25 mai 2015

Primavera portátil

 Dicen que el título de un libro es la mitad de su futuro. No sé. Guerra y paz es un título anodino; El rojo y el negro y Don Quijote también lo son, si no estuvieran ya unidos para nosotros a dos grandes novelas. A medida que fue pasando el tiempo los lectores no se conformaban con tan poco y empezaron a pedir en el título un poco más de concreción y del espíritu de la obra:  Grandes expectativas (o Grandes esperanzas, como se tradujo en español), Los miserables y Cumbres borrascosas cumplían desde luego todas las expectativas en este sentido, hasta desembocar en títulos que, según se tomen, pueden resultar filosóficos o prestarse al márketing de la peor ralea: En busca del tiempo perdido. 

Hay también una gran cantidad de libros con títulos prodigiosos que no tuvieron la menor fortuna ni cuando se publicaron ni después. Pocos habrá con un título tan adecuado para unos poemas de vanguardia como Primavera portátil. Además, al ser vanguardista no importa tampoco mucho que no sepamos qué quiso decir con él su autor, Adriano del Valle. Pero la idea es bonita: la posibilidad de llevar con nosotros siempre una primavera. La misma idea de portátil sugiere que podemos resignamos a sacrificar algo del original con tal de conservar una esencia suya, crucial, capaz incluso de salvarnos la vida. Una cantimplora es una fuente portátil; una caracola, con su oleaje pegado a nuestra oreja, es un mar portátil; la brújula es una estrella polar portátil del mismo modo que el reloj de pulsera es nuestro sol portátil... El hombre se ha pasado la vida fabricando objetos portátiles que pudiera llevar encima como hacen los vagabundos con su botella de vino, su compañía portátil.

De esta, en la que acaso ya no piensas, le habría gustado a uno hacer también algo plegable y secreto, como esa carta que llevamos en la cartera por si alguna vez se nos olvida la dicha: el olor del heno verde recién segado, secándose al sol, el del azahar, el de las rosas, el de la bosta, todos mezclados, como en la retorta de un perfumista, solo que libres, flotando en el aire tépido, sedante, de mayo; el zumbido de abejas y abejorros; el canto de los pájaros que vinieron del África, las hojas verdes, nuevas, naciendo sin esfuerzo,  y la sensación de haber dejado atrás el invierno. Antes de que sea demasiado tarde y para los días en que creas que la próxima primavera está todavía demasiado lejos.

   

Vagabundos, Aguirre, vagabundos

¿Qué le dirán en misa a Esperanza Aguirre que son los pobres? Por los mismos días en que el Frente Nacional francés se dirigía a los extranjeros sin papeles (“Dejad nuestra tierra”), Aguirre les pedía lo mismo a los pobres de Madrid: “Dejad nuestras calles”. Ante el escándalo producido, esa mujer improvisó otra idea aún más... profiláctica: recogerles en pisos de protección oficial (¿y por qué no en seminarios e iglesias, que están vacíos?). Sí, al fin supimos que no se trata para ella tanto de albergar a quien no tiene donde posar y reposar, como eliminarlos de la circulación, por “el mal efecto” que hace verlos tirados sobre unos cartones o tumbados en alguno de esos bancos en los que también han empezado a colocar una como divisoria, para evitar que ningún mendigo pueda hacerlo. ¿En qué están pensando los curas, que no echan a patadas del templo a esos gobernantes, tal y como hacían en  los buenos tiempos del poverello Francesco, aquel que fundó precisamente una orden de frailes mendicantes? Y la creó así, porque creía de veras que entre los pobres estaba precisamente el reino de Dios, ese Dios en cuyo nombre esos políticos convocan manifestaciones multitudinarias contra esto o lo otro, pero jamás contra los abusos de la riqueza, no siempre ilegales pero siempre obscenos, imperdonables.

