimo que gastaba entonces el joven JR. Con el tiempo, este, un tanto avergonzado de aquellas veleidades esteticistas, borró de su rostro el bigotito ayudándose para ello de su recia barba nazarena, y trató de borrar también de la faz de la tierra todos los ejemplares de Ninfeas y Almas de violeta que caían en sus manos… por cursis. (Y algo de burla del destino, como una penitencia que la posteridad le hubiera impuesto a JR “por do más pecado había”, hay en el hecho de que los más buscados y cotizados de su autor en el mercado de libros antiguos, alcanzando precios de fábula, sean precisamente estos dos y el Platero de 1914).
A partir de ese momento JRJ cuidó personalmente de la edición de sus obras, tanto las que le hicieron otros como las que se editó él mismo, conforme al gusto suyo de cada momento, imitando unas veces “los libros amarillos” de Mercure de France y otras, las ediciones inglesas de Whistler, hasta que encontró un estilo tipográfico suyo propio e inconfundible. ¿Cabe, pues, imaginar que JR dejaría en manos de Acebal la edición de Platero? Igual que en ocasiones anteriores, JR quiso que aquel libro, que supo desde el primer minuto destinado a los niños, tuviese esas características. Incluso que no figurase su nombre en la cubierta ni en el lomo tiene todos los visos de haber sido una decisión personal del Juan Ramón “cuáquero” de aquellos años. ¿Cabe imaginar que un editor suprimiría de la cubierta el nombre de un poeta que ya entonces era suficiente reclamo publicitario? ¿Qué sucedió entonces?
Empecemos por la elección del dibujante, Fernando Marco.
Quienes han estudiado Platero y yo apenas se han ocupado de él, en parte porque se suele creer que la ilustración, como la tipografía, es un asunto sólo decorativo, y en parte porque no ha resultado fácil saber muchas cosas del misterioso y escurridizo Marco. Había nacido en Valencia en 1885 (donde moriría en 1965, después de pasar la vida en Madrid), y era en los años diez del siglo pasado uno de los ilustradores de moda. Sus dibujos para la revista España, que dirigía Ortega, o sus cubiertas para la editorial Renacimiento (algunas, en obras de Sawa, Baroja, Unamuno, Azorín, Machado, Concha Espina, Belda o del propio JR, son memorables y se cuentan entre las mejores de la edición española), hicieron que fuese muy estimado por la clase intelectual. Alberto Jiménez Fraud, ya entonces director de la Residencia de Estudiantes, le encargaría también las cubiertas de sus “Lecturas de una hora” y de los “Cuadernillos” que cuidó personalmente JRJ. Por tanto, la elección de Marco como primer ilustrador de Platero, si no fue decisión personal de JR, tuvo que ser de su entero agrado. ¿Que sus ilustraciones acabaran decepcionándole con el tiempo? Es posible, pero que el ilustrador gozaba entonces de la mayor consideración del poeta y siguió gozando de ella muchos años, también. Las palabras de JR, por tanto, cargando toda la responsabilidad de la edición en Acebal (“te puso a su gusto, un poco ridículo, en 150 páginas de papel, forrado con flores y con dibujos elementales”, dirá JR al propio Platero años después) resultan exageradas e injustas: ese gusto “un poco ridículo” podía ser el de Acebal, pero también era en ese tiempo el de JR y, desde luego, el de Marco, el mismo a quien JR había imitado dibujando la cubierta de su libro Laberinto (1913) y el mismo a quien encargó un año después el dibujo del perejil que a partir de Estío, 1915, figurará al frente de sus libros, hasta que en 1936 lo sustituye el dibujado por Ramón Gaya. Y lo extraño, o lo fatídico, es que desde 1914 y hasta hoy mismo esas ilustraciones de Marco, en absoluto “elementales” y sí bellísimas y adecuadas (a los cien años las cosas suelen verse de muy otros modos), han acabado siendo las más representadas y representativas de Platero, al modo en que las de Doré lo son de don Quijote.
