29 janvier 2016

De Luis Alberto de Cuenca y el Quijote

RARAMENTE ha traído uno a esta Hflexia las reseñas que se hacen de mis libros. Este es un caso aparte: el libro no deja de ser el de Cervantes, la persona que la ha escrito, Luis Alberto de Cuenca, es un poeta pero también un filólogo y traductor él mismo de las mal llamadas lenguas muertas (el griego de Homero revive cada vez que se le lee en cualquier otra lengua a la que se le traduzca) y ha aparecido en una revista, Ínsula, que no siempre tenemos a mano. Viene también a salir al paso a algunas objeciones que se hicieron a esa traducción en un primer momento, objeciones teóricas en su mayor parte (de si era necesario o no traducir el Quijote; aunque hubiera también alguien a quien pareciole una vergüenza que se hubieran suprimido de mi traducción los pronombres enclíticos, en los que reside, como sabemos, el unto de la lengua de Cervantes, y sin los cuales no vale la pena leerlo).
Con mi agradecimiento a LAdeC., aquí va su escrito.

* * *

Cuenta Jorge Luis Borges en su libro Ficciones (1944) la historia de un supuesto escritor francés de la primera mitad del siglo XX que, además de una obra variopinta que incluía monografías sobre Leibniz y Ramon Llull, sonetos simbolistas y hasta una transposición en alejandrinos del Cimetière marin de Valéry, legó a la posteridad un Quijote que, a la postre, sin desviarse un ápice  del cervantino, supuso un desafío personal de imprevisibles consecuencias en las letras europeas que acabó superando el modelo sin apartarse de su escritura literal. Dice Borges también en ese delicioso cuento que Menard, pese a la apuesta íntima que lo llevó a elegir el Quijote como empresa capital de su proyección literaria, era perfectamente capaz de imaginar el universo sin la historia del hidalgo manchego, pero no sin un determinado verso de Poe (que se cita en el curso del relato), sin el Bateau ivre de Rimbaud o sin The Rime of Ancient Mariner de Coleridge. Mi buen amigo Fernando Iwasaki ha argumentado recientemente en alguna parte que la genial broma borgiana sobre Pierre Menard y su Quijote procede de una lectura previa por parte del maestro argentino de la Vida de don Quijote y Sancho de Unamuno, un libro que dejó perplejo al autor de Ficciones por limitarse, según él, a reescribir algo preexistente que no necesitaba ser reescrito. Sea como sea, parece inevitable una alusión inicial al cuento «Pierre Menard, autor del Quijote» a la hora de hablar, siquiera brevemente, de este Quijote «puesto en castellano actual íntegra y fielmente por Andrés Trapiello», aparecido en la añeja y gloriosa colección «Áncora y Delfín» de Destino (volumen 1338), perteneciente en la actualidad al grupo Planeta.
            Andrés Trapiello, leonés de 1953, es uno de los más brillantes escritores españoles de su generación. Autor de un monumental Salón de pasos perdidos que alberga dieciocho volúmenes hasta la fecha (verano de 2015) y que constituye uno de los diarios más amplios, enjundiosos y sugestivos que se han escrito nunca en cualquier idioma, ha destacado en el campo de la narrativa con novelas como Los amigos del crimen perfecto (Premio Nadal 2003) o las secuelas cervantinas Al morir don Quijote (2005) y El final de Sancho Panza y otras suertes (2014), y en el del ensayo con Las vidas de Miguel de Cervantes (1993) y el más célebre de sus trabajos, Las armas y las letras, tantas veces reimpreso y del que tanto se aprende. Como poeta, ha publicado varios libros de gran singularidad y belleza, lo que lo sitúa, dada la variedad de géneros abordados y la gran calidad que imprime en todos ellos, en un lugar de privilegio dentro de  la literatura española del momento.
            El Quijote de Cervantes ha sido para Andrés Trapiello desde su infancia un libro de cabecera, una presencia obsesiva, un amuleto desde el que crear, un símbolo de lo mejor que ha dado la escritura universal, un paradigma de la excelencia literaria. Otro de los autores de cabecera de Andrés es, precisamente, don Miguel de Unamuno, el modelo del Pierre Menard de Borges, con lo que no puede extrañarnos que haya tenido en mente desde siempre la idea de reescribir él también, como Unamuno y como Menard, el Quijote de sus entretelas. Trapiello acaba de publicar su propio Quijote, esta vez sin atisbo de ironía menardiana, sino con la única, sanísima y pedagógica intención de que su versión de la novela cervantina, mediante un proceso exegético y modernizador que le ha llevado muchos años de dedicación no exclusiva, pueda ser entendido por un número mayor de lectores, al eliminarse las barreras de comprensión lingüística que levantan los cuatro siglos que nos separan de su redacción original. De ahí que dedique el prólogo del libro «a la memoria de la Institución Libre de Enseñanza y de las Misiones Pedagógicas».
            A este respecto, recuerdo empresas de acercamiento de los clásicos al lector de hoy tan beneméritas como la «Biblioteca Literaria del Estudiante», auspiciada a partir de 1922 por la Junta para Ampliación de Estudios (JAE) y dirigida por un institucionista tan prestigioso como don Ramón Menéndez Pidal, secundado por su esposa, doña María Goyri, que se hizo cargo de más de una de las 30 entregas de la serie planificadas en origen (el Consejo Superior de Investigaciones Científicas retomó, después de la guerra civil, la iniciativa de la JAE, patrocinando la salida de algunos de los volúmenes, siempre bajo la supervisión de don Ramón). O la muy meritoria colección «Odres Nuevos», de Castalia, donde se han ido publicando espléndidas versiones en castellano actual de algunas de las joyas literarias de nuestro Medievo, como la de María Brey del Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita, la de Andrés Amorós de los Entremeses de Cervantes, la de Daniel Devoto de los Milagros de Nuestra Señora de Berceo, la de Ángel Rosenblat del Amadís de Gaula o la de Soledad Puértolas de La Celestina (por citar solo aquellos títulos que me vienen ahora a la memoria).
