17 avril 2016

Breves variaciones sobre Cervantes

1,
Las Cervantas

Así se llama en una información judicial a las mujeres que viven con Cervantes en Valladolid,1605: las cervantas. Incluye a sus hermanas, Andrea y Magdalena, su sobrina Constanza, su hija Isabel. Incluso su esposa, Cataliza de Salazar, que ha vuelto a vivir con Cervantes después de una separación de años, queda incluida en ese mote vejatorio. ¿De donde procede ese calificativo, qué se quiere insinuar con él? Al propio Cervantes se le moteja de ciervo en algún soneto que ha empezado a circular por entonces, es decir, de cornudo. No tienen, pues, buena fama esas mujeres que han tenido que vivir de las más o menos nutridas indemnizaciones de los hombres que prometieron casarse con ellas e incumplieron su palabra. No son desde luego tampoco buenos tiempos para las mujeres que quieren vivir emancipadas. Cervantes siente, no obstante, simpatía por ellas, principalmente por aquellas que no se arredran ante esos ultrajes que jueces, nobles y clérigos no siempre amparan. En labios de la hermosa Marcela, uno de los personajes más fascinantes del Quijote, oímos un grito que sólo tres siglos después sería habitual en las calles de Londres, entre las sufragistas: “Yo nací libre”. Marcela además es una mujer que prefiere la soledad a tener que aceptar a la fuerza el matrimonio: “Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos”, dice, y nadie podría decirlo mejor hoy mismo.

2,

"Yo nací libre"

No hay obra de Cervantes donde no aparezca una gran mujer. Es celebérrimo en tal sentido el personaje de Marcela (en el Quijote), acaso la primera heroína feminista de la literatura. Si don Quijote había declarado “yo soy quien soy” (lo más difícil de saber en esta vida), Marcela, con su famosa frase, no le va a la zaga: “Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos”. Marcela, muchacha bellísima (en Cervantes casi todas lo son), cansada de los pretendientes que se la piden en matrimonio a su tío, ninguno de su gusto (pues no gusta ella tampoco del matrimonio), decide, vestida de pastora, llevar vida retirada cuidando de su rebaño. Los pretendientes encuentran injustificables sus desdenes, pues entienden que la mujer ha de doblegarse al fin y al cabo a un varón. Grisóstomo, uno de los desatinados que así piensa, llega incluso a quitarse la vida. El razonamiento de Marcela es, sin embargo, tan implacable como demoledor: Nadie puede imponer a nadie amar a quien no ama (“Te quiero por hermosa: me has de amar aunque sea feo”, dice ella con mucha gracia), y forzarle a vivir con quien no quiere es hacerle desgraciado. “El cielo hasta ahora no ha querido aún que yo ame por destino, y el pensar que tengo que amar por elección está de más”, dice Marcela, y nadie que quiera ser libre puede decirlo mejor.

