1 août 2016

¿Era a mí?

VEO que ASRobayna, pudiendo habérselo ahorrado, publica en libro ahora lo que publicó en 2004 como adelanto en Abc. A la semana siguiente yo le repliqué, también en Abc, con esto. Estoy seguro de que el propio ASR no me perdonaría que no lo reprodujera tantas veces cuantas lo exhuma él. Bendita técnica.

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¿ERA A MÍ?

Durante muchos años la poesía de Andrés Sánchez Robayna fue la mínima expresión de una nada: “la tromba de / lapilli la / luz la / mina / (sábanas / sopladas) / nada / esta espuma:”. 
Esa tontera le duró casi veinte años. Lo que la moda. Hace unos meses ha vuelto a publicar un nuevo libro de versos. Alrededor de esa nueva publicación, este S. R. ha venido orquestando su promoción, que empezó en la solapa del libro y en algunos periódicos. En la solapa, redactada inequívocamente por él, asegura que llega “a zonas de conocimiento y de auscultación de la realidad que rebasan el plano autobiográfico y que acaban de trascenderlo, tanto a través del examen de la historia como de la indagación “filosófica” en los problemas de la percepción y de la imaginación. A través de diversas claves místicas, herméticas y filosóficas (...) propone a la poesía hispánica de hoy un novedoso y ambicioso modo de afrontar la tradición intelectual y creadora que constituye la cultura de Occidente”. En la prensa, con la misma modestia, aunque sin tanta pedante y vacua pseudometafísica, ha venido tachando a parte de la poesía hispánica de casposa y provinciana. Porque a este, al igual que a otros secuaces de la poesía mística actual, sólo se les entiende, paradójicamente, cuando desprecian o insultan.
Hoy mismo, 23 de marzo, acaba de publicar en el ABC Cultural unas páginas de su diario, e insiste sobre la vieja idea: “La mayor parte de la poesía española actual me parece una involuntaria parodia de poetas menores”.  
No sé lo que S. R. entiende por poesía española ni por poetas menores. Él mismo ha sido el editor de algunos de éstos, Torón o Quesada, y en la poesía española hay hoy como pocos ochenta o noventa poetas que son “mayores” que él. Así que lo propio es irse a su último libro y tratar de entender a qué se refería. Llama la atención, en primer lugar, el tono. El cambio ha sido, en efecto, copernicano, porque ha salido en esta ocasión tiñéndose de Juan Ramón Jiménez, moda que quieren hacer de ahora, como se tiñó en su día de Wallace Stevens, moda de ayer, e imitando el tono de cierta poesía de la experiencia que en otros le parece paródica: “Poco a poco llegaban las noticias”, nos dice en un prosaico poema sobre mayo del 68, “del mes en que en París, los estudiantes / y los obreros se precipitaron / a las calles, tomaron la ciudad / y con airados lemas y proclamas / afirmaron a un tiempo queja y júbilo / nuevo mundo amoroso, alegre alianza / de rebeldía, de pasión, de fe”. El final, que ahorro, es de violines. Puede alguien escribir lo que quiera, pero sería una desdicha que se creyera con derecho a sentarse a la vera de Homero ni a juzgar a nadie, cuando en realidad con ese viático tendría mucha suerte si le dejan quedarse junto al “Poema de la bestia y el ángel” de Pemán, a lo que se parece eso.
Después de la andanada contra la poesía española, S. R., también en clave mística (pellizco de monja lo llamaría yo), y sin venir a cuento, incluía el siguiente fragmento: “Un escribidor español de mi edad ­–un trapacero de las tradiciones– ha publicado hasta la fecha de hoy, según parece, la insólita y respetable cifra de cincuenta y seis títulos. Ya lleva tres en lo que va de año. Ante tamaña incontinencia sólo cabe tratar de imaginar lo que ha de ser, sin duda, su divisa: «Escribe, que algo queda»”.
No hay que averiguar mucho para conocer la catadura moral de alguien, sino verle manipular el apellido de otro, como un cabo chusquero, y he repetido a menudo, desde el parvulario hasta hoy mismo, que siempre habían sido los más tontos y deficientes los que me sobaban el mío, de manera que trapillo, trapacero, trapero, trapisonda o trapichero son palabras que me resbalan como las jabonaduras cada vez que me las ha arrimado alguien con el ánimo de afrentarme, y más desde que supe que Juan Ramón se apellidaba Mantecón, Cernuda, Bidón, Machado, Machado, y Unamuno, Jugo. 