            El resultado del noble afán de Andrés Trapiello por ampliar el número de lectores del Quijote por medio de una versión, íntegra y fiel, de la novela en español de hoy ha sido un tomo pulquérrimamente editado (Trapiello es un maestro en el arte de la tipografía y ha cuidado personalmente de la edición, con la colaboración inestimable de Alfonso Meléndez), que alberga, además del Quijote de Cervantes reescrito por Andrés en castellano actual, unas líneas preliminares de Mario Vargas Llosa («El Quijote, hoy») y un prólogo del propio Trapiello («Algunas razones»). La envoltura exterior del libro no puede ser más apetecible. Presenta una encuadernación en tela azul oscuro que da gloria verla, lo mismo que da gloria tocar el papel biblia ahuesado elegido para la ocasión, que a lo largo de más de mil páginas despliega unos niveles óptimos de legibilidad, escasa transparencia y una prestancia extraordinaria. La camisa o sobrecubierta presenta en sus solapas sendas notas informativas sobre Cervantes y Trapiello, y el motivo gráfico de la misma es una preciosa ilustración de un paisaje manchego actual dibujada por Guillermo Trapiello, hijo de Andrés, en la que no pueden faltar esos artefactos eólicos que tanto abundan hoy en La Mancha y que constituirían hoy para un Quijote contemporáneo el equivalente a los molinos de viento de entonces y serían, por tanto, susceptibles de ser identificados con los gigantes que vio Quijano en ellos. De hecho, el homenaje a esos monstruos del siglo XXI no se detiene en la ilustración de sobrecubierta, sino que invade las guardas, que repiten ad nauseam en blanco sobre azul, con una gran eficacia plástica, las tres inquietantes aspas de los aerogeneradores, que es como se llaman esos horribles postes que transforman la energía del viento en energía eléctrica. Por raro que parezca, el diseño de las guardas con las aspas de esos aerogeneradores no puede resultar más atrayente y seductor. La verdad es que todo el libro es una fiesta de la elegancia y de la distinción formal. No en vano Trapiello es un entusiasta del estilo gráfico de otro gran príncipe del diseño editorial —y, de paso, de la poesía española— que se llamó Juan Ramón Jiménez, sobre el que Andrés ha escrito mucho y bueno (recuerdo, por ejemplo, un sabroso texto, titulado «Platero o la breve historia de un libro feliz», que acompañaba al facsímil de la primera edición de Platero y yo que publicó el diario ABC, con motivo del centenario, en diciembre de 2014).
Acerca de las modificaciones que ha llevado a cabo Trapiello sobre el texto cervantino, a fin de hacerlo más accesible y familiar al público contemporáneo, no voy a opinar, porque es evidente que entraríamos en un territorio muy personal, ya que la dificultad de una palabra o de un giro sintáctico no se puede medir en términos incontrovertibles. Lo que para unos es meridiano puede ser para otros enigmático y hasta tenebroso. Del primer capítulo de la novela se ha venido citando con profusión la traducción por Andrés de la expresión cervantina «de los de lanza en astillero», ininteligible hoy, por «de los de lanza ya olvidada», que acerca el texto al lector actual. En este caso, a mí me parece idónea la traducción, pero eso no quiere decir que sea la única posible. Habrá, como es natural, quien no esté de acuerdo con tal o cual traslación de Trapiello, porque cada español culto tiene en la cabeza una idea diferente de aquellas expresiones o palabras del Quijote original que deberían o no deberían ser explicadas en una versión actual de la novela.
Y ahí entra un factor importante en la discusión, que es el criterio de la auctoritas, residente aquí en la valía indiscutible de la persona que ha llevado a cabo la tarea de poner en castellano del siglo XXI (sin incurrir, como es natural, en solecismos o coloquialismos propios del habla de nuestra centuria, sino buscando ese español neutro y distinguido, pero sin afectación, que vale para todos y que no tiene contraindicaciones) el Quijote de Cervantes, o sea, de Andrés Trapiello, uno de nuestros escritores de referencia. El hecho de que sea él el protagonista de la aventura, y no cualquier otro nombre desprovisto de su relieve, hace que recibamos su traducción (o como queramos llamarla) como un ejercicio más de su devoción por la literatura, de su amor por Cervantes, de su deseo de tender puentes entre el Quijote y el —cada vez más hipotético— lector del mundo en que vivimos, tan reacio a sumergirse en un discurso literario que le suponga esfuerzo de comprensión tanto en el plano de la morfosintaxis como en el semántico.
            En la estela de proyectos editoriales citados más arriba como la «Biblioteca Literaria del Estudiante» o la colección «Odres Nuevos», tras las huellas de los siempre atinados y generosos planteamientos didácticos de la Institución Libre de Enseñanza y de las Misiones Pedagógicas, Trapiello ha urdido un Quijote más fácil de leer que el original por el lector de nuestros días, pero en esencia idéntico e igual de mágico e intenso que el que brotó de la pluma de Miguel de Cervantes a comienzos del siglo XVII. Mi más cálida, fervorosa y entusiasta enhorabuena por ello. LAdeC.