3

El Quijote más allá de Cervantes

Hace tres semanas una alumna del instituto Blas Infante de Córdoba le preguntaba a uno en el curso de una charla sobre estos asuntos: ¿Con quién se identifica usted más, con don Quijote o con Sancho Panza? No es una pregunta fácil de responder, porque siéndonos personajes, ambos dos, sumamente simpáticos, con ninguno de ellos se identificaría nadie. Quien escogiera ser don Quijote, sabría a qué se expondría
 su señor de la melancol de la muertee y sabio que ha gobernado lasmo:
 entre todos.ptado la medalla de honor de: golpes, burlas, hambres, escarnios, sólo tolerables estando un poco loco y por una buena causa, traer un poco de cordura a este mundo. Claro que la cordura tampoco le libra a Sancho de golpes, burlas, hambres y escarnios, teniendo también él una causa noble para soportarlos: ganarse la vida.
Con quien uno de verdad se identifica leyendo el Quijote, le dije a aquella muchacha, es… con Cervantes, con su manera de ver las cosas y presentárnoslas.
El primero en plantear de un modo radical esta cuestión fue Unamuno, siempre tan radical: don Quijote fue una creación que excedió con mucho a su creador, casi nunca, decía él, a la altura de la misión que tenía don Quijote en esta vida: remover la conciencia de los hombres, y arrancarlos del deplorable sentido común, ese que está hecho sólo de lugares comunes. Y siguiendo su razonamiento llegó a afirmar lo que muchas gentes creen también: Cervantes, sin el Quijote, no habría pasado de ser un autor del montón, más o menos.
Estando uno de acuerdo con Unamuno en tantas cosas  de su apasionada Vida de don Quijote y Sancho, no podría estarlo en ese punto. En realidad creo que a Unamuno le sobraban un poco todos, don Quijote, Sancho, incluso Cervantes (“¿Qué me importa lo que Cervantes quiso o no poner allí y lo que realmente puso? Lo vivo es lo que yo allí descubro, pusiéralo o no Cervantes”, llega a decir). Lo que nos seduce del Quijote es precisamente la mirada compasiva de Cervantes, su humor, su finura, su amor por los planos oblicuos (aquel “di toda la verdad, pero sesgada” de que habló Emily Dickinson) y el respeto con que habla de la realidad, sin el menor resentimiento, él, a quien la vida dio tantos motivos para ser un resentido. Y claro, esa manera de decirnos que las cosas de esta vida no están resueltas jamás en el blanco o el negro, sino en los grises. Sin salirnos del Quijote: don Quijote puede acometer algunos actos de cuerdo (la defensa de Andrés, el muchacho al que azota su amo) sólo si está loco, y otros de loco (soltar a los galeotes) que deberían acometer los cuerdos, lo mismo que Sancho se hace el loco (sosteniendo que una albarda son jaeces), para beneficiarse de algo por las mismas razones por las que su amo quiere beneficiarse de una vacía llamándola yelmo sólo porque esta loco, por no hablar del momento en que un loco como don Quijote llega a ser sublime (en su discurso de la Edad dorada) y Sancho, entre sus insulanos, alguien que deja en pañales al gran Solón. Quiero decir, que si Cervantes hubiera escrito esta novela en el siglo XIX y hubiese sido francés, habría dicho: “Don Quichotte, c’est moi… et Sancho aussi”.

y 4

Una carta

Querido Javier: esta es la cita,
sin dudarlo: Q1, 18 (fue lo que citó el rey de ahora en su coronación, aunque no completa la cita, completa tiene mucha más miga, aplicada a la situación actual):

–Has de saber, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que pronto ha de serenar el tiempo y han de ­sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca.

Habla don Quijote, pero por boca de Cervantes.
Cito por mi traducción (has de saber, por sábete, y presto, por pronto, etc.)
Un abrazo
A.

    [Tres de estos textos se publicaron en El País (BabeliaEl País Moda) estos días atrás; el otro no sé dónde]

11 avril 2016

El gran aburrimiento

Acaba de publicarse en la revista El estado mental.
* * *

EL GRAN ABURRIMIENTO O LOS COMPASES DE ESPERA
Andrés Trapiello

DESPUÉS de todo, la civilización se debe a los vagos, a los desocupados. La civilización empezó              cuando sujetando un hombre a otro a la esclavitud, le obligó a trabajar para los dos, y libre él de tener que esforzarse por su parte para ganar el pan, pudo mirar a las estrellas y preguntarse: “¿Por qué darán así vueltas? ¿Por qué saldrán ahora por aquí y mañana por allá?”. Unamuno.

