8 avril 2019

Esto no ha hecho más que empezar

SIGUIÓ uno con interés el juicio del 23F, hace ya casi cuarenta años, y sigue uno con parecida atención el del Procés. Hay entre ambos notables diferencias. Los responsables de la intentona del 23F asumieron desde el primer momento su fracaso. Al fin y al cabo no se distinguió mucho de los incontables pronunciamientos militares que tuvieron lugar a lo largo del siglo XIX. Estos acababan unas veces con los golpistas en el gobierno, y otras en la horca o el pelotón de ejecución, como en el caso de Riego y Diego de León, que aceptaron con aplomo la soga y la bala. En el caso de Diego de León él mismo incluso dio la orden a los soldados que iban a fusilarle: “¡No tembléis, al corazón!”. Sonó a un verso de Vighi:“A morirse, y a otra cosa”. Los había con más suerte y acababan en la cárcel o el exilio, a la espera de mejor ocasión para volver a intentarlo, como Cabrera.

Las principales diferencias de este juicio de ahora con aquel son, a mi modo de ver, estas dos. Una: los encausados y sus partidarios  jamás han admitido su derrota. Y dos: mientras el 23F no contó con ningún apoyo social considerable, en este caso hay un número que algunos cuantifican en más de dos millones de seguidores. Dos millones que consideran, si es verdad lo que interpretan quienes hablan en su nombre, que los procesados no han hecho nada malo, lo cual les permite presentarse como víctimas. Como no andamos escrutando lo porvenir ni dilucidando un asunto dogmático o doctrinal, sino hechos, que diría el juez Marchena, fijemos la atención en una palabra que se ha oído bastante estos días y que es probable que aún se reitere más a partir de que se conozca la sentencia: farsa. 

Sigue uno con atención, sí, este episodio apócrifo de Galdós. Estamos cerca del desenlace, incierto para todos. La tesis de los acusados y sus defensas se centra en demostrar que el referéndum del 1-O fue una fiesta echada a perder por el Estado y sus jayones,  y la proclamación de la República Catalana que le siguió, un acto simbólico, o sea, una representación. Algunos hablan de un juicio-farsa, acaso para no tener que reconocer lo que aquella representación pudo tener también de farsa... ¿Dirá la sentencia que, aparte de lo que tuviera de teatral, fue real? Quién sabe. A diferencia de una novela que ha llegado a su fin, seguro que a partir de ahora se oirá mucho “esto no ha hecho más que empezar”.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de abril de 2019]

2 avril 2019

Ferlosio

El primero de estos textos, algo más extenso que aquí, aparece en El País, y el segundo salió hace uno o dos años en La Vanguardia.

1,


EN LA MUERTE DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

Alfanhuí es un libro prodigioso, escrito por un joven que llevaba la escopeta, como el del romance, “cargada de maravillas”. Muchos, miles, lo leyeron en una edición de quiosco, Libros Rtve, años sesenta, la primera acaso que metió en las casas españolas más humildes la gran literatura. Es imposible no sucumbir al embrujo de algo que siendo tan pequeño en dimensiones, es tan grande como el Lazarillo, solo que a diferencia de Lázaro, Alfanhuí es un muchacho luminoso y sagaz, pero no pícaro ni resabiado. Por más que se le mire las costuras no acaba de verse dónde está el truco. No lo tiene. Ese es el truco. Está tan vivo que casi no es ni literatura, ese don que tienen tan pocas obras literarias.

La vida quiso luego que conociese y tratase uno a su hija Marta y a Carmen Martín Gaite y después al propio Ferlosio y a Demetria y, a Liliana Ferlosio, su madre. La personalidad de Rafael les conformaba un poco a todos ellos, y aunque no estuviese él delante, se le tenía tan presente que se diría que no daban por buena una cosa o una idea sin pasarla antes por el fielato imaginario de él.

A veces Liliana pasaba temporadas sin ver a su hijo, pero tenía en su casa a la vista el dibujo que Rafael había hecho para ilustrar la cubierta de Alfanhuí, el retrato de su protagonista, en esa primera edición cuyos gastos sufragó ella. Se parecía mucho, claro, al propio Rafael de entonces, cara de pájaro y ojos de alcaraván, muy vivos.

