25 mars 2018

Hacer escándalo

CUANDO se habla de arte contemporáneo suele ser por una de estas dos razones: los precios altísimos que alcanza y los escándalos. Ha vuelto a suceder: un juez de Nueva York ha condenado al propietario de  un inmueble a pagar a unos grafiteros siete millones de dólares por haberles borrado sus grafitis, y en Madrid el director de Arco pidió a una galerista que descolgara cierta obra en la que figuraban los retratos de algunos políticos presos catalanes, presentados como presos políticos.

Ambos asuntos se han sustanciado bajo un mismo aspecto: la defensa de la obra de arte y la libertad de expresión. Es de suponer que el propietario del inmueble recurra una sentencia que el juez basó en el dictamen de unos expertos, acreditando el testimonio de otros que cuestionarán la condición artística de los grafitis y el derecho de nadie a invadir su propiedad. No le será difícil encontrarlos. El caso recuerda la historia de la limpiadora de una galería que tiró a la basura unas “obras de arte”, creyéndolas parte de la basura, y a la que el juez exoneró de cualquier responsabilidad, obligando a la demandante compañía de seguros a indemnizar al galerista.

Lo de Arco es de otra naturaleza. Como es poco creíble que la dirección de Arco censurara unas fotos y lazos que circulan hoy en España y Bélgica sin mayores problemas, hay que pensar que se ha tratado únicamente de una añagaza hábilmente urdida por el artista y su galerista, a quien Arco acabó pidiendo disculpas. Preguntada poco después la galerista, no pudo disimular su euforia. No me extraña: “El artista está feliz, porque ha vendido la obra y ha hecho un escándalo”, dijo. Naturalmente sucedió al revés. Porque hizo un escándalo, vendió una obra, cuyo único “valor” no es el tema, como decía Juan Bonilla, no son los políticos presos sino el propio escándalo, provocarlo para poder vivir de él.  Y yo, qué quieren que les diga, me alegro de que les haya salido bien la combinación, porque tengo una concepción kantiana del asunto. Confío en que tarde o temprano este “arte” se autodestruya: ¡Booom! Por los aires, hecho pedacitos.  Y esto sí que será dadaísmo del bueno, una verdadera provocación, la gran obra maestra de la que está necesitado el arte contemporáneo: el definitivo “the end” de la película.

[Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de marzo de 2018]

13 mars 2018

Próximamente

En unas semanas.


NOTA de la portadilla de la página 7: 

Buena parte de estos poemas se escribieron en una casa situada entre dos caminos. Semejan la v de una horquilla. Desde la terraza vemos cómo se juntan allá abajo, frente a nosotros, antes de proseguir su curso formando una y
El título de un libro de poemas obedece a razones de todo género, que su autor encuentra, por lo general tras laboriosas cavilaciones, acertadísimo. Comprendo que el de este, la mínima expresión de un título, pueda a primera vista resultar desconcertante, pero no querría que se tomara por una audacia novedosa. Es homenaje únicamente a ese solitario rincón del campo extremeño. 
El que la y sea además, cuando aparece aislada, la letra que designa en castellano unión y sucesión, ha inclinado la balanza a su favor, pero más aún el hecho de que así podrían también haberse titulado y titularse todos los libros, pues es como decir, a imitación de las novelas por entregas, (Con­tinuará). AT.


Viñeta: Miguel Galano, 2018




11 mars 2018

Ministerio de la Soledad

EL mes pasado Gran Bretaña nombró su primer “ministro de la soledad”, a quien se le encarga abordar lo que la primer ministro Theresa May llamó la “triste realidad de la vida moderna”. Así pudo leerse la noticia en varios periódicos ingleses.

