25 octobre 2016

Herencia de los españoles

Nápoles es una ciudad bellísima. La afean, no obstante, su gran afición a las basuras y el amor que se tiene en ella a los atracos callejeros. De la basura es absurdo protestar, porque es cosa de la Mafia, y de los atracos, si se es de España, mejor no preguntar. Unos amigos, víctimas de uno de tantos, preguntaron al recepcionista si era normal que les acabaran de asaltar en la puerta de su hotel: “¡Herencia de los españoles!”, les respondió con la mayor acritud. Se refería, claro, a la soldadesca de los tercios asentados cuatro siglos atrás frente al Vesubio.

No sabe uno si cuando se publiquen estas líneas estarán o no ya expuestas en el Born , a propuesta del Ayuntamiento de Barcelona, las estatuas de Franco que en su día estuvieron en plazas y edificios públicos. La iniciativa, enmarcada en lo que ha dado en llamarse memoria histórica, tuvo el apoyo del equipo de gobierno de Barcelona en Común y de los socialistas, la negativa de Convergencia y Unión e Izquierda Republicana de Cataluña, y la abstención de Ciudadanos, del Partido Popular y de la Candidatura de Unidad Popular. Escuchar las razones de unos y otros, a veces enconadas, ha sido, desde mi punto de vista, interesante e instructivo. Muchos verán esos bronces, qué duda cabe, como  la “herencia de los españoles”, aunque exponerlos tenga algo a estas alturas de “lanzada a moro muerto”.

A más de uno le resultará extraño, sin embargo, que sólo se expongan las esculturas de Franco y ninguna de los catalanes que lo llevaron victorioso hasta la Diagonal en 1939 y administraron durante cuarenta años el franquismo, alcaldes, gobernadores civiles, obispos, industriales, banqueros, menestrales... La cuestión no es baladí: ¿Aquellos que lo apoyaron eran más españoles que catalanes o al revés? Por esa razón no hemos de descartar que el equipo municipal, en su noble y memorioso afán, y aprovechando que una de las estatuas ecuestres de Franco está decapitada, decida colocar donde estuvo su cabeza, de forma sucesiva, la de quienes, como Cambó y tantos próceres, hicieron de Barcelona, para bien o para mal, lo que es hoy. Esta ciudad se entendería peor sin ellos. No querría uno  que se tomara esto como una frivolidad, menos aún como una falta de respeto (¿a quién?). Es sólo una lectura de la letra pequeña de la Historia.

    Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de octubre de 2016]

10 octobre 2016

Velos, burkinis

EL Consejo de Estado francés, que había prohibido acertadamente el velo y los símbolos religiosos en las escuelas públicas francesas, suspendió el veto que la alcaldía de Villeneuve-Loubet, en el sur de Francia, había impuesto al uso del burkini en sus playas: los alcaldes no tienen la facultad de decidir cómo deben o no ser los trajes de baño. Recordó de paso que el Estado laico está para defender a los niños de los abusos de sus padres, y también la libertad de los adultos para bañarse como quieran, desnudos o vestidos de buzo. Lo más extraño de todo ha sido ver a sedicentes izquierdistas y feministas europeas salir, ayer, en defensa del velo en las niñas, y, hoy, del burkini, aduciendo razones de “diversidad cultural”. Ni que decir tiene que nadie ha visto a ninguno de estxs campeones de la diversidad pedir el uso del bikini para las musulmanas cataríes o el derecho de las occidentales a no llevar tocas en Riad, por ejemplo, o protestar porque unos bomberos dejan morir en un incendio a unas adolescentes por no llevar el velo, gran incitación al pecado.

Recuerdo de niño la repulsa histérica al bikini en los periódicos, colegios y púlpitos españoles. Desde ellos se exigía que se expulsara de las playas a las extranjeras que lo llevaran, antes de que fuera demasiado tarde, y en muchos municipios la Guardia Civil, siguiendo órdenes de sus comandancias o sin ellas, por afición, perseguían con saña los “atentados contra la moral”. La falta de higiene, corporal y mental, era completa: España apestaba. No menos pestilentes son los regímenes y religiones que consideran impuras a las mujeres, y las culpabilizan por ello desde niñas, las someten, persiguen, encarcelan y lapidan. 