No, no quieren acabar con la pobreza, sino con los mendicantes y vagabundos. No comprenden tampoco que lo último que nos queda a todos en lo más recóndito, lo más sagrado nuestro, diríamos, es precisamente la libertad de vestirnos unos harapos y dejarlo todo y hacernos vagabundos, como Tolstoi. Vagabundos, Aguirre, vagabundos. Muchos de ellos no quieren albergues, ni asilos, ni un pisito. Sólo cielo, sol, estrellas, ir tirando aquí, allá, en esta plaza o en aquella, sentirse dueños del mundo precisamente porque no tienen ni siquiera donde caerse muertos. ¿Que muchos padecen una enfermedad mental? Sí, ¿y? El derecho a ser mendigo es aún más legítimo que el derecho a ser rey. Vean la historia, tan temible acaba siendo la guillotina contra los ricos, como la eugenesia contra los pobres por razones... estéticas. No sé, yo desconfiaría de un lugar en el que no nos tropezáramos con ningún mendigo y de un mundo sin vagamundos. Si nos quitan el derecho a  la locura, ¿que nos queda? ¿De qué les sirve desenterrar a Cervantes si están sepultando al mismo tiempo a don Quijote? 

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de mayo de 2915]

18 mai 2015

Nueve años

LE ha impresionado a uno mucho, como a todo el mundo, la historia de María José Carrascosa, la abogada que, víctima de la saña de un exmarido vesánico, ha pasado nueve años en la cárcel, acusada por la justicia norteamericana de secuestrar a una hija cuya custodia le había concedido previamente la justicia española. Incluso su ex, a buenas horas, pidió la libertad para ella hace un año. Lo primero que esa mujer dijo cuando se vio libre, exonerada de los cargos que pesaban sobre ella, fue: “Tengo que ponerme los zapatos de mi vida. Durante nueve años he llevado los zapatos de una vida que no era la mía”. La periodista que la entrevistó a las puertas de la prisión le preguntó si creía en la justicia americana. María José Carrascosa se tomó su tiempo antes de responder, y al final lo hizo no como quien acaba de salir de la cárcel, sino como quien no puede abandonar aún los EU: “Sí, creo en la justicia norteamericana”. Cree tanto en ella que ha desaconsejado a su hija, de quince años, que viaje hasta allí para visitarla, por si le impiden luego salir del país.

Esa mujer que cree en la justicia norteamericana, ha hablado de vejaciones y maltrato físico y psicológico durante los años que ha pasado cautiva. Entró en la cárcel siendo una joven sana y ha salido envejecida, con el pelo blanco, y enferma. Le esperaban a la salida únicamente un cura que ha hecho de buen samaritano, un cámara de televisión y la periodista que la entrevistó. Pese a ser éstos dos desconocidos, se abrazó a ellos, efusiva. Ni un cónsul, ni un político de su pueblo, ni la tuna, nadie. La mujer solo acertaba a repetir una y otra vez llevándose las manos a la boca, tratando de ahogar los sollozos de dicha: “No puedo creer que sea verdad”. Siendo española, ni siquiera se le acercará un productor para proponerla llevar su historia al cine. Asistimos a las primeras palabras entre madre e hija, en el coche que la alejaba del infierno. La madre preguntó desconcertada e incrédula: ¿Qué es eso? Skipe, le respondieron. Las lágrimas apenas les permitían hablar a ninguna de las dos. Aunque llevan ya los zapatos de sus propias vidas, ambas arrastran aún una abultada bola de hierro encadenada a su tobillo. La justicia que apresó a la madre por secuestro, la secuestró a ella nueve años más, y, de paso, los mejores de la hija, esos que nadie le devolverá. Si la vida fuese una novela, esta merecería una segunda parte, como El conde de Montecristo.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia e 17 de mayo de 2015]

10 mai 2015

Quítame la mano del cogote

PODRÍAMOS decir también: “Sic transit gloria mundi”. Esa fotografía hace pensar. Así se ve en el célebre cuadro de Valdés Leal. El fin de Rodrigo Rato, uno de los hombres más poderosos de España, que lo fue también del mundo, empezó seguramente hace años y no terminará sino pasados algunos otros, pero la foto ha fijado de manera implacable en una sola imagen lo que el personaje era y lo que es. Quién te ha visto y quién te ve, se podría decir también. Recoge un instante fugaz. Todos lo son, pero no todos son igual de significativos: un policía agarra del cogote (¡del cogote!) al gran hombre, y lo empuja para meterlo en el coche que lo llevará detenido, acusado de fraude fiscal, levantamiento de bienes y otros delitos económicos graves.

