25 novembre 2018

En torno a Max Estrella

ES una de las réplicas más célebres del teatro  español. Cuando el sainete estaba de capa caída y ni López Silva ni Carlos Arniches lograban resucitarlo, Valle-Inclán escribió Luces de bohemia.  Es al género del sainete lo que el Quijote a las novelas de caballería: una sátira, pero también  su genial culminación. Rubén [Darío], Don Latino y Max Estrella conversan. Se habla de la muerte, “la Dama de luto”, y el poeta ataja: “¡No hablemos de ella!”. Estrella se viene arriba, y replica: “¡Tú la temes, y yo la cortejo! ¡Rubén, te llevaré el mensaje que te plazca darme para la otra ribera de la Estigia! Vengo aquí para estrecharte por última vez la mano, guiado por el ilustre camello Don Latino de Hispalis. ¡Un hombre que desprecia tu poesía, como si fuese Académico!”. La réplica de don Latino es fulminante: “¡Querido Max, no te pongas estupendo!”.

Cada día se nos hace testigos de frases más gallardas. Ni la vida municipal, tradicionalmente ordenancista y gris, está libre de ellas: “El ayuntamiento de Barcelona pide  por mayoría abolir la monarquía”, hemos sabido. Cualquier republicano sabe también, incluso los amantes de las grandes frases,  que  la monarquía no se abolirá en España porque se acuerde en un pleno de alguaciles y regidores y que abolirla  pasa por suspender la Constitución, pero hemos llegado a un punto en que, como Max Estrella, no podemos evitar venirnos arriba, gustarnos en las chicuelinas, y subir de punto el tono, el arabesco, la retórica. Y así, antes de darnos cuenta, nos encontramos en el “disparadero español”, frases van, frases vienen. Lo decía un hombre, José Bergamín, que sabía que las palabras, y los brindis al sol propios de la lidia recreativa, las carga el diablo. 

La experiencia nos dice que a medida que se aproximan unas elecciones (da igual que sean generales o autonómicas, municipales o europeas) los políticos tienden a multiplicar los arranques de teatro, molinetes y demás. Nada que objetar mientras no abandonen el toreo de salón, incruento, o las polvorientas tablas del escenario. Son libres de hacerlo. Pero también es de agradecer que Valle-Inclán nos recuerde que lo que convierte al sainete, y a la política, en algo serio, es devolver a Max Estrella y demás espontáneos a la maravillosa realidad, iluminada por unas pobres candilejas.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de noviembre de 2018]

18 novembre 2018

Miriam Moreno Aguirre: Otra modernidad

HOY por hoy, el libro sobre Ramón Gaya. No me resulta difícil decir muchas cosas de él y de su autora. Y sí. Siempre cuesta abandonar la intimidad. Si hay un libro en el que se cumpla aquello de "lo que se sabe sentir, se sabe decir", es este. Y Miriam ha podido decirlo, porque antes ha estudiado a Ramón Gaya como pocas veces se había hecho: honda, minuciosa, humildemente (escrito desde la filosofía, su autora prefiere que se la considere más que filósofa, filofilósofa, al modo del personaje de Azorín). En algunos aspectos de la obra gayesca Miriam ha sido la primera en llegar (la relación de Gaya con el vitalismo de Bergson), en otros, la más esclarecedora (su relación, a través de don Manuel B. Cossío y las misiones pedagógicas, con el institucionismo de Giner y JRJ, y, claro, con la vida). Un trabajo este que les habría gustado leer a nuestros maestros, Giner, Cossío, JRJ., el propio Gaya. Porque todo en él habla de la vida, y del modo (ética) en que el arte (estética) ha de preservar la vida. Si algún crédito tiene uno, hazme caso, amigo, amiga de Ramón Gaya, y lee este libro. De principio a fin. No tiene desperdicio. Y aquellos que ni siquiera conozcan la obra de nuestro pintor (una de las cosas buenas que le pasaron a la distraída España del siglo XX, tan cerril a menudo, por decirlo con palabra que le gustaba a él), también. Miriam Moreno Aguirre habla de la esperanza: otra modernidad es posible. Es necesaria. Nos va en ello el arte, quiero decir la vida. Y todo dicho con suprema sencillez y naturalidad.

(Presentación en Madrid el 12 de diciembre, librería Alberti, 19:00. Intervendrán su editor Manuel Borrás, y Eloy Sánchez Rosillo, José Muñoz Millanes y Juan Manuel Bonet, así como la autora).