En cierto modo la vida intelectual de Ferlosio no hubiera diferido de la de su Alfanhuí, si él nos la hubiera contado. Su misma curiosidad, su falta de vanidad pero no de ambición, su agudeza para buscar el punto de vista menos trillado y, por descontado, su delicadeza intelectual y personal, un poco áspera siempre, como el olor de los geranios.

Es verdad que dejó demasiado pronto de lado la literatura imaginativa por la ensayística, pero sin una imaginación como la suya jamás se habrían escrito algunos de los mejores ensayos españoles sobre una infinidad de asuntos, coplas de Jorge Manrique, comunidades de Castilla o el comportamiento del fuego, por extenso o en pecios. Y al modo de Alfanhuí, nadie ha sido más libre que él para pensar y decir lo que ha querido, sin demasiadas ceremonias. La hipertrofia de su famosa hipotaxis se compensaba con creces con el don, único, que tenía para aislar el sonido de una esquila de convento. Una vez, en los ochenta, le propuse escribir a medias su biografía (porque sabía que a solas no lo haría jamás), y me puso una cara rarísima. Lo intentó el propio Ferlosio en “De la forja de un plumífero”, que da una idea exacta de lo que hubiera sido una de las mejores autobiografías de la literatura española, si su autor no hubiera aborrecido tanto lo biográfico y si no hubiese sido una aleación tan compacta de timidez y de orgullo, de altivez, discreción y arrojo.

Ha muerto Ferlosio y se pregunta uno “en esta hora”, como Alfanhuí a las puertas de Madrid, pero con harto más pesar, sobre esos asuntos, pequeños y grandes, del pensar y del vivir, que sin él quedarán para siempre no resueltos. En alto, como las espadas de las vidas que han merecido la pena.


y 2


FERLOSIO, ENTRE LA HIPOTAXIS Y LA CAMPANITA DE CONVENTO

El papel que tuvieron Unamuno y Ortega en la vida pública española y en el debate de ideas lo ha desempeñado en cierto modo durante los últimos cuarenta años Rafael Sánchez Ferlosio. Sin embargo, este reduce a Unamuno prácticamente a un puñado de ripios y a Ortega a unos cuantos ortegajos, palabra que él puso de moda y que no por jocosa es menos injusta. ¿No encuentra en ellos nada de valor? Por supuesto que sí. Esto es parte de su complejidad como intelectual. Porque, aunque no esté él muy de acuerdo, Ferlosio es un intelectual, alguien que se ha tomado en serio lo de pensar, un pensar que no necesariamente desemboca en la acción. De hecho, si de algo sospecha Ferlosio es de la acción, y si algo evita él con cautela es la acción.

La del intelectual es una categoría diferente de la del escritor o la del filósofo. La mayor parte de los filósofos seguramente considerarían a Ferlosio un escritor, pero no está claro que la comunidad de los escritores lo tenga por uno de los suyos, siquiera como venganza (Ferlosio ha confesado muchas veces que dejó de escribir ficción –novelas y cuentos que gozaron al mismo tiempo del éxito de verdad y del succès d’estime–, cuando decidió tempranamente no seguir interpretando “el bochornoso papelón del literato”).

Pero el suyo es un caso parecido al de Unamuno y Ortega. A Unamuno, autor de importantes textos filosóficos, lo consideramos más un escritor, y Ortega, autor de notables piezas literarias, sigue siendo para la mayoría un filósofo. ¿Y Ferlosio? ¿Cómo hemos de leerle, como escritor, como filósofo del lenguaje? Él tiró por la calle de en medio al describirse como “plumífero”.

Tenemos ante nosotros los dos voluminosos tomos recién publicados, con sus ensayos y escritos de no-ficción. Muchos de ellos aparecieron en los periódicos y contaron con un apreciable número de lectores, que los leía con verdadera devoción, insuficiente a menudo para desmigar su hermetismo. La culpa la tenía en parte el estilo, y eso que Ferlosio es todo lo contrario de un estilista. Nos referimos a la hipotaxis a la que su autor se ha referido en tantas ocasiones, esa capacidad que tiene un texto de implementarse en oraciones subordinadas, paréntesis y meandros que amenazan con estancar o colapsar el propio texto y dejar sin oxígeno al lector. Con los años ha reconocido que las responsables de su barroquismo fueron las anfetaminas, y que eso de la hipotaxis es en el fondo una presuntuosa bobada. Pero le cuesta no dejar de admirarla en ocasiones: “En la hipotaxis la frase ha de doblar limpiamente el cabo de Hornos, sin meterse por el estrecho de Magallanes”, ha dicho. O sea, el texto como un imponente bergantín a todo trapo.