De inmediato los responsables de la sanidad inglesa se apresuraron a elogiar la idea, porque no sólo “la soledad es psíquicamente dolorosa, sino por  tener consecuencias médicas graves: enfermedades cardíacas, cáncer, depresión, diabetes y suicidio”. Así lo prueban abundantes estudios epidemiológicos y clínicos (que algunos, todo hay que decirlo, cuestionan). Es decir, que combatiendo la soledad podrían ahorrársele a las arcas públicas ingentes cantidades del dinero, destinadas ahora al tratamiento de esas enfermedades. Entre los estudios asociados, se menciona uno según el cual la soledad reduce la esperanza de vida tanto como fumar quince cigarrillos diarios, lo cual, supongo, no les importa gran cosa a los solitarios, pues muchos de ellos, para sobrellevar su soledad, son fumadores y alcohólicos.

“Más personas que nunca viven  y envejecen solas”, se dice también en el informe, acaso porque las expectativas de vida se han multiplicado por dos, al tiempo que las nuevas tecnologías y el entretenimiento enlatado (seriales, cine, videojuegos, móviles, tabletas, internet) propician la soledad. Por lo demás nada dicen tales estudios de todos aquellos que precisamente porque son viejos, pobres, desdichados, fracasados o tímidos, se ven abocados a ella contra su voluntad, pues su espíritu es jovial, generoso, emprendedor y afable, y eso aún les produce un mayor desasosiego.

Hannah Arendt distinguía entre “hacerse compañía uno mismo” o “solitud” (solitude), y la “soledad” (loneliness), donde “uno se encuentra solo, pero privado de la compañía humana y también de la propia compañía”. Ambas palabras figuran en nuestro diccionario académico, pero sin matiz, como seudónimas. El trabajo que tiene por delante el nuevo Ministerio de la Soledad es, pues, ímprobo. ¿Cómo combatirá esta epidemia del siglo XXI? ¿Qué medidas higiénicas adoptará? ¿Sabrán que aquí sólo se mostrará eficaz la homeopatía? Quiero decir, que a la soledad, como sabemos los solitarios, sólo se la vence con solitud. 

    Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de marzo de 2018] 
  

4 mars 2018

La princesa cautiva

LA imagen se habrá quedado fijada en tu memoria: una niña escucha, arrobada y con ejemplar compostura, las palabras que le dice su padre. La ocasión es solemne. El salón, palaciego y de techos desmesuradamente altos. La concurrencia  escogida, apenas unas docenas, se trenza de familia y Estado. El padre es rey; la niña, princesa. Una princesa de cuento, trece años, rubia, ojos azules, distinguida, encantadora sonrisa. Un día, quién sabe, ella misma será reina. ¿Sí? El futuro es incierto para todos. El rey va a imponer a su hija la más alta distinción que pueda concederse a nadie, el Toisón de oro.

Quienes reprocharon a  Jesús ser ungido por el costoso perfume de Magdalena, volvieron a la carga (“es una vergüenza gastarse cincuenta mil euros, habiendo tantos pobres”), sin saber que ese Toisón no le ha costado nada a nadie: lo hereda de su bisabuelo y, a su muerte, sus herederos habrán de devolverlo. El demagogo echó entonces mano de la insidia: “De acuerdo, pero ¿qué méritos tiene esa niña? ¿Se le habría otorgado de no ser ella quien es?”. No, desde luego. Mérito ninguno, y además sale perdiendo: en aquella solemne ceremonia se estaba formalizando un hecho  insólito: la privación de libertad de un ser humano. A partir de ahora, esa niña se parecerá cada día menos a aquellos con los que habrá de compartir (eso le pidió su padre que hiciera) alegrías y pesares, anhelos y temores. Ni siquiera le estará permitido hacer las cosas que todos ellos hacen tratando de ser felices. ¿Será desdichada, pues? Tiene, para serlo, más probabilidades que tú y que yo. Pregúntalo de otro modo: ¿Desearías ese destino para un hijo?

La ilustración sólo puede ser republicana: todos nacemos libres, nadie está predestinado. “Podría abdicar”, vuelve el venenoso a intervenir. ¿Seguro? Probablemente, cuando pueda hacerlo, ya no sabrá cuál es el camino que lleva a ello. Y con todo, hoy, no es extraño que muchos permaneciéramos con el corazón encogido al lado de esta niña, repitiendo las palabras de Savater: “Preferimos ser ciudadanos sin república a republicanos sin ciudadanía”. Ni siquiera le han dado a elegir: el reino y el Toisón a cambio de su vida y en defensa de la tuya. De eso le habló su padre. De defender los principios ilustrados, el ser todos libres e iguales, menos ella. 