SI has empezado a leer esta página acaso sea porque no tienes nada mejor que hacer. Siempre tenemos algo mejor que hacer, si pudiéramos hacerlo. Eso no quiere decir que la estés leyendo por no tener nada mejor que hacer (aunque también se darán casos; resulta difícil comprender aquello que decía Baroja, “lo importante es pasar el rato”, porque está muy cerca de “lo más importante es perder el tiempo”). El verdadero aburrimiento es sólo un compás de espera. Casi todo lo que hacemos nace de un no hacer, todo lo valioso es el alumbramiento de un vacío, tal y como vemos que sucede con esas grandes nevadas que se hacen preceder de un silencio en verdad sobrenatural, como si llegaran tras un formidable bostezo de la naturaleza. La atención y la espera, este es el extraño origen de aquello que merece el nombre de humano, incluso el origen del “animal de fondo”.
No se entiende, o se entiende mal, pues, que el entretenimiento tal y como suele presentarse hoy día (el triunfo de la distracción y la impaciencia) esté, desde mi punto de vista, tan valorado. Precisamente porque vivimos en la sociedad del entretenimiento, al menos en esta parte del mundo que hemos dado en llamar civilizado, será difícil encontrar uno más aburrido que el nuestro. ¿Y no es lo que algunos entienden por “descontrol” (como la diversión en grado sumo) la negación de las normas, y, por tanto, de lo civilizado que hay en nosotros? De tal modo es así que algunos podemos percibir tal diversión, incluso en sus grados aparentemente más inocuos (pan, circo y fútbol), como lo más plebeyo, mientras tenemos el aburrimiento, “el gran aburrimiento”, como síntoma de refinamiento o como la conquista sin la cual no sería posible alcanzar nuestras aspiraciones. No es infrecuente que muchos se aburran cuando creen estar divirtiéndose ni que algunos pocos se diviertan con aquello con lo que la mayoría se aburre. Lo cual a menudo ofende a los primeros, como si la sociedad del ocio fuera al mismo tiempo la del resentimiento.

1,
No es sencillo ponerse de acuerdo en qué entendemos cuando hablamos de aburrimiento. En casi todas las lenguas existen varias palabras para expresarlo. Los esquimales cuentan al parecer con cuarentaiséis términos diferentes para decir “nieve” y los escoceses dieciocho para decir “lluvia”. Aburrimiento, tedio, hastío, desgana, cansancio, fastidio, abulia, acedía, apatía son algunas de las palabras que nosotros empleamos para definir un estado de ánimo que suele ser el de la melancolía, la acedía, la pesadumbre, la aflicción. Todas estas palabras, aquellas y estas, con su matiz propio, no siempre complementario o excluyente. A medida que las sociedades se han ido haciendo más complejas las palabras reflejan el estado emocional de las épocas. Tomemos el ejemplo del desesperado por antonomasia, Werther, el último neoclásico y el primer romántico: se suicida por hastío. Como consecuencia de ello aquel suicidio en la ficción fue imitado en la realidad en toda Europa por un buen número de werthers reales. En cambio Leopardi, en quien triunfó el romanticismo más delicado, habló siempre de noia, aburrimiento. También de uggia y de tedio. La modernidad obligó a Baudelaire a recurrir a una palabra inglesa que él universalizó: spleen, esplín. En inglés spleen es bazo, el órgano causante de las secreciones que anegan el espíritu en la melancolía y otros estados anímicos parecidos y de causa desconocida (principalmente la melancolía moderna). Entre hastío y spleen la palabra había hecho el mismo viaje que el individuo que dejaba atrás una sociedad rural para adentrarse en la ciudad moderna.
Cada época se ha planteado qué hacer con su aburrimiento. Desde los griegos. ¿No se aburrían troyanos y aqueos en las largas esperas entre combate y combate, unos junto a las naves, los otros tras las murallas de Ilión? En la Ilíada se nos dice que muchos de los males de los aqueos nacieron precisamente del aburrimiento de Agamenón. Sólo que el aburrimiento de Agamenón era como él, un aburrimiento pequeño, mezquino. En el gran aburrimiento de Aquiles, durante el tiempo que pasó solo en su tienda negándose a combatir, se gestaba la victoria sobre Troya.

2,
Se podría pensar que la civilización es la historia de una conquista: la de la felicidad, felicidad que se ha hecho depender hoy más que nunca de la palabra ocio. Ocio, opio. El ocio es el opio de los pueblos modernos, pero ¿soportaríamos este tiempo frenético sin una u otra clase de anestesia? Si al menos siguiéramos usando la palabra antigua recreo y recreación el mundo parecería menos inhóspito y sombrío. De “recreo” dice el Drae: “acción de recrearse”. El relato del Génesis cobra plenamente sentido: la creación del hombre a su imagen y semejanza, fue una recreación de Dios, algo que le sacó del aburrimiento que llevaba durando toda la eternidad. El Ser inmortal se aburría mortalmente. El aburrimiento es algo divino y para Leopardi no está al alcance de todos los humanos: “El aburrimiento es raramente conocido por los hombres de poco valer y casi nunca por los animales”. En otras palabras: el aburrimiento es prerrogativa únicamente de los mejores, una forma de aristocracia, como en Hamlet. Su célebre “ser o no ser, de eso se trata” es consecuencia del gran aburrimiento que lo tenía postrado tras la muerte de su padre.