En estos años hemos visto entrar en la cárcel, entre otros muchos, a un ministro del Interior (jaleado por su expresidente de gobierno, quien le dijo en aquella ocasión lo que años después le diría otro presidente a su extesorero, también encarcelado: “Sé fuerte”) y a un banquero a quien meses antes el rey había proclamado doctor honoris causa por la UAM (Universidad Autónoma de Monipodio). Pero ninguna de aquellas  imágenes iguala a esta, en la que un policía, que acaso tiempo atrás se le cuadraría, agarra a un Rato pálido y sin resuello del pescuezo, y lo mete sin remilgos en un coche.

Hay mucha justicia poética en todo esto, desde luego. ¿Quién no recuerda la soberbia de aquel hombre, fundada más en el poder que tenía que en su jaleada inteligencia (si hubiese sido tan “inteligente” acaso habría eludido la justicia, por lo que, como mínimo, hemos de convenir en que, como tantos honorables, “se pasó de listo”), diciendo que haría cumplir las leyes que él mismo ha conculcado? Todo ello es cierto, pero ¿era necesaria esa mano en su cogote ni en el cogote absolutamente de nadie? Esto dice don Quijote a Sancho, cuando su escudero  va camino de la ínsula a ser gobernador: “Al que has de castigar con obras no lo trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones”. Bah, literatura, dirán algunos, y otros creerán que dice uno todo esto por piedad. Y la verdad es otra: no quiere uno pasar por ser mejor de lo que es, sólo que cuando se nos hace testigos de una vejación, nos meten de paso por el cogote en la chusma plebeya, si lo consentimos, y nos hacen peores de lo que somos.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de mayo de 2015]

4 mai 2015

Los jetas

DOS meses después de que una dirigente de Podemos pidiera un referéndum para acabar con la  Semana Santa de Sevilla, se celebró en Madrid el primer encuentro de Espiritualidad Progresista Podemos. Sigue uno con atención y curiosidad  todas las cosas que dicen y hacen en esa plataforma, por impredecibles.

¿Puede ser progresista la espiritualidad, puede serlo conservadora? La proposición “Dios es de izquierdas” tiene el mismo fundamento que la de “Dios es de derechas”. Hablar de una espiritualidad de izquierdas, o de derechas, es una de esas hipérboles de las que gusta tanto la mala poesía:  “El cielo fascista de Madrid”.

Al encuentro ese de la espiritualidad progresista, celebrado en la parroquia de Santo Tomás, acudió Monedero, dirigente de Podemos. También echó mano de la poesía (mala) para explicarnos las cosas: “Yo no tengo nada de oído musical para el dios del miedo. Pero intuyo la música con el dios de la Esperanza. El papa Francisco sí ha llevado a Dios al otorrino”. Conociendo su proverbial modestia, podemos imaginar quién es para Monedero el otorrino de Dios  (¿o dios?). Podemos.

Una de las más nobles  luchas del hombre moderno en pos de su emancipación fue la de separar religión y Estado, lo que pertenece estrictamente al ámbito de lo privado, es decir, aquello que se refiere a las creencias del individuo, de aquello otro propio del ciudadano y de las leyes. Los principios de igualdad y libertad se asientan en esa separación. Dos de los regímenes políticos en los que la religión está más presente son Venezuela e Irán.  Irán lo gobiernan desde hace más de treinta años unos curas siniestros, y Venezuela,  Maduro, que aseguró hace poco estar convencido de que la  Divina Providencia es chavista (por no hablar de Chávez y sus matracas de telepredicador, con un ejemplar del evangelio en una mano y su constitución en la otra). Aunque ahora lo nieguen, la admiración de los podemistas por Venezuela está ya sobradamente acreditada, y su gratitud a Irán también. Pero este artículo no trata de ese asunto, ni siquiera de la actitud de quien confiesa que “su relación íntima con la religión es escasa”, pero no le importa inaugurar un encuentro de espiritualidad. De lo que aquí se hablaba es de dar al Estado lo que es del Estado dejando en paz a Dios, y a cuantos creen de verdad en él, no sólo de oídas, como los jetas.