Premio Internacional de Crítica literaria "Amado Alonso" 2017

11 novembre 2018

Andrés Herzog

LAS encuestas cuajaban una de esas bonitas contradicciones que no entiende nadie: Andrés Herzog aparecía en ellas como el político mejor valorado (como también antes Rosa Díez), pero a su partido, en cambio, no iba a votarlo nadie. Las encuestas se cumplieron, Upyd sacó menos votos que el partido animalista y Herzog ni siquiera revalidó su acta de diputado, pero siguió personalmente, por pundonor, con alguno de los trabajos iniciados antes, entre ellos la querella contra Rato y los que hicieron uso de las tarjetas black, una de esas corruptelas en las que participaron con idéntica desvergüenza Pp, Psoe e Izquierda Unida, sin olvidar, claro, las guindas del pastel, Comisiones Obreras y Unión General de Trabajadores. Y naturalmente dejaron sola a Upyd en su querella.  Mirando TODOS (esta es una buena ocasión para usar las mayúsculas) a cualquier parte menos a las tarjetas black. 

Acaba de conocerse la sentencia: Rato y algunos más irán a presidio, en condenas que suman 106 años de cárcel. Cuando Herzog presentó la querella, algunos se lo desaconsejaron (le llamaron ¡oportunista!), aunque en realidad le amenazaron: pagaría por ello un alto precio. Es verdad, lograron que Upyd desapareciera del mapa y el propio Herzog dejó la política.

Es una lástima, porque Herzog ha sido el político más cabal, íntegro y discreto que haya tenido España estos últimos años. Un señor, en toda la extensión de esta palabra: inteligente y honesto, desinteresado y valiente (pedía en Madrid lo mismo que en el País Vasco, Navarra o Cataluña, la desaparición de privilegios tributarios o forales y la igualdad de las dos lenguas, por ejemplo; competencias estatales de Educación y Sanidad y el cambio de la ley electoral, así como estrechar los controles contra la corrupción). Herzog acaba de publicar un artículo , “Los miserables y las tarjetas black”. Búsquenlo en internet. En él se pregunta por qué nadie, ni políticos ni medios de comunicación, ha recordado ahora quién y por qué puso aquella querella. “Hipocresía social” lo llama: “El mismo miserable establishment que decidió colonizar las Cajas y repartirse sus consejos de administración, sigue muy vivo”, leemos allí. El mismo establishment que busca ahora cambiar algunas cosas, para que todo siga igual, que decía el Gatopardo.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de noviembre de 2018]

5 novembre 2018

Por fin tontos y malos

En diferentes ocasiones se ha vaticinado en esta página a lo largo de los años (en realidad se  ha invocado, no vamos a ser hipócritas) la autodestrucción del arte contemporáneo. Los revolucionarios franceses clásicos, los jacobinos, con Robespierre a la cabeza, cuando ya no encontraron a nadie a quien llevar a la guillotina, entregaron la suya propia al verdugo.  Algo parecido se vio en los procesos de Moscú, cuando algunos acusados exhortaban a Beria y compañía a que les aplicaran las penas más severas si con ellas salvaguardaban al Partido y La Unión Soviética. Por suerte para todos, no es infrecuente que a los más tontos y a los más malos (“el mal se autodestruye”) les den periódicos ataques de enajenación y acaben ejercitando la autofagia. Esto, qué duda cabe, clarea y desahoga mucho la vida social.

Nadie puede asegurar que el señor Bansky sea ni lo uno ni lo otro, ni tonto ni malo. Es únicamente artista, un célebre y anónimo grafitero británico que ha dejado muestras de su trabajo en todo el mundo y siempre con gran repercusión mediática. Sus obras han alcanzado mucha notoriedad, pero, pintadas en muros y paredes, no pueden venderse. Claro que Bansky ha hecho versiones portátiles de alguna de ellas. Una de estas, “Niña con globo”, se subastó en Sotheby’s y alcanzó (con tasas) casi el millón y medio de euros. Pero en el mismo momento en que el subastador remató la puja con la maza de madera, el cuadro, que llevaba incorporada, oculta, una trituradora igualmente portátil (un ingenioso mecanismo de cuchillas preparadas para convertir la tela en espaguetis), empezó a deslizarse bajo el marco y autodestruirse.

El propio artista, a través de un comunicado, citando a Bakunin (con frase que atribuyó a Picasso), explicó sus razones: “El impulso de destruir es también impulso creativo”. Lo gracioso es que la obra se destruyó... a medias. Yo he visto el vídeo: la mitad quedó intacta. En realidad se parece ya a un cuadro con flecos. Es decir, también como autodestrucción fue un fraude. La obra será a partir de ahora mucho más famosa... y mucho más cara. Porque esta es la cuestión, los malos y los tontos pueden autodestruirse, pero los artistas modernos siempre consiguen detenerse a tiempo, porque viven de sus clientes, que son precisamente... los tontos y los malos. 

