29 avril 2019

Un soldado menos

SI mis cálculos no están mal hechos, tú, lectora, lector, vas a leer estas líneas el día de las elecciones generales. Ayer habrás reflexionado o no, hoy votarás o no, pero los dos somos respetuosos con la ley, y mientras esperamos los resultados (tú probablemente con ilusión, yo seguramente resignado), nos ocuparemos de otros asuntos que no sean los asuntos políticos. ¿Cuáles? Los inmediatos suelen ofrecer alicientes más estimulantes.

Tengo en este momento entre las manos una recopilación de canciones infantiles hecha por el folclorista Joaquín Díaz hace casi cuarenta años. Hace tres o cuatro nos enseñó él (a Jiménez Lozano, a mi mujer y mí) su extraordinario museo de Urueña, dedicado a la música popular y sus diferentes manifestaciones a lo largo de los siglos. Entre las canciones infantiles está el romance de “La pedigüeña”. El libro de Díaz es un trabajo serio, concienzudo, en la órbita de los que empezó Menéndez Pidal y siguió Caro Baroja. “Un francés vino de Francia / en busca de una mujer, /se encontró con una niña / que le supo responder. / –Niña, si quieres ser mía / por el término de un año, / te vistiera y te calzara / y te regalara un sayo. –Una niña como yo / no se vende por un sayo / porque soy pequeña y joven / y reconozco mi daño. / Caballero, si usted gusta / de mi hermosura gozar / todo cuanto yo le pida / me lo tiene usted que dar...”. Caramba con la niña. Después de esto empieza uno a ver cosas raras en todos los romances: “Al pasar la barca / me dijo el barquero:  / Las niñas bonitas / no pagan dinero. / La volví a pasar, / me volvió a decir: / Las niñas bonitas / no pagan aquí”. Qué sé yo. 

Pero hasta la hora del escrutinio tenemos todavía mucho tiempo. Tarda este en pasar y vuela, todo en uno. Ese es el misterio de la vida, y de no otra cosa trató Proust en À la recherche. Este libro de Díaz nos lleva de susto en susto: “De Cataluña vengo / de servir al rey / ay, ay, de servir al rey”. Con el inocente folclore no gana uno para sobresaltos. Doy por fin con uno de mi entera satisfacción, “El quintado” o soldado de quintas al que mandan a la guerra el día de su boda. Llora su suerte, pero su capitán se compadece de él: “–Coge licencia y vete / en busca de esa doncella / que con un soldado menos / también se acaba la guerra”. Claro que tampoco eso es verdad...

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de abril de 2018]

28 avril 2019

Voi ch'entrate. 28A

ESTO es lo que les voy a decir a mis dos papeletas en el momento de depositarlas en la urna:

lasciate ogni speranza, voi ch'entrate.




27 avril 2019

Una imagen vale más que mil palabras unidas

Pescadillas. Mercado de Jerez de la Frontera, 25 de abril de 2019


24 avril 2019

En campaña

PARA quienes aún dudan, la columna de Azúa de ayer de El País

Y esta entrevista.

22 avril 2019

23 de abril (y un prólogo)

SE conmemoran mañana 23 de abril algunas cosas. En Castilla y León la fiesta de los comuneros Bravo, Padilla y Maldonado, subidos al cadalso por orden del emperador; en Barcelona, día de Sant Jordi, la fiesta de la cultura catalana y de la rosa, idea del escritor valenciano Vicente Clavel. Y, en fin, el hecho más universal de los tres, acaso: se conmemora en todo el orbe las muertes de William Shakespeare y Miguel de Cervantes. De este son las palabras que encabezan el ensayo de Las armas y las letras.
Mañana se presenta precisamente en Barcelona la nueva edición de ese libro. Allí estaremos Cayetana Álvarez de Toledo, Félix Ovejero y yo mismo hablando menos de mi libro (uno no ha venido a este mundo, y menos mañana a Barcelona, «a hablar de mi libro») y más de  memoria histórica, quiero decir, de este presente nuestro. 
Aquí va el prólogo a esta nueva edición y la invitación al acto, convocado por CLAC (Centro Libre. Arte y Cultura) en La Casa de los Periodistas, Rambla de Cataluña, 10, a las 13:00, y al que, por supuesto, estáis todos invitados.