Pero esa majestad de su prosa que ha admirado a unos, también ha desanimado a muchos. ¿Vale la pena leerlo?, se preguntan estos. Aunque el propio Ferlosio haya respondido a esto con bastante humor (“Yo estoy sobrevalorado” ha declarado alguna vez también, y a Arcadi Espada le hacía este autorretrato: “Yo tengo unas lecturas demasiado superficiales y demasiado pobres para hablar seriamente y con competencia de muchos autores que cito. No soy un hombre culto. Yo no soy más que un ilustrado a la violeta. He leído por encima. A veces acierto y digo las cosas bien. Pero sólo eso”), sí, yo creo que merece mucho la pena leerlo. Desde luego ha valido la pena haberlo leído, día a día, durante estos cuarenta años.

En primer lugar por estar en presencia de alguien que ha pensado con una libertad inusitada y sobre todo tipo de asuntos peregrinos, en el sentido que se daba antiguamente a esta palabra. El punto de partida, como si dijéramos, la metodología, ha sido siempre el mismo, aplicar a las palabras la filosofía de la sospecha: las carga el diablo y conviene mirar sus costuras, porque es en ellas donde suelen anidar los piojos que infectan todos los lenguajes, principalmente los del poder.

Eso le ha llevado a escribir con escrupulosa precisión, como quien redacta prospectos de medicamentos. En cuanto al tono que emplea, ese tono tonante, valga el retruécano, esa imprecación, furia e indignación suyas con las que parece sermonear a sus lectores (La homilía del ratón tituló a uno de sus libros, él, que tiene aspecto de león viejo), hay que tomárselo más bien como otro rasgo de humor, pero no de mal humor. Es, digamos, su carácter, lo que lo hace característico, como a Charlot sus andares.

Y aunque los temas que le han ocupado sean numerosos, podríamos resumirlos en estos: contra la identidad y las patrias, empezando por España, y, por extensión, contra el Progreso, origen de la violencia y las expiaciones a que da lugar; contra la guerra, presentada como instrumento divino, y, por tanto, contra el Estado (“si aceptas el Estado, aceptas la razón de Estado”) y contra la épica, aunque, paradójicamente, por contagio acaso, su prosa tiene a menudo un empaque épico; contra las religiones que niegan el principio de realidad a favor de la trascendencia; y contra todo aquello que sustente cualquiera de las identidades, por insignificante que parezca, y de ahí que Ferlosio acabe disparando a todo lo que se mueve con el nombre de rock, Walt Disney, deportes, publicidad, museos, procesiones, cultura de masas, televisión; y, en fin, contra la literatura (sus caladeros son preferentemente extraliterarios y preliterarios, se llamen Plutarco, Bernal Díaz o don Pascual Madoz).

No es necesario tampoco que el lector muestre su acuerdo con todas y cada una de las tesis ferlosianas, para empezar porque el propio Ferlosio no parece precisar nuestro acuerdo ni lo contrario, pues se diría que escribe para aclararse él mismo esas cuestiones. La experiencia es única. Y cuando asistimos a  su pensar sin la mediación de la hipotaxis (como en la fascinante conversación que mantiene con Miguel Delibes hijo a propósito del fuego y de la naturaleza, publicada en uno de esos tomos, o cuando ha mantenido una entrevista con un interlocutor de altura, sean Azúa o Espada, o en la dedicatoria a su hija Marta, “quien más he querido en este mundo”, que le recuerda una “campanita de convento”, o en tal o cual pecio), entonces, es algo único. Nadie tan fino para descubrir el habla viva en los libros viejos o en la calle (su injusta denostación de El Jarama ha de verse como un rasgo de su dandismo, porque se nos olvidaba decir: Ferlosio ha sido y es, incluso con zapatillas de orillo y ese destartale indumentario suyo, uno de los hombres más elegantes de España, espiritualmente hablando me refiero) ni nadie tan sagaz como él para poner al descubierto las trampas sutiles del lenguaje. Podrá comprobarlo cualquiera en estos tomazos que ha editado Ignacio Echevarría, quien los ha dotado de unas oportunas y utilísimas notas. Si como Pirrón de Elis, el primer elitista de verdad, no practica la acción (“lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere”, decía en uno de sus célebres aforismos), tratándose de él tampoco es grave.