El camino que han de recorrer esos países hasta la plena ciudadanía es tan largo, y acaso más difícil, que el recorrido por Europa desde la Edad Media a la Ilustración. ¿Por qué más difícil? Porque en nuestros países laicos e ilustrados hay quienes no han comprendido aún que el Estado está formado por ciudadanos libres, y que el velo y el burkini, independientemente de la regulación de su uso, trata de recordar a las mujeres que son “culpables”, y porque no existe la libertad de ser esclavo, y si un velo o un burkini causan tristeza, quienes los defienden desde esa supuesta libertad, vuelven, sí, a apestarlo todo, como antaño.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de octubre de 2016]

2 octobre 2016

Justicia vs. olvido

SI alguien no tiene una opinión formada del proceso de paz en Colombia, puede preguntarse: Y Héctor Abad ¿qué piensa? Porque lo que él piense de esos asuntos podrá uno secundarlo, sin temor a equivocarse. A su padre, un médico de Medellín, lo asesinaron  los paramilitares. Héctor Abad escribió un libro memorable sobre ese hecho, El olvido que seremos, que planteó una vez más el nudo gordiano de la cuestión: sin memoria no hay justicia, pero la paz sólo la logra el olvido. Héctor Abad acaba de publicar un gran artículo, “Ya no me siento víctima”. Búsquenlo. En estos tiempos los duros de cine tienen más predicamento estético que los buenos, pero qué quieren, para vivir prefiere uno estar más cerca de Spencer Tracy o James Stewart que de Tony Soprano o Clint Eastwood. Aparte de buen escritor, se ve que Héctor Abad es una bellísima persona, ese hombre, “en el buen sentido de la palabra, bueno”, que decía Machado, o sea, un gran señor. Héctor Abad dirá sí en el referendo que se celebrará en Colombia sobre los acuerdos de La Habana, que tratan de poner fin a medio siglo de terror.

El daño causado por las guerrillas de las Farc durante cincuenta años ha sido inmenso. A Álvaro Uribe también le asesinaron al padre. En su caso, las Farc. Cuando Uribe fue presidente de Colombia, el Estado amnistió a 28000 paramilitares, pero ahora no está dispuesto a que se licencie a 16000 guerrilleros sin duras represalias, y dirá no en el referendo. Quiere que los asesinos de su padre penen en la cárcel. Abad, por el contrario, quiere que los asesinos del suyo y los del padre de Uribe, cuenten la verdad. No hay mayor condena que la verdad. Lo ha dicho en una entrevista: “Saber la verdad será sanador para un país que sufre de rabia, de resentimiento, de tanto odio hacia el pasado. En la verdad nos podremos poner de acuerdo, no queremos que se nos arrodillen, ni que los metan a la cárcel, queremos saber cómo fue, por qué, para qué. Reconstruir la verdad y contarla sana, no llenar las cárceles de gente”. Quizá piense así porque Abad es escritor y sabe que las palabras salvan. Aunque no es ingenuo: “La paz no se hace para que haya una justicia plena y completa”, dice también. “La paz se hace para olvidar el dolor pasado, para disminuir el dolor presente y para prevenir el dolor futuro”. 

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 2 de octubre de 2016]

25 septembre 2016

Malas personas

LA gran aportación de la modernidad, hija del romanticismo, acaso haya sido mirar el mal como un gran valor estético. El primero en sembrar las flores del mal fue Baudelaire; los surrealistas trasplantaron al marqués de Sade, y después de eso todos se apuntaron a la fiesta, poetas alcoholizados, escritores fascistas, filonazis y leninistas, camicaces de la heroína... El bien, que se caricaturizaba para escándalo de los púlpitos, era aburrido; el mal, mucho más divertido, era además un buen atajo para la gloria, esa ficción. Se diría que nada que no fuera anómalo podía triunfar, que la vida no valía nada sin cargar las tintas.  Lo resumió bien la achampanada Mae West en una frase de cine, el lenguaje de la modernidad por excelencia: “Las chicas buenas van a al cielo, las malas a todas partes”. En cierto modo los más avispados se pusieron por montera a Nietzsche. Él había dicho: “La moral a través del arte, y el arte a través de la vida”. Los modernos le desmintieron. Dijeron: para nihilismo, el nuestro, ética sin estética y estética sin ética. Lo que sucedió a continuación es de sobra conocido. 