Llegamos así al asunto de la selección de textos que se incluyeron en esa “primera” edición menor. Por los comentarios de JR, se desprende que Acebal la hizo un poco al buen tuntún, pero lo cierto es que en ella figuran muchos de sus mejores fragmentos, que dan una idea exacta del conjunto, como un fractal respecto de su totalidad. Era, cierto, sólo un “pedazo” del libro, pero presupone el libro completo. El lector de la edición reducida de Platero es un lector de Platero tan completo como el de la edición completa. ¿Completa? Años después de la edición definitiva de Platero, en la editorial Calleja, 1917, JR pensó y planeó (hay borradores de ello: Otra vida de Platero, se titularía) un Platero al que añadiría muchas más estampas, libro que de haber llegado a ver la luz no hubiera incompletado el de 1917. Y este, dicho sea de paso, es otro más de los parecidos de Platero con el Quijote, del que, como es sabido, se hubieran podido suprimir o abreviar algunos de sus episodios interpolados o añadir otros nuevos sin que la historia ni el carácter de sus personajes hubiesen sufrido por ello.
¿Qué sucedió, pues, para que JR le cobrara tanta manía a esa edición ”menor” de 1914 que fue, no lo olvidemos, la misma que tanto le gustó a Francisco Giner, su principal y primer valedor?
Al poco de publicarse, Giner compró un montón de ejemplares para regalárselos a sus amigos en las navidades de 1914. A pesar de estar ya en su lecho de muerte, Giner, “que tanto amó y divulgó” el libro, como recuerda JR, no cesó de hablarle a todo el mundo de él e hizo llamar incluso a su autor. Lo recibió postrado en el mismo catre en el que moriría semanas después. La visita impresionó tanto al poeta que éste decidió después sustituir la dedicatoria original de Platero para dedicárselo a su maestro y amigo. Y aunque es cierto que a Giner tampoco le convencieron las ilustraciones de Marco, lo aclaró diciendo que acaso ninguna ilustración estuviese a la altura de Platero, como ninguna, ni las de Doré, están a la altura del don Quijote que cada lector lleva en su cabeza.
El éxito de aquel primer o “menor” Platero y yo fue tan grande e inmediato como inesperado, y tantas las promesas de ganancias, que Acebal hizo valer sus derechos sobre él y publicó otra edición más modesta destinada a las escuelas. Cuando JR trató de recuperar la propiedad de la obra ya era tarde. Las relaciones se enconaron, los tribunales dieron la razón a Acebal y cuando “yo agoté mi vocabulario de defensa y de insultos”, Acebal y otros se llevaron aquel Platero “menor” para siempre. Desde entonces habló JR de su “burro robado”, aludiendo, claro, al burro de Sancho Panza: “El que encuentre un burro, con 150 pájinas en papel crudo, con pasta florida a dos pesetas, con el apodo Juventud, u otro de igual número de pájinas, con pasta gris, a 0,75 céntimos, bajo el disfraz El libro escolar, devuélvalo a su dueño, Juan Ramón Jiménez, poeta, Madrid, porque es un burro robado”, dirá.
Sólo la edición completa en la editorial Calleja resarció a su autor algo de estos sinsabores (y por poco tiempo: Calleja secuestraría Platero de por vida), pero ya no pudo hacer nada: ambas versiones, la menor y la completa, convivirían ya siempre, y en ambas está Platero y “el universo Platero” por igual y al completo, raro misterio.
Así lo percibieron desde el primer día sus lectores, empezando, claro, por Giner. Éste no llegó a conocer la edición completa, pero leyendo la menor advirtió que en ese libro estaban expresados los ideales de lo que había tratado de hacer en su Institución Libre de Enseñanza, en cuyas escuelas se cultivaban la inteligencia y la sensibilidad, la conciencia y la responsabilidad de los niños.
Y claro que JR sabía que aunque en esa su primera salida Platero trotara hacia los niños, no era un libro para ellos: “Yo nunca he escrito nada para niños, porque creo que el niño puede leer los [mismos] libros que el hombre con determinadas excepciones” (…) “Yo –como en grande Cervantes a los hombres– creía y creo que a los niños no hay que darles disparates –libros de caballerías– para interesarles y emocionarles, sino historias y trasuntos de seres y cosas reales tratados con sentimiento profundo, sencillo y claro. Y esquisito” (…) “No es, pues, Platero, como tanto se ha dicho, un libro escrito sino escojido para niños”. Años después, 1932, y en la preciosa antología de la obra de JRJ “escogida para los niños por Zenobia Camprubí Aymar”, JR volvería sobre ese asunto en un prologuillo: ”El hombre, si es lo que puede, esplicará suficientemente al niño un sentido difícil relativo. (Otras veces lo esplicará el niño al hombre). En casos especiales, nada importa que el niño no lo entienda, no lo comprenda todo. Basta que se tome del sentimiento profundo, que se contajie del acento, como se llena de la frescura del agua corriente, del color del sol y la fragancia de los árboles; árboles, sol, agua que ni el niño ni el hombre ni el poeta mismo entienden en último término lo que significan. La naturaleza no sabe ocultar nada al niño; él tomará de ella lo que le convenga, lo que comprenda”.