24 janvier 2016

Mi lista

LISTAS memorables. Sucintas o personales, privadas o públicas, de Shaun Usher. Ha sido lo primero que ha hecho uno este año nuevo, apuntarlo en la lista de lecturas perentorias. “Más de ciento veinte listas confeccionadas por gente anónima y personajes célebres de la Historia”, se subtitula ese libro. Se habla en él de la fascinación que ha sentido el ser humano por las listas desde remotos tiempos. A principios de año estas proliferan. Algunas de las que recoge Usher nos hacen sonreír: “Dejarás de hablar conmigo si te lo pido” o “renunciarás que me quede en casa contigo”  (Albert Einstein)” son dos de las capitulaciones más o menos mezquinas que el científico impone a Milema Maric tras once años de matrimonio. “Pecado: Comer una manzana en Su casa (la de Dios). (Isaac Newton)”. Esta última, teniendo en cuenta lo mucho que le debía él a la manzana, tiene sentido.

A menudo hacemos listas de cosas no tanto porque las vayamos a hacer como porque desearíamos hacerlas, o, incluso, sabiendo que no están al alcance de nuestra mano, para que otros las hagan: “curar heridas a distancia”, “el arte de volar”, “una luz perpetua”, “drogas potentes para alterar o exaltar la imaginación” forman parte de la lista que Robert Boyle escribió en 1662. Con frecuencia nuestras listas se refieren a asuntos cotidianos, domésticos. De estas hay muchos ejemplos en el libro de Usher, sólo que sabiéndolas de genios que parecían vivir en la estratosfera (Leonardo o Miguel Ángel, por ejemplo), nos hacen sonreír: ¡eran comunes!