Lo oímos muchas veces. Un gran artista podía hacer una obra maestra sin dejar de ser un canalla, ser un gran poeta y un proxeneta, un asesino, un pederasta. Cuando trataba uno de rebatirlo, se le creía un puritano. Hace unas semanas La Vanguardia publicó una entrevista con Howard Gardner, científico de la universidad de Harvard. Ciencia, Harvard... Al fin, el primo de zumosol. Tras años de investigaciones y experimentos, ha llegado a conclusiones que no hacen sino confirmar lo que por otro lado siempre se ha  sabido, desde Homero: los verdaderamente grandes lo son porque son verdaderamente buenos, aunque no todos los buenos lleguen a grandes. “En realidad, las malas personas no puedan ser profesionales excelentes”, sostiene Gardner; “no llegan a serlo nunca. Tal vez tengan pericia técnica, pero no son excelentes. Lo que hemos comprobado es que los mejores profesionales son siempre ECE: excelentes, comprometidos y éticos”. Desde luego no siempre es fácil dilucidar el valor de una obra, pero ayudará mucho saber cómo era su autor en su casa, en la vida, con los más débiles. Y el ser humano, que nace cojo de los dos pies, llega más lejos con estas dos muletas, una y otra: ética y estética. 

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de septiembre de 2017]




12 septembre 2016

Inseparables

LA muerte del filósofo Gustavo Bueno, de 91 años, cuarentaiocho horas después de la de su mujer Carmen Sánchez, de 95, nos deja pensativos. La vida, como tantas veces, parece conducirse de una manera delicada y misteriosa. “Amor constante más allá de la muerte” dijo Quevedo, y amor constante parece el de esta pareja y algunas otras que, tal y como nos recuerda en un artículo Belén Sarriá, deciden desaparecer al mismo tiempo después de una larga y bien temperada vida en común. Los compara a los agapornis: “Un ave”, nos dice Sarriá, “que no sólo vive en pareja, sino que muere en pareja”. 

Del agaporni nos cuenta Wikipedia que es un pequeño loro africano y que el tiempo que viven en pareja, entre diez y quince años, se les ve acicalarse las plumas uno al otro y hacerse arrumacos, lo que les ha valido ese nombre griego (de ágape, amor, y orni, pájaro) y el  de “inseparables”, como también se les conoce. La wpedia, sin embargo, no dice nada de que mueran juntos. Tanto da para lo que tratamos ahora: muchas parejas humanas sí lo hacen. Los científicos tienden a atribuir esa falta de ánimo para seguir viviendo, tras la muerte de uno de los dos, al vacío y soledad que dejan en el otro, y hablan de “relaciones de dependencia” más que de amor, esas dos llamas trenzadas en un único fuego que se extingue sin remedio en cuanto se desgaja una. 

Es posible que quien se quede solo después de tantos años de vida en común, no encuentre nada que le retenga en este mundo, pero seguro que a muchos de ellos no les consume la pena de la soledad tanto como el ansia y la esperanza de volver a reunirse con el ser querido, y pronto, en el otro. “Porque yo, desde luego, creo en otra vida, en un más allá, pero no tengo ninguna imagen de ella y quisiera apartar de tus ojos todas las estampas de ese más allá –incluso las más grandes, como la de Dante–, porque todas esas estampas, a los recelosos, a los difíciles, los retrasa, los ahuyenta”, le decía Ramón Gaya a su amigo Antonio Sánchez Barbudo en una carta de 1953, el año en que Gustavo Bueno y Carmen Sánchez empezaron una historia de amor constante más allá de la vida y de la muerte. Pues podría decirse del amor, y con más razón, lo que de la materia saben hasta los más difíciles: no se crea ni se destruye, sólo se transforma. 

     [Se publicó en el Magazine de La Vanguardia el 11 de septiembre de 2016]

5 septembre 2016

El nombre de las calles (y 2)