Por cierto que Unamuno, en un primitivo artículo suyo de 1892, “La evolución de los apellidos”, recordaba, a propósito de Goethe, una anécdota que éste incluye en Poesía y verdad, recordando la broma que Herder había hecho del apellido de Goethe, y dice éste: “No era muy delicado el permitirse burlas con mi apellido; pues el nombre de una persona no es algo como un manto, que cuelga simplemente de él y al que se puede deshilachar y rasgar, sino que es vestido perfectamente ajustado, y aun como la misma piel que ha crecido en nosotros, a la que no se nos puede añadir ni desollar sin causarnos daño”.
Luego está esa tontería de hacer depender la calidad de la cantidad de libros publicados. Yo no sabía que hubiera escrito tantos [y son libros, no títulos, ASR.; títulos he escrito muchísimos más, y los guardo en una libreta, y algunos los voy regalando a otros, como él sabe]. No los he contado nunca ni los voy a contar ahora, pero S. R. sí , aunque tampoco sabe sumar o la envidia le ciega o la malicia le hace andar ligero, porque le sobran lo menos veinte. No obstante cuando alguien dice de otro que escribe mucho, es porque no puede decir nada peor, así que me quedo tan tranquilo en alegre compadreo con Galdós, Gómez de la Serna, Baroja, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Unamuno y con todos aquellos a quienes los estreñiditos escrutan con el pancreas.  Aunque lo patético viene ahora: S. R. ni siquiera cuando quiere insultar tiene talento, lo cual para alguien que se pasa el día insultando ha de ser una gran desgracia: mi lema y el de todo escritor, desde Lope de Vega y Quevedo a Cervantes, es, que yo sepa, precisamente ése, amigo S. R.: “Escribe, que algo quede”.  Por ejemplo, de san Juan de la Cruz, quedar, lo que se dice quedar, no ha quedado ni un cinco por ciento de todo lo que escribió, aunque sea ese cinco por ciento tanto como la mitad de toda la literatura española. Claro que siempre tendremos cerca un botarate que piensa que de lo suyo va a quedar absolutamente todo porque es breve, caso que me apresuro a aclarar no es el de S. R., cuya obra, no escasa precisamente, vale ya por toda la del obispo Tostado.
La experiencia le va diciendo a uno que muchas de estas polémicas hay que dejarlas pasar, y lo hubiera hecho de no andar por medio Las tradiciones. Cuando elegí ese título hace veinte años para el segundo de mis libros y, luego, para el conjunto de mi poesía, eran muy pocos aquí los que pensaban en las nuestras propias. En ellas hay grandes escritores como los citados y otros, claro, secundarios. Por las cosas que estoy viendo, creo que S. R. querría  ver a todo el mundo enredado con parcelados poetas menores, mientras él se dedica a Occidente y los latifundios, incluido nuestro J. R. J., si esa es la moda. En el momento de publicarse una antología de los poetas de los cincuenta, hecha por Hortelano, en la que figuraban entre otros Claudio Rodríguez, Gil de Biedma y Brines, Valente le confesó a éste que no había en ella más que “poeta y medio”. Seguramente al decir “poeta y medio” pensaba sólo en sí mismo. A S. R., que no llega ni a medio poeta, parece sobrarle también, por lo que se ve, “la mayor parte de la poesía española actual”. 
S. R. es catedrático, o le anda muy cerca, y debe de creer que los escalafones y las jerarquías son cosas importantes y “objetivas”, como pensadas por catedráticos, pero si hubiera leído a J. R. J., a quien muchos leemos, amamos y admiramos desde mucho antes de la moda, sabría que éste encontró gran poesía incluso en el localista Vicente Medina. ¿Qué es eso de menor, de mayor? No, la poesía, unas veces mayor y otras menor, nos ayuda a entender nuestros enigmas, si se tienen, y cada cual ha de decir lo suyo, y sabiéndolo decir rectamente, sin afeites ni teñidos, habrá dicho mucho, corto o largo. Corto y cierro.