   [Publicado el 3 de marzo de 2018 en el Magazine de La Vanguardia]  

25 février 2018

Céline, Sade y la cigarrera

POR los mismos días en que el editor Gallimard decidía no publicar los panfletos antisemitas de Luis-Ferdinand Céline, el Estado francés, para evitar que saliera a subasta (precio estimado: entre cuatro y seis millones de dólares), declaraba “tesoro nacional” el  por lo demás espectacular manuscrito de la novela del marqués de Sade Los 120 días de Sodoma, y se estrenaba una “versión” de la ópera Carmen, de Bizet, en la que la cigarrera acaba de una puñalada con su novio, y no al revés, tal y como escribió Próspero Merimée. Tres bolas de billar en el tapete de este artículo con las que trataremos de dibujar un esquicio costumbrista.

Veamos. Los panfletos. Mea culpa, Bagatelas para una masacre, Escuela de cadáveres. Su venta no está prohibida en Francia (¿a quién quieren confundir?: en internet están todos disponibles), pero su autor se negó,  después de 1945, a reeditarlos. ¿Por mala conciencia? Ja. La línea argumental de su autodefensa, en el juicio que se siguió contra él tras la guerra, fue la de un cínico megalómano: “De haber tenido algo que ver con las deportaciones de judíos, eso se habría hecho mejor”. ¿Son en verdad estos panfletos tan corrosivos como trató Céline que fueran? Bernanos se los tomó a risa: “Esta vez Céline se ha equivocado de urinario”. Yo los he leído, claro que hace treinta años, en una Europa sin nazis,  cincuenta después de ser escritos,  y me parecieron ya entonces sólo una vomitona demencial. En todo caso Céline no es, en relación a los judíos, menos reprobable que Sade en relación a las mujeres, dijera lo que dijera a este respecto Simone de Beauvoir, y diga lo que diga la correcta opinión de los franceses que consideran a Céline el mejor escritor del siglo XX, junto a Marcel Proust. Si Los 120 días de Sodoma es un “tesoro nacional”, ¿qué impide que lo sean esos panfletos? Una mezcla de hipocresía, oportunismo y no haber entendido la lección: “en arte, la ética precede a la estética”.

Y aquí llega la bola de billar a Carmen. Han adulterado su argumento no, como aseguran sus perpetradores, tan vivales y cínicos, por razones éticas, sino sólo, Oprah Winfrey,  por una frivolidad estética igual de hipócrita, oportunista y... teatral. Frente a eso, es comprensible que los adultos, Catherine Deneuve, reclamen su derecho a creer que los niños no vienen de París. 

    [Publicado el 25 de febrero de 2018 en el Magazine de La Vanguardia]

22 février 2018

La historia del Huérfano

COMO las aventuras del capitán Alonso de Contreras, para las que Ortega y Gasset escribió un memorable prólogo, la historia de este Huérfano resulta fascinante. No todos los días se publica por primera vez una obra como esta, inédita desde que se escribió a comienzos del siglo XVII. Tiene uno la sensación de que se nos ha franqueado la puerta trasera de un mundo intonso.

Compró el manuscrito hace cien años el señor Huntington, el millonario norteamericano que se dejó su fortuna en la fundación de la Hispanic Society, y la muerte súbita o en extrañas circunstancias de algunos de los que intentaron editarlo lo envolvió en cierto malditismo. Por suerte para nosotros su editora, la peruana Belinda Palacios, no parece supersticiosa y nos ha entregado una obra llamada a ser un clásico de la literatura biográfica en la época virreinal.

Palacios le da mucha importancia a dilucidar el género al que pertenece: ¿una falsa novela?, ¿una falsa biografía?, ¿unas memorias camufladas? Ella también recurre a la solución del baciyelmo: “una biografía ficticia”. Estas cuestiones preocupan mucho a los académicos, pero quizás den un poco lo mismo. Por ejemplo: ¿no es el Quijote una biografía rigurosa de los dos últimos años de Alonso Quijano, escrita por Cervantes? ¿Cambia eso algo nuestra perspectiva al leerlo?