SE decía en la primera parte de este artículo que ante el cambio de nombre de algunas calles de Madrid nadie había protestado. Pues no. Hubo gentes a favor y en contra.  Los caballeros legionarios, sus amigos y parientes (un colectivo que según ellos agrupa a ¡“cien mil personas”!) dirigieron un suplicatorio a la alcaldesa para que no se le quitara el nombre a la de Millán Astray, uno de esos personajes que hacían las delicias de Valle Inclán cuando este buscaba modelos para sus esperpentos. ¿Y qué razones aducían estos cien mil hijos de la Legión? El papel secundario de Millán Astray en el levantamiento militar y en la guerra; el haber fundado él una institución ejemplar, cuya marcha nupcial es bien conocida (“Soy el novio de la muerte, mi más fiel compañera”, etc.); el no haber disparado su grito (“Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia”) contra Unamuno, como sabemos, sino a otro de los catedráticos presentes, Francisco Granados, cosa mucho más justificada; y, en fin, por el “valor militar” de alguien a quien describen como un intelectual que hablaba francés y era socio del Ateneo, o sea, un liberal. Sólo les faltó añadir que era un pacifista, ya que sus campañas en las guerras coloniales del Norte de África, con las que hizo carrera, se resolvieron casi siempre en derrotas, y cuando fueron victoriosas no sirvieron para nada. Pese a ello, hay cien mil personas en España que considerarán una gran injusticia despojarle de su calle.

Y en parte tienen razón. Si no se la hubieran dado, ahora no se la quitarían. A la mayoría de los que tienen una, a los cien años les viene grande. Por eso le gustan a uno tanto los nombres  antiguos de las calles. Hablábamos de la del Desengaño. Otra de mis preferidas, en Madrid, es la Costanilla de los Desamparados, a dos pasos de donde vivió y murió el desamparado Miguel de Cervantes. O la del Barquillo, donde estuvo en tiempo la casa de Tócame Roque; o la de Válgame Dios, tan machadiana... Parece que aquella manera poética de poner nombres a las calles, no volverá. Sea. Pero hagamos de ellas al menos espejo de la ejemplaridad, y confiemos en que dentro de un siglo, cuando nadie recuerde ya a Millán Astray, alguien agradezca vivir en la Avenida de la Inteligencia o en la de los Cuatro Vientos, como también se llamaba originalmente esa calle, nombre mágico donde los haya.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de septiembre de 2016]

29 août 2016

El nombre de las calles (1)

ES este un asunto que apasiona a todo el mundo por razones diversas. Nosotros vivimos en la del Conde de Xiquena. Si se hiciera una encuesta entre los vecinos, seguramente nadie recordara nada de ese político. Ni internet sabe por qué se le dio, quitándole el que llevaba desde el siglo XVIII, de las Salesas. Tampoco sabe uno cuándo empezó la costumbre de traficar con el nombre de las calles, verdadera simonía municipal, política, popular. A mediados del siglo XIX, en pleno romanticismo, empezaron estos cambalaches, gran herramienta  para fabricar mitos. Digámoslo sin ambages: el conde de Xiquena es un mito, y a estas alturas no es nadie. Si se le quitara, no lo echaríamos de menos. Algunos incluso agradeceríamos que devolvieran a nuestra calle su nombre primitivo, recuerdo del monasterio de las monjas Salesas, hoy Tribunal Supremo. 

El comisionado de la Memoria Histórica, nombrado por un acuerdo del Ayuntamiento de Madrid para aplicar la ley conocida con ese mismo nombre, ha justificado el cambio del que llevan 27 calles de la capital y propuesto los que podrían sustituirles. A los netamente franquistas (Millán Astray o del Caudillo) podría sustituirles Barea, Chaves Nogales o Neville. Lo más llamativo ha sido que las críticas o reservas que ha tenido nuestra propuesta nunca, en ningún caso, las propició el nombre quitado, sino (y sólo en un caso), el que se ha propuesto. Eso hemos avanzado: hay unanimidad en que Millán Astray no merece una calle, cuando hace cuarenta años lo impensable hubiera sido el intentar quitársela a ese energúmeno que gritó “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!” en un conocido altercado con Unamuno, al comienzo de la guerra civil. Por lo demás es razonable que alguno se pregunte: ¿Vale la pena quitar y poner nombres a las calles? ¿Dentro de cien años recordará alguien a Barea o Neville, o serán como Echegaray y Tamayo y Baus?

Uno de los más bonitosy memorables nombres de calles en Madrid es el de la céntrica del Desengaño, en cuyas aceras tiene lugar desde hace años la más sórdida prostitución callejera. Como ese, quedan en España unos miles (altos, sonoros y significativos, que diría don Quijote) en calles que a este paso irán desapareciendo. ¿Hacemos bien? (continuará)

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de agosto de 2016]