El arca de Noe

¿HA sido una coincidencia que  Gran Bretaña, patria de Darwin, vaya a dejar la Unión Europea al mismo tiempo que en Williamstown, Kentucky, esté ya lista una réplica del arca de Noé, costeada por Ken Ham, apologeta de las doctrinas creacionistas que niegan cualquier teoría que excluya la mano directa de Dios en la creación del mundo y la evolución de las especies? Dicho con menos palabras: ¿se avecina un nuevo diluvio universal? “La crisis de la política es universal, tenemos que replantearnos todo”, dijo Michelle Bachelet, presidenta de Chile,  a propósito del Brexit, y Juan Carlos Monedero, el Noé del lenismo español, trató por su parte de calmar las aguas siete días después de haber perdido más de un millón de votos: “Pablo Iglesias será el próximo presidente de gobierno”. Que en medio de todo el señor Ham haya querido tener lista el arca es bastante razonable, aunque de poco nos servirá a quienes no tengamos un acreditado pasado de buenos cristianos, porque el señor Ham será muy estricto. O sea, lo de siempre: “Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”.

¿Y sabemos como es el arca de Kentucky? La mayor construcción naval en madera de todos los tiempos,  un estadio y medio de fútbol de larga y alta como una casa de siete pisos. Con ser tan grande la barca y con ser tan firme la fe de su armador en demostrar que la Biblia es el único texto histórico fiable, parece que no ha sido posible meter en ella todas las especies vivas y han tenido que contentarse con treinta parejas disecadas. La razón de ello es que necesitaban muchos más cuartos de baño que jaulas, habida cuenta de que esperan un millón y medio de visitantes al año. 

Si es verdad eso que dicen (Dios aprieta, pero no ahoga) las probabilidades de que acabe uno yendo un día a Williamstown son parecidas a que se cumpla la profecía de Monedero. Lo más llamativo de todo el asunto ese del Arca es, sin embargo, esto: en caso de un diluvio, nadie garantiza que pudiera navegar. Más o menos como lo de Iglesias. Al contrario, es seguro que ni siquiera flotara. Un referéndum ha cortado las estachas que mantenían a Gran Bretaña unida con Europa, y empieza a alejarse a la deriva. Mientras, Ken Ham grita desde Kentucky: ¡Primero las mujeres y los niños!

        [Publicado el 31 de julio de 2016 en el Magazine de La Vanguardia]

26 juillet 2016

Del Comisionado de la Memoria histórica de Madrid

TRAS dar a conocer la semana pasada el resultado de sus primeras sesiones de trabajo [a propósito del cambio de nombre de las calles franquistas de la ciudad y la revisión de otros símbolos y monumentos relacionados con la guerra civil y la dictadura],  el conocido como Comisionado de la Memoira histórica de Madrid ha publicado hoy en El País este escrito que querría contribuir al deseado equilibro entre la justicia (sin la cual no es posible la paz) y el olvido (sin el cual no es posible la vida).

