4 juin 2015

La segunda ruta de don Quijote

EL domingo pasado se publicó este reportaje que hicimos Rafael y yo en el Magazine de La Vanguardia, el primer trabajo que hacemos juntos (para ver algunas de sus bellísimas fotografías pinchar aquí). Lo pasamos mejor que bien. Y no digo más.
* * *
En 1905 José Ortega Munilla, padre de Ortega y Gasset y director de El Imparcial, el periódico más importante del momento, llama a su despacho a José Martínez Ruiz.
Martínez Ruiz tiene a la sazón treinta años. Lleva más de diez escribiendo en todo tipo de periódicos todo tipo de artículos, y apenas uno firmando con el seudónimo de Azorín, que le hará famoso. Ya casi lo es. Bueno, esto es una manera de hablar, porque ser famoso y ser Azorín es casi un oxímoron, como aquel al que se refería su amigo Baroja a propósito de El pensamiento navarro, gran diario pamplonés.
Ortega Munilla quiere en esta ocasión que Azorín viaje a los escenarios del Quijote, cuyo tercer centenario se celebra entonces. Azorín acepta y Ortega Munilla saca un revólver del cajón de su mesa y se lo entrega a su joven reportero, “por lo que pueda tronar”, ya que, asegura, “todo camino tiene una mala legua”.
¿Llevó Azorín consigo el arma? Es posible, pero no parece verosímil. Azorín es un hombre pacífico; su aspecto, insignificante y oficioso, no causa inquietud en nadie. Azorín no ha dado miedo nunca, ni siquiera cuando presumía de ser anarquista. Se diría, al contrario, que será de los que colabore de buena gana con los bandidos, porque Azorín, se nos olvidaba decir, es a esas alturas un pequeño filósofo y sabe que lo primero es vivir, y luego filosofar.
Un siglo después el director de este Magazine, Àlex Rodríguez, quiere también que viaje uno hasta las tierras de la Mancha por las que transcurrieron las aventuras del “ingenioso hidalgo”. Me ha dicho: “Vete allí a ver qué averiguas”. Quiere saber, y me parece razonable, qué tiene que ver todo esto de don Quijote con nosotros, gentes preparadas del siglo XXI.
Azorín viajó al hilo de aquel tercer centenario, como he dicho, y uno lo hace en el cuarto y en vísperas de la publicación de la traducción del Quijote a nuestro castellano actual, del siglo XXI.
El amigo Àlex Rodríguez y yo hemos hablado. Hemos sopesado el asunto. Nos hemos trazado un plan. Cuando creemos haber concluido, guardamos silencio. Se nos olvida algo. Pero uno, que también es, como Azorín, un hombre pacífico pero poco práctico, no sabe cómo abordarlo. Querría decirle a mi director que este es el momento en el que él ha de ofrecerme un revólver, “por lo que pueda tronar”. ¿Qué haré, si me lo ofrece? Un siglo después sigue habiendo bandidos, claro. Algunos, de hecho, están ahora en campaña electoral. Hemos visto sus caras en los carteles. Si hubiésemos leído debajo de algunas de ellas un “Se busca” no nos hubiera extrañado. Nosotros, “los modestos periodistas”, habría dicho Azorín, ya estamos curados de espanto. Y sí, tiene que ser bonito sentirse por unos días un personaje de ficción, como don Quijote, y “desfacer” unas cuantas pifias a punta de pistola. Pero al director se le pasa por alto el detalle del revólver y uno no se atreve a pedírselo, por si decide dejarme en casa. Eso sería una gran calamidad, así que decide uno dejar lo del revólver para mejor  ocasión.
Partimos, al fin, hacia la Mancha. Lo hago con un fotógrafo especial, en la mejor compañía. Azorín, sin embargo, viajó solo. Hay quien prefiere viajar solo y quien prefiere la compañía. Azorín era incluso capaz de viajar menos aún que solo, tan transparente, tan invisible era. Se subió a un tren en Madrid y aportó en Cinco Casas. De allí a Argamasilla de Alba, su primera parada, fue en diligencia.
Para muchos Argamasilla es el famoso “lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”.