1 avril 2019

Escaparatismo de lujo

QUIERA el Estado, que sufraga  en parte la juerga, que nunca se acabe Arco. Cuántos buenos momentos nos hace pasar todos los años. Este titular de El Español: “De una lechuga por 55.000 € a un palo pintado de rojo de 5.000: las once obras más ridículas de Arco”. Me interesó mucho ese palo rojo. Era, en efecto, un palo de escoba pintado de rojo, y agradecí la sinceridad, porque en arte, como en política, prometen cosas que luego no dan. Su autor se llama Pedro Barateiro. Busqué en internet a Barateiro, por si era una broma. Me alegré de que no, demostrándose, una vez más, que la realidad supera al arte.

Me extrañó también que entre esas once obras no figurara la que llevaba por título Ninot: un muñeco de falla valenciana, representando al rey Felipe VI, 200.000 €. Su autor es el mismo que el año pasado triunfó con Presos políticos, un montaje sobre los políticos presos del Procés. La de este año viene con manual de instrucciones: el comprador se obliga, contrato mediante, a quemarla antes de un año. Aunque lo lógico fuese que el artista se comprometiera también a quemar los 200.000 €, de esto último no se dice nada. Como con la obra del año pasado, se habló mucho de “libertad de expresión”, “divertido”, “valentía” y “coherencia”. Yo creo que por coherencia debiera comprarla la alcaldesa Colau, y quemarla en la plaza de San Jaime el día que se conozca la sentencia del Tribunal Supremo. Qué menos: se lo debe al pueblo y a la Historia, y ya ha entrenado antes con bustos reales y con nombres de calles. 

“El arte contemporáneo lo entienden hasta los tontos”, dijo Antonio López a El Mundo por esas mismas fechas. No voy de acuerdo: yo me tengo por un hombre bastante tonto, y no acabo de entenderlo. Veo, sí, que el del palo rojo y el del ninot se consideran artistas rebeldes e independientes, cuando se diría que son exactamente lo contrario, servilones que hincan su rodilla ante su parroquia política o el dinero, como otros artistas del pasado le hacían la reverencia al rey, al banquero, al obispo. Y eso es lo que no acaba uno de entender: que un arte que no pasa de ser escaparatismo de lujo siga todavía beneficiándose de la palabra libertad, cuando es al revés: nunca el arte y los políticos han estado tan satisfechos de su esclavitud y de la estupidez, propia y de los suyos.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 31 de marzo de 2019