Suyo afectísimo Benito Pérez Galdós

Lo dicen los autores de esta magna obra [BPG. Correspondencia], Alan E. Smith, María Ángeles Rodríguez Sánchez y Laurie Lomask: no es fácil reunir todas las cartas de un escritor, tampoco las de Galdós. Se hace en este tomo por primera vez: más de mil. Comparadas con las que escribió Unamuno, cincuenta mil, no son muchas, pero sí llenas de interés en persona tan gris y desdibujada como Galdós.
Las ha ido uno leyendo con atención, poco a poco, intrigado casi siempre. ¿Cómo era Galdós? Ninguna biografía de las que le han hecho, incluida la de don Pedro Ortiz Armengol, da con la persona. El personaje está más o menos esbozado, pero la persona no. ¿Tienen valor, pues, estas cartas? Más que ningún otro testimonio directo suyo. Él publicó, ya viejo, en la revista La Esfera, unas memorias a las que llamó precisamente Memorias de un desmemoriado, bastante decepcionantes: no cuenta casi nada personal en ellas. Se ve que él se intrigaba poco. Se lo dice a Clarín, cuando este le pide datos biográficos para un estudio que escribe sobre el novelista canario: “Me parece a mí que los escritores, valgan lo que valieren, deben poner entre su persona y el vulgo o público como una pequeña muralla de la China, honesta y respetuosa. Le aseguro a V. que siempre he tenido una repugnancia instintiva a la familiaridad (como no sea con una mujer guapa). Las confianzas con el público me revientan. No me puedo convencer de que le importe a nadie que yo prefiera la sopa de arroz a la de fideos…”. Dejando de lado las que le escribió a su amigo José María Pereda y a Clarín (estupendas), las mejores se las escribió a sus mujeres. Le interesaban mucho. Galdós, un solterón vocacional, fue también monógamo (más o menos). Conocía a las mujeres muy bien y de su pluma salieron algunos de los grandes retratos femeninos de la literatura española, y en todos los registros, de doña Perfecta a Fortunata, de Isidora la Desheredada a Tristana. Y por tal razón son precisamente las cartas a sus amantes, casi la mitad de este epistolario, lo más llamativo de él: faltan, claro, las que le escribió a la Pardo Bazán, pero están las de Lorenza Cobián, madre de la única hija que tuvo, las de Concha Morell, las de Teodosia Gandarias y las de Conchita Catalá. En todas observamos algo parecido: reserva, secretismo y generosidad (en realidad Galdós las mantuvo a todas ellas como mantuvieron a Fortunata algunos de sus protectores).
¿Y cómo son esas mujeres, hay un rasgo común en ellas? Sí, las quiere más que sumisas, discretas, cariñosas y ordenadas. A casi todas las exige silencio cuando no romper esas mismas cartas que les escribe. Y si empiezan a pedir cotufas en el golfo (lo que él no puede o quiere dar: matrimonio o, en su defecto, entronizaciones oficiosas), Galdós se impacienta, y aunque jamás pierde los nervios, acaba distanciándose de ellas y buscando el amor en otro “nidito”.
Por lo demás confirman el célebre aforismo pessoano: todas las cartas de amor son ridículas, pero más ridículo es quien no ha escrito cartas de amor.
¿Y se transparenta aquí Galdós? Desde luego. “Más que Homero o Dante me gusta acercarme a un grupo de amigos, oír lo que dicen, o hablar con una mujer o presenciar una disputa, o meterme en una casa de pueblo, o ver herrar a un caballo, oír los pregones de la calles…”, le dirá a Clarín, éste sí un literato. Y pese a lo discreto de las cartas, Galdós confirma en ellas la regla: nadie que no sea una gran persona, como él, puede escribir una obra en verdad grande y llena de vida. Sí, por estas cartas se ve que don Benito hizo honor a un nombre que parece puesto por él mismo. (Lo de la mala uva y el arte tiene mucho más prestigio, desde luego, pero es otra cosa. Ahí está, para confirmarlo, Valle Inclán, que profirió contra Galdós el insulto más injusto, gratuito y dañino, ejemplo una vez más de que lo que menos soporta un quevedesco es a un cervantino).
Darían estas cartas para escribir mucho sobre la naturaleza humana, el siglo XIX y los españoles. Pero bástenos para cerrar esta reseña esas palabras con las que Galdós se despide de una de sus amantes, un día en que estaba de especial buen humor… Porque se me olvidaba decir: Galdós tiene gracia por arrobas: ““Tuyo hasta la j[odía]… muerte”, le dijo a ella, y nos dice a todos cien años después.

