YA han saltado al terreno de juego. Nadie va a jugar con ellos ni contra ellos. Tienen para sí todo el campo, y se hinchan a meter goles en la portería vacía. Lo más gracioso es cómo los celebran, echándose encima unos de otros, abrazándose, desgañitándose, levantando los brazos y corriendo por el campo, vacío de contrarios, para enardecer a las gradas, abarrotadas de seguidores y entusiastas que corean exultantes: "¡Este partido lo vamos a ganar!". Y todo a un paso del manicomio.
YA han puesto sus pies en el ruedo. Hacen el paseíllo entre vítores. Abren la puerta de corrales, pero no sale ningún toro. Da igual. El torero de turno sale a los medios y empieza a pegar pases de salón, al aire, recreándose en la suerte. Lo más gracioso es cómo los celebran en las gradas: "¡ole! ¡olé! ¡ooooolé!", y abrazándose, desgañitándose, echándose las manos a la cabeza, incrédulos, pletóricos: "¡Torero, torero, torero!", mientras una pañolada blanca, unánime, pide para el maestro las dos orejas y el rabo. Y todo a un paso del manicomio.
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YA han puesto sus pies en el ruedo. Hacen el paseíllo entre vítores. Abren la puerta de corrales, pero no sale ningún toro. Da igual. El torero de turno sale a los medios y empieza a pegar pases de salón, al aire, recreándose en la suerte. Lo más gracioso es cómo los celebran en las gradas: "¡ole! ¡olé! ¡ooooolé!", y abrazándose, desgañitándose, echándose las manos a la cabeza, incrédulos, pletóricos: "¡Torero, torero, torero!", mientras una pañolada blanca, unánime, pide para el maestro las dos orejas y el rabo. Y todo a un paso del manicomio.