Ha dejado uno sin traducir las doce primeras palabras del Quijote, porque esas palabras, que en España se sabe de memoria todo el mundo, incluso quienes no lo han leído, son ya un monumento, como el Partenón. ¿Pero es que habría que traducirlas, acaso no las entendemos? La mayoría sabe que “lugar” no es propiamente lugar, sino “pueblo” o “aldea”, pero hay todavía algunos que creen que cuando Cervantes dijo aquel “de cuyo nombre no quiero acordarme” nos estaba diciendo eso, que no quería acordarse, que no le venía en gana o que no estaba dispuesto a declarar el nombre de ese pueblo o aldea. Y no. Cervantes era persona discreta, afable, sutil. Lo suyo es el humor y decir sin haber dicho. Ese “no quiero” es sólo, pues, un “de cuyo nombre no llego a acordarme” o “de cuyo nombre no puedo acordarme ahora”.
Con todo y con eso, y como al final de la primera parte del Quijote incluyó Cervantes una serie de sonetos burlescos a la memoria de don Quijote, Sancho y Dulcinea escritos supuestamente por unos académicos de Argamasilla, se dio en creer que esta era la cuna del famoso hidalgo. Por si fuese poco, Fernández de Avellaneda, autor de una segunda parte apócrifa, también lo creyó. Y al final, acabó creyéndolo todo el mundo, porque la gente necesita creer en cualquier cosa, incluso en los bandidos.
Y a Argamasilla de Alba hemos ido nosotros dos también a ver si este candente asunto sigue como hace cien años, incluso como hace cuatrocientos; y a Puerto Lápice, donde se supone que veló sus armas don Quijote; y a las lagunas de Ruidera, donde pasaron él y Sancho grandes apuros; y a El Toboso… Por todos estos lugares anduvo Azorín también inquiriendo a unos y a otros. ¿Qué encontró Azorín en ellos? Y nosotros ¿qué hemos encontrado?
Azorín no estuvo en Villanueva de los Infantes, en los campos de Montiel, no muy lejos de Argamasilla. Nosotros sí. Si hubiera ido a Villanueva, habría comprobado que allí nadie duda de que Villanueva es la cuna genuina de don Quijote.
Un equipo científico de la Universidad Complutense, integrado por diez expertos en Geografía, Historia, Filología, Sociología, Matemáticas y Ciencias de la Información, a las órdenes de don Francisco Parra Luna, llegó hace poco a la conclusión de que la cuna de Alonso Quijano tenía que ser Villanueva y no otro lugar, después de aplicar diversas metodologías, entre ellas la velocidad que despliega el rucio de Sancho en su recorrido y la de este y don Quijote a lomos de sus caballerías, estimada en treintaiún kilómetros.
Y querer averiguar eso es bien extraño, pues ¿no era don Quijote un personaje de ficción, loco por más señas? Sin embargo muchos cuerdos lo creen real, buscándole con la mayor seriedad casas, linajes, velocidades, parentescos… De hecho hay una asociación de Quijanos de todo el mundo conectados por internet que afirman descender por vía directa de aquel Alonso Quijano el Bueno, que como sabemos, fue célibe.
¿Y qué decir de lo que sucede en El Toboso?
Es un pueblecito metafísico, soñoliento. A diferencia de otros, conserva cierto carácter. Don Jaime Martínez de Pantonja, alcalde visionario, promulgó hace cien años una ordenanza que impede construir casas en El Toboso de más de dos alturas, y aprovechó de paso para adjudicarle una a Dulcinea. Cuando don Quijote y Sancho entran en El Toboso, sin embargo, la buscaron con ahínco y no dieron con ella. Pero lo que no encuentren los alcaldes, no lo encuentra nadie, y El Toboso tiene ya su casa de Dulcinea, y la labradora Dulcinea una casa que ya la quisiera para sí el marqués de Mantua. La historia ha vuelto a suceder con los huesos de Cervantes. Cuatrocientos años perdidos y han bastado sólo dos para que los haya encontrado una alcaldesa con inquietudes, y al fin tendremos en Madrid un sepulcro de don Quijote, digo, de Cervantes, como Dios manda, si Dios no lo remedia.