    [Publicado en El País, Babelia, el 16 de julio de 2016]



24 juillet 2016

Las emociones fuertes

INCLUSO nuestros actos más irracionales obedecen a causas más o menos reconocibles. ¿Puede darse una explicación a las palabras de Putin? Aunque parecía únicamente un comentario exhibicionista (sólo doscientos de “sus” muchachos habían apaleado en una batalla campal a más de mil hinchas ingleses), iba encaminado sin duda a enardecer a todo “su” pueblo, preparándole acaso para batallas y guerras en verdad decisivas. Unos días después Gran Bretaña, en referéndum, decidía si quería permanecer o irse de la Unión Europea. Las semanas previas  a la consulta pudo olerse en todo el planeta el tufo de la adrenalina. A las pocas horas de conocerse el resultado la decepción llevó  a tres millones de británicos a pedir que se repitiera la consulta: el juego de la ruleta rusa es siempre decepcionante, sobre todo para el que pierde. No obstante los líderes populistas de medio mundo, de Trump a Le Pen, celebraron con alborozo el resultado, decididos a acabar con conquistas  y derechos que le costaron a la Humanidad “hierro, sudor y sangre”. Francia, sin ir más lejos, es lo que es gracias a los emigrados que buscaron en ella una patria ilustrada. Se ha sabido que la mayor parte de los partidarios del Brexit son gentes de instrucción nula o escasa. 

¿Y en España? Desde hace tiempo una parte de la población parece reclamar también sus emociones fuertes y hacer saltar por los aires el sistema, antes de comprobar si tiene arreglo. Cuarenta años “sin que pase nada” les parece una eternidad. Hemos llegado incluso a oír en tono jactancioso que “el pueblo tiene derecho a equivocarse”. No diría uno nunca que el yerro, la estupidez o la mentira fuesen un derecho, y se exhibe la ignorancia que trata de imponerse a los demás  (en referéndum, naturalmente). Se diría que a falta de guerras y revoluciones, sienten algunos nostalgia de emociones fuertes y espectáculos “grandiosos”. La vida como ficción.  Así la vivieron esos hinchas rusos aleccionados por su comandante en jefe. Así la vivió Alemania en 1933 (hasta 1945; y ¡en trece años, cuántos tristes récords!). Y así pretenden algunos que vivamos la nuestra, aquí y hoy, en Francia, en Grecia, en Austria, en los Estados Unidos, en Reino Unido, y siempre en nombre de las emociones fuertes... ¿Y después? Las reclamaciones al maestro armero.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de julio de 2016]

11 juillet 2016

Las cosas por su nombre

ACABA uno de leer Más que palabras, un libro prodigioso. Lo es, en parte, por dos razones: trata de palabras y lo ha escrito un lexicógrafo y académico de la Real de la Lengua, razones ambas que, endiéndanme, son un poco disuasorias. Pero su autor, Pedro Álvarez de Miranda, es un sabio humilde (no hay ninguno de veras que no lo sea) y ha obrado el milagro: se lee con embeleso, como si le estuvieran contando a uno cuentos de las Mil y una noches. Las palabras, según en boca de quién, tienen ese poder, el de darnos a conocer el mundo, desde luego, pero también el de prolongar y guardar memoria del encantamiento y el misterio con el que viene a nosotros. ¿Y de qué trata ese libro? No se puede resumir: palabras raras, curiosas y olvidadas, expresiones, refranes, dichos... y en todos sus capitulillos siempre una iluminación risueña (tanto si es ligera, como en” biruji”, o extensa, como su cunqueriano paseo por “café”). Y ah, se me olvidaba: al contrario de los pedantes que nos dan la chapa a todas horas con lo mal que hablamos hoy día (en la Rae hay unos cuantos de esos pelmas que yo no sé cómo hablan, pero que escribiendo como escriben debieran acaso no cantearse tanto con la norma), Álvarez de Miranda nos hace creer a sus lectores que somos tan cultos como él, pues como a iguales nos trata. 