3,
Cuántas páginas dedicó el pobre Leopardi al aburrimiento, a la noia. Quien haya viajado hasta Recanati y visitado el palacio donde pasó medio recluido los primeros veintitantos años de su vida, comprenderá bien el alcance de esa palabra. La vida de aquel joven en aquel pueblo (para nuestra perspectiva actual es precioso, orillado, tranquilo con sus caserones vetustos y placitas silenciosas, pero él no dejaba de considerarlo un “poblacho de mala muerte”), sin atreverse a salir de casa para evitar las burlas de sus paisanos, y condenado al estudio como única distracción, fue un amargo suplicio, pero le debemos, paradójicamente, los frutos más felices de la poesía romántica. Él mismo se refirió a esa paradoja: con frecuencia los escritos de los autores que más han sufrido, nos sirven de consuelo, sucediendo que el hastío que los hizo desdichados a ellos, nos proporciona una verdadera distracción a nosotros. “La noia è in qualche modo il più sublime dei sentimenti umani”, leemos en sus Pensieri. El aburrimiento es de alguna manera el más sublime de los sentimientos. Lo siente así, consciente de que alguien como él, contrahecho y enfermo desde niño, no puede aspirar acaso a nada más que al aburrimiento, donde confina la sociedad a aquellos a quienes considera torvamente seres superiores. “Jamás llegué a imaginar que enterraría mis años mozos en mi pueblo natal, entre una gente grosera y vil, que ve sólo nombres raros y aun motivo de risa y de jolgorio en saber y estudiar, y que me odia y evita no por envidia, ya que no me tiene por superior, sino porque está segura de que me tengo por tal, aunque de esto a nadie di jamás la menor muestra”, nos dice Leopardi en “Los recuerdos”, uno de sus poemas más hermosos.
Y con ello señala algo que suele acompañar al aburrimiento, a saber: el desprecio (y la irritación e incomprensión sañuda) de aquellos, incapaces de aburrirse, por aquellos otros que transforman su aburrimiento en grandes obras.

4,
Hay, desde luego, un aburrimiento productivo y otro estéril.
Refiriéndose a este, sacamos de las inagotables bodegas del Libro de los pasajes benjaminianos este fragmento: “Émile Tardieu editó en París, en el año 1903, un libro sobre el tema de L’ennui [El aburrimiento], en el cual pretendía demostrar que la acción humana en su conjunto no es sino el intento, siempre inútil, de escapar al aburrimiento, mientras que al tiempo todo lo que fue, todo lo que es y será, nunca consigue sino alimentar inagotablemente dicho tedio. Uno creería, al escucharlo, encontrarse en presencia de un potente monumento literario, como un monumento aere perennius erigido en honor del taedium vitae de los viejos romanos. Mas con ello hemos dado de repente, bien al contrario de lo que suponíamos, como ciencia mezquina y arrogante de un nuevo Monsieur Homais, que convierte todo cuanto es grande, desde el valor de los héroes a la ascesis propia de los santos, en prueba irrefutable del acierto de su soso y cerrado malestar de pequeño burgués incorregible”.
Benjamin (quien estudió como ninguno la vida pequeñoburguesa en relación de los pasajes parisinos y su comercio, en general, y en particular el tedio, spleen, como motor del flâneur que buscaría en los pasajes el remedio de la angustia que padece el que habita la ciudad, en cuyas multitudes se sumerge con una vaga esperanza), sugiere que a la calidad de la acedía, se la conoce por sus frutos, heroicos o santos, en un caso, o mezquinos en otros. Dicho en otras palabras: a grandes tedios, a grandes aburrimientos y malestares, grandes obras; las obras mezquinas son fruto únicamente de un aburrimiento sin grandeza. Así parece señalarlo también el propio Benjamin en otro de los pasajes de sus Pasajes: “Nos aburrimos cuando no sabemos qué será lo que estamos esperando (…) El tedio es el umbral de grandes hechos”.