Azorín anduvo por esos pueblos manchegos quince días. En ese tiempo escribió quince crónicas. Cuando Azorín estuvo en la Mancha muchos de los molinos de viento funcionaban aún, y lo cuenta; los batanes de Ruidera bataneaban los paños, y también lo cuenta; los trajinantes y cosarios iban de pueblo en pueblo en sus carros y carretas, y él los vio trajinar y llevar sus mercancías y restaurarse en las mismas posadas donde posaba él. Cuando Azorín anduvo por la Mancha no había luz eléctrica en todos los pueblos, y aun en muchos de estos “no la echaban” todos los días ni a su hora. Cuando Azorín estuvo por aquí, en 1905, los pueblos seguían como en 1605, y sus habitantes, poco más o menos. Fue así hasta 1959. En ese año España dejó de ser cervantina, azoriniana; el Plan de Estabilización acabó definitivamente con ella. Claro que no deja de ser una paradoja, y si la Mancha y la España cervantinas y aun azorinianas, que existieron, apenas existen ya, don Quijote, que no existió sino como un ente de ficción, es tan real y existente, como tú y como yo. A Azorín tampoco le parecía cervantino su tiempo, pero a nosotros nos parece cervantino todo lo azoriniano.
Creía Azorín que España vivía una penosa decadencia, una profunda crisis. La palabra crisis viene de atrás, es eterna.  Crisis en la instrucción pública, en la industria, en el agro, en los pueblos y ciudades, en el ánimo de la gente. Era precisa, pues, una tarea quijotesca: volver a contar el mundo, si no como lo había hecho Cervantes, con su gracia y desparpajo, sí, al menos, de una manera humilde, como el que zurce, más que como el que borda. Y así escribió Azorín aquellos artículos, perfumados de suaves galicismos.
Aparecieron en El Imparcial, y meses después Leonardo Williams, un efímero editor, los publicó en libro, con el título de La ruta de don Quijote. Libro bellísimo, único. Debieran leerlo todos los escritores, periodistas y amantes de la magia, porque Azorín se saca de su chistera romántica una España nueva, aquilatada y noble, a pesar de su postración. “Si Cervantes”, parece estar diciéndose, “fue capaz de escribir una novela con personajes a los que apenas les sucede nada que no le pueda suceder a cualquiera y en medio de ninguna parte, yo haré lo mismo”. Azorín viaja, Azorín habla con gañanes, boticarios, recueros, pelantrines. Azorín escucha y luego, en su posada, escribe lo que ha visto, lo que le han dicho. Azorín medita, sueña, guarda silencio ante la siempre misteriosa realidad. Sólo eso. Y lo cuenta a su paso, como camina un río de aguas tranquilas, con su trantrán. Hay algo de milagroso en la naturalidad de esa prosa que unos años después van a tomar por modelo Chaves Nogales, Camba, Gaziel, Pla.
El libro se agotó pronto, y siete años después, en 1912, se reimprimió. Ambas ediciones son hoy extremadamente raras, pero la segunda tiene algo que nos fascina: treintaidós fotografías. Están mal reproducidas y su tamaño es deficiente, pero son un documento excepcional, la prueba de un hecho de grandísima importancia: el Quijote no es una novela, como creyó incluso Cervantes, sino una crónica. Crónica de personajes y paisajes reales. Ahí están estos documentos gráficos que lo acreditan. “Ninguna prueba más tangible, palmaria, irrecusable”, dirá Azorín en la nota que añade. Son los verdaderos retratos de todos ellos. Así consta en los pies de foto: “Argamasilla. D. Quijote”, “Argamasilla. Teresa Panza y Sanchica”. “El Toboso. Dulcinea aechando trigo”. “Puerto Lápice: las maritornes de la venta”. En ellos está el espíritu del libro, ellos son de carne y hueso, como de carne y hueso siguen siendo don Quijote y Sancho. Sí, el Quijote no es una novela, no es un libro; es más que todo eso, tiene vida propia. Ni don Quijote ni Cervantes, a los que la vida no trató precisamente bien, levantaron nunca contra ella un falso testimonio. La melancolía de don Quijote se compensa con la jovialidad con que Cervantes da cuenta de ella. Los dos comparten, además, nobleza y desinterés. Y ningún resentimiento. “Convencer, no vencer: de eso se trata”, parecen decirnos con hamletianas letras esos dos hombres que tuvieron en mucho el oficio de las armas.