La literatura está llena también de listas memorables. La primera aparece en la Ilíada y se conoce como “catálogo de las naves”. La lista de las ballenas en Moby Dick es otra, o la de los topónimos de En busca del tiempo perdido. Todas nos resultan fascinantes. Dios ha creado cosas y criaturas, parecen recordarnos, pero sólo el hombre es capaz de hacer su inventario. ¿Para qué? Para salvar el mundo. Tarde o temprano este desaparecerá. Desaparecieron los aqueos, pero nos queda el nombre de sus pueblos. ¿Y las ballenas? Acabaremos también con ellas. ¿Y las aldeas de Francia? Sí, cada lista es una fe de vida. La lista de las cosas que cada cual se proponer llevar a cabo en 2016 es variopinta. La mía empieza así: “No volver a reírme por lo que pasa aquí”, y termina con esto: “Largarnos a cualquier parte si la cosa se pone de llorar”.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de enero de 2016]

20 janvier 2016

El enemigo de los libros (un prólogo en singular)

ACABA de aparecer en la editorial Fórcola este curioso y entretenido libro de William Blades, Los enemigos de los libros, del que recuerdo especialmente divertido el capítulo sobre polillas y carcomas y el modo en que su autor las alimentaba con diferentes clases de papeles historiados, tal y como se recoge en el prólogo que va a continuación.
* * *
William Blades fue un bibliógrafo inglés que al parecer tuvo también pujos de bibliófilo. Hoy es conocido sobre todo por haber sido el primero en catalogar y estudiar el acervo caxtoniano, o conjunto de libros impresos por William Caxton. Fue este un mercader al uso del siglo XV, es decir, mercadeaba con un poco de todo, y andando en esas mercaderías, por los Países Bajos, llegó a su conocimiento la invención de la imprenta; aprendió el oficio de tipógrafo en Brujas, dejó el oficio de mercader y se hizo impresor y editor, pasando a la historia por ser el primero en instalar una imprenta en Inglaterra. Blades, que rastreó por todo el mundo los rarísimos incunables que salieron de las prensas de Caxton y descubrió muchos que no pasaban por suyos, cuenta su vida como sólo saben hacerlo los historiadores ingleses, con amenidad y seriedad al mismo tiempo.
Blades despliega esas mismas dotes en este libro delicioso. Se ve que era  hombre curioso de variados saberes relacionados con dos o tres musas, y aunque está profundamente convencido de la utilidad de los conocimientos y amenas erudiciones que tachonan estas páginas, tampoco quiere pasar por un excéntrico ni un maniático.
Al ser un inglés del siglo XIX tenía una gran fe en el progreso, pero al no llegar a conocer el XX no le dio tiempo a desengañarse. El progreso pasaba, en lo que a él concernía, por la conservación de los libros. Cierto que vivió en una época que no tenía mucho aprecio por los libros o por lo menos no la estima indiscriminada y de gran peralte en que se les tiene hoy. Así que estaba convencido de que la filantropía pasaba por buscar libros viejos en los establos de la campiña inglesa y mantenerlos alejados de la polilla
Dedicó Blades a ese asunto de la conservación de los libros viejos este decálogo donde se especifican, a grandes rasgos, sus principales enemigos: el fuego; el agua; el gas y el calor; el polvo y el abandono: la ignorancia y el fanatismo; la polilla; los ratones y otras plagas; los encuadernadores; los bibliófilos, y los niños. Es, como puede verse, un decálogo mal contado, porque mete en alguno de esos apartados dos y tres asuntos diferentes.
Como quiera que sea, no llega uno a comprender por qué razón Blades no incluye aquí el que para mí es el principal enemigo de los libros: el autor, por no hablar del tiempo y el uso, que si no son sus enemigos, son una de las razones de su inexorable acabamiento. Si los autores fueran mejores de lo que lo son, y se respetaran un poco más a sí mismos, no escribiendo más que libros buenos, probablemente se les tendría en mejor consideración, y la gente no llevaría sus obras a los establos, sino que los tendrían entronizados en un lugar preferente de la casa. En cuanto al tiempo y el uso, lo dejo para el final de este prólogo.