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de mayo de 2015]

27 avril 2015

La vieja flauta mágica

SE hablaba aquí la semana pasada de ese momento en el que un hijo le enseña a su padre algo en verdad valioso. Se refirió a ello Wordsworth en un verso que gustaba citar  Unamuno, gran wordsworthiano: “El niño es el padre del hombre”. Y si el mayor de sus hijos le llevó a uno el otro día de la mano, como quien dice, a ver las fotos de Winogrand, el pequeño hizo que viésemos “A la caza del bosón de Higgs”, un documental de la Bbc tan rigurosamente científico como prodigioso. Parecía que estuviéramos siguiendo La flauta mágica, tan no podía nadie perder una sola de las palabras que pronunciaban un puñado de físicos sobre el experimento que en 2012 probó la existencia de esa partícula.

Uno de ellos se refirió al acelerador de partículas del Cern como la mayor obra en la historia de la humanidad, un gigantesco y preciso “reloj suizo”, dijo, hecho a mano durante casi veinte años por miles de trabajadorxs especializados, un colosal anillo de veintisiete kilómetros de diámetro formado por millones de metros de cableado y toneladas de nanotecnología. Se diría el desmentido al relato bíblico: la torre de Babel era posible. El día que se realizó el experimento, la comunidad científica del mundo contuvo el aliento. De no haberse confirmado la existencia de esa partícula, se habría probado que nada de lo que había investigado la física en los últimos noventa años servía para nada. “Si no lo encontramos, será el fin de la física”, vaticinó uno de los más señalados participantes, y lo hizo como un niño asustado ante lo desconocido. Pero la física respiró aliviada: el bosón de Higgs, como un viejo animal totémico, apareció al fin, solitario y señero en lo alto de un risco. Cierto que su peso en GeV nos deja a la misma distancia de dos teorías opuestas, la de los multiversos y la de la supersimetría, sí, pero su presencia confirma el horizonte.

Las imágenes de ese documental dieron paso a las noticias de la tv. Vimos a unos tipos siniestros, vestidos de negro, destruyendo con sorda saña los milenarios monumentos de la ciudad de Hathra. El armónico universo de la ciencia fue sustituido abruptamente por los toscos y ciegos golpes de quienes parecían querer afinar a martillazos la vieja flauta mágica del mundo. La historia de la humanidad volvía a ser una de esas pesadillas sin fin en las que huimos de un monstruo que trata de despedazarnos a dentelladas.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de abril de 2015]

24 avril 2015

Una entrevista

AYER aparecieron en La Razón estas respuestas a un cuestionario de J. Ors.

¿Cómo está viviendo los días previos a la publicación de su versión de "El Quijote" ante la expectación que se ha levantado con la noticia?

Con curiosidad, y personalmente, con ilusión. Me he pasado la vida haciendo libros, escribiendo los míos, editando los de otros, y a veces escribiendo y editando los míos. Es lo que ocurre con este Quijote. Lo he traducido y los editores, muy generosos, han permitido incluso que me ocupara de las cuestiones tipográficas, en las que ha colaborado también, como hace en otros muchos de los que hago, Alfonso Meléndez. Es nuestro primer Quijote. Usted sabe que la ilusión de todo editor, tipógrafo e impresor es hacer en algún momento de su vida algunos libros, como los ocho mil de la literatura: la Biblia, la Ilíada, el Quijote… Libros para dos o tres generaciones. Hemos hecho un libro en cuarto, encuadernado en tela, en un solo tomo, en papel biblia y con tipos Minion, que es una letra de la familia de las Garamond, muy agradecida, muy bonita además. En fin, como dicen en Castilla, y dice Cervantes, “no se me cuece el pan”. Es normal. Han sido quince años de trabajo. Todos los que han pasado por algo parecido conocen esa sensación de espera y de ligera zozobra. Esto por lo que se refiere al aspecto formal, en cuanto al modo en que será recibido, con curiosidad. ¿Lo recibirán con simpatía? La mayor parte de los lectores creo que sí, sinceramente. Y muchos, tal vez, con gratitud. Al fin podrán leer el Quijote en su lengua.