Giner vio en Platero, pues, para sus pedagogías, “las posibilidades que había en el tema de un nuevo Quijote”, tal y como vio el Quijote el bachiller Sansón Carrasco, cuando a preguntas del hidalgo, le dice que es una historia que “los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran”. Y así fue como Platero conoció una gloria parecida a la del Quijote, al tiempo que se le echaba a los pies, como al Quijote, la cadena de “lectura escolar obligatoria”, inoculando en muchos niños y niñas esa resistencia que se ha manifestado secularmente en España a leer uno y otro libro en la edad adulta, y haciendo aconsejable acaso, contra la creencia del propio JR, el sacarlos definitivamente de escuelas y parvularios (y cuántos hombres y mujeres hay en España, que, convencidos de haber leído el Quijote o Platero en el colegio por obligación, se sienten liberados de “la tarea” de leerlos de adultos por gusto).
Porque, vamos a ver, de lo que trata Platero es de la memoria, lo único que a un niño le trae sin cuidado. JRJ lo subtituló precisamente así, Elegía andaluza. La elegía es una forma poética que se ocupa de la pérdida, bien de la muerte de alguien o de algo, bien de los adioses, pasajeros o definitivos. JR cantó en Platero su infancia y primera juventud, que es, de todas, la pérdida más grande en la vida de cualquiera. El joven JR recuerda su infancia y mocedad cuando apenas las ha dejado atrás, como le sucedió también al joven Tolstoi, y aunque sus recuerdos nos resulten tan vívidos por la proximidad de los hechos recordados, no por ello deja de sentir JR que su infancia y juventud y el Moguer donde estas transcurrieron se hayan perdido para siempre. Platero es el relato de aquellos años y de una vida sencilla en perpetuo contacto con la naturaleza. Claro que sencilla no quiere decir idílica, sino  en comunión con la naturaleza.
Necesitaba para ello JR un confidente, para poder hacer de su soliloquio algo con visos de coloquio, y fue a encontrarlo en este asnillo, Platero.
El parecido de Platero con el rucio de Sancho Panza es muy grande, como también la relación que tiene JR con su burro es muy parecida a la que Sancho tenía con el suyo. Y si don Quijote dio nombre a su caballo, llamándolo Rocinante, Sancho Panza llama a su burro con aquel por el que se conoce a todos los burros de capa parda clara, rucio, pudiendo considerarse este, Rucio, un nombre propio. Plateros son también todos los burros de pelo gris plateado, y Juan Ramón, como Sancho, no se quebró más la cabeza buscándole un nombre, porque ninguno le cuadraba mejor que el suyo natural: “El recuerdo de otro Moguer, unido a la presencia del nuevo, determinó mi libro. Primero lo pensé como un libro de recuerdos. En realidad mi Platero no es sólo un burro sino varios, la síntesis de varios burros plateros. Yo tuve de muchacho y de joven varios. Todos eran plateros. La suma de todos mis recuerdos con ellos dio el ente y mi libro”, nos diría JR en el prólogo de una de sus ediciones.
Y al igual que hacía Sancho con el rucio, hará JR con Platero: contarle, como a sí mismo se contaría, aquellas cosas que ve, siente, teme, sueña, espera, y siempre en un tono susurrado e íntimo: ¿qué pensaría alguien que nos viera hablarle a un burro?