Y del mismo modo que las palabras suelen venir unas detrás de otras, también los libros que tratan de ellas, y tras el anterior llegó a nuestra mesa otro, Las palabras y la cosa, de Jean-Claude Carrière, admirablemente adaptado por Ricard Borràs y subtitulado “un paseo erudito y sugerente por las posibilidades eróticas de nuestra lengua”. Si el Diccionario secreto de CJCela acababa resultando un tanto pedregoso y barbárico, el de Carièrre-Borràs tiende a lo cortés: “La palabra coño, que viene del latín cunae/cunarum y significa cuna... es palabra que en sí misma me parece bastante bonita...” Traigo a colación esta frase por ese “bastante”. Cuánta delicadeza. Y, claro, sabía uno que a “la cosa” la hemos llamado de muchas maneras... pero no tantas, y eso desde que Adán la descubrió en Eva ese día en que la vida humana empezó a ponerse interesante y nosotros a llamar a las cosas por su nombre... y por otros muchos, es decir, el día en que empezamos a hacer literatura.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de julio de 2016]

3 juillet 2016

El misterio de unas fotos

Foto: Carlos Saura, El Rastro, 1960

ESPAÑA años 50 es el título de un libro de fotografías de Carlos Saura, el director de cine. Son fotos inéditas que acaban de publicarse. El libro, nos dice su autor, es desigual y la calidad de algunas fotografías podría ser mejor, pero en él descubrimos algunas memorables. Una de las mejores que se hayan hecho nunca del Rastro es suya, y viene en este libro. Aunque se tomara en el año sesenta* (para una reedición del libro de Gómez de la Serna), da igual (habla de lo elástico que es el tiempo y de cómo a veces vivimos en uno que no se corresponde con la Historia). Aparece en ella  un hombre mutilado, sin piernas. Se arrastra por la plaza de Cascorro sirviéndose de las manos. Unos décimos prendidos en el pecho le delatan como vendedor de lotería. Tras él se ven las botas de media caña y los faldones del abrigo de un guardia municipal con aspecto militar. Sí, un hombre demediado, la miseria, la lotería y las botas temibles de la autoridad: nadie podía haber retratado mejor aquella España con secuelas de la guerra civil por todos lados. 

Esa foto y todas las que van en el libro son, claro, fotos en blanco y negro. ¿Podría haber sido de otro modo? Y desde luego, silenciosas, pero no mudas.

Carlos Saura nos recuerda en un prologuillo breve y emotivo que su primera vocación fue la de fotógrafo, pero que el cine se cruzó en su camino. Es autor de cuarenta películas, nos recuerda. Las primeras, igualmente en blanco y negro, hablan también de los años cincuenta. Muchas las hemos visto. Se rodaron en España y puesto que se estrenaron aquí, hay que pensar que la censura franquista no debió de considerarlas demasiado peligrosas para el régimen, aunque se las conceptuara  como contestatarias y  de “denuncia”. ¿Pero dicen de aquella España y aquel tiempo más aquellas películas habladas y en movimiento que estas imáges silenciosas y fijas? Por supuesto que no. Diríamos que cuanto más silenciosas son estas, más elocuentes y emocionantes nos parecen. Con algunas de sus películas sucede al revés: quieren decirlo todo, pero para decirlo todo de una cosa, mejor es callar algo. Otras siguen siendo extraordinarias, pero el paso de los años no ha sido a veces benévolo con alguna de ellas. En cambio sí parece haberlo sido con estas fotografías. Ha respetado en ellas Saura el misterio de la realidad, ya saben, ese que se puede mostrar pero nunca demostrar, tanto más hondo cuanto más a la vista.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de julio de 2016]

* En la edición en papel de este artículo se lee: "en los años setenta", error inducido por Antonio Saura, quien en el prólogo a la edición de El Rastro, de Gómez de la Serna, aparecida en Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2002, dice textualmente: "Allá por los años setenta tuve la suerte de que me encargaran ilustrar El Rastro, de Gómez de la Serna". La edición a la que se refiere Saura, Guía del Rastro, apareció en Taurus Ediciones, 1961. Las fotos debieron hacerse pues, como mucho, en ese 1961 o quizá 1960, y "en un par de domingos". El resultado es uno de los mejores trabajos fotográficos que se hayan hecho sobre el Rastro. Por cierto: la foto del mutilado a  la que me refiero no apareció en esa edición de 1961, pero sí en la de 2002. ¿Censura editorial, gubernamental? ¿Autocensura? Quizá el autor pudiera decirnos algo más de ella.