12 décembre 2018
10 décembre 2018
La maldita almendra (y 2)
REBOBINEMOS: la autoridad municipal restringirá el tráfico rodado por el centro de Madrid, en la famosa almendra, de modo que sólo puedan circular los residentes. La medida es copia de otras adoptadas en algunas metrópolis europeas y, supongo, se copiará en algunas ciudades de provincia. Como es natural, apenas anunciada, han empezado ya a oírse las primeras opiniones contrarias. Una de las más tontas es aducir que atenta contra la libertad de los ciudadanos. Es verdad. ¿Y? Sucedió cuando se prohibió fumar en los espacios públicos cerrados. La libertad de los fumadores se vio recortada, en efecto, en ese caso en favor de la libertad de una mayoría a la que no se podía imponer el humo de tabaco. La autoridad municipal ha decidido ahora mantener limpio de emanaciones carbónicas el aire que se respira en la famosa almendra.
En principio, bien: menos ruido, menos octanos, menos nervios. Tendrá para los que vivimos en el centro algunas desventajas (a nuestros hijos les costará más venir a visitarnos) y, es posible, algunas ventajas (acaso podamos dejar de nuevo en la calle nuestro coche, ahorrándonos el parquin). Pero el problema en el fondo no es ese, sino en lo que estamos convirtiendo el centro histórico de nuestras ciudades, el de Madrid desde luego: el imperio de la hostelería (bares, restoranes, hoteles y hospedajes clandestinos y espontáneos, que han acabado por desalojar al vecindario y al comercio tradicionales) y el imperio del comercio basura para turistas (que vienen a comprar a dos mil kilómetros lo que encontrarían sin salir de casa).
Se limitarán los coches en los centros históricos de las ciudades, pero al tiempo la gentrificación los está llenando de bicis, patinetes, buses turísticos y masas que arrastran ruidosamente sus maletas y troles por las aceras, haciendo de esos centros algo igualmente ruidoso, desagradable, deprimente. Los coches nos contaminaban los pulmones, las multitudes nos contaminan el alma. Adiós a los tiempos en que el centro de las ciudades era silencioso, poético, tranquilo. Adiós a los tiempos en que se dejaba en paz la maldita almendra y algunos (Giner de los Ríos) podían ser pobres, refinados y distinguidos, sin tener que recurrir a Larra y a los consiguientes artículos de costumbres.
[Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de diciembre de 2018]
2 décembre 2018
La maldita almendra (1)
CUANDO escribo estas líneas no sabe uno si nuestros hijos, que viven extramuros, quiero decir fuera de “la almendra” que la siempre cursi autoridad municipal ha dibujado sobre el plano de Madrid, podrán venir a visitarnos en sus coches o tendrán que hacerlo en patinete. De la noche a la mañana Madrid se ha llenado de patinetes. Le dan a la ciudad un aspecto bastante cómico y futurista, con todas esas gentes tiesas como estacas driblando o atropellando peatones a gran velocidad. Recuerdan un poco a Jacques Tati. Pero el aspecto de las cosas da un poco igual en este caso. Me refería únicamente al hecho de que en muy pocos meses es probable que Madrid cambie de forma radical su morfología y, como consecuencia, también el comportamiento y hábitos de sus vecinos.
Detesta uno los artículos municipales, los escriba Larra o Mesonero, Répide o Umbral. No conducen más que a unas nostalgias de manivela. Vivimos desde hace cuarenta años en el centro de la ciudad. En los bajos de nuestra casa hubo un tugurio en el que se vendió la primera heroína de Madrid y en nuestra calle no eran infrecuentes las balaceras de madrugada. Los chaperos que hacían la esquina no ganaban los pobres para sustos. Desaparecieron los gánsteres al mismo tiempo que la panadería, la lechería, la mercería, los ultramarinos y una taberna que daba de comer a los obreros y empleados modestos que trabajaban por la zona. El barrio fue llenándose de tiendas y restoranes caros, las inmobiliarias empezaron a comprar las casas antiguas y vaciarlas y donde había ocho viviendas se las ingeniaron para sacar cuarenta apartamentos de lujo, por suerte comprados o alquilados de inmediato en su mayoría por pijos, quiero decir que el número de sobresaltos y delincuentes ha disminuido, cosa que agradecemos a una gays y vecinos. No obstante, aparcar en la calle se ha convertido en una tortura diaria, por lo que los negocios de parquins han subido como la espuma. Lo vecinos nos hemos visto obligados a contratar una plaza fija (300 €) o a perder dos horas diarias dando vueltas a la manzana, y desquiciarnos durante otras dos o tres. La autoridad municipal, driblando y atropellando los derechos de muchos, asegura ahora que arreglará de una tacada muchos problemas derivados del tráfico. ¿Lo hará? Hablemos ahora de la maldita almendra. (Continuará)
[ Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 2 de diciembre de 2018
25 novembre 2018
En torno a Max Estrella
ES una de las réplicas más célebres del teatro español. Cuando el sainete estaba de capa caída y ni López Silva ni Carlos Arniches lograban resucitarlo, Valle-Inclán escribió Luces de bohemia. Es al género del sainete lo que el Quijote a las novelas de caballería: una sátira, pero también su genial culminación. Rubén [Darío], Don Latino y Max Estrella conversan. Se habla de la muerte, “la Dama de luto”, y el poeta ataja: “¡No hablemos de ella!”. Estrella se viene arriba, y replica: “¡Tú la temes, y yo la cortejo! ¡Rubén, te llevaré el mensaje que te plazca darme para la otra ribera de la Estigia! Vengo aquí para estrecharte por última vez la mano, guiado por el ilustre camello Don Latino de Hispalis. ¡Un hombre que desprecia tu poesía, como si fuese Académico!”. La réplica de don Latino es fulminante: “¡Querido Max, no te pongas estupendo!”.