Hoy aquella elegía de Juan Ramón se ha hecho más desgarradora: apenas quedan burros, reducidos a especie protegida, y los que quedan no hacen sino acrecentar la simpatía de la que esos animales han gozado siempre entre los hombres: su existencia de bestias, penosa y con trabajos superiores a sus fuerzas, se parece tanto a la de los propios humanos, que estos no pueden dejar de dirigirse a ellos como lo hicieron Sancho, San Francisco, JR: “hermano rucio”, “hermano burro”, “hermano Platero”. ¿Y qué mejor ni más atento interlocutor que un hermano? A un hermano se le cuenta todo. Bien pudo haber parafraseado JR las palabras de Flaubert: Platero soy yo… y tú. Platero y yo es y será siempre un Platero y tú. Y cuánto le habría gustado a nuestro poeta aquella rumba cuyo estribillo abundaba en la misma idea: “Borriquito como tú, tú, tú y tú”.
Y si Platero es suma de todos los plateros, también es compendio Moguer de todos los Mogueres andaluces y aun del mundo, e igual el año que aparece retratado en sus páginas, resumen de todos los años que pasó su autor en aquel pueblo. El lector asistirá, a medida que va leyendo, al paso de las estaciones, de una primavera a otra, y de los acontecimientos que marcan todas las vidas: la llegada de las golondrinas o el canto de los gallos, la floración de los campos o el olor de las bodegas al llegar el otoño, sí, pero también el pudridero de las bestias, el desamparo de una viuda o la felicidad del tontito del pueblo, la llegada del viajante, la muerte de tal o cual vecino, la ilusión de este o la decepción de aquel,  la enfermedad y la desdicha, la injusticia o la fatalidad (como esa repulsiva sanguijuela que se le entró en la boca a Platero, cuando bebía, y lo martiriza). Y todo ello descrito con una viveza, sencillez y colorido nuevos en nuestra literatura. Pues se nos olvidaba decir que el poeta que trata de contar la vida sencilla de su pueblo sólo puede contarla de una manera sencilla, y que quien miraba la realidad luminosa de aquel pueblo andaluz, sólo podría habérnoslo pintado como lo hizo JR, con los ojos del pintor que quiso ser de joven. Frente a los negros y pardos españoles de los tristes, queridos y pesimistas escritores del 98, los joviales amarillos y violetas, encarnados y azules, y, claro, los infinitos verdes de JR, verdinegros, verdeclaros, verdioscuros, verdiazules… Cuántos colores hay en ese libro, cómo tiemblan, con qué aleos… Y que JR no mentía cuando le confesó a Ortega que “ninguna de las estampas me había llevado más de diez minutos”, es cierto. No sólo su brevedad lo confirma, sino un algo directo que hay en todas ellas, como si fueran apuntes del natural, al modo de los que hacen los pintores al aire libre, no apresurados sino urgidos por el paso del tiempo: todo sucede muy deprisa. Nada tampoco de las pinturas oleosas y pesadas del costumbrismo, ni de la denuncia social y regeneracionista que le hubiera gustado a Ortega; aquí todo está apuntado, sugerido, susurrado con la levedad de una acuarela. En pocos libros encontraremos tonos más vivos, fragancias más sutiles, sensaciones más hondas. Porque Platero es el libro de un sensitivo, que siente hacia adentro y hacia afuera. Y si JRJ le dio a Platero esa expresión sencilla, ingenua, poética, repertoriando las miradas, cuitas y preocupaciones de un niño, no hay hombre de cualquier edad que no se reconozca en ellas, que no las haga suyas. Eso es lo que le gustaba a Giner, ver cómo en las páginas de Platero el pensamiento sentía y el sentimiento pensaba, esas eran las posibilidades que se abrían con él, y que seguramente le hicieron concebir a Juan Ramón la esperanza de poder escribir algún día una segunda y aun tercera parte, como hizo Cervantes con su Quijote.
Cuando llegamos al final del libro sentimos la muerte de Platero. Es una maravillosa y memorable página de todos los tiempos. Nos duele su desaparición, sí, pero admiramos la forma estoica y contenida en que se nos relata. Habla de un final, el de Platero, pero lo hace de tal modo que vemos en él el principio de otra vida más plena, consciente y superior. Resulta un pasaje casi tan expeditivo y emocionante como el de la muerte de don Quijote. Y la muerte de Platero no cierra nada, no acaba nada, como nada cierra la de nuestro amigo Alonso Quijano. Sólo por haber asistido a su paso por la vida del espíritu, se hace mejor la nuestra. Siendo muertes bien tristes, no nos encogen, pues no dejan de recordarnos que la vida sigue y que tenemos el deber de cumplirla, tal y como ellos la vivieron: alegremente. Esa es la virtud que nos enseñan sólo unos pocos libros felices, como este.