29 mars 2019

Pagola

YA he contado en alguna ocasión cómo trabajé durante dos años de ñáñigo (cruce de chino y negro) en una revista de arte. De esto hace más de cuarenta años. La dirigía un tipo increíble, que pese a ser feróstico en grado sumo (cruce de feo y sobrecogedor), se hizo rico cogiendo, sin el menor escrúpulo, los sobres de los artistas que compraban de ese modo las críticas que aparecían en ella y que me tocaba escribir a mí, ora de negro, ora de chino. Nunca le agradeceré lo bastante que me despidiera, pero por lo mismo que digo una cosa, confieso también otra: sería un desagradecido si no reconociera las muchas enseñanzas que saqué de aquel trabajo. La primera de todas: los artistas suelen ser criaturas muy frágiles, incluso cuando, como Van Gogh, parecen tener una voluntad de hierro. Traté a muchos. Vagan desconcertados y a merced de sus neuras. Si son trabajadores, se pasan las horas muertas solos en sus estudios o sueltos por el campo, como Van Gogh, cargando con el caballete y la caja de colores, y aunque no se quiebren como el pintor holandés, bordean el abismo muchas veces a lo largo de su carrera. Cuando dejan el estudio y se relacionan con otros colegas y tratan de vender sus cuadros, no siempre saben hacerlo en las mejores condiciones, porque tantas horas de soledad han mermado mucho sus habilidades sociales. Produce cierta congoja verles mirar en las inauguraciones a los posibles clientes, sin acabar de encontrar su lugar, porque o resultan demasiado solícitos y serviles o, por el contrario, se muestran altaneros y displicentes. Tal y como sucede con los huérfanos de una inclusa el día en que vienen a inspeccionarles los futuros e hipotéticos padres adoptivos. Por eso digo que nunca agradeceré lo bastante que El Feróstico, al que un tiempo llamé también El Fenicio con patente resentimiento, me despidiera, incluso de la manera artera con que lo hizo. De haber seguido en aquel trabajo habría acabado con el corazón roto, no habría podido soportar ver a los hermanos pintores remando bajo el corbacho de esos piratas y a merced de los ñáñigos cínicos como lo era yo en aquel tiempo. Solo conservé la amistad de unos pocos artistas, contados con los dedos de la mano. Javier Pagola es uno de ellos.
Y aquí viene la segunda dificultad. No me resultará en absoluto difícil escribir de su trabajo, aunque sea la primera vez que lo haga, después de tantos años, pero no voy a saber hacerlo sin referirme a su persona. De aquella oscura edad media de mi vida a la que acabo de referirme, extraje también esta otra enseñanza: los artistas (y los escritores, desde luego) necesitan que se valore y elogie su trabajo. Tienen derecho a ello. Lo piden de muy diversas maneras, como los de la inclusa también: unos con dignidad, otros sin mesura, algunos de una manera impertinente, quién en silencio, quién a voces. Y no lo hacen, desde luego los mejores, por vanidad, ni mucho menos. Lo hacen para saber que no están perdidos, que el impulso de verdad y belleza que les llevó a hacer tal o cual obra es real, no una ilusión, y que ellos son reales y su trabajo digno de ser tenido en cuenta. Pagola, sin embargo, jamás le ha pedido a uno nada, ni ahora. Al contrario, fui yo quien le pedí a él uno de los grandes favores que me haya hecho nadie. El trabajo que Pagola realizó a lo largo de unos meses para El arca de las palabras es uno de los más hermosos que ningún pintor haya llevado a cabo en un libro. De hecho creo que ningún pintor contemporáneo, hasta donde yo conozco, habría sabido resolverlo como él lo hizo, porque era un trabajo que exigía a la vez versatilidad, recursos técnicos y, principalmente, un temperamento poético. Y siempre, claro, a la debida distancia. Ni echándose encima del texto ni quedándose lejos de él. Acompañándolo. Y aquí es donde hemos de referirnos a la persona, antes de proseguir ocupándonos de su trabajo. Javier Pagola es una bellísima persona. No piense nadie que esto es una manera de salirse por la tangente, como tampoco lo es cuando lo referimos a Antonio Machado. Lo dijo él de sí mismo, y no lo pudo decir mejor: bueno, en el buen sentido de la palabra bueno. Y Pagola lo es también. Y no lo dice uno tampoco porque Pagola aceptara un trabajo que le iba a distraer de sus tareas durante unos meses (trescientos sesentaicuatro dibujos) y con un horizonte por delante de exiguas retribuciones económicas. Lo digo porque solo una buena persona se puede relacionar con el trabajo de una manera luminosa. La bondad es una luz, como una lámpara. Y transforma aquellas cosas que ve en algo diferente y valioso, en luz. Las viñetas de este libro tienen todas luz. Pagola es un pintor luminoso.
Sus figuras, herederas de las picassianas, se deforman lo preciso para quedarse más cerca de la caricatura lírica que de la sátira. Se las ha relacionado también con cierto expresionismo (por eso le gustaban tanto a Saura), y algo tienen de expresionistas, pero sin meter miedo. No hay una figura suya que no veamos con una sonrisa, como nos sucede con las películas de Charlot, por cruel que sea la realidad que nos muestra. En todos los personajes de Charlot adivinamos a Chaplin. En todas todos las obras de Pagola está el autorretrato del artista. Fíjense bien: su cara redonda, sus pelos un poco rebultados y sin peinar, su sonrisa, esa sonrisa que parece encogerse siempre un poco de hombros, estoica pero no ausente, las cejas permanentemente levantadas ante el asombro que le causa el mundo, y bajo esas cejas que parecen arcos de medio punto, sus ojos, pequeños, muy pequeños, claros, vivos y llenos de vida, ojos que parecen estar diciéndote «qué te voy a contar», y con cuánta delicadeza. En cada dibujo suyo hay algo de sí, que nos pone delante con firmeza, porque nada hay tan fuerte como la intimidad. La intimidad es inexpugnable. Se refirió Paul Klee a esos «mundos intermedios», el de «los niños, los locos, los primitivos (…) y lo que estos ven o forman es para mí la confirmación más valiosa». Las criaturas de Pagola son un poco como él, tienen algo de los «duendes» a los que se refiere Klee, y se encuentran a medio camino también: no son niños, no son viejos, tienen algo de los dos, el aspecto de clowns tristes y la ligereza de joviales fantasmas. Por eso cuando nos hallamos delante de una obra suya, de estilo inconfundible, yo no digo nunca, «mira: un pagola, sino mira: Pagola».