Blades sabe muchas historias de libros. Las historias de libros se parecen casi todas mucho: bibliotecas famosas que se venden, libros que, impresos con tintas venenosas, matan misteriosamente a los lectores que los abren por primera vez, almonedas de ejemplares rarísimos vendidos por unos cuantos chelines en una lejanísima alquería, tratados de valor incalculable pudriéndose lentamente en monasterios de monjes ignaros… Muchas de ellas Blades las sabe como las saben los bibliófilos: por transmisión oral, como las leyendas de la Edad de Oro. Otras las ha vivido personalmente. Unas y otras parecen haber sucedido ayer, desde la que se cuenta en los Hechos de los Apóstoles, 19:19  (el precedente de las quemas de libros de la Inquisición), hasta la fastuosa historia del buhonero que compró al peso un valioso alijo bibliográfico o la venta de cierta biblioteca en el condado de Derbyshire.
Aunque el lector español no esté familiarizado con la edición de los Cuentos de Canterbury de Caxton, o el Boke of Albans, el Decamerón bibliográfico de Dibdin o la primera edición de Golden Legend, se hará inmediatamente a la idea de que le están hablando de El Dorado, es decir, de ejemplares tan míticos como el unicornio. Esas historias son parecidas también en todas las culturas donde haya una tradición de libros y bibliotecas. Para mí ha sido especialmente hilarante e instructivo el capítulo dedicado a la polilla, algo que sólo pudo haber escrito un admirador de Darwin. Debiera figurar en todas las antologías del llamado humor inglés. De ese capítulo extraigo este párrafo: “En diciembre de 1879 el señor Birdsall, un conocido encuadernador de Northampton, tuvo la amabilidad de enviarme por correo un gusano bien gordo que había encontrado uno de sus ayudantes en un libro viejo cuando lo estaba encuadernando. El ejemplar hizo un buen trayecto, mostrándose muy animado al salir del sobre. Yo lo acomodé en una caja, en un ambiente cálido y silencioso, con unos trocitos de papel de un Boethius de la imprenta de Caxton y de la hoja de un libro del siglo XVII. Se comió una pequeña porción de la hoja, pero, ya fuese porque había demasiado aire puro, por la desacostumbrada libertad o por el cambio de alimentación, se fue debilitando poco a poco y murió en cosa de tres semanas. Sentí mucho perderlo, y me lancé a verificar su clasificación mientras se encontraba aún en buen estado. El señor Waterhouse, del departamento de Entomología del Museo Británico, lo examinó amablemente antes de que muriese y dictaminó que se trataba de una Oecophora Pseudospretella”.
Como este pasaje encontrará el lector otros muchos, que le mantendrán entretenido hasta el final.
Es chocante que el editor le haya pedido a uno este prólogo, porque como saben mis amigos más cercanos y seres queridos a mí, al menos de unos años a esta parte, ya no me gustan tanto los libros como me gustaron, sobre todo desde que descubrí que a veces los libros son el primer enemigo de la poesía y de la literatura, que es lo mismo que decir que son los enemigos de la vida. Aún los sigue uno buscando y leyendo, tanto si son viejos como si acaban de publicarse, y muchos de ellos conservándolos, cierto, pero sabiendo que los libros debieran hacer ociosos en nosotros los libros.
Yo mismo me debato, pues, sin saber si he de seguir buscando más libros viejos y nuevos o si, por el contrario, con releer los que tengo sería suficiente.
Si un libro no se lee, no vale la pena que lo conservemos, y vale eso para el más modesto de los libros de bolsillo y para la Biblia Complutense. “Libro que no has de leer, déjalo correr” ha repetido uno otras veces. Decía con mucha gracia Gómez de la Serna que el Rastro de Madrid era (al menos en el tiempo en que escribió el libro que le dedicó, los años diez del siglo pasado) el lugar donde aparecían libros ilegibles. Paradójicamente fue también, sesentaitantos años después, el lugar en el que encontramos los libros del propio Gómez de la Serna, el único, por lo demás, donde hubieran podido encontrarse por entonces, ya que ni se habían reeditado ni quedaba ninguno en las librerías de nuevo.