1 février 2015

Marsé y los cabreros (1)

“ESPAÑA es un país de cabreros” era el titular de una entrevista con Juan Marsé, publicada en El País. En realidad lo que decía, más racial, más español, fue esto:   “España es un país de cabreros, joder”. La idea, de Cernuda, la tomó Marsé de Gil de Biedma. Tal vez no sea casual que la hayan circulado desde Cataluña dos escritores en español, ¿para hacerse perdonar acaso escribir en castellano y vivir entre catalanes? Ya saben cómo va eso del síndrome de Estocolmo.

Nadie se habrá alegrado tanto como se alegra uno de lo que España, a través de sus más o menos jodidas instituciones culturales, viene dándole a Marsé, pues pocos habrá que se lo tengan más merecido que él. Pero a diferencia de Marsé  no cree uno en esencias nacionales, por tanto no sabemos qué ha querido decir con “España”, como no sabemos tampoco qué quiere decir Artur Mas, por ejemplo, con “Cataluña”, pero sí el rédito que creen obtener uno y otro hablando de “Cataluña es una gran nación” o “España es un país de cabreros”: clientela, votos, lectores. 

España es un país de cabreros... Es verdad. Y también el de Cervantes y Velázquez, el del cante jondo y el de JRJ, el de Baroja y el del museo de arte romano de Mérida, el de los arroces levantinos y el de Falla, el de Victoria de los Ángeles y el del museo del Prado, el de Pla y el de una de las terrazas de Sevilla, una noche de primavera... Y claro que este país es, además, una porquería, un muladar, como lo son también Francia, Alemania, Italia, Inglaterra o los Estados Unidos contemplados a la debida distancia, por hablar sólo de aquellos países en los que los cabreros votan cada cuatro años, a Mas incluso, o leen lo que les da la gana, porque no hay censura, a Marsé por supuesto. El problema es el país donde cada cual quiere vivir, porque quienes tenemos la suerte de hacerlo en alguno de estos, contamos con la posibilidad de hacernos dentro de él un nido a nuestra medida, tanto o más excelente cuanto más difícil de alcanzar y sostener. No es más “real” un programa basura que La flauta mágica retransmitida desde Salzburgo, los dos están a igual distancia en el mando de la tele. Atribuir a un todo que no existe (no hay una “totalidad nacional” excepto en los totalitarismos) lo que es sólo de una parte que debería dejar de existir, es hacer trampas, abortar el progreso ético, aunque comparta uno con JRJ, sólo faltaba, el desahogo de decir de vez en cuando: “Qué melonar”. (Continuará).
  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de febrero de 2015]

26 janvier 2015

Catas ciegas

SEGÚN Michelin y los afortunados que lo conocen, Atrio, en el viejo casco histórico de Cáceres, es uno de los grandes restaurantes españoles, pero en opinión de los entendidos, es, además, la bodega mejor surtida de Europa. A Julián Rodríguez, escritor y editor,  le encargaron los dueños de ese establecimiento el cuidado tipográfico de su carta de vinos. El resultado es, sin duda, la más espectacular  que se haya visto nunca: todo un libro en gran formato de 350 paginas y la historia sucinta, localización, propiedades y listado y precios de los cientos de vinos de todo el mundo que esperan en ese remoto confín del sudoeste español a quien los pida. De Francia o España a Nueva Zelanda y Líbano, los mejores, más conocidos y más caros blancos, tintos, rosados y dulces del planeta, algo, en efecto, colosal. Incluso a quienes tenemos un punto de cuáqueros
nos deja con la boca abierta.

Julián Rodríguez le ha regalado a uno un ejemplar de esa carta (la conservaré como oro en paño: fascina como el catálogo de las naves de La Ilíada o los toponímicos de À la recherche) y una botella de oporto. Creo que dijo que éste era modesto en comparación con muchos de los vinos que figuran en ese monumento (todos esos château Petrus, Margaux, Lafite o Latour, que parecen estar vendiéndote el castillo y no una de sus botellas, que oscilan entre los 3.000 y 9.000 euros), pero lo cierto es que el suyo resultó exquisito, y no sólo porque vinieran con él la solera de una vieja amistad y los taninos de su bondad e inteligencia; en una cata a ciegas probablemente habría podido codearse con otros de su clase tan o más arrogantes y exclusivos.