Cada día se nos hace testigos de frases más gallardas. Ni la vida municipal, tradicionalmente ordenancista y gris, está libre de ellas: “El ayuntamiento de Barcelona pide por mayoría abolir la monarquía”, hemos sabido. Cualquier republicano sabe también, incluso los amantes de las grandes frases, que la monarquía no se abolirá en España porque se acuerde en un pleno de alguaciles y regidores y que abolirla pasa por suspender la Constitución, pero hemos llegado a un punto en que, como Max Estrella, no podemos evitar venirnos arriba, gustarnos en las chicuelinas, y subir de punto el tono, el arabesco, la retórica. Y así, antes de darnos cuenta, nos encontramos en el “disparadero español”, frases van, frases vienen. Lo decía un hombre, José Bergamín, que sabía que las palabras, y los brindis al sol propios de la lidia recreativa, las carga el diablo.
La experiencia nos dice que a medida que se aproximan unas elecciones (da igual que sean generales o autonómicas, municipales o europeas) los políticos tienden a multiplicar los arranques de teatro, molinetes y demás. Nada que objetar mientras no abandonen el toreo de salón, incruento, o las polvorientas tablas del escenario. Son libres de hacerlo. Pero también es de agradecer que Valle-Inclán nos recuerde que lo que convierte al sainete, y a la política, en algo serio, es devolver a Max Estrella y demás espontáneos a la maravillosa realidad, iluminada por unas pobres candilejas.
[Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de noviembre de 2018]
18 novembre 2018
Miriam Moreno Aguirre: Otra modernidad
HOY por hoy, el libro sobre Ramón Gaya. No me resulta difícil decir muchas cosas de él y de su autora. Y sí. Siempre cuesta abandonar la intimidad. Si hay un libro en el que se cumpla aquello de "lo que se sabe sentir, se sabe decir", es este. Y Miriam ha podido decirlo, porque antes ha estudiado a Ramón Gaya como pocas veces se había hecho: honda, minuciosa, humildemente (escrito desde la filosofía, su autora prefiere que se la considere más que filósofa, filofilósofa, al modo del personaje de Azorín). En algunos aspectos de la obra gayesca Miriam ha sido la primera en llegar (la relación de Gaya con el vitalismo de Bergson), en otros, la más esclarecedora (su relación, a través de don Manuel B. Cossío y las misiones pedagógicas, con el institucionismo de Giner y JRJ, y, claro, con la vida). Un trabajo este que les habría gustado leer a nuestros maestros, Giner, Cossío, JRJ., el propio Gaya. Porque todo en él habla de la vida, y del modo (ética) en que el arte (estética) ha de preservar la vida. Si algún crédito tiene uno, hazme caso, amigo, amiga de Ramón Gaya, y lee este libro. De principio a fin. No tiene desperdicio. Y aquellos que ni siquiera conozcan la obra de nuestro pintor (una de las cosas buenas que le pasaron a la distraída España del siglo XX, tan cerril a menudo, por decirlo con palabra que le gustaba a él), también. Miriam Moreno Aguirre habla de la esperanza: otra modernidad es posible. Es necesaria. Nos va en ello el arte, quiero decir la vida. Y todo dicho con suprema sencillez y naturalidad.
(Presentación en Madrid el 12 de diciembre, librería Alberti, 19:00. Intervendrán su editor Manuel Borrás, y Eloy Sánchez Rosillo, José Muñoz Millanes y Juan Manuel Bonet, así como la autora).
(Presentación en Madrid el 12 de diciembre, librería Alberti, 19:00. Intervendrán su editor Manuel Borrás, y Eloy Sánchez Rosillo, José Muñoz Millanes y Juan Manuel Bonet, así como la autora).