Usted ha empleado un castellano clásico para “Al morir don Quijote” y “El final de Sancho Panza y otras suertes”, que acaba de publicar.Ahora, aborda “El Quijote” con un castellano actual. ¿Cuál ha sido el principal reto en ambos lenguajes?


El clásico que usted dice de mis novelas es más o menos el mismo que se emplea en esta traducción. No varía mucho. No tendría sentido si no. Un castellano o español comprensible, pero no rebajado, respetuoso y buscando la misma música del original. Por suerte nuestro castellano no está tan lejos del de Cervantes como lo está el griego actual del de Homero. La idea de traducir el Quijote surgió cuando empecé a escribir Al morir don Quijote, y ha seguido siendo así en la redacción de El final de Sancho. Por las mañanas escribía esas novelas y por la tarde traducía. Teniendo presente siempre el hecho de que el Quijote es un libro más hablado que escrito, aunque en la actualidad se nos hubiera convertido en un libro más estudiado que leído, precisamente por haberse alejado tanto nuestra habla de la del siglo XVI.


En “El final de Sancho Panza”, el escudero cruza a las Indias. ¿Por qué? ¿España se les ha quedado pequeña?


Tras haber conocido a don Quijote, se les ha quedado pequeña su vida. Muerto don Quijote, su sobrina y el ama, con la hacienda diezmada por las locuras de su tío, quedan en una mala posición. El bachiller Carrasco, al que tira más la vida aventurera y literaria que la eclesiástica, como hemos visto en el Quijote, y con una mala relación con su padre, quiere probar fortuna, como quiso el mismo Cervantes y tantos españoles, y pasar a las Indias, y Sancho, que sabe ya que la fortuna es de los audaces, no se quiere quedar atrás en su existencia de gañán, y se emplea con el bachiller. Qué mejor lugar que las Indias. Pero pasar a las Indias no es sencillo, y hasta lograrlo conocerán muchos infortunios.


¿Cree que los personajes de “El Quijote” han superado en fama a su autor?


La fama del Quijote, del libro, condiciona al propio don Quijote, como vemos. La segunda parte del Quijote, cuya aparición celebramos este año, es consecuencia de eso. El éxito que tuvo la primera parte de 1605 permitió a Cervantes un alarde narrativo que marcaría para siempre el género de las novelas, e hizo que don Quijote, ente de ficción, se leyera a sí mismo en un libro real. Durante la segunda parte, por donde quiera que va el caballero, se encontrará con gentes que saben ya de su existencia por ese libro y querrán pulsar por su propia mano la exactitud de lo que se dice en él. Digamos que en la segunda parte son todos los demás los que enloquecen, queriendo hacer que don Quijote cometa nuevas locuras, por reírse de él. En la primera parte don Quijote se tropieza con unos molinos de viento, que acomete creyendo que son gigantes. En la segunda, todos tratan de fabricárselos, para ver si pica. Ni que decir tiene que en esa segunda parte quienes a menudo son más cuerdos son los dos personajes, el caballero y el escudero, sin contar que tras pasar por la experiencia de los duques, don Quijote es cada vez más Sancho y Sancho cada vez más don Quijote.


¿Cuál es el motivo principal de que haya resistido como “best seller” y como gran clásico de las letras castellanas durante 400 años?