Hemos vuelto al escenario del Quijote. Hemos hablado con gentes de Argamasilla, de Ruidera, de El Toboso, de Criptana. Nos hemos asomado a la cueva de Montesinos, en la que aún resuenan las palabras de Beltenebros como resuena el mar en una caracola. Hemos recorrido los campos de Montiel. Hemos posado en modestos, concurridos, simpáticos hostales de carretera. Hemos preguntado también a unos y otros. Y este, amigo Àlex Rodríguez, es nuestro informe: la Mancha tal como la conoció Cervantes, parda y grave, de secano, ha dado paso a otra verde y feraz, de regadío, más rica, sí pero no más próspera. Los pueblos son también otra cosa. No es fácil encontrar en ninguno aquel “maravilloso silencio” que maravilló a don Quijote en la casa de don Diego de Miranda, el del Verde Gabán. De Azorín a acá han cambiado las cosas mil veces más que de Cervantes a Azorín. Pero hay que concluir que don Quijote, Sancho, Dulcinea, Maritornes existen. Los hemos visto. Ninguno de ellos ha leído el Quijote, pero sus afanes, creedme, no son diferentes a los de Cervantes, a  los de sus personajes, a los nuestros.

Manuel Serrano, don Quijote. Ruidera. Foto: Rafael Trapiello

1 juin 2015

Don Quijote / Presentación

MAÑANA, 2 de junio y a las 13:00, se presentará este Quijote en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Intervendrán el editor, Emili Rosales, José-Carlos Mainer, Jordi Gracia y yo mismo. Debería decir algo más, pero he perdido mucha mano desde que no escribo en este blog. Gracias a todxs los que lo recibáis con respeto y alegría, tal y como uno lo ha tenido a su lado durante estos catorce años.


25 mai 2015

Primavera portátil

 Dicen que el título de un libro es la mitad de su futuro. No sé. Guerra y paz es un título anodino; El rojo y el negro y Don Quijote también lo son, si no estuvieran ya unidos para nosotros a dos grandes novelas. A medida que fue pasando el tiempo los lectores no se conformaban con tan poco y empezaron a pedir en el título un poco más de concreción y del espíritu de la obra:  Grandes expectativas (o Grandes esperanzas, como se tradujo en español), Los miserables y Cumbres borrascosas cumplían desde luego todas las expectativas en este sentido, hasta desembocar en títulos que, según se tomen, pueden resultar filosóficos o prestarse al márketing de la peor ralea: En busca del tiempo perdido. 

Hay también una gran cantidad de libros con títulos prodigiosos que no tuvieron la menor fortuna ni cuando se publicaron ni después. Pocos habrá con un título tan adecuado para unos poemas de vanguardia como Primavera portátil. Además, al ser vanguardista no importa tampoco mucho que no sepamos qué quiso decir con él su autor, Adriano del Valle. Pero la idea es bonita: la posibilidad de llevar con nosotros siempre una primavera. La misma idea de portátil sugiere que podemos resignamos a sacrificar algo del original con tal de conservar una esencia suya, crucial, capaz incluso de salvarnos la vida. Una cantimplora es una fuente portátil; una caracola, con su oleaje pegado a nuestra oreja, es un mar portátil; la brújula es una estrella polar portátil del mismo modo que el reloj de pulsera es nuestro sol portátil... El hombre se ha pasado la vida fabricando objetos portátiles que pudiera llevar encima como hacen los vagabundos con su botella de vino, su compañía portátil.

De esta, en la que acaso ya no piensas, le habría gustado a uno hacer también algo plegable y secreto, como esa carta que llevamos en la cartera por si alguna vez se nos olvida la dicha: el olor del heno verde recién segado, secándose al sol, el del azahar, el de las rosas, el de la bosta, todos mezclados, como en la retorta de un perfumista, solo que libres, flotando en el aire tépido, sedante, de mayo; el zumbido de abejas y abejorros; el canto de los pájaros que vinieron del África, las hojas verdes, nuevas, naciendo sin esfuerzo,  y la sensación de haber dejado atrás el invierno. Antes de que sea demasiado tarde y para los días en que creas que la próxima primavera está todavía demasiado lejos.

   

Vagabundos, Aguirre, vagabundos

¿Qué le dirán en misa a Esperanza Aguirre que son los pobres? Por los mismos días en que el Frente Nacional francés se dirigía a los extranjeros sin papeles (“Dejad nuestra tierra”), Aguirre les pedía lo mismo a los pobres de Madrid: “Dejad nuestras calles”. Ante el escándalo producido, esa mujer improvisó otra idea aún más... profiláctica: recogerles en pisos de protección oficial (¿y por qué no en seminarios e iglesias, que están vacíos?). Sí, al fin supimos que no se trata para ella tanto de albergar a quien no tiene donde posar y reposar, como eliminarlos de la circulación, por “el mal efecto” que hace verlos tirados sobre unos cartones o tumbados en alguno de esos bancos en los que también han empezado a colocar una como divisoria, para evitar que ningún mendigo pueda hacerlo. ¿En qué están pensando los curas, que no echan a patadas del templo a esos gobernantes, tal y como hacían en  los buenos tiempos del poverello Francesco, aquel que fundó precisamente una orden de frailes mendicantes? Y la creó así, porque creía de veras que entre los pobres estaba precisamente el reino de Dios, ese Dios en cuyo nombre esos políticos convocan manifestaciones multitudinarias contra esto o lo otro, pero jamás contra los abusos de la riqueza, no siempre ilegales pero siempre obscenos, imperdonables.