De cuantos libros ha escrito uno, El arca de las palabras es uno de mis preferidos. Aunque yo no he venido aquí ni mucho menos a hablar de mi libro, son precisas algunas aclaraciones.  Durante un año, entre 2001 y 2002, día a día, fue uno abriendo al azar el diccionario ilustrado de Calleja (1911) y escogiendo de cinco de sus páginas las palabras que más me gustaban, para glosarlas. En 2003 lo corregí y se lo pasé a Pagola. La idea era publicarlo también día a día, entre el 23 de abril de 2004 y el 23 de abril de 2005 en el periódico La Vanguardia, como homenaje a la lengua castellana en general, y en particular al Quijote, que celebraba entonces su cuarto centenario. Pagola tuvo también un año para escoger, una por día, la entrada que mejor le pareciera o la que más le inspirara para ilustrar nuestras entregas, a imitación de los grabaditos que figuraban en el diccionario de Calleja y en tantos otros diccionarios ilustrados.
Nuestro trabajo apareció como estaba previsto en el periódico catalán a lo largo de ese año, y poco después, también en 2005, en un libro, a mi modo de ver (tipográficamente, me refiero) precioso, que editó la Fundación Lara. En él van todas las palabras y, claro, todas las ilustraciones. Voy pasando las hojas y miro los dibujos de mi amigo, y me asombra, vuelve a asombrarme, su capacidad para dejar en unos pocos trazos el espíritu de la letra. Hay viñetas humorísticas, serias, melancólicas, medio abstractas, figurativas, misteriosas, transparentes, pero siempre líricas. Tienen siempre que ver con el texto. Después de dedicarle nueve o diez meses al diccionario de Calleja, le dediqué tres al de Covarrubias, de 1611. Es este un libro maravilloso, como sabe todo el mundo, mucho más que un diccionario. Las palabras en él parecen recién sacadas del horno. La primera palabra que glosé del Covarrubias fue atahona. La viñeta de Pagola sirvió luego también para la cubierta del libro. Atahona o tahona significaba antiguamente, además de horno de pan, el molino de harina, movido por bestia: «Llamamos ‘atahona’ el oficio y ocupación de pesadumbre que se repite hoy y mañana y siempre, como hace la bestia del atahona, que siempre anda unos mismos pasos y los vuelve a  repetir infinitamente». Se diría que Covarrubias estaba hablando de Pagola y de mí. La viñeta que hizo este es portentosa, porque se ve en ella a un hombre uncido a un molino… pero de viento, como si el hombre tuviera que moler lo suyo y lo que hacen los otros por él, su propia vida y los sueños, como una mise en abîme.
Yo creo que podrían glosarse todos sus dibujos, sin tener en cuenta los textos a los que sirvieron en origen, y el libro resultante sería de lo más curioso. Porque también nuestro trabajo está metido en una de esas infinitas abismaciones especulares. Pondré un ejemplo. La primera viñeta que hizo fue para el título de nuestro libro. En todo momento pensé, claro, en el arca, arqueta o cajón donde había ido poniendo las palabras, pero Pagola lo interpretó de otro modo y se presentó con un arca como la de Noé. Ni que decir tiene que me pareció mucho más apropiada y hermosa su acepción que la mía, y desde entonces mi libro es para mí ese aparatoso y primitivo navío donde las palabras se ponen a salvo y evitan los famosos «acantilados de la vida cotidiana!».
Desde ese ya lejano 2001, ha ido uno viendo cómo Pagola multiplicaba sus criaturas. Las hemos visto crecer, han ido con él siempre. Porque se me olvidaba decir que toda su obra, por lo menos la que a mí más me gusta, tiene unas pequeñas dimensiones, como duendes. Se podrían guardar y sacar del bolsillo de la chaqueta, como las llaves de casa, como un pañuelo, como cualquier cosa que nos sea imprescindible para vivir. Es prodigioso ver cómo nacen de sus pinceles, lápices, bolígrafos y plumines, y cobran vida. Con qué naturalidad. Cuando hojeo alguno de esos fabulosos cuadernos suyos, siempre espero que las criaturas que están allí encerradas salten afuera, como los animalejos que trepan por la fachada de la catedral de Estrasburgo o se agazapan en las misericordias de las sillerías góticas. Tienen todas un aire risueño, la modernidad les ha quitado esa cosa triste que les daba el gótico, sustituyendo en ellas las zampoñas por unas maracas. Cuánta jovialidad, y qué elegantes son siempre los trajes que Pagola les pone, esos colores tan apagados y corteses, tan líquidos y complementarios, a lo Klee también. Participan de la jovialidad de su autor, de su manera de estar en este mundo, a un lado, sonriendo, sin pedir nunca nada. Al contrario, dándonos a los ñáñigos que un día estuvimos a punto de perder la fe en el arte, la esperanza de que el arte, en artistas como él, empieza cada día. Y por supuesto, con su sonrisa, con su bondad y con su misma luz.