En cada época lo ha sido por razones distintas, pero hay una que es común a todas las épocas. Al principio, hasta el siglo XVIII, se apreciaba de él sus grandes virtudes cómicas. El XIX empieza a pensar que bajo esas risas, hay muchas veras, y descubre el arrojo romántico de don Quijote, su amor por la libertad y la justicia, y su denuedo en defenderlas. El XX, el del abatimiento nacional tras las derrotas coloniales, el regeneracionismo halló en don Quijote un ejemplo de tesón y dignidad, en el caso de Unamuno, y ejemplo de liberalidad en el de Ortega o Azaña. Así que cada época ve “lo suyo” en él. Pero lo que ha seducido del Quijote en tantas gentes de todas las épocas es propiamente la mirada de Cervantes, compasiva, inteligente, socarrona, jovial, bienhumorada, generosa, sin el menor resentimiento, sin queja nunca. Lo que le pedimos todos al mejor amigo.


¿Cómo resiste el lenguaje de “El Quijote” respecto a otras obras de su época? ¿Ha envejecido mejor? ¿Peor?


Las obras de Cervantes, como hemos dicho, nacen de su vida errante, del conocimiento del habla, de su trato indiscriminado con las gentes. Me gusta repetir siempre dos aforismos para explicar su milagro. Porque Cervantes es un milagro, es decir un caso único. Él decía en “El amante liberal”: “Lo que se sabe sentir, se sabe decir”. Y JRJ aquello de que “Quien escribe como se habla llega en lo porvenir y será más hablado que quien escribe como se escribe”. Es lo que ha venido a suceder con Cervantes. Dijo en todo momento lo que sentía, y lo dijo como lo hubiera hablado. Pero no era un caso único. Al propio Cervantes le gustaba esa literatura sentida y hablaba, más que la culta, que, por cierto, conocía también muy bien. Le gustaba el Lazarillo, le gustaba Santa Teresa, probablemente la aparición del Guzmán de Alfarache fue un acicate para que escribiera su Quijote, y conocía también las vidas de otros muchos, que proliferaron en su tiempo, cautivos, soldados, aventureros que escribían y publicaban sus libros contando sus vidas. Cuando nosotros leemos esa literatura, crónicas, cartas, informaciones, toda esa literatura que está más cerca de la vida que de la literatura, sean las de Bernal Díaz del Castillo, la vida y las cartas de Santa Teresa o las maravillosas cartas de indianos que se conservan en el Archivo de Indias, vemos que Cervantes participa de todo eso. Pero además él nos da eso otro, lo cervantino, muy difícil de explicar pero muy perceptible, muy palpable.


Usted, que ha relato el final de Sancho Panza, cómo ha observado el final de la búsqueda del cuerpo de Cervantes. ¿Cuál es su impresión de esta iniciativa y su resultado?


Inevitable. Estaba cantado que en algún momento a un alcalde o a un presidente de la cámara de comercio de distrito se le ocurriría. Ellos no quieren preguntarse por qué Cervantes ha permanecido cuatrocientos años en una fosa común. Buscan rentabilidades a coto plazo. Lo probable era que no encontraran nada. Ahora, si hubieran encontrado sus huesos, lo propio es que todos los hubiéramos honrado de una u otra manera. Pero no han encontrado nada, pese a lo cual parecen empeñados en hacer como si sí. De aquí a unos años, todos creerán lo contrario, que Cervantes está ahí, que Cervantes son esas esquirlas anónimas que apenas dan para un relicario. ¿Quién duda hoy que los restos que están en Compostela no sean los de Santiago? Y no por ello vamos a desmontar la catedral de Santiago.


Usted escribió “Las vidas de Miguel de Cervantes”. ¿Qué queda por conocer de él?


La mayor parte de las cosas fundamentales. No conocemos un solo dato de su intimidad, ni una carta personal, ni testimonios más o menos próximos acerca de su vida familiar… Casi menos que huesos. Algunas fechas, algunas firmas suyas en documentos oficiales, algunas confesiones literaturizadas por el propio Cervantes en algún propio, algún cotilleo… Poca cosa. Pero si leemos sus libros, mucha. Cervantes está en carne y hueso en todos y cada uno de sus libros, vivísimo y coleando. Si supiéramos más de su vida, estaría bien. Pero para lo que necesitamos saber, nos falta vida a nosotros para llegar a comprender la que encontramos en sus libros, inagotable.