5,
Cuando decimos “un aburrimiento mortal” no estamos sino aludiendo a un irse sin retorno. El aburrimiento no salvífico acabará siendo la antesala de la muerte, se nos recuerda una y otra vez (y no hay moralista que haya dejado de hablarnos de ello, desde Joubert o Lichtenberg: “El hastío ha causado más víctimas que la voluptuosidad, más borrachos que la sed y más suicidios que la desesperación”, resumirá por todos ellos la Rochefoucauld), principalmente aquel aburrimiento inicuo derivado de la civilización (los pasajes del París romántico o de Milán o incluso de Madrid –hubo aquí dos o tres– fueron expresión suma de una modernidad cristalizada en la decantación por antonomasia que es una ciudad), de modo que cuanto más civilizados, más ociosos, y cuanto más ociosos más expuestos al tedio y a la barbarie, demostrando que la lógica del aburrimiento es tan aplastante como diabólica. Al final no parece haber escapatoria.
La gente tiende a considerar el aburrimiento como el fracaso del ocio, de cierto ocio, cuando en realidad es sólo consecuencia de ese espacio reservado a la diversión. Hemos venido a divertirnos, no lo logramos, y nos aburrimos doblemente. Por tanto, excluye el aburrimiento mezquino la mayor parte de las cosas llamadas a hacerse en “el gran aburrimiento” (en el mismo sentido que hablaba Nietzsche de “la gran salud”: la acedía, o mal del bazo, vendría a ser principio de “la gran salud”. La noia leopardiana lo salva a él, nos salva a nosotros). Pues el gran aburrimiento, el aburrimiento productivo no aspira a acabarse en diversión, en deserción de la realidad, sino a cumplirse en obra, en realidad más plena, transformando el tedio en melancolía.

6,
Los testimonios de quienes aseguraron que sus grandes obras o descubrimientos o inspiraciones procedieron de estados de aburrimiento o periodos marcados de tedio son muy abundantes. En el terreno de las ciencias el de Newton es el más conocido. Sin su sesteo bajo un manzano, las famosas leyes habrían tenido que esperar unos años. En el de las letras acaso ninguno lo exprese mejor que el muy justamente célebre, aunque olvidado, Viaje alrededor de mi cuarto, 1794, de Xavier de Maistre. Un hombre, obligado a permanecer unas cuantas semanas recluido en una habitación, da en viajar con la imaginación por toda su vida, partiendo de los grabados y muebles que le rodean. No hay lugar, por alejado que esté, ni hecho, por hundido que yazca en el tiempo remoto, al que él no pueda llegar. La experiencia de Maistre se repetirá una y mil veces en algunos condenados a prisión. En 1938 un hombre espera su muerte en un barco prisión de Barcelona. Un golpe de suerte le mantiene con vida, y aquel hombre, Sánchez Mazas, podrá escribir un año después en un cuaderno (todavía inédito): “Tu cárcel era perfecta porque además estabas condenado a muerte, y la muerte era la única que a la puerta te esperaba, era tu única preocupación, la única que te reclamaba. Figúrate la infinita libertad de un hombre, cuya única preocupación es ya la muerte. Pues es el ser más libre y despreocupado que exista, porque ha reducido ya al último mínimo posible la posible preocupación humana: morir o no morir”. Donde otros sin duda se hubieran desesperado, Maistre, Sánchez Mazas y tantos más conocen el alcance de la verdadera libertad que se les hurtó cuando estaban libres.