[Publicado en el texto del catálogo de la exposición Tú y yo que se puede ver en el Museo de Abc de la calle Amaniel, de Madrid]
        


25 mars 2019

A los pies de los corceles

VOY a hacer por primera vez algo que llevo queriendo hacer toda la vida: voy a hablar de un libro que no he leído. Los críticos literarios lo hacen cada semana. Además se trata de un libro que tampoco ha escrito su autor, y de hecho es la segunda vez que este publica un libro que se lo han escrito otros. Sus jayanes defendieron  aquel con un argumento admirable: tras pasarlo por los detectores, el plagio era inferior al 20%. D’Ors, nuestro Oscar Wilde del Penedés en lo que a grandes frases se refiere, dijo que lo que no es tradición es plagio, pensando en que el plagio sólo vale si va seguido de asesinato. «Señor Juez, de las cien puñaladas del interfecto, reconozco como mías menos de veinte»; «Bien, queda usted absuelto». A Pedro Sánchez le absolvieron de aquel crimen, y le absolverán de este. Porque así como nunca supimos los negros que le escribieron el «sobresaliente cum fraude» de su tesis, en este segundo libro se ha curado en salud, y sabemos que la negra que se lo escribió es la prófuga que se cargó Upyd, hoy por hoy la autora mejor pagada de España (con más de cien mil euríbores de sueldo a cargo de los Presupuestos Generales de Rajoy).

¿Fue ella la responsable del ya célebre gazapo (“«Decíamos ayer», como dijo San Juan de la Cruz en Salamanca”)? Uno es indulgente con los gazapos (el que esté libre de ellos que tire la primera piedra), pero no con la cursilería. ¿Será Sánchez un cursi? No sabe uno qué pensar de sus rayban, sus camisas entalladas o sus pantalones ceñidos, ni tampoco de su cursilísima vicepresidenta... Pero hablando de sí mismo o de sus logros (y no digo al escribir, porque se lo escriben otros), hay que reconocer, sí, que es un cursi que le pone a uno perdido de mermelada. Al presentar este su segundo empalagoso bodrio, en pleno embolismo electoral, repitió hasta tres veces, como cualquier Judas: “Esta es mi verdad”. O sea, “esa frase puede que sea de fray Luis de León, o no, pero para mí es de San Juan de la Cruz; esta es mi verdad”. Las encuestas lo dan como ganador en las próximas elecciones. Natural. La cursilería tiene muchos más partidarios que la sencillez, y entre caballo y corcel, la gente se queda con corcel. Por eso uno se encoge de hombros, como Baroja, cuando ve que Sánchez  trata de ponernos a todos sus adversarios a los pies de los corceles. 