No, no quieren acabar con la pobreza, sino con los mendicantes y vagabundos. No comprenden tampoco que lo último que nos queda a todos en lo más recóndito, lo más sagrado nuestro, diríamos, es precisamente la libertad de vestirnos unos harapos y dejarlo todo y hacernos vagabundos, como Tolstoi. Vagabundos, Aguirre, vagabundos. Muchos de ellos no quieren albergues, ni asilos, ni un pisito. Sólo cielo, sol, estrellas, ir tirando aquí, allá, en esta plaza o en aquella, sentirse dueños del mundo precisamente porque no tienen ni siquiera donde caerse muertos. ¿Que muchos padecen una enfermedad mental? Sí, ¿y? El derecho a ser mendigo es aún más legítimo que el derecho a ser rey. Vean la historia, tan temible acaba siendo la guillotina contra los ricos, como la eugenesia contra los pobres por razones... estéticas. No sé, yo desconfiaría de un lugar en el que no nos tropezáramos con ningún mendigo y de un mundo sin vagamundos. Si nos quitan el derecho a  la locura, ¿que nos queda? ¿De qué les sirve desenterrar a Cervantes si están sepultando al mismo tiempo a don Quijote? 

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de mayo de 2915]

18 mai 2015

Nueve años

LE ha impresionado a uno mucho, como a todo el mundo, la historia de María José Carrascosa, la abogada que, víctima de la saña de un exmarido vesánico, ha pasado nueve años en la cárcel, acusada por la justicia norteamericana de secuestrar a una hija cuya custodia le había concedido previamente la justicia española. Incluso su ex, a buenas horas, pidió la libertad para ella hace un año. Lo primero que esa mujer dijo cuando se vio libre, exonerada de los cargos que pesaban sobre ella, fue: “Tengo que ponerme los zapatos de mi vida. Durante nueve años he llevado los zapatos de una vida que no era la mía”. La periodista que la entrevistó a las puertas de la prisión le preguntó si creía en la justicia americana. María José Carrascosa se tomó su tiempo antes de responder, y al final lo hizo no como quien acaba de salir de la cárcel, sino como quien no puede abandonar aún los EU: “Sí, creo en la justicia norteamericana”. Cree tanto en ella que ha desaconsejado a su hija, de quince años, que viaje hasta allí para visitarla, por si le impiden luego salir del país.

Esa mujer que cree en la justicia norteamericana, ha hablado de vejaciones y maltrato físico y psicológico durante los años que ha pasado cautiva. Entró en la cárcel siendo una joven sana y ha salido envejecida, con el pelo blanco, y enferma. Le esperaban a la salida únicamente un cura que ha hecho de buen samaritano, un cámara de televisión y la periodista que la entrevistó. Pese a ser éstos dos desconocidos, se abrazó a ellos, efusiva. Ni un cónsul, ni un político de su pueblo, ni la tuna, nadie. La mujer solo acertaba a repetir una y otra vez llevándose las manos a la boca, tratando de ahogar los sollozos de dicha: “No puedo creer que sea verdad”. Siendo española, ni siquiera se le acercará un productor para proponerla llevar su historia al cine. Asistimos a las primeras palabras entre madre e hija, en el coche que la alejaba del infierno. La madre preguntó desconcertada e incrédula: ¿Qué es eso? Skipe, le respondieron. Las lágrimas apenas les permitían hablar a ninguna de las dos. Aunque llevan ya los zapatos de sus propias vidas, ambas arrastran aún una abultada bola de hierro encadenada a su tobillo. La justicia que apresó a la madre por secuestro, la secuestró a ella nueve años más, y, de paso, los mejores de la hija, esos que nadie le devolverá. Si la vida fuese una novela, esta merecería una segunda parte, como El conde de Montecristo.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia e 17 de mayo de 2015]

10 mai 2015

Quítame la mano del cogote

PODRÍAMOS decir también: “Sic transit gloria mundi”. Esa fotografía hace pensar. Así se ve en el célebre cuadro de Valdés Leal. El fin de Rodrigo Rato, uno de los hombres más poderosos de España, que lo fue también del mundo, empezó seguramente hace años y no terminará sino pasados algunos otros, pero la foto ha fijado de manera implacable en una sola imagen lo que el personaje era y lo que es. Quién te ha visto y quién te ve, se podría decir también. Recoge un instante fugaz. Todos lo son, pero no todos son igual de significativos: un policía agarra del cogote (¡del cogote!) al gran hombre, y lo empuja para meterlo en el coche que lo llevará detenido, acusado de fraude fiscal, levantamiento de bienes y otros delitos económicos graves.