7
Como es sabido, no hay mayores aburrimientos ni más gratos de recordar que los de la niñez. Al niño los minutos se le hacen horas, las horas siglos. Recuerdo que los aburrimientos propios y de mis hermanos (vengo de una familia numerosa de nueve, casi todos seguidos, con diferencias de un año), se alternaban o se sumaban unos a otros, para desesperación de nuestra madre, que se veía incapaz de disipar tan siquiera unos pocos. Si al hacer alguno de nosotros una pequeña pifia, echaba mano de una muletilla (“cuando el diablo no tiene que hacer”, nos decía resignada, “con el rabo espanta moscas”), al ir alguno a ella con un “me aburro” (como quien presenta una reclamación en la ventanilla del sindicato del espectáculo), recurría a otra: “Ni pobre ni rico, sólo se aburre el borrico”. Aquella era, qué duda cabe, una invitación a hacer algo de provecho “con” nuestro aburrimiento, y señalaba de paso que el talento para sacar algo valioso del aburrimiento, como el bosquimano fuego de unos yerbajos secos y un palito, no era prerrogativa de ricos, sino de los inteligentes, “porque, al fin, trabajar es mucho menos aburrido que tener que divertirse”, tal y como decía Baudelaire en Mi corazón al desnudo.
Acaso por mi propio temperamento he visto que no ha sido uno otra cosa que un aprendiz de aburrimientos a lo largo de mi vida. No sólo porque el tedio sea ese soñar despierto al que también se refiere Benjamin, y en el que tienen cabida toda clase de deseos, sino porque finalmente ese vacío da origen a deseos inesperados que son la tregua de nuestra melancolía.
Porque, paradójicamente, la desesperación no procede nunca de quien cultiva su aburrimiento y sobrelleva su taedium vitae (dioses o santos) en una permanente espera (como quien no aparta la mirada de la semilla que ha de germinar o de esas hierbas secas junto a las que frica el palo sobre la tabla), sino de aquel que para acabar con su aburrimiento ha decidido divertirse, de divertere, que etimológicamente es huir, fugarse, correr hacia todas las partes al mismo tiempo. Y tal huida a todas partes es a un tiempo hacia ninguna. Por esa razón no se verá mayor desesperación que la de aquel que cree estar divirtiéndose, y no ya por lo que decía también Leopardi (“con el tiempo, todas las cosas llegan a causar aburrimiento, incluso los mayores deleites”), sino porque ninguna de esas diversiones van dirigidas a sí, tal y como sucede con los grandes ensimismamientos, origen de las meditaciones más fecundas.

 y 8
Que la sociedad del espectáculo sea al mismo tiempo la sociedad del aburrimiento lo declara la cada vez mayor ineficacia de los remedios que esa sociedad industria para acabar con la única fuente de verdadera dicha de que disponen los hombres afortunados: su aburrimiento.
Ninguna felicidad podrá igualar hoy en mi memoria aquella hora, entonces en verdad odiosa, en la que, durante los abrasadores veranos de la niñez, se nos condenaba a hermanos y ocasionalmente primos a dormir la siesta. Arracimados en diferentes camas y en una habitación en penumbra, raramente dormíamos. Sólo el vuelo de una mosca podía distraernos momentáneamente de la verdadera ocupación de aquel bendito aburrimiento: el pensar en todo aquello que haríamos en cuanto recobráramos la libertad, y aquella voluptuosidad no era comparable a ninguna otra, de modo que si sucedía, como a veces sucedía, que acabáramos durmiéndonos, al despertar le seguía un grandísimo desconcierto y pesar, no tanto porque entrábamos de nuevo en la realidad por una puerta extraña y medio dormidos aún, sino porque lo hacíamos desprovistos de todas las armas que normalmente nos proporcionaba nuestro aburrimiento durante la vigilia.
Aquella sensación no ha desaparecido aún. Sigue pensando uno que esta vida es una sucesión de compases de espera, resueltos algunos en tal o cual acorde o sucesión breve de notas. Otros acaso, dentro de muchos años, cuando ya no estemos aquí para oírla, podrán conocer nuestra verdadera melodía completa, cantarnos como balada, y hacer de nosotros música al fin.


10 avril 2016

El paraíso errante

VEMOS cada mañana en el periódico y a lo largo del día en la televisión escenas de refugiados, cientos, miles, columnas interminables en las que alguien camina detrás de alguien que a su vez sigue los pasos de otro, sin que nadie sepa bien adónde se dirige, a qué alambrada llegará, de dónde le expulsarán, envueltos todos ellos en plásticos, con las ropas mojadas tras haber vadeado un arroyo de aguas heladas, arrastrando unos  escuálidos hatillos, o ni siquiera, con las manos vacías y la mirada perdida, y siempre por caminos llenos de barro y lodo, o por el arcén de unas carreteras por las que pasan de largo camiones y coches, estos sí con un destino seguro, acogedor, hospitalario... 