Porque vamos a ver: ¿quien está dispuesto a pagar 19.800 euros por ese Petrus de 1947 sería capaz de asegurar, en una cata a ciegas, que ese es mejor vino que otro Petrus de 3.000 o un ribera o rioja de 60? Incluso más: ¿Puede a nadie sentarle bien un vino de 19.800 euros? Admitamos que algo así puede suceder, pero ¿querríamos ser amigos, sin dejar de ser un poco cuáqueros, de alguien a quien no le tiembla el belfo al beberse 19.800 euros? Va uno pasando, fascinado, las hojas de esta famosa carta de vinos. Cuánta novela y cuánta novelería vienen en ella.  Pero nos ha dado la idea: sí, debiera someterse todo, literatura, arte, personas, incluso programas políticos, a catas ciegas... Todo sin etiquetas, pulsando cada uno el fondo de sí mismo y el propio coraje para decir, enteramente libre, llegado el caso: el emperador está desnudo... y además  borracho.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de enero de 2015]

18 janvier 2015

Los precursores

HA vuelto a suceder: La Contra de La Vanguardia nos da una gran entrevista. Es algo frecuente. Titula Ima Sanchís la que le ha hecho a Annie Marquier, con unas palabras de esta neurocientífica: “El corazón tiene cerebro”. No hay vida que contada en tres líneas no llegue a conmovernos. La de la señora Marquier además asombra e intriga: “Tras estudiar Matemáticas y la carrera de piano y órgano fue profesora en La Sorbona. Luego se instaló en India y participó en la creación de la comunidad de Auroville con Sri Aurobindo y Krishnamurti”. Después fundó en Quebec un gabinete de investigación donde ha llevado a cabo sus estudios. Es francesa y tiene 72 años. En la entrevista cuenta en esencia esto: el corazón no sólo tiene razones que la razón no comprende, sino que es capaz de razonar tanto o mejor que el cerebro. “Se ha descubierto que el corazón contiene un sistema nervioso independiente y bien desarrollado con más de 40.000 neuronas y una compleja y tupida red de neurotransmisores, proteínas y células de apoyo”.
En cierto modo la ciencia viene a confirmar algo que sabíamos desde La Ilíada, muchos siglos antes, por tanto, que se descubriera la circulación sanguínea: sí, el corazón decide a menudo antes e independientemente que el cerebro, y puede decidir mejor: “Las ondas cerebrales se sincronizan con la variaciones del ritmo cardiaco; es decir, que el corazón arrastra a la cabeza (...) Está demostrado que cuando el ser humano utiliza el cerebro del corazón crea un estado de coherencia biológico, todo se armoniza y funciona correctamente, es una inteligencia superior que se activa a través de las emociones positivas”. Parece ciencia ficción, comenta su entrevistadora. 
Claro que como el corazón es bilingüe y junto a la pacífica lengua de la armonía puede hablar la del caos y la cólera, y hablar una u otra ante unos mismos hechos, puede hacer que nos equivoquemos. Marquier aconseja practicar la primera: “Cultive el silencio, contacte con la naturaleza, viva periodos de soledad, medite, contemple, cuide su entorno vibratorio, trabaje en grupo, viva con sencillez. Y pregunte a su corazón cuando no sepa qué hacer”. De no mediar en su conversación palabras como neurotransmisores, hormonas, campos magnéticos, la creeríamos una mística, y sin embargo la ciencia no hace sino confirmar algo que supieron desde el origen de los tiempos los precursores, los poetas: que entre cerebro y corazón, el corazón es el fuerte.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 18 de enero de 2015]

12 janvier 2015

Lecanomancia


ENTRAMOS en un año, 2015, de elecciones en la nación, en las autonomías, municipios y concejos, en fin, el pequeño empacho. Viviremos una vez más la reedición del cuento de la lechera, también conocido como el reino de las encuestas. Nos abrumarán cada quince días con decimales contradictorios y cortará todo el mundo pelos en tres. La viral irrupción de Podemos (y cómo entiendo a quienes se niegan a pronunciar una primera persona del plural que nos pone a todos junto a quienes hicieron los escraches a las víctimas de Eta: Rosa Díez), ha contagiado todas las encuestas de un gracioso baile de San Vito y las ha dejado temblando. Qué agitación, qué corea, qué oscilaciones, al alza, a la baja, a la contra, a favor... 