¿Leeríamos los libros de los que habla Blades? Demos por descontado que pudiéramos hacerlo en el latín en que están compuestos o en el inglés primitivo de la época de Caxton, ¿de verdad que serían los libros que querríamos leer? Es uno sensible, desde luego, a la belleza de una página bien compuesta e impresa, pero si no entendemos qué quiere decir es como si nos pasaran una partitura, no sabiendo música.
No nos dice nunca Blades si los libros que tanto ama le gustan o no, si vale o no la pena leerlos, ni siquiera por qué debemos conservarlos. ¿Leen los bibliófilos los libros que acopian con tanto afán y cuidan con tanto mimo? ¿Los conservaremos como unas ruinas informes?
Al final de su vida Juan Ramón Jiménez, el poeta que más gustaba de los libros bien compuestos tipográficamente y el que hizo algunos de los mejores de su tiempo, señaló un pequeño poema de Miguel de Unamuno como una de las cinco cumbres de la lírica en castellano. Se halla ese prodigio de hondura en su Cancionero, y se titula por su primer verso: “El armador aquel de casas rústicas”. Se cuenta en ese poema la escena en la que Jesús de Nazaret viene, caminando por las aguas, al encuentro de sus discípulos, a quienes empezó a hablar con palabras que eran “semillas aladas”, “hasta que al fin cayeron en un libro / ¡ay tragedia del alma!”. Y si eso son los libros mejores, una tragedia del alma, ¡qué no serán todos los demás!
De momento en ellos, los buenos y los malos, los viejos y los nuevos, están las “aladas semillas”, esperando el día en que se liberen de nuevo, y se hagan poesía viva, inmaterial, cumplida.
William Blades escribió este tratado para ayudar a conservar los preciosos cofres donde duermen, algunos en verdad bellísimos y raros, tales semillas, advirtiéndonos de enemigos y asechanzas, mientras esperan “del salón en el ángulo oscuro”. Porque un libro, como el arpa, si no se pulsa, es sólo papel muerto.
Se refería uno antes al tiempo y al uso. No diría nunca que ni el tiempo ni el uso sean los enemigos del libro, aunque contribuyan siempre, y a veces más que nada, a su desaparición. También son el tiempo y el uso los que los embellecen y revisten de dignidad y nobleza. ¿Hay algo más hermoso que ese libro que sabemos ha pasado ya por muchas manos a lo largo de los años, sobreviviendo a mil avatares, muertes, herencias, almonedas, reventas, metidos siempre en una rueda que gira y gira incansable como la propia vida? Y por el contrario, ¿hay algo más triste que un libro que no se lee?
Fernando Zóbel fue un filántropo ex alumno de Harvard, a quien su universidad nombró patrono de la última de sus bibliotecas, precisamente aquella a la que irían a parar todos los libros de las otras bibliotecas que no habían sido pedidos en préstamo o consultados en los últimos cien años. Habilitaron para ello una biblioteca subterránea, por cuyos pasadizos los bibliotecarios se deslizan con patines y botellas de oxígeno, pues, se me olvidaba decir, conservan allí los libros al vacío como la compota.
Si los consejos que da Blades es para que los libros sigan vivos mucho tiempo, bienvenidos sean. Si lo son, sin embargo, para que adquieran la prestancia de una de esas bibliotecas de college oxoniense que gustan tanto a los del cine, con su gótico aspecto de venerables bibliogeriátricos, mejor sería darlos al vacío, quiero decir al olvido.
Porque si los libros no son criaturas vivas, ¿para qué querríamos su compañía?
Yo con este que vas a empezar a leer he pasado una tarde de lo más grata. Y aunque no tenía cerca un fuego, me pareció sentir cerca de mí las llamas de la amistad y del cuidado, el verdadero argumento de estas páginas.
                           Madrid, 25 de noviembre de 2015.