¿Se debe leer “El Quijote” en la escuela?


Es una vieja polémica. Ortega desaconsejaba su lectura a los niños, por creer que don Quijote era un modelo que los desmoralizaba. El problema hoy es de otra naturaleza. Si se lo leyéramos tal cual, lo probable es que no entendieran una sola palabra no ya ellos, sino los profesores y maestros. ¿Sabe cuántas notas, sin la mayor parte de las cuales el Quijote no se entiende, tiene la edición de bolsillo de Rico? Más de cinco mil quinientas. Algunos dicen que por el contexto se saca el sentido. En absoluto. Ahora, hay gente que prefiere leer el Quijote por emanación, oliéndolo, por aproximación, con imaginación, por figuraciones, figurándose lo que querrá decir.


¿Cómo hay que enseñarlo?


Hay que empezar contándolo, como un cuento, como una leyenda. Hablando de lo que representa, de su valores, de la generosidad de don Quijote, de su enseña, “con los débiles siempre”, frente a los abusos de los poderosos. Viendo películas. La serie de dibujos animados de Tve era extraordinaria, yo la vi con mis hijos, a los que entusiasmaba. Y luego, en una edad adulta, quizá venga la lectura. Claro que entonces le espera, o le esperaba hasta ahora, un libro difícil, que le costaba seguir, porque lo comprendía con dificultad.


Antes, “El Quijote” se leía sin problemas entre los jóvenes. Ahora existe ediciones escolares. ¿Qué ha pasado para que suceda eso?


Siempre hubo ediciones escolares. Yo mismo compré una. Mi primer libo. Una edición de editorial Vives, con algunas ilustraciones de Doré, con un glosario, con viñetas para explicar qué era un morrión o un ferreruelo. Y deben seguir haciéndose. Pero el problema que teníamos tanto con esas como con otras es que la gente no las entendía del todo. Obligábamos a leer no solo a los chicos sino a los adultos un libro en una lengua, el castellano del siglo XVI, que ni hablamos ni entendemos a veces cuando la leemos. Al contrario de lo que les sucede a los lectores del Quijote alemanes o franceses, que pueden leerlo en su alemán o en su francés del siglo XXI.


Existen adaptaciones para estudiantes de “El Quijote”. Su versión podría, al final, imponerse a todas ellas. Incluso al propio “Quijote”.¿Qué opina?


Las adaptaciones, como decía, consistían en cortar, suprimir pasajes postizos (las novelas que Cervantes embuchó en el Quijote sin venir a cuento), pero no tocaban el lenguaje, el verdadero escollo, los hipérbatos, las palabras desusadas y refranes ininteligibles incluso para personas muy cultas. El chico leía menos Quijote, sí, pero entendía lo mismo que los que trataban de leerlo completo: poco o nada. Por eso el Quijote es el libro que más fracasos de lectura acumula. Miles de lectores, incluso buenos y cultivados lectores, a quienes su lectura, con todos esos miles de notas, abruma hasta la extenuación. La mayoría, al llegar al episodio de los molinos, desarbolados como don Quijote, se dicen: Hasta aquí hemos llegado.


Un experto en Cervantes como usted, ¿cual cree que sería el mejor homenaje a su memoria?¿Cómo considera que debería celebrarse el Día del Libro?


No soy experto en nada. Bueno sí, un poco en el Rastro y en cosas viejas y descacharradas y en las vidas a juego con eso. Les diría que leyeran el prólogo del Persiles. Es breve. Se entiende muy bien. Lo escribió unos días antes de su muerte y es acaso una de las páginas más hermosas de toda la literatura universal. La prueba de que Cervantes, como decía Nietzsche, y teniendo motivos para ello, jamás levantó un falso testimonio contra la vida.