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Premio Internacional de Crítica literaria "Amado Alonso" 2017
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11 novembre 2018
Andrés Herzog
LAS encuestas cuajaban una de esas bonitas contradicciones que no entiende nadie: Andrés Herzog aparecía en ellas como el político mejor valorado (como también antes Rosa Díez), pero a su partido, en cambio, no iba a votarlo nadie. Las encuestas se cumplieron, Upyd sacó menos votos que el partido animalista y Herzog ni siquiera revalidó su acta de diputado, pero siguió personalmente, por pundonor, con alguno de los trabajos iniciados antes, entre ellos la querella contra Rato y los que hicieron uso de las tarjetas black, una de esas corruptelas en las que participaron con idéntica desvergüenza Pp, Psoe e Izquierda Unida, sin olvidar, claro, las guindas del pastel, Comisiones Obreras y Unión General de Trabajadores. Y naturalmente dejaron sola a Upyd en su querella. Mirando TODOS (esta es una buena ocasión para usar las mayúsculas) a cualquier parte menos a las tarjetas black.
Acaba de conocerse la sentencia: Rato y algunos más irán a presidio, en condenas que suman 106 años de cárcel. Cuando Herzog presentó la querella, algunos se lo desaconsejaron (le llamaron ¡oportunista!), aunque en realidad le amenazaron: pagaría por ello un alto precio. Es verdad, lograron que Upyd desapareciera del mapa y el propio Herzog dejó la política.
Es una lástima, porque Herzog ha sido el político más cabal, íntegro y discreto que haya tenido España estos últimos años. Un señor, en toda la extensión de esta palabra: inteligente y honesto, desinteresado y valiente (pedía en Madrid lo mismo que en el País Vasco, Navarra o Cataluña, la desaparición de privilegios tributarios o forales y la igualdad de las dos lenguas, por ejemplo; competencias estatales de Educación y Sanidad y el cambio de la ley electoral, así como estrechar los controles contra la corrupción). Herzog acaba de publicar un artículo , “Los miserables y las tarjetas black”. Búsquenlo en internet. En él se pregunta por qué nadie, ni políticos ni medios de comunicación, ha recordado ahora quién y por qué puso aquella querella. “Hipocresía social” lo llama: “El mismo miserable establishment que decidió colonizar las Cajas y repartirse sus consejos de administración, sigue muy vivo”, leemos allí. El mismo establishment que busca ahora cambiar algunas cosas, para que todo siga igual, que decía el Gatopardo.
[Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de noviembre de 2018]
5 novembre 2018
Por fin tontos y malos
En diferentes ocasiones se ha vaticinado en esta página a lo largo de los años (en realidad se ha invocado, no vamos a ser hipócritas) la autodestrucción del arte contemporáneo. Los revolucionarios franceses clásicos, los jacobinos, con Robespierre a la cabeza, cuando ya no encontraron a nadie a quien llevar a la guillotina, entregaron la suya propia al verdugo. Algo parecido se vio en los procesos de Moscú, cuando algunos acusados exhortaban a Beria y compañía a que les aplicaran las penas más severas si con ellas salvaguardaban al Partido y La Unión Soviética. Por suerte para todos, no es infrecuente que a los más tontos y a los más malos (“el mal se autodestruye”) les den periódicos ataques de enajenación y acaben ejercitando la autofagia. Esto, qué duda cabe, clarea y desahoga mucho la vida social.
Nadie puede asegurar que el señor Bansky sea ni lo uno ni lo otro, ni tonto ni malo. Es únicamente artista, un célebre y anónimo grafitero británico que ha dejado muestras de su trabajo en todo el mundo y siempre con gran repercusión mediática. Sus obras han alcanzado mucha notoriedad, pero, pintadas en muros y paredes, no pueden venderse. Claro que Bansky ha hecho versiones portátiles de alguna de ellas. Una de estas, “Niña con globo”, se subastó en Sotheby’s y alcanzó (con tasas) casi el millón y medio de euros. Pero en el mismo momento en que el subastador remató la puja con la maza de madera, el cuadro, que llevaba incorporada, oculta, una trituradora igualmente portátil (un ingenioso mecanismo de cuchillas preparadas para convertir la tela en espaguetis), empezó a deslizarse bajo el marco y autodestruirse.
El propio artista, a través de un comunicado, citando a Bakunin (con frase que atribuyó a Picasso), explicó sus razones: “El impulso de destruir es también impulso creativo”. Lo gracioso es que la obra se destruyó... a medias. Yo he visto el vídeo: la mitad quedó intacta. En realidad se parece ya a un cuadro con flecos. Es decir, también como autodestrucción fue un fraude. La obra será a partir de ahora mucho más famosa... y mucho más cara. Porque esta es la cuestión, los malos y los tontos pueden autodestruirse, pero los artistas modernos siempre consiguen detenerse a tiempo, porque viven de sus clientes, que son precisamente... los tontos y los malos.
[Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de noviembre de 2018]
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