18 janvier 2016

Sigue el stop

“SIGUE el dinero” es una de las frases más repetidas en las películas de gánsteres y políticos corruptos. Sigue el dinero, y sabrás quién o quiénes están detrás de los delitos. En España podríamos parafrasearlo así: “sigue esa señal de stop”, y cabarás topándote, seguro, con un chanchullo. Hace unos meses este mismo Magazine publicó el trabajo de unos jóvenes que, bajo el nombre de “Nación rotonda”, estudiaba la corrupción canalizada a través del millón de rotondas absurdas e innecesarias que surgieron como setas en España durante el periodo que se conoce como “la burbuja inmobiliaria”.

Hace seis meses, mientras viajaba uno por La Mancha con el fin de escribir cierto reportaje sobre los personajes cervantinos, también para este mismo Magazine, nos perdimos en una de esas carreteras que van de ningún sitio a ninguna parte. Era una pista de tierra que cruzaba de parte a parte la llanura manchega. Confinaba esta con el infinito por los cuatro puntos cardinales. Ni siquiera el Gps tenía jurisdicción allí. Después de vagar una hora perdidos, sin hallar otra cosa que ventas y alquerías en ruinas ni hallar rastro de vida humana, nos cruzamos con otra pista de tierra que parecía venir también de ningún sitio hacia ninguna parte. Pero allí, en la intersección, había una flamante señal de stop, nueva, recién puesta, como un sarcasmo.

Hace dos meses, en tierras leonesas, hemos vuelto a ver toda clase de señales absurdas, alarmantes, nuevecitas: stops para nadie, limitaciones de velocidad en caminos de montaña intransitados, letreros con el nombre de un regato seco... Hemos vuelto a ver señales y letreros parecidos en parajes perdidos de Extremadura, de Castilla, de Andalucía. En todos los casos parecían plantados, además, en el lugar donde más podían atentar contra el medio ambiente, zarpazos  en parajes a menudo idílicos. No resulta difícil concluir:  alguien se está forrando con esa malditas señales (la hipótesis de que se trata sólo de idiotas es poco convincente). Sigamos el stop y acaso lleguemos a ese alcalde, a aquel presidente de diputación, a aquel otro de comunidad autónoma... Ahora sólo pienso en los obreros que, siguiendo órdenes, llevaron hasta esos lugares absurdos las señales absurdas, en lo que pensarían mientras las ponían y en lo que votarían en las últimas elecciones. Y no sé cómo, todo empieza a cuadrar.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 17 de enero de 2016] 

12 janvier 2016

Póker de ases (La Veleta)

ACABAN de llegar desde Granada (a las librerías la semana que viene, supongo, dependerá de las librerías). Siempre traen una alegría dentro, como panes de un horno. Pocas se le pueden comparar. Y es tan extremada y pura que por el tiempo que dura una semifusa el universo detiene su melodía, para luego seguir. Por cierto, ahora en Madrid acaba de salir el sol.

Se presenta este volumen de la poesía reunida de JMBonet en la librería Alberti de Madrid el próximo lunes día 18 a las 19:30 con la intervención del autor, Enrique Andrés Ruiz, Juan Marqués, Alejandro Corujeira y AT.







11 janvier 2016

Lo que yo me figuraba

EL lector habitual de esta página acaso haya observado que el epígrafe que la encabeza ha cambiado, como es costumbre a comienzo del año: ha pasado del cervantino Carta de más a Lo que yo me figuraba. Este era el título del segundo tomo de memorias que pensaba escribir Bergamín. El primero se hubiera titulado Ahora que lo pienso. El efecto de leer los dos títulos  juntos es  sensacional. 

Si las memorias de Bergamín se hubieran parecido algo a las historias que contaba, habrían sido magníficas. Pero no las escribió: la mayor parte de las cosas que contaba no se hubieran podido publicar y la otra mitad ni siquiera se atrevió a contarlas. 