Un día y otro contemplamos esas imágenes sin pronunciar palabra, sobrecogidos, avergonzados, impotentes. Son cada día las mismas, pero son distintas, todas esas gentes son diferentes, en cada persona hay una tragedia propia, intrasferible: a cada una de ellas le han desposeído de todo, de casa (en una calle concreta de una ciudad o pueblo también concretos), de  una patria (de la que acaso se sentía orgulloso), de familiares y amigos (a los que tal vez no vuelva a ver  jamás)... Así que sólo acertamos a decir, un día y otro, bajo el peso de esta certeza: Ese podría ser yo, tú, nosotros...

Por si fuese poco en muchos de los lugares a los que llegan se les acosa, persigue y humilla, haciéndoles saber que no son bienvenidos... Ah la vieja, civilizada y calefactada Europa. Esto es lo que vemos a diario, el desgarro en el que viven esas gentes extenuadas que no sabemos de dónde sacan fuerzas para recorrer un kilómetro más y no dejarse morir allí mismo. Es todo lo que hemos de saber: eso que vemos. Y en medio de esas escenas que forman parte también de la historia universal de la infamia, no se sabe cómo, como el cuco que canta en el campo de batalla, los niños. Nos los muestran a menudo jugando entre sí, correteando, ajenos al infierno que viaja con ellos, como si nada de cuanto les rodea pudiera impedir el torrente de su alegría. ¿No tienen acaso frío y hambre? ¿No están sucios y calados hasta los huesos? ¿No han roto sus familias? Por supuesto que sí. Pero ellos son el paraíso errante, los que sobrevivirán para pedirnos cuentas el día que adviertan que entre todos acabamos con su infancia.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia, 10 de abril de 2016]

4 avril 2016

La primavera, por ejemplo

CADA año me digo: no te olvides de escribir un artículo sobre la primavera, pero a veces se le va a uno el santo al cielo y cuando me acuerdo andamos metidos de lleno en el verano, y la primavera queda atrás, sepultada por la actualidad.

Está uno leyendo estos días el libro de Lorenzo Gomis La primavera no es noticia, recopilación de artículos, algunos espléndidos, aparecidos en La Vanguardia entre 1987 y 2005. Un título como ese, toda una declaración de principios, devuelve el periodismo a una tierra de nadie, es decir, de todos. “Para todos, para ninguno”, aseguraba Nietzsche escribir su filosofía. Lo que no se deje leer mañana, no vale la pena escribirlo hoy, y eso sirve tanto para la Ilíada como para una gacetilla de sucesos. Los artículos de Larra, Unamuno, Ortega, Azorín, Chaves Nogales, Gaziel, d’Ors, Pla, Cunqueiro se leyeron mucho en su tiempo y si no se leen ahora más es porque la gente anda distraída con otras cosas. ¿Se publican en los periódicos del día artículos parecidos a los de estos autores, ya clásicos? Por supuesto: ahí están los de Gomis, publicados como quien dice ayer mismo. Sólo hay que abrir el periódico por la página adecuada.

La primavera no es noticia. La de este año ha venido de golpe. Casi siempre lo hace, cuando queremos advertirlo la tenemos metida en casa. “La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido”, dijo Machado (probando de paso que se puede hacer gran poesía, es decir, gran verdad, con un ripio). No hay primavera, por otro lado, que no sea “la gran deseada”. Esta, tras las últimas sediciones del invierno, inclementes y rigurosas, más aún que otros años. Todos los castaños de Indias se han llenado de brotes verdes, y todos los brotes de un trino jovial de carboneros, pardales, colorines. Los mendigos de la Plaza de las Salesas, la de mi barrio, se han despojado de sus abrigos y, sentados en un banco, toman el sol en la cara cerrando los párpados. A todos, con los años, se nos va poniendo cara de mendigos y vagabundos. Yo me siento a su lado, y compartimos el sol, sin disputarlo. Y advierto que el principio de la felicidad es exactamente este: ni tuyo ni mío. Claro que para ello hay que no tener ni ambicionar nada. Todo lo que se nos da entonces es un gran don inmerecido; la primavera, por ejemplo.

    [Publicado en el Magazine de La Vamguardia el 3 de abril de 2016]