La gente, no obstante, se perece por esa clase de números, casi siempre falsos. Acaba de saberse por los periódicos: la sátrapa del Ivam durante los últimos ciento diez años, Consuelo Císcar, no dudó en maquillar las cifras de visitantes a ese museo, y donde eran ochenta mil al año ordenó poner más de un millón, sin que haya pasado nada. ¿Por vanidad? También, supongo; pero esas cosas se hacen sobre todo por dinero: a más visitantes, más presupuestos, más empleados, más prebendas, mejores sueldos, más invitaciones a dar conferencias para explicar el éxito de visitantes, más entrevistas, mejores cachés, en fin, ya saben, el bello mundo de las bellas artes. De las listas de libros, discos, coches, preservativos, vinos, pintalabios, perfumes más vendidos, qué decir: no es tanto que salgan en las listas porque se venden, sino que se venden porque salen en las listas; ya saben cómo va esto. 

Las encuestas no son una excepción a esos tejemanejes: administrar presupuestos y fondos públicos dicen que es una de las cosas que más erotizan a los políticos, lo que dice poco y mal de su erotismo. Así que se emplean, a menudo tirando de dinero público abierta o solapadamente (y eso en todas partes), cantidades fabulosas en la estadística, una ciencia que tiene de riguroso lo que la lecanomancia o arte de adivinar el futuro por el ruido que hacen las piedras preciosas al caer en una zafa. Casi ternura produce ver a los políticos mirar las encuestas como mira la pitonisa su bola de cristal. Ellos, que más que nadie, deberían hacer con los presupuestos públicos como hacemos todos en nuestras casas, es decir, las cuentas de la vieja, se lanzan alegres cuando tienen elecciones al cuento de la lechera.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de enero de 2015]

5 janvier 2015

De vivir Giner

DENTRO de unos días hará cien años que murió don Francisco Giner de los Ríos, lo más parecido a un santo laico. La muerte del fundador de la Institución Libre de Enseñanza que llevaba semanas agonizando en su catre (así lo vio JRJ, que lo visitó entonces, y dijo catre y no cama, porque en catre monástico murió aquel hombre humilde que no tenía ni un pelo de puritano), su muerte, decía, sumió a los mejores en la tristeza y la desolación, y arrancó elegías memorables, entre ellas una de Machado y otra del propio JRJ.

A menudo se ha preguntado uno: de vivir hoy Giner ¿qué haría, cuáles serían sus propuestas para la regeneración moral y social de este melonar, pues melonar ha sido, es y probablemente será este país. Desde luego lo primero que haría sería reconvenirle a uno por darle a España tratamiento de melonar. Diría: “Hijo, no es ese el camino. No lo es el desdén y la soberbia”. Él creía en el pueblo, entendido como suma de individuos y ciudadanos libres (se enfrentó a la Iglesia católica, entonces poderosisíma, tratando de arrebatarles de las garras a curas y monjas la enseñanza, convencido de que poco podría hacerse con adultos, futuras élites del país, que salían de sus escuelas tarados para los restos). Estaba también convencido de que lo mejor procedía siempre del pueblo, de la minoría aristocrática del pueblo, vida y obras, de su nobleza, de su seriedad, de su jovialidad. Fue el primero en decir que había que orear a lxs chicos, y llevarlos a la naturaleza en estado puro (Sierra de Madrid), a lo mejor de la cultura (museos, catedrales, bibliotecas) y a la vida real  (campos, pueblos, talleres, fábricas) inculcándoles una vida de estudio y trabajo, disciplina y limpios afectos, al tiempo que estorbaba en los maestros aquella vieja máxima imperante entonces que aseguraba que la letra con sangre entra. 

De vivir hoy Giner, ¿qué haría? ¿Por dónde empezaría? Creo que empezaría pidiendo una drástica reducción en la emisión del CO2 moral que está embotando a nuestra sociedad, más trabajo gustoso, una vida sana y austera, paredes blancas, pocos muebles y sencillos, mucho oreo por el campo, dos partes de silencio por una de charla, menos cultura del espectáculo (gran oxímoron), en fin lo que ningún partido ni institución pide, acaso porque tratando a los adultos como a niños, infantilizándoles e idiotizándoles tanto, tienen todos ellos garantizada su supervivencia.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de enero de 2015]