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de marzo de 2019]

18 mars 2019

Diligencias. Prólogo

¿QUÉ puedo decir yo? Quienes estén habituados a leer libros saben que estos son puertas que se abren y se cierran. Lo son también las vidas. Entramos, salimos, de algunos no queda rastro, de otros sí, a veces; en unos casos y otros, por razones bien ­extrañas que no se dejan ordenar ni estudiar, todo es demasiado provisional, pese a los siglos, las luces y las sombras que organizan el mundo. Nada nos produce más ternura, asombro o perplejidad que las certezas de nuestros antepasados: «Esto vale, esto no, aquello perdudará, aquello otro será olvidado». Y las certezas de quienes nos sobrevivan o vengan después de nosotros nos importan poco, porque sabemos que producirán también, con el tiempo, ternura, asombro, perplejidad.

¿Qué estamos haciendo aquí? Tú, leyendo este prólogo, yo escribiéndolo. Cada uno, sentados en la arena de la playa, uno frente al otro, en silencio, concentrados en la tarea, está levantando algo que se parece a un castillo, con sus muros y torres almenadas, sus tejados, sus ventanas incluso, practicadas en la arena con el dedo meñique. Por no privar de nada a la fábrica hemos abierto alrede­dor de nuestra fortaleza un foso, que al momento se ha llenado de agua de mar, porque todo en esta vida son secretas galerías y pronto alcanza su nivel freático.

¿Qué voy a hacer? Tú, si te aburres, puedes levantarte e irte. Yo voy a seguir aquí, en la playa, añadiendo alguna torre, reparan­do desperfectos, drenando el foso. Me gustaría que te ­quedaras conmigo, si es en silencio. Porque estoy trabajando, y tampoco nececesitamos hablarlo todo.

¿Hasta cuándo seguiremos aquí? Hasta que se ponga el sol y la playa se vacíe de bañistas, ambulantes y curiosos. Al llevarse consigo sus conversaciones, risas, voces, la playa se ha quedado vacía y el acompasado, tranquilo y monótono batir de las olas y la modulada melodía del viento se han impuesto a todo. Es una de esas playas tendidas y despejadas, en abierta competencia con la línea infinita del horizonte, gran alcancía de ilusiones y esperanzas. En cuanto el sol desapareció en él como un doblón de oro, la atmósfera se ha vuelto húmeda y fría. No quedamos aquí más que tú y yo, el mar y él, nuestro castillo. A este las sombras que lo cercan y perfilan lo hacen más convincente, y el fulgor de lontananza, incendiando el ocaso, lo vuelve inexpugnable.

¿Estoy diciendo que somos inexpugnables? No, no digo eso. Esto es lo que va a suceder: dentro de un rato, no sé cuándo, tú y yo tendremos también que irnos, cuando la noche se cierre por completo y desaparezcan de la vista la playa, el mar, nuestro castillo, y empiece a subir la marea. La marea se llevará el castillo, ­deshará la bonita torre del homenaje, las murallas, chapiteles y dependencias, y el foso se anegará, fundiéndose con el inmenso océano. La pleamar acabará con nuestra obra, desde luego, pero no con la ilusión que pusimos al empezar la mañana, bajo el sol implacable del mediodía, entre las hospitalarias y doradas luces de la tarde. Ni borrará la felicidad de ver cómo nuestras manos armonizaban millones de granitos de arena, dándoles al ­juntarlos forma y sentido. Cuando mañana vengan otros aquí a levantar su propia fortaleza, lo harán con esta misma arena, con este mismo mar, olas y viento, y con este mismo azul, pero sobre todo, lo harán con nuestra misma fe, para llegar al ­versículo del Géne­sis: la felicidad de crear algo, mientras se está ­creando, y la dicha de saber que está todo por crear. No sé, ni tú tampoco, si Dios existe o no, pero sin la ilusión que puso el hombre al pensar el mundo, ni tú ni yo ­podríamos estar ahora frente a frente. 

               (Diligencias, 2018)