* * *

PRÓLOGO DE LOS VEINTICINCO AÑOS. 1994 - 2019

EN las sucesivas ediciones de este libro, al tiempo que se corrigen inexactitudes y erratas y se aportan algunos datos nuevos y perso­najes que van apareciendo, va también un prólogo nuevo. Como si necesitara explicarme y explicar qué fue esta obra en origen y qué ­sigue siendo, y cómo nunca acabará de escribirse del todo, porque cada día conocemos más de aquella guerra y de nosotros mismos con relación a ella. 
A quien en 2010, al publicarse entonces una edición notablemente aumentada y corregida, me decía que ya tenía la primera, de 1994, o alguna otra posterior, le aclaraba: «Entonces solo tiene medio libro». A los que leyeron la de 2010 volvería a decirles algo parecido. Los estudios sobre la guerra civil y la publicación y rescate de textos originales de los protagonistas siguen creciendo, lo que justifica que vuelvan a añadirse aquí hechos, fotografías inéditas y entrecomillados desconocidos y providenciales que abundan en la idea general que sustenta este libro desde su lejana primera edición: muchos escritores e intelectuales, como ­tantos españoles, se vieron obligados a escoger, y a menudo de manera dramá­tica, entre los dos bandos, entre dos visiones de la historia y de la vida que en muchos casos acabaron siendo delirantes, totalitarias y mesiánicas, con los resultados conocidos por todos. 
¿Ha cambiado la percepción de la guerra desde que se publicó Las armas y las letras hace veinticinco años? En cierto modo sí, un poco. En efecto, cada día es mayor el número de personas que simpatizan con la tercera España, la de Chaves Nogales y Clara Campoamor, la de don José Castillejo, Elena Fortún o Juan Ramón Jiménez, y si es verdad lo que han escrito algunos, este libro supuso un punto de inflexión en la visión que se tenía de nuestra literatura y de aquella guerra, contribuyendo a la amplitud de miras sobre una y otra. También ha empezado a aceptarse, al fin (¡hemos necesitado casi un siglo!) que ni todos los que apoyaron la sublevación eran fascistas o furibundos carcas ni ­todos los leales a la República combatían por una democracia que brillaba por su ausencia en su propio bando. 
Pero al mismo tiempo, y a medida que nos vamos alejando de la fatídica fecha de 1936, han surgido en España quienes parecen ­empeñados en devolvernos a ella. En 2016 oímos proclamar al líder de un partido populista que «se oyen aquí esta noche las voces de Margarita Nelken, Clara Campoamor y Dolores Ibárruri [...] las voces de Durru­ti, de Lar­go Caballero, de Azaña, de Pepe [sic] Díaz y de Andreu Nin». Se hubiera creído que celebraba la derrota de Franco (que gobernó con mano de hierro durante cuarenta años, murió en su cama y lleva enterrado en el Valle de los Caídos desde hace otros cuarenta), más que un recuento favorable de votos (y, por cierto, Azaña, Durruti y Largo Caballero representaban y defendían ideas antagónicas, Nelken no hubiera dudado en «pasear» a Clara Campoamor, y probablemente fue «Pepe» Díaz, u otro de sus camaradas, obedeciendo dictados soviéticos, quien ordenó el asesinato de Andreu Nin y los poumistas). Fue una prueba más de que los mayores partidarios de la memoria histórica gustan empezarla olvidando la Historia o mintiendo. 
Para recordar lo sucedido se escribió hace veinticinco años este ­libro, y contribuir en la medida de lo posible a la verdad. Una verdad que pasa hoy por advertir que la aplicación de la ley de reparación de las víctimas de la guerra y del franquismo, conocida popularmente como Ley de Memoria Histórica, que aprobó en 2007 un gobierno socialista, lejos de contribuir al olvido pacificador del que hablaba Nietzsche («un exceso de memoria daña la vida»), parece haber reabierto interpretaciones interesadas del pasado en las que algunas víctimas (en realidad sus nietos o bisnietos) reclaman la condición de víctimas de sus antepasados sin reconocer a la par la condición de victimarios de muchos de ellos. Ley, por lo demás, cuyo artículo decimoquinto exigiría, aplicado con escrupulosa puntualidad, suprimir de todos los institutos, colegios, aulas, instituciones y calles españoles que lo llevan, el nombre de Miguel de Unamuno, nuestro admirado don Miguel, con el que empieza, una vez más, este viejo y nuevo libro que nunca estará terminado del todo.
Decía Tito Liviano, alter ego del propio Galdós y protagonista de Cánovas, a propósito de unas guerras carlistas que no parecían nunca conocer su final: «Todavía tiene España sarna que rascar para largo tiempo». España, por suerte, está ya muy lejos de aquel país al que ­volvía la mirada el personaje galdosiano. Cuando pocos creían que Es­paña pudiera superar de manera incruenta la guerra civil y la dictadura que la siguió, se abrió el período democrático más próspero, ilusionante y luminoso de toda su historia, en el que seguimos, pese al empeño de popu­lismos y nacionalismos, reactivación de la sempiterna roña carlista. Quiero pensar que a aquel cambio ha podido contribuir, aun en una millonésima parte, este libro y quienes no han dejado de leerlo en estos años. Lo han hecho de un modo tranquilo, constante, sin miedo a conocer la vedad y esperanzados. Al fin y al cabo lo que las armas  separan, es deber de las letras hermanarlo.