La historia del Huérfano es la de un muchacho granadino, escrita por un fraile de nombre Martín de León, que la dejó lista para su publicación bajo el seudónimo de Andrés de León. Parece que la vida del protagonista se asemeja bastante a la de su autor. Como a nosotros nos da igual que uno y otro sean o no la misma persona, juzguemos únicamente lo que leemos.

Todo empieza a los catorce años de la vida del Huérfano, que pasa entonces a las Indias, y allí tras breve vida de soldado, se hace fraile. Es testigo de algunos hechos relevantes como la derrota del corsario Francis Drake en Puerto Rico, y el saco de Cádiz (“era como un dedal”) por los ingleses, hasta dar su autor, ya viejo, en arzobispo y capitán general del reino de Sicilia, a las órdenes del Rey. Es, pues, un libro de la cruz y la espada, contado por uno de la cruz que, como don Quijote, considera más importante la espada, ya que sin esta no hay cruz que valga.

Los detalles exactos aquí son todos de buena ceca. El mundo de la carrera de Indias y de la flota está tan minuciosa y admirablenente descrito como en una novela de Conrad, y su mirada nos parece a menudo la de Adán dando por vez primera nombre a las cosas. Felices tiempos en que bastaba con contar los hechos. La parte de Perú, Nueva Granada y Panamá (mi preferida: navegación, encomiendas, trabajos de indios, asaltos, intrigas)  no tiene nada que envidiar a ninguna crónica de la región, de Pedro de Cieza a Agustín de Zárate, y sus prisiones le harán decir, como el Cautivo: “con la libertad todo sobra”.
Cierto que a veces su relación se diría más que la de alguien que ha perdido a sus padres, la de uno que no tenía tampoco abuela, prendado de sus propias prendas y “siendo único en cualquier agilidad y gallardía, en todo lo cual nunca en las Indias halló competidor, por ser tan general en todo”.  Cuanto emprende lo borda: vigüela, jineta, esgrima, poesía, correr la anilla o lancear un toro. No importa. Incluso los lindos sermoncicos que nos endosa de vez en cuando también se le pasan por alto. En otro tal vez cargarían un poco, pero hallamos tantos fulgores expresivos y la lengua (en realidad el idioma) sigue siendo todavía tan nueva y certera, que excusamos lo demás: “Se cayó la ciudad tan a destajo, con riguroso temblor”, dirá de un terremoto, “que en tres credos estaba asolada toda ella”. Puede incluso arrancarnos una sonrisa, como cuando lo vemos navegando Magdalena arriba camino de Santafé, “sin tener más deleite que mucho y buen pescado, especialmente unas que llaman doncellas, tan sabrosas que son dignas de tal nombre”. Hay que decir que en esa ocasión el fraile iba de incógnito.
El personaje, como tantos que nacieron sin fortuna en aquel tiempo, trata de mejorarse. ¿Cómo? Juntándose al poderoso, y sin acabar de saber cuánto tendrán sus actos de serviciales o serviles. Pero para haber llegado tan alto no se le ve una mala persona, “mediando paces y templando odios”. Poco importa que el Huérfano Martín/Andrés de León no diga toda la verdad de sí mismo. La dice de otras muchas cosas, más importantes (el penoso bordo de Portobello a Callao, con vientos contrarios, o los caminos de Italia, por ejemplo).
Leamos lo que nos da, que es mucho; eso juzgamos, en una lengua que la nuestra, sedienta y exhausta, le agradece como un trago largo de agua fresca.