En estos años hemos visto entrar en la cárcel, entre otros muchos, a un ministro del Interior (jaleado por su expresidente de gobierno, quien le dijo en aquella ocasión lo que años después le diría otro presidente a su extesorero, también encarcelado: “Sé fuerte”) y a un banquero a quien meses antes el rey había proclamado doctor honoris causa por la UAM (Universidad Autónoma de Monipodio). Pero ninguna de aquellas  imágenes iguala a esta, en la que un policía, que acaso tiempo atrás se le cuadraría, agarra a un Rato pálido y sin resuello del pescuezo, y lo mete sin remilgos en un coche.

Hay mucha justicia poética en todo esto, desde luego. ¿Quién no recuerda la soberbia de aquel hombre, fundada más en el poder que tenía que en su jaleada inteligencia (si hubiese sido tan “inteligente” acaso habría eludido la justicia, por lo que, como mínimo, hemos de convenir en que, como tantos honorables, “se pasó de listo”), diciendo que haría cumplir las leyes que él mismo ha conculcado? Todo ello es cierto, pero ¿era necesaria esa mano en su cogote ni en el cogote absolutamente de nadie? Esto dice don Quijote a Sancho, cuando su escudero  va camino de la ínsula a ser gobernador: “Al que has de castigar con obras no lo trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones”. Bah, literatura, dirán algunos, y otros creerán que dice uno todo esto por piedad. Y la verdad es otra: no quiere uno pasar por ser mejor de lo que es, sólo que cuando se nos hace testigos de una vejación, nos meten de paso por el cogote en la chusma plebeya, si lo consentimos, y nos hacen peores de lo que somos.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de mayo de 2015]

4 mai 2015

Los jetas

DOS meses después de que una dirigente de Podemos pidiera un referéndum para acabar con la  Semana Santa de Sevilla, se celebró en Madrid el primer encuentro de Espiritualidad Progresista Podemos. Sigue uno con atención y curiosidad  todas las cosas que dicen y hacen en esa plataforma, por impredecibles.

¿Puede ser progresista la espiritualidad, puede serlo conservadora? La proposición “Dios es de izquierdas” tiene el mismo fundamento que la de “Dios es de derechas”. Hablar de una espiritualidad de izquierdas, o de derechas, es una de esas hipérboles de las que gusta tanto la mala poesía:  “El cielo fascista de Madrid”.

Al encuentro ese de la espiritualidad progresista, celebrado en la parroquia de Santo Tomás, acudió Monedero, dirigente de Podemos. También echó mano de la poesía (mala) para explicarnos las cosas: “Yo no tengo nada de oído musical para el dios del miedo. Pero intuyo la música con el dios de la Esperanza. El papa Francisco sí ha llevado a Dios al otorrino”. Conociendo su proverbial modestia, podemos imaginar quién es para Monedero el otorrino de Dios  (¿o dios?). Podemos.

Una de las más nobles  luchas del hombre moderno en pos de su emancipación fue la de separar religión y Estado, lo que pertenece estrictamente al ámbito de lo privado, es decir, aquello que se refiere a las creencias del individuo, de aquello otro propio del ciudadano y de las leyes. Los principios de igualdad y libertad se asientan en esa separación. Dos de los regímenes políticos en los que la religión está más presente son Venezuela e Irán.  Irán lo gobiernan desde hace más de treinta años unos curas siniestros, y Venezuela,  Maduro, que aseguró hace poco estar convencido de que la  Divina Providencia es chavista (por no hablar de Chávez y sus matracas de telepredicador, con un ejemplar del evangelio en una mano y su constitución en la otra). Aunque ahora lo nieguen, la admiración de los podemistas por Venezuela está ya sobradamente acreditada, y su gratitud a Irán también. Pero este artículo no trata de ese asunto, ni siquiera de la actitud de quien confiesa que “su relación íntima con la religión es escasa”, pero no le importa inaugurar un encuentro de espiritualidad. De lo que aquí se hablaba es de dar al Estado lo que es del Estado dejando en paz a Dios, y a cuantos creen de verdad en él, no sólo de oídas, como los jetas.

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de mayo de 2015]