                                                                               Madrid, febrero de 2019








16 avril 2019

Al meu parer (una entrevista)

Ayer, en El Español.

De las réplicas que tuvo en diferentes periódicos independentistas, vale la pena destacar dos, por graciosas. En una se decía: «AT. se ríe de los presos políticos y exilados»; la verdad es que no, una falsedad más, pero, en fin, si les hace ilusión, quizá la próxima vez, porque razones hay de sobra. Y la segunda esta: «L'escriptor els acusa [a los independentistas] de no haverse assabentat que "el franquisme no existeix" com tampoco ha existit mai, al seu parer, la repùblica catalana». En mi opinión, no, en la de cualquiera. Dan ganas de repetir aquí las célebres palabras del mozo de escuadra a un manifestante.

15 avril 2019

La vuelta

COMIENZA uno este artículo en un aeropuerto. Siempre he admirado a quienes pueden escribir en el café abarrotado o hundidos en la soledad de una trinchera, bajo las balas. Hoy por hoy, y salvando las hipérboles, los aeropuertos se parecen bastante a una guerra. La agitación de los viajeros es completa. Las gentes caminan de un lado para otro. Contrastan los que vagan lentamente y sin rumbo para hacer tiempo y quienes van despepitados como una flecha por falta de él, trenzando todos sus derrotas como coches de choque. Los mensajes de una megafonía gangosa, advirtiéndonos de los rateros, alteran aún más la espera. En tales condiciones empieza uno este artículo.

La vuelta a España tras una temporada en el extranjero, por breve que esta sea, resulta extraña. Si es larga, más aún. A la ida raramente piensa uno en lo que deja atrás. Al contrario, aprovecha uno el viaje para olvidarse de los afanes diarios, propios y ajenos, personales, laborales y políticos. Alejarse de ellos nos euforiza de un modo infantil. El regreso, por el contrario, nos devuelve a la realidad y tal vez nos deprime un poco. Los que hayan pasado por un internado y conozcan la sensación de la vuelta, tras las vacaciones, sabrán acaso a qué me refiero. Los seis años que pasé en el mío no fueron, sin embargo, del todo malos, porque comparaba a menudo mi suerte con la de aquellos cuyas vidas eran un millón de veces peor que la nuestra. No es infrecuente, entre escritores al menos, deplorar la vuelta a España, tras un período de ausencia, como quien regresa no ya a un internado, sino a una cárcel regida por carceleros sádicos y con una población reclusa soez y brutal, que alardea a todas horas de un egoísmo patológico y costumbres bárbaras. Desde Larra, es un clásico de las jeremiadas. Regresar de la maravillosa Italia no es hacerlo de cualquier parte, por ejemplo de ninguno de los doscientos países en los que el bienestar o la libertad son menores que los que gozamos en cualquier país europeo. Volver hace incluso que valoremos las cosas que en el nuestro funcionan y no tanto quizá de donde venimos, y al revés... 
Viajar, sí, pese a los aeropuertos, relativiza todo mucho. Es posible que no cure el carlismo, como creía Baroja (hoy los carlistas viajan más que nunca), pero nos ayuda a valorar lo que tenemos... y a querer conservarlo.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de abril de 2019]