Como acaso haya llegado a oídos del lector, el alcalde de Cádiz, de cuyo nombre etcétera, anda emperrado en borrar de su ciudad el de José María Pemán, en represalia por todo lo malo que dijo este durante la guerra. Y es cierto que dijo y escribió cosas infames, pero también que, pasada la guerra, hizo otras de una gran rectitud, intercediendo por infinidad de condenados a muerte o haciendo que se restituyese a Juan Ramón Jiménez, cuya casa saquearon tres conocidos falangistas, todo lo que se pudo. Manuel Arroyo, que fue biógrafo, amigo y editor de Bergamín, contó también en el blog de Arcadi Espada cómo Pemán hizo posible la vuelta a España de Bergamín, en los años  cincuenta. Y no hace mucho supimos, por Juan Manuel Bonet,  que Pemán, Bergamín y... ¡Alberti! pasaron juntos muy amigablemente una tarde parisina de 1955 a bordo del velero “Clavileño”, del poeta y navegante Pedro Ardoy. Cuánto habríamos adelantado en España si alguno de estos tres escritores hubiera contando aquel encuentro, ayudándonos a ver las cosas como fueron, en tecnicolor, y no en blanco y negro. La noche del 20D Pablo Iglesias proclamó triunfal, en blanco y negro, que volvían a España las voces de Margarita Nelken y Clara Campoamor, de José Díaz y de Andreu Nin, o sea las voces de quienes, como Nelken, persiguieron a las Campoamor, o las de quienes, como Díaz o Bergamín, estuvieron detrás o justificaron el asesinato de Nin. Dijo Iglesias incluso que volvían las voces de Alberti y Miguel Hernández, quienes habían dejado de hablarse durante la guerra (y eso tampoco lo contó nunca Alberti). Sí, ahora que lo pienso, parece que vuelve el potaje histórico, y después de la remontada, los sueños de revancha. Lo que yo me figuraba.  

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de enero de 2016]

3 janvier 2016

Un viejo mastín

Con ocasión de buscarle el nombre a una niña que nacerá pronto (bendita seas), he abierto al azar un Flos Sanctorum, o florilegio de santos, del siglo XIX. No es fácil encontrarle un nombre adecuado a nadie. El nombre prefigura y condiciona a menudo la vida futura de quien ha de llevarlo hasta la muerte.  Pelagia, Peregrina, Perfecta, Perla, Perseveranda, Petronila, Petronia... Ojalá no nos pareciera cursi llamarla Perla. Hasta hace cien años estos nombres circulaban aún. Paradójicamente el triunfo de la diversidad ha uniformado los nombres, y casi todos hemos acabando llamándonos no sólo de la misma manera, sino sabiendo a lo mismo, a yogur.

Por suerte, y al menos en el campo, la tradición de ponerle nombres adecuados a los animales, no se ha perdido. Qué bien titula sus toros, vacas, caballos, burros y perros la gente del agro. Qué nombres tan “altos, sonoros y significativos”: Formal, Delirio, Pinta, Roldán... Hace unas semanas visitamos en Azadinos, un pueblo de León, la perrera de un hombre, Mario Alonso, que ama los mastines, en compañía de su amigo, Félix García, que ama los carea. Los mastines guardan el ganado, y los carea lo conducen. El mastín es un perro grande y tranquilo, que parece estar siempre soñando, y el carea es un perro menudo e inquieto, que siempre está cogitando, que diría Ortega. Del mastín  se dice que es el perro más leal. Del carea, el más inteligente. Mario, grande y tranquilo, tiene algo de sus mastines, o al revés; Félix, enjuto, mucho de sus careas, o ellos de él. 

Siguen en León los mastines llamándose como en tiempos de Rui Pérez de Viedma, el leonés cautivo que sale en el Quijote:  Moro, Turco, Sultán, Bizarro, Duende... Y hablando de estos caímos en lo oportuno que sería que algunos de los perros de este 2016 que empieza, el del cuarto centenario de la muerte de Cervantes, llevaran los que aparecen en sus obras, empezando por Cipión, Berganza y Montiel, los de El coloquio de los perros, o Gavilán, el de La Galatea, o Butrón y Barcino, que iban a llevar Sancho y don Quijote a la Arcadia pastoril. 2016... Qué nos deparará este año. Lo hemos empezado hablando de perros, acaso porque ellos sean más hospitalarios, acaso porque su fondo animal sea el nuestro. “Un pobre perro callejero” dijo Azorín que hubiera querido ser, de no ser hombre.
Ay, niña, quién fuera viejo mastín por guardar del lobo todos tus sueños.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de enero de 2016]