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de noviembre de 2018]

   

28 octobre 2018

Sforza, Taylor, estrellas

CAVALLI Sforza, que ha muerto casi centenario, demostró científicamente la falacia de agrupar a los individuos humanos por razones genéticas, desmontando por tanto el concepto de raza. A propósito de esa muerte escribió el filósofo Fernando Savater: “Las razas son agrupaciones superficialmente justificadas que a fin de cuentas dependen de la mirada –y a menudo las intenciones políticas– de quienes las acuñan, como las constelaciones astronómicas no son hallazgos científicos sino caprichosos inventos de los que pretenden ordenar las estrellas”. No se podría haber explicado mejor ni de un modo más poético: las razas, por diversas que parezcan, están sólo en nuestra cabeza, los individuos, como las estrellas, son únicos y al tiempo iguales, y la luz que emiten ilumina la vida de igual modo, independientemente de su composición y origen, quinqué, luna o farola de autopista, negro, blanco, amarillo. 

Por aquellos días también, en algún lugar de los Estados Unidos, un tal Taylor, de cuyo nombre no puedo acordarme (la noticia salió de la radio del coche), puso la justicia de su Estado patas arriba, tomando, sin saberlo, el atajo de Sforza: los jueces no aceptaron su declaración de que era negro, ya que a primera vista Taylor es blanco. ¿Y por qué quería el señor Taylor que se admita que es negro en un país en el que la mayor parte desearía disfrutar los privilegios y la consideración que se reserva únicamente a los blancos? Porque ese hombre, comerciante en una pequeña ciudad, quiere beneficiarse de las ayudas con que se favorece y estimula sólo a los comerciantes negros en aras de la igualdad racial. Las autoridades, que examinaron su solicitud, denegaron la ayuda en cuanto lo vieron, pero el hombre, que no tenía ascendentes negros conocidos en su familia, no se arredró y pagó de su bolsillo una prueba de adn que ha dado como resultado un 4% de genes específicos de la raza negra. En la radio no dijeron cómo habían obtenido ese porcentaje ni si era relevante, pero lo que Taylor ha venido a demostrar no es que él sea negro, sino que todos los negros son blancos en un 96%.

En España no hubiera hecho falta esa prueba de adn: las gotas de sangre semítica que corren por nuestras venas siguen dando su luz, como tantas estrellas muertas, cinco siglos después de la expulsión de moros y judíos.

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de octubre de 2018]

14 octobre 2018

Del 3 al 8

POR los mismos días en que España asistía entre abochornada e incrédula al asunto de la tesis doctoral del presidente del gobierno, acusado de plagiario, y de la dimisión de su ministra de medicina, que gritaba su inocencia con un “!no todos somos iguales! ¡No todos somos iguales!” horas antes de ser descubierto su embuste, los periódicos publicaban esta noticia: “Los títulos académicos cada vez importan menos para encontrar empleo en Silicon Valley”. Vuelta del revés lo que se entiende en esta frase es esto: los títulos estorban en Sillicon Valley. Más aún, en ciencia, el saber a veces es un hándicap.

Hace años un amigo, físico de partículas, nos decía que la mayor parte de los grandes descubrimientos en su campo, desde Einstein hasta nuestros días, lo hacían físicos muy o relativamente jóvenes. Estos, a diferencia de colegas con más años, saber y experiencia, se adentraban por caminos inexplorados que la expriencia, el conocimiento y la edad desaconsejarían a cualquiera, y su audacia o temeridad era premiada a veces con el prodigioso eureka.

No obstante, hay que relativizarlo todo: la mayor parte de nosotros ponemos nuestra salud en manos de los médicos titulados y nuestros puentes en las de los ingenieros, y a pesar de todo muchos no logran curarse y algunos puentes se caen, desconfiamos de los curanderos. En letras, incluso en ciencias sociales  todo es diferente. De las dos personas más inteligentes que hemos tratado, una dejó la escuela a los diez años (el pintor Ramón Gaya) y otra ni siquiera creo que llegara a la universidad (Sánchez Ferlosio). 

Porque lo que nos revelan quienes amañan sus currrículos académicos para trepar en la vida no es su marrullería, que también, sino la desperación profunda de saberse íntimamente mediocres (y qué cómico fue que La Moncloa, o sea, el presidente, pasara su propia tesis por el softward de plagios como ese que se ha entrenado para engañar al detector de mentiras: ¿tenía él alguna duda de haber plagiado?), impotentes para ganar en buena lid a otros más capacitados. El único problema de convertir un tres en un ocho en la papeleta de las calificaciones escolares es que acaban desacreditando todos los ocho legítimos y bajan la media de la vida a tres. 

      [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de octubre de 2018]