    [Publicado en El País el 22 de febrero de 20


19 février 2018

Negocios pendientes

Se dice uno con aprensión y desconfianza: ¿Cómo será esto que escribí hace diez, veinte, treinta años?
Si el libro que hemos de releer es una novela o un largo ensayo, la congoja será mayor, porque el juicio no admitirá resquicio, y salvándolos o condenándolos, salvará o condenará a menudo años enteros de torturas, fatigas y trabajos. Nadie, salvo un autor, conoce tanta desolación como cuando, leyendo una obra antigua suya, no puede escamotear la verdad a su conciencia y ha de reconocer con entereza: «¡Dios santo, qué bodrio!» (Incluso, si es más piadoso consigo mismo: «¡Qué disparate!». En cualquiera de los dos casos quedará aniquilado durante un tiempo, hasta que la ilusión de una nueva obra, que desbarate esa triste pintura de sí mismo, haga renacer la ilusión de escribir algo que lo rehabilite a ojos de los lectores, pero, sobre todo, a su propia mirada).
Con los artículos nos queda, sin embargo, la esperanza de encontrar alguno que pudiéramos salvar de la quema.
De los que van en este libro repaso todos sus títulos, pero la mayoría no me dicen gran cosa ni me indican de qué tratan. Un título no es nada. Un título está al alcance de cualquiera, y recorren el mundo grandes obras que andan metidas en títulos insignificantes, y al revés, grandes títulos que no son más que vainas de guisantes vanas, dentro de las cuales no hay sino... eso, vanidad, por no hablar de esos otros libros vestidos con pomposos trajes Luis XIV o desplegados en cinemascope. Si pudiera dar a la prensa estos artículos sin volver a leerlos lo haría, pero sería absurdo posponer ese famoso juicio perentorio del que acabamos de hablar. Terrible sería encontrárnoslos ya impresos y circulando de nuevo por culpa de nuestra desidia.
Va uno, pues, leyéndolos ahora, y poco a poco empiezo a recordar las circunstancias y razones que me movieron a escribirlos cada domingo. Se escribieron como todos los de esta serie para el Magazine de La Vanguardia y aparecieron bajo el título que figura también aquí. Para mí ya son como mirar fotografías viejas guardadas en una caja de zapatos. Vemos esas fotografías y no se queda uno con ninguna en especial, y todas van pasando entre los dedos unos instantes, mientras reconocemos a los que aparecen allí y los lugares donde fueron hechas. Todas forman un mundo de proporciones provinciales y una tonalidad apagada, benigna, de modesto voltaje. Así miro yo ahora estos artículos. En algunos, sin embargo, no acaba uno de reconocer del todo a las personas, anécdotas, libros, citas y datos que se mencionan en ellos. Me digo: no sé quién es ese de quien hablo con tanta convicción, ¿yo leí ese libro, como parece confirmar la cita que he traído a la página?, ah, es verdad, yo estuve en esa fecha en tal o cual ciudad, pero ya no me acuerdo...
¿La impresión general de su lectura es buena, es mala? Uno no busca ya a estas alturas impresiones literarias de su vida. La literatura... quién sabe qué es eso. ¿Creemos que la idea que tenemos hoy de literatura será la misma que tengan dentro de ochenta años? ¿Tenemos nosotros la misma que tenían hace cien nuestros maestros?
Voy leyendo estos artículos de nuevo. Será la última vez que lo haga. Para mí son ya barcos que se han cruzado en mi vida y que no volveré a ver nunca más. Contemplo durante unos instantes su estampa, su hechura, cuento los mástiles de cada uno, advierto sus condiciones marineras, en unos el velamen desplegado, en otros la crinera negra que traza en el cielo su chimenea...
Y cuando ya los he perdido de vista, esto puedo decir de casi todos: llevaban en sí, aunque parecieran dictados por la realidad más circunstancial, una semilla. Una semilla poética. No sé si ha germinado o si germinará alguna vez, pero en ellos puse una semilla. De eso me acuerdo perfectamente, estoy seguro. Y como en aquel soneto célebre, en el que su autor confesaba haberse arrancado el corazón, que después enterró en un surco por ver si germinaba un día, también yo quiero enterrar estos artículos aquí, con la esperanza de verlos germinar, el verdadero negocio pendiente.


              [Prólogo de Negocios pendientes